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jueves 16 de abril de 2009

EL WENDIGO -- ALGERNON BLACKWOOD

EL WENDIGO
ALGERNON BLACKWOOD



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I
Aquel año se organizaron numerosas partidas de caza, pero apenas si se llegó a descubrir rastro alguno; los alces parecían excepcionalmente tímidos aquella temporada y los chasqueados Nemrods regresaron al seno de sus respectivas familias formulando las mejores excusas que se les ocurrieron. El doctor Cathcart, como otros muchos, regresó sin un solo trofeo. Pero trajo, en cambio, el recuerdo de una experiencia que, según confiesa, vale por todos los alces cazados en su vida. Y es que Cathcart, de Aberdeen, aparte de los alces, estaba interesado en otras cosas; entre ellas, en las extravagancias de la mente humana. Sin embargo, esta singular historia no figura en su libro La Alucinación colectiva por la sencilla razón de que (así lo confesó una vez a un colega suyo) vivió los hechos demasiado de cerca para poder opinar con entera objetividad...
Además de él y de su guía Hank Davis, iban el joven Simpson, su sobrino, que era estudiante de teología y visitaba por primera vez los apartados bosques del Canadá, y el guía de éste, Défago. Joseph Défago era un franco-canadiense que había huido de su originaria provincia de Quebec años antes, y había conseguido trabajo en Rat Portage, cuando el Canadian Pacific Railway estaba en construcción. Era un hombre que, además de sus incomparables conocimientos sobre bosques y monte bajo, sabía cantar viejas canciones de viajeros y narrar emocionantes historias de caza. Por otra parte, era profundamente sensible al encanto singular que posee la naturaleza salvaje y solitaria de ciertos parajes, y sentía por esa soledad una especie de pasión romántica que rayaba en lo obsesivo. La vida de los bosques le fascinaba. De ahí, sin duda, la certera perspicacia con que era capaz de desentrañar sus misterios.

