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domingo, 17 de agosto de 2008

EL CLAN DE LOS PARRICIDAS -- 5 CUENTOS DE AMBROSE BIERCE

EL CLAN DE LOS
PARRICIDAS
Ambrose Bierce

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Aceite de perro
Me llamo Boffer Bing. Mis respetables padres eran de clase muy humilde: él
fabricaba aceite de perro y mi madre tenía un pequeño local junto a la iglesia del
pueblo, en donde se deshacía de los niños no deseados. Desde mi adolescencia me
inculcaron hábitos de trabajo: ayudaba a mi padre a capturar perros para sus
calderos y a veces mi madre me empleaba para hacer desaparecer los «restos» de su
labor. Para llevar a cabo esta última tarea tuve que recurrir con frecuencia a mi
talento natural, pues todos los guardias del barrio estaban en contra del negocio
materno. No se trataba de una cuestión política, ya que los guardias que salían
elegidos no eran de la oposición; era sólo una cuestión de gusto, nada más. La
actividad de mi padre era, lógicamente, menos impopular, aunque los dueños de los
perros desaparecidos le miraban con una desconfianza que, en cierta medida, se
hacía extensible a mí. Mi padre contaba con el apoyo tácito de los médicos del
pueblo, quienes raras veces recetaban algo que no contuviera lo que ellos gustaban
llamar Ol.can. Y es que realmente el aceite de perro es una de las más valiosas
medicinas jamás descubiertas. A pesar de ello, mucha gente no estaba dispuesta a
hacer un sacrificio para ayudar a los afligidos y no dejaban que los perros más
gordos del pueblo jugaran conmigo; eso hirió mi joven sensibilidad, y me faltó poco
para hacerme pirata.
Cuando recuerdo aquellos días a veces siento que, al haber ocasionado
indirectamente la muerte de mis padres, tuve la culpa de las desgracias que afectaron
tan profundamente mi futuro.
Una noche, cuando volvía del local de mi madre de recoger el cuerpo de un
huérfano, pasé junto a la fábrica de aceite y vi a un guardia que parecía vigilar
atentamente mis movimientos. Me habían enseñado que los guardias, hagan lo que
hagan, siempre actúan inspirados por los más execrables motivos; así que, para
eludirle, me escabullí por una puerta lateral del edificio, que por casualidad estaba
entreabierta. Una vez dentro cerré rápidamente y me quedé a solas con el pequeño
cadáver. Mi padre ya se había ido a descansar. La única luz visible era la del fuego
que, al arder con fuerza bajo uno de los calderos, producía unos reflejos rojizos en las
paredes. El aceite hervía con lentitud y de vez en cuando un trozo de perro asomaba
a la superficie. Me senté a esperar que el guardia se fuera y empecé a acariciar el pelo
corto y sedoso del niño cuyo cuerpo desnudo había colocado en mi regazo. ¡Qué
hermoso era! A pesar de mi corta edad ya me gustaban apasionadamente los niños, y
al contemplar a aquel angelito deseé con todo mi corazón que la pequeña herida roja
que había sobre su pecho, obra de mi querida madre, hubiera sido mortal.
Mi costumbre era arrojar a los bebés al río que la naturaleza había dispuesto
sabiamente para tal fin, pero aquella noche no me atreví a salir de la fábrica por
miedo al guardia. «Seguro que si lo echo al caldero no pasará nada —me dije—. Mi
padre nunca distinguirá sus huesos de los de un cachorro, y las pocas muertes que
pueda ocasionar la administración de un tipo de aceite diferente al incomparable
Ol.can. no pueden ser importantes en una población que crece con tanta rapidez.» En
resumen, di mi primer paso en el crimen y arrojé al niño al caldero con una tristeza
inexpresable.
Al día siguiente, y para asombro mío, mi padre nos informó, frotándose las
manos de satisfacción, que había conseguido la mejor calidad de aceite nunca vista y
que los médicos a los que había enviado las muestras así lo afirmaban. Añadió que
no tenía la menor idea de cómo lo había hecho, pues los perros eran de las razas
habituales y habían sido tratados como siempre. Consideré mi deber dar una
explicación y eso fue lo que hice, aunque de haber previsto las consecuencias, me
habría callado. Mis padres, tras lamentar haber ignorado hasta entonces las ventajas
que la fusión de sus respectivos quehaceres suponía, pusieron manos a la obra para
reparar tal error. Mi madre trasladó su negocio a una de las alas del edificio de la
fábrica y mis obligaciones respecto a ella cesaron: nunca más volvió a pedirme que
me deshiciera de los cuerpos de los niños superfluos. Como mi padre había decidido
prescindir totalmente de los perros, tampoco hubo necesidad de causarles más
sufrimientos. Eso sí, aún conservaban un lugar honorable en el nombre del aceite. Al
encontrarme abocado, tan repentinamente, a llevar una vida ociosa, me podría haber
convertido en un chico perverso y disoluto, pero no fue así. La santa influencia de mi
querida madre siguió protegiéndome de las tentaciones que acechan a la juventud, y
además mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay! ¡Y pensar que por mi culpa unas
personas tan estimables tuvieran un final tan trágico!
Debido al doble provecho que encontraba en su actividad, mi madre se entregó
totalmente a ella. No sólo aceptaba encargos para eliminar bebés no deseados, sino
que se acercaba a las carreteras y caminos en busca de niños más crecidos, e incluso
adultos, a los que conseguía arrastrar con engaños hasta la fábrica. Mi padre,
encantado con la superior calidad del producto, también se dedicaba con diligencia y
celo a abastecer sus calderos. La transformación de sus vecinos en aceite de perro
llegó a ser, en pocas palabras, la pasión de sus vidas; una codicia absorbente y
arrolladora se apoderó de sus almas y pasó a ocupar el lugar antes destinado a la
esperanza de alcanzar la Gloria, que, por cierto, también les inspiraba.
Se habían hecho tan emprendedores que llegó a celebrarse una asamblea
pública en la que se aprobaron varias mociones de censura contra ellos. El presidente
hizo saber que en lo sucesivo los ataques contra la población hallarían una
contundente respuesta. Mis pobres padres abandonaron la reunión con el corazón
partido, sumidos en la desesperación y creo que algo desequilibrados. A pesar de
ello, creí prudente no acompañarles a la fábrica aquella noche y preferí dormir fuera,
en el establo.
Hacia la medianoche, un misterioso impulso me hizo levantarme y espiar a
través de una ventana el cuarto en el que, junto al horno, mi padre dormía. Los
fuegos ardían vivamente, como si la cosecha del día siguiente fuera a ser abundante.
Uno de los enormes calderos hervía lentamente, con un misterioso aire de
contención, en espera de la hora propicia para desplegar todas sus energías. La cama
estaba vacía: mi padre se había levantado y, en camisón, estaba haciendo un nudo en
una soga. Por las miradas que lanzaba hacia la puerta de la habitación de mi madre,
adiviné lo que estaba tramando. Mudo e inmóvil por el terror, no supe qué hacer
para evitarlo. De pronto, la puerta de la alcoba se abrió sin hacer el menor ruido y los
dos, algo sorprendidos, se encontraron. Mi madre también estaba en camisón y
blandía en la mano derecha su herramienta de trabajo: una larga daga de hoja
estrecha.
Ella, como mi padre, no estaba dispuesta a quedarse sin la única oportunidad
que la actitud poco amistosa de los ciudadanos y mi ausencia le dejaban. Por un
instante sus miradas encendidas se cruzaron e inmediatamente saltaron el uno sobre
el otro con una furia indescriptible. Lucharon por toda la habitación como demonios:
mi madre gritaba y pretendía clavar la daga a mi padre, que profería maldiciones e
intentaba ahogarla con sus grandes manos desnudas. No sé durante cuánto tiempo
tuve la desgracia de contemplar aquella tragedia familiar pero, por fin, después de
un forcejeo particularmente violento, los combatientes se separaron de pronto.
El pecho de mi padre y la daga mostraban pruebas de haber entrado en
contacto. Durante un momento mis progenitores se miraron de la forma más hostil;
entonces, mi pobre padre, malherido, al sentir la proximidad de la muerte, dio un
salto hacia delante y, sin prestar atención a la resistencia que ofrecía, agarró a mi
madre en brazos, la llevó hasta el caldero hirviente y, sacando fuerzas de flaqueza, se
precipitó con ella en su interior. En solo un instante los dos desaparecieron y su
aceite se unió al del comité de ciudadanos que habían traído la citación para la
asamblea del día anterior.
Convencido de que estos desafortunados acontecimientos me cerraban todas las
puertas para llevar a cabo una carrera honrada en aquel pueblo, me trasladé a la
conocida ciudad de Otumwee, desde donde escribo estos recuerdos con el corazón
lleno de remordimiento por aquel acto insensato que dio lugar a un desastre
comercial tan espantoso.
_
Una conflagración imperfecta
En junio de 1872, una mañana temprano, asesiné a mi padre, acto que me
produjo una tremenda impresión. Fue antes de mi boda, cuando aún vivía en
Wisconsin con mi familia. Estábamos mi padre y yo en la biblioteca de casa
repartiéndonos el producto de un robo que habíamos cometido aquella noche. Se
trataba, en su mayor parte, de enseres domésticos, y la tarea de dividirlos
equitativamente se presentaba difícil. Al principio nos entendimos muy bien sobre el
reparto de las servilletas, toallas y cosas así, e incluso el reparto que hicimos de la
plata fue bastante justo; pero cuando le tocó el turno a una caja de música, vimos que
era muy problemático dividirla entre dos sin que esta división diera mucho resto.
Aquella caja fue la que ocasionó el desastre y la desgracia de mi familia: si no la
hubiéramos robado, mi padre aún estaría vivo.
Era una obra de la más bella y exquisita artesanía, con incrustaciones de ricas
maderas labradas con gran trabajo. No sólo tocaba una gran variedad de melodías
sino que, incluso sin haberle dado cuerda, podía silbar como una codorniz, ladrar
como un perro y cacarear al amanecer, además de recitar los Diez Mandamientos.
Esta última característica fue la que más gustó a mi padre y le llevó a cometer el
único acto deshonroso de su vida (aunque de haber seguido viviendo habría
cometido alguno más): trató de ocultarme la caja y me juró por su honor que no la
había cogido. Sin embargo, yo sabía de sobra que su intención al intervenir en el robo
no había sido otra que la de hacerse con ella.
La había escondido bajo su capa (nos las habíamos puesto para evitar ser
reconocidos) y afirmaba solemnemente que no la tenía. Yo sabía que era mentira y
además estaba al tanto de algo que él desconocía: si conseguía prolongar el reparto
de los beneficios hasta el amanecer, la caja cacarearía y le delataría. Y así fue. Cuando
la luz de gas de la biblioteca empezaba a palidecer y se adivinaban las formas de las
ventanas tras las cortinas, un largo kikirikí salió de la capa de mi padre, seguido de
unos cuantos compases del Tannhauser que terminaron en un sonoro «click». El
hacha que habíamos utilizado para entrar en la desafortunada mansión estaba sobre
la mesa. La cogí. El anciano, al comprender que era inútil ocultar la caja por más
tiempo, la sacó y la puso sobre la mesa.
—Bueno, pártela por la mitad si así lo prefieres —dijo—. Yo sólo intentaba
salvarla de la destrucción.
Mi padre era un apasionado amante de la música: tocaba el acordeón con gran
sentimiento.
—No discuto la pureza de tus razones. Sería presuntuoso por mi parte juzgarte.
Pero los negocios son los negocios y estoy dispuesto a disolver nuestra sociedad con
este hacha a menos que consientas llevar un cascabel en los robos futuros.
—Imposible —dijo después de reflexionar—. No, no podría hacerlo, sería como
una confesión de mi deshonra. La gente diría que no confiabas en mí.
Su carácter y sensibilidad resultaban admirables. Me sentí orgulloso de él y a
punto estuve de pasar por alto su falta. Pero una mirada rápida a la caja ricamente
adornada me decidió y, como dije, despaché al viejo de este valle de lágrimas.
Después de hacerlo me sentí un poco a disgusto. No sólo era mi padre —mi
procreador—, sino que además iban a descubrir su cuerpo. Era ya pleno día y mi
madre podía entrar en la biblioteca en cualquier momento. En tales circunstancias, lo
más oportuno era acabar también con ella, y eso fue lo que hice. Después, pagué a los
criados y los despedí.
Aquella misma tarde fui a ver al comisario de policía; le conté todo y le pedí
consejo. Sería muy doloroso para mí que los hechos salieran a la luz. Todo el mundo
condenaría mi conducta y, si alguna vez intentaba presentarme a unas elecciones, los
periódicos sacarían a relucir el asunto. El comisario comprendió el peso de estas
consideraciones —él también era un asesino con gran experiencia. Tras consultar con
el magistrado que presidía el Tribunal de Jurisdicción Variable, me aconsejó que
ocultara los cadáveres en una de las estanterías de la biblioteca, que hiciera un buen
seguro a la casa y le prendiera fuego. Enseguida me puse manos a la obra.
En la biblioteca había una estantería que mi padre había comprado a un
inventor chiflado hacía poco tiempo y que aún estaba vacía. Su forma y tamaño
recordaban a los armarios antiguos que hay en los dormitorios que no tienen ropero.
Se abría de arriba a abajo, como los camisones de señora, y las puertas eran de cristal.
Había amortajado a mis padres hacía unas horas y sus cuerpos estaban bastante
rígidos para mantenerse erectos. Entonces los metí en una estantería, a la que había
quitado las baldas, y tapé sus cristales con unas cortinas. Aunque el inspector de la
compañía de seguros pasó media docena de veces por delante, no se dio cuenta de
nada.
Por la noche, después de obtener la póliza, prendí fuego a la casa y, a través del
bosque, me dirigí a la ciudad que quedaba a unas dos millas. Allí me las ingenié para
que me vieran en el momento en que más animación había. Dos horas después de
haber provocado el incendio, me uní a la multitud y, dando gritos de dolor por la
suerte de mis padres, volví a la casa en llamas. Cuando llegué, toda la ciudad estaba
allí. El fuego había arrasado la casa, pero entre los rescoldos aún incandescentes,
cerrada y en pie, estaba la estantería, completamente intacta. Las cortinas,
evidentemente, habían ardido y, al quedar los cristales a la vista, la luz de las ascuas
iluminaba su interior. Allí estaba mi querido padre, «tal y como era», y a su lado la
compañera de sus penas y alegrías. No tenían ni un solo pelo chamuscado y sus
ropas estaban como nuevas. Las heridas que me vi obligado a causarles para llevar a
cabo mis planes se podían apreciar claramente, en la cabeza y en la garganta. La
gente se había quedado sin habla, como en presencia de un milagro. El respeto y el
temor habían paralizado sus lenguas. Yo también me sentía muy afectado.
Unos tres años después, cuando los sucesos aquí relatados ya casi se habían
borrado de mi memoria, fui a Nueva York para ayudar a pasar unos bonos
falsificados. Un día, al mirar el escaparate de una tienda de muebles, vi la réplica
exacta de la estantería.
—La compré por una miseria a un inventor arrepentido —me explicó el
propietario—. Decía que era una estantería a prueba de fuego, que los poros de la
madera habían sido rellenados con alumbre y que el cristal estaba hecho de asbestos.
Supongo que no será cierto. Se la dejo al precio de una estantería normal.
—No —dije—. Si no me puede garantizar que es a prueba de fuego, no la
quiero.
Le di los buenos días y me marché.
No me la habría quedado por nada del mundo. Despertaba en mí unos
recuerdos excesivamente desagradables.
_
Mi crimen favorito
Después de haber asesinado a mi madre en circunstancias singularmente
atroces, fui arrestado y tuve que hacer frente a un juicio que duraría siete años. El
juez del tribunal de Absolución, el encomendar al jurado su tarea, señaló que mi
crimen era uno de los más espantosos que le había tocado resolver en su vida.
En ese momento, mi abogado se levantó y dijo:
—Con la venia de su señoría, los crímenes son horribles o agradables sólo
cuando se los compara. Si usted conociera los detalles del anterior asesinato que mi
cliente cometió, el de su tío, apreciaría en su último delito (si es que así puede
denominarse) una cierta compasión paciente y consideración filial hacia los
sentimientos de la víctima. De la espantosa crueldad que acompaña al primer crimen
no podía deducirse, si se quería ser consecuente, más que un veredicto de
culpabilidad. De no haber sido porque el magistrado presidente del tribunal dirigía
una compañía de seguros que aceptaba pólizas contra el ahorcamiento (una de las
cuales había sido suscrita por mi cliente) no sé de qué otra manera decente podría
haber sido absuelto. Si su señoría fuera tan amable de escuchar, a título de ilustración
y asesoramiento, el relato de los hechos, mi desdichado cliente accedería a
exponerlos bajo juramento a pesar del gran dolor que le causa.
El fiscal intervino:
—Protesto, su señoría. Tal declaración sería considerada como prueba
testimonial y éstas ya han sido cerradas. El relato del acusado debía haber sido
expuesto hace tres años, en la primavera de 1881.
—De acuerdo con el procedimiento —dijo el juez—, tiene usted toda la razón, y
en un tribunal de Impugnaciones y Detalles Técnicos el fallo sería a su favor. Pero no
en uno de Absolución. Por tanto no se acepta la protesta.
—Entonces, disiento —replicó el fiscal.
—No puede —continuó el juez—. Debe tener en cuenta que para disentir
primero ha de conseguir que este caso sea transferido al tribunal de Disensiones
presentando una moción formal debidamente acompañada de declaraciones juradas.
Le recuerdo que a su predecesor en el cargo le denegué una moción similar durante
el primer año de este juicio. Oficial, tome juramento al acusado.
Una vez cumplida esta formalidad habitual, hice mi declaración, tras lo cual el
juez se sintió tan impresionado al ver la trivialidad del delito que se me imputaba
que no tuvo necesidad de buscar más circunstancias atenuantes y solicitó al jurado
mi absolución. Después, abandoné la sala con mi reputación limpia de toda mancha.
«Nací en 1856 en Kalamakee, Michigan. Mis padres (a uno de los cuales aún
conservo, gracias a Dios, para consuelo de mis últimos años) eran personas honradas
y cumplidoras. En 1867 nos trasladamos a California y nos establecimos cerca de
Nigger Head, donde mi padre abrió un albergue para caminantes con el que
prosperó más de lo que codiciosamente esperaba. Aunque era un hombre reservado
y taciturno, su austeridad se ha relajado un poco con el paso de los años; creo que es
únicamente el recuerdo del triste acontecimiento por el que se me juzga el que le
impide manifestar auténtica alegría.
»Cuatro años después de abrir aquel negocio, apareció un predicador
ambulante que, al no tener mejor forma de pagar su alojamiento nocturno, nos
obsequió con un sermón de gran categoría. Inmediatamente mi padre envió a buscar
a su hermano, el honorable William Ridley de Stockon, a quien cedió el albergue sin
cobrarle nada por el traspaso ni por los útiles que en él había, esto es, un Winchester,
una escopeta de cañones recortados y un conjunto de máscaras hechas con sacos de
harina. Entonces nos mudamos a Ghost Rock y abrimos un salón de baile. Se llamaba
El organillo: reposo de los santos. El espectáculo comenzaba cada noche con una oración
y fue allí donde mi santa madre se ganó, por su gracia en el baile, el sobrenombre de