Fue Hank quien lo escogió para esta expedición. Hank lo conocía ya, y tenía plena confianza en él. Y él le correspondía del mismo modo, «como buen compadre». Tenía un vocabulario salpicado de juramentos pintorescos, aunque totalmente carentes de significado, y la conversación entre los dos fornidos cazadores a menudo subía de tono. Hank trataba de paliar esta riada de exabruptos por respeto a su viejo «patrón de caza», el doctor Cathcart -a quien llamaba «Doc», según costumbre del país-, y también porque sabía que el joven Simpson era ya « medio cura». Con todo, Défago tenía un defecto y solo uno, a juicio suyo, y era que, como franco-canadiense, daba muestras de lo que Hank definía como «un maldito carácter»; esto significaba, al parecer, que a veces se comportaba como genuino tipo latino y tenía arrebatos de sordo mal humor en los que nadie en el mundo era capaz de sacarle una palabra. Hay que decir que Défago era imaginativo y melancólico, y por lo general, las estancias demasiado largas en la «civilización» parecían originarle esos accesos, ya que le bastaban unos pocos días en despoblado para curarse por completo.
Estos eran, pues, los cuatro expedicionarios que se encontraban en el campamento durante la última semana del mes de octubre de aquel «año de alces tímidos», en la región de selvática espesura que se extiende, abandonada y solitaria, al norte de Rat Portage. También estaba Punk, un cocinero indio que siempre había acompañado al doctor Cathcart y a Hank en sus cacerías de años anteriores. Su trabajo consistía únicamente en permanecer en el campamento, pescar y preparar las tajadas de carne de venado y el café. Iba vestido con las ropas usadas que le daban sus amos y, aparte su cabello negro y espeso y su tez oscura, con aquella indumentaria de ciudad se parecía tanto a un piel roja como un blanco disfrazado de negro a un africano auténtico. A pesar de eso, Punk poseía aún los instintos de su raza moribunda: su silencio reservado y su gran resistencia. Y también sus supersticiones.
El grupo, sentado alrededor del fuego, se sentía desanimado aquella noche porque había pasado una semana sin descubrir un solo rastro de alce. Défago había cantado su canción y había comenzado uno de sus relatos. Pero Hank, de mal humor, le recordaba tan a menudo que «lo estás contando mal, no fue así», que el «francés» se hundió finalmente en un hosco silencio del que nada probablemente podría sacarle ya. El doctor Cathcart y su sobrino estaban cansados, después del día agotador. Punk estuvo fregando los platos y rezongando para sus adentros bajo el sombrajo de ramas, donde más tarde acabó por dormirse. Nadie se molestaba en reavivar el fuego que lentamente se consumía. Allá arriba, las estrellas brillaban en un cielo completamente invernal; y hacía tan poco viento, que comenzaban ya, solapadamente, a helarse las orillas del lago que se extendía a sus espaldas. El silencio de la inmensidad del bosque se desplegaba en torno para envolverlos.
De pronto, lo quebró inesperadamente la voz nasal de Hank:
-Deberíamos intentarlo por otra zona, Doc -exclamó con energía mirando a su patrón-. Por aquí ya se ve que no tenemos maldita la suerte.
-Vale -dijo Cathcart, que era hombre de pocas palabras-. Buena idea.
-Claro que es buena -continuó Hank con confianza-. ¿Qué tal si, para variar, diésemos una batida hacia el oeste, por el camino de Garden Lake? Aún no hemos explorado esa zona solitaria.
-De acuerdo.
-Y tú, Défago, te llevas al señorito Simpson en la canoa, cruzas el remanso, pasas el Lago de las Cincuenta Islas, y haces un buen ojeo por la orilla sur. El año pasado estaba aquello lleno de alces, y por lo que llevamos visto hasta ahora, puede que también lo esté ahora, nada más que para fastidiarnos.
Défago, con los ojos clavados en el fuego, no dijo nada. Probablemente estaba ofendido aún por la interrupción de su relato.
-Por esa parte no se ha visto ningún alce este año, ¡me apuesto mi último dólar! -añadió Hank con énfasis. Miraba a su patrón con astucia-. Mejor sería recoger la tienda y alejarnos un par de noches -concluyó, como si el asunto estuviera definitivamente decidido.
A Hank se le reconocía una gran competencia para organizar cacerías, y era el encargado de esta expedición.
Para todo el mundo estaba claro que Défago no aprobaba el plan, pero su silencio parecía dar a entender algo más que una simple desaprobación. Por su sensitivo rostro atezado cruzó una curiosa expresión, como un fugaz resplandor de llamas, que no pasó desapercibido para los tres hombres que estaban allí.
-Me parece que tiene miedo por alguna razón -comentaría Simpson más tarde, una vez solos su tío y él en la tienda que compartían. El doctor Cathcart no replicó inmediatamente, aunque pareció interesarse y tomar nota mentalmente de la observación. La expresión de Défago le había causado una pasajera inquietud, sin motivo aparente a la sazón.
Pero Hank, como era natural, fue el primero en observarla; y lo extraño fue que, en lugar de irritarse o ponerse furioso por la falta de interés del otro, comenzara inmediatamente a gastarle bromas.
-Me parece a mí que no hay ninguna razón especial para que vayamos allí este año -dijo, con cierta ironía en el tono-; ¡al menos, no la razón que quieres dar a entender! El año pasado fue el incendio lo que contuvo a la gente. Este año me parece que... que la gente ya no quiere ir. ¡Eso es todo! -su actitud trataba de ser alentadora.
Joseph Défago alzó los ojos un momento, y luego los bajó otra vez. Una ráfaga de viento se deslizó por el bosque avivando los rescoldos y levantando llamas pasajeras. El doctor Cathcart observó nuevamente el semblante del guía, y tampoco esta vez le agradó su expresión. Le traicionaba su mirada. Por un instante, vio en aquellos ojos el destello de un hombre verdaderamente asustado. Esto le inquietó más de lo que le habría gustado admitir.
-¿Hay indios peligrosos en esa dirección? -preguntó con una sonrisa conciliadora, en tanto que Simpson, demasiado soñoliento para percatarse de estas sutilezas, se marchaba a la cama con un prodigioso bostezo- ¿o... o pasa algo? -añadió, cuando su sobrino ya no podía oírle.
Hank le miró con menos franqueza que de costumbre.
-Está asustado -exclamó, fingiendo buen humor-. está asustado por algún cuento de hadas que le han contado. Eso es todo, ¿eh, viejo? -y le dio amistosamente en el pie que tenía más cercano al fuego.
Défago alzó los ojos con rapidez, como si le hubieran interrumpido algún sueño, de un sueño que, sin embargo, no le había abstraído de todo lo que pasaba a su alrededor.
-¿Asustado…? ¡Ni hablar! -contestó con desafiadora animación-. No hay nada en el bosque que pueda asustar a Joseph Défago, ¡que no se te olvide! -y la natural energía con que habló, hizo imposible saber si contaría toda la verdad, o sólo una parte.
Hank se volvió hacia el doctor. Iba a añadir algo, cuando se detuvo bruscamente y miró en torno. Justo detrás de ellos, en la oscuridad, había sonado un ruido que les hizo estremecer a los tres. Era el viejo Punk, que había abandonado su yacija mientras hablaban y ahora estaba de pie, un poco más allá del círculo de luz, escuchando lo que decían.
-Ahora no, Doc -susurró Hank haciendo un guiño- ; más adelante, cuando no haya moros en la costa.
Y poniéndose en pie de un salto, le dio al indio una manotada en la espalda y exclamó sonoramente:
-¡Acércate al fuego y calienta un poco esa sucia piel colorada que tienes! -lo arrastró hacia el fuego y echó más leña-. Ha sido muy buena la comida que nos has preparado antes -continuó cordialmente, como si quisiera encauzar los pensamientos del hombre por otros derroteros- y no sería de cristianos dejarte ahí, de pie, enfriándote el pellejo, mientras nosotros estamos aquí bien calentitos.
Punk avanzó, y se calentó los pies, sonriendo ante la verbosidad del otro, que comprendía sólo a medias, pero no dijo nada. El doctor Cathcart, viendo que era imposible proseguir la conversación, siguió el ejemplo de su sobrino y se metió en la tienda, dejando a los tres hombres que siguieran fumando alrededor de las renovadas llamas del fuego.
No es fácil desnudarse en una tienda pequeña sin despertar al compañero, y Cathcart, hombre duro y de sangre ardorosa a pesar de sus cincuenta años, hizo al raso lo que Hank habría descrito como «una temeridad». Mientras se desnudaba observó que Punk había regresado a su yacija, y que Hank y Défago seguían charlando junto al fuego. Era la típica escena convencional del Oeste: el fuego de campamento iluminaba sus rostros con luces y sombras. Défago, con el sombrero echado y los mocasines, parecía representar el papel de malvado; Hank, con el rostro despejado y sin sombrero, encogiéndose de hombros con indiferencia, podía ser el héroe justo y desengañado; y el viejo Punk, escuchando oculto en la oscuridad, proporcionaba la atmósfera de misterio. El doctor sonrió al darse cuenta de los detalles. Pero al mismo tiempo sintió en su interior como si algo muy hondo -no sabía qué- le oprimiera un poco, como si un soplo casi imperceptible de advertencia hubiera rozado la superficie de su alma, desapareciendo antes de poderlo captar. Probablemente se debía a la «expresión asustada» que había observado en los ojos de Défago. «Probablemente»... porque de no ser a esto, no sabía a qué atribuir esta sombra de emoción fugitiva que escapaba a su fina capacidad de análisis. Le dio la impresión de que acaso hubiera problemas con Défago. No le parecía un guía tan seguro como Hank, por ejemplo... aunque no sabía exactamente por qué.
Antes de zambullirse en la tienda donde Simpson dormía ya ruidosamente, observó un poco más a los dos hombres. Hank juraba como un africano loco en una sala de fiestas; pero sus juramentos eran de «afecto». Los pintorescos denuestos brotaban libremente, ahora que dormía la causa de sus anteriores represiones. Luego pasó el brazo cariñosamente por encima del hombro de su camarada y se marcharon juntos hacia las sombras donde tenían la tienda. Punk siguió su ejemplo también, un momento después, y desapareció entre sus malolientes mantas, en el otro extremo del claro.
El doctor Cathcart se retiró a su vez. La fatiga y el sueño luchaban en su mente contra una oscura curiosidad por averiguar qué había al otro lado de las Cincuenta Islas, que tanto parecía atemorizar a Défago... Se preguntaba también por qué la presencia de Punk impidió a Hank terminar lo que había empezado a decir. Después, el sueño le venció. Mañana lo sabría. Se lo contaría Hank mientras caminaran en pos de los alces huidizos.
Un profundo silencio descendió sobre el pequeño campamento, tan atrevidamente instalado ante las mismas fauces de la selva. El lago brillaba como una lámina de cristal negro bajo las estrellas. Picaba el aire frío. En las brisas nocturnas que surgían silenciosas de las profundidades del bosque, con mensajes de lejanas cordilleras y de lagos que comenzaban a helar, flotaban ya unos perfumes fríos y desmayados que anunciaban la llegada del invierno. El hombre blanco, con su olfato embotado, jamás habría podido adivinarlos; la fragancia del fuego de leña le habría ocultado, en un centenar de millas a la redonda, la viveza de ese olor a musgo, a corteza de árbol y a marisma seca. Incluso Hank y Défago, ligados íntimamente al espíritu de los bosques, habrían olfateado en vano...
Pero una hora más tarde, cuando todos estuvieron dormidos como troncos, el viejo Punk salió a gatas de entre sus mantas y se escurrió como una sombra hasta la orilla del lago, en silencio, como únicamente un indio sabe moverse. Después levantó la cabeza y miró a su alrededor. La espesa negrura hacía casi imposible toda visibilidad; pero, como los animales, poseía él otros sentidos que la oscuridad no era capaz de anular. Escuchó, y luego olfateó el aire. Se quedó quieto, inmóvil como un arbusto. Al cabo de unos cinco minutos, estiró de nuevo la cabeza y olfateó el aire una y otra vez. Un prodigioso hormigueo de nervios le corrió por el cuerpo al oler el aire penetrante. Luego, se sumergió en la negrura como sólo hacen los animales y los hombres salvajes, y regresó finalmente, deslizándose bajo el ramaje, hasta su lecho.
Poco después de dormirse, el cambio de viento que había presentido agitaba blandamente el reflejo de las estrellas en el lago. Procedía de las lejanas montañas de la región situada al otro lado del Lago de las Cincuenta Islas, venía en la dirección que había observado él, pasaba por encima del campamento dormido y cruzaba, como un murmullo apagado y suspirante, apenas perceptible, por entre las copas de los árboles inmensos. Con él, por los desiertos senderos de la noche, aunque demasiado tenue aún para los agudos sentidos del indio, cruzó un olor ligerísimo, muy particular y extrañamente inquietante; un olor de algo raro... absolutamente desconocido.
El franco-canadiense y el hombre de sangre india se agitaron intranquilos en su sueño, aunque ninguno de los dos se despertó. Luego, el espectro de aquel olor innominado se alejó para perderse entre las regiones remotas del bosque deshabitado.
II
Por la mañana, antes de que saliera el sol, el campamento estaba ya en plena actividad. Había caído una ligera capa de nieve durante la noche, y el aire era frío y penetrante. Punk había cumplido con sus deberes matinales, ya que el olor del café y del tocino frito llegaba hasta las tiendas. Todo el mundo estaba de buen humor.
-¡El viento ha cambiado! -gritó Hank a Simpson y a su guía, que se hallaba a bordo de la pequeña canoa-. ¡Hay que cruzar el lago en línea recta! ¡Estupendos rastros nos va a dejar la nieve! Si hay algún alce olisqueando por allí, tal como viene el viento, no os va a ver hasta teneros encima. ¡Buena suerte, Monsieur Défago! -añadió alegremente, dándole por una vez la pronunciación francesa al nombre- ¡Bonne chance!
Défago le deseó lo mismo, de buen humor al parecer, sin acordarse para nada de su silencioso enfado de la noche anterior. Antes de las ocho, el viejo Punk se encontraba solo ya en el campamento. Cathcart y Hank, muy lejos de allí, seguían un rastro que se dirigía hacia occidente, en tanto que la canoa que llevaba a Défago y a Simpson, con una tienda de seda y provisiones para dos días, era sólo un punto confuso balanceándose en la lejanía, rumbo al este.
La crudeza invernal del aire se atemperaba con el sol que coronaba las lomas cubiertas del bosque y resplandecía con voluptuoso calor sobre los árboles y el lago. Los somormujos volaban rasantes a través del centelleo del rocío que el viento espolvoreaba; algunos sacudían sus mojadas cabezas al sol, y luego las sumergían de nuevo con vivacidad. Y hasta donde alcanzaba la vista, se elevaban las masas interminables y apretadas de los arbustos desolados que cubrían toda aquella región, jamás hollada por el hombre, que se extendía como un poderoso e ininterrumpido tapiz vegetal hasta las costas heladas de la Bahía de Hudson.
Simpson, que contemplaba todo esto por primera vez a la par que remaba vigorosamente, se sentía embelesado por la austera belleza. Su corazón se embriagaba con el sentimiento de libertad de los grandes espacios, y sus pulmones con el aire frío y perfumado. Detrás de él, sentado a popa, Défago gobernaba con soltura aquella embarcación de corteza de abedul y contestaba alegremente a todas las preguntas de su compañero. Los dos se sentían contentos y gozosos. En tales ocasiones, los hombres pierden las superficiales diferencias que el mundo establece; se convierten en seres humanos que trabajan juntos por un fin común. Simpson, el patrón, y Défago, el servidor, entre aquellas fuerzas primitivas, eran simplemente eso: dos hombres, el «guía» y el «guiado». La superior destreza asumía naturalmente el mando, y el «señorito» había pasado sin preámbulos a una situación de cuasi-subordinado. No se le ocurrió, ni mucho menos, poner objeción alguna cuando Défago suprimió el «señor» y se dirigió a él con un «oiga, Simpson», o bien «oiga, jefe», como se dio el caso invariablemente hasta que llegaron a la lejana orilla, después de remar de firme durante doce millas con viento de proa. El solamente se reía, le gustaba; después, dejó de notarlo por completo.
Este «estudiante de teología» era, pues, un joven de buen natural y mejor carácter, aunque sin mundo, como era de comprender. Y en este viaje -la primera vez que salía de su pequeña Escocia natal-, la gigantesca proporción de las cosas le producía cierto aturdimiento. Ahora comprendía que una cosa era oír hablar de los bosques primordiales, y otra muy distinta verlos. Y vivir en ellos y tratar de familiarizarse con su vida salvaje era, además, una iniciación que ningún hombre inteligente podía sufrir sin verse obligado a alterar una escala de valores considerada hasta entonces como inmutable y sagrada.
Simpson sintió las primeras manifestaciones de esta emoción cuando cogió en sus manos el nuevo rifle 303 y contempló sus perfectos y relucientes cañones. Los tres días de viaje hasta el campamento general, a través del lago, y por tierra, después, habían constituido una nueva fase de este proceso. Y ahora que estaba tan lejos, más allá incluso de la orla de espesura donde habían acampado, en el corazón de unas regiones deshabitadas tan extensas como Europa, la verdadera realidad de su situación le producía un efecto de placer y pavor que su imaginación sabía apreciar perfectamente. Eran Défago y él, contra una muchedumbre... o, al menos, ¡contra un Titán!
La fría magnificencia de estos bosques solitarios y remotos le abrumaba y le hacían sentir su propia pequeñez. De la infinidad de copas azulencas que se balanceaban en el horizonte, se desprendía y revelaba por sí misma esa severidad que emana de las vegetaciones enmarañadas y que sólo puede calificarse como despiadada y terrible. Comprendía la muda advertencia. Se daba cuenta de su total desamparo. Sólo Défago, como símbolo de una civilización distante en la que era el hombre el que dominaba, se levantaba entre él y una muerte implacable por hambre y agotamiento.
Por esta razón, le resultaba emocionante ver a Défago dirigir la canoa a la orilla, guardar las palas cuidadosamente en su interior y hacer marcas, luego, en las ramas de los abetos situados a uno y otro lado de un rastro casi invisible, al tiempo que le explicaba con entera despreocupación:
-Oiga, Simpson; si me llegara a pasar algo, encontrará la canoa siguiendo exactamente estas señales. Después cruza él lago todo recto hacia el sol, hasta dar con el campamento. ¿Ha comprendido?
Era la cosa más natural del mundo, y lo dijo sin un solo cambio de voz. No obstante, con ese lenguaje, que reflejaba perfectamente la situación y el desamparo de ambos, acertó a expresar las emociones del joven en aquel momento. Se encontraba, con Défago, en un mundo primitivo: eso era todo. La canoa -otro símbolo del poder del hombre- debía dejarse atrás. Aquellas muescas amarillentas cortadas a golpes de hacha sobre los árboles, eran las únicas señales de su escondite.
Entre tanto, con los bártulos y el rifle al hombro, los dos hombres comenzaron a seguir un rastro casi imperceptible por entre rocas, troncos caídos y charcas medio heladas, sorteando los numerosos lagos que festoneaban el bosque, y bordeando sus orillas cubiertas de niebla desflecada. Hacia las cinco, se encontraron de improviso con que estaban en el límite del bosque. Ante ellos se abría una vasta extensión de agua, moteada de innumerables islas cubiertas de pinos.
-El Lago de las Cincuenta Islas -anunció Défago con voz cansada-, ¡y el sol está metiendo en él su vieja cabeza pelada! -añadió poéticamente, sin darse cuenta.
Inmediatamente, comenzaron a plantar la tienda. En cinco minutos escasos, gracias a aquellas manos que nunca hacían un movimiento de más ni de menos, quedó armada la tienda, fueron preparados los techos con ramas de bálsamo y se encendió un buen fuego para guisar con el mínimo de humo. Mientras el joven escocés limpiaba el pescado que cogieron al curricán durante la travesía, Défago dijo que «pensaba» dar una vuelta «nada más» por los alrededores, en busca de señales de alce.
-Pudiera tropezarme con algún tronco donde hubiesen estado restregando los cuernos -dijo mientras se iba-, o acaso hayan mordisqueado las hojas de algún arce.
Su pequeña figura se fundió como una sombra en el crepúsculo. Simpson se quedó observando, con admiración, cuán fácilmente lo absorbía la floresta. Sólo unos pasos, y ya había desaparecido.
No obstante, había poca maleza por los alrededores. Los árboles se elevaban algo más allá, muy espaciados, y en los claros crecían el abedul y el arce, delgados y esbeltos, junto a los troncos inmensos de los abetos. De no haber sido por algunos troncos derribados, de monstruosas proporciones, y por los fragmentos de roca gris que se hincaban en el lomo de la tierra, el paraje podía haber sido el rincón de un viejo parque. Casi se podía ver en él la mano del hombre. Un poco más a la derecha, no obstante, comenzaba aquella extensa comarca que llamaban el Brûlé, completamente arrasada por el incendio del año anterior. La zona entera estuvo ardiendo con furia durante semanas y semanas. Ahora se alzaban, descarnados y feos, unos tocones ennegrecidos en forma de cerillas gigantescas. Reinaba una desolación indescriptible. El olor a carbón y a ceniza empapada de lluvia aún persistía débilmente en el aire.
El crepúsculo se iba haciendo más denso cada vez. Las marismas se cubrían de sombras. El crepitar de la leña en el fuego y el romper de las olas a lo largo de la costa rocosa del lago eran los únicos ruidos audibles. El viento se había calmado al ponerse el sol, y nada se agitaba en aquel vasto mundo de ramas. En cualquier momento, los dioses de los bosques podían esbozar sus tremendos y poderosos perfiles entre los árboles. Delante, a través de los pórticos sostenidos por los enormes troncos erguidos, se extendía el escenario del Lago de Fifty Islands, de las Cincuenta Islas, que era como una media luna de veinticinco kilómetros, más o menos, de punta a punta, y de unos nueve de anchura, desde donde estaban ellos acampados. Un cielo rosa y azafrán, más claro que cualquiera de los que había visto Simpson en su vida, derramaba aún sus raudales de fuego sobre las olas, y las islas -seguramente más cerca de las cien que de las cincuenta- flotaban como mágicas embarcaciones de una escuadra encantada. Cubiertas de pinos, con las crestas apuntando al cielo, casi parecían moverse en la borrosa luz del anochecer… a punto de recoger el ancla y navegar por las rutas de los cielos, y no por las del lago arcaico y solitario.
Y los encendidos jirones de nubes, como pendones ostentosos, eran la señal de que zarpaban rumbo a las estrellas...
El espectáculo era de una belleza arrobadora. Simpson ahumaba el pescado, y se había quemado los dedos al intentar probarlo; al mismo tiempo, cuidaba de la sartén y a fuego. Pero, por debajo de sus pensamientos, percibía otro aspecto de la naturaleza salvaje: la indiferencia hacia la vida humana, el espíritu despiadado de la desolación, que no tiene en cuenta al hombre. El sentimiento de su completa soledad, ahora que incluso Défago se había ido, se le hizo más palpable al mirar en torno suyo y aguzar el oído en espera de adivinar las pisadas de su compañero que regresaba.
Esta sensación tenía algo de placentera; y de alarmante, también. E irremediablemente, se le ocurrió una idea que le hizo temblar: «¿Qué podría... qué podría hacer yo si... si sucediera algo y no regresara?»...
Disfrutaron de una cena bien merecida, comieron pescado a placer, y tomaron un té fuerte, capaz de matar a un hombre que no hubiera hecho treinta millas a «marcha forzada». Y al terminar, estuvieron un rato fumando, charlando y riendo junto al fuego. Después, estiraron las piernas cansadas y discutieron el programa del día siguiente. Défago se encontraba de un humor excelente, aunque decepcionado por no haber encontrado ningún rastro todavía. Pero estaba oscureciendo y no había podido alejarse demasiado. El Brûlé era mal sitio también. Las ropas y las manos le olían a carbón.
Simpson, al mirarle, volvió a sentir con renovada intensidad que la situación seguía siendo la misma: los dos juntos en la soledad agreste.
-Défago -dijo-, estos bosques son... cómo decirlo, un poco demasiado grandes para sentirse uno a gusto... tranquilo, quiero decir... ¿no?
Con estas palabras tan sólo daba expresión a su sentir del momento. Apenas si estaba preparado para la seriedad, para la solemnidad, incluso, con que el guía acogió sus palabras.
-Está usted en lo cierto, jefe -exclamó, clavándole en el rostro sus ojos escrutadores-, Es la pura verdad. No tienen límite… ninguna clase de límite.
Luego añadió, bajando la voz como si hablara consigo mismo:
-Son muchos los que han descubierto eso, y han sucumbido.
Pero la gravedad que había en su actitud no agradó en absoluto a Simpson. Sus palabras y su expresión resultaban demasiado sugerentes en un escenario y un crepúsculo como aquellos. Lamentó haber tocado ese tema. De pronto le vino a la memoria lo que había contado su tío sobre una fiebre extraña que afectaba a los hombres en la soledad de la selva. Se sentían irresistiblemente atraídos por las regiones despobladas, y caminaban, fascinados, hacia su muerte. Y se le ocurrió que su compañero tenía ciertos síntomas afines a ese extraño tipo de afección. Desvió la conversación hacia otros derroteros. Habló de Hank y del doctor, así como de la natural rivalidad entre los dos grupos por ser los primeros en avistar un alce.
-Si ellos fuesen en dirección oeste -observó Défago con desgana-, ahora estarían a cien kilómetros de nosotros; y en mitad de camino, quedaría el viejo Punk, hinchándose de pescado y café.
Se rieron de imaginárselo. Pero al mencionar de pasada, por segunda vez, aquellos cien kilómetros, Simpson se percató de las inmensas proporciones del territorio donde estaban cazando. Cien kilómetros eran solamente un paseo; y doscientos, tal vez poco más. A su memoria acudían continuamente relatos sobre cazadores que se habían extraviado. La pasión y el misterio de unos hombres perdidos y errabundos, seducidos por la belleza de las grandes selvas, cruzaban por su mente de una forma demasiado vívida para resultar completamente placentera. Se preguntaba si sería el talante de su compañero lo que provocaba con tanta persistencia estas ideas inquietantes.
-Cantemos una canción, Défago, si no está usted demasiado cansado- rogó-. una de esas viejas canciones de viajeros que cantaba la otra noche.
Le alargó le petaca al guía. Después, se puso a llenar su pipa mientras el canadiense, de buena gana, elevaba su templada voz por el lago en uno de aquellos cantos dolorosos, ante los cuales los madereros y los tramperos detenían sus tareas. Tenía un acento suplicante, algo que evocaba el ambiente de los viejos tiempos de los colonizadores, cuando los indios y la rigurosa naturaleza estaban aliados, cuando las luchas eran frecuentes, y el Viejo Mundo estaba más lejano que hoy. Su voz sonora se extendió placentera por el agua; pero el bosque que había a sus espaldas parecía tragársela, de forma que no producía ecos ni resonancias.
Cuando estaba a mitad de la tercera estrofa, Simpson notó algo raro, algo que removió en su pensamiento un torrente de reminiscencias lejanas. Se había producido un cambio en la voz de Défago. Antes incluso de saber lo que era, se sintió intranquilo, y al levantar los ojos, vio que, aunque seguía cantando, miraba nervioso a su alrededor como si oyera o viera algo. Su voz se debilitó, se hizo inaudible, y luego calló del todo. En ese mismo instante, con un movimiento asombrosamente alerta, dio un salto y se puso de pie... olfateando el aire. Como un perro «toma» un rastro con el olfato, así sorbió él el aire por las ventanas nasales, en cortas y profundas aspiraciones, volviéndose rápidamente en todos los sentidos, hasta que «apuntó» la nariz a la orilla del lago, hacia el este, y se quedó parado. Fue algo inquietante, y al mismo tiempo singularmente dramático. El corazón de Simpson latía con angustia viéndole actuar.
-¡Hombre, por Dios! ¡El salto que me ha hecho dar! -exclamó, levantándose y poniéndose a su lado para escudriñar aquel océano de oscuridad-. ¿Qué es? ¿Acaso tiene miedo?…
Antes de terminar la pregunta se dio cuenta de que era ociosa. Cualquier persona con un par de ojos en la cara habría visto al canadiense ponerse pálido de terror. Ni siquiera el color moreno de su piel y el resplandor de las llamas lo pudieron ocultar.
El estudiante temblaba, le flaqueaban las rodillas.
-¿Qué es? -repitió alarmado- ¿Siente el olor de algún alce? ¿O... o pasa algo? -acabó, bajando la voz instintivamente.
La selva se estrechaba en torno a ellos como una muralla circular. Los troncos de los árboles más cercanos brillaban como bronce a la luz de la hoguera. Más allá, las tinieblas. Y en la lejanía, un silencio de muerte. Justo detrás de ellos, una ráfaga de viento levantó una solitaria hoja de árbol y luego la dejó caer sin mover las demás. Parecía como si se hubieran combinado un millón de causas invisibles para producir este efecto tan simple. Junto a ellos había palpitado otra vida... y había desaparecido.
Défago se volvió bruscamente. El color lívido de su rostro se había convertido en un gris repugnante.
-Yo no he dicho que he oído... o he olido nada -dijo despacioso y enfático, con voz singularmente alterada-. Sólo quería echar una mirada alrededor... por así decir. Se precipita usted preguntando; por eso se equivoca.
Y añadió, de pronto, en un claro esfuerzo por dar a su voz un tono natural:
-¿Tiene cerillas, jefe?
Y procedió a encender la pipa que había llenado a medias, antes de empezar a cantar.
Sin más hablar, se sentaron otra vez junto al fuego. Défago cambió de sitio, de forma que ahora estaba de cara a la dirección del viento. La maniobra era elocuente por sí misma: Défago había cambiado de posición con el fin de oír y oler todo lo que hubiera que oír y oler. Y, puesto que se había colocado de espaldas a los árboles, era evidente que no provenía del bosque lo que había alarmado repentinamente su fina sensibilidad.
-Se me han quitado las ganas de cantar -.explicó espontáneamente-. Esa clase de canciones me traen recuerdos penosos. No debía haber empezado. Me hace pensar, ¿sabe?
Se notaba que el hombre luchaba todavía con alguna emoción que le agitaba profundamente. Quería justificarse ante los ojos del otro. Pero el pretexto, que por otra parte tenía algo de verdad, era falso; y él sabía perfectamente que Simpson no se había quedado convencido. Nada podría explicar el terror lívido que había reflejado su semblante mientras estuvo olfateando el aire, y nada -ni el fuego, ni ninguna charla sobre cualquier tema corriente- podría devolverles la naturalidad anterior. La sombra de desconocido horror que cruzó, fugaz, por el semblante del guía, se había comunicado de manera indefinible a su compañero. Los visibles esfuerzos del guía por disimular la verdad no hicieron sino empeorar las cosas. Además, para mayor intranquilidad del joven, se sentía incapaz de hacer preguntas y en completa ignorancia de lo que pasaba. Los indios, los animales salvajes, el incendio... todas estas cosas no tenían nada que ver, lo sabía. Su imaginación se debatía febrilmente, pero en vano…
Sin embargo, no se sabe cómo, cuando ya llevaba largo rato fumando y charlando ante el fuego reavivado, la sombra que tan repentinamente invadiera el pacífico campamento comenzó a disiparse, quizá por los esfuerzos de Défago o por haber retornado a su actitud normal y sosegada; puede también que el mismo Simpson hubiera exagerado la realidad, o tal vez la densa atmósfera de la naturaleza salvaje había conseguido purificarles. Fuera cual fuese la causa, la sensación de horror inmediato pareció desvanecerse tan misteriosamente como había venido, ya que nada ocurrió. Simpson comenzó a pensar que se había dejado llevar por un terror irracional propio de un chiquillo. En parte, lo atribuyó a la exaltación que este escenario inmenso y salvaje comunicaba a su sangre; en parte, al encanto de la soledad, y en parte, también, al tremendo cansancio. En cuanto a la palidez del rostro del guía, era, naturalmente, muchísimo más difícil de explicar, aunque podía deberse, en cierto modo, a un efecto del resplandor del fuego, o a su propia imaginación... Consideró que era mejor ponerlo en duda. Simpson era escocés.
Cuando desaparece una emoción fuera de lo común, la razón encuentra siempre una docena de argumentos para explicarla a posteriori. Encendió una última pipa, y trató de reír. Sería un buen relato para cuando estuviese en Escocia, de regreso. No se daba cuenta de que aquella risa era señal de que el terror acechaba aún en lo más recóndito de su alma; de que, en realidad, era uno de los síntomas más característicos con que un hombre seriamente alarmado trata de persuadirse de que no lo está.
En cambio, Défago oyó aquella risa y lo miró con sorpresa. Los dos hombres permanecieron un rato, el uno junto al otro, dándole con el pie a los rescoldos, antes de marcharse a dormir. Eran las diez, hora bastante avanzada para que los cazadores estén despiertos aún.
-¿En qué piensa usted? -preguntó Défago en tono corriente, aunque con gravedad.
-En este momento estaba pensando en... en los bosques de juguete que tenemos allí -balbuceó Simpson, sobresaltado por la pregunta, pero expresando lo que realmente dominaba su pensamiento- y los comparaba con todo esto -añadió, haciendo un gesto amplio con la mano para indicar la vasta espesura.
Hubo una pausa. Ninguno de los dos parecía querer decir nada.
-De todos modos, yo que usted no me reiría -exclamó Défago, mirando las sombras por encima del hombro de Simpson-. Hay lugares ahí dentro que nadie ha visto jamás... Nadie sabe lo que se oculta ahí.
El tono del guía sugería algo inmenso y terrible.
-¿Tan grande es?
Défago asintió. La expresión de su rostro era sombría. También él se sentía intranquilo. El joven comprendió que en un territorio de aquellas dimensiones muy bien podía haber profundidades de bosque jamás conocidas ni holladas en toda la historia de la tierra. El pensamiento no era precisamente tranquilizador. En voz alta, y tratando de manifestar alegría, dijo que ya era hora de irse a dormir. Pero el guía remoloneaba, trasteaba en el fuego, ordenaba las piedras innecesariamente, y seguía haciendo una porción de cosas que, en realidad, no hacían falta alguna. Evidentemente, había algo que tenía ganas de decir, aunque le resultaba muy difícil «empezar».
-Oiga, Simpson -exclamó de pronto, cuando las últimas chispas se perdieron, por fin, en el aire-, ¿no nota usted... no nota nada en el olor... nada de particular, quiero decir?
Simpson se dio cuenta de que la pregunta, normal y corriente en apariencia, encerraba una sombra de amenaza. Sintió un escalofrío.
-Nada, aparte el olor a leña quemada -contestó con firmeza, dándole con el pie a los rescoldos. Incluso el ruido de su propio pie le asustó.
-Y en toda la tarde, ¿no ha notado ningún... ningún olor? -insistió el guía, mirándole por encima del resplandor-. ¿Nada extraordinario y distinto de cualquier otro olor que haya olido antes?
-No; desde luego que no -replicó agresivamente, casi con mal humor.
El rostro de Défago se aclaró.
-¡Eso está bien! -exclamó con evidente alivio-. Me gusta oír eso.
-¿Y usted? -preguntó Simpson con viveza, y en el mismo instante, se arrepintió de haberlo hecho.
El canadiense se le acercó en la oscuridad. Sacudió la cabeza.
-Creo que no -dijo, sin demasiada convicción-. Debe de haber sido la canción esa. Suelen cantarla en los campamentos de madereros y en sitios abandonados de la mano de Dios, como éste, cuando están asustados porque oyen al Wendigo andar por ahí cerca.
-¿Y qué es el Wendigo, si se puede saber? -preguntó Simpson, contrariado por la imposibilidad de reprimir otro escalofrío. Sabía que se encontraba muy cerca del terror de aquel hombre, y de su causa. No obstante, una imperiosa curiosidad venció su buen sentido y su temor.
Défago se volvió rápidamente y le miró como si estuviera a punto de gritar. Sus ojos refulgían, tenía la boca completamente abierta. No obstante, lo único que dijo -o más bien que susurró, porque su voz sonó muy baja-, fue:
-No es nada... nada. Algo que dicen esos tipos piojosos cuando se han soplado una botella de más... Una especie de animal que vive por allá -sacudió la cabeza hacia el norte-, veloz como un relámpago, y no muy agradable de ver, según se cree... ¡Eso es todo!
-Una superstición de los bosques -comenzó Simpson, mientras se dirigía a la tienda apresuradamente con el fin de sacudirse la mano del guía, que se le aferraba al brazo- ¡Vamos, vamos de prisa, por Dios, y tráigame esa lámpara! ¡Deberíamos estar durmiendo ya, si tenemos que levantarnos mañana al amanecer! ...
El guía iba pisándole los talones.
-Ya voy, ya voy -dijo.
Después de una pequeña dilación, apareció con la lámpara y la colgó en una clavo del palo plantado delante de la tienda. Las sombras de un centenar de árboles se movieron inquietas y rápidas al cambiar la luz de posición. Tropezó con la cuerda al entrar, y la tienda entera tembló como agitada por una súbita ráfaga de viento.
Los dos hombres se echaron, sin desvestirse, en sus techos de ramas de bálsamo. En el interior se estaba caliente y cómodo. Afuera, en cambio, un mundo formado por múltiples árboles se espesaba a su alrededor, fundiendo sus sombras milenarias y ahogando la pequeña tienda que se alzaba como una concha blanca y diminuta frente al océano tremendo de la selva.
Entre las dos figuras solitarias de su interior se condensaba también, otra sombra que no era de la noche. Era la Sombra que proyectaba el extraño Temor, aún no conjurado del todo, que se había introducido en el espíritu de Défago a mitad de su canción. Y Simpson, que vigilaba la oscuridad a través de la pequeña abertura de la tienda, dispuesto ya a sumergirse en el fragante abismo del sueño, sintió aquella quietud profunda y única del bosque primitivo, en la que nada se movía... y en la cual la noche adquiría una corporeidad y un espesor que se filtraba en el espíritu y lo invadía de tinieblas... Después, el sueño se apoderó de él.
III
Así le pareció a él al menos. Sin embargo, lo cierto era que el pulso del agua, junto a la tienda, seguía marcando sin cesar el paso del tiempo, cuando se dio cuenta de que estaba con los ojos abiertos y de que otro sonido acababa de irrumpir, con solapado disimulo, en el rítmico murmullo de las olas.
Y mucho antes de comprender de qué se trataba, se agitaron en su interior vagos sentimientos de dolor y de alarma. Escuchó atento, aunque en vano al principio, porque los latidos de su pulso golpeaban como sonoros tambores en sus sienes. ¿De dónde provenía? ¿Del lago, del bosque?…
Luego, de repente, con el corazón en un puño, se dio cuenta de que sonaba muy cerca de él, dentro de la tienda; y cuando se volvió para oír mejor, lo localizó de manera inequívoca a medio metro de donde él estaba. Era un sonido quejumbroso: Défago, en su lecho de ramas, sollozaba en la oscuridad como si fuera a partírsele el corazón y se taponaba la boca con la manta para sofocar el llanto.
Su primer sentimiento, antes de pararse a pensar, fue una punzante y dolorosa ternura. Aquel sonido íntimo, humano, oído en medio de aquella desolación, le movía a piedad. Era tan incongruente, tan enternecedoramente incongruente... ¡y tan inútil! ¿De qué servían las lágrimas en aquella inmensidad cruel y salvaje? Imaginó a una criatura llorando en medio del Atlántico... Después, naturalmente, al recobrar mayor conciencia y recordar lo que había sucedido antes de acostarse, sintió que el terror comenzaba a dominarle y que se le helaba la sangre.
-Défago -susurró con nerviosismo, haciendo esfuerzos por hablar bajo-, ¿qué sucede? ¿Se siente usted mal?
No obtuvo respuesta, pero cesaron inmediatamente los sollozos. Alargó la mano y lo tocó. Su cuerpo no se movía.
-¿Está despierto? -se le había ocurrido que podía estar llorando en sueños-. ¿Tiene usted frío?
Había observado que tenía los pies destapados y que le salían hacia afuera de la tienda. Extendió el doblez de su manta y se los tapó. El guía se había escurrido de su lecho, y parecía haber arrastrado las ramas con él. Le daba apuro tirar de su cuerpo hacia adentro, otra vez, por miedo a despertarle.
Hizo una o dos preguntas más en voz baja, pero, aunque esperó varios minutos, no obtuvo contestación alguna ni apreció ningún movimiento. Después, oyó su respiración regular y sosegada. Le puso la mano en el pecho y lo sintió subir y bajar pausadamente.
-Dígame si le ocurre algo -murmuró- o si puedo hacer alguna cosa por usted. Despiérteme inmediatamente si llegara a sentirse... mal.
No sabía qué decir. Se dejó caer, sin dejar de pensar ni de preguntarse qué significaría todo aquello. Défago había estado llorando entre sueños, por supuesto. Algo le afligía. Fuera como fuese, jamás en la vida se le olvidarían aquellos sollozos lastimeros, ni la sensación de que toda la impresionante soledad de los bosques los escuchaba.
Estuvo meditando durante mucho tiempo sobre los últimos sucesos, entre los cuales, era éste, en verdad, el más misterioso; y aunque su razón encontraba argumentos satisfactorios con que desechar cualquier eventualidad desagradable, le quedó, no obstante, una sensación muy arraigada...extraña a más no poder.
IV
Pero el sueño, a la larga, siempre acaba por imponerse a cualquier emoción. Pronto se desvanecieron sus pensamientos. Se encontraba arropado, cómodo, y demasiado fatigado. La noche era agradable y reparadora, y en ella se diluía toda sombra de recuerdo y alarma. Media hora más tarde, había perdido conciencia de todo cuanto le rodeaba.
Y sin embargo, esta vez fue el sueño su gran enemigo, al embotarle la sensación de inminencia y anular el estado de alarma de sus nervios.
Así como en algunas de esas pesadillas que se presentan con terrible apariencia de realidad, basta a veces la inconsistencia de un simple detalle para poner de manifiesto la incoherencia y falsedad del todo, del mismo modo los acontecimientos que ahora se desarrollan, aun sucediendo en realidad, sugerían la existencia de un detalle que podía ser la clave de la explicación y que había sido pasado por alto en la confusión del momento. Todo aquello sólo debía ser cierto en parte; y lo demás, pura fantasía. En las profundidades de una mente dormida, algo permanece despierto, preparado para emitir el juicio: «Todo esto no es completamente real; cuando despiertes lo comprenderás.»
Y así, en cierto modo, le sucedía a Simpson. Los acontecimientos no eran totalmente inexplicables o increíbles por sí mismos, aunque formaban, para el hombre que los veía y oía, una sucesión de hechos horribles, pero independientes, porque el detalle mínimo que podía haber esclarecido el enigma permanecía oculto o desfigurado.
Por lo que Simpson puede recordar, fue un movimiento violento, como de algo que se arrastraba en el interior de la tienda, lo que le despertó y le hizo darse cuenta de que su compañero estaba sentado, muy tieso, junto a él. Estaba temblando. Debían de haber pasado varias horas, porque el pálido resplandor del alba recortaba su silueta contra la tela de la tienda. Esta vez no lloraba; temblaba como una hoja, y su temblor lo sentía él a través de la manta. Défago se había arrebujado contra él, en busca de protección, huyendo de algo que aparentemente se escondía junto a la entrada de la tienda.
Por esta razón, Simpson le preguntó en voz alta -con el aturdimiento del despertar, no recuerda exactamente qué-, y el guía no contestó. Una atmósfera de auténtica pesadilla le envolvía, le embarazaba hasta impedirle moverse. Durante unos instantes, como es natural, no supo dónde se encontraba, si en uno de los anteriores campamentos o en su cama de Aberdeen. Estaba confuso y aturdido.
Después -casi inmediatamente-, en el profundo silencio del amanecer, oyó un ruido de lo más extraño. Fue repentino, sin previo aviso, inesperado e indeciblemente espantoso. Simpson afirma que se trataba de una voz, acaso humana, ronca, aunque lastimera. Una voz suave y retumbante a la vez, que parecía provenir de las alturas y que, al mismo tiempo, sonaba muy cerca de la tienda. Era un bramido pavoroso y profundo que, sin embargo, poseía cierta calidad dulce y seductora. Distinguió en él como tres notas, como tres gritos separados que recordaban vagamente, apenas reconocibles, las sílabas que componían el nombre del guía: «¡Dé-fa-go!»
El estudiante admite que es incapaz de describir cabalmente este sonido, ya que jamás había oído nada semejante en su vida y en él se combinaban cualidades contradictorias. El lo describe como «una especie de voz lastimera y ululante como el viento, que sugería la presencia de un ser solitario e indómito, tosco y a la vez increíblemente poderoso»...
Y aun antes de que cesara la voz y se hundiera de nuevo en los inmensos abismos del silencio, el guía se puso en pie de un salto y gritó una respuesta ininteligible. Al incorporarse, chocó violentamente contra el palo de la tienda; sacudió toda la armazón al extender los brazos frenéticamente para abrirse camino, y pateó con furia para desembarazarse de las mantas. Durante un segundo, o quizá dos, permaneció rígido ante la puerta; su oscuro perfil se recortó contra la palidez del alba. Luego, con desenfrenada rapidez, y antes de que su compañero pudiera mover un dedo para detenerle, se arrojó por la entrada de la tienda... y se marchó. Y al marcharse -con tan asombrosa rapidez, que pudo oírse cómo su voz se perdía a lo lejos- gritaba con un acento de angustia y terror, pero que al mismo tiempo parecía expresar un tremendo éxtasis de gozo...
-¡Ah! ¡Mis pies de fuego! ¡Mis ardientes pies de fuego! ¡Ah! ¡Qué altura, qué carrera abrasadora!
Pronto la distancia acalló sus gritos, y el silencio del amanecer descendió de nuevo sobre la floresta.
Sucedió todo con tal rapidez que, a no ser por el lecho vacío que tenía junto a él, Simpson casi hubiera podido creer que acababa de sufrir una pesadilla. Pero a su lado sentía aún la cálida presión del cuerpo desaparecido. Las mantas estaban todavía en un montón, en el suelo. La misma tienda temblaba aún por la vehemencia de su salida impetuosa. Las extrañas palabras, propias de un cerebro repentinamente trastornado, resonaban en sus oídos como si las oyera todavía a lo lejos... No eran únicamente los sentidos de la vista y el oído los que denunciaban cosas extrañas a la razón, ya que mientras el guía gritaba y corría, pudo captar él un olor extraño y acre que había invadido el interior de la tienda. Y parece que fue en ese preciso momento, despabilado por el olor atosigante, cuando recobró el ánimo, se puso en pie de un salto y salió de la tienda.
La luz grisácea del amanecer se derramaba indecisa y fría por entre los árboles, permitiendo que se distinguieran las cosas, Simpson se quedó de pie, de espaldas a la tienda empapada de rocío. Aún quedaba alguna brasa entre las cenizas de la hoguera. Contempló el lago pálido bajo la capa de bruma, las islas que emergían misteriosamente como envueltas en algodón, y los rodales de nieve, al otro lado, en los espacios despejados del bosque de arbustos. Todo estaba frío, silencioso, inmóvil, esperando la salida del sol. Pero en ninguna parte había señal del guía desaparecido. Sin duda corría aún, frenéticamente, por los bosques helados. Ni siquiera se oían sus pasos, ni los ecos evanescentes de su voz. Se había ido... definitivamente.
No había nada; nada, excepto el recuerdo de su presencia reciente, que persistía vivamente en el campamento, y ese penetrante olor que lo invadía todo.
Y aun el olor estaba desapareciendo con rapidez. A pesar de la enorme turbación que experimentaba, Simpson se esforzó por descubrir su naturaleza. Pero averiguar la calidad de un olor fugaz, que no se ha reconocido inconscientemente al instante, es una operación muy ardua; y fracasó. Antes de que pudiera captarlo del todo, o reconocerlo, había desaparecido. Incluso ahora le cuesta hacer una descripción aproximada, ya que era distinto de todo otro olor. Era acre, no muy diferente del que exhalan los leones, aunque más suave, y no completamente desagradable. Tenía algo de dulzarrón que le recordaba el aroma de las hojas otoñales de un jardín, la fragancia de la tierra, y los mil perfumes que se elevan de una selva inmensa. Sin embargo, la expresión «olor a leones» es la que, a mi juicio, resume mejor todo esto.
Finalmente, el olor se desvaneció por completo y Simpson se dio cuenta de que se encontraba de pie, junto a las cenizas del fuego, en un estado de asombro y estúpido terror que le incapacitaba para hacer frente a la menor eventualidad. Si una rata almizclera hubiese asomado entonces su hocico puntiagudo por encima de una roca, o hubiese visto escabullirse una ardilla, lo más probable es que se hubiera desmayado sin más. Su instinto acababa de percibir el hálito de un gran Horror Exterior... y todavía no había tenido tiempo de rehacerse y adoptar una actitud firme y alerta.
Sin embargo, nada sucedió. Un soplo de aire suave acarició la floresta que despertaba, y unas pocas hojas de arce se desprendieron temblorosas y cayeron a tierra. El cielo se hizo repentinamente más claro. Simpson sintió el aire frío en sus mejillas y en su cabeza descubierta. Tembló, aterido, y con gran esfuerzo se hizo cargo de que estaba solo entre los arbustos... y de que lo más prudente era ponerse en marcha, en busca de su compañero desaparecido, con el fin de socorrerle.
Y así lo hizo, en efecto, pero sin resultado. Con aquella maraña de árboles en torno suyo, el lago cortándole el camino por detrás, y el horror de aquellos gritos salvajes latiendo aún en su sangre, hizo lo que cualquier otro inexperto habría hecho en semejante situación: correr, correr sin sentido alguno, como un niño enloquecido, y gritar continuamente el nombre de su guía: ¡Défago! ¡Défago! ¡Défago! -vociferaba, y los árboles le devolvían el nombre, en un eco apagado, tantas veces cuantas lo gritaba él:
-¡Défago! ¡Défago! ¡Défago!
Siguió el rastro impreso en la nieve hasta donde los árboles, demasiado espesos, habían impedido que la nieve llegara al suelo. Gritó hasta quedarse ronco, y hasta que el sonido de su propia voz comenzó a asustarle en aquel paraje desierto y silencioso. Su confusión aumentaba con la violencia de sus esfuerzos. La angustia se le hizo dolorosamente aguda. Por último, fracasados sus intentos, dio la vuelta y se dirigió al campamento, completamente agotado. Fue un milagro que encontrara el camino. El caso es que, después de seguir un sinfín de direcciones falsas, encontró la blanca tienda de campaña entre los árboles, y se sintió a salvo.
El cansancio, entonces, administró su propio remedio. Encendió fuego y se preparó el desayuno. El café caliente y el tocino le devolvieron un poco de sentido común y de juicio, y comprendió que se había portado como un chiquillo. Debía medir los esfuerzos para hacer frente a la situación de una manera más sensata. Una vez recobrado el ánimo, debía hacer en primer lugar una exploración lo más completa posible y, si no daba resultado, debía buscar el camino de regreso cuanto antes y traer ayuda.
Y eso fue lo que hizo. Cogió provisiones, cerillas, el rifle y un hacha pequeña para marcar los árboles, y se puso en camino. Eran las ocho cuando salió, y el sol brillaba por encima de los árboles en un cielo despejado. Plantó una estaca junto al fuego y dejó una nota, para el caso de que Défago volviera mientras él estaba ausente.
Esta vez, de acuerdo con un plan cuidadoso, tomó una nueva dirección. Cubriendo un área más amplia, podría tropezarse con señales del rastro del guía. Y en efecto, antes de haber recorrido medio kilómetro, encontró las huellas de un animal grande y, al lado, las huellas, menores y más ligeras, de unos pies indudablemente humanos: los de Défago. El alivio que experimentó inmediatamente fue natural, aunque breve. Al primer golpe de vista vio que esas huellas explicaban clara y simplemente lo sucedido: las señales más grandes pertenecían, sin duda alguna, a un alce que, con el viento en contra, se había acercado equivocadamente al campamento, lanzando un grito de alarma en el momento en que comprendió su error. Défago, que tenía el instinto de la caza desarrollado hasta un grado de increíble perfección, había notado su presencia horas antes, por el olor del viento. Su excitación y su desaparición se debían, naturalmente, a... este...
Entonces, la explicación imposible a la cual quería aferrarse, se le reveló implacablemente falsa. Ningún guía, y mucho menos de la categoría de Défago, habría reaccionado de forma tan insensata, echando a correr incluso sin rifle... Todo el episodio exigía una explicación mucho más compleja. Recordó los detalles de todo lo que había sucedido: el grito de terror, las enigmáticas palabras, el semblante asustado, el extraño olor que había notado, aquellos sollozos contenidos en la oscuridad, y -también esto le vino oscuramente a la memoria- la inicial aversión del guía a estos parajes.
Además, ahora que las examinaba de cerca, ¡aquellas huellas no eran de alce, ni mucho menos! Hank le había explicado el perfil que deja la pezuña de un alce macho, de una hembra o de una cría. Se las había dibujado claramente sobre una tira de abedul. Estas eran totalmente distintas. Eran grandes, redondas, amplias, no tenían la forma puntiaguda de la pezuña afilada. Por un momento, se preguntó si serían de oso. No se le ocurrió pensar en ningún otro animal, porque el reno no bajaba tan al sur en esa época del año y, aun cuando fuese así, sus huellas dibujarían la forma de una pezuña.
Eran siniestros aquellos trazos dejados en la nieve por una misteriosa criatura que había atraído a un ser humano lejos de su refugio. Y, al querer relacionarlos, en su imaginación, con aquel susurro obsesionante que interrumpió la paz del amanecer, le invadió un vértigo momentáneo, una angustia inconcebible. Sintió una sombra de amenaza por todo su alrededor. Y al examinar con más detalle una de las huellas, notó una débil vaharada de aquel olor dulzarrón y penetrante, que le hizo dar un respingo y le produjo náuseas.
Entonces su memoria le jugó otra mala pasada. Recordó, de pronto, aquellos pies destapados que se salían de la tienda, y cómo el cuerpo del guía parecía haber sido arrastrado hacia la entrada. Recordó también cómo Défago había retrocedido, aterrado, ante algo que había percibido junto a la tienda, cuando él se despertó. Los detalles acudían a su mente con violencia, asediándola de forma obsesiva; parecían agolparse en aquellos espacios profundos de la selva silenciosa que le rodeaba, donde él, en medio de los árboles, permanecía de pie, a la escucha, esperando, tratando de actuar del modo más aconsejable. El bosque le cercaba.
Con la firmeza de una suprema resolución, Simpson inició la marcha, siguiendo las huellas lo mejor que podía, y tratando de reprimir las emociones desagradables que trataban de debilitar su voluntad. Marcó una infinidad de árboles a medida que caminaba, con el temor siempre de no poder encontrar el camino de regreso, gritando de cuando en cuando el nombre del guía. El seco golpear del hacha sobre lo troncos macizos, y el acento extraño de su propia voz se convirtieron finalmente en unos sonidos que a él mismo le daba miedo producir. Incluso le daba miedo oírlos. Atraían la atención y delataban su situación exacta, y si se diera realmente el caso de que le estuvieran siguiendo, lo mismo que seguía él a otro...
Con un esfuerzo supremo, rechazó tal idea en el mismo instante en que se le ocurrió. Comprendía que era el principio de un aturdimiento diabólico que podía conducirle vertiginosamente a su propia perdición.
Aunque la nieve no formaba una alfombra continua, sino sólo ligeras capas en los espacios más despejados, no le fue difícil seguir el rastro durante varios kilómetros. Caminaba en línea recta, en la medida en que se lo permitían los árboles. Las pisadas impresas en la nieve comenzaron pronto a distanciarse, hasta que, finalmente, su separación fue tal que parecía absolutamente imposible que ningún animal diera zancadas tan enormes. Eran como saltos enormes. Midió una de aquellas zancadas y, aunque sabía que la «distancia» de seis metros no debía de ser muy exacta, se quedó perplejo; no comprendía cómo no encontraba en la nieve ninguna pisada intermedia entre las huellas extremas. Pero lo que más confundido le tenía, lo que le hacía mirar con recelo, era que las zancadas de Défago crecían también en longitud, poco a poco, hasta cubrir exactamente las mismas distancias. Parecía como si la enorme bestia lo hubiera arrastrado con ella en esos saltos asombrosos. Simpson, que tenía las piernas mucho más largas, comprobó que no podía cubrir la mitad del trecho, ni aun tomando impulso.
Y la visión de aquellas huellas que corrían unas junto a otras, mudo testimonio de una carrera espantosa en la que el terror o la locura habían provocado unas consecuencias imposibles, le impresionó profundamente y le conmovió en lo más hondo de su alma. Era lo más espantoso que habían visto sus ojos. Comenzó a seguirlas maquinalmente, casi enajenado, mirando de soslayo, furtivamente, por si algún ser, con zancadas gigantescas, le seguía los pasos a él también... Y sucedió que, al poco tiempo, no supo ya lo que significaban aquellas pisadas en la nieve, acompañadas por las huellas del pequeño franco-canadiense, su guía, su camarada, el hombre que había compartido su tienda unas horas antes, charlando, riendo, incluso cantando con él.
V
Sólo un valiente escocés, basado en el sentido común y amparado por la lógica, podía conservar el sentido de la realidad como lo conservó este joven, mal que bien, para salir de aquella aventura. De no haber sido así, los descubrimientos que hizo mientras avanzaba valerosamente le habrían hecho retroceder hasta el refugio relativamente seguro de su tienda, en vez de apretar el rifle en sus manos y encomendarse a Dios con el pensamiento. Lo primero que observó fue que los dos rastros hablan sufrido una transformación; y esta transformación, por lo que se refería a las huellas del hombre, era ciertamente aterradora.
Al principio, lo notó en las huellas más grandes, y se quedó un buen rato sin poder creer lo que veían sus ojos. ¿Eran las hojas caídas que producían extraños efectos de sombra, o tal vez la nieve, seca y espolvoreada como harina de arroz por los bordes, era responsable del efecto aquel? ¿O se trataba efectivamente de que las huellas hablan adquirido un ligero matiz coloreado? Lo innegable era que las pisadas del animal tenían un tinte rojizo y misterioso, que más parecía debido a un efecto de luz que a una sustancia que impregnara la nieve. Y a medida que avanzaba se hacía más intenso aquel matiz encendido que venta a añadir un toque nuevo y horrible a la situación.