La morsa saltarina.
»En el otoño de 1875 tomé la diligencia en Ghost Rock para ir a Coyote, que está
en el camino de Mahala. Iba con otros cuatro pasajeros. Tres millas más allá de
Nigger Head, unos individuos, a los que identifiqué como el tío William y sus dos
hijos, nos asaltaron y, al no encontrar nada en la saca del correo, decidieron
registrarnos. Mi actuación fue de lo más honrosa: me puse en fila con los demás,
levanté las manos y me dejé robar cuarenta dólares y un reloj de oro. Nadie pudo
sospechar por mi comportamiento que conocía a los caballeros que organizaban el
espectáculo. Al cabo de unos días fui a Nigger Head a reclamar la devolución de lo
robado. Mi tío y sus hijos me juraron que no sabían nada del asunto y aparentaron
creer que habíamos sido mi padre y yo los que, con el ánimo de violar la buena fe por
la que el comercio ha de regirse, habíamos cometido el asalto. El tío William llegó a
amenazarme con la apertura de otro salón de baile en Ghost Rock como venganza.
Me di cuenta enseguida de que esta operación, que parecía ventajosa, iba a ser
nuestra ruina, pues El reposo de los santos había perdido mucho prestigio. Entonces le
dije a mi tío que si me aceptaba en su proyecto y no le hacía ningún comentario sobre
ello a mi padre, estaba dispuesto a olvidar lo ocurrido. Pero rechazó mi razonable
oferta y fue entonces cuando empecé a pensar que las cosas irían mejor y serían más
agradables cuando mi tio estuviera muerto.
»Al cabo de cierto tiempo dedicado a perfeccionar los planes para acabar con él,
se los comuniqué a mis padres y tuve la gran alegría de contar con su aprobación.
Papá dijo que estaba orgulloso de mí y mamá me prometió que, aunque su religión
prohibía colaborar en la destrucción de una vida humana, rezaría para que todo
saliera bien. Lo primero que hice, para evitar ser descubierto y como medida
cautelar, fue solicitar mi ingreso en la poderosa orden de los Caballeros del Crimen.
A su debido tiempo fui nombrado miembro de la comandancia de Ghost Rock. El día
que mi periodo de prueba terminó, tuve acceso, por primera vez, a los archivos de la
orden y pude conocer quiénes eran sus miembros (hasta entonces los ritos de
iniciación habían sido dirigidos por individuos enmascarados). Cuál no sería mi
sorpresa cuando, al examinar la lista, descubrí que el vicecanciller segundo de la
orden era mi propio tío, cuyo nombre aparecía en tercer lugar. Era algo que superaba
todas mis ansias de grandilocuencia: al asesinato podría añadir la insubordinación y
la traición. Mi madre lo habría llamado «un capricho especial de la providencia».
»Por esos días se produjo un acontecimiento que hizo que mi alegría
desembocara en una vorágine de felicidad: arrestaron a tres forasteros por el asalto a
la diligencia. Se les juzgó y, a pesar de mis esfuerzos por salvarles e inculpar a tres de
los ciudadanos más dignos y respetables de Ghost Rock, fueron condenados con las
mínimas pruebas. Desde aquel momento, mi crimen podría ser todo lo infundado y
disparatado que yo quisiera.
»Una mañana me eché el Winchester al hombro y me dirigí a casa de mi tío.
Pregunté a mi tía Mary, su esposa, si él estaba en casa y añadí que tenía la intención
de matarle. Mi tía replicó, con su habitual sonrisa, que eran tantos los caballeros que
llegaban con la misma idea y se marchaban sin obtener ningún resultado, que
dudaba de mis intenciones. Agregó que no tenía aspecto de querer matar a nadie, así
que, para demostrarle mi buena fe, cogí el rifle y le pegué un tiro a un chino que
pasaba por allí. Entonces comentó que conocía a familias enteras que podían hacer
cosas así, pero que Bill Ridley era harina de otro costal. Sin embargo, tras indicarme
que podía encontrarle en el redil, al otro lado del río, se despidió de mí diciendo que
esperaba que ganara el mejor.
»Desde luego, la tía Mary era una de las personas más ecuánimes que he
conocido.
»Encontré al tío William arrodillado, enfrascado en la tarea de esquilar a una
oveja. Estaba desarmado y no tuve el valor de dispararle. Me acerqué, le saludé
amablemente y le sacudí un fuerte culatazo en la cabeza. Como suelo golpear
bastante bien, le dejé tirado sobre un costado. Después, se dio la vuelta,
desentumeció los dedos y se encrespó. Antes de que recuperara la posesión de sus
miembros, agarré el cuchillo que había estado utilizando y le corté los tendones.
Como usted sabrá, cuando se rompe el tendón de Aquiles, el paciente ya no puede
usar la pierna, es como si no la tuviera. Bien, pues le corté los dos, y cuando quiso
recobrarse, estaba totalmente bajo mi voluntad. En cuanto se percató de la situación
dijo:
»—Samuel, me tienes en tus manos y puedes permitirte ser generoso. Sólo
quiero pedirte una cosa: llévame a casa y acaba conmigo en el seno familiar.
»Le contesté que su petición me parecía razonable y que estaba dispuesto a
hacer lo que me pedía si me dejaba meterle en un costal de trigo: sería más fácil
transportarle y llamaríamos menos la atención si nos cruzábamos con algún vecino.
Una vez que hubo aceptado, me fui al granero a por el saco. Pero no era fácil meterle
dentro, pues mi tío era grueso y bastante alto. Decidí doblarle las piernas con las
rodillas contra el pecho y embutirle dentro, tras lo cual hice un nudo sobre su cabeza.
Aunque empleé todas mis fuerzas para llevarlo sobre la espalda, me resultaba
bastante pesado. Fui dando trompicones hasta llegar a un columpio que unos niños
habían colgado de la rama de un roble. Le puse encima y me senté sobre él a
descansar. Al ver la cuerda se me ocurrió una feliz idea. Veinte minutos después, mi
tío, aún en el saco, se balanceaba a merced del viento.
»Había bajado la cuerda, y tras atar uno de sus extremos a la boca del saco y
pasar el otro por encima de la rama, levanté el fardo a una altura de unos cinco pies.
Amarré el último cabo de nuevo en el saco y tuve el placer de ver a mi pariente
convertido en un pesado y hermoso péndulo. No parecía muy consciente del cambio
que había sufrido, aunque, para ser justo con su recuerdo, debo decir que no creo que
me hubiera hecho perder mucho tiempo con sus vanas protestas.
»Mi tío tenía un carnero que era famoso en la región por sus dotes para la lucha.
El animal estaba en un constante estado de indignación crónica: algún profundo
desengaño durante sus primeros años de vida había amargado su carácter y le había
llevado a declarar la guerra a todo ser viviente. Decir que siempre estaba dándose
topetazos contra cualquier objeto no sería más que dar una ligera idea de la
naturaleza y alcance de su actividad bélica. Todo el universo era su enemigo y sus
métodos eran los de un proyectil. Peleaba como lo hacen los ángeles contra los
demonios, a media altura; surcaba el aire como un pájaro, describiendo una parábola
tras la que descendía sobre su víctima justo sobre el ángulo exacto de incidencia en el
que mejor aprovechaba su fuerza y velocidad. Su impulso, calculado en
kilográmetros, era algo increíble. Se le había visto destrozar a un toro de cuatro años
con un simple impacto sobre su frente rugosa. No se conocía una sola pared de
piedra que aguantara su embestida, ni había árboles suficientemente duros para
soportarla: los hacía astillas y arrastraba sus frondosos galardones por el suelo. Esa
bestia irascible y despiadada, esa personificación del rayo, estaba echada a la sombra
de un árbol cercano, ansiosa de conquista y gloria. Y precisamente se me ocurrió
colgar a su dueño tal y como he descrito con la idea de citarla más adelante en el
campo del honor.
»Una vez terminados los preparativos, transmití al péndulo avuncular un suave
balanceo, y tras buscar protección en una roca cercana, solté un largo y agudo grito
cuya débil nota final fue ahogada por un chillido que, procedente del saco, recordaba
al de un gato furioso. Inmediatamente, aquel formidable morueco se puso en pie y
comprendió la situación bélica de un solo vistazo. Tras un breve instante, se acercó
piafando hasta unas cincuenta yardas del bamboleante adversario quien, con su
avance y retroceso, parecía invitar al combate. Vi que el animal de repente doblaba la
testuz como si le pesara la enorme cornamenta: desde aquel lugar, como una
ondulante franja blanca apenas perceptible, se arrancó en dirección horizontal hasta
llegar a poco menos de cuatro yardas del punto sobre el que se encontraba el
enemigo. Entonces asestó una fuerte cornada hacia arriba y, antes de que pudiera
percibir con claridad el lugar en el que había comenzado el movimiento, oí un golpe
terrible seguido de un profundo alarido. Mi pobre tío salió disparado hacia adelante
y la cuerda se elevó por encima de la rama a la que estaba sujeta. Al caer, se tensó de
golpe y el vuelo se detuvo. Entonces comenzó a balancearse de nuevo lentamente
hacia el otro extremo del arco descrito. El carnero había caído de bruces y apenas se
distinguía más que una amalgama de lana, cuernos y patas; pero se recobró y, una
vez esquivada la caída de su antagonista, se retiró sacudiendo la cabeza y dando
patadas contra el suelo. Retrocedió más o menos hasta el mismo punto desde el que
había lanzado el primer ataque y se detuvo; como si estuviera rezando para
conseguir la victoria, agachó la cabeza y salió de nuevo disparado. Esta vez tampoco
le pude ver con claridad: sólo capté la misma franja blanca que tras extenderse en
monstruosas ondulaciones, terminaba en una brusca elevación. Su trayectoria
formaba ángulo recto con la anterior y su impaciencia era tan grande que golpeó al
enemigo antes de que éste hubiera alcanzado el punto más bajo del arco. Esto hizo
que el fardo empezara a dar vueltas y más vueltas en sentido horizontal con un radio
de unos diez pies, la mitad de la longitud total de la cuerda. Los alaridos de mi tío,
crescendo cuando se acercaba y diminuendo al alejarse, hacían que la rapidez del giro
fuera más perceptible con el oído que con la vista. Debido a la postura que tenía y a
la distancia del suelo a la que estaba, recibía los golpes en las extremidades inferiores
y en los riñones: se moría lentamente de abajo a arriba, como una planta que da con
sus raíces en terreno ponzoñoso.
»Tras este segundo golpe el animal no se retiró. La fiebre de la batalla hervía en
su corazón y su cerebro estaba ebrio de sangre. Como un púgil que llevado por la
rabia olvida lo mejor de su destreza y lucha cuerpo a cuerpo, intentaba alcanzar, con
torpes saltos verticales, al fugaz enemigo que le pasaba por encima. Aunque a veces
conseguía golpearle débilmente, casi siempre acababa en el suelo, pues su ardor iba
mal encauzado. Cuando empezaba a agotarse, los círculos que el fardo describía se
estrecharon y la velocidad de giro se redujo. Todo ello, unido al escaso trecho que
había entre el saco y el suelo, hizo que su táctica produjera mejores resultados y se
consiguiera una calidad de alarido superior. Yo disfrutaba con placer.
»De repente, como si hubieran tocado retirada, el carnero suspendió las
hostilidades y se alejó resoplando. Arrancó unas cuantas briznas de hierba y las
masticó lentamente. Parecía cansado del fragor de la batalla y decidido a cambiar la
espada por el arado y a cultivar las artes de la paz. Desde el campo de la fama avanzó
con paso firme hasta una distancia de un cuarto de milla. Entonces, de espaldas al
enemigo, se detuvo y continuó rumiando, medio dormido. Sin embargo, aprecié que
de vez en cuando volvía ligeramente la cabeza, como si su apatía fuera más fingida
que real.
»Mientras tanto los gritos del tío William, y su movimiento, habían disminuido:
no se oían más que unos largos y débiles lamentos junto a los que aparecía mi
nombre pronunciado en un tono suplicante que resultaba de lo más agradable.
Evidentemente mi tío no tenía la menor idea de lo que ocurría y estaba aterrorizado;
ciertamente, cuando la muerte se acerca rodeada de misterio resulta terrible. Poco a
poco el balanceo fue reduciéndose hasta que se detuvo. Cuando me iba acercando al
fardo para darle el golpe de gracia, sentí una sucesión de rápidos temblores que
sacudían la tierra, algo así como un pequeño terremoto. Me volví hacia donde estaba
el carnero y vi una nube de polvo que se aproximaba a una velocidad tan inusitada
que resultaba alarmante. Como a unas treinta yardas, se plantó bruscamente y me
pareció ver que un enorme pájaro blanco se elevaba por los aires. Su ascenso fue tan
suave, sencillo y regular que, admirado de su donaire, apenas pude captar su
extraordinaria celeridad. Recuerdo que su movimiento era lento, intencionado. El
morueco, pues no era otro que él, se elevaba con una fuerza distinta a la de su propio
ímpetu y parecía ser sostenido en el aire con una ternura y cuidado infinitos. Su
ascensión producía un gran placer, igual que antes había resultado aterrador verle
aproximarse por tierra. El noble animal surcaba los cielos con la cabeza entre las
rodillas y las pezuñas inclinadas hacia atrás como si fuera una garza en vertiginoso
ascenso.
»A los cuarenta o cincuenta pies, según recuerdo con ternura, alcanzó su cenit y
se quedó inmóvil por un instante; entonces, sesgó el cuerpo hacia adelante y, sin
variar la posición de sus miembros, salió disparado hacia abajo con una trayectoria
cada vez más oblicua y una velocidad frenética. Pasó por encima de mí con el
estruendo de una bala de cañón y golpeó a mi pobre tío exactamente en el centro de
la cabeza. Tan espantoso fue el impacto que no sólo le partió el cuello sino que
incluso la cuerda se rompió. El cuerpo del difunto se estrelló contra el suelo y fue
deshecho por las cornadas del meteórico musmón. La sacudida detuvo todos los
relojes entre Lone Hand y Dutch Dan y el profesor Davidson, que andaba por el
lugar y era una autoridad en temas sísmicos explicó que las vibraciones iban de norte
a sudoeste.
»En resumen, creo que, en lo que a atrocidad artística se refiere, el asesinato del
tío William ha sido superado en muy contadas ocasiones.»
_
Una tumba sin fondo
Me llamo John Brenwalter. Mi padre, que era un borracho, tenía la patente de
un invento para hacer granos de café con arcilla; pero como era un hombre honrado,
no quiso dedicarse personalmente a su fabricación. Por eso nunca llegó a ser rico, ya
que los derechos de su valioso invento apenas le alcanzaban para pagar las costas de
los pleitos entablados contra los granujas que los violaban. En consecuencia, no pude
disfrutar de muchas de las ventajas propias de los hijos con padres indecentes y sin
escrúpulos y, de no haber sido por una madre justa y cariñosa que relegó al resto de
los hermanos y se encargó personalmente de mi educación, habría crecido en la
ignorancia y me habría visto obligado a dedicarme a la enseñanza. Verdaderamente,
ser el hijo de una mujer buena vale un tesoro.
Papá tuvo la desgracia de morirse cuando yo tenía diecinueve años. Como
siempre había disfrutado de una salud de hierro, él fue el primer sorprendido por el
hecho, que se produjo de repente durante la comida. Precisamente aquella misma
mañana le habían comunicado la concesión de la patente de un artefacto que
reventaba cajas fuertes por medio de presión hidráulica sin el menor ruido. El
Comisario de Patentes había considerado el invento como el más ingenioso, efectivo
y digno de mérito que jamás le habían presentado, y mi padre, como era de esperar,
se había hecho la ilusión de una vejez llena de prosperidad y honores. Su repentina
muerte le supuso por tanto una gran decepción, aunque a mi madre, piadosa y
resignada ante la voluntad de la Providencia, le afectó bastante menos. Al finalizar la
comida, y una vez retirado el cuerpo de mi pobre padre, nos llevó a la habitación de
al lado y se dirigió a nosotros del siguiente modo:
—Hijos míos, el extraño suceso que acabáis de presenciar es uno de los más
desagradables acontecimientos en la vida de un hombre de bien, y uno de los que
menos me gustan, os lo aseguro. Creedme si os digo que nada tuve que ver en ello.
Pero desde luego —añadió tras una pausa, bajando los ojos como en profunda
meditación— es mejor que haya muerto.
Dijo esto con un sentimiento tan claro de la naturalidad del fallecimiento que
nadie se atrevió a provocar su desconcierto pidiéndole una explicación. Y es que la
actitud de sorpresa que mi madre adoptaba cuando nos equivocábamos en algo
resultaba terrible. Recuerdo que un día, después de un acceso de mal humor en el
que me había tomado la libertad de arrancarle una oreja a mi hermano pequeño, sus
únicas palabras fueron: «John, ¡me sorprendes!» Me pareció un reproche tan severo
que, tras una noche en vela, me dirigí a ella y, entre lágrimas, me arrojé a sus pies
exclamando: «Madre, perdóname por haberte sorprendido.» Todos, pues, incluyendo
al crío desorejado, consideramos que nos iría mejor si aceptábamos la manifestación
que acababa de hacer sin el menor pestañeo. Y prosiguió:
—Debéis saber, hijos míos, que en caso de muerte repentina y misteriosa la ley
exige que se presente un forense, trocee el cadáver y entregue los pedazos a varios
señores que, después de haberlos analizado, certifican la muerte de la persona. Por
este trabajo el forense cobra un montón de dinero. Desearía en nuestro caso evitar
esta formalidad tan dolorosa, pues es algo que nunca habría tenido la aprobación de
vuestro padre. John —dijo dirigiéndose a mí con cara angelical—, tú eres un chico
educado y muy discreto. Ahora tienes la ocasión de mostrar tu gratitud por los
sacrificios que tu educación nos ha supuesto a todos los demás. Así que ve y acaba
con el forense.
No puedo expresar con palabras lo que dicha muestra de confianza me
complació, pues me daba la oportunidad de distinguirme con una acto que iba
perfectamente con mi disposición natural. Entonces, arrodillándome ante ella, besé
su mano y la bañé con lágrimas de emoción. Poco antes de las cinco de aquella
misma tarde había acabado con el forense.
Fui detenido inmediatamente y enviado a la cárcel, donde pasé una noche de lo
más incómoda, incapaz de conciliar el sueño por las blasfemias que soltaban mis
compañeros de calabozo, dos curas, cuya formación teológica les había dotado de un
sin fin de ideas impías y de un dominio sin par del lenguaje irreverente. Pero entrada
ya la noche, el carcelero, que dormía en una habitación contigua y estaba siendo
igualmente importunado, entró en la celda y, lanzando un tremendo exabrupto,
advirtió a aquellos reverendísimos caballeros que si volvía a oír más palabrotas no
tendría en cuenta su condición y los pondría de patitas en la calle. Sólo entonces
bajaron el tono de su insoportable conversación y sacaron un acordeón,
permitiéndome así dormir el sueño pacífico y refrescante de la juventud y la
inocencia.
A la mañana siguiente me llevaron ante el juez Superior, que era quien tenía
competencia en el caso, y me sometieron a los interrogatorios preliminares. Me
declaré inocente alegando que el hombre al que había asesinado era un demócrata
célebre (mi madre, que era republicana, me había instruido, desde mi más tierna
infancia, en los principios de un gobierno honrado y en la necesidad de acabar con la
oposición facciosa). Al juez, que había sido fraudulentamente elegido en un colegio
electoral republicano, mi alegato le impresionó sensiblemente y me ofreció un pitillo.
—Con la venia, su Señoría —comenzó el fiscal—. No considero necesario