Pero cuando, completamente perplejo, se fijó en las huellas del hombre por ver si presentaban la misma coloración, observó que, entretanto, éstas hablan experimentado un cambio infinitamente peor. Durante el último centenar de metros más o menos, habían comenzado a parecerse a las huellas del animal. El cambio era imperceptible, pero inequívoco. No se podía apreciar dónde comenzaba. El resultado, de todos modos, estaba fuera de duda: más pequeñas, más recortadas, modeladas con mayor nitidez, las huellas del hombre constituían ahora, sin embargo, un duplicado casi exacto de las otras. Así, pues, los pies que las habían grabado se habían transformado también. Al darse cuenta de lo que esto significaba, sintió una sensación de repugnancia y terror.
Por primera vez, Simpson dudó. Después, avergonzado de su indecisión, corrió unos cuantos pasos más; un poco más allá, se detuvo en seco. Allí mismo terminaban todas las señales. Los dos rastros acababan de repente. Buscó inútilmente en un radio de cien metros o más, pero no encontró el menor indicio de huellas. No había nada.
Precisamente allí los árboles se espesaban bastante. Se trataba de enormes cedros y abetos. No había monte bajo. Permaneció un rato mirando alrededor, completamente turbado, sin saber qué pensar. Luego se puso a buscar con empeñada insistencia, pero siempre llegaba al mismo resultado: nada. ¡Los pies que se habían marcado en la superficie de la nieve hasta allí, parecían ahora haber dejado de tocar el suelo!
En ese instante de angustia y confusión, sintió cómo el terror se le enroscaba en el corazón, dejándole totalmente paralizado. Todo el tiempo había estado temiendo que sucediera... y sucedió.
Allá arriba, muy lejos, debilitada por la altura y la distancia, singularmente quejumbrosa y apagada, oyó la plañidera voz de Défago, su guía.
Cayó sobre él un cielo invernal y tranquilo, y despertó en él un terror jamás rebasado. El rifle le resbaló de las manos. Durante un segundo, permaneció inmóvil donde estaba, escuchando con todo su ser. Después se retiró tambaleante hasta el árbol más cercano y se apoyó en él, deshecho e incapaz de razonar. En aquel momento aquélla le parecía la experiencia más aniquiladora del mundo. Se le había quedado el corazón vacío de todo sentimiento, tal como si se le hubiera secado.
-¡Ah! ¡Qué altura abrasadora! ¡Ah, mis pies de fuego! ¡Mis pies candentes! -oyó que imploraba la angustiada voz del guía, con un acento de súplica indescriptible. Después, el silencio volvió a reinar entre los árboles.
Y Simpson, una vez recobrada la conciencia de sí, se dio cuenta de que estaba corriendo de un lado para otro, gritando, tropezando con las raíces y las piedras, buscando desenfrenadamente al que llamaba. Rasgóse el velo de recuerdos y emociones con que la experiencia vela habitualmente los acontecimientos; y medio enloquecido, forjó visiones que llenaron de terror sus ojos, su corazón y su alma. Porque, con aquella voz lejana, le había llamado el pánico de la Selva, el Poder de la Indómita Lejanía, el Hechizo de la Desolación que aniquila... En aquel momento, se le revelaron todos los suplicios de un ser irremisiblemente perdido que sufría la fatiga y el placer del alma que ha llegado a la Soledad final. Por las oscuras nieblas de sus pensamientos, como una llama, pasó fugaz la visión de Défago, eternamente perseguido, acosado por toda la inmensidad celeste de aquellos bosques antiquísimos.
Le pareció que transcurría una eternidad y, en el caos de sus desorganizadas sensaciones, no consiguió encontrar nada a que aferrarse por un momento y pensar...
El grito no se repitió; sus propias llamadas no tuvieron respuesta. Las fuerzas inescrutables de la Naturaleza Salvaje habían llamado a su víctima con voz inapelable y la habían atenazado.
Sin embargo, aún continuó buscando y llamando durante unas cuatro horas, por lo menos, puesto que ya era casi de noche cuando decidió, por fin, abandonar tan inútil persecución y regresar al campamento, a orillas del Lago de las Cincuenta Islas. De todos modos, se marchaba de mala gana. Aquella voz implorante resonaba aún en sus oídos. Le costó trabajo encontrar el rifle y la pista de regreso. La necesidad de concentrarse en la tarea de seguir los árboles mal marcados, y un hambre voraz que le roía las tripas, le ayudaron a apartar de su mente lo ocurrido. De no haber sido así, él mismo admite que su extravío le habría acarreado peores consecuencias. Gradualmente, las dificultades concretas del momento le devolvieron a su ser, y no tardó en recuperar el equilibrio de sus nervios.
No obstante, durante toda la marcha, a través de las sombras crecientes, se sintió miserablemente perseguido. Oía innumerables ruidos de pasos que le seguían, voces que reían y hablaban por lo bajo; y veía figuras agazapadas tras los árboles y las rocas, haciéndose señas unas a otras como para atacarle a un tiempo, en el instante en que pasara. El rumor del viento le hizo dar un respingo y detenerse a escuchar. Caminó furtivamente, tratando de ocultar su presencia, haciendo el menor ruido posible. Las sombras de los árboles, que hasta entonces le protegían o le cubrían, se volvían ahora amenazadoras, inquietantes; y la confusión de su mente asustada le hacía sentir una multitud de posibilidades, tanto más siniestras cuanto más oscuras. El presentimiento de un destino fatal acechaba detrás de cada uno de los acontecimientos que acababan de suceder.
Fue realmente admirable el modo como salió airoso al final. Acaso hombres de madura experiencia hubieran fracasado en esta prueba. Consiguió dominarse bastante bien y pensó en todo, como demuestra su plan de acción. Puesto que no tenía sueño en absoluto, y caminaba siguiendo un rastro invisible en la total oscuridad, se sentó a pasar la noche, rifle en mano, delante de una hoguera que ni por un momento dejó de alimentar. El rigor de aquella vigilancia dejó marcado su espíritu para siempre; pero la llevó a cabo con éxito, y a las primeras claridades del día emprendió el viaje de regreso, en busca de ayuda. Como la vez anterior, dejó una nota escrita en la que explicaba su ausencia e indicaba también dónde dejaba un depósito de abundantes provisiones y cerillas... ¡aunque no esperaba que lo encontrasen manos humanas!
Sería por sí misma una historia digna de contarse la manera como Simpson encontró el camino, solo, a través del lago y del bosque. Oírsela a él es conocer la apasionada soledad de espíritu que puede sentir un hombre cuando la Naturaleza Salvaje lo tiene en el hueco de su mano ilimitada... y se ríe de él. Es, también, admirar su voluntad inquebrantable.
No reclama para sí ningún mérito. Confiesa que seguía maquinalmente, y sin pensar, el rastro casi invisible. Y esto, indudablemente, es verdad. Confiaba en la guía inconsciente de la razón, que es el instinto. Tal vez le ayudara también cierto sentido de orientación, tan desarrollado en los animales y en el hombre primitivo. El caso es que, a través de toda aquella enmarañada región, consiguió llegar al sitio donde Défago, casi tres días antes, había escondido la canoa con estas palabras:
-Cruzar el lago todo recto, hacia el sol, hasta dar con el campamento.
No había sol de ninguna clase, pero se ayudó con la brújula como Dios le dio a entender, y cubrió los últimos veinte kilómetros de su viaje a bordo de la frágil piragua, con una inmensa sensación de alivio al dejar atrás, por fin, el bosque interminable. Por fortuna, el agua estaba tranquila. Enfiló proa al centro del lago, en vez de costear, Y tuvo la suerte, además, de que los otros estuvieran ya de regreso. La luz de la hoguera le proporcionó un punto de referencia, sin el cual habría perdido toda la noche para encontrar el campamento.
De todos modos, era cerca de media noche cuando su canoa rozó la arena de la ensenada. Hank, Punk y su tío, despertados por sus gritos, echaron a correr. Y viéndole cansado y deshecho, le ayudaron a abrirse camino por las rocas hasta el fuego casi apagado.
VI
La repentina irrupción de su prosaico tío en este mundo de pesadilla en que vivía desde hacía dos días y dos noches, tuvo el efecto inmediato de dar al asunto un cariz enteramente nuevo. Bastó con oír su cordial «¡Hola, hijo mío! ¿Qué te pasa?» y sentirse agarrado por aquella mano seca y vigorosa, para que su manera de enfocar los hechos sufriera un giro radical. Estalló en su interior como una violenta reacción purificadora y comprendió que su comportamiento no había sido normal. Incluso se sintió algo avergonzado de sí mismo. La original terquedad de su raza le dominaba por completo.
Y esto último explica, indudablemente, por qué le resultó tan difícil contar su extraña aventura ante el grupo reunido junto al fuego. Dijo lo necesario, no obstante, para que se tomase la inmediata decisión de ir a rescatar al guía. Pero antes, Simpson debía comer y, sobre todo, dormir para estar en condiciones de llevarles hasta allá. El doctor Cathcart, que se daba más cuenta del estado del muchacho que lo que éste se creía, le inyectó una dosis muy ligera de morfina que le permitió dormir como un tronco durante seis horas.
De la descripción que más adelante redactó con todo detalle este estudiante de teología, se desprende que en lo que contó al principio había omitido diversos detalles de suma importancia. Confiesa que, ante la presencia sólida y real de su tío, cara a cara, no tuvo el valor de mencionarlos. De este modo, los componentes de la expedición entendieron, al parecer, que Défago había sufrido un ataque de locura agudo e inexplicable durante la noche, en el cual se creyó «llamado» por alguien o por algo, y que se había internado por la espesura sin provisiones ni rifle, exponiéndose a una muerte horrible por frío y hambre si ellos no llegaban a tiempo. Por lo demás, «a tiempo» quería decir «inmediatamente».
En el curso del día siguiente -salieron a las siete, dejando a Punk en el campamento con el encargo de que tuviera comida y lumbre siempre preparadas-, Simpson contó bastantes cosas más sin sospechar que, en realidad, era su tío quien se las estaba sonsacando. Para cuando llegaron al lugar donde comenzaba el rastro, junto al escondrijo de la canoa, Simpson había contado ya que Défago habló de «algo que él llamaba Wendigo» que había llorado durante el sueño, y que él mismo había creído notar un olor raro en el campamento, y que había experimentado ciertos síntomas de excitación mental. Asimismo, admitió haber experimentado el efecto turbador de «aquel olor extraordinario, acre y penetrante como el de los leones». Y cuando se encontraban a menos de una hora del Lago de las Cincuenta Islas, dejó caer otro detalle, que más adelante calificó de estúpida confesión debida a su estado de histerismo. Dijo que había oído al guía desaparecido «pidiendo ayuda». Omitió las extrañas palabras que éste había proferido, sencillamente por no repetir aquel absurdo lenguaje. Además, al describir cómo las pisadas del hombre, en la nieve, se iban convirtiendo gradualmente en una réplica en miniatura de las huellas profundas del animal, se calló intencionadamente que tanto las zancadas del uno como las del otro eran de dimensiones completamente increíbles. Le pareció oportuno llegar a un término medio entre su orgullo personal y la absoluta sinceridad, y decidir en cada caso lo que debía y lo que no debía contar. Sí mencionó, pues, el tinte encendido de la nieve, por ejemplo, y no se atrevió a contar, en cambio, que tanto el cuerpo como el lecho del guía habían sido arrastrados hacia afuera de la tienda...
El resultado fue que el doctor Cathcart, que se consideraba a sí mismo como un hábil psicólogo, le explicó con claridad y exactitud que su mente, influida por la soledad, el aturdimiento y el terror, habían sucumbido frente a una tensión excesiva, provocando esas alucinaciones. No por elogiar su conducta dejó de señalar, dónde, cuándo y cómo se había extraviado su mente. El resultado fue que su sobrino, hábilmente halagado, se creyó, por una parte, más perspicaz de lo que era en realidad, y más tonto por otra, al ver cómo quitaban importancia a sus declaraciones. Como tantos otros materialistas, su tío había sabido utilizar con sagacidad el argumento de la insuficiencia de datos para enmascarar el hecho de que los datos aducidos le resultaban a él totalmente inadmisibles.
-El hechizo de estas inmensas soledades -decía- es muy nocivo para la mente; es decir, siempre que ésta posea una elevada capacidad de imaginación. Y lo ha sido para ti exactamente igual que lo fue para mí cuando tenia tu edad. El animal que merodeaba por vuestro pequeño campamento era indudablemente un alce, ya que el bramido de un alce puede tener a veces una calidad muy peculiar. El color que creíste ver en las huellas fue, evidentemente, una ilusión óptica provocada por tu estado de excitación. Las dimensiones de las huellas, ya tendremos ocasión de comprobarlas cuando lleguemos. En cuanto a las voces que te pareció oír, naturalmente, fueron alucinaciones muy corrientes que se suelen producir por la misma excitación mental... excitación que resulta perfectamente excusable y que ha sido, si me lo permites, maravillosamente dominada por ti en esas circunstancias. En cuanto a lo demás, tengo que decir que has obrado con gran valor, porque el terror de sentirse uno perdido en esta espesura no es ninguna bagatela; de haber estado yo en tu lugar, creo que no me habría portado ni con la mitad de juicio y decisión que tú. Lo único que encuentro particularmente difícil de explicar es... es ese… ese condenado olor.
-Me puso enfermo, te lo aseguro -declaró su sobrino-; estuve a punto de marearme.
La imperturbable serenidad de su tío, debida tan sólo a su habilidad psicológica, le impulsaba a adoptar una actitud ligeramente retadora. ¡Era tan fácil explicar con términos eruditos unos hechos de los que uno no había sido testigo presencial!
-Era un olor salvaje y terrible. Así es únicamente como podría describirlo -concluyó, sosteniendo la mirada reposada y fría de su tío.
-Lo que me maravilla -comentó éste-, es que, en semejantes circunstancias, no hayas experimentado nada peor.
Simpson comprendió que estas palabras quedaban a mitad de camino entre la verdad y la interpretación que de ella hacía su tío.
Y así, por último, llegaron al pequeño campamento y encontraron la tienda plantada aún. Tanto la tienda como los restos del fuego y el papel clavado en la estaca, estaban intactos. El escondrijo, en cambio, improvisado de mala manera por manos inexpertas, había sido descubierto y saqueado por las ratas almizcleras, los visones y las ardillas. Los fósforos estaban esparcidos por el agujero; en cuanto a las provisiones, habían desaparecido hasta la última miga.
-Bueno, señores, aquí no hay nadie -exclamó sonoramente Hank, según era costumbre suya-; ¡tan cierto como el sol que nos alumbra! Pero saber dónde se ha metido, que el diablo me lleve si lo sé.
La presencia del estudiante de teología no fue entonces obstáculo para su lengua, aunque por respeto al lector se hayan de moderar las expresiones que utilizó.
Propongo -añadió- que empecemos ahora mismo a buscarle y que registremos hasta el infierno, si es necesario.
El destino de Défago, probablemente fatal, abrumaba a los tres expedicionarios y les llenaba de una espantosa aprensión, sobre todo después de haber visto los vestigios de su estancia allí. La tienda, sobre todo, con el lecho de ramas de bálsamo aplastado aún por el peso de su cuerpo, parecía sugerirles vivamente su presencia. Simpson, como si notara vagamente que sus palabras podían ponerse en tela de juicio, intentó explicar algunos detalles. Ahora estaba mucho más tranquilo, aunque fatigado por el esfuerzo de tantas caminatas. El método de su tío para explicar -para «desechar» más bien- sus terroríficos recuerdos, contribuyó también a tranquilizarle.
-Y esa es la dirección que tomó al echar a correr -dijo Simpson a sus dos compañeros, apuntando por donde había desaparecido el guía aquella madrugada de claridades grises-. Por allá, en línea recta. Corría como un ciervo, por entre los abedules y los cedros...
Hank y el doctor Cathcart se miraron.
-Y seguí el rastro unas dos millas en la misma dirección -prosiguió, con algo de su antiguo terror en la voz-; después, a eso de unas dos millas o así, las huellas se detienen... ¡se terminan!
-Que fue donde usted oyó que le llamaba y notó el mal olor y todo lo demás -exclamó Hank con una volubilidad que traicionaba su profundo pesar.
-Y donde tu excitación te dominó hasta el extremo de provocar toda clase de ilusiones -añadió el doctor Cathcart en voz baja, aunque no tanto que su sobrino no lo oyera.
La tarde no había hecho más que empezar. Habían caminado de prisa, y todavía les quedaban más de dos horas de luz. El doctor Cathcart y Hank comenzaron inmediatamente la búsqueda. Simpson estaba demasiado cansado para acompañarles. Le dijeron que ellos seguirían las marcas de los árboles y, en cuanto les fuera posible, las pisadas también. Entre tanto, lo mejor que podía hacer él era cuidar del fuego y descansar.
Al cabo de unas tres horas de exploración, ya oscurecido, los dos hombres regresaron al campamento sin novedad. La nieve reciente había borrado todas las huellas, y aunque habían seguido los árboles marcados hasta donde Simpson emprendió el camino de regreso, no descubrieron el menor indicio de ser humano... ni de animal alguno. No había huellas de ninguna clase: la nieve estaba impoluta.
Era difícil decidir qué convenía hacer, aunque la realidad era que no se podía hacer nada más. Podían quedarse y continuar buscando durante semanas y semanas sin demasiadas probabilidades de éxito. La nieve de la noche anterior había destruido su única esperanza. Se sentaron alrededor del fuego para cenar. Formaban un grupo sombrío y desalentado. Los hechos, efectivamente, eran bastante tristes, ya que Défago tenía esposa en Rat Portage y lo que él ganaba era el único medio de subsistencia para el matrimonio.
Ahora que se sabía la verdad en toda su descarnada crudeza, parecía inútil tratar de seguir disimulándola. A partir de ese momento, hablaron con franqueza de lo que había sucedido y de las posibilidades existentes. No era la primera vez, incluso para el doctor Cathcart, que un hombre sucumbía a la seducción singular de las Soledades y perdía el juicio. Défago, por otra parte, estaba bastante predispuesto a una eventualidad de ese tipo, ya que a su natural melancolía se sumaban sus frecuentes borracheras que a menudo le duraban varias semanas. Algo debió de ocurrir en la excursión -no se sabía qué-, que bastó para desencadenar su crisis. Eso era todo. Y había huido. Había huido a la salvaje espesura de los árboles y los lagos, para morir de hambre y de cansancio. Las posibilidades de que no consiguiera volver a encontrar el campamento eran abrumadoras. El delirio que le dominaba aumentaría sin duda, y era completamente seguro que había atentado contra sí mismo, apresurando de esta forma su destino implacable. Podía incluso que a estas horas hubiera sobrevenido ya el desenlace final. Por iniciativa de Hank, su viejo camarada, esperarían algo más y dedicarían todo el día siguiente, desde el amanecer hasta que oscureciese a una búsqueda sistemática. Se repartirían el terreno a explorar. Discutieron el proyecto con todos los pormenores. Harían lo humanamente posible por encontrarlo.
Y a continuación se pusieron a hablar de la curiosa forma en que el pánico de la Selva había atacado al infortunado guía. A Hank, a pesar de estar familiarizado con esta clase de relatos, no le agradó el giro que había tomado la conversación. Intervino poco, pero ese poco fue revelador. Admitió que se contaba, por aquella región, la historia de unos indios que «habían visto al Wendigo» merodeando por las costas del Lago de las Cincuenta Islas en el otoño del año anterior, y que éste era el verdadero motivo de la aversión de Défago a cazar por allí. Hank, indudablemente, estaba convencido de que, en cierto modo, había contribuido a la muerte de su compañero, ya que era él quien le había persuadido para que fuese allí.
-Cuando un indio se vuelve loco -explicó, como hablando consigo mismo-, se dice que ha visto al Wendigo. ¡Y el pobre Défago era supersticioso hasta los tuétanos!...
Y entonces Simpson, sintiendo un ambiente más propicio, contó todos los hechos de su asombrado relato. Esta vez no omitió ningún detalle; refirió sus propias sensaciones y el miedo sobrecogedor que había pasado. Unicamente se calló el extraño lenguaje que había empleado el guía.
-Pero, sin duda, Défago te había contado ya todos esos pormenores acerca de la leyenda del Wendigo -insistió el doctor-. Quiero decir que él habría hablado ya sobre todo esto, y de esta suerte imbuyó en tu mente la idea que tu propia excitación desarrolló más adelante.
Entonces Simpson repitió nuevamente los hechos. Declaró que Défago se había limitado a mencionar el nombre de la bestia. Él, Simpson, no sabía nada de aquella leyenda y, que él recordara, no había leído jamás nada que se refiriese a ella. Incluso le resultaba extraño el nombre aquel.
Naturalmente, estaba diciendo la verdad, y el doctor Cathcart se vio obligado a admitir, de mala gana, el carácter singular de todo el caso. Sin embargo, no lo manifestó tanto con palabras como con su actitud: a partir de entonces mantuvo la espalda protegida contra un árbol corpulento, reavivaba el fuego cuando le parecía que empezaba a apagarse, era siempre el primero en captar el menor ruido que sonara en la oscuridad circundante -acaso un pez que saltaba en el lago, el crujir de alguna rama, la caída ocasional de un poco de nieve desde las ramas altas donde el calor del fuego comenzaba a derretirla- e incluso se alteró un tanto la calidad de su voz, que se hizo algo menos segura y más baja. El miedo, por decirlo lisa y llanamente, se cernía sobre el pequeño campamento y, a pesar de que los tres preferían hablar de otras cosas, parecía que lo único de que podían discutir era de eso: del motivo de su miedo. En vano intentaron variar de conversación; no encontraban nada que decir. Hank era el más honrado del grupo: no decía nada. Con todo, tampoco dio la espalda a la oscuridad ni una sola vez. Permaneció de cara a la espesura y, cuando necesitaron más leña, no dio un paso más allá de, los necesarios para obtenerla.
VII
Una muralla de silencio los envolvía, toda vez que la nieve, aunque no abundante, sí era lo suficiente para apagar cualquier clase de ruido. Además, todo estaba rígido por la helada. No se oía más que sus voces y el suave crepitar de las llamas. Tan sólo, de cuando en cuando, sonaba algo muy quedo, como el aleteo de una mariposa. Ninguno parecía tener ganas de irse a dormir. Las horas se deslizaban en busca de la medianoche.
-Es bastante curiosa la leyenda esa -observó el doctor, después de una pausa excepcionalmente larga y con la intención de interrumpirla, más que por ganas de hablar-. El Wendigo es simplemente la personificación de la Llamada de la Selva, que algunos individuos escuchan para precipitarse hacia su propia destrucción.
-Eso es -dijo Hank-. Y cuando lo oyes, no hay posibilidad de que te equivoques. Te llama por tu propio nombre.
Siguió otra pausa. Después, el doctor Cathcart volvió tan súbitamente al tema prohibido, que pilló a los otros dos desprevenidos.
-La alegoría es significativa -dijo, tratando de escrutar la oscuridad que le rodeaba-, porque la Voz, según dicen, recuerda los ruidos menudos del bosque: el viento, un salto de agua, los gritos de los animales, y cosas así. Y una vez que la víctima oye eso… ¡se acabó! Dicen que sus puntos más vulnerables son los pies y los ojos; los pies, por el placer de caminar, y los ojos, porque gozan de la belleza. El infeliz vagabundo viaja a una velocidad tan espantosa, que los ojos le sangran y le arden los pies.
El doctor Cathcart, mientras hablaba, seguía mirando inquieto hacia las tinieblas. Su voz se convirtió en un susurro.
-Se dice también -añadió- que el Wendigo quema los pies de sus víctimas, debido a la fricción que provoca su tremenda velocidad, hasta que se destruyen esos pies; y que los nuevos que entonces se les forman son exactamente como los de él.
Simpson escuchaba mudo de espanto. Pero lo que más fascinado le tenía era la palidez del semblante de Hank. De buena gana se habría tapado los oídos y habría cerrado los ojos, si hubiera tenido valor.
-No siempre anda por el suelo -comentó Hank arrastrando las palabras-, pues sube tan alto, que la víctima piensa que son las estrellas las que le han pegado fuego. Otras veces da unos saltos enormes y corre por encima de las copas de los árboles, arrastrando a su víctima con él, para dejarla caer como hace el albatros con las suyas, que las mata así, antes de devorarlas. Pero de todas las cosas que hay en el bosque, lo único que come es… ¡musgo! -y se rió con una risa nerviosa. -Sí, el Wendigo come musgo -añadió, mirando con excitación el rostro de sus compañeros-. Es un comedor de musgo -repitió, con una sarta de juramentos de lo más extraño que uno puede imaginar.
Pero Simpson comprendía ahora el verdadero propósito de su conversación. Lo que aquellos dos hombres fuertes y «experimentados» temían, cada uno a su manera, era ante todo el silencio. Hablaban para ganar tiempo. Hablaban, también, para combatir la oscuridad, para evitar el pánico que les invadía, para no admitir que se hallaban en un terreno hostil, decididos, ante todo, a no permitir que sus pensamientos más profundos llegaran a dominarles. Pero Simpson, que ya había sido iniciado en esa espantosa vigilia de terror, se encontraba más avanzado, a este respecto, que sus dos compañeros. El había alcanzado ya un estadio en el que se sentía inmune. En cambio, los otros dos, el médico burlón y analítico y el honrado y tozudo hombre de los bosques, temblaban en lo más íntimo.
De esta forma pasó una hora tras otra, y de esta forma el pequeño grupo permaneció sentado, determinado a resistir espiritualmente, ante las fauces de la espesura salvaje, hablando ociosamente y en voz baja de la terrible y obsesionante leyenda. Considerándolo bien, era una lucha desigual, porque el espíritu indomable de los bosques tenía la doble ventaja de haber atacado primero y de contar ya con un rehén. El destino del compañero se cernía sobre ellos y les causaba una creciente opresión, que a lo último se les haría insoportable.
Fue Hank, después de una pausa larga y enervante, el que liberó de modo totalmente inesperado toda esa emoción contenida. De pronto, se puso en pie de un salto y lanzó a las tinieblas el aullido más terrible que se pueda imaginar. Seguramente no podía dominarse por más tiempo. Para darle mayor sonoridad, se dio palmadas en la boca, provocando de este modo numerosas y breves intermitencias.
-Eso para Défago -dijo, mirando a sus compañeros con una sonrisa extraña y retadora-, porque estoy convencido (aquí se omiten varios exabruptos) de que mi compadre no está demasiado lejos de nosotros en este preciso momento.
Había tal vehemencia y tal seguridad en su afirmación, que Simpson dio un salto también y se puso en pie. Al doctor se le fue la pipa de la boca. El rostro de Hank estaba lívido y el de Cathcart daba muestras de un súbito desfallecimiento, casi de una pérdida de todas las facultades. Luego brilló una furia momentánea en sus ojos, se puso de pie con una calma que era fruto de su habitual autodominio y se encaró con el excitado guía. Porque esto era inadmisible, estúpido, peligroso, y había que cortarlo de raíz.
Puede uno imaginarse lo que pasaría a continuación, aunque no puede saberse con certeza, porque en aquel momento de silencio profundo que siguió al alarido de Hank, y como contestándolo, algo cruzó la oscuridad del cielo por encima de ellos a una velocidad prodigiosa, algo necesariamente muy grande, porque produjo un gran ramalazo de viento, y, al mismo tiempo, descendió a través de los árboles un débil grito humano que, en un tono de angustia indescriptible, clamaba:
-¡Ah! ¡Qué altura abrasadora! ¡Ah! ¡Mis pies de fuego! ¡Mis candentes pies de fuego!
Blanco como el papel, Hank miró estúpidamente en torno suyo, como un niño. El doctor Cathcart profirió una especie de exclamación incomprensible y echó a correr, en un movimiento instintivo de terror ciego, en busca de la protección de la tienda, y a los pocos pasos se paró en seco. Simpson fue el único de los tres que conservó la presencia de ánimo. Su horror era demasiado hondo para manifestarse en reacciones inmediatas. Ya había oído aquel grito anteriormente.
Volviéndose hacia sus impresionados compañeros, dijo, casi con toda naturalidad:
-Ese es exactamente el grito que oí... ¡y las mismas palabras que dijo!
Luego, alzando su rostro hacia el cielo, gritó muy alto:
-¡Défago! ¡Défago! ¡Baja aquí, con nosotros! ¡Baja!...
Y antes de que ninguno tuviera tiempo de tomar una decisión cualquiera, se oyó un ruido de algo que caía entre los árboles, rompiendo las ramas, y aterrizaba con un tremendo golpe sobre la tierra helada. El impacto fue verdaderamente terrible y atronador.
-¡Es él, que el buen Dios nos asista! -se oyó exclamar a Hank, en un grito sofocado, a la vez que maquinalmente echaba mano al cuchillo.
-¡Y viene! ¡Y viene! -añadió, soltando unas irracionales carcajadas de terror, al oír sobre la nieve helada el ruido de unos pasos que se acercaban a la luz.
Y, mientras avanzaban aquellas pisadas, los tres hombres permanecieron de pie, inmóviles, junto a la hoguera. El doctor Cathcart se había quedado como muerto; ni siquiera parpadeaba. Hank sufría espantosamente y, aunque no se movía tampoco, daba la impresión de que estaba a punto de abalanzarse no se sabe hacia dónde. En cuanto a Simpson, parecía petrificado. Estaban atónitos, asustados como niños. El cuadro era espantoso. Y entre tanto, aunque todavía invisible, los pasos se acercaban, haciendo crujir la nieve. Parecía que no iban a llegar jamás. Eran unos pasos lentos, pesados, interminables como una pesadilla.

VIII
Por último, una figura brotó de las tinieblas. Avanzó hacia la zona de dudoso resplandor, donde la luz del fuego se mezclaba con las sombras, a unos diez pasos de la hoguera. Luego, se detuvo y les miró fijamente. Siguió adelante con movimientos espasmódicos, como una marioneta, y recibió la luz de lleno. Entonces se dieron cuenta los presentes de que se trataba de un hombre. Y al parecer aquel hombre era… Défago.
Algo así como la máscara del horror cubrió en aquel momento el semblante de los tres hombres; y sus tres pares de ojos brillaron a través de ella, como si sus miradas cruzaran las fronteras de la visión normal y percibiesen lo Desconocido.
Défago avanzó. Sus pasos eran vacilantes, inseguros. Primero se aproximó al grupo, después se volvió bruscamente y clavó los ojos en el rostro de Simpson. El sonido de su voz brotó de sus labios:
-Aquí estoy, jefe. Alguien me ha llamado -era una voz seca, débil, jadeante-. Estoy de viaje. He atravesado el fuego del Infierno... No ha estado mal...
Y se rió, avanzando la cabeza hacia el rostro del otro. Pero aquella risa puso en marcha el mecanismo del grupo de figuras de cera mortalmente pálidas que formaban los otros tres. Hank saltó inmediatamente sobre él, lanzando una sarta de juramentos tan rebuscados y sonoros que a Simpson ni siquiera le sonaron a inglés sino más bien a algún lenguaje indio o cosa así. Lo único que comprendía era que el hecho de que Hank se hubiese interpuesto entre los dos, le resultaba grato… extraordinariamente grato. El doctor Cathcart, aunque más reposadamente, avanzó tras él a trompicones.
Simpson no recuerda bien lo que pasó en aquellos pocos segundos, porque los ojos de aquel rostro apergaminado y maldito que le escudriñaba de cerca, le aturdieron totalmente. Se quedó alelado, ni abrió la boca siquiera, No poseía la disciplinada voluntad de los otros dos, que les permitía actuar desafiando toda tensión emocional. Los vio moverse como si se encontrara detrás de un cristal, como si la escena fuese una pura fantasía evanescente. Sin embargo, en medio del torrente de frases sin sentido de Hank, recuerda haber oído el tono autoritario de su tío -duro y forzado-- que decía algo sobre alimento, calor, mantas, whisky, y demás… Y durante la escena que siguió, no dejó de percibir las vaharadas de aquel olor penetrante, insólito, maligno pero embriagador a la vez.
Sin embargo, fue él -con menos experiencia y habilidad que los otros dos- quien profirió la frase que vino a aliviar la horrible situación, expresando así la duda y el pensamiento que encogía el corazón de los tres.
-¿Eres… eres TÚ, Défago? -preguntó, quebrando un horror de silencio con su voz.
E inmediatamente, Cathcart irrumpió con una sonora respuesta, antes que el otro hubiera tenido tiempo de mover los labios:
-¡Claro que sí! ¡Claro que sí! Lo que ocurre… ¿no lo ves?... es que está exhausto de hambre y de cansancio. ¿No es eso suficiente para cambiar a un hombre hasta el punto de hacerlo irreconocible?
Lo decía más para convencerse a sí mismo que a los demás. El énfasis de su tono lo dejaba bien claro. Y mientras hablaba y se movía, se llevaba continuamente el pañuelo a la nariz. Aquel olor había penetrado en todo el campamento.
Porque el «Défago» que se arrebujó en las mantas junto al fuego, bebiendo whisky caliente y comiendo con las manos, apenas si se parecía más al guía que ellos habían conocido que un hombre de sesenta años a un retrato de su propia juventud. No es posible describir honradamente aquella caricatura fantasmal, aquella parodia de la imagen de Défago. Conservaba algún vestigio espantoso y remoto de su aspecto anterior. Simpson afirma que el rostro era más animal que humano, que los rasgos se le habían contraído en proporciones dislocadas. La piel, fláccida y colgante, como si hubiera sido sometido a presiones y tensiones físicas, le recordaba vagamente una de esas vejigas con una cara pintada que cambia de expresión a medida que la van inflando y que, al desinflarse, emiten un sonido quejumbroso y débil como un sollozo. Tanto la voz como la cara de Défago tenían una abominable semejanza con esas vejigas. Pero Cathcart, mucho después, al tratar de describir lo indescriptible, afirma que aquel podía ser el aspecto de un rostro y de un cuerpo que, habiéndose hallado en una capa de aire rarificada, estuviera a punto de disgregarse hasta... hasta perder toda consistencia.
Hank, aunque totalmente confundido y agitado por una emoción sin límites que no podía reprimir ni comprender, fue quien, sin más dilaciones, puso fin a la cuestión. Se apartó unos pasos de la hoguera, de forma que el resplandor no le deslumbrara demasiado y, haciéndose sombra con las dos manos en los ojos, exclamó con voz potente, mezcla de furia y excitación:
-¡Tú no eres Défago! ¡Ni hablar! ¡A mí me importa un condenado pimiento lo que tú... pero aquí no vengas diciendo que eres mi compadre de hace veinte años! -los ojos le fulguraban como si quisiera destruir aquella figura acurrucada con su mirada furibunda-. Y si es verdad, que me caiga un rayo de punta y me mande al infierno de cabeza. ¡Dios nos asista! -añadió, sacudido por un violento escalofrío de repugnancia y horror.
Fue imposible hacerlo callar. Allí estuvo gritando como un poseso, y tan terrible era verle como oír lo que decía… porque era verdad. No hizo más que repetir lo mismo cincuenta veces, y cada vez, en una lengua más enrevesada que la anterior. El bosque se llenaba de sus ecos. Llegó un momento en que parecía como si quisiera arrojarse sobre «el intruso», pues su mano subía constantemente hacia su cinturón, en busca de su largo cuchillo de monte.
Pero al final no hizo nada y la tempestad estuvo a punto de terminar en lágrimas. Súbitamente, la voz de Hank se quebró. Se dejó caer en el suelo y Cathcart se las arregló para convencerle de que se marchara a la tienda y se echase a descansar. El resto de la escena, claro está, lo presenció desde dentro. Su pálida cara de terror atisbaba por la abertura de la tienda.
Luego el doctor Cathcart, seguido de cerca por su sobrino, que tan bien había conservado su presencia de ánimo, adoptó un aire de determinación y se puso en pie, frente a la figura arrebujada junto al fuego. La miró de frente y habló, Al principio, le salió una voz firme:
-Défago, díganos qué ha sucedido... no hace falta que entre en detalles, sólo deseamos saber cómo podemos ayudarle -preguntó con acento autoritario, casi como una orden.
Pero inmediatamente después varió de tono, porque el rostro de aquella figura se volvió hacia él con una expresión tan lastimera, tan terrible y tan poco humana, que el médico retrocedió como si tuviera delante un ser espiritualmente impuro. Simpson, que miraba desde atrás, dice que le daba la impresión de que el rostro de Défago era una máscara a punto de caerse y de que debajo se iba a revelar, en toda su desnudez, su verdadero rostro, negro y diabólico.
-¡Vamos, hombre, vamos! -gritaba Cathcart, a quien el terror le atenazaba la garganta-. No podemos estarnos aquí toda la noche… -era el grito del instinto sobre la razón.
Y entonces «Défago», con una sonrisa inexpresiva, contestó; y su voz era débil, inconsistente y extraña, como a punto de convertirse en un sonido enteramente distinto:
-He visto al gran Wendigo -susurró, olfateando el aire en torno suyo, exactamente igual que una bestia-. He estado con él, también...
Allí terminaron el pobre diablo su discurso y el doctor Cathcart su interrogatorio, porque en ese momento se oyó un grito desgarrador de Hank, cuyos ojos se veían brillar desde fuera de la tienda:
-¡SUS pies! ¡Oh, Dios, sus pies! ¡Mirad Cómo le han cambiado los pies!
Défago, que se había removido en su sitio, se había colocado de tal forma que por primera vez aparecieron sus piernas a la luz y sus pies quedaron al descubierto. Sin embargo, Simpson no tuvo tiempo de ver lo que Hank señalaba. En el mismo instante, con un salto de tigre asustado, Cathcart se arrojó sobre él y le tapó las piernas con mantas con tal rapidez que el joven estudiante apenas si llegó a vislumbrar algo oscuro y singularmente abultado allí donde deberían verse sus pies enfundados en un par de mocasines.
Después, antes que al doctor le diera tiempo de nada más, antes de que a Simpson se le ocurriera ninguna pregunta, y mucho menos pudiera formularla, Défago se puso en pie, se irguió frente a ellos, bamboleándose con dificultad, y con una expresión sombría y maliciosa en su rostro deforme. Resultaba literalmente monstruoso.
-Ahora, vosotros lo habéis visto también -jadeó-. ¡Habéis visto mis ardientes pies de fuego! Y ahora... bueno, a no ser que podáis salvarme y evitar… poco falta para…
Su voz lastimera fue interrumpida por un ruido, como por el rugir de un vendaval que viniese cruzando el lago. Los árboles sacudieron sus ramas enmarañadas. Las llamas del fuego se agitaron, azotadas por una ráfaga violenta, y algo pasó sobre el campamento con furia ensordecedora. Défago arrancó de sí todas las mantas, dio media vuelta hacia el bosque y con aquel torpe movimiento con que había venido... se marchó. Pero lo hizo a una velocidad tan pasmosa que, cuando quisieron darse cuenta, la oscuridad ya se lo había tragado. Y pocos segundos después, por encima de los árboles azotados y del rugido del viento repentino, los tres hombres oyeron, con el corazón encogido, un grito que parecía provenir de una altura inmensa.
-¡Ah! ¡Qué altura abrasadora! ¡Ah! ¡Mis pies de fuego! ¡Mis candentes pies de fuego!...
Luego, la voz se apagó en el espacio incalculable y silencioso.
El doctor Cathcart -que había dominado de pronto sus nervios, y se había adueñado también de la situación- agarró a Hank violentamente del brazo en el momento que iba a lanzarse hacia la espesura.
-¡Quiero que conste! -gritaba el guía-, ¡que conste, digo, que ése no es él! ¡De ninguna manera! ¡Ese es algún... demonio que le ha usurpado el sitio!
De una u otra forma -el doctor Cathcart admite que nunca ha sabido claramente cómo lo consiguió--, se las arregló para retenerle en la tienda y apaciguarlo. El doctor, por lo visto, había conseguido reaccionar, y era capaz nuevamente de dominar sus propias energías. En efecto, manejó a Hank admirablemente. Sin embargo, su sobrino, que hasta ese momento se había portado maravillosamente, fue quien vino a causarle más preocupación, pues la tensión acumulada se le desbordó en un acceso de llanto histérico que hizo necesario aislarle en un lecho de ramas y mantas, lo más lejos posible de Hank.
Allí permaneció, debatiéndose bajo las mantas, gritando cosas incoherentes, mientras pasaban las horas de aquella noche de pesadilla. Sus palabras formaban una jerigonza en la que velocidad, altura y fuego se mezclaban extrañamente con las enseñanzas recibidas en sus clases de teología.
-¡Veo unas gentes con la cara destrozada y ardiendo, que caminan de manera alucinante y se acercan al campamento!
Y lloraba durante un minuto. Luego se incorporaba, se ponía de cara al bosque, escuchaba atento, y susurraba:
-¡Qué terribles son, en la espesura salvaje... los pies de... de los que…
Y su tío le interrumpía, distraía sus pensamientos, y le reconfortaba.
Por fortuna, su histerismo fue transitorio. El sueño le curó, igual que a Hank.
Hasta que apuntaron las primeras claridades del amanecer, poco después de las cinco de la madrugada, el doctor Cathcart estuvo despierto. Su cara tenía el color de la pared y un extraño rubor bajo sus ojos. Durante todas aquellas horas de silencio, su voluntad había estado luchando con el espantoso terror de su alma, y de esta lucha provenían las huellas de su rostro...
Al amanecer, encendió fuego, preparó el desayuno y despertó a los otros. A eso de las siete, se pusieron en camino de regreso al otro campamento. Eran tres hombres perplejos y afligidos; pero, cada uno a su modo, habían conseguido mitigar la inquietud interior recobrando más o menos el sosiego.
IX
Hablaron poco, y únicamente de cosas corrientes y sensatas, porque tenían la cabeza cargada de pensamientos dolorosos que pedían una explicación, aunque ninguno se decidía a tocar el tema. Hank, el más acostumbrado a la vida de la naturaleza, fue el primero en encontrarse a sí mismo, ya que era también el de menos complicaciones interiores. En el caso del doctor Cathcart, las fuerzas de su «civilización» luchaban contra la experiencia de un hecho bastante singular. Hoy por hoy sigue sin estar completamente seguro de determinadas cosas. Sea como fuere, a él le costó mucho más «encontrarse a sí mismo».
Simpson, el estudiante de teología, fue el que sacó conclusiones más ordenadas, aunque no de la índole más científica. Allá, en el corazón de la inextricable espesura, habían presenciado algo cruda y esencialmente primitivo. Habían presenciado algo aterrador que había logrado sobrevivir a la evolución de la humanidad, pero que aún se mostraba como una forma de vida monstruosa e inmadura. Para él, era como si se hubieran asomado a edades prehistóricas en que las supersticiones, rudimentarias y toscas, oprimían aún los corazones de los hombres, en que las fuerzas de la naturaleza eran indomables y no se habían dispersado los Poderes que atormentaban el universo. A ellos se refirió cuando, años más tarde, habló en un sermón de «las Potencias formidables y salvajes que acechan en las almas de los hombres, Potencias que tal vez no sean perversas en sí mismas, aunque sí instintivamente hostiles a la humanidad tal como ahora la concebimos».
Nunca discutió a fondo todo aquello con su tío, porque lo impedía la barrera que se alzaba entre sus respectivas formas de pensar. Únicamente una vez, al cabo de varios años, rozaron este tema; o más exactamente, aludieron a un detalle relacionado con él:
-¿Puedes decirme, al menos, cómo… cómo eran? -preguntó Simpson.
La contestación, aunque llena de tacto, no fue alentadora:
-Es mucho mejor que no intentes descubrirlo.
-Bueno, ¿y aquel olor?… -insistió el sobrino--. ¿Qué opinas de él?
El doctor Cathcart le miró y alzó las cejas,
-Los olores -contestó- no son tan fáciles de comunicar por telepatía como los sonidos o las visiones. Sobre eso puedo decir tanto como tú, o acaso menos.
Cuando se trataba de explicar algo, el doctor Cathcart solía ser bastante locuaz. Esta vez, sin embargo, no lo fue.
Al caer el día, cansados, muertos de frío y de hambre, llegaron los tres al término de la penosa expedición: el campamento, que, a primera vista, parecía desierto. Fuego, no había; ni tampoco salió Punk a recibirles. Tenían demasiado agotada la capacidad de emocionarse, para sorprenderse o disgustarse. Pero el grito espontáneo de Hank, que brotó de sus labios al acercarse a la hoguera apagada, fue una especie de llamada de advertencia, un aviso de que aquella extraña aventura no había concluido aún. Y tanto Cathcart como su sobrino confesaron después que, cuando le vieron arrodillarse, preso de incontenible excitación, y abrazar algo que yacía ante las cenizas apagadas, tuvieron el presentimiento de que ese «algo» era Défago, el verdadero Défago, que había regresado.
Y así era, en efecto.
Agotado hasta el último extremo, el franco-canadiense -es decir, lo que quedaba de él-, hurgaba entre las cenizas tratando de encender un fuego. Su cuerpo estaba allí, agachado, y sus dedos flojos apenas eran capaces de prender unas ramitas con ayuda de una cerilla. Ya no había una inteligencia que dirigiera esta sencilla operación. La mente había huido al más allá y, con ella, también la memoria. No sólo el recuerdo de los acontecimientos recientes, sino todo vestigio de su vida anterior.
Esta vez era un hombre de verdad, aunque horriblemente contrahecho. En su rostro no había expresión de ninguna clase: ni temor, ni reconocimiento, ni nada. No dio muestras de conocer a quien le había abrazado, a quien le alimentaba y le hablaba con palabras de alivio y de consuelo. Perdido y quebrantado más allá de donde la ayuda humana puede alcanzar, el hombre hacía mansamente lo que se le mandaba. Ese «algo» que antes constituyera su «yo individual» había desaparecido para siempre.
En cierto modo, lo más terrible que habían visto en su vida era aquella sonrisa idiota, aquel meterse puñados de musgo en la boca, mientras decía que sólo «comía musgo», y los vómitos continuos que le producían los más sencillos alimentos. Pero acaso peor aún fuera la voz infantil y quejumbrosa con que les contó que le dolían los pies «ardientes como el fuego», lo que era natural. Al examinárselos el doctor Cathcart, vio que los tenía espantosamente helados. Y debajo de los ojos tenían débiles muestras de haber sangrado recientemente.
Los detalles referentes a cómo había sobrevivido a aquel suplicio prolongado, dónde había estado o cómo había recorrido la considerable distancia que separaba los dos campamentos, teniendo en cuenta que hubo de dar a pie el enorme rodeo del lago, puesto que no disponía de canoa, continúan siendo un misterio. Había perdido completamente la memoria. Y antes de finalizar el invierno, en cuyos comienzos había ocurrido esta tragedia, Défago, perdidos el juicio, la memoria y el alma, desapareció también. Sólo vivió unas pocas semanas.
Lo que Punk fue capaz de aportar más tarde a la historia no arrojó ninguna luz nueva. Estaba limpiando pescado a la orilla del lago, a eso de las cinco de la tarde -esto es, una hora antes de que regresara el grupo expedicionario-, cuando vio a la caricatura del guía que se dirigía tambaleante hacia el campamento. Dice que le precedía una débil vaharada de olor muy singular.
En ese mismo instante, el viejo Punk abandonó el campamento. Hizo el largo viaje de regreso con la rapidez con que sólo puede hacerlo un piel roja. El terror de toda su raza se había apoderado de él. Sabía lo que significaba todo aquello: Défago «había visto el Wendigo».