presentar prueba alguna en este caso. Usted preside la sala como magistrado y, con
la ley en la mano, su misión es resolver. Testimonios y pruebas supondrían, por
igual, poner en duda la voluntad de su Señoría de llevar a cabo dicha misión
aceptada bajo juramento. Por tanto no tengo más que añadir.
Mi abogado, hermano del difunto forense, poniéndose en pie dijo:
—Con la venia de la Sala. El representante de la acusación ha manifestado tan
clara y elocuentemente que es tarea de ley entender en este caso que sólo me queda
demandar hasta qué punto él mismo se ha ajustado a ella. Ciertamente, su Señoría,
usted ha de resolver. ¿Y qué va a resolver? Eso es algo que la ley deja sabia y
justamente a su elección, e inteligentemente usted siempre se ha eximido de las
obligaciones que la legislación impone. Desde que le conozco, su Señoría ha resuelto
cometer cohecho, hurto, incendio, perjurio, adulterio, asesinato, en definitiva, todos y
cada uno de los delitos previstos en el código y todos los excesos típicos de seres
desaprensivos y depravados, entre los que incluyo al representante del ministerio
público. Ha cumplido pues, ampliamente, el cometido de resolver y, como no hay
pruebas contra mi respetable joven cliente, solicito su libre absolución.
Hubo un silencio impresionante. El juez se levantó, se puso el birrete y, con una
voz llena de turbación, me condenó de por vida, ordenando mi puesta en libertad.
Entonces se volvió hacia mi abogado y le espetó fría pero significativamente:
—Ya nos veremos.
A la mañana siguiente, aquél que tan concienzudamente me había defendido
contra la acusación de homicidio en la persona de su hermano (con el que, por cierto,
había tenido un altercado por la propiedad de unas tierras), había desaparecido y
hasta el día de hoy se ignora su paradero.
Entretanto, el cuerpo de mi padre había sido clandestinamente enterrado a
medianoche en el patio de su último domicilio, con sus botas puestas y las vísceras
sin analizar. «Estaba en contra de todo exhibicionismo —dijo mi madre mientras
acababa de apisonar la tierra sobre su cuerpo y ayudaba a sus hijos a esparcir paja
sobre su tumba—; sus instintos eran hogareños y amaba la vida tranquila.»
En la solicitud que mi madre hizo del acta de defunción manifestaba que tenía
buenas razones para creer que mi padre había fallecido, pues hacía días que no
aparecía por casa a comer; pero el juez de la Sala de Usurpasucesiones —como más
tarde mamá siempre la llamaría con desprecio— decidió que las pruebas eran
insuficientes y puso la herencia en manos del Administrador Público, que era su
yerno. Se comprobó que los haberes eran iguales a las deudas; sólo quedaba la
patente del artilugio para reventar cajas fuertes silenciosamente, que había pasado a
pertenecer ahora al juez que intervino en el asunto y al Administraidor Público —
como mi madre gustaba llamarlo. De este modo, una familia digna y respetable se
vio rebajada del bienestar al delito en unos pocos meses: la necesidad nos obligó a
trabajar.
En la selección de quehaceres nos regimos por una serie de consideraciones
tales como capacidad personal, preferencias, etc. Mi madre abrió una selecta escuela
privada en la que enseñaba el arte de cambiar las pintas en las alfombras de piel de
leopardo; mi hermano mayor, George Henry, aficionado a la música, se hizo corneta
en un asilo para sordomudos que había cerca; mi hermana Mary María aprendió a
preparar la Esencia de Llavines del Profesor Pan de Centeno, que daba diferentes
sabores a las aguas minerales, y yo me establecí como ajustador y dorador de vigas
para horcas. El resto de los hermanos, demasiado jóvenes aún para trabajar,
siguieron robando pequeños artículos, tal y como se les había enseñado.
Durante los ratos de ocio engañábamos a los viajeros para que se alojaran en
casa y, después de robarles, enterrábamos sus cuerpos en la bodega.
En una parte de esta estancia teníamos vinos, licores y provisiones. Como se
agotaban con mucha rapidez, creímos supersticiosamente que las personas allí
enterradas salían por la noche y celebraban una fiesta. Más de una mañana, a pesar
de que la puerta había sido cerrada y atrancada contra cualquier intruso,
descubrimos trozos de carne adobada, latas de conserva vacías y desperdicios por el
estilo tirados por el suelo. Alguien propuso coger las provisiones y almacenarlas en
otro lugar, pero nuestra madre, siempre tan generosa y hospitalaria, dijo que era
mejor hacer frente a las pérdidas que exponernos arriesgadamente. Si les negábamos
esa insignificante gratificación a los fantasmas podrían poner en marcha una
investigación que acabaría con nuestro esquema de división del trabajo y desviaría
las energías de toda la familia hacia la tarea que yo ejercía: pasaríamos uno a uno a
decorar con nuestros cuerpos las vigas de las horcas. Aceptamos pues su decisión
con sumisión filial, ya que reverenciábamos su astucia y pureza de carácter.
Una noche que estábamos todos en la bodega (ninguno se atrevía a bajar solo)
dedicados a la labor de dar cristiana sepultura al alcalde de una localidad cercana, mi
madre y los críos, con una vela cada uno, y George Henry y yo con el pico y la pala,
mi hermana soltó un alarido y se cubrió la cara con las manos. Todos nos
sobresaltamos y suspendimos las exequias del alcalde en el acto; pálidos y con voces
temblorosas, pedimos a Mary María que nos dijera qué le había asustado. Los
pequeños estaban tan nerviosos que las velas temblequeaban en sus manos y en las
paredes las sombras de nuestras figuras parecían bailar con movimientos toscos y
groseros, adoptando unas actitudes de lo más extrañas. La cara del interfecto tan
pronto mostraba a la luz su tez cadavérica como desaparecía por efecto de alguna
sombra: cada vez tomaba una nueva expresión más condenatoria, un ceño más
ladino. Las ratas, aún más asustadas que nosotros por el grito, corrían en tropel de un
lado a otro, emitiendo agudos chillidos, o se quedaban inmóviles con los ojos fijos en
la oscuridad de algún rincón. Esos pequeños puntos de luz verde hacían juego con la
débil fosforescencia de la descomposición que llenaba la fosa a medio cavar y
parecían la manifestación visible del ligero olor a muerto que impregnaba aquel aire
malsano. Los pequeños soltaron las velas y comenzaron a lloriquear mientras se
agarraban a las piernas de sus mayores, y nos habríamos quedado entre tinieblas de
no haber sido por aquella luz siniestra que brotaba de la tierra e inundaba los bordes
de la fosa como si de un manantial se tratara.
Mi hermana, en cuclillas sobre la tierra que habíamos sacado, se había
descubierto la cara y miraba fijamente con ojos desorbitados a un hueco oscuro entre
dos barriles.
—¡Ahí está! ¡Ahí está! —gritó mientras señalaba—. ¡Dios santo!, pero ¿es que no
lo veis?
¡Claro que lo vimos! Una figura humana apenas reconocible en la oscuridad,
que se tambaleaba como si se fuera a caer y se agarraba a los barriles en busca de
apoyo, dio un paso y por un momento se hizo visible a la luz de las pocas velas que
nos quedaban; después, se incorporó con esfuerzo y cayó de bruces sobre el montón
de tierra. Todos habíamos reconocido ya la apariencia, el rostro y el porte de nuestro
padre (muerto hacía diez meses y enterrado con nuestras propias manos), en pie —
sin ninguna duda— y completamente borracho.
No quisiera extenderme sobre los incidentes de nuestra precipitada huida lejos
de aquel lugar espantoso; sobre la desaparición de todo sentimiento humano en
aquella tumultuosa y enloquecida ascensión por las húmedas escaleras
desvencijadas, en las que nos escurrimos, tropezamos y caímos, empujándonos y
encaramándonos unos sobre otros mientras pisoteábamos a unas criaturas que
fueron rechazadas y enviadas a la muerte por su propia madre. Sólo ella, mis
hermanos mayores y yo conseguimos escapar. Los demás perecieron abajo, unos por
las heridas, otros de miedo y el resto abrasados, ya que, después de dedicar una hora
a recoger algunas ropas y lo que de valor teníamos, pegamos fuego a la casa y
huimos hacia las colinas. Ni siquiera nos detuvimos a coger la póliza del seguro,
único pecado de omisión que mi madre reconocería años después en su lecho de
muerte, muy lejos de allí. Su confesor, un santo, nos aseguró que, teniendo en cuenta
las circunstancias, Dios perdonaría su descuido.
Unos diez años después de nuestra partida, y siendo ya un próspero
falsificador, volví de incógnito a aquel lugar con la intención de conseguir los efectos
de valor que habían quedado enterrados en la bodega. Todo fue en vano: el
descubrimiento de restos humanos entre las ruinas había movido a las autoridades a
continuar las excavaciones, por lo que acabaron encontrando nuestras riquezas,
apropiándose de ellas honestamente. La casa nunca se reconstruyó y el barrio estaba,
de hecho, abandonado. Se había hablado de tantas visiones y ruidos sobrenaturales
en aquella zona que nadie quería vivir allí. Al no encontrar a quién preguntar o
importunar, decidí satisfacer mi piedad filial echando un último vistazo al rostro de
mi padre por si, después de todo, nuestros ojos nos habían traicionado y seguía
todavía en su tumba. Recordé, además, que siempre llevaba un enorme anillo de
diamantes y, como no había vuelto a saber nada de él desde su muerte, pensé que
podría estar enterrado con él. Una vez conseguida una pala, localicé rápidamente la
tumba en lo que había sido el patio y comencé a cavar. Llevaba poco más de un
metro cuando el fondo cedió y, a través de un largo conducto, fui a caer a una cloaca.
No había ningún cuerpo ni rastro de él.
Sin poder salir de allí, me arrastré por el sumidero y, después de retirar, no sin
dificultad, algunos escombros chamuscados y restos de mampostería ennegrecida
que obstruían el hueco, aparecí en lo que había sido la fatídica bodega.
Por fin todo estaba claro. Mi padre, cualquiera que fuera la causa que le había
hecho «caer enfermo» durante la comida (y creo que el testimonio de mi santa madre
podría haber arrojado alguna luz sobre el asunto) había sido enterrado vivo. Su
tumba se cavó accidentalmente sobre el centro de la bóveda de una alcantarilla y —
enterrado sin ataúd— rompió, en sus esfuerzos por volver a la vida, la podrida pared
y consiguió deslizarse hasta llegar finalmente a la bodega. Al comprobar que no era
bienvenido en su propia casa, y como no tenía otra, vivió en su encierro subterráneo,
testigo de nuestros ahorros y sustentado por nuestros alimentos; era él, ¡el muy
ladrón!, el que se apoderaba de nuestra comida y se bebía nuestro vino. En un
momento de embriaguez necesitó compañía, como le pasa a todos los borrachos, y
abandonó su escondrijo sin darse cuenta de las funestas consecuencias que acarreaba
a su familia: un error que fue casi un crimen.
_
El hipnotizador
Algunos amigos, conocedores de mi afición a fenómenos como el hipnotismo y,
en general, a las lecturas que tratan sobre los poderes de la mente, me preguntan con
frecuencia si tengo una idea clara de cuáles son sus fundamentos. Siempre les
respondo que ni la tengo, ni deseo tenerla, pues no soy de esas personas que, por
simple curiosidad, pegan el oído a la puerta del laboratorio de la naturaleza. Los
intereses de la ciencia me importan tan poco como a ella los míos.
Sin duda dichos fenómenos son bastante simples y, si somos capaces de
interpretar sus huellas, nunca escaparán a nuestra capacidad de comprensión. Por lo
que a mí respecta, prefiero no hacer tal cosa, pues, dado mi carácter especialmente
romántico, encuentro mayor satisfacción en el misterio que en el conocimiento.
Cuando era niño, debido a mis frecuentes momentos de abstracción y a la
indiferencia que mostraba hacia lo que ocurría a mi alrededor, la gente decía que mis
grandes ojos azules, extraordinariamente bellos, daban la impresión de indagar en mi
interior en vez de mirar hacia afuera. Creo que en eso se parecían al alma que hay
tras ellos, siempre más atenta a alguna atractiva idea creada por su imaginación que
a las leyes naturales y al aspecto material de las cosas. Todo esto, aunque parezca
irrelevante y egoísta, sirve para explicar mi escasa habilidad a la hora de dilucidar un
tema que siempre me ha llamado la atención y en torno al cual existe una honda
curiosidad general. Cualquier otra persona con mis poderes y oportunidades podría
sin duda explicar gran parte de los hechos que yo me limitaré a exponer a modo de
narración.
La primera vez que fui consciente de mis extraños poderes fue a los catorce
años, en el colegio. Me había olvidado el bocadillo en casa y contemplaba con
hambre el que una niña se iba a comer. La cría levantó los ojos y nuestras miradas se
encontraron: parecía anulada e incapaz de apartar la vista. Tras un momento de
indecisión, se acercó y me cedió su bolsa, que estaba llena de manjares tentadores.
Luego, se marchó. Enormemente complacido, maté el hambre y al terminar destruí la
bolsa. Desde aquel momento no volví a preocuparme del almuerzo, pues aquella
niña pasó a ser mi proveedor habitual. Con frecuencia provecho y gozo se
combinaban: mientras apuraba el frugal sustento, la hacía asistir al banquete con
ilusorios ofrecimientos de unas viandas que al final sólo yo consumía. Ella estaba
convencida de que se lo comía todo, pero horas más tarde, sus lastimosos quejidos
hambrientos sorprendían al profesor, divertían a la clase (que la llamaba «Barriga
comilona»), y a mí me producían una placidez difícil de comprender.
Lo más desagradable era la necesaria discreción con que teníamos que hacer el
traspaso de la comida lejos del mundanal ruido, por ejemplo en el bosque. Me
produce rubor recordar los muchos otros subterfugios a los que tuve que recurrir.
Dado mi carácter franco y abierto, tales tretas me resultaban cada vez más violentas
y, si mis padres no se hubieran empeñado en aprovecharse de las ventajas del nuevo
régime, de buena gana habría vuelto al antiguo. El plan que finalmente ideé para
liberarme de las consecuencias de mis poderes provocó un gran interés en aquella
época; sólo la parte referente a la muerte de la chica motivó la más severa condena.
Pero no la voy a contar porque apenas tiene relación con mi relato.
Durante los años siguientes tuve pocas ocasiones de practicar el hipnotismo.
Los pequeños ensayos que realizaba casi siempre eran recompensados con un
encierro a pan y agua. En otras ocasiones lo único que conseguí fueron unos cuantos
zurriagazos. Pero cuando ya estaba a punto de acabar con estos pequeños
desengaños, tuvo lugar mi hazaña más importante.
Me habían llevado al despacho del alcaide para darme ropa de paisano, una
ridícula cantidad de dinero y un montón de consejos que, tengo que decirlo, eran de
mejor calidad que la ropa. Cuando por fin salía por la puerta, camino de mi libertad,
me di la vuelta y clavé la mirada en los ojos del alcaide. En un instante lo tuve bajo
mi control.
—Eres un avestruz —le dije.
Cuando le practicaron la autopsia encontraron en su estómago varios objetos de
madera y metal, difícilmente digeribles. Atascado en el esófago apareció lo que,
según el forense, había sido la causa inmediata de la muerte: un picaporte.
Por naturaleza, yo era un hijo bueno y cariñoso, pero cuando regresé al mundo
del que me habían apartado durante tanto tiempo recordé que mis tacaños padres
habían sido los responsables, desde el asunto de los almuerzos en el colegio, de todas
las desgracias que me habían ocurrido. Y nada parecía indicar que se hubieran
reformado.
En el camino de Succostash Hill a South Asphyxia existe un pequeño solar en el
que había una chabola conocida como «la covacha de Pete Gilstrap»; en ella dicho
caballero se dedicaba a asesinar caminantes para ganarse la vida. La muerte del señor
Gilstrap y el desvío de casi todo el tránsito hacia otro camino tuvieron lugar en tan
breve espacio de tiempo que nadie sabe decir cuál fue la causa y cuál el efecto. De
cualquier modo, el solar estaba desierto y la covacha había sido quemada hacía
tiempo. Fue precisamente en aquel lugar, de camino a South Asphyxia, pueblo de mi
niñez, donde me encontré con mis padres, que iban a Succostash Hill. Habían
amarrado los caballos y estaban almorzando bajo un roble que había en el centro. La
visión de la comida me trajo desagradables recuerdos escolares y despertó a la fiera
que dormía en mi interior. Me acerqué a aquellos dos culpables, que enseguida me
reconocieron, y les indiqué que quería compartir su hospitalidad.
—De esta comida, hijo mío —dijo mi progenitor con la pomposidad que le
caracterizaba, patente aún tras el paso de los años—, sólo hay para dos. No es que sea
insensible al hambre que tus ojos reflejan, pero...
No pudo terminar la frase. Lo que él llamaba el reflejo del hambre no era otra
cosa que la mirada firme de un hipnotizador. En pocos segundos le tuve a mi
merced. Cuando, tras unos pocos más, tuve lista a mi madre, me dispuse a efectuar
lo que mi justo resentimiento me dictaba.
—Ex-padre —dije—, supongo que eres consciente de que tú y esta señora ya no
sois lo que érais.
—Sí, he observado un ligero cambio —fue la dudosa respuesta del anciano—.
Debe de ser la edad.
—Es más que eso —le expliqué—. Es algo que tiene que ver con el carácter, con
la especie. En realidad tú y esta mujer sois dos broncos, dos caballos salvajes bastante
brutos.
—Pero John —exclamó mi madre—, no estarás diciendo que soy...
—Señora —repliqué con mis ojos clavados en los suyos—, sí, así es.
Apenas había acabado de decir esto, se puso a cuatro patas y, gritando como
una posesa, reculó hacia el viejo al que lanzó una tremenda coz en la barbilla. En un
segundo, mi padre adoptó la misma postura, se dirigió hacia ella y empezó a cocear
con ambas piernas. Mi madre manejaba las suyas con la misma solemnidad aunque,
debido a la ropa que llevaba, con menos soltura. Sus cruces y entrelazamientos en el
aire eran de lo más asombroso: a veces sus pies chocaban de lleno a media altura, tras
lo cual, sus cuerpos, proyectados hacia adelante, se desplomaban y quedaban
exhaustos. Una vez recuperados, volvían al ataque emitiendo en tono delirante unos
irreconocibles sonidos, propios de las bestias que creían ser, que inundaban toda la
región con su clamor. Dieron vueltas y vueltas mientras sus patadas caían «como
rayos». Se encabritaban y retrocedían para golpear con ambos remos; después, caían
sobre las manos que resultaban demasiado débiles para aguantar su peso. La hierba
y los chinarros habían desaparecido bajo sus pies; su ropa, al igual que el pelo y el
rostro, estaba llena de sangre. Al dar las coces soltaban salvajes gritos de rabia que se
convertían en bufidos y gruñidos cuando las recibían. Nada había más parecido a
Waterloo o Gettysburg que aquel campo de batalla. El valor que demostraron en
todo momento siempre fue para mí un motivo de orgullo y satisfacción. Al final, sus
rostros ensangrentados y deshechos testificaban que el responsable de la pelea había
quedado huérfano.
Me detuvieron por perturbar el orden público, y desde entonces siempre he
sido juzgado por un Tribunal de Detalles Técnicos y Aplazamientos. Por ello,
después de quince años, mi abogado está moviendo cielo y tierra para conseguir que
mi caso sea transferido al Tribunal de Revisión de Nuevos Procesos.
Éstos han sido algunos de los experimentos que he realizado en el campo de la
sugestión hipnótica. Que ésta pueda emplearse con malos propósitos, es algo que
desconozco.

jueves, 14 de agosto de 2008

TERROR -- LA PLANTA I -- STEPHEN KING

STEPHEN
KING
La Planta I


_
4 de enero de 1981
Zenith House, Editores,
490 Park Avenue South
New York, New York 10017,
Señores:
He escrito un libro que quizás acepten publicar. Es muy bueno, todo es terrorífico y
real. Se llama Verdaderos Cuentos de las Plagas Demoníacas; conozco todas las cosas de
primera mano. El volumen incluye historias tales como "El Mundo de la Brujería," "El
Mundo del Éter," y "El Mundo de los Muertos Vivientes." También incluyo algunas recetas
para pociones, pero éstas podrían ser "censuradas" si les llegara a parecer que son demasiado
peligrosas, a pesar de que a la mayoría de las personas no le funcionarían en absoluto, y en
un capítulo llamado "El Mundo de los Hechizos" explico las razones.
Ahora les estoy ofreciendo este libro para su publicación. Estoy ansioso por vender
todos los derechos (salvo los de la película; yo mismo haré el film. Si lo desean también hay
fotografías. Si están interesados en este libro (ningún otro editor lo ha visto, estoy
enviándoselos porque ustedes son los editores de Casas Sangrientas, que fue bastante
bueno), por favor contesten con el franqueo postal pago que he adjuntado. Enviaré el
manuscrito con estampillas de retorno por las dudas de que el libro no les guste (o no lo
entiendan). Por favor respondan lo más pronto posible. Opino que es inmoral enviar un
manuscrito a varias editoriales, pero quiero vender Verdaderos Cuentos de las Plagas
Demoníacas cuanto antes. ¡En este libro hay algo "jodidame**e asustadizo!" ¡Si entienden lo
que quiero decir!
Sin otro particular,
Carlos Detweiller
147 E. Calle 14, Depto. E
Central Falls, R.I. 40222
memorándum de oficina
A: Roger
DE: John
REF: Presentaciones/11-15 Enero, 1981,
Un nuevo año, y la nieve fangosa en el montón de lodo sigue creciendo
ininterrumpidamente. No sé cómo le estará yendo al resto de tus esforzados favoritos de la
editorial, pero yo continúo empujando la piedra existencial de los ambiciosos inéditos de
América, o al menos la parte de ellos que me toca. Lo cual sólo es para decir que ya leí mi
porción de basura de esta semana (y no, no he estado fumando lo que W. C. Fields llamaba
"la sustancia ilícita", es simplemente que estoy teniendo un día pesado).
Con tu aprobación, estoy devolviendo 15 largos manuscritos que llegaron sin ser
solicitados (ver Devoluciones, en la próxima página), 7 "borradores y capítulos de muestra"
y 4 inclasificables que se parecen un poco a textos mecanografiados. Uno de ellos es un libro
de algo llamado "poesía de sucesos gay" titulado Succiona Mi Gran Pija Negra, y otro
titulado La Pequeña Lolita, que trata de un hombre enamorado de su alumna de primer
grado. Al menos eso creo. Está escrito con lápiz y es difícil decirlo con seguridad.
También con tu aprobación, te estoy pidiendo que veas borradores y capítulos de muestra
de 5 libros, incluyendo al nuevo destripador-de-corpiños de ese bibliotecario de mal genio de
Minnesota (los autores nunca curiosean en tus archivos, ¿no, jefe?). Podría considerarse
como una sumisión llana, pero el pobre desempeño de Sus Besos Ardientes no lo justifica ni
siquiera nuestro desastroso sistema de distribución: a propósito, ¿ni una palabra de qué está
pasando con los Distribuidores Unidos de Novedades?). Sinopsis para tus archivos (más
abajo).
Por último, y probablemente no tenga importancia, estoy añadiendo una curiosa carta de
un tal Carlos Detweiller de Central Falls, Rhode Island. Si yo regresara a la Universidad
Brown, especializándome alegremente en Lengua Inglesa, planeando escribir grandes
novelas, y trabajando bajo la premisa errónea de que todos quienes publicamos debemos ser
brillantes o por lo menos "realmente inteligentes," tiraría la carta del Sr. Detweiller en
seguida. (¿Carlos Detweiller, –me pregunto ahora a mi mismo, mientras sacudo las teclas de
esta vieja Royal– puede que sea un nombre real? ¡Ciertamente no!) Probablemente utilizaría
unas tenazas para manipular esta carta, por las dudas de que la obvia dislexia del hombre
fuese contagiosa.
Pero dos años en Zenith House me han cambiado, Roger. Las vendas se han caído de mis
ojos. No podrás tener realmente a los pesos pesados como Milton, Shakespeare, Lawrence, y
Faulkner en potencia hasta que hayas almorzado en Hamburguesas Cielo con el autor de
Ratas del Infierno o hayas ayudado al creador de Acuchíllame, Querido a superar su actual
bloqueo de escritor. Llegas a comprender que el gran edificio de la literatura tiene un jodido
montón más de subsótanos del que te imaginabas cuando te escondiste tu primer libro bajo la
remera para toquetearte (¡no, no he estado fumando hierba!).
Está bien. Este tipo escribe como un alumno de tercero ligeramente brillante (todas las
frases lo confirman; su carta tiene el encanto de un tipo pesado bajando las escaleras con
botas de la construcción), pero también lo hace Olive Barker, y considerando nuestro
endeble sistema de distribución, a su serie de Viento Flotante le fue bastante bien. La frase
en el primer párrafo, donde dice que él conoce todas estas cosas "de primera mano" sugiere
que está algo ding-dong. Ya sabes lo que quiero decir. Su afirmación de que piensa dirigir la
película sugiere que es un ding-dong con delirios de grandeza. Creo que ambos sabemos eso.
Además, apostaría mi último par de calzoncillos (¡estoy usándolos, y eso que están más que
gastados!) que, a pesar de su negativa, cada editor de New York ha visto Verdaderos
Cuentos de las Plagas Demoníacas. La lealtad a una compañía sólo puede llegar hasta cierto
punto, colega; ni un alumno de tercero ligeramente brillante empezaría en Zenith House.
Supongo que esta carta ha sido vuelta a escribir pacientemente y vuelta a enviar por el
infatigable (y probablemente obsesionado) Sr. Detweiller por lo menos cuarenta veces,
empezando con Farrar, Straus & Giroux, o quizá incluso con Alfred A. Knopf.
Pero creo que hay una posibilidad –aunque extremadamente remota– de que este Sr.
Detweiller pueda haber investigado el suficiente material como para crear realmente un libro.
Tendría que ser reescrito, por supuesto –su carta de preentación lo deja perfectamente claro–
y el título apesta, pero tenemos varios escritores en nuestro staff que estarían más que
contentos de hacerse un poco el escritor-fantasma y llevarse unos fáciles $600. (Te ví hacer
una mueca de dolor; digamos $400. Probablemente la infatigable Olive Barker sea la mejor
de ellos. También creo que Olive se da con Valium. Los toxicómanos trabajan más duro que
las personas normales, jefe, como creo que ya sabes. Al menos hasta que se mueren, y la
pendenciera de Olive es fuerte. Ella no luce demasiado bien desde su ataque de apoplejía –
odio la forma en que el lado izquierdo de su cara simplemente cuelga allí– pero ella es
fuerte.)
Como decía, las oportunidades escasean, y siempre es un poco arriesgado alentar a un
loco evidente, ya que luego resulta muy difícil librarse de ellos (¿recuerdas al General
Hecksler y su libro Veinte Flores Psíquicas de Jardín? Durante algún tiempo pensé que el
hombre podría llegar a ser genuinamente peligroso, y, desde ya, él fue la razón principal de
que el pobre viejo Bill Hammer renunciara). Pero en realidad, Casas Sangrientas anduvo
bastante bien, y la cosa completa –fotografías borrosas y todo– nos llegó desde la Biblioteca
Pública de New York. Así que dime: ¿agregamos a Carlos a Devoluciones, o lo invitamos a
que envíe un borrador y capítulos de muestra? Decida rápido, o gran líder, para poder
mantener en equilibrio el destino del universo.
John
de la oficina del editor en jefe
A: John Kenton
FECHA: 15/1/81

MENSAJE: ¡Por Cristo, Johnny! ¿Alguna vez te callaste en tu vida? ¡Ese memorándum tenía
más de tres páginas de largo! Si no estabas drogado, no tienes ninguna excusa. Rechaza la
maldita carta de presentación, dile a este Carlos Como-Se-Llame que envíe su manuscrito, o
cómprale un pony, haz lo que quieras. Pero ahórrame la puta tesis. No las recibo ni de Herb,
ni de Sandra, ni de Bill, y tampoco las quiero de tí. "Empala la mierda y cállate,"
¿Por qué no haces de esta frase un lema?