El Sello de R'lyeh --- August Derleth

El Sello de R'lyeh
August Derleth


.

I

Mi abuelo paterno, a quien siempre vi en una habitación oscura, solía decir a mis padres, refiriéndose a mí: «¡Cuidad que siempre esté lejos de la mar!», como si yo tuviera alguna razón para temer el agua, cuando de hecho siempre me ha atraído. Como se sabe, los que nacen bajo uno de los signos acuáticos -el mío es Piscis- sienten una natural predilección por el agua. También se dice que poseen ciertos dones psíquicos, pero ésta es otra cuestión. El cualquier caso, tal era el criterio de mi abuelo, hombre extraño, a quien no podría describir aunque de ello dependiera la salvación de mi alma -lo cual, dicho a la luz del día, resulta un modismo un tanto ambiguo-. Antes de morir mi padre en accidente de automóvil, acostumbraba a repetirlo con frecuencia, también. Después, ya no fue necesario; mi madre me crió entre montañas, bien lejos de la vista, del ruido y de los olores del mar.
Pero tarde o temprano, sucede lo que tiene que suceder. Me encontraba estudiando en una universidad del Medio Oeste, cuando murió mi madre. Una semana después, murió también mi tío Sylvan, dejándome todo cuanto poseía. yo no había llegado a conocerle. Era el excéntrico de la familia, el raro, la oveja negra. Se le conocía por una gran diversidad de apodos y todo el mundo lo despreciaba, excepto mi abuelo, que suspiraba con pena cada vez que hablaba de él. Yo era el único descendiente directo de mi abuelo. Tenía un tío abuelo que vivía en Asia, según me habían dicho siempre, aunque al parecer, nadie sabía a qué se dedicaba allí, salvo que sus actividades se relacionaban con la mar o la navegación... Era natural, pues, que heredara yo las posesiones de tío Sylvan.
Tenía dos propiedades, y daba la casualidad de que ambas lindaban con la mar. Una se hallaba en un pueblo de Massachusetts llamado Innsmouth, y otra estaba también en la costa, pero bastante al norte de dicho pueblo. Después de pagar los derechos reales, me quedó dinero suficiente para no tener que volver a la Universidad, ni verme obligado a emprender trabajos que no me apetecían. Mi propósito era precisamente llevar a cabo lo que me había sido prohibido durante veintidós años: ver la mar, y tal vez comprar un balandro, un yate, o lo que quisiera.
Pero las cosas no iban a suceder como yo deseaba. Fui a Boston a ver al abogado y después marché a Innsmouth. Me pareció un pueblo extraño. La gente no era cordial. Algunos me sonreían cuando se enteraban de quién era yo, pero en sus sonrisas había algo extraño y enigmático, como si supieran algo inconfesable de tío Sylvan. Afortunadamente, la finca de Innsmouth era la más pequeña de las dos. Saltaba a la vista que mi tío no se había ocupado mucho de ella. Se trataba de una vieja mansión lóbrega y sombría que, para sorpresa mía, resultó ser la casa solariega de mi familia, mandada construir por mi bisabuelo -el que estuvo dedicado al comercio con China- y habitada por mi abuelo durante buena parte de su vida. El nombre de Phillips despertaba aún una especie de temeroso respeto en aquel pueblo.
Mi tío Sylvan había pasado casi toda su vida en la otra finca. Tenía sólo cincuenta años cuando murió, pero últimamente había llevado una existencia muy similar a la de mi abuelo. Raramente se le veía, retirado en aquella casa que coronaba un promontorio rocoso situado en la costa, al norte de Innsmouth. No era lo que un amante de la belleza llamaría un casa encantadora, pero de todos modos tenía su atractivo, y por mi parte, lo capté inmediatamente. Desde el primer momento sentí como si aquella casa perteneciese a la mar. En ella resonaba siempre el Atlántico. Una muralla de árboles frondosos la aislaba de la tierra. En cambio, sus inmensos ventanales se abrían al océano. No era un edificio viejo como el otro. Tendría unos treinta años, según me dijeron, y había sido construido por mi tío, en el mismo solar donde se alzara otro más antiguo, que también había pertenecido a mi bisabuelo.
Era una casa de muchas habitaciones. De todas, la única que merece la pena recordar es el gran estudio central. Aunque el resto de la casa era de un sola planta y rodeaba a dicho salón central, éste tenía una altura de dos pisos por lo menos; sus paredes estaban cubiertas de libros y objetos curiosos, de tallas y esculturas de formas exóticas, de pinturas, de máscaras procedentes de distintas partes del mundo, en especial de las civilizaciones polinesia, azteca, maya, inca, y de antiguas tribus indias de las regiones nordoccidentales del continente americano. Era, pues, una colación fascinante, comenzada por mi abuelo y continuada por tío Sylvan. Una gran alfombra de artesanía, adornada con una extraña figura octópoda, cubría el centro del salón. Todos los muebles estaban situados entre las paredes y dicho centro.
Nada había colocado sobre al alfombra.
Por lo demás, se observaba un extraño simbolismo en la decoración de la casa. Tejido en las alfombras -también en la que ocupaba el centro del estudio-, en los cortinajes, en los entrepaños, se repetía un motivo ornamental que parecía como un sello singularmente sorprendente: en el centro de un disco aparecía una representación rudimentaria del símbolo astronómico de Acuario, el portador de agua -acaso elaborada en edades remotas, cuando la forma de Acuario no era exactamente como es hoy- coronando los vestigios de una ciudad enterrada, contra la cual, en el centro exacto del círculo, se alzaba una figura indescriptible, a la vez reptil y pez, octópoda y semihumana, que, aunque en miniatura, pretendía representar un ser gigantesco e imaginario. Finalmente, en letras tan tenues que apenas podían leerse, el disco estaba circundado por unas palabras que no entendí, pero que tuvieron la virtud de remover algo en lo más profundo de mi ser:
Pb'glui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgh'nagl fhtagn
No me pareció extraño, en absoluto, que este curioso dibujo ejerciera sobre mí la más grande atracción desde el primer momento, aunque no entendiese su significado hasta más tarde. Igualmente inexplicable era el imperioso hechizo de la mar. Aunque jamás había puesto los pies en este sitio, experimenté una vivísima sensación de haber regresado a casa. Nunca en mi vida había pasado de Ohio, hacia el Este. Lo más cerca que estuve de la costa fue con ocasión de unas esporádicas excursiones al lago Michigan y al lago Hurón. Esta atracción innegable que sentía hacia la mar, la atribuí a una tendencia ancestral que me venía de familia. ¿No habían trabajado mis antepasados en la mar, y habían formado sus hogares junto a la costa? ¿y durante cuántas generaciones? Al menos, yo conocía dos, pero eran más. Generación tras generación, todos habían sido navegantes, hasta que, por lo visto, sucedió algo que determinó a mi abuelo a irse a vivir tierra adentro y apartarse de la mar en lo sucesivo, obligando a los demás a hacer lo mismo.
Hablo de esto porque su significado se me hizo manifiesto a la luz de lo que sucedió después, y quiero dejar constancia antes de que llegue la hora de reunirme con los míos. La casa y la mar me atraían; ambas constituían mi hogar. Incluso esta palabra cobraba más sentido en ellas que en la morada que tan felizmente compartiera con mis padres unos años antes. Era muy extraño. No obstante -y esto era más extraño aún-, no me lo parecía a mí. Al contrario, me resultaba lo más natural, y no me pregunté el por qué.
Al principio. no contaba con elementos de juicio para saber qué clase de hombre había sido mi tío Sylvan. Encontré un retrato suyo bastante antiguo, hecho sin duda por algún aficionado a la fotografía. Representaba a un joven tremendamente serio, de unos veinte años de edad, que, aun no careciendo de cierto atractivo, podía resultar desagradable a mucha gente, ya que su rostro sugería algo vagamente inhumano. Tal vez esta impresión provenía de su nariz un tanto aplastada, de su boca enorme, o de sus ojos extrañamente saltones, de basilisco. No encontré fotografías suyas más recientes, pero conocí a algunas personas que se acordaban de él, de cuando iba a Innsmouth, a pie o en coche, a hacer sus compras. Me enteré de esto un día en la tienda de Asa Clarke, donde fui a comprar provisiones para la semana.
-¿Es usted de los Phillips? -me preguntó el anciano propietario.
Le contesté que sí.
-¿Hijo de Sylvan?
-Mi tío no llegó a casarse.
-Ya... Eso decía él -replicó-. Entonces será usted hijo de Jared. ¿Cómo está su padre?
-Ha muerto.
-También, ¿eh?.. Era el último de su generación, ¿verdad? Y usted...
-Yo soy el último de la mía.
-Los Phillips, en tiempos, fueron grandes y poderosos por esta parte. Una familia muy antigua... Pero usted lo sabe mejor que yo.
Le dije que no. Venía del interior, y sabía muy poca cosa de mis antepasados.
-¿Es posible?
Me miró un instante casi con incredulidad.
Bueno, los Phillips son tan antiguos como los Marsh. Las dos familias formaban una sociedad hace muchos años. Comerciaban con China. Los fletes salían de aquí y de Boston con destino a Oriente: Japón, China, las islas... y de allí traían... -aquí se detuvo; su rostro palideció ligeramente, y luego se encogió de hombros- muchas cosas, ¡muchas! -me miró perplejo-. Se va a quedar por aquí, ¿verdad?
Le contesté que había heredado la residencia de mi tío, y que había tomado posesión de ella. Ahora andaba buscando personal de servicio.
-No encontrará -dijo moviendo la cabeza- La finca está demasiado lejos, y a la gente no le gusta. Si quedara alguno de los Phillips... -abrió los brazos con desaliento-. Pero casi todos murieron el año veintiocho, cuando el fuego y las explosiones. Sin embargo, quizá pueda encontrar a alguno de los Marsh que le eche una mano. No todos murieron aquella noche.
Esta referencia vaga y confusa no me inquietó entonces lo más mínimo. Lo único que me preocupaba era encontrar a alguien que me ayudara en los avíos de la casa.
-Marsh -repetí-. ¿Podría darme el nombre y la dirección de uno de ellos?
-Conozco a una -dijo pensativamente, y sonrió a continuación como para sus adentros.
Así conocí a Ada Marsh.
Tenía veinticinco años, pero había días en que parecía mucho más joven, y otros, mucho más vieja. Fui a la casa, la encontré, y le pedí que viniera a trabajar para mí. Resultó que tenía automóvil -un Ford viejísimo de modelo T- y que podía ir y volver; además, la perspectiva de trabajar en lo que llamaba ella el «refugio de Sylvan», pareció atraerla. En verdad, se mostró casi ansiosa por entrar a mi servicio, y me prometió que iría a casa aquel mismo día, si me hacía falta. No era una muchacha atractiva, pero, igual que en mi tío, encontré en ella un encanto que residía en aquello que precisamente habría disgustado a otros. Para mí, aquella boca inmensa de labios aplastados tenía cierta gracia, y sus ojos, innegablemente fríos, me parecían muy cálidos en ciertos momentos.
Vino a la mañana siguiente. Al verla andar por la casa, comprendí que ya había estado antes en ella.
-No es la primera vez que viene usted por aquí, ¿verdad? -dije.
-Los Marsh y los Phillips son viejos amigos -dijo, y me miró como si yo tuviera la obligación de saberlo. Y en aquel momento, me invadió la sensación de que yo sabía que así era, en efecto.
-Muy, muy viejos amigos, señor Phillips. Tan viejos como la tierra misma, tan viejos como el portador del agua, y como el agua.
También ella era extraña. Me enteré de que había estado más de una vez en la casa como invitada del tío Sylvan. Ahora había accedido a venir a trabajar para mí, sin vacilar, y con una singular sonrisa en los labios -«tan viejos como el portador del agua, y como el agua»-, que me hizo pensar en el dibujo que tanto se repetía a nuestro alrededor. Pensándolo bien, creo que ésta fue la primera vez que se me ocurrió esta asociación, y experimenté una vaga sensación de inquietud.
-¿Ha oído, señor Phillips? -preguntó entonces.
-¿El qué?
-Si lo hubiera oído, no necesitaría que se lo dijera.
Pero su verdadero propósito no era trabajar para mí. Lo que ella quería era tener acceso a la casa. Lo descubrí un día que salí a buscar unos documentos, y la encontré entregada, no a su trabajo, sino a un registro minucioso y sistemático de la gran habitación central. La estuve observando un rato: cogía los libros y los hojeaba, separaba cuidadosamente los cuadros de las paredes, levantaba las esculturas de las estanterías... En una palabra, registraba en todas partes donde pudiese haber algo escondido. Volví a salir, di un portazo, y cuando entré de nuevo en el estudio, la vi dedicada a quitar el polvo, como si nunca hubiera hecho otra cosa.
Mi primer impulso fue decírselo, pero pensé que sería mejor callar. Si buscaba algo, quizá lo encontrara yo antes que ella. Así que no le dije nada, y, cuando se fue aquella noche, empecé a registrar por donde ella lo había dejado. No sabía lo que buscaba, pero sí su tamaño, sobre poco más o menos, a juzgar por los sitios donde la había visto mirar. Debía de ser algo delgado, pequeño, no más grande que un libro.
-¿Sería un libro precisamente? Aquella noche me repetí cientos de veces esa misma pregunta.
Como es natural, no encontré nada, a pesar de que estuve buscando hasta medianoche. Lo dejé estar, rendido de cansancio, pero satisfecho: había registrado mucho más de lo que Ada registraría a la mañana siguiente. Me senté a descansar en una de las mullidas butacas alineadas junto a la pared, en aquella misma estancia, y entonces sufrí mi primera alucinación. La llamo así a falta de otra palabra mejor y más precisa. Me había quedado algo adormilado, cuando oí un ruido semejante a la apagada respiración de una bestia de grandes proporciones. Al instante se me quitó toda somnolencia, persuadido de que la casa misma, el peñasco entre el cual se asentaba, y la mar que bañaba las rocas al pie del acantilado, respiraban al unísono como las diferentes partes de un enorme ser vivo. Tuve entonces la misma impresión que he tenido otras veces al contemplar los cuadros de ciertos pintores contemporáneos -en especial los de Dale Nichols- que representan la tierra y sus relieves como si fueran partes de un hombre o una mujer dormidos. Entonces me dio la impresión, digo, de que me hallaba en el pecho, o en el vientre, o en la frente de un ser tan grande que me era imposible percibirlo en su inmensidad.
No recuerdo lo que duró esta impresión. Pensé en la pregunta de Ada Marsh: «¿Ha oído?» ¿Era a esto a lo que se refería? No me cabía duda de que la casa, y el peñasco que se servía de base, estaban tan vivos e inquietos como aquella mar que dejaba correr sus ondas hacia el horizonte de Oriente. Continué sentado, bajo el influjo de dicha ilusión, durante largo rato. ¿Temblaba la casa como si efectivamente respirara? Estaba convencido de que sí. De momento lo atribuí a algunas grietas de su estructura, y pensé que seguramente estos temblores y ruidos tendrían algo que ver con la aversión de aquellas gentes hacia este lugar.
Al tercer día abordé a Ada Marsh en pleno registro.
-¿Qué busca usted, Ada? -pregunté.
Ella me miró con sumo candor. Debió comprender que ya la había visto registrar anteriormente.
-Su tío investigaba algo, y yo he creído que a lo mejor había descubierto lo que buscaba. A mí también me interesa. Y quizá a usted. Usted es como nosotros, es uno de los nuestros... como los Marsh y los Phillips de antes.
-¿Y qué es lo que busca?
-Puede ser un cuaderno de notas, un diario, unos papeles... -encogió los hombros-. Su tío me dijo muy poca cosa, pero yo lo sé. Se iba muy a menudo, y a veces estaba ausente durante largas temporadas. ¿Adónde? Tal vez había alcanzado su objetivo, porque jamás se iba por carretera.
-Tal vez pueda descubrirlo yo.
Negó con la cabeza.
-Usted no tiene idea. Usted es como... como un forastero.
-¿Pero me podría usted explicar algo?
-No. Nadie se atrevería a hablar de eso a una persona demasiado joven para comprender. No, señor Phillips, no le diré nada. No está usted preparado.
Aquello me hirió. Me sentí ofendido. Sin embargo, no quise despedirla. Su actitud era como de desafío.


II

Dos días más tarde, di con lo que buscaba Ada.
Los papeles de mi tío Sylvan estaban ocultos en un lugar donde Ada había mirado al principio: detrás de un estante de libros raros. Pero se hallaban guardados en un cajoncito secreto que abrí por pura casualidad. Allí encontré un diario, muchos recortes y varias hojas de papel cubiertas con la letra menuda de mi tío. Inmediatamente lo llevé todo a mi habitación y lo guardé, como si temiera que, a esas horas de la noche, pudiera venir Ada Marsh a arrebatármelos. Cosa absurda, porque no sólo no le tenía miedo, sino que me sentía atraído hacia ella, muchísimo más de lo que podía haberme imaginado la primera vez que la vi.
Incuestionablemente, el descubrimiento de los papeles supuso un giro radical en mi existencia. Digamos que mis primeros veintidós años habían transcurrido, monótonos, como en un compás de espera, y que los primeros días de mi estancia en la residencia de tío Sylvan habían constituido como una fase de latencia, previa a mi acceso a un nuevo plano biológico. Mi mutación se desencadenó, sin duda, con el descubrimiento -y la lectura, evidentemente- de los papeles.
Pero del primer párrafo donde se posaron mis ojos, no entendí ni una palabra:
«Plataforma cont. sub. Extremo Norte Inns. extendiéndose curv. hasta aprox. Singapur. ¿Origen: Ponapé? A. supone R. en Pacífico, cerca Ponapé; E. sostiene que R. está cerca de Inns. Princ. autores lo suponen en las profundidades. ¿Podría ocupar R. totalmente la Plataforma Cont. de Inns. a Singapur?»
Este era el primer párrafo. El segundo, era aún más desconcertante:
«C..., que aguarda soñando en R., es todo en todo y en todas partes. El está en R. (en Inns. y Ponapé), entre las islas y en lo más hondo. Los Profundos: ¿dónde tuvieron Obad. y Cyrus el primer contacto? ¿En .Ponapé o en una de las islas menores? ¿Y cómo? ¿En tierra, o bajo las aguas?
Pero en el tesoro que acababa de encontrar, no había sólo notas de mi tío. Había también otros documentos con revelaciones aún más turbadoras, como por ejemplo, una carta del Rev. Jabez Lovell Phillips dirigida, hacía más de un siglo, a una persona que no nombraba. Decía así:
«Cierto día de agosto de 1797, el Cap. Obadiah Marsh, acompañado de su Primer Piloto Cyrus Alcott Phillips, comunicó que su barco, el Cory, había naufragado con toda su tripulación en las Marquesas. El Capitán y el Primer Piloto arribaron al puerto de Innsmouth en un bote de remos sin muestra alguna de sufrimiento ni fatiga, no obstante haber recorrido una distancia de varios miles de kilómetros en una embarcación prácticamente incapaz de realizar esa proeza. A partir de entonces, comenzó en Innsmouth una serie de sucesos que convirtieron al pueblo en un lugar maldito, en el curso de una generación. Surgió una raza extraña entre los Marsh y los Phillips, y cayó una maldición sobre sus descendencias. No se sabe de dónde salieron las mujeres que el Capitán y el Primer Piloto tomaron por esposas, pero dieron a luz una camada de seres endemoniados y prolíficos que nadie pudo contener, y contra la cual no me han valido mis plegarias al Señor.
»¿Qué son esas bestias que salen de las aguas a retozar, en las altas horas de la noche? Algunos decían que eran sirenas, pero creer eso es necedad. ¿Qué habían de ser, sino las hordas malditas, engendradas por Marsh y por Phillips ?»...
No continué leyendo. Este lenguaje me llenaba de inquietud.
Volví a coger el diario de mi tío, y busqué la última anotación:
«R. está donde yo me figuraba. La próxima vez veré al propio C., aletargado en las profundidades, en espera del día de su resurgimiento.»
Pero no hubo próxima vez para tío Sylvan, sino la muerte. Antes de esta última anotación había muchísimas más. Evidentemente, mi tío se había ocupado de cuestiones que estaban fuera de mis alcances. Hablaba de Cthulhu y R'lyeh, de Hastur y Lloigor, de Shub-Niggurath y Yog-Sothoth, de la Meseta de Leng, de los Fragmentos de Sussex, del Necronomicon, de la Galería de Marsh, del Abominable Hombre de las Nieves... Pero de lo que hablaba con más frecuencia, era de R'lyeh, del Gran Cthulhu -el «R.» y el «C.» de sus papeles- y de la búsqueda que él había llevado a cabo, la cual, como bien se deducía de sus escritos, tenía por objeto descubrir los refugios de esos seres o los seres que se refugiaban en esos refugios, que yo apenas si lograba distinguir los unos de los otros, según la forma con que él anotaba sus ideas. Desde luego, sus notas estaban redactadas para su uso personal, de forma que sólo él las entendería. Yo no tenía ningún marco de referencia al que poder recurrir.
Entre los documentos encontré también un mapa trazado con tosquedad por alguna mano más antigua que la de mi tío Sylvan, a juzgar por lo viejo y arrugado del papel. Este mapa me fascinaba, a pesar de no tener idea exacta de su importancia ni utilidad. Era una representación desmañada del mundo, pero no del mundo que conocía yo, no del mundo de los atlas geográficos, sino más bien de un mundo que sólo había existido en la imaginación de quien lo había trazado. En el corazón de Asia, por ejemplo, el artista había situado la «Mes. Leng»», y al norte de ésta, en el lugar que correspondía a Mongolia estaba «Kadath, en el Desierto de Hielo», zona que era definida como un «continuo tempo-espacial coextensivo». En el mar de Polinesia estaba indicada la «Galería Marsh», que sería (supuse yo) una grieta en el fondo del océano. También estaba señalado el Arrecife del Diablo, a cierta distancia de Innsmouth, así como Ponapé. Estos últimos puntos eran perfectamente reconocibles, pero los demás nombres geográficos de aquel mapa fabuloso eran absolutamente desconocidos para mí.
Escondí mi botín en un lugar donde a Ada Marsh no se le ocurriría buscarlo, y regresé, pese a lo tarde que era ya, a la habitación central. Allí, como movido por un instinto, busqué sin vacilar en el estante tras el cual había descubierto los papeles. En él estaban algunos de los libros que mencionaba tío Sylvan en sus notas: los Fragmentos de Sussex, los Manuscritos Pnakóticos, los Cultes des Goules del conde d'Erlette, el Libro de Eibon, los Unaussprechlichen Kulten de Von Junzt, y muchos otros. Pero, ¡lástima!, la mayoría estaban en latín o en griego, lenguas que apenas dominaba yo, aun cuando, mal que peor, pudiera defenderme en francés o alemán. No obstante, descifré lo bastante de ésos como para sentir miedo de verdad, para sentir terror y, a la vez, una excitación no exenta de cierta euforia, como si mi tío Sylvan me hubiese legado, no sólo la casa y sus propiedades, sino también sus investigaciones, y una ciencia que ya era vieja millones de años antes de aparecer el hombre.
Aquella noche estuve leyendo hasta que el sol del nuevo día entró en la estancia haciendo palidecer las luces de las lámparas. Y así fue cómo supe de los Primigenios, que fueron los primeros en dominar los universos y de los Dioses Arquetípicos, que derrotaron a los rebeldes Primordiales. Entre estos Primordiales se contaban: el Gran Cthulhu, morador de las aguas; Hastur, que dormía en el Lago de Hali, en las Híadas; Yog-Sothoth, que es Todo-en-lo-Uno y Uno-en-el-Todo; Ithaqua, El Que Camina Sobre El Viento; Lloigor, El Que Pisa Las Estrellas; Cthugha, que habita en el fuego; el Gran Azathoth... y todos habían sido vencidos y expulsados a los espacios exteriores, donde esperarían el día remoto en que, con ayuda de sus seguidores, podrían alzarse para vencer a las razas humanas y someter a Los Dioses Arquetípicos. Y me enteré también del nombre de sus esbirros: Los Profundos, que poblaban los mares y las regiones acuáticas de la Tierra; los Dhols; el Abominable Hombre de las Nieves, habitante del Tíbet y la oculta Meseta de Leng; los Shantaks, que huyeron de Kadath, en el Desierto de Hielo, por mandato de El Que Camina Sobre El Viento, llamado Wendigo, pariente de Ithaqua. Y me enteré, también, de su rivalidad, una y múltiple a la vez. Todo eso leí, y más, bastante más, entre otras cosas, una colección de recortes de periódicos sobre sucesos misteriosos que tío Sylvan aducía como pruebas de la verdad de sus creencias. Por otra parte, en las páginas de los libros me tropecé, también, con la curiosa sentencia que adornaba las decoraciones de la casa de mi tío: Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn. En más de uno de aquellos relatos, estaba traducida así: «En su morada de R'lyeh, Cthulhu muerto, sueña.»
Y las exploraciones de mi tío no tenían otro objeto, sin duda, que el de encontrar ¡el refugio subacuático de Cthulhu!
A la fría luz de la madrugada me esforcé por criticar mis propias conclusiones. ¿Acaso creía mi tío Sylvan en semejante maraña de fábulas? ¿O tal vez sus pesquisas no eran más que un modo de combatir su aburrimiento de hombre solitario? La biblioteca de mi tío era inmensa, abarcaba toda la literatura universal. Sin embargo, una sección de estanterías estaba dedicada exclusivamente a libros de temas esotéricos, a libros sobre creencias extrañas y hechos más extraños aún, inexplicables a la luz de la ciencia, a libros sobre religiones herméticas, casi desconocidas. Tenía, además, una abundante cantidad de álbumes con artículos recortados de periódicos y revistas, cuya lectura me produjo, a la vez, una sensación de miedo y una chispa de irresistible regocijo. En efecto, estos hechos, relatados de manera prosaica, constituían una prueba singularmente convincente a favor de los mitos en que creía mi tío.
De todos modos, aquella mitología no constituía ninguna novedad. Todas las creencias religiosas, todos los mitos, cualquiera que sea la cultura a que pertenecen, poseen una cierta analogía en sus fundamentos. Siempre giran en torno a la lucha entre las fuerzas del Bien y las fuerzas del Mal. Este tema también formaba parte de las teorías de mi tío. Los Primigenios y los Dioses Arquetípicos -que, según lo que pude colegir, venían a ser lo mismo- representaban el Bien original. Los Primordiales representaban el Mal. Como sucede en muchas religiones, apenas se nombraba a los dioses benefactores, en este caso, a los Dioses Arquetípicos. En cambio, se citaba continuamente a los Primordiales, que aún eran adorados y servidos por multitud de seguidores esparcidos por toda la Tierra y los espacios interplanetarios. Los Primordiales no sólo combatían a los Dioses Arquetípicos, sino que luchaban también entre sí, en un empeño supremo por la dominación final. Eran, en suma, representaciones de las fuerzas elementales, y cada uno correspondía a un elemento: Cthulhu, al agua; Cthugha, al fuego; Ithaqua, al aire; Hastur, a los espacios siderales. Otros, representaban las grandes fuerzas primitivas: Shub-Niggurath, Mensajera de los Dioses, la fertilidad; Yog-Sothoth, el continuo tempo-espacial; Azathoth, en cierto modo, el principio del mal.
¿No resultaba, en definitiva, una mitología muy semejante a las demás? Los Dioses Arquetípicos pudieron convertirse, andando el tiempo, en la Trinidad de las religiones judeocristianas; los Primordiales, para la mayoría de los creyentes, se transformaron después en Satán y Belcebú, Mefistófeles y Azrael. Lo único que me inquietaba, era que existiesen a un tiempo los originales y sus copias. Pero tampoco esto tenía demasiada importancia, porque ya se sabe que en la historia de la humanidad se superponen continuamente distintos eslabones evolutivos de una misma creencia.
Más aún: había ciertos datos que permitían suponer que los mitos de Cthulhu eran muy anteriores no sólo al cristianismo, sino incluso a las creencias de la antigua China y de los albores de la humanidad, habiendo logrado sobrevivir en determinadas regiones de la Tierra: entre los Tcho-Tcho del Tíbet y los yeti de las altas mesetas de Asia, así como entre ciertos seres extraños que habitaban en la mar, conocidos como los Profundos, híbridos anfibios, nacidos de antiguos apareamientos entre humanoides y batracios, o producto quizá de ciertas mutaciones aparecidas en el curso de la evolución humana. Tales mitos habían sobrevivido igualmente, de manera reconocible, en determinados símbolos religiosos muy posteriores: en Quetzalcoatl y otros Dioses aztecas, mayas e incas; en los ídolos de la Isla de Pascua, en las máscaras ceremoniales de los polinesios y los indios americanos de la costa noroccidental, donde aún persistían, como motivos ornamentales, formas tentaculares y octópodas, análogas a la que simbolizaba a Cthulhu. En resumen, podía decirse con seguridad que los mitos de Cthulhu eran antiquísimos.
Aun adscribiéndolos al reino de la pura teoría, me sentí abrumado por la tremenda cantidad de artículos que había recogido mi tío. Las prosaicas reseñas periodísticas contribuyeron no poco a hacerme dudar de mi escepticismo, por su tono aséptico y puramente informativo. Tales artículos, además, no procedían de la prensa sensacionalista, sino de revistas serias como el National Geographic. Total, que me quedé hecho un mar de confusiones.
¿Qué pudo haberle pasado a Johansen* , con su barco Emma, sino lo que él mismo declaró? ¿Acaso cabía otra explicación?
¿Y por qué el gobierno americano envió destructores y submarinos para machacar con cargas de profundidad los alrededores del Arrecife del Diablo, frente al puerto de Innsmouth?** ¿Y por qué la policía detuvo a tantos vecinos de Innsmouth, a quienes no se volvió a ver nunca más? ¿Y el incendio que se declaró por toda la comarca costera, acabando con muchos otros? ¿Cómo explicar todo esto, si no era cierto que se habían descubierto extraños ritos entre gentes de Innsmouth que mantenían relaciones diabólicas con ciertos seres que habitaban en la mar, a los cuales se les veía en el Arrecife del Diablo, durante la noche?
¿Y que le sucedió a Wilmarth* en la montañosa comarca de Vermont cuando, en el curso de sus investigaciones acerca de los cultos a los Arcaicos, se acercó demasiado a la verdad? ¿y qué fue de todos los escritores que habían tomado el asunto como pura ficción -Lovecraft, Howard, Barlow-, o lo habían enfocado de forma científica -como Fort-, cuando se hallaban a punto de desvelar el misterio? Murieron. Murieron, o desaparecieron como Wilmarth. Y casi todos de muerte prematura, cuando todavía eran jóvenes. Mi tío tenía sus obras, aunque de todos ellos, sólo Lovecraft y Fort las habían publicado en forma de libro. Los leí, y lo que decían me inquietó aún más, porque me pareció que las fantasías de H. P. Lovecraft se hallaban tan cerca de la verdad como los hechos -tan inexplicables para la ciencia- recogidos por Charles Fort. Aunque los relatos de Lovecraft fueran fantasías, se ceñían a los hechos -aun rechazando los recopilados por Fort- que subyacen bajo las creencias del género humano. En sí mismos, estos relatos eran cuasi míticos, como el destino final de su autor, cuya muerte prematura llegó a suscitar infinidad de leyendas que dificultaban aún más la tarea de esclarecer la verdad desnuda. Pero había llegado el momento, para mí, de ahondar en los secretos contenidos en los libros de mi tío, y de bucear en sus anotaciones y colecciones de artículos. Una cosa estaba clara: mi tío había creído en ello hasta el punto de emprender la búsqueda del reino sumergido -o de la ciudad sumergida- de R'lyeh. Yo no sabía si era reino ni ciudad, o si rodeaba la tierra desde la costa atlántica de Massachusetts hasta las Islas del Pacífico; pero sí sabía que era allí, donde había sido desterrado Cthulhu, muerto, y sin embargo, no muerto: «¡Cthulhu muerto, sueña!», decía más de un relato... en espera de que llegue el momento de rebelarse nuevamente contra el poderío de los Dioses Arquetípicos e imponer su dominio en el universo entero. Pues, ¿acaso no es cierto que, si triunfa el mal, se convierte en ley de vida, y entonces es justo combatir el bien? ¿Acaso no es la mayoría la que impone la norma, y que en ella no cabe lo anormal o, como dice la humanidad, el mal, lo abominable?
Mi tío había buscado R'lyeh, y había descrito sus investigaciones de manera sobrecogedora. Había descendido a las profundidades del Atlántico, desde esta casa suya que se asoma a la costa, hasta el Arrecife del Diablo y aún más allá. Pero no decía qué medios había empleado. ¿Había utilizado un equipo de buzo? ¿Acaso una batisfera? Por la casa no descubrí el menor rastro de aparatos de sumersión. Sus largas ausencias, por otra parte, se debían a estas exploraciones. Y con todo, no citaba en absoluto sus aparatos, ni éstos habían aparecido entre sus bienes.
Si R'lyeh era el objeto de los afanes de mi tío, ¿qué pretendía Ada Marsh? Tenía que averiguarlo. Para ello, dejé al día siguiente algunas notas de mi tío sobre la mesa de la biblioteca. Me las arreglé para poder vigilarla en el momento en que las descubriera. Su reacción no dejó lugar a dudas: lo que ella buscaba era lo que yo había encontrado. Ada Marsh conocía la existencia de esos papeles. Pero, ¿cómo?
Entré. Antes de que pudiera abrir la boca, me abordó.
-¡Los ha descubierto! -exclamó.
-¿Cómo sabía usted que existían?
-Porque conocía sus trabajos.
-¿Su búsqueda?
Afirmó con la cabeza.
-No es posible que crea usted en esas cosas -protesté yo.
-¡Cuidado que es usted estúpido! -exclamó coléricamente-. ¿No le dijeron nada sus padres? ¿Ni su abuelo? ¿Cómo ha podido vivir en la ignorancia?
Se acercó a mí y me arrojó los papeles.
-¡Déjeme ver los demás!
Hice un signo negativo.
-¡Por favor! A usted no le son de utilidad -insistió.
-Eso ya lo veremos.
-Dígame entonces si él había... si había iniciado sus exploraciones.
-Sí. Pero no sé cómo. No hay ni rastro de escafandra ni de bote.
Al oír estas palabras me lanzó un mirada desafiante, y a la vez, de desprecio y de lástima.
-¡Ni siquiera ha leído usted todos sus papeles! ¡No ha leído los libros tampoco!... ¡Nada! ¿Sabe lo que tiene a sus pies?
-¿La alfombra? -pregunté perplejo.
-No, no... el dibujo. Está en todas partes. ¿No sabe usted por qué? ¡Porque es el gran sello de R'lyeh! Lo descubrió hace años, y tuvo el orgullo de ponerlo en su propia casa, como blasón! ¡Está usted encima de lo que busca! Busque usted un poco más, y encontrará su anillo.