Roger

P.D. Harlow Enders llamó de nuevo hoy; parece que vamos a seguir recibiendo los
cheques del sueldo por lo menos durante otro año. Después de ese tiempo, ¿quién lo sabe?
Dice que en junio va a haber una "valoración de posición", y en enero próximo una "revisión
total de la posición global de Zenith en el mercado"; traduzco estas dos frases empalagosas
diciendo que podríamos estar en venta en el próximo enero a menos que mejore nuestra
posición en el mercado, y, dado nuestro actual sistema de distribución, no veo cómo ésto
pueda llegar a suceder. Mi cabeza va a explotar. Tal vez tenga un tumor cerebral. Por favor,
no me envíes más memorándums largos.

P.P.D. ¿No te parece que La Pequeña Lolita es de verdad un título bastante bueno? Nosotros
podríamos comisionarlo. Quizá esté pensando en Mort Yeager, él tiene cierto toque para esa
clase de cosas. ¿Recuerdas La Muestra de Lencería Adolescente? La muchacha de La
Pequeña Lolita podría tener once años, pienso, ¿no tenía doce la Lolita original?

memorándum de oficina
A: Roger
DE: John
REF: Posible tumor cerebral

Me suena más como un dolor de cabeza por ansiedad. Toma cuatro Quaaludes y llámame
por la mañana. A propósito, Mort Yeager está en la cárcel. Por encubrimiento de propiedad
robada, creo.
John
de la oficina del editor en jefe
A: John Kenton
FECHA: 16/1/81
MENSAJE: ¿No tienes trabajo para hacer?

Roger

memorándum de oficina
A: Roger
DE: John
REF: Agresividad sin piedad por parte de superior insensible
Si, le escribiré una carta a Carlos Detweiller, el ganador del Premio Nacional del Libro
del año próximo.

John
P.D. Y no te molestes en agradecerme.
16 de enero de 1981
Sr. Carlos Detweiller
147 E. Calle14, Depto. E
Central Falls, Rhode Island 40222,
Estimado Sr. Detweiller,
Le agradezco la interesante carta del 4 de enero, con la breve pero intrigante descripción
de su libro, Verdaderos Cuentos de las Plagas Demoníacas. Le daría la bienvenida a una
sinopsis más completa del libro, y lo invito a que nos envíe capítulos de muestra (preferiría
capítulos 1-3) con su resúmen. Tanto la sinopsis como los capítulos de ejemplo deben estar
tipeados a doble espacio, en una resma de papel de buena calidad (y no del que se borra fácil,
ya que capítulos enteros tienen la costumbre de desaparecer en el correo).
Como usted ya sabe, la Zenith es una pequeña casa de libros de bolsillo, y nuestras listas
actualmente emparejan nuestro tamaño. Como nosotros publicamos sólo originales,
recibimos varias grandes propuestas; como somos una editorial pequeña, las propuestas que
leemos son, en la mayoría de los casos, devueltas, porque no parecen encajar con nuestras
necesidades actuales. Todo lo cual es mi manera de advertirle que no interprete esta carta
como un convenio a publicar su libro, porque ése no es definitivamente el caso. Le sugeriría
que mande por correo la sinopsis y los capítulos de muestra con la idea de que rechazaremos
finalmente su libro. Entonces usted estará prepararado para lo peor... o agradablemente
sorprendido si encontramos que es apropiado para Libros Zenith.
Por último, aquí tiene las advertencias normales en que insiste nuestro departamento
legal (y los departamentos legales, hasta donde yo sé, de todas las editoriales): debe usted
adjuntar la estampilla adecuada para asegurar el retorno de su manuscrito (pero por favor no
envíe el efectivo que cubra la estampilla), debe comprender que Zenith House no acepta
ninguna responsabilidad en el retorno seguro de su manuscrito, aunque nosotros tendremos
todo el cuidado razonable, y que, como le dijera anteriormente, nuestro acuerdo en leerlo no
es de ninguna manera un convenio para publicarlo.
Espero tener noticias suyas, y confío encontrarlo bien.

Atentamente,
John Kenton
Editor asociado
Zenith House, Ediciones
Avenida South Park 490
New York, New York 10017

memorándum de oficina


A: Roger
DE: John
REF: después de considerarlo...
... estoy de acuerdo. Escribo demasiado. Añadido a esto hay una copia de mi carta a
Detweiller. Parece una sinopsis de El Desnudo y el Muerto, ¿no te parece?
John

21 de enero de 1981
Sr. John Kenton, Editor,
Zenith House, Ediciones,
Avenida South Park 490
New York, New York 10017,

Estimado Sr. Kenton,
Le agradezco su carta del 16 de enero que acabo de recibir. Mañana le estoy enviando el
manuscrito entero de Verdaderos Cuentos de las Plagas Demoníacas. Hoy tengo poco
dinero, pero mi jefa, la señora Barfield, me debe como cinco dólares de la lotería.
¡Muchacho, ella no puede resistirse ante esas tarjetitas para raspar!
Le enviaría una "sinopsis más completa", tal como usted le dice, pero no hay ninguna
razón para hacerlo cuando usted puede leerlo por sí mismo. Como dice el Sr. Keen, de mi
edificio, "Por qué describir a un invitado cuando usted mismo puede ver a ese invitado." El
Sr. Keen realmente no tiene una profunda sabiduría pero de vez en cuando dice algo así de
ingenioso. Traté de instruirlo en una ocasión (al Sr. Keen) en los "misterios más profundos"
y él sólo dijo, "Cada uno a lo suyo, Carlos." Creo que usted probablemente estará de
acuerdo en que éste es un comentario tonto que sólo parece ingenioso.
Debido a que no tenemos que preocuparnos por la "sinopsis más completa," emplearé mi
carta para contarle algo sobre mí. Tengo veintitrés años (aunque todos dicen que parezco
más viejo). Trabajo en la Casa de Flores de Central Falls para la señora Tina Barfield, que
conoció a mi madre cuando ella todavía vivía. Nací el 24 de marzo, lo que me hace un
Ariano. Las personas de Aries, como usted sabe, son muy psíquicas, pero salvajes. Por suerte
para mí, yo estoy en la "cúspide" de Piscis, lo que me da el control que necesito para tratar
con el universo psíquico. He intentado explicarle todo esto al Sr. Keen, pero él sólo
responde: "Hay algo de pescado en tí, Carlos," él siempre está bromeando de esa manera y a
veces puede llegar a ser muy irritante.
Pero ya es suficiente sobre mí.
He trabajado en los Verdaderos Cuentos de las Plagas Demoníacas durante siete años
(desde que tenía 16). Mucha de la información que hay allí la recibí de la tabla "OUIJA". Yo
usaba la "OUIJA" con mi madre, con la señora Barfield, con Don Barfield (él ahora está
muerto), y a veces con un amigo mío llamado Herb Hagstrom (que también murió, pobre
muchacho). De vez en cuando también se unían otros a nuestro pequeño "círculo". ¡Allá en
nuestros días en Pawtucket, mi madre y yo éramos bastante "sociales"!
Algunas de las cosas que averiguamos de la "OUIJA" están descriptas con "detalles
horripilantes" en Verdaderos Cuentos de las Plagas Demoníacas: 1. ¡La desaparición de
Amelia Earhart fue realmente el trabajo de demonios! 2. Fuerzas demoníacas al trabajo en
H.M.S. Titanic. 3. El "tulpa" que infestó a Richard Nixon. 4. ¡Habrá un Presidente de
ARKANSAS! 5. Y más.
Claro que esto no es "todo". "No me enfríes, recién estoy precalentándome", como diría
el Sr. Keen. En cierta forma, los Verdaderos Cuentos de las Plagas Demoníacas son como
El Necronomicón, sólo que ese libro era de ficción (inventado por H. P. Lovecraft, que
también era de Rhode Island) y el mío es de verdad. Tengo historias asombrosas de
"aquelarres" de magia negra a los que he asistido, tomando una pócima y volando a ellos a
través del éter (recientemente he ido a los aquelarres de Omaha, Nebraska; Flagstaff,
Arizona, y Fall River, Massachusets, sin abandonar "el comfort de mi propio hogar").
Probablemente esté usted preguntándose, "Carlos, ¿esto significa que es un estudiante de las
'Artes Negras'?" ¡Sí, pero no se preocupe! Después de todo, usted es mi "conexión" para
conseguir la publicación de mi libro, ¿no es así?
Tal como le dije en mi última carta, también hay un capítulo, "El Mundo de los
Hechizos", que la mayoría de las personas encontrará muy interesante. Trabajar en un
invernadero y tienda de flores ha sido especialmente bueno para trabajar con hechizos,
puesto que la mayoría de ellos requieren hierbas y plantas frescas. Soy muy bueno con las
plantas, incluso la señora Barfield se lo diría, y ahora estoy cultivando algunas muy
"extrañas" en la parte trasera del invernadero. Probablemente sea demasiado tarde para
ponerlo en este libro, pero como el Sr. Keen a veces me dice, "Carlos, el momento de pensar
en mañana es ayer". Quizá podríamos hacer una continuación, Plantas Extrañas. Hágame
llegar su opinión al respecto.
Concluiré ahora. Hágame saber que recibió el manuscrito (con una postal será
suficiente), y póngame al corriente lo más pronto posible sobre los porcentajes de derechos
de autor, etc. Yo puedo ir a N.Y.C. cualquier miércoles en el tren o en el autobús de la
Greyhound si usted quiere tener un "almuerzo de publicación", o puede venirse hasta aquí y
le presentaré a la señora Barfield y al Sr. Keen. También tengo más fotografías que las que le
estoy enviando. Estoy feliz por la publicación de Verdaderos Cuentos de las Plagas
Demoníacas.
Su nuevo autor,
Carlos Detweiller
147 E. Calle 14, Depto. E
Central Falls, R.I. 40222

memorándum de oficina

A: Roger
DE: John
REF: Verdaderos Cuentos de las Plagas Demoníacas, por Carlos Detweiller,
Acabo de recibir una carta de Detweiller con respecto a su libro. Creo que, al invitarlo a
presentarla, cometí el peor error de mi carrera editorial. Oooh, la piel me está empezando a
arder...
de la oficina del editor en jefe
A: John Kenton
FECHA: 23/1/81

Te hiciste la cama. Ahora métete en ella. Después de todo, siempre podemos conseguir
un escritor-fantasma,¿no es cierto? Je-je.
Roger
25 de enero de 1981

Querida Ruth,
Me siento casi como si estuviera en el medio de un maldito arquetipo; hay segmentos
del New York Times del domingo en el suelo, un viejo álbum de Simon y Garfunkel en el
estéreo, y un Bloody Mary al alcance de mi mano. La lluvia golpeando en el vidrio lo hace
todo más acogedor. ¿Estoy intentando ponerte nostálgica? Bien... tal vez un poco. Después
de todo, la única cosa que falta en la escena eres tú, y probablemente estés montando una
tabla de surf más allá de la línea de las grandes olas mientras escribo estas palabras (y
llevando una bikini casi inexistente).
En realidad, sé que estás trabajando duro (probablemente no demasiado) y estoy
convencido de que tu doctorado va a ser un record mundial. Lo que pasa es que la semana
pasada fue un verdadero show del horror para mí, y tengo miedo de que pueda haber más por
llegar. Entre otras cosas, Roger me acusó de ser un pesado (bueno, realmente eso fue la
semana anterior, pero ya sabes lo que quiero decir), y creo que siento acercarse un ataque
real de pesadez. Trata de soportarme, ¿de acuerdo?
Básicamente, el problema es Carlos Detweiller (con un nombre como ése no podía ser
otra cosa que un problema,¿verdad?). Va a ser un problema a corto plazo, el viejo Carlos,
como hiedra venenosa o una llaga en la boca, pero tal como sucede con estas dos cosas,
saber que el problema es a corto plazo no alivia todo el dolor... sólo te salva de que te
vuelvas loco.
Roger tiene razón; tiendo a aburrir de tan pesado que soy. Sin embargo, eso no será lo
mismo que tener logorrea*. Intentaré evitarlo. A los hechos, entonces. Como ya sabes, todas
las semanas nos llegan presentaciones "por encima de la ventanita". Son las que están
dirigidas a los "Caballeros", "Estimado Señor", o "A Quien Corresponda"; en otras
palabras, un manuscrito que nadie solicitó. Bien... no todos son manuscritos; al menos la
mitad de ellas son las que nosotros, editores modernos, llamamos "cartas de presentación"
(¿todavía no te cansaste de tantas comillas? Deberías leer la última carta de Carlos; te
cansarías de ellas de por vida).
Sin embargo, todas ellas serían cartas de presentación si esta bola de fango realmente
fuera el mejor de todos los mundos posibles. Como el 99% de los otros editores en Nueva
York, nosotros ya no leemos manuscritos no solicitados; al menos, ésa es nuestra política
oficial. Lo decimos tanto en el Mercado del Escritor, como en el Anuario del Escritor, El
Independiente, y en La Gacetilla de la Pluma. Pero, aparentemente, del montón de aspirantes
a Wolfes y a Hemingways que hay allá afuera, ninguno lee estas cosas, no las creen cuando
las leen, o simplemente las ignoran; escoje lo que mejor te parezca.
Al menos, en la mayoría de los casos le echamos una mirada al lodo, si éste está escrito a
máquina (por favor que no se te escape ni una palabra de esto o nos veremos inundados de
manuscritos y Roger probablemente me mate; ya le falta poco para hacerlo, creo). Después
de todo, Gente Común apareció de la nada y la primera persona que lo leyó fue un asistente
editorial que de casualidad se dio cuenta de que era una historia genial. Pero ésa, por
supuesto, fue una oportunidad en un millón. Yo nunca he visto un manuscrito no solicitado
que parezca algo más que el trabajo de un brillante alumno de quinto. Claro que Zenith
House apenas se acerca a Alfred A. Knopf (nuestro título líder para febrero es Escorpiones
del Infierno, por Anthony L. K. LaScorbia, su continuación a las Ratas del Infierno), pero a
pesar de eso... uno tiene esperanzas...
Detweiller, por lo menos, siguió el protocolo y envió una carta de
*Nota del Traductor: juego de palabras entre gonorrea y enfermedad del “logotipo”
presentación. Herb Porter, Sandra Jackson, Bill Gelb y yo nos distribuimos las que entran en
la semana antes de cada lunes, y yo tuve la desgracia de que me tocara ésta. Después de
leerla y reflexionar durante unos veinticinco minutos (tiempo más que suficiente para
escribirle a Roger un largo y jadeante memorándum sobre el asunto que, bajo las actuales
circunstancias, probablemente nunca vaya a repetir), le escribí una carta a Detweiller
pidiéndole que nos mandara unos capítulos de muestra y un borrador del resto. Y el viernes
pasado recibí una carta que... bueno, para abreviar, no estoy seguro de cómo describirla. Él
tiene veintitrés años y parece ser el empleado de una vieja floricultora de Central Falls, con
una fijación por su madre y la convicción de que asiste a sabbats de brujas por toda América
drogándose con nuez moscada, o algo así. Ya me estoy imaginando aquelarres en las playas
de estacionamiento de los Moteles Six.
Pensé que los Verdaderos Cuentos de las Plagas Demoníacas de Carlos (ya he logrado
superar el punto en que sólo el título tenía el poder de hacerme empalidecer y estremecerme
en mis zapatos) podría ser una investigación aficionada de algún chico; algo que podría
recortarse, exprimirse y venderse al público de Amityville Horror. Es que su carta original
era corta, y tan llena de esas meticulosas oraciones objeto-predicado, como para que uno
pudiera creerlo. Y mientras que nunca tuve ninguna ilusión de que el hombre fuera un
escritor, asumí que por lo menos era capaz de leer y escribir, lo que resultó ser un
pensamiento totalmente infundado. Es más, el solo hecho de releer la carta original de
Detweiller me hace preguntar cómo pude alguna vez garrapatear la frase Esto tiene cierto
encanto aún a medio cocer en el margen... y aún así, ahí está.
¿Y qué hay con eso? te estarás preguntando. Podía darle una mirada al manuscrito cuando
llegara y luego enviarlo de vuelta con una carta con la leyenda: "Zenith House lamenta
informarle", etc. Eso estaría correcto... pero también equivocado. Está equivocado porque
los tipos como Carlos Detweiller demasiado a menudo resultan ser un mal caso de piojos;
fácil de contraer, pero del que ni el mismo diablo te cura. Lo peor de todo esto es que le
mencioné este mismo hecho a Roger en mi más que largo memorándum original sobre el
libro, recordándole al General Hecksler y su Veinte Flores Psíquicas de Jardín; debes
acordarte de que te conté cómo el General nos bombardeó con cartas documento y llamadas
telefónicas luego de que le rechazáramos el libro (no puedes estar enterada, sin embargo,
acerca del correo que Herb Porter recibió de él, en el que Hecksler se refería a Herb como "el
Judío Señalado", una referencia que ninguno de nosotros ha descifrado hasta el momento).
Se puso cada vez más agresivo, y justo antes de que su hermana lo encerrara en un asilo del
estado, Sandra Jackson me confesó que tenía miedo de irse sola a su casa; dijo que temía que
el General saltara desde una puerta oscura con un cuchillo en una mano y un ramillete de
flores psíquicas en la otra. Me dijo que lo peor de todo aquello era que ninguno de nosotros
sabía cual era su aspecto; habríamos necesitado una pericia caligráfica en lugar de una
fotografía para poder identificarlo en una ronda policial.
Y por supuesto todo esto suena divertido ahora, pero no fue gracioso cuando ocurrió;
sólo después de que su hermana nos escribiera descubrimos que éramos simplemente una de
sus obsesiones menores, y desde ya él resultó ser peligroso; sino pregúntale al chofer de
autobús de Albany al que apuñaló.
Y sabiendo todo esto –incluso se lo mencioné a Roger– invité despreocupadamente a
Detweiller a que me enviara una copia de su libro.
Por supuesto, el otro asunto (y conociéndome tanto como me conoces, probablemente ya
lo has adivinado) es muy sencillo: me disgusta errar tan alevosamente. Si un ignorante como
Carlos Detweiller pudo engañarme tan bien (imaginé que su libro debía de ser fantasmal,
cierto, pero aún así no es ninguna excusa), ¿cuánto material bueno me estoy perdiendo? Por
favor no te rías; estoy hablando en serio. Roger siempre está haciendo jirones mis
"aspiraciones literarias", y supongo que tiene derecho a eso (ningún progreso en la novela
esta semana si es que te interesa; este asunto de Detweiller me ha deprimido demasiado),
considerando dónde terminó el antiguo director de la Sociedad Milton de la Universidad
Brown (terminó alentando a Anthony LaScorbia para que se pusiera a trabajar en su nueva
obra épica, Avispas del Infierno). Pero creo que aceptaría gustosamente seis meses de cartas
del evidentemente loco Carlos Detweiller, repletas de amenazas veladas que se vayan
volviendo un poco menos veladas con cada misiva, si me pudieran asegurar que no dejé
pasar algo bueno debido a una respuesta crítica totalmente equivocada.
No sé si esto es más o menos desalentador, pero Roger mencionó en uno de sus Famosos
Memorándums que la Corporación Apex va a darle a Zenith al menos un año más para que
deje de personificar a un perro muerto y empiece a mostrar algún aumento en las ventas. Él
recibió las noticias de Harlow Enders, el jefe interventor de Apex en New York, así que
probablemente sea cierto. Supongo que es una buena noticia cuando consideras que en estos
días no cualquiera en el mundo de la publicación tiene una oficina adonde ir, ni siquiera con
una compañía cuyo más constante y más grande serie leída es la del Macho Man y cuyo
problema interno más grande no son los espías que hacen copias de manuscritos para que los
estudios cinematográficos puedan conseguir una vista previa, si no que tiene cucarachas en
el refrigerador. Quizá no sea tan bueno cuando piensas en qué poco dinero tenemos para
gastar (quizá te merezcas los Carlos Detweillers del mundo cuando lo máximo que puedes
ofrecer como adelanto por derechos de autor es $1800) y la distribución de mierda que
tenemos. Pero nadie en Apex entiende de libros o del mercado de libros, incluso dudo si en
primer lugar alguien allí sabe por qué eligieron comprar Zenith House el año pasado,
excepto que lo hicieron porque se les presentó una compra barata. Las oportunidades de
que podamos mejorar nuestra posición (2% del mercado del libro de bolsillo, decimoquintos
en una lista de quince) en el transcurso del año próximo no son demasiadas. Quizá
terminemos casándonos en California después de todo, ¿eh, nena?
Bien, suficiente calamidades y pesimismo –mañana mandaré esto por correo y con suerte
volveré a trabajar en mi libro– y la próxima carta que te escriba será de la variedad "locuaz y
llena de noticias". ¿Quieres que le pida a Carlos que te envíe flores desde Central Falls?
Olvida que pregunté eso.
Con amor,
John

P.D. -Y dile a tu compañera de cuarto que no creo que fabricar "el Frisbee comestible más
grande del mundo" tenga ningún mérito en absoluto, Libro Guinness de los Records o no.
¿Por qué no le preguntas si tiene algún interés en sentarse en una bañera llena de fideos para
los Records Mundiales? El primero que la reviente se gana un viaje con todos los gastos
pagos a Central Falls, Rhode Island...
J.

memorándum de oficina
A: Roger
DE: John

REF: Verdaderos Cuentos de las Plagas Demoníacas, por Carlos Detweiller,
El manuscrito de Detweiller llegó esta mañana, envuelto en bolsas de la compra,
asegurado con cinta (roto en su mayor parte), y aparentemente tipeado por alguien con
terribles problemas de control motriz. Es todo tan malo como me lo temía: pésimo, más allá
de toda esperanza.

Este puede y debe ser el fin, pero algunas de las fotografías que él adjuntó son
intensamente perturbadoras, Roger, y éste no es ningún chiste, así que por favor no te lo
tomes como si lo fuera. Ellas son una rara conglomeración de fotos en blanco y negro
(sacadas con una Nikon, supongo), en color (también con la Nikon), y unas Polaroid SX de
70 tiros. La mayoría de ellas son de ridículos hombres y mujeres maduros, vestidos con batas
negras con signos cabalísticos cosidos en ellas, o de hombres y mujeres maduros con nada en
absoluto, exhibiendo zancas flacas, pechos caídos, y barrigas enormes. Se ven exactamente
como uno supone que las personas de Central Falls imaginarían a qué debiera parecerse una
Misa Negra (en algunas de ellas hay un hombre mucho más joven que probablemente sea el
mismo Detweiller; este joven siempre está enfocado de atrás o con su cara en las sombras), y
el escenario parece ser, en la mayoría de los casos, un invernadero; me imagino que
relacionado con la floricultora donde Detweiller dijo que trabajaba.
Hay un paquete de seis fotos etiquetadas como "La Reunión Sagrada" que muestra
manifestaciones plásmicas tan obviamente falsificadas que dan lástima (lo que parece ser
un globo escarchado con pintura Day-Glo está flotando desde las yemas de los dedos del
médium). Un tercer paquete de fotografías (todas de SX-70) son del estilo de libro de
"exposición", con tomas de varias plantas que pretenden ser hierba mora mortal, belladonna,
pelo de virgen, etc. (es imposible para mí decir si las etiquetas están correctas, ya que no
puedo diferenciar a un arce de un pino ponderosa sin ayuda; Ruth probablemente lo sepa).
De acuerdo, ahora la parte perturbadora. Algunas de las fotografías con las escenas de la
"Misa Negra" (cuatro, para ser rigurosamente exactos) pretenden mostrar un sacrificio
humano... y a me parece que ellos quizá realmente mataron a alguien. La primera fotografía
muestra a un viejo con una sumamente realista expresión de terror en la cara, acostado sobre
una mesa en el invernadero que mencioné. Varias personas vestidas con túnicas están
sujetándolo. El hombre joven que pienso que es Carlos Detweiller está de pie a la izquierda,
desnudo, con lo que parece ser un cuchillo Bowie. La segunda foto muestra el cuchillo
enterrándose en el pecho del viejo compañero; en la tercera, el hombre que yo presumo
pueda ser Detweiller está metiendo la mano en la cavidad del pecho; en la última está
sosteniendo una cosa chorreante para que los demás puedan verla. La cosa chorreante se
parece muchísimo a un corazón humano.
Las fotos podrían ser completamente falsas, y yo sería el primero en admitirlo; supongo
que un hombre con efectos especiales medio decentes podría recrear algo así, sobre todo con
calma... pero los esfuerzos por engañar en las otras fotografías son tan dolorosamente obvios
que me pregunto si eso pueda ser así.
Solamente con ojearlas tengo suficiente como para vomitar las galletitas, Roger; ¿qué
pasaría si nos hemos tropezado con un grupo de personas que realmente están practicando
sacrificios humanos? ¿Asesinatos en masa, tal vez? Estoy asqueado, aunque por el momento
más asustado que otra cosa. Todo esto podría decírtelo personalmente, por supuesto, pero
parecía importante notificártelo por escrito, por las dudas de que termine siendo una cuestión
legal. Cristo, ojalá nunca me hubiese enterado de la existencia de Carlos Jodido Detweiller.
¿Por qué no vienes y le echas un vistazo a las fotos en cuanto puedas, si? Ni siquiera sé
si debo tomar el teléfono y llamar a la policía de Central Falls o no.
John
FIN DE LA PLANTA, PARTE UNO