III

Después de marcharse Ada Marsh, volví a los escritos de mi tío. No los dejé hasta mucho después de medianoche, cuando los hube leído casi todos, algunos de ellos con especial atención. Me resultaba difícil creer aquello, a pesar de que mi tío no sólo lo había escrito íntimamente convencido de su veracidad, sino que además parecía haber tomado parte en algunos de los hechos que describía. Desde temprana edad se había dedicado a la busca del reino sumergido, y había profesado una abierta devoción a Cthulhu; lo más escalofriante era que en sus anotaciones figuraban veladas alusiones a ciertos encuentros, que unas veces tuvieron lugar en las profundidades del océano, y otras, en las calles de Arkham, ciudad envuelta en misteriosas leyendas, cuyos tejados y buhardillas se alzan tierra adentro, a orillas del río Miskatonic, ya cerca de Innsmouth y Dunwich. Al parecer, los ciudadanos de Arkham, que según algunos no eran enteramente humanos, creían lo mismo que mi tío y, como él, se habían vinculado a ese mito que resucitaba de un pasado remoto.
Y no obstante, pese a mi escepticismo, yo sentía también una sombra de credulidad irreprimible. Mi razón vacilaba entre las extrañas insinuaciones de sus notas, ante aquellos apuntes llenos de abreviaturas y elipsis, que sólo él podía entender con claridad, y que no detallaba por tratarse de temas para él de sobra conocidos. Así, aludía a las bodas profanas de Obadiah Marsh y «otros tres» (¿quizá algún Phillips entre ellos?), al descubrimiento de unas fotografías de algunas mujeres de la familia Marsh: la viuda de Obadiah -de rostro singularmente aplastado, piel excesivamente morena, boca enorme y labios finos-, y sus hijas, que casi todas habían salido a la madre... También me llenaban de inquietud las extrañas alusiones a la forma en que caminaban, como a saltos, «los descendientes de aquellos que se salvaron del naufragio del Cory», como decía textualmente tío Sylvan. No había posibilidad de equivocarse respecto al significado de sus notas: Obadiah Marsh se había casado en Ponapé con una mujer que no era polinesia, aunque vivía allí, y que pertenecía a una raza marina semihumana; sus hijos, y los hijos de sus hijos, nacieron con el estigma de ese matrimonio, lo que más tarde tuvo como consecuencia la hecatombe de 1928, en la que perdieron la vida tantísimos miembros de las viejas familias de Innsmouth. Aunque mi tío refería de pasada estos detalles, detrás de sus palabras palpitaba el horror y aún resonaba el eco del desastre.
En efecto, las personas que mencionaba en sus escritos estaban siempre aliadas a los Profundos, y eran, como éstos, criaturas anfibias. No decía si esa mancha hereditaria se había extendido mucho o poco, ni especificaba qué tipo de relación había entre él y esas criaturas. Ni el capitán Obadiah Marsh, ni Cyrus Phillips, ni tampoco los otros dos tripulantes que se habían quedado en Ponapé, poseían los rasgos típicos de sus mujeres y sus hijos. Pero era imposible averiguar si el estigma se mantenía después de la primera generación. ¿Se refirió a eso Ada Marsh, cuando me dijo: «¡Usted es de los nuestros!»? ¿O aludía a un secreto más sombrío todavía? Probablemente, la aversión que sentía mi abuelo a la mar era debida a que conocía las hazañas de su padre. Al menos él, había conseguido eludir su tenebroso destino hereditario.
Pero los escritos de mi tío eran, por una parte, demasiado vagos para poder sacar una idea coherente de todo el asunto, y por otra, demasiado ingenuos para convencer plenamente. Lo que más me inquietó desde el primer momento, fueron sus repetidas alusiones a que su casa era un «abrigo»», un «punto» de contacto, un «acceso a lo que está debajo». En sus primeras anotaciones encontró también frecuentes consideraciones sobre la «respiración» de la casa y de la punta rocosa sobre la cual se elevaba, pero más adelante no volvió a hacer ninguna otra referencia a estas cuestiones. Sus notas eran oscuras y difíciles, tremendas y maravillosas. Me llenaban de terror y, a la vez, de una colérica incredulidad mezclada, contradictoriamente, a un vivo deseo de creer y de saber.
Indagué por todas partes, pero sin resultado. La gente de Innsmouth era recelosa. Algunas personas me esquivaban declaradamente. Otras, cambiaban de acera al verme venir; en el barrio italiano, se santiguaban de manera descarada, como si vieran al diablo. Nadie quiso darme información alguna. Tampoco pude hacer uso de libros y crónicas locales en la biblioteca pública porque, según me dijo el bibliotecario, habían sido confiscados en su mayoría por el Gobierno a raíz del incendio y las explosiones de 1928. Busqué en otras partes. En Arkham y Dunwich conocí secretos aún más sombríos; en la gran biblioteca de la Universidad del Miskatonic descubrí, por fin, la fuente y origen de todos los libros de saber oculto: el casi mítico Necronomicon, del árabe loco Abdul Alhazred, libro que sólo me fue permitido manejar bajo la estrecha vigilancia de un auxiliar bibliotecario.
Unas dos semanas después de haber descubierto los papeles de mi tío encontré la sortija. La encontré donde menos habría imaginado, y, sin embargo, era un sitio bien lógico: en un paquete de objetos personales remitido por la empresa de pompas fúnebres, que estaba guardado en un cajón del escritorio. El anillo era de plata maciza, y tenía montada una piedra de color lechoso que parecía una perla -aunque no lo era-, y en su superficie llevaba grabado el sello de R'lyeh.
La examiné atentamente. A primera vista no tenía nada de extraordinario, salvo su tamaño. Sin embargo, el hecho de llevarla puesta traía consigo efectos inimaginables: apenas me la hube colocado en un dedo, cuando sentí como si ante mí se abrieran dimensiones nuevas, o como si los horizontes habituales retrocediesen ilimitadamente. Todos mis sentidos se aguzaron. Lo primero que noté a este respecto, fue el susurro de la casa y el peñasco, acompasado ahora al blando movimiento de la mar. Era como si la casa y la roca se elevaran y descendieran con las olas. Incluso me parecía oír el rítmico vaivén del agua bajo el mismo edificio.
Al mismo tiempo, y tal vez esto tenía mayor importancia, cobré conciencia de un luminoso despertar psíquico. Gracias a la sortija, percibí la opresiva existencia de unas fuerzas invisibles incalculablemente poderosas, que tenían la casa de mi tío como punto focal. En una palabra, notaba como si yo atrajese las inmensas fuerzas elementales que me rodeaban, como si se precipitasen sobre mí hasta convertirse en una isla azotada por una mar embravecida, batida por un torbellino de huracanes. Me sentí desgarrado, próximo a la desintegración, hasta que, por último, y casi con alivio, oí el sonido de un voz horrible, animal, que se elevaba en un ulular espantoso. No provenía de la mar ni del cielo, sino de las profundidades de la tierra: ¡de debajo de la casa!
Me arranqué la sortija del dedo y, en el acto, todo se calmó. La casa y el peñasco volvieron a su quietud y soledad. Los vientos y las aguas que habían estremecido el mundo se apaciguaron, y se extinguió todo rumor. La voz se acalló, restableciéndose el silencio. Mi vivencia extrasensorial había terminado, y nuevamente pareció como si las cosas recobraran su primitiva actitud de espera. La sortija de mi tío era, pues, un talismán, clave de su sabiduría y acceso a otras regiones del ser.
Gracias a la sortija descubrí el camino que había seguido mi tío para llegar a la mar. Yo llevaba mucho tiempo buscando un sendero que bajase hasta la playa, pero no descubrí ninguno que mostrara señales de uso constante. Sin embargo, había algunos caminos que descendían por el declive acantilado; en determinados puntos, habían excavado unos peldaños, de forma que se pudiera llegar hasta el borde del agua desde la casa misma, situada en lo alto del promontorio. Pero no había sitio para varar una embarcación, y el agua allí era profunda. En aquel paraje me bañé varias veces, con una sensación de goce casi irracional, tan grande era el placer que me daba el nadar. Pero había muchas rocas, y la playa quedaba demasiado lejos del promontorio para cubrir la distancia a nado, a menos que se tratara de un buen nadador como -para asombro mío- comprobé que era yo.
Tenía intención de preguntar a Ada Marsh acerca de la sortija. Fue por ella por quien supe de su existencia; pero desde el día en que me negué a cederle los papeles de mi tío, no había vuelto a aparecer por la casa. Lo cierto es que a veces la había sorprendido merodeando por los alrededores, o había descubierto su coche estacionado junto a una carretera que pasaba relativamente cerca de mi finca, tierra adentro. Un día fui a Innsmouth a buscarla, pero no estaba en su casa. Al preguntar por ella, la mayoría de la gente me manifestó abierta hostilidad y recelo; en cambio, hubo quienes me dirigían curiosas miradas, tímidas, aunque llenas de un significado que yo no supe interpretar. Cuando me miraban así, sistemáticamente se trataba de unos tipos mal vestidos y andar bamboleante que vivían en el barrio marinero.
De modo que no fue Ada Marsh quien me ayudó a encontrar el camino que llevaba a mi tío hasta la mar. Un día me puse la sortija y, atraído por el agua, decidí bajar hasta la orilla, cuando me di cuenta al cruzar la gran habitación central de que me era virtualmente imposible salir de ella; era como si todo el salón tirase del anillo. Dejé de debatirme al notar que empezaba a manifestarse una gran fuerza psíquica, y me quedé inmóvil, en espera de que ésta me guiara. Así, pues, cuando me sentí impulsado hacia cierta figura labrada en madera, singularmente repulsiva, que representaba un híbrido espantoso de batracio y se hallaba fija en un pedestal adosado a una de las paredes del salón, cedí al influjo, me acerqué, la agarré, empujé y tiré de ella, y finalmente traté de hacerla girar a derecha e izquierda. Al moverla hacia la izquierda, cedió.
Inmediatamente se oyó un crujido de cadenas, un rechinar de mecanismos, y toda la sección del suelo que estaba cubierta por la alfombra con el sello de R'lyeh, se levantó como una trampa enorme. Me acerqué asombrado. El pulso me latía aceleradamente por la excitación. Me asomé al pozo y vi una gran profundidad, oscura y bostezante, por la que descendían en espiral unos peldaños labrados en la sólida roca sobre la cual se asentaba la casa. ¿Conducían hasta el agua? Cogí al azar un tomo de las obras de Dumas, y lo dejé caer. Escuché atento unos momentos, hasta que se oyó un chapuzón distante.
Entonces, con mucha prudencia, bajé por la interminable escalera, sintiendo cada vez más fuerte el olor a mar. ¡No era extraño que se sintiera la mar dentro de casa! Continué mi descenso. El ambiente se hizo frío y húmedo, hasta que finalmente noté que las paredes y los escalones estaban mojados, y oí el incesante movimiento del agua, el chapoteo de la mar que entraba en la roca por alguna grieta. Por último, llegué al final de la escalera y vi que me encontraba en el borde mismo del agua, en una caverna tan grande que en ella habría cabido la misma casa. Efectivamente, éste, y no otro, era el camino que mi tío había empleado hasta la mar. Pero entonces me quedé más desconcertado que nunca: aquí tampoco había rastro alguno de bote ni equipo de buceo, sino huellas de pies únicamente... A la luz de las cerillas, aún descubrí algo más: unas señales largas, unos rastros espumajosos, como si algún ser monstruoso hubiese descansado en el piso de la caverna. Me hicieron pensar con la carne de gallina, en las estatuillas y bajorrelieves de Polinesia, del gran salón central, coleccionados por tío Sylvan y otras personas de mi familia.
No sé el tiempo que permanecí en ese lugar. Allí, al borde del agua, con el sello de R'lyeh en mi dedo, percibí en la profundidad de las aguas un rebullir de vida que provenía no de la misma caverna, sino del exterior, o sea de la mar abierta, lo que me hizo pensar en la existencia de alguna comunicación. Esta comunicación estaría bajo la superficie ya que, como pude comprobar a la luz de las cerillas, las paredes de la caverna eran de sólida roca sin grietas ni hendiduras. Por consiguiente, tenía que haber una comunicación con la mar y yo debía encontrarla sin demora.
Subí de nuevo las escaleras, cerré la abertura, cogí el coche y salí rápidamente para Boston. Volví ya de noche con una escafandra y una botella de oxígeno, dispuesto a sumergirme al día siguiente. No me quité ya la sortija, y aquella noche soñé con remotas edades de sabiduría, con ciudades que se alzaban en fabulosos rincones de la tierra: la desconocida Antártida, las regiones montañosas del Tíbet, las insondables profundidades de la mar... Soñé que me movía entre moradas de fantástica belleza, junto con otros individuos de mi especie. Teníamos por aliados a unos seres de pesadilla, criaturas cuyo aspecto me habría helado la sangre a la luz del día. En ese mundo nocturno estábamos todos reunidos por una sola razón: servir a los Grandes, de quienes formábamos el séquito. Pasé la noche entera soñando otros mundos, otras manifestaciones de vida, y experimentando sensaciones nuevas e increíbles, ante unos seres provistos de tentáculos que exigían de nosotros obediencia y sumisión religiosa. A la mañana siguiente me desperté agotado y, no obstante, lleno de alborozo, como si hubiera vivido aquellos sueños en la realidad, y me sintiera aún en posesión de un vigor inimaginable, dispuesto a soportar con alegría las duras pruebas que había de pasar.
Pero me encontraba en el umbral de un descubrimiento aún mayor.
Al atardecer del día siguiente me puse la escafandra y las aletas, me coloqué las botellas de oxígeno, y descendí a la caverna. Aun ahora me resulta difícil hablar de lo que me sucedió a continuación sin llenarme de asombro. Me sumergí con mucha precaución en aquellas aguas, busqué el fondo hasta encontrarlo, me orienté hacia el exterior y me adentré por una grieta cuya altura era más del doble que la de una persona. De pronto, llegué a su desembocadura y de allí, sin más, me lancé al vacío y comencé a descender hacia el fondo del océano a través de un mundo gris verdoso de rocas y arena, de vegetación acuática que ondeaba y se retorcía bajo la luz difusa de las profundidades.
Empecé a sentir la presión del agua, y me pregunté si no sería excesivo el peso de las botellas y la escafandra a la hora de subir. Tal vez me viese obligado a buscar una rampa costera que me ayudara a llegar hasta la orilla, y entonces apenas tendría tiempo para realizar mi inspección. A pesar de todo, continué adelante, alejándome de la costa de Innsmouth en dirección Sur.
De repente me di cuenta de algo horrible y es que, aun en contra de mi voluntad, avanzaba como atraído por un influjo. Las botellas no tardarían en agotarse y si me alejaba demasiado de la costa, no podría llenarlas antes de regresar. Sin embargo, me era imposible cambiar el rumbo que llevaba mar adentro. Era como si una fuerza me obligara a seguir avanzando, a alejarme invariablemente de la costa, a bajar la suave pendiente que arrancaba del pie de la punta rocosa de la casa en dirección Sudeste. Continué en esta dirección sin detenerme, a pesar de sentirme cada vez más sobrecogido por el pánico... Era preciso dar media vuelta, tenía que emprender el camino de regreso. Para nadar hasta la boca de la gruta sería necesario un esfuerzo casi sobrehumano. Y ahora que el aire estaba a punto de terminarse, sería casi imposible llegar al pie de la escalera secreta, si no volvía inmediatamente.
Había algo, empero, que no me permitía volver. Seguí avanzando como dominado por una voluntad superior que anulaba la mía propia. No tenía alternativa, había de seguir; cada vez me iba sintiendo más alarmado, y más violentamente me debatía entre lo que deseaba y lo que me sentía obligado a hacer. El oxígeno disminuía por segundos. Varias veces me elevé nadando vigorosamente. Pero a pesar de que no sentía la fatiga de nadar -en efecto, lo hacia casi con milagrosa facilidad-, siempre regresaba al fondo del océano y tomaba nuevamente el mismo rumbo.
En una ocasión me detuve a mirar alrededor. Traté en vano de escudriñar aquellas profundidades. Me dio la impresión de que me seguía un enorme pez verdoso y pálido que me hizo pensar en una sirena porque me pareció verle como una cabellera flotante. Pero poco después se perdió entre las rocas y las tupidas algas de aquel paraje. No me entretuve demasiado. En seguida me sentí forzado a continuar, hasta que por último me di cuenta de que el oxígeno tocaba a su fin. Mi respiración se hizo más trabajosa, luché desesperadamente por nadar hacia la superficie, pero lo único que conseguí fue perder el equilibrio y caer por un tremenda grieta que se abría en el fondo del océano.
Unos segundos antes de perder el conocimiento, vi de nuevo la sombra del gran pez que me seguía. Se lanzó velozmente sobre mí y noté que unas manos manipulaban mi escafandra y mis botellas... No era un pez ni una sirena: ¡Era el cuerpo desnudo de Ada Marsh, con sus largos cabellos ondeantes, que nadaba con la soltura y facilidad de un habitante del océano!


IV

Lo que siguió a esta visión casi de ensueño fue lo más increíble de todo. Casi inconsciente, sentí que Ada Marsh me arrancaba la escafandra y las botellas, y las arrojaba a la grieta. Luego, poco a poco, fui recuperando el conocimiento. Ada Marsh me arrastraba con sus dedos fuertes y robustos, nadando, no hacia la superficie, sino hacia adelante. Y descubrí que yo podía nadar con la misma facilidad que ella, y como ella, abría y cerraba la boca como si respirara a través del agua... ¡y así era, en efecto! Sin sospecharlo, poseía un don ancestral que ponía ahora a mi alcance todas las inmensas maravillas de la mar... ¡podía respirar sin necesidad de salir a la superficie! ¡Era anfibio!
Ada avanzaba delante de mí, y yo la seguía. Yo era veloz, pero ella lo era más. Ya no caminaba pesadamente por el fondo del océano, sino que cruzaba el agua impulsado por unos brazos y unas piernas que estaban hechos para nadar. Sentí el gozo triunfal e incontenible de moverme libremente en el agua, hacia una meta que vislumbraba vagamente. Ada me señalaba el camino, yo la seguía de cerca, mientras allá arriba, en el mundo de los hombres, el sol se hundía en el ocaso, moría el día, se apagaba el resplandor del horizonte, y la luna, como una hoz, encendía la última luminaria de la tarde.
A esa hora subimos a la superficie, a lo largo de una pared rocosa que acaso pertenecía a la costa o a una isla. Cuando salimos a flote, vi que estábamos lejos de tierra, junto a un arrecife que emergía de la mar y desde el cual se podían ver las luces parpadeantes de un puerto lejano. Miré en torno, buscando con los ojos a Ada Marsh. La vi a la luz de la luna y me senté en la roca, a su lado. Entre nosotros y la costa, se balanceaban las sombras de unos botes. Entonces supe dónde estábamos: en el Arrecife del Diablo, frente a Innsmouth, donde una vez, antes de la desastrosa noche de 1928, nuestros antecesores habían confraternizado con sus hermanos de las profundidades.
-¿Cómo pudiste ignorarlo? -preguntó Ada-. Has estado a punto de morir asfixiado. Si no llego a seguirte...
-Nunca tuve ocasión de enterarme.
-¿Cómo crees que salía tu tío a explorar, más que así?
Lo que buscaba tío Sylvan era lo mismo que buscaba ella. Ahora, lo buscaría yo también. Encontraríamos primero el sello de R'lyeh, y después, al que duerme y sueña en las profundidades, al ser cuya llamada había sentido en mí: el gran Cthulhu. Ada estaba segura de que R'lyeh no se hallaba frente a Innsmouth. Y para demostrarlo, me condujo de nuevo a las simas que se abren al pie del Arrecife del Diablo. Allí me enseñó las grandes construcciones megalíticas -ahora en ruinas, como consecuencia de las cargas de profundidad arrojadas en 1928- donde, muchos años antes, los primeros Marsh y Phillips había mantenido contacto con los Profundos. Y nadamos entre las ruinas de la que en tiempos fuera gran ciudad, y entre ellas vi al primero de los Profundos, y su visión me llenó de horror. Era una caricatura grotesca de un ser humano en forma de rana; nadaba con unos movimientos exagerados, idénticos a los de los batracios. Se nos quedó mirando descaradamente con sus ojos abultados, sin ningún miedo, pues reconocía en nosotros a sus hermanos del exterior. Seguimos descendiendo entre monolitos, hasta llegar al piso del océano. La destrucción había sido enorme allí. De ese mismo modo habían sido derruidas otras ciudades submarinas, merced al empeño de un reducido numero de hombres determinados a evitar el regreso del gran Cthulhu.
Después, subimos y regresamos a la casa del promontorio, donde Ada había dejado sus ropas. Allí hicimos un pacto que nos uniría mutuamente, y proyectamos un viaje a Ponapé para continuar nuestra búsqueda.
A las dos semanas salimos con rumbo a Ponapé en un barco fletado, cuya tripulación ignoraba por completo el objeto del viaje. Confiábamos en el éxito; teníamos la esperanza de encontrar lo que buscábamos en alguna de las islas de Polinesia no registradas en las cartas de navegación. Y una vez hallado, nos uniríamos para siempre con nuestros hermanos de la mar, con los servidores que aguardan el día de la resurrección, cuando Cthulhu, y Hastur, y Lloigor, y Yog-Sothoth, se levanten de nuevo para vencer a los Dioses Arquetípicos en la titánica lucha que ha de venir.
En Ponapé establecimos nuestro cuartel general. Unas veces partíamos directamente desde allí para investigar; otras, zarpábamos en nuestro barco haciendo caso omiso de la curiosidad de los tripulantes. Registramos las aguas y en algunas ocasiones, tardamos varios días en volver. Mi metamorfosis no tardó mucho tiempo en completarse. No me atrevo a decir cómo ni de qué nos alimentábamos en aquellas expediciones submarinas. Una vez cayó al agua un gran avión de una línea comercial..., pero eso no sucedió más que una sola vez. Baste decir que sobrevivíamos, que hice cosas que sólo un año antes me habrían parecido propias de bestias, que únicamente nos impulsaba a seguir adelante la urgencia de nuestra búsqueda, y que nada nos importaba, sino vivir y alcanzar la meta que nos habíamos propuesto.
¿Cómo describir lo que vimos, y pedir después que se me crea? Encontramos las grandes ciudades del fondo oceánico. La más grande de todas, la más antigua, se hallaba frente a la costa de Ponapé. En ella pululaban los Profundos. Y entre las torres y las grandes lajas, entre alminares y cúpulas, paseamos días y días en aquella ciudad sumergida, casi perdida en medio de la vegetación submarina. Allí vimos cómo vivían los Profundos, confraternizamos con extraños seres acuáticos cuyo aspecto general recordaba a los pulpos, luchamos a menudo contra los tiburones, y sólo vivimos para servir a Aquel cuya llamada se oye en las profundidades, aunque no se sepa dónde yace y sueña con el día en que haya de volver.
Nuestras continuas exploraciones de ciudad en ciudad, de edificio en edificio, siempre a la busca del gran sello bajo el que yace El, transcurrían en un ciclo interminable de días y noches. Seguíamos adelante, animados por la esperanza y la acuciante urgencia de nuestro objetivo, que vislumbrábamos ante nosotros más cercano cada vez. El tiempo transcurría monótono. Sin embargo, cada día era diferente del anterior, y nadie podía predecir lo que nos depararía el siguiente. Cierto es que el barco que habíamos fletado no nos resultaba tan cómodo como habíamos pensado, ya que nos veíamos obligados a alejarnos de él en bote y buscar la costa de alguna isla que nos ocultara, para sumergirnos subrepticiamente hasta el fondo. Todo esto nos disgustaba. A pesar de las precauciones, los componentes de la tripulación hacían más preguntas cada vez, convencidos de que andábamos detrás de algún tesoro escondido y dispuestos a exigirnos su parte, de modo que se nos hacía difícil evitar sus preguntas y acallar sus crecientes sospechas.
Tres meses duraba ya nuestra busca, cuando hace dos días soltamos el ancla frente a una isla de roca negra, deshabitada, bastante apartada de las demás. Carecía de vegetación y su aspecto era yermo y desolado como si hubiera sido arrasada por un incendio. En efecto, parecía un solevantamiento geológico de roca basáltica, que en algún tiempo debió de emerger a gran altura sobre las aguas, pero que sin duda había sufrido intensos bombardeos durante la pasada guerra. Dejamos el barco, dimos la vuelta a la isla negra y nos zambullimos. También allí había una ciudad sumergida, igualmente en ruinas por la acción del enemigo.
Pero aun en ruinas, la ciudad no estaba deshabitada, y debido a su gran extensión, se veían bastantes zonas no dañadas. Y allí, en uno de los enormes edificios monolíticos, en el más grande y más antiguo, descubrimos lo que íbamos buscando. En el centro de una inmensa nave de techo más alto que el de una catedral, había una gran losa en cuya superficie se veía tallada la figura que había servido de modelo a los blasones de la residencia de mi tío: ¡el Sello de R'lyeh! Y recogidos ante él, oímos un ruido que brotaba de abajo, como el movimiento de un cuerpo tremendo y amorfo, inquieto como la mar, agitado por los sueños... Comprendimos que había llegado al final. Ahora podríamos dedicar una vida inmortal al servicio de Aquel Que Volverá a Levantarse, del que mora en las profundidades, del que sueña en los abismos y cuyos sueños significan el dominio de la tierra y de todos los universos, pues El necesitará de Ada Marsh y de mí para aplacar su indigencia hasta que suene la hora de su resurrección.
Escribo a bordo de nuestro barco. Es tarde ya. Mañana bajaremos otra vez, y buscaremos la forma de levantar el sello. ¿Fueron de verdad los Dioses Arquetípicos quienes precintaron la morada del Gran Cthulhu para impedir su regreso? ¿y nos atreveremos nosotros a hacer saltar el sello y comparecer ante la presencia de El Que Duerme allí? No estaremos solos Ada y yo; pronto habrá otro más, nacido ya en su elemento natural, para guardar y servir al Gran Cthulhu. Porque hemos oído su llamada y hemos obedecido, no estamos solos. Otros hay que vienen desde todos los rincones del mundo, nacidos también del apareamiento de los hombres con las mujeres de la mar, y pronto las aguas serán nuestras por entero, y después la Tierra toda, y más. Y gozaremos del poderío y la gloria para siempre.


Suelto aparecido el 7 de noviembre de 1947 en el Times de Singapur:

La tripulación del barco Rogers Clark ha sido puesta hoy en libertad, después de haber sido detenida con motivo de la desaparición del señor Marius Phillips y de su esposa, que habían fletado la citada embarcación para realizar ciertas investigaciones en las islas de Polinesia. El señor y la señora Phillips fueron vistos por última vez en las proximidades de un islote situado, más o menos, a 47° 53' latitud Sur, y 127° 37' longitud Oeste. Se habían alejado en bote, y abordaron la isla por la orilla opuesta a la que estaba fondeado el barco. Al parecer, del islote se lanzaron al agua, según varios miembros de la tripulación, quienes afirman haber presenciado un asombroso movimiento de agua en aquella parte de la isla. El capitán, que estaba en el puente junto con el primer piloto, declaró que ambos vieron cómo su patrón y su esposa eran lanzados al aire por un géiser, y cómo se sumergieron después. No volvieron a aparecer, aunque el barco estuvo aguardándoles varias horas. Al registrar la isla, hallaron las ropas de ambos esposos en el bote. En el sucucho de proa encontraron un manuscrito fantástico con pretensiones de veracidad, pero que, naturalmente, sólo contiene hechos ficticios. El capitán Morton dio parte a la policía de Singapur. No se ha encontrado rastro alguno del matrimonio Phillips
...

Al otro lado del umbral -- August Derleth

Al otro lado del umbral
August Derleth


.
I
En realidad, esta es la historia de mi abuelo. En cierto modo, sin embargo, pertenece a la familia entera, y por encima de ella, al mundo; y ya no existe razón alguna para ocultar los terribles detalles de lo que sucedió en la casa solitaria, perdida en lo más profundo de los bosques del norte de Wisconsin.
Las raíces de la historia retrotraen a las brumas de los primeros tiempos, muchísimo antes de los principios de la familia Alwyn, pero de esta parte no sabía yo nada en la época de mi visita a Wisconsin en respuesta a la carta de mi primo sobre el extraño debilitamiento de nuestro abuelo. abuelo. Desde niño, había considerado siempre a Josiah Alwyn algo así como un ser inmortal que no parecía cambiar a lo largo de los años: era un anciano de pecho abombado, con una cara llena y carnosa, decorada con un bigote muy recortados y una pequeña barba que suavizaba la angulosa de su mandíbula cuadrada. Sus ojos eran oscuros, no demasiado grandes, y sus cejas pobladas; llevaba el pelo largo, de suerte que su cabeza tenía un aspecto leonino. Aunque le vi poco mi juventud, dejó en mí una huella imborrable, durante los breves visitas que nos hacía no se hacía cuando pasaba por la casa solariega, próxima a Arkham, en Massachusetts; aquellas cortas visitas de paso hacia remotos rincones del mundo: el Tíbet, Mongolia, las regiones árticas y ciertas islas poco conocidas del Pacífico.
Hacía años que no le habían visto, cuando me llegó la carta de mi primo Frolin, que vivía con él en la vieja mansión que tenía mi abuelo en el corazón de los bosques y lagos del norte de Wisconsin: «Desearía que pudieses ausentarte de Massachusetts los suficiente como para venir hasta aquí. Ha pasado mucha agua bajo los puentes, y ha soplado mucho viento también, desde la última vez que estuviste. Francamente, creo que es muy importante que vengas. En las actuales circunstancias, no sé a quien dirigirme, ya que el abuelo no es el mismo, y necesito a alguien en quien poder confiar.» No habría nada que fuese claramente apremiante en la carta, y, sin embargo, daba una extraña sensación de perentoriedad; había algo entre líneas que inducía, invisiblemente, intangiblemente, a no dar más que una respuesta a la carta de Frolin; algo en la frase sobre el viento, en la forma de decir que el abuelo no era el mismo, y en la necesidad que expresaba de tener a alguien en quien poder confiar.
Pude pedir permiso en mi cargo de bibliotecario auxiliar de la Miskatonic University de Arkham, en el mes de septiembre; así que fui. Fui, inquieto por la casi misteriosa convicción de que le en la necesidad de ir urgentemente era grande: viaje en avión de Boston a Chicago, y de allí, en tren, al pueblo de Harmon, en lo o más profundos de la región boscosa de Wisconsin: un lugar de gran belleza natural, no en lejos de las costas del lago Superior, de suerte que era posible, en días de viento, escuchar el ruido del agua.
Frolin me esperaba en la estación. Mi primo frisaba casi los cuarenta años, pero aparentaba unos días menos, con sus ardientes e intensos ojos castaños, su boca suave y sensitiva, aunque el siempre había oscilado entre la gravedad y una especie de rudeza contagiosa: «La sangre irlandesa», como dijo una vez nuestro abuelo. Le miré directamente a los ojos al darnos la mano, tratando de descubrir alguna clave de su misteriosa zozobra, pero sólo vi que estaba efectivamente preocupado, pues sus ojos le traicionaban, al igual que las aguas de un estanque revelan las turbulencias del fondo, aunque tengan la superficie como el cristal.
-¿Qué ocurre? -pregunté, sentado a su lado en el cupé, mientras nos internábamos en la región de altos pinos-. ¿Está en cama el viejo?
Negó con la cabeza.
-¡Oh, no, nada de eso, Tony! -me lanzó una mirada extraña, contenida-. Ya lo verás. Espera y lo verás.
-¿Qué es, entonces? -insistí-. Tu carta era de lo más apremiante.
-Esperaba que lo fuera -dijo él, gravemente.
-Sin embargo, no es nada sobre lo que pueda preguntar -admití-. No obstante, algo pasa.
Sonrió.
-Sí, sabía que comprenderías. Te digo que ha sido difícil..., enormemente difícil. ¡Pensé en ti un montón de veces antes de sentarme a escribir esa carta, créeme!
-Pero si no está enfermo... Creí que me decías que no era el mismo.
-Sí, sí; eso te dije. Ahora espera, Tony; no seas tan impaciente; lo verás por ti mismo. Es su
mente, creo.
-¡Su mente! -Sentí una clara oleada de sorpresa y pesar, ante la idea de que el espíritu de nuestro abuelo hubiera comenzado a flaquear; el pensamiento de que aquel cerebro magnífico hubiera declinado era intolerable, y me negué a admitirlo-. ¡Eso no! -exclamé-. Frolin, ¿qué diablos ocurre?
El volvió sus ojos turbados hacia mí, una vez más.
-No lo sé. Pero creo que es algo terrible. Si fuese solamente el abuelo... Pero está la música, y luego todas esas cosas, los ruidos y olores y... -Captó mi mirada de asombro y desvió los ojos, casi con un esfuerzo físico, deteniendo su charla-. Pero se me olvidaba. No me preguntes más. Aguarda y lo verás por ti mismo -rió brevemente, con una risa forzada-. Quizá no sea el viejo el que está perdiendo el juicio. He pensado en eso a veces, también... con razón.
No dijo nada más, pero ahora empezaba a invadirme una especie de enervante temor, y durante un rato permanecí en silencio junto a él, pensando solamente que Frolin y el viejo Josiah Alwyn vivían juntos en aquella vieja casa, ignorando los pinos inmensos de los alrededores y el sonido del viento, y el fragante humo de las hojas quemadas que el aire arrastraba desde el noroeste. La noche cayó pronto en esta comarca poblada de oscuros pinos, y aunque aún se demoraban las últimas claridades en poniente, la oscuridad, desplegándose hacia arriba en una inmensa oleada azafrán y amatista, tomaba ya posesión del bosque por el que viajábamos. De la oscuridad brotaban los gritos de los grandes búhos cornudos y sus primos menores los autillos, prestando una magia imponderable a la quietud que sólo turbaban la voz del viento y el ruido del coche a través de la prácticamente solitaria carretera que conducía a la casa de los Alwyn.
-Ya casi estamos -dijo Frolin.
Las luces del coche cruzaron por encima de un pino desgarrado, fulminado por un rayo hacía años, el cual alzaba todavía dos ramas raquíticas arqueadas como brazos retorcidos hacia el camino: un viejo tocón hacia el que llamaron mi atención las palabras de Frolin, recordándome que estábamos a media milla de la casa.
-Si el abuelo te preguntara -me pidió entonces-, quisiera que no le dijeses que te he llamado yo. No sé si le gustaría. Puedes decirle que te encontrabas no lejos de aquí, y se te ocurrió hacernos una visita.
Nuevamente sentí curiosidad, pero me abstuve de presionar más a Frolin.
-¿Sabe él que vengo?
-Sí. Le dije que había tenido noticias tuyas y que iba a bajar a la estación a esperarte.
Comprendí que si el viejo pensaba que Frolin me había llamado por su salud, se molestaría y quizá se enfadaría; sin embargo, la petición de Frolin implicaba algo más, más que el simple deseo de salvaguardar el orgullo del abuelo. De nuevo se despertó en mí esa singular, intangible alarma, esa sensación repentina, inexplicable de temor.
La casa surgió súbitamente en un claro entre los pinos. Había sido construida por un tío de nuestro abuelo en tiempos de la colonización de Wisconsin, allá por la década de 1850: uno de los Alwyn marineros de Innsmouth, ese pueblo extraño y oscuro de la costa de Massachusetts. Era una construcción muy poco atractiva, adosada a la falda del monte como una vieja arrugada y ridículamente ataviada. Desafiaba muchas normas arquitectónicas, sin que por ello dejase de reflejar las facetas de la arquitectura de 1850, adoptando el más grotesco y pomposo aspecto de las construcciones de aquel entonces. Poseía una amplia galería, uno de cuyos costados conducía directamente a los establos donde antiguamente se guardaban caballos, birlochos y calesas, y donde ahora se albergaban dos coches, único rincón del edificio que mostraba alguna evidencia de haber sido restaurado desde que lo construyeron. La casa alzaba dos plantas y media sobre un sótano; probablemente -la oscuridad me impedía precisarlo con seguridad- estaba pintada todavía del mismo horrible color castaño; y a juzgar por la luz que salía de las ventanas encortinadas, el abuelo no se había tomado la molestia de instalar la luz eléctrica, contingencia para la que venía yo bien preparado, provisto de una linterna y una vela eléctrica, con pilas de repuesto para las dos.
Frolin metió el coche en el garaje, lo aparcó allí y sacó un poco de equipaje, abriendo la marcha hacia la puerta de la entrada, una gran pieza de roble de gruesos entrepaños, decorada con una enorme y ridícula aldaba de hierro. El vestíbulo estaba a oscuras, aunque de la puerta entreabierta del fondo surgía una débil luz que, no obstante, bastaba para iluminar espectralmente la amplia escalera que conducía al piso superior.
-Te llevaré primero a tu habitación -dijo Frolin, siguiendo escaleras arriba con el paso seguro del que frecuenta constantemente el lugar-. Hay una linterna en el pilar de la escalera, en el descansillo -añadió-, por si la necesitas. Ya conoces al viejo.
Encontré la luz y la encendí, entreteniéndome lo imprescindible, de modo que cuando subí a reunirme con Frolin, éste estaba ya junto a la puerta de mi habitación, la cual, como observé, se encontraba directamente encima de la entrada de la casa y, por tanto, orientada al oeste, como la propia casa.
-Nos está prohibido utilizar ninguna habitación de aquí arriba que dé al este del vestíbulo -dijo Frolin, clavando en mí sus ojos, como si dijese: «¡Ya sabes lo raro que se ha vuelto!» Esperó a que hiciera yo algún comentario, pero como seguí callado, prosiguió-: Así que tengo la habitación contigua a la tuya, y Hough está al otro lado de la mía, en el extremo sudeste. A propósito, como habrás adivinado, Hough está preparando algo de comer.
-¿Y el abuelo?
-Seguramente estará en su despacho. Recordarás la habitación.
Efectivamente, conocía aquella extraña habitación sin ventanas, construida bajo las explícitas indicaciones de nuestro tío-bisabuelo Leander, habitación que ocupaba casi toda la parte trasera de la casa, más el lado noroeste completo, y todo el ancho del costado oeste, salvo el pequeño ángulo sudoeste, acaparado por la cocina, cuya luz había visto yo filtrarse en el vestíbulo, al entrar. El despacho se había construido adentrándose en la ladera misma de la montaña, por lo que la pared este no tenía ventanas; pero no había razón, salvo la excentricidad del tío Leander, para no haber abierto ventanas en la pared norte. Aproximadamente en el centro de la pared este, efectivamente, y empotrado en el muro, había un enorme cuadro que llegaba del suelo al techo y ocupaba una anchura de casi dos metros. Si esta pintura, ejecutada al parecer por algún amigo desconocido de tío Leander -si no por mi propio tío-bisabuelo- hubiese tenido algún rasgo de genio o de talento fuera de lo usual, semejante ostentación podría haberse pasado por alto; pero no era así; se trataba de una representación prosaica por demás de un paisaje del norte de la comarca, en el que se veía una ladera, con una cueva rocosa que se abría en el centro del cuadro, un sendero borroso que conducía a ella, una bestia impresionante que evidentemente pretendía ser un oso, tan común en otro tiempo en esta región, dirigiéndose hacia ella, y por encima, algo que parecía una nube siniestra perdida entre los pinos, alzándose oscuramente en derredor. Esta dudosa obra de arte dominaba el despacho completa y absolutamente, a pesar de las estanterías de libros que ocupaban casi todo el espacio disponible de las paredes de la habitación, y de la absurda colección de rarezas diseminadas por todas partes: trozos de piedra y madera curiosamente labrados, extraños recuerdos de la vida marinera de nuestro tío-bisabuelo. El despacho tenía toda la falta de vida de un museo y, sin embargo, respondía a mi abuelo como algo vivo; hasta la pintura de la pared parecía adquirir frescor cuando él entraba.
-No creo que nadie que haya entrado en esa habitación pueda olvidarla -dije con una mueca.
-Se pasa casi todo el tiempo ahí. No sale apenas, y supongo que cuando llega el invierno sólo aparece a la hora de las comidas. Se ha llevado allí la cama también.
Me estremecí.
-No puedo imaginarme que se pueda dormir en esa habitación.
-Ni yo. Pero ya sabes, está trabajando en algo, y creo sinceramente que tiene trastornado el juicio.
-¿Otro libro de viajes, quizá?
Movió negativamente la cabeza.
-No, creo que es una traducción. Algo distinto. Un día encontró unos viejos papeles de Leander, y desde entonces parece haber empeorado progresivamente. -Alzó las cejas y se encogió de hombros-. Vamos. Hough tendrá ya preparada la cena, y tú tendrás ocasión de juzgar por ti mismo.
Las críticas observaciones de Frolin me habían predispuesto a ver a un anciano consumido. Al fin y al cabo, nuestro abuelo tenía setenta y tantos años, y no podía vivir eternamente. Pero físicamente no había cambiado en absoluto, por lo que pude apreciar. Allí estaba sentado para cenar: aún era el mismo anciano fuerte, su bigote y su barba no eran blancos, sino de un gris acerado, y su pelo era negro y abundante; tenía la cara igual de gruesa y colorada que siempre. En el momento de entrar yo, estaba comiendo con apetito un muslo de pavo. Al verme, alzó las cejas un poco, se quitó el muslo de la boca, y me saludó con el mismo calor que si me hubiese ausentado media hora.
-Tienes buen aspecto -dijo.
-Y tú -dije yo-. Estás hecho un curtido veterano.
Hizo una mueca.
-Muchacho, estoy detrás de la pista de algo nuevo: una región inexplorada, distinta de las africanas, asiáticas y árticas.
Lancé una mirada a Frolin. Evidentemente, esto era nuevo para él; fueran cuales fuesen las alusiones que nuestro abuelo había dejado escapar sobre sus actividades, no incluían esta novedad.
Me preguntó sobre mi viaje al Oeste, y el resto de la cena lo pasamos hablando de los demás parientes. Observé que el anciano volvía insistentemente sobre los largamente olvidados parientes de Innsmouth: ¿Qué había sido de ellos? ¿Les había visto alguna vez? ¿Qué aspecto tenían? Como yo no sabía prácticamente nada de nuestros parientes de Innsmouth, y abrigaba la firme convicción de que todos habían muerto durante la extraña catástrofe en la que muchos de los habitantes de esa apartada ciudad desaparecieron en el mar, no pude serle de ninguna ayuda. Pero el giro de estas preguntas inocentes me desconcertaba no poco. En mi condición de bibliotecario de la Miskatonic University, había oído extrañas e inquietantes alusiones al caso de Innsmouth, y a la intervención de la policía federal, así como otras historias sobre extraños agentes, carentes todas ellas de ese esencial halo de veracidad que hiciera verosímil la explicación de los terribles acontecimientos que habían ocurrido en dicha ciudad. Quiso saber, por último, si había visto yo algún retrato de ellos, y cuando le dije que no, se quedó manifiestamente decepcionado.
-Mira -dijo con desaliento-, no hay retratos de tío Leander, pero las gentes de Harmon que le conocieron me contaron hace años que era un hombre muy casero, que su aspecto les recordaba al de una rana. -Súbitamente pareció más animado, comenzó a charlar con un poco más de vivacidad-. ¿Tienes idea de lo que eso significa, muchacho? No, por supuesto. Sería esperar demasiado...
Guardó silencio durante un rato, tomando a sorbos su café, tamborileando sobre la mesa con los dedos, y mirando fijamente al vacío con expresión singularmente preocupada, hasta que, de pronto, se levantó y abandonó la habitación, invitándonos a que fuésemos a su despacho cuando hubiéramos terminado.
-¿Qué opinas ? -preguntó Frolin, tan pronto como oímos cerrarse la puerta del despacho.
-Es extraño -dije-. Pero no veo nada anormal, Frolin. Me temo...
El sonrió lúgubremente.
-Espera. No emitas un juicio todavía; apenas hace dos horas que estás aquí.
Nos dirigimos al despacho después de cenar, dejando que recogieran la mesa Hough y su esposa, quienes habían servido a mi abuelo durante veinte años en esta casa. El despacho estaba intacto, aparte la adición de la vieja cama doble, arrimada contra la pared que separaba esta habitación de la cocina. Mi abuelo estaba esperándonos, evidentemente, o más bien esperándome a mí; y si había tenido motivos para considerar críptico al primo Frolin, no hay palabra adecuada para calificar la subsiguiente conversación con mi abuelo.
-¿Has oído hablar alguna vez del Wendigo? -preguntó.
Admití que había tenido ocasión de leer referencias a este tema, juntamente con otras leyendas indias de la región del Norte: consistía en la creencia en un ser sobrenatural y monstruoso, de aspecto horrendo, que habitaba en las grandes soledades de los bosques.
Quiso saber si había pensado yo alguna vez que podía existir una relación entre esta leyenda del Wendigo y los elementos aéreos; y al contestar yo en sentido afirmativo, me expresó su curiosidad por saber cómo había llegado a conocer la leyenda india, tomándose el trabajo de explicarme que su pregunta no tenía nada que ver con el Wendigo.
-En mi condición de bibliotecario, tengo ocasión de tropezarme con un montón de cosas raras -contesté.
-¡Ah! -exclamó, echando mano de un libro que tenía cerca de su butaca-. Entonces, conoces indudablemente este libro.
Miré el pesado volumen de negra encuadernación, cuyo título en letras de oro iba estampado en el lomo únicamente: The Outsider and Others, de H. P. Lovecraft.
Asentí.
-Lo tenemos en nuestras estanterías.
-¿Lo has leído?
-Sí, claro. Es muy interesante.
-Entonces habrás leído lo que cuenta acerca de Innsmouth en su extraño relato, La sombra sobre Innsmouth. ¿Qué piensas de ello?
Reflexioné apresuradamente, traté de recordar la historia, y en seguida me vino a la memoria: era un cuento fantástico de horribles seres acuáticos, progenie de Cthulhu, bestia de origen primordial que vivía en las profundidades del mar.
-Ese hombre tenía bastante imaginación.
-¡Tenía! ¿Es que ha muerto?
-Sí, hace tres años.
-¡Ah! Y yo que pensaba aprender de él...
-Pero seguramente su ficción... -empecé.
Me detuvo.
-Si no puedes dar ninguna explicación sobre lo que ocurrió en Innsmouth, ¿cómo puedes estar tan seguro de que su relato es ficticio?
Admití que no podía; pero el anciano pareció perder todo interés. A continuación sacó un voluminoso sobre que tenía pegados muchos sellos de tres centavos de 1869, tan apreciados por los coleccionistas, y extrajo de él varios papeles que, según dijo, tío Leander había dejado con instrucciones de que fueran arrojados a las llamas. Su deseo, empero, no se había cumplido, explicó mi abuelo, y habían venido a parar a sus manos. Me tendió unas hojas y me pidió mi opinión, sin apartar un momento sus sagaces ojos de mí.
Las hojas pertenecían evidentemente a una carta larga, escrita a mano y con las frases más torpes que cabe imaginar. Además, muchas de dichas frases carecían de sentido, y la hoja que tenía yo delante estaba repleta de alusiones extrañas. Mis ojos captaron palabras tales como Ithaqua, Lloigor, Hastur; hasta que no devolví las hojas a mi abuelo, no se me ocurrió que había leído esas palabras en otro sitio, no hacía mucho tiempo. Pero no dije nada. Expliqué que no podía evitar la sensación de que tío Leander escribía con innecesaria confusión.
Mi abuelo rió entre dientes.
-Creía que lo primero que se te ocurriría iba a ser algo muy parecido a mi propia reacción; pero no, ¡me has fallado! ¡Indudablemente, está claro que todo esto está en clave!
-¡Naturalmente! Eso explicaría la torpeza de sus líneas.
Mi abuelo sonrió con afectación.
-Una clave bastante simple, pero adecuada..., totalmente adecuada. Todavía no he terminado de descifrarla. -Golpeó el sobre con el índice-. Parece que se refiere a esta casa, y hay una advertencia, repetida más de una vez, sobre que hay que tener cuidado de no traspasar el umbral, so pena de horribles consecuencias. Muchacho, he cruzado y recruzado cada uno de los umbrales de este edificio docenas de veces, sin consecuencias de ningún género. Así que, por lo tanto, en alguna parte debe haber un umbral que no he cruzado aún.
No pude reprimir una sonrisa ante su animación.
-Si a tío Leander se le extravió el juicio, el tuyo no parece irle muy en zaga -dije.
La conocida impaciencia de mi abuelo salió repentinamente a la superficie. Apartó los papeles de mi tío de una manotada, nos despidió a los dos con la otra, y dio a entender claramente que tanto Frolin como yo habíamos dejado de existir para él en ese instante.
Nos levantamos, murmuramos alguna disculpa y abandonamos la habitación.
En la semioscuridad del vestíbulo, Frolin me miró sin decir nada, contentándose con fijar sus ojos furibundos en los míos durante un minuto largo, antes de dar media vuelta y llevarme arriba, donde nos despedimos y nos retiramos cada uno a nuestra alcoba a descansar.
II
La actividad nocturna de la mente subconsciente ha sido siempre de hondo interés para mí, ya que me parece que se abren oportunidades sin límite ante cada individuo que está alerta. Muchas son las veces que me he ido a la cama agobiado por un problema, para encontrarlo resuelto -en la medida en que soy capaz de resolverlo- al despertar. De las otras actividades más tortuosas de la mente nocturna sé menos. Pero lo que sí sé es que esa noche me retiré dándole vueltas a la cabeza sobre dónde me había tropezado con las extrañas palabras de mi tío Leander, con la más enérgica y lúcida razón, y que me dormí por último sin haber encontrado respuesta a esta cuestión.
Sin embargo, cuando me desperté en la oscuridad, unas horas más tarde, supe inmediatamente que había leído esos extraños nombres propios en el libro de H. P. Lovecraft que teníamos en la Miskatonic, y sólo en segundo lugar me di cuenta de que alguien golpeaba a mi puerta, y que llamaba con voz apagada:
-Soy Frolin. ¿Estás despierto? Quiero pasar.
Me levanté, me puse la bata y encendí mi vela eléctrica. A todo esto, Frolin había entrado en la habitación; su cuerpo delgado temblaba ligeramente, quizá de frío, pues la brisa de la noche de setiembre que entraba por mi ventana no era ya veraniega.
-¿Qué ocurre? -pregunté.
Se acercó a mí, con una luz extraña en los ojos, y puso una mano sobre mi brazo.
-¿No oyes ? -preguntó-. Dios mío, quizá sea mi cabeza...
-¡No, espera! -exclamé.
De alguna parte del exterior, venía al parecer una música espectralmente hermosa: «Son flautas» , pensé.
-Es la radio del abuelo -dije-. ¿La suele escuchar a estas horas?
La expresión de su cara acalló mis palabras.
-La única radio de la casa la tengo yo. Está en mi habitación y no está tocando. Incluso te diré que tiene las pilas gastadas. Además, ¿has oído alguna vez esa clase de música por la radio?
Escuché con renovado interés. La música parecía extrañamente apagada, y no obstante, se oía bien. Observé, por otra parte, que no tenía una dirección definida: mientras al principio parecía provenir del exterior, ahora daba la sensación de que brotaba de debajo de la casa. Era como una rara melodía de flautas y caramillos.
-Es una orquesta de flautas -dije.
-O son las siringas de Pan -dijo Frolin.
-Esos instrumentos ya no se usan -objeté distraídamente.
-En la radio -puntualizó Frolin.
Le miré sorprendido; él me devolvió la mirada con seriedad. Se me ocurrió que su poco natural gravedad tenía una razón de ser, ya deseara él o no expresar con palabras esa razón. Le cogí del brazo.
-Frolin, ¿qué ocurre? Te noto alarmado.
Tragó saliva.
-Tony, esa música no viene de ninguna parte de la casa. Viene de fuera.
-Pero ¿quién iba a estar fuera? -pregunté.
-Nadie, ningún ser humano.
Por fin habíamos llegado. Casi con alivio, afronté esta posibilidad que había temido admitir ante mí mismo y que debía afrontar. Nadie..., ningún ser humano.
-Entonces, ¿ quién? -pregunté.
-Creo que el abuelo lo sabe -dijo-. Ven conmigo, Tony. Deja la luz; podemos hallar el camino a oscuras.
En el vestíbulo, me detuvo una vez más su mano tensa, sujetándome del brazo.
-¿Has notado eso? -susurró, siseante-. ¿Has notado eso también ?
-El olor -dije-. Es un olor vago, impreciso, a agua, a peces y a ranas y a habitantes de lugares acuáticos.
-¿Y ahora? -dijo él.
Súbitamente, el olor a humedad había desaparecido y en su lugar penetraba rápidamente un frío, derramándose en el vestíbulo como algo vivo la indefinible fragancia de la nieve, la apagada humedad del aire cargado de nieve.
-¿Comprendes por qué estaba yo preocupado ? -preguntó Frolin.
Sin darme tiempo a contestar, abrió la marcha escaleras abajo hasta la puerta del despacho del abuelo, por debajo de la cual brillaba aún una delgada raya de luz amarilla. Me daba cuenta, a cada escalón que descendíamos, de que la música aumentaba de volumen, aunque no se hacía más comprensible, y ahora, ante la puerta del despacho, se hizo evidente que provenía de dentro, y que la extraña variedad de olores venía igualmente de dentro. La oscuridad parecía palpitar de amenaza, cargada de un terror inminente y presagioso que nos envolvía como en una concha, hasta el punto de que Frolin temblaba a mi lado.
Alcé impulsivamente la mano y llamé.
No hubo respuesta en el interior, ¡pero en el instante en que sonó el golpe en la puerta, la música se detuvo, y los extraños olores se desvanecieron en el aire!
-¡No debías haber hecho eso! -susurró Frolin-. Si él...
Empujé la puerta. Cedió a mi presión y se abrió.
No sé qué esperaba ver allí en el despacho, pero desde luego no lo que vi. El aspecto de la habitación no había cambiado un ápice, quitando el hecho de que el abuelo se había acostado y la lámpara seguía ardiendo. Permanecí inmóvil unos instantes sin atreverme a creer el testimonio de mis ojos, estupefacto ante la prosaica escena que presenciaba. ¿De dónde había surgido la música que yo había oído? ¿Y los olores y fragancias del aire? La confusión se apoderó de mis pensamientos y estaba a punto de retirarme, turbado ante la expresión de descanso de mi abuelo, cuando habló él:
-Pasa, pasa -dijo, sin abrir los ojos-. Así que has oído la música también, ¿no? Había empezado a preguntarme por qué no la oía nadie más. Es mongólica, me parece. Hace tres noches era claramente india, del Norte otra vez, de Canadá y de Alaska. Creo que hay lugares donde Ithaqua es adorado todavía. Sí, sí..., y hace una semana, oí las últimas notas tocadas en el Tíbet, en la prohibida Lhassa de hace años, de hace décadas.
-¿Quién la tocaba? -exclamé-. ¿De dónde viene?
Abrió los ojos y se nos quedó mirando.
-Salía de aquí, creo -dijo, colocando la palma de la mano sobre el manuscrito que tenía delante, las hojas escritas por mi tío-bisabuelo-. Y la tocaban los amigos de Leander. Es la música de las esferas, muchacho... ¿Das crédito a tus sentidos?
-La he oído. Y Frolin también.
-¿Y qué pensará Hough? -murmuró el abuelo. Suspiró-: Casi lo tengo, creo. Sólo falta determinar con cuál de ellos se comunicaba Leander.
-¿Con cuál? -repetí-. ¿Qué quieres decir?
Cerró los ojos y la sonrisa le volvió brevemente a los labios.
-Al principio creía que era Cthulhu; Leander era marinero, al fin y al cabo. Pero ahora me pregunto si no serían criaturas del aire: Lloigor, quizá, o Ithaqua, al que creo que algunos indios llaman el Wendigo. Hay una leyenda que dice que Ithaqua se lleva a sus víctimas consigo a los espacios lejanos que hay por encima de la Tierra..., pero se me está olvidando todo otra vez, mi mente divaga.
Sus ojos se abrieron, y vi que nos miraban con una expresión singularmente lejana.
-Es tarde -dijo-. Necesito dormir.
-¿De qué estaba hablando, en nombre de Dios? -preguntó Frolin, ya en el vestíbulo.
-Vamos -dije.
Pero una vez en mi habitación, con Frolin aguardando a escuchar expectante lo que yo tuviera que decir, no supe cómo empezar. ¿Cómo hablar del saber preternatural que encerraban los textos prohibidos de la Miskatonic University, el espantoso Libro de Eibon, los oscuros Manuscritos Pnakóticos, el terrible Texto de R'lyeh, y el más tenebroso de todos, el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred? ¿Cómo contarle todas las cosas que se agolparon en mi mente al escuchar las extrañas palabras de mi abuelo, los recuerdos que emergían de lo más profundo...? ¿Cómo hablarle de los Primordiales, seres antiquísimos de increíble perversidad, dioses viejos que en un tiempo poblaron la Tierra y todo el universo que ahora conocemos, y quizá mucho más, y de los dioses arquetípicos del bien, y de las fuerzas del antiguo mal, ahora sometidas, y sin embargo, irrumpiendo eternamente, manifestándose en cortos períodos, de manera horrible, en el mundo de los hombres? Y si antes mi memoria no había sido lo bastante clara, o los había rechazado con la fuerza de mis prejuicios inherentes, ahora evocaba sus nombres terribles: Cthulhu, guía poderoso de las fuerzas de las aguas de la Tierra; Yog-Sothoth y Tsathoggua, moradores de las profundidades terrestres; Lloigor, Hastur e Ithaqua, el Ser-Nieve y EI-Que-Camina-en-el-Viento, que son elementos aéreos todos ellos. Era de estos seres de quienes mi abuelo había hablado; y la conclusión que había sacado resultaba demasiado clara para que pudiese pasarse por alto, o aun interpretarse de otro modo: que mi tío-bisabuelo había vivido en la apartada y ahora deshabitada ciudad de Innsmouth, que había tenido trato con al menos uno de estos seres. Y había otro corolario al que él no había llegado, pero que se desprendía de algo que había dicho por la tarde: que en algún lugar de la casa había un umbral que un hombre no debía atreverse a trasponer, y que había un peligro acechando al otro lado de ese umbral que no era sino la vía de retroceso en el tiempo, el camino de espantosa comunicación con los dioses primordiales que tío Leander había tenido.
Y sin embargo, no había captado toda la importancia de las palabras de mi abuelo. Aunque había dicho mucho, aún había mucho más por decir, y más tarde no pude culparme de no haber comprendido plenamente que las actividades de mi abuelo se orientaban hacia el descubrimiento de ese umbral secreto del que tío Leander hablaba tan crípticamente en sus cartas... ¡y a cruzarlo! En la confusión mental en que ahora me encontraba, preocupado con la antigua mitología de Cthulhu, Ithaqua y los dioses arquetípicos, no seguí los evidentes indicios que conducían a tan lógica conclusión, posiblemente porque temía instintivamente llegar demasiado lejos.
Me volví a Frolin y se lo expliqué lo más claramente que pude. El escuchó atentamente, haciendo de cuando en cuando alguna pregunta concreta, palideciendo ligeramente ante determinados detalles que no podía yo dejar de mencionar, y no se mostró tan escéptico como yo había pensado. Esto era en sí prueba del hecho de que aún había más cosas por descubrir sobre las actividades del abuelo e incidentes de la casa, aunque yo no me di cuenta inmediatamente. Sin embargo, iba a tardar poco en averiguar algo más sobre la razón fundamental de que Frolin hubiese aceptado en seguida mi explicación, necesariamente breve.
A mitad de una pregunta, dejó de hablar de repente, y asomó a sus ojos una expresión que indicaba que su atención se había desviado de mí, de la habitación, a algo más allá; se quedó en la actitud del que escucha, e impulsado por su gesto, me esforcé yo también por averiguar qué era lo que oía.
«Es sólo la voz del viento en los árboles, que se ha elevado ahora un poco -pensé-. Va a haber tormenta.»
-¿Oyes ? -preguntó él en un susurro estremecido.
-No -respondí quedamente-. Sólo el viento.
-Sí, sí... el viento. Te lo escribí, recuerda. Escucha.
-Vamos, Frolin, ten serenidad. Sólo es el viento.
Me dirigió una mirada compasiva y, dirigiéndose a la ventana, me hizo señas de que le siguiera. Me acerqué y me puse a su lado. Sin decir palabra, señaló hacia la oscuridad que envolvía la casa. Tardé un momento en acostumbrar mis ojos a la noche, pero después pude ver la línea de árboles recortada fuertemente contra el cielo limpio y estrellado. Y entonces, instantáneamente, comprendí.
Aunque el viento rugía y tronaba alrededor de la casa, nada turbaba la quietud de los árboles que tenía ante mis ojos: ¡ni una hoja, ni una copa, ni una ramita se mecía lo que es el espesor de un cabello!
-¡Dios mío! -exclamé, y retrocedí, alejándome del cristal como para borrar la visión de mis ojos.
-¿Comprendes ahora? -preguntó él, retirándose de la ventana también-. Yo ya lo he oído otras veces.
Se quedó inmóvil, como aguardando, y yo también esperé; a la sazón, el ruido del viento había alcanzado una intensidad sobrecogedora, de suerte que parecía como si la vieja casa fuera a ser arrancada de la ladera y lanzada valle abajo. En efecto, hubo un leve temblor en el mismo momento en que lo estaba pensando: una extraña vibración, como si la casa se estremeciera, y los cuadros de las paredes se movieran ligeramente, de manera casi furtiva, casi imperceptible, y sin embargo, inequívocamente visible. Miré a Frolin, pero su semblante no se había alterado; siguió allí, escuchando, de modo que comprendí que aún no habíamos llegado al final de esta singular manifestación. El ruido del viento era ahora un terrible, demoníaco aullido, acompañado de notas de música que por un momento se hicieron distintas, aunque tan perfectamente mezcladas con la voz del viento que al principio no se distinguían. La música era semejante a la de antes, como de flautas, y de cuando en cuando, de instrumentos de cuerda, pero ahora mucho más violenta, resonando con aterrador desenfreno, con un carácter de abominable maldad. Al mismo tiempo, ocurrieron otras dos manifestaciones. La primera fue el ruido como de caminar de alguien, de un gran ser cuyos pasos parecieron penetrar en la habitación desde el corazón mismo del viento; ciertamente, no se produjeron dentro de la casa, aunque había en ellos el inequívoco crescendo que denotaba su gradual aproximación. El segundo fue un repentino cambio de temperatura.
La noche, fuera, era calurosa para el mes de setiembre en el nórdico estado de Wisconsin, y la casa, también, se había mantenido razonablemente confortable. Ahora, de pronto, coincidiendo con los pasos que se acercaban, la temperatura comenzó a descender rápidamente, de modo que en poco tiempo el aire de la habitación se enfrió, y tanto Frolin como yo tuvimos que ponernos más ropa para no resfriarnos. Sin embargo, esto no parecía ser la culminación de las manifestaciones que tan claramente esperaba Frolin: seguía de pie, sin decir nada, aunque sus ojos, encontrándose con los míos de tiempo en tiempo, eran lo bastante elocuentes como para expresar su pensamiento. No sé el tiempo que permanecimos allí, escuchando los aterradores sonidos, antes de producirse el final.
Pero, súbitamente, Frolin me cogió del brazo, y con un ronco susurro, exclamó:
-¡Ahí! ¡Ahí están! ¡Escucha!
El ritmo de la espectral música había cambiado repentinamente y decrecía desde el violento frenesí anterior ; ahora se transformó en una melodía de una dulzura casi insoportable, con cierto matiz melancólico, y resultaba tan agradable como perversa había sido la anterior; sin embargo, la nota de terror no había desaparecido completamente. Al mismo tiempo, se hizo evidente un sonido de voces que se elevaron progresivamente en una especie de cántico, desde algún lugar de detrás de la casa..., como del despacho.
-¡Gran Dios del cielo! -grité, aterrado a Frolin-. ¿Qué ocurre ahora?
-Es por el abuelo -dijo-. Tanto si lo sabe él como si no, ese ser viene y canta para él -sacudió la cabeza y cerró los ojos un instante, antes de añadir amargamente en voz baja e intensa-: ¡Si hubiese quemado esos malditos papeles de Leander, como debía haber hecho...!
-Casi podrían entenderse las palabras -dije, escuchando atentamente.
Se oían palabras, pero no palabras que yo hubiese oído nunca; eran una especie de berridos horribles y primitivos, como si alguna criatura bestial, dotada de media lengua, aullase sílabas de insensato horror. Echamos a correr y abrimos la puerta; inmediatamente, los sonidos parecieron más claros, de forma que lo que yo había tomado por muchas voces era sólo una, capaz, no obstante, de producir la ilusión de multiplicidad. Las palabras -o quizá sería mejor que dijese sonidos, sonidos bestiales- se elevaban desde abajo como un aullido sobrecogedor:
-¡Ia! ¡Ia! ¡Ithaqua! Ithaqua cf'ayak vulgthumm. ¡Ia! ¡Uhg! ¡Cthulhu fhtagn! ¡Shub-Niggurath! ¡Ithaqua naflfhtagn!
Increíblemente, la voz del viento se elevaba y rugía cada vez más terriblemente, hasta el punto que pensé que la casa iba a salir despedida al vacío en cualquier momento, y Frolin y yo de sus habitaciones, y que nos iba a succionar el aliento de nuestros cuerpos desamparados. En la confusión de espanto y asombro que se apoderó de mí, pensé en ese instante en mi abuelo, que estaba abajo en el despacho, y, haciendo una seña a Frolin, eché a correr hacia la escalera, decidido, a pesar de mi horrible miedo, a ponerme entre el anciano y lo que le amenazase, fuera lo que fuese. Corrí a su puerta y me abalancé contra ella, y una vez más, como antes, cesaron todas las manifestaciones: como el chasquido de un interruptor, cayó el silencio, que momentáneamente se hizo aún más terrible.
Se abrió la puerta, y nuevamente me encontré ante mi abuelo.
Estaba sentado todavía como lo habíamos dejado antes, aunque ahora tenía los ojos abiertos, la cabeza un poco erguida y la mirada fija en el enorme cuadro de la pared este.
-¡En nombre de Dios! -grité-. ¿Qué es eso?
-Espero averiguarlo muy pronto -contestó con gran dignidad y gravedad.
Su absoluta carencia de temor sosegó algo mi propia alarma, y entré un poco más en la habitación, seguido de Frolin. Me incliné sobre su cama, procurando que fijara su atención en mí, pero siguió mirando el cuadro con singular intensidad.
-¿Qué estás haciendo ? -pregunté-. Sea lo que fuere, encierra peligro.
-Un explorador como tu abuelo difícilmente estaría satisfecho si no fuera así, muchacho -replicó con tono agrio y práctico.
Yo sabía que era verdad.
-Prefiero morir con las botas puestas a hacerlo aquí en la cama -prosiguió-. En cuanto a lo que has oído, no sé cuánto has oído tú..., pero es algo por el momento inexplicable. Pero quisiera llamar tu atención hacia la extraña acción del viento.
-No había viento -dije-. Me he asomado.
-Sí, sí -dijo con cierta impaciencia-. Muy cierto. Y sin embargo, ahí estaba el ruido del viento, y todas esas voces del viento... tal como las he oído en Mongolia, en las grandes regiones nevadas, en la lejana y secreta meseta de Leng, donde el pueblo Tcho-Tcho adora a extraños dioses antiguos... -De pronto se volvió hacia mí, y sus ojos me parecieron enfebrecidos-. ¿Te he hablado del culto a Ithaqua, al que algunos indios de Manitoba superior llaman a veces El-Que-Camina-en-el-Viento, y otros, efectivamente, el Wendigo, y sobre sus creencias de que El-Que-Camina-en-el-Viento ejecuta sacrificios humanos y se lleva a sus víctimas a parajes apartados de la Tierra, abandonándolas finalmente muertas? ¡Oh!, hay historias, muchacho, y leyendas muy extrañas... y algo más -se inclinó hacia mí ahora con fiera intensidad-: Yo mismo he visto cosas..., cosas encontradas en un cuerpo caído del aire..., cosas que no es posible que existan en Manitoba, cosas que pertenecían a Leng, a las islas del Pacífico -y me despidió con un movimiento de brazo, y una expresión de disgusto cruzó por su rostro-. No me crees. Piensas que desvarío. ¡Vete, regresa a tu sueño mezquino, y espera tu final a lo largo de la eterna miseria de monotonía, día tras día!
-¡No! Cuéntamelo ahora.
-Hablaré contigo por la mañana -dijo él cansadamente, echándose hacia atrás.
Me tuve que contentar con eso: era duro como el diamante, y no había forma de ablandarle. Le di las buenas noches de nuevo, y me retiré al vestíbulo con Frolin, que movía la cabeza lenta, negativamente.
-Cada vez está peor -susurró-. Cada vez el viento sopla con más fuerza, el frío es más intenso, las voces y la música más claras... ¡y el ruido de esos pasos más terrible!
Dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras; tras un momento de vacilación, le seguí.
Por la mañana, mi abuelo mostraba su habitual aspecto saludable. En el momento de entrar yo en el comedor, estaba hablando a Hough, evidentemente en respuesta a una petición, pues el viejo criado se mantenía respetuosamente inclinado mientras oía decir a mi abuelo que él y la señora Hough podían efectivamente tomarse una semana de vacaciones a partir de este momento, si la salud de la señora Hough requería ir a Wausau a visitar a un especialista. Frolin me miró a los ojos con crispada sonrisa; su rostro había perdido algo de color, lo que le daba un aspecto pálido y trasnochado, aunque comía con bastante apetito. Su sonrisa, y la breve mirada significativa de sus ojos hacia Hough cuando se retiraba, manifestaron a las claras que esta necesidad que les había sobrevenido a Hough y a su esposa era un modo de combatir las manifestaciones que tanto me habían perturbado en mi primera noche en la casa.
-Bueno, muchacho -dijo el abuelo alegremente-, ya casi se te ha ido el aspecto macilento que tenías anoche. Confieso que estaba preocupado por ti. Supongo que tampoco te sentirás tan escéptico como antes.
Rió entre dientes, como si acabara de decir un chiste. Por desgracia, yo no pude considerarlo así. Me senté y empecé a comer un poco, mirándole de cuando en cuando, esperando a que empezara la explicación de los extraños sucesos de la noche anterior. Como en seguida me di cuenta de que no tenía intención de explicarme nada, me vi obligado a pedírselo expresamente, cosa que hice con toda la dignidad posible.
-Siento mucho que no hayas podido descansar -dijo-. El hecho es que ese umbral del que habla Leander debe de encontrarse en algún lugar del despacho; anoche sentí la absoluta certeza de que era así, antes de que irrumpieras en mi habitación por segunda vez. Además, parece incuestionable que al menos un miembro de la familia tuvo relaciones con alguno de aquellos seres... Leander, naturalmente.
Frolin se inclinó hacia delante.
-¿Crees en ellos?
Nuestro abuelo sonrió agriamente.
-Debería resultar evidente que, cualesquiera que sean mis poderes, el alboroto que oísteis anoche difícilmente pudo ser provocado por mí.
-Sí, por supuesto -concedió Frolin-. Pero algún otro agente...
-No, no; queda por determinar solamente cuál. El olor a agua es signo de la progenie de Cthulhu, pero los vientos podrían deberse a Lloigor, o a Ithaqua, o a Hastur. Pero las estrellas no están en la posición favorable para que sea Hastur -prosiguió-. Así que debemos quedarnos con los otros dos. Son ellos, o uno de ellos, los que están justamente al otro lado del umbral. Quiero saber qué hay más allá de ese umbral, si puedo descubrirlo.
Parecía increíble que mi abuelo hablase con tanta indiferencia sobre estos seres antiguos; su aire prosaico era en sí mismo tan alarmante como los acontecimientos de la noche. La temporal sensación de seguridad que había sentido yo al verle desayunar desapareció; empecé a tener conciencia nuevamente de ese creciente temor que había experimentado cuando me aproximaba a la casa, la pasada tarde, y lamentaba haber forzado mi interrogatorio.
Si mi abuelo sabía algo, no lo manifestó. Siguió hablando con el tono del profesor que realiza una investigación científica para beneficio del auditorio que tiene delante. No cabía duda, dijo, que existía una relación entre los sucesos de Innsmouth y el contacto exterior no humano de Leander Alwyn. ¿Abandonó Leander la ciudad de Innsmouth originalmente por el culto a Cthulhu que existía allí, porque él también se vio aquejado de esa singular transformación facial que afectó a tantos habitantes de la maldita Innsmouth, confiriéndoles aquella extraña fisonomía de batracio que horrorizó a los investigadores federales que fueron a inspeccionar el caso? Quizá fuera eso. En todo caso, al dejar atrás el culto de Cthulhu, se abrió camino hacia las regiones inexploradas de Wisconsin y estableció contacto de algún modo con alguno de los otros seres más antiguos, Lloigor o Ithaqua; todos ellos, hay que decir, fuerzas elementales del mal. Al parecer, Leander Alwyn era un hombre perverso.
-Si hay alguna verdad en todo esto -exclamé-, entonces habría que hacer caso de la advertencia de Leander. ¡Abandona ese descabellado empeño en descubrir el umbral del que hablas!
Mi abuelo me miró un instante con calculada indulgencia; pero era evidente que no se sentía aludido por mi explosión.
-Ahora que me he embarcado en esta exploración, pienso seguirla. Al fin y al cabo, Leander murió de muerte natural.
-Pero, según tu propia teoría, había tenido relaciones con esos... seres -dije-. Tú no tienes ninguna. Te atreves a salir -a los espacios desconocidos, por así decir, sin tener en cuenta los horrores que puedes encontrar.
-Cuando estuve en Mongolia me tropecé con horrores también. Jamás en la vida pensé que saldría con vida de Leng. -Calló, meditabundo, y luego se levantó lentamente-. No; me propongo descubrir el umbral de Leander. Y esta noche, oigáis lo que oigáis, no tratéis de interrumpirme. Sería una lástima que, después de tanto tiempo, me volviese a retrasar vuestra impetuosidad.
-Y cuando hayas descubierto el umbral -exclamé-, ¿qué?
-No estoy seguro de que quiera cruzarlo.
-Puede que no dependa de ti el elegir.
Me miró un instante en silencio, sonrió amablemente, y abandonó la habitación.
III
Aun ahora que ha pasado tanto tiempo, me resulta difícil narrar los acontecimientos de aquella noche catastrófica, por lo vívidamente que me vuelven a la memoria, a pesar del prosaico ambiente de la Miskatonic University, donde tantos y tan tremendos secretos se ocultan en textos antiguos y poco conocidos. Y sin embargo, para comprender los difundidos acontecimientos que ocurrieron después, es preciso conocer los sucesos de aquella noche.
Frolin y yo pasamos la mayor parte del día revisando los libros y papeles de mi abuelo, con intención de comprobar ciertas leyendas a las que se había referido en sus conversaciones, no sólo conmigo, sino con Frolin antes de mi llegada. A lo largo de toda su obra aparecían infinidad de alusiones crípticas, pero no encontramos más que un relato relacionado con nuestra investigación: una historia algo oscura, declaradamente de origen legendario, concerniente a la desaparición de dos habitantes de Nelson, Manitoba, y un oficial de la Policía Montada de la Royal Northwest, y la reaparición de los tres como llovidos del cielo, helados y muertos o moribundos, balbuciendo palabras sobre Ithaqua, El-Que-Camina-en-el-Viento, y sobre muchos lugares de la faz de la Tierra, y portando consigo extraños objetos, propios de lejanas regiones, que jamás se había sabido que poseyeran en vida. La historia era increíble, y sin embargo, estaba claramente relacionada con la mitología consignada en The Outsider and Others y las que se relataban en los Manuscritos Pnakóticos, el Texto de R'lyeh y el terrible Necronomicón.
Aparte de esto, no encontramos nada que se relacionase de manera palpable con nuestro problema, así que nos resignamos a esperar a que llegase la noche.
En la comida y la cena, preparadas por Frolin en ausencia de Hough, mi abuelo se comportó con la normalidad de costumbre, sin aludir para nada a su extraña aventura, comentando solamente que ahora tenía la prueba concreta de que había sido Leander quien había pintado ese poco atractivo paisaje de la pared este del despacho, y que esperaba que pronto -dado que estaba llegando al final de su tarea de descifrar la larga y vaga carta de Leander- descubriría la clave esencial de ese umbral del que hablaba, y al que se refería ahora cada vez más. Cuando se levantó de la mesa, nos advirtió de nuevo solemnemente que no le interrumpiésemos por la noche, so pena de causarle el mayor disgusto, y acto seguido se metió en aquel despacho, del que no volvió a salir ya nunca.
-¿Crees que vas a poder dormir? -me preguntó Frolin cuando nos quedamos solos.
Negué con la cabeza.
-Imposible. Permaneceré en vela.
-Creo que no le gustaría que nos quedásemos abajo -dijo Frolin, frunciendo levemente el ceño.
-Me iré entonces a mi habitación -dije-. ¿Y tú?
-Me quedaré contigo, si no te importa. El se propone llegar al final, y no hay nada que podamos hacer hasta que nos necesite. Puede llamar...
Yo tenía la desagradable convicción de que si mi abuelo nos llamaba, sería demasiado tarde, pero me abstuve de expresar mis temores en voz alta.
Los sucesos de esa noche empezaron como en la anterior: con los acordes de aquella música espectralmente hermosa, como de flautas, que brotaba de la oscuridad que envolvía la casa. Después, al cabo de un rato, comenzó el viento, y el frío, y la voz ululante. Y entonces, precedido por un aura de maldad tan grande que casi nos asfixiaba en la habitación, sucedió algo más, algo indeciblemente espantoso. Frolin y yo estábamos a oscuras; yo no me había molestado en encender mi vela eléctrica, dado que ninguna luz podría revelarnos el origen de todas estas manifestaciones. Fui a la ventana y, cuando el viento empezó a levantarse, miré una vez más hacia la línea de árboles, pensando que, con toda certeza, se agitarían con la enorme embestida del viento; pero una vez más, no vi nada, ni un leve movimiento en esa quietud. Ni una nube tampoco en el cielo; las estrellas brillaban vivamente, las constelaciones del verano descendían hacia el borde occidental de la Tierra indicando el otoño en el firmamento. El ruido del viento se había elevado invariablemente, de forma que ahora adquirió la furia de un ventarrón; y no obstante, ni un movimiento turbaba la línea de árboles más oscuros que la negrura del cielo.
Pero súbitamente -tan súbitamente que por un instante parpadeé en un esfuerzo por convencerme de que un sueño había nublado mi visión-. en una amplia zona del firmamento ¡desaparecieron las estrellas! Me puse de pie y pegué la cara contra el cristal. Era como si hubiese surgido una nube de repente en el cielo, a la altura casi del cenit; pero no era posible que surgiese ninguna nube a esa velocidad. A ambos lados, y por encima, brillaban aún las estrellas. Abrí la ventana y me asomé, tratando de seguir el oscuro perfil que se recortaba contra las estrellas. ¡Era el perfil de un animal inmenso, una horrible caricatura de hombre, la cual elevaba hasta el cielo lo que semejaba una cabeza, y allí, en el lugar donde podían situarse los ojos, resplandecían con un rojo encendido como dos estrellas de fuego! ¿O eran estrellas? En ese mismo instante, los ruidos de pasos que se aproximaban aumentaron hasta tal punto que la casa se estremecía y temblaba con sus vibraciones, la furia demoníaca del viento se elevó a unas proporciones indescriptibles, y el ulular alcanzó tal grado que resultaba enloquecedor.
-¡Frolin! -llamé roncamente.
Noté que se ponía a mi lado, y un instante después sentí que me apretaba frenéticamente el brazo. ¡Así pues, él también lo había visto, no era una alucinación, ni un sueño, ese ser gigantesco que se recortaba sobre las estrellas y se movía!
-¡Se mueve! -susurró Frolin-. ¡Oh, Dios, viene hacia aquí!
Se alejó despavorido de la ventana, y yo también. Pero un instante después, la sombra del cielo había desaparecido, y volvían a brillar las estrellas. El viento, no obstante, no había disminuido un ápice en intensidad; si era posible, se hacía más feroz y violento por momentos; la casa entera se estremecía y temblaba, mientras aquellas pisadas atronadoras sonaban y resonaban en el valle que se abría ante la casa. Y el frío se fue intensificando, de modo que el aliento nos salía en forma de un vapor blanco en el aire: era un frío como de los espacios exteriores.
Por encima de la confusión de la mente, pensé en la leyenda que contaban los papeles de mi abuelo: la leyenda de Ithaqua, cuya característica consistía en el frío y la nieve de las lejanas regiones árticas. Estaba recordando esto, cuando un coro espantoso de aullidos, cántico triunfal de miles de bocas bestiales, me lo borró todo de la mente:
-¡Ia! ¡Ia! ¡Ithaqua, Ithaqua! ¡Ai! ¡Ai! ¡Ai! Ithaqua cf'ayak vulgtumm vugtlagln vulgtumm. ¡Ithaqua fhtagn! ¡Ugh! ¡Ia! ¡Ia! ¡Ai! ¡Ai! ¡Ai!
Al mismo tiempo, sobrevino un estallido atronador, e inmediatamente después, la voz de mi abuelo se elevó en un grito terrible, un grito que se convirtió en un alarido de mortal terror, de forma que los nombres que quiso pronunciar -el de Frolin y el mío- se perdieron, se ahogaron en su garganta bajo la fuerza del horror que se le había manifestado.
Y tan repentinamente como se dejó de oír su voz, cesaron todos los demás fenómenos, dejando ese silencio espectral y prodigioso que nos envuelve como una nube de fatalidad.
Frolin llegó a la puerta de la habitación antes que yo, aunque no me quedé atrás. Se cayó en mitad de la escalera, pero se incorporó a la luz de mi vela eléctrica, que había cogido yo al salir, y juntos arremetimos contra la puerta del despacho, llamando al anciano.
No contestó ninguna voz, aunque la raya amarilla de la puerta probaba que aún ardía la luz de su lámpara.
La puerta estaba cerrada por dentro, de modo que fue necesario derribarla para poder entrar.
No encontramos rastro alguno de mi abuelo. En la pared este, en cambio, se abría una gran cavidad, donde había estado la pintura, ahora tumbada en el suelo -una abertura rocosa que conducía a las profundidades de la tierra-, y por encima de todo cuanto había en la habitación se extendía la marca de Ithaqua: una fina capa de nieve, cuyos cristales brillaban como un millón de joyas diminutas bajo la luz amarilla de la lámpara de mi abuelo. Aparte del cuadro, sólo la cama estaba desordenada, ¡como si el abuelo hubiera sido arrebatado de ella por una fuerza prodigiosa!
Corrí apresuradamente adonde el anciano había guardado el manuscrito de tío Leander, pero no estaba; no había ni rastro de él. Frolin dio un grito repentino, y señaló el cuadro que tío Leander había pintado, y luego el boquete que se abría ante nosotros.
-Estaba ahí... el umbral -dijo.
Y vi lo mismo que él, como lo había visto el abuelo, pero demasiado tarde: ¡el cuadro de tío Leander no era más que la representación del lugar donde se había construido la casa para ocultar la cavernosa abertura de la ladera, el umbral secreto sobre el que advertía el manuscrito de Leander, el umbral por el que mi abuelo había desaparecido!
Aunque no hay mucho que añadir, queda por revelar el más maldito de todos los hechos extraños. La policía del condado practicó una inspección completa de la caverna, auxiliada por algunos intrépidos aventureros de Harmon; descubrió que tenía varias aberturas, y comprobó que cualquiera que quisiese llegar hasta la casa a través de la caverna, habría tenido que entrar por una de las innumerables hendiduras descubiertas en los montes de los alrededores. La naturaleza de las actividades de tío Leander quedó revelada tras la desaparición del abuelo. Frolin y yo nos vimos en serias dificultades debido a las sospechas de la policía del condado, pero finalmente nos pusieron en libertad, al no aparecer el cuerpo de mi abuelo.
Pero desde esa noche, comenzaron a esclarecerse ciertos hechos; hechos que, a la luz de las alusiones de mi abuelo, juntamente con las horribles leyendas contenidas en los libros raros que guardamos aparte aquí, en la biblioteca de la Miskatonic University, son