TERROR -- LA PLANTA II --STEPHEN KING


STEPHEN
KING
La Planta II

_
S I N O P S I S
_
JOHN KENTON, quien asistió a la Universidad Brown, especializado en Inglés, y quien
fuera presidente de la Sociedad Literaria, ha tenido un brusco despertar en el mundo real: él
es uno de los cuatro editores de Zenith House, una editorial de libros de bolsillo de Nueva
York.
Zenith tiene el 2% del mercado de libros en rústica y es decimoquinto en una lista de quince
editoriales. Todo el personal de Zenith House está angustiado ya que Apex, la corporación
dueña, puede decidir poner la casa en el mercado si no hay un repunte en las ventas en el año
civil de 1981... y debido a la pobre red de distribución de Zenith, eso parece improbable.
El 4 de enero de 1981, Kenton recibe una solicitud por carta de CARLOS DETWEILLER,
de Central Falls, Rhode Island. Detweiller, de veintitrés años, trabaja en la Casa de Flores de
Central Falls, y está ofreciendo un libro escrito por él llamado Verdaderos Cuentos de las
Plagas Demoníacas. Para Kenton es obvio que Detweiller no tiene absolutamente ningún
talento de escritor... pero en ese caso, ninguno de la mayoría de los escritores de la lista de
Zenith lo tiene (el más vendido: la serie de Macho Man). Él alienta a Detweiller para que
envíe algunos capítulos de prueba y un borrador.
En cambio, Detweiller envía la obra completa, que es aun peor que lo que Kenton –quien
pensó que el libro quizás pudiera recortarse, re-escribirse, y exprimirse para el público de
The Amityville Horror– hubiera imaginado en sus peores pesadillas. Pero la peor pesadilla
de todas está en las fotografías que Detweiller adjunta. Algunas son fotos penosamente
falsificadas del desarrollo de una sesión de espiritismo, pero una serie de cuatro fotos
muestra un sacrificio humano repugnantemente realista, en el que el pecho de un anciano es
abierto y un goteante corazón humano es arrancado de la incisión.
La historia, contada en un estilo epistolar, continúa con una carta de John Kenton a su novia,
RUTH TANAKA, quien está en California trabajando en su tesis.
30 de enero de 1981
Querida Ruth,
Sí, para mí también fue estupendo hablar contigo anoche. No sé lo que haría sin tí,
aunque estés en la otra punta del país. Creo que éste ha sido el peor mes de mi vida, y sin tus
palabras y tu cálido apoyo, no sé si lo podría haber superado. La revulsión y el terror
iniciales que me produjeron esas fotos fueron bastante desagradable, pero he descubierto que
puedo lidiar con el terror; y Roger puede encasillarse en su personificación de algún rudo
editor salido de una historia de Damon Runyon (o quizá, ahora que lo pienso, esté actuando
como ese Ben Hecht), pero lo realmente divertido es que tiene un corazón de oro. Cuando
toda aquella mierda se nos cayó encima, él permaneció como una piedra; su fuerza nunca
vaciló.
El terror es malo, pero he descubierto que la sensación de que te comportaste como un
pelotudo es mucho peor. Cuando estás asustado, puedes recurrir a tu valentía. Cuando estás
humillado, supongo que lo único que puedes hacer es llamar a tu novia por larga distancia y
berrear en su hombro. Todo lo que te estoy diciendo, creo, es gracias; gracias por estar allí y
gracias por no reírte... o tomarme como si fuera una vieja histérica asustándose de las
sombras. Anoche, luego de haber hablado contigo, tuve una última llamada telefónica, de
Barton Iverson, Jefe del Departamento de Policía de Central Falls. Él también fue
extraordinariamente compasivo, pero antes de que te cuente la esencia final del asunto,
permíteme intentar aclararte toda la serie de acontecimientos que siguieron a mi recepción
del manuscrito de Detweiller el miércoles pasado. Tu confusión estaba justificada; creo que
puedo llegar a estar un poco más despejado ahora que he tenido una noche de sueño (¡y sin
Mamá Bell en mi oreja, descontando dólares de mi desnutrido sueldo!).
Tal como creo que te conté, la reacción de Roger a las "Fotos del
*Nota del Traductor: Mamá Bell es el apodo con el que se conoce a la compañía Bell
Telephone.
Sacrificio" fue todavía más fuerte y más inmediata que la mía. Se apareció en mi oficina
como si tuviera cohetes en los talones, dejando a dos distribuidores esperando en su oficina
exterior (y, como me parece que señaló Flannery O'Connor alguna vez, un buen distribuidor
es algo difícil de encontrar), y cuando le mostré las fotos se puso pálido, se llevó una mano a
la boca, y emitió unos sonidos amordazados, como de arcadas. Así que supongo que se
podría decir que yo estaba más que en lo cierto acerca de la calidad de las fotos
(considerando el tema, "calidad" es una palabra extraña para usar, pero es la única que
parece encajar).
Se tomó un minuto o dos para pensar; luego me dijo que haría mejor llamando a la
policía de Central Falls, pero que no le dijera nada a nadie más. "Todavía podrían ser
falsificaciones," dijo, "pero lo mejor es no arriesgarse. Ponlas en un sobre y ya no las toques
más. Podrían tener huellas digitales."
No parecen falsificaciones le dije.¿A ti te lo parecen?
No.
Él volvió con los distribuidores y yo llamé a los polis de Central Falls; fue mi
primera conversación con Iverson. Él escuchó la historia entera y luego tomó nota de mi
número telefónico. Dijo que me volvería a llamar en cinco minutos, pero no me dijo por qué.
Me llamó en tres minutos, aproximadamente. Me dijo que llevara las fotografías a la
Comisaría 31, en el 140 de Park Avenue South, y que la Policía de New York transmitiría las
"Fotos del Sacrificio" a Central Falls.
Deberíamos tenerlas para esta tarde, a eso de las tres dijo. Puede que antes, incluso.
Le pregunté qué se proponía hacer hasta entonces.
No mucho  respondió. Voy a enviar a un agente de civil a rondar esta Casa de Flores y
tratar de determinar si Detweiller todavía está trabajando allí o no. Espero que lo haga sin
despertar ninguna sospecha. Hasta que no vea las fotos, Sr. Kenton, eso es realmente todo lo
que puedo hacer.
Tuve que morderme la lengua para no decirle que yo pensaba que había mucho más que
podía hacer. No quería que me desdeñara como un típico neoyorquino insistente, ni tampoco
quería tener al compañero exasperado conmigo desde un comienzo. Y me recordé que
Iverson no había visto las fotos. Supongo que dadas las circunstancias él iba tan rápido como
podía en base a la llamada de un extraño; un extraño que podría estar chiflado.
Conseguí que prometiera volver a llamarme en cuanto tuviera las fotografías, y luego yo
mismo las acerqué a la Comisaría 31. Ellos estaban esperándome; un tal Sargento Tyndale
me encontró en el área de recepción y tomó el sobre con las fotos. También me hizo
prometer que me quedaría en mi oficina hasta tener noticias de ellos.
El Jefe de Policía de Central Falls...
No el dijo Tyndale, como si yo le estuviera hablando de un mono amaestrado. Nosotros.
Todas las películas y novelas tienen razón, nena; no pasa mucho tiempo antes de que
empieces a sentirte como un delincuente. Esperas que alguien gire una luz brillante en tu
cara, ponga una pierna por encima de un viejo escritorio, se recline, te sople el humo del
cigarro en tu cara, y diga "Bien, Carmody, ¿dónde escondiste los cadáveres?" Ahora puedo
reírme de esto, pero te aseguro no estaba riéndome entonces.
Yo quería que Tyndale le echara un vistazo a las fotografías y que me dijera lo que
pensaba de ellas –si eran o no auténticas– pero lo único que hizo antes de largarse fue
recordarme que "permaneciera cerca". Había empezado a llover y no pude conseguir un taxi,
y cuando ya había llegado a siete calles de Zenith House estaba empapado. También me
había tragado medio rollo de Tums.
Roger estaba en mi oficina. Le pregunté si los distribuidores se habían ido, y él agitó
una mano en su dirección. Mandé uno a Queens y al otro a Brooklyn dijo. Motivados. Van a
vender otras cincuenta copias de Hormigas del Infierno entre los dos. Imbéciles encendió un
cigarro . ¿Qué dijeron los polis?
Le conté lo que Tyndale me había dicho.
Inquietante dijo. Jodidamente inquietante.
Te parecieron reales, ¿no es así?
Lo consideró, luego asintió. Tan reales como la lluvia.
Bien.
¿Qué quieres decir con bien? No hay nada bueno en todo esto.
Yo sólo quise decir...
Sí, ya sé lo que quisiste decir se levantó, agitó las perneras de sus pantalones de esa
manera en que siempre lo hace, y me dijo que le llamara si tuviera noticias de alguien. Y no
le digas nada a nadie más.
Herb ha pasado por aquí un par de veces le dije. Creo que se piensa que vas a
despedirme.
La idea tiene algo de mérito. Si él pregunta...
Le miento.
Exacto.
Siempre es un placer mentirle a Herb Porter.
Se detuvo de nuevo en la puerta, comenzó a decir algo, y entonces llegó Riddley, el
chico del correo, empujando un cesto con manuscritos rechazados.
Se pasó aquí casi toda la ma'ana, Seor'Adler dijo. ¿ Va'eshpedir al Seor'Kenton?
Lárgate de aquí, Riddley le dijo Roger o te despediré a tí si no dejas de insultar a toda tu
raza con ese repugnante acento Rasta.
¡Siuro, Seor'Adler! dijo Riddley, e hizo rodar de nuevo el carro del correo. ¡M'voy!
¡M'voy!
Roger me miró y giró los ojos desesperadamente. Tan pronto como tengas noticias
repitió, y salió.
En las primeras horas de la tarde tuve noticias del Jefe Iverson. Su hombre había
comprobado que Detweiller estaba en la Casa de Flores, trabajando como de costumbre.
Dijo que la Casa de Flores es una construcción muy elegante en una calle que se está "yendo
pendiente abajo" (la frase es de Iverson). Su hombre entró, compró dos rosas rojas, y volvió
a salir. Lo atendió la señora Tina Barfield, la propietaria del negocio según los papeles del
archivo del Ayuntamiento. El tipo que realmente tomó las flores, las cortó, y las envolvió
llevaba una etiqueta con la palabra CARLOS en ella. El hombre de Iverson lo describió
como de unos 25 años, moreno, no mal parecido, pero corpulento. El hombre dijo que daba
la impresión de tomárselo todo muy seriamente; apenas sonreía.
Hay un invernadero excepcionalmente grande detrás de la tienda. El hombre de Iverson
hizo un comentario sobre él y la señora Barfield le dijo que era tan profundo como la
manzana; ella dijo que lo llamaban "la pequeña selva."
Le pregunté a Iverson si ya había recibido las telefotos. Dijo que no las tenía, pero
quería confirmarme que Detweiller estaba allí. El solo hecho de saber que él estaba me
produjo cierto alivio; no me molesta decirte eso, Ruth.
Así que aquí está el Acto Tercero, Escena Primera, y una trama nauseabunda, como nos
gusta decir a nosotros, los tipos del negocio editorial. Recibí una llamada del Sargento
Tyndale, de la Comisaría 31. Me dijo que Central Falls había recibido las fotos, que Iverson
les había echado un vistazo, y que había ordenado que le trajeran a Carlos Detweiller para un
interrogatorio. Tyndale me quería de inmediato en la 31 para tomarme declaración. Debía
llevar conmigo el manuscrito de Plagas Demoníacas, y toda mi correspondencia con
Detweiller. Le dije que estaría encantado de ir la 31 tan pronto como hablase de nuevo con
Iverson; de hecho, estaba deseando tomar "El Peregrino" en la Estación Penn y de allí
derecho en tren a...
Por favor no llame a nadie dijo Tyndale,y no vaya a ninguna parte –a ninguna parte, Sr.
Kenton– hasta que ponga sus pies aquí y haga la declaración.
Me había pasado el día sintiéndome descompuesto e inquieto. Mi estado nervioso
empeoraba en lugar de mejorar, y supongo que le hablé con cierta brusquedad al tipo.
Pareciera como si yo fuera el sospechoso.
No dijo él. No, Sr. Kenton una pausa. No por el momento otra pausa. ¿Pero él le envió
las fotos, no es así?
Por un momento quedé tan asombrado que sólo pude boquear como un pez. Luego le
dije Pero ya expliqué eso...
Sí, lo hizo. Ahora venga aquí y explíquelo para el expediente, por favor. Tyndale colgó,
dejándome tanto enfadado como en una especie de existencialismo –pero te mentiría, Ruth,
si no te dijera que lo que principalmente me sentía era asustado–. Me había metido hasta el
fondo y en muy poco tiempo.
Irrumpí en la oficina de Roger, le conté lo que estaba pasando tan rápida y
cuerdamente como pude, y luego me dirigí hacia el ascensor. Riddley salió de la habitación
del correo haciendo rodar su carrito Dandux; vacío,esta vez.
¿Está usted en p'oblema con l'ley, Seor'Kenton? me susurró roncamente mientras lo
dejaba atrás; te aseguro, Ruth, que ésto no logró en lo absoluto mejorar mi paz mental.
¡No! le respondí, tan fuerte que dos personas que venían por el pasillo echaron una
mirada en mi dirección.
Porque si lo está, mi primo Eddie es un shtupendo abogado. ¡Siuro!
Riddley le dije ¿a qué universidad fuiste?
¡Co'nell, Seor'Kenton, y era shtupenda! Riddley sonrió abiertamente, mostrando unos
dientes tan blancos como teclas de piano (y estoy tentado a pensar que casi tan numerosos).
Si fuiste a Cornell le pregunté ¿por qué, en el nombre de Dios, hablas de esta forma?
¿Qué forma es'sa, Seor'Kenton?
Olvídalo le dije, ojeando el reloj. Siempre está bien tener una de estas discusiones
filosóficas contigo, Riddley, pero tengo una cita y debo apurarme.
¡Siuro! me dijo, lanzando esa mueca obscena de nuevo. Y si usted quiere el nume'o
telefónico de mi primo Eddie...
Pero por entonces ya me había perdido en el vestíbulo. Siempre es un alivio poder
librarse de Riddley. Supongo que es horrible decirlo, pero desearía que Roger lo despidiera;
miro esa gran sonrisa de teclas de piano y, Dios me asista, me pregunto si Riddley no habrá
hecho un pacto para beberse la sangre del hombre blanco cuando llegue el fuego la próxima
vez. Junto con su primo Eddie, por supuesto.
Bien, olvídate de todo esto; he estado más de una hora y media pegándole a las teclas de
la máquina de escribir, y ésto está empezando a parecerse a una novela corta. Mejor me doy
prisa con el resto. De manera que... Acto Tercero, Escena Segunda.
Llegué tarde y empapado de nuevo a la estación de policía; no había taxis y la lluvia se
había convertido en un fuerte aguacero. Sólo una lluvia de enero en la ciudad de Nueva York
puede ser así de fría (¡California me parece cada día mejor, Ruth!).
Tyndale me echó una mirada, me dedicó una fina sonrisa sin humor visible en ella, y
dijo: En Central Falls acaban de soltar a su autor. ¿Ningún taxi allí afuera, eh? Nunca están
cuando llueve.
¿Dejaron ir a Detweiller? pregunté sin poder creerlo. Y él no es nuestro autor. No lo
tocaría ni con un palo para plagas de tres metros de largo.
Bien, sea él lo que sea, la cosa es que no es nada más que una tempestad en un vaso de
agua me dijo, y me ofreció la que puede haber sido la taza de café mas repugnante que
alguna vez haya tomado en mi vida.
Me condujo hasta una oficina libre, lo cual fue una especie de favor; esa sensación de
que todos los demás en la comisaría estaban mirando de reojo al editor prematuramente
calvo, vestido con un empapado saco de lana, probablemente fuera paranoia, pero de todas
formas era poderosa.
Para no hacer que una historia larga lo sea aun más, aproximadamente cuarenta y cinco
minutos después que llegaron las telefotos, y alrededor de quince minutos después de la
llegada de Detweiller (no esposado, pero flanqueado por dos corpulentos hombres con traje
azul), volvieron los hombres de civil que habían sido despachados a la Casa de Flores
después de mi primera llamada. Él había estado en otra parte de la ciudad durante toda la
tarde.
Tyndale me dijo que habían dejado a Detweiller solo en una pequeña sala de
interrogatorios para que se ablandara; para que tuviera todo tipo de pensamientos sucios. El
policía de civil que había verificado el hecho de que Detweiller todavía trabajaba en la Casa
de Flores estaba mirando las "Fotos del Sacrificio" cuando el Jefe Iverson salió de su
oficina y se encaminó a la sala de interrogatorios donde tenían a Detweiller.
Jesús le dijo el de civil a Iverson, éstas se ven casi reales, ¿no le parece?
Iverson se detuvo. ¿Tiene usted alguna razón para creer que no lo son?  le preguntó.
Bueno, esta mañana, cuando entré en esa tienda para inspeccionar a ese tipo Detweiller,
este fulano al que le hicieron la cirugía de corazón informal estaba sentado a un lado, detrás
del mostrador, jugando un solitario y mirando La Esperanza de Ryan en la tele.
¿Está usted seguro de eso? le preguntó Iverson.
El de civil dió uno golpecitos sobre la primera de las "Fotos del Sacrificio," donde se
mostraba claramente la cara de la "víctima". Ningún error dijo. Este era el tipo.
Pero, ¿por qué en el nombre de Dios no me dijo usted que él se encontraba allí? le
reclamó Iverson, sin ninguna duda con visiones de Detweiller presentando cargos por
detención falsa y maliciosa comenzando a bailar lúgubremente en su cabeza.
Porque nadie me preguntó por este tipo dijo el detective, de manera bastante razonable.
Se suponía que yo debía reconocer a Detweiller, y lo hice. Si alguien me hubiera pedido que
reconociera a este tipo, lo habría hecho. Nadie lo hizo. Hasta luego. Y se alejó, dejando a
Iverson sosteniendo las fotos. De manera que así fue.
Yo miré a Tyndale.
Tyndale me devolvió la mirada.
Tras unos instantes, la desvió. De todas formas, señor Kenton, esa foto en particular se
veía real... tan real como el infierno. Pero así hacen los efectos en algunas de esas películas
de horror. Hay un tipo –se llama Tom Savini– que hace unos efectos...
De modo que lo dejaron marchar. Cierto temor estaba emergiendo dentro de mi
cabeza, como uno de esos pequeños submarinos rusos que los suecos nunca consiguen
atrapar.
Por si le sirve de algo, su culo está cubierto con tres pares de calzoncillos y cuatro de
pantalones, con los dos del medio acorazados dijo Tyndale, y luego agregó, con una seriedad
que sin dudas era Alexander Haigiana: le estoy hablando desde el punto de vista legal, usted
me entiende. Actuó de buena fe, como un ciudadano. Si el tipo pudiera demostrar que hubo
malicia, eso sería otra cosa... pero, rayos, usted ni siquiera lo conocía.
El submarino ascendió un poco más. Porque sentí como si justo desde entonces
estuviera empezando a conocerlo, Ruth, y mis sentimientos sobre Carlos Detweiller ni fueron
entonces ni lo son ahora algo que pudiera describir como joviales o benignos.
Además, nunca es al informante al que ellos quieren demandar por un falso arresto, sino
al poli que vino y les leyó sus derechos y luego lo llevó al centro de la ciudad en un
automóvil sin manijas en las puertas traseras.
Informante. Ésa era la fuente del temor. El submarino estaba bien arriba y flotando en la
superficie como un pez muerto a la luz de la luna.
Informante. No conocí a Carlos Detweiller gracias a una begonia
psíquica... aunque él sí sabe algo sobre mí. No que fuí la cabeza de la sociedad literaria de la
Universidad Brown, ni que estoy prematuramente calvo, ni que estoy comprometido con una
bonita señorita de Pasadena llamada Ruth Tanaka... ninguna de estas cosas (y, gracias a
Dios, tampoco la dirección de mi casa,que nunca conozca la dirección de mi casa), pero él
sabe que yo soy el editor que hizo que lo detengan por un asesinato que no cometió.
Sabe usted le pregunté si Iverson o algún otro del Departamento de Policía de Central
Falls le mencionó a él mi nombre? Tyndale encendió un cigarrillo. No lo sérespondió,
aunque estoy bastante seguro de que nadie lo hizo.
¿Por qué no?
Habría sido poco profesional. Cuando usted está trabajando en un caso –incluso uno que
se muere tan rápido como éste– cada nombre que el sospechoso no conoce o que incluso no
llega a conocer se convierte en una carta de póker.
Cualquier alivio que pude haber sentido me duró poco.
Pero el tipo tendría que ser un perfecto idiota para no saberlo. A menos que, eso es, le
enviara las fotografías por correo a cada editorial de Nueva York. ¿Piensa que pudo haber
hecho eso?
No dije desconsoladamente. En primer lugar, ningún otro editor en Nueva York habría
respondido a su carta de presentación.
Ya veo.
Tyndale se levantó, arrugando los vasitos plásticos de café, haciendo esos gestos de seacabó-
la-fiesta que significaban que esperaba que yo pusiera un huevo en mi zapato y lo
pisara.
Una pregunta más y lo dejaré en paz dije. Las otras fotografías eran obvias
falsificaciones. Penosas. ¿Cómo esas parecen tan malas y las falsificadas parecen tan
malditamente buenas?
Quizá el propio Detweiller preparó las fotos de la 'Sagrada Reunión' y algún otro –el
equivalente a Tom Savini en Central Falls, por ejemplo– preparó la 'víctima del sacrificio'. O
quizá Detweiller las preparó todas e intencionalmente hizo que las otras se vieran mal para
que usted tomara éstas más en serio.
¿Por qué haría eso?
Para que usted metiera la pata, tal y como ha hecho. Tal vez es así cómo él se coloca.
¡Pero le arrestaron en el proceso!
Él me miró, casi compadeciéndome. Suponga que hay un tipo en un bar, Sr. Kenton, y
que tiene esos petardos de broma que se meten en los cigarrillos. Así que, sólo para
divertirse, mete uno de ellos en el cigarrillo de su colega mientras éste se encuentra en el
servicio o escogiendo algunas canciones en la gramola. Le parece la idea más divertida del
mundo en ese momento, aunque el sentido del humor de su colega sólo se manifiesta cuando
un petardo explota en el cigarrillo de algún otro, y el tipo que mete el petardo debería
saberlo. Así que el colega regresa, y enseguida toma el cigarrillo trucado. Da dos caladas y...
¡ka-bang! Toda la cara llena de tabaco, quemaduras de pólvora en sus dedos, y se tira la
cerveza encima. Y su colega –su ex-colega– está sentado en el taburete de al lado,
partiéndose de risa. ¿Entiende la situación?
Sí dije de mala gana, porque la entendí.
Ahora bien, el tipo que metió el petardo en el cigarrillo no era un imbécil, aunque tengo
que decir que, según mi criterio, un tipo que cree que es divertido meter un petardo en el
cigarrillo de otro, es un un poco deficiente en la sección del sentido del humor. Pero incluso
si su sentido del humor se activase con algún tipo llevándose un susto de muerte y
derramando su cerveza encima de sus pelotas, pensarías que un tipo que no fuese un imbécil
al menos tendría interés en conservar todos los dientes y no lo haría. Y sin embargo, lo
hacen. Lo hacen todo el puto tiempo. Así que, siendo usted un hombre literario... –(Ruth, él,
obviamente, no sabía nada acerca de Acuchíllame, Hormigas del Infierno, ni del próximo a
salir, Moscas del infierno)– ¿puede decirme por qué él sigue adelante, y acaba recogiendo
sus dientes por todo el bar y pidiendo un crédito con el que poder pagarse los empastes?
Porque no tiene ningún sentido de lo futurible dije desconsoladamente, y, por primera
vez, Ruth, sentí como si realmente pudiera ver a Carlos Detweiller.
¿Eh? No conozco esa palabra.
Él no lo sabe... es incapaz de anticipar las consecuencias.
Sí... usted es un hombre literario, de acuerdo. Yo no hubiera podido decirlo tan
bien ni en mil años.
¿Y esa es mi respuesta?
Ésa es su respuesta . Me palmeó el hombro y me acompañó hasta la puerta. Váyase a
casa, Sr. Kenton. Tómese un trago, una ducha, y después otro trago. Mire algo en la tele.
Duerma toda la noche. Cumplió su deber como ciudadano. La mayoría de la gente
simplemente habría tirado esas fotos... o las habría guardado para sus álbumes de recortes.
Suena raro, pero yo soy del tipo policial, no del tipo literario, y sé que algunas personas lo
hacen. Váyase a casa. Olvídelo. Y conténtese con esto: si el libro del tipo es tan malo como
usted dijo, entonces le envió una carta de rechazo de la puta madre.
De manera que hice lo que él me dijo, querida; vine a casa, tomé un trago, me duché,
comí algo, tomé otro trago, miré un poco de tele, y me fuí a la cama. Entonces, después de
alrededor de tres horas de tortura de no poder dormir –seguía viendo esa foto, la de la
abertura en el pecho y el corazón chorreante– me levanté, tome como tres copas más, miré en
la tele una película de John Wayne llamada La Estela de la Bruja Roja (te diría que John
Wayne se ve mucho mejor con un casco de soldado que con un casco de buzo), me acosté de
nuevo, y me desperté con resaca.
Todo estará mejor en un par de dias, y creo –creo– que las cosas están comenzando a
volver a la normalidad, tanto en Zenith House como dentro de mi cabeza. Pienso (pienso)
que todo terminó; pero que va a ser uno de esos Incidentes que me perseguirán durante toda
la vida, supongo, como los sueños que tenía de chico en el que me ponía de pie para saludar
la bandera y se me caían los pantalones. O, aún mejor, algo que una vez me contó Bill Gelb,
mi ilustre co-editor en Zenith. Dijo que le contó este chiste a un tipo en una fiesta: ¿Cómo
haces para impedir que cinco negros violen a una chica blanca? Respuesta: les das una
pelota de básquet. "Yo pensé que el tipo al que se lo conté sólo tenía un buen bronceado
hasta que me arrrjó la bebida en la cara y se marchó," dijo Bill. Ésa es la clase de historia
que yo nunca podría contar de mí mismo, lo cual pienso que puede ser una de las razones por
las que no haya perdido todo mi respeto por Bill, aunque es un intolerante y fanático
pelotudo. Con esto quiero decir que me siento un poco como un pelotudo... pero por lo
menos se ha terminado. Si todo esto me hace parecer un histérico –alguien que testificaría
entusiasmado en los juicios contra las brujas de Salem– por favor escribe y rompe nuestro
compromiso cuanto antes... porque si ése fuera el caso, yo tampoco me casaría conmigo.
En cuanto a mí, estoy aferrado a lo que me dijo Tyndale; eso de que actué de buena fe,
como un ciudadano. La único que no haré es enviarte las fotografías, que hoy me fueron
devueltas. Podrían ocasionarte la clase de sueños que he estado teniendo; y esos sueños son,
sin ninguna duda, malévolos. He llegado a la conclusión de que todos esos magos de los
efectos especiales deben ser cirujanos frustrados. De hecho, si Roger me da el visto bueno,
voy a quemarlas.
Te amo, Ruth.
Tu adorado pelotudo,
John
de la oficina del editor en jefe
A: John Kenton
FECHA: 2/2/81
MENSAJE: Prosigue y quémalas. No quiero volver a oír hablar de Carlos Detweiller nunca
más.
Escúchame, John; un poco de excitación está bien, pero si no comenzamos a hacer algo
aquí en Zenith, estaremos todos saliendo a buscar trabajo. He oído que Apex puede estar
buscando compradores. Que es como buscar pájaros dodo o pterodáctilos.
Tenemos que conseguir el libro o libros que hagan algo de ruido en este verano, y eso
significa que sería mejor empezar buscando desde ayer. Comienza a sacudir los árboles, ¿de
acuerdo?
Roger
memorándum de oficina
DE: John
A: Roger
REF: Sacudida de árbol
¿Qué árboles? Zenith House está ubicado en las Grandes Planicies de la publicación
Americana, y tú lo sabes condenadamente bien.
John
de la oficina del editor en jefe
A: John Kenton
FECHA: 3/2/81
MENSAJE: Encuentra un árbol o encuentra un trabajo. Así están las cosas, encanto.
Roger
4 de febrero de 1981
Sr. John "Judas Iscariote" Kenton
Zenith Agujerodelculo-House, Editores de Kaka,
490 Avenida de la Mierda-de-Perro
New York, New York 10017,
Estimado Judas,
Éste es el agradecimiento que recibo por ofrecerle mi libro. De acuerdo, lo entiendo.
Debería haber sabido qué esperar. Usted piensa que es TAN LISTO. De acuerdo, lo
entiendo. Usted no es más que un sucio y traicionero bastardo. Cuánto habrá robado. Un
montón, supongo. Usted piensa que es TAN LISTO pero no es nada más que un "Tablón
Torcido" en "EL GRAN SUELO DEL UNIVERSO". Hay formas de tratar con los TIPOS
COMO USTED. Probablemente piense que voy a ir y buscarlo. Pero no lo haré. Yo "no
mancharía las manos con su suciedad," como decía el Sr. Keen. Pero puedo ajustarle las
cuentas si quiero. ¡Y quiero! ¡¡¡Lo QUIERO!!!!
Mientras tanto, usted lo ha estropeado todo, así que supongo que estará satisfecho. Eso
no me importa. Me he ido al Oeste. Le diría "ojalá se lo jodan" pero quién sería capaz de
hacerle eso. Yo no. No lo haría ni siquiera si yo fuera una niña y usted Richard Gear. No lo
haría ni aunque usted fuese una de esas lindas chicas de buena figura.
Bueno, me marcho, pero mi material es copywright y solo espero que usted sepa qué
significa copywright, aun cuando no sepa distinguir la "mierda" del "betún de zapatos". Así
que nada más métase eso en su pipa y fúmeselo todo el puto día, Sr. Judas Kenton. Adiós.
Lo odia,
Carlos Detweiller
De Viaje
E.U. de A.
7 de febrero de 1981
Querida Ruth,
Me esperaba una carta del estilo "váyase-a-la-mierda" de Carlos Detweiller –la
esperaba inconscientemente, en cualquier caso– y la recibí el otro día. Utilicé la crujiente
máquina Xerox pre-Guerra Mundial que tenemos en Zenith House para hacerte una
fotocopia, y la he adjuntado con esta carta. En su cólera, él es casi lírico, sobre todo en la
parte en que dice que soy un tablón torcido en el suelo del universo... una frase que hasta
Carlyle admiraría. Deletreó mal el nombre de Richard Gere, pero quizá fuera una
licencia artística. En general, diría que me siento aliviado; al menos, esto ya se terminó. El
tipo se ha largado al Gran Oeste Americano, sin duda con sus tijeras de podar rosas
colgándole de la cadera (¿de una cadera rosa? oh, olvídalo).
"Sí, pero ¿se ha ido realmente?" te preguntarás. La respuesta es: sí, lo hizo.
Recibí la carta ayer y casi en seguida puse al corriente a Barton Iverson de la Policía de
Central Falls (luego de conseguir que Roger autorizara de mala gana la llamada de larga
distancia, he de añadir). Pensé que a Iverson le interesaría mi requerimiento de salir a
comprobar el asunto, y lo hizo. Parece que también él pensaba que las "fotos del sacrificio"
eran demasiado reales como para quedarse tranquilo, y la última comunicación de Detweiller
tenía más bien un tono amenazante.
Envió a un hombre llamado Riley –creo que el mismo hombre que fue antes– a
comprobar la salida de Carlos, y él (Iverson, no Riley) me volvió a llamar en noventa
minutos. Al parecer, Detweiller renunció casi enseguida de ser puesto en libertad, y Barfield
incluso ha puesto un anuncio en los periódicos locales pidiendo un nuevo ayudante de
floristería. Algo ligeramente interesante: Riley reconoció al tipo de las "fotos del sacrificio,"
y mencionó un nombre que yo ya conocía: era el Sr. Norville Keen, el mismo tipo, estoy
bastante seguro, que Detweiller mencionó en sus primeras dos cartas ("Por qué
*Nota del Traductor: Gear: voz del argot del Village cuya traducción es "maravilloso":
Richard Maravilloso sería el nombre del actor Richard Gere.
describir a un invitado cuando usted puede ver a ese invitado," y otras perlas de sabiduría).
El poli le hizo algunas preguntas sobre la puesta en escena de esas fotografías, y la Barfield
se entrometió, ka-bang, inmediatamente. Le preguntó si era una investigación oficial, o qué.
No lo era, por supuesto, así que eso fue todo... y en mi mente, el todo el asunto está cerrado.
Iverson me dijo que Riley no pudo identificar a la Barfield en ninguna de las fotografías, de
modo que no hubo ninguna base como para interrogarla más adelante... ni tampoco nadie allí
en Central Falls quiere realmente hacerlo, me parece. Iverson fue muy franco conmigo.
"Deje descansar lo sobrenatural," fue lo que realmente me dijo, y yo estoy de acuerdo en un
doscientos por ciento.
Si la nueva novela de Anthony LaScorbia terminara llamándose Plantas del Infierno,
renuncio.
Te escribiré una carta más normal durante la semana, espero, pero pensé que querrías
saber cómo terminó todo. Mientras, vuelvo a pasarme las noches en mi novela y los días
buscando un bestseller que podamos comprar por $2500. Como creo que dijo el Presidente
Lincoln alguna vez, "Jodida buena suerte, pavo."
A todo esto, gracias por tu llamada telefónica, y tu última carta. Y en respuesta a tu
pregunta, sí, yo también estoy E*X*C*I*T*A*D*O.
Te ama,
John
19 de febrero de 1981
Estimado Sr. Kenton,
Usted no me conoce, pero yo sí a usted. Mi nombre es Roberta Solrac, y soy una ávida
lectora de la serie de novelas de Anthony LaScorbia. ¡¡¡Al igual que el Sr. LaScorbia, siento
que la ecología está a punto de sublevarse!!! De cualquier modo,el mes pasado le escribí
una "carta de admiración" al Sr. LaScorbia ¡y él me contestó! Como estaba muy
entusiasmada y honrada, le envié una docena de rosas. Él dijo que estaba entusiasmado y
honrado (por las rosas) ya que nadie le había enviado flores antes.
Sin embargo, en nuestra correspondencia, él mencionó su nombre y dijo que usted era el
responsable de sus éxitos literarios. No puedo enviarle rosas ya que estoy "en quiebra,"
pero le mendo una pequeña plantita para su oficina, vía UPS. Se supone que trae buena
suerte. ¡¡¡Espero que se encuentre bien, y prosiga con su estupendo trabajo!!!
Suya atentamente,
Roberta Solrac
memorándum de oficina
A: Roger
DE: John
REF: La locura continúa
Echa una mirada a la carta adjunta, Roger. Luego deletrea "Solrac" al revés. Creo que
realmente me estoy volviendo loco. ¿Qué he hecho para merecerme a este tipo?
de la oficina del editor en jefe
A: John Kenton
FECHA: 23/2/81
MENSAJE: Puede que te estés internando en las sombras. Si no es así, ¿qué pretendes hacer?
¿Reabrir las cosas con el D. de P. de Central Falls? Asumiendo que sea Detweiller –y admito
que el último nombre sobrevuela los límites de la coincidencia y que el estilo tiene una cierta
similitud, aunque obviamente sea una tipografía diferente– es, si me permites la aliteración,
una inofensiva muestra de una pataleta infantil. Mi consejo es que te olvides de él. Si
"Roberta Solrac" te envía una planta por correo, tírala por el tubo del incinerador.
Probablemente sea hiedra venenosa. Estás dejando que esto te ataque los nervios, John. Y te
lo digo en serio: Olvídate de él.
Roger
memorándum de oficina
A: Roger
DE: John
REF: "Roberta Solrac"
Hiedra envenenada, las pelotas. El tipo trabajaba en un invernadero. Probablemente sea
belladona, o hierba mora mortal, o algo parecido.
John
de la oficina del editor en jefe
A: John Kenton
FECHA: 23/2/81
MENSAJE: Pensé en mover el culo por el pasillo para hablar contigo, pero estoy esperando
una llamada de Harlow "Hombre del Hacha Cometh" Enders en unos minutos, y no quiero
salir de mi oficina. Pero quizá sea mejor que te lo diga por escrito, porque da la impresión de
que no crees realmente en algo hasta que esté impreso.
John, déjalo pasar. El asunto Detweiller está acabado. Entiendo que todo el asunto te
haya afectado –rayos, también a mí– pero tienes que dejarlo pasar. Tenemos algunos serios
problemas aquí en casa, en el caso de que no te hayas enterado. En junio va a llevarse a cabo
una re-evaluación de nuestra situación, y lo que tenemos no es demasiado. Esto significa que
en septiembre podemos tener el culo en la calle. Nuestro "año de gracia" ha empezado a
acortarse. Deja de preocuparte por Detweiller y, por el amor de Cristo, encuentra algo que se
pueda publicar y que haga dinero.
No puedo decírtelo más claro. Te aprecio, John, pero abandona esto y vuelve al trabajo,
o me veré obligado a tomar medidas drásticas.
Roger
memorándum de oficina
A: Riddley
DE: John Kenton
REF: Posible paquete entrante
Es muy probable que reciba un paquete de la UPS desde alguna parte del medio oeste
durante la próxima semana o en unos diez días. El nombre del remitente es Roberta Solrac.
Si ves tal paquete, asegúrate de que yo no lo vea. En otras palabras, tíralo inmediatamente
por el tubo del incinerador más cercano. Sospecho que ya sabes la mayoría de lo que hay que
saber sobre el asunto de Detweiller. Esto puede estar asociado con eso, y el contenido del
paquete puede ser peligroso. Es improbable, pero existe una posibilidad.
Gracias,
John Kenton
memorándum de oficina
A: John Kenton
DE: Riddley
REF: Posible paquete entrante
¡Siuro, Seor'Kenton!
Riddley/Sección Correo
de EL LIBRO SAGRADO DE CARLOS
SAGRADO MES DE FEBRE (Entrada #64)
Sé cómo atraparlo. He puesto las cosas en movimiento, alabado sea Abbalah. Alabada
sea la Demeter Verde. Los atraparé a todos. ¡Verde Verde "debe verse"! ¡Ja! ¡So Judas! ¡Qué
poco que sabes! ¡Pero yo sí lo sé! ¡También sé todo sobre tu novia; solo que tu novia, es
ahora la niña DEMONIO, ¡Qué poco sabes de lo que ella es capaz! ¡Hay otro mulo coceando
en tu establo, Sr. Editor Pez-Gordo Judas! ¡La OUIJA dice que el nombre de este mulo es
GARY !
 Nota del Traductor: Demeter: diosa griega de las cosechas, hija de Rhea y Cronos, madre
de Perséfone.
 Juego de palabras intraducible: girlfriend significa "novia" y girlFIEND puede traducirse
como "niña DEMONIO"
¡En mis sueños los he visto y GARY es PELUDO! ¡No como tú, pequeño y enclenque
JUDAS! ¡Muy pronto te estaré enviando un presente! ¡Todo el mundo medra! ¡Cada Judas a
salvo en los brazos de Abbalah! ¡Ven Abbalah!
¡VEN GRAN DEMETER!
¡VEN VERDE!
FIN DE LA PLANTA, PARTE DOS

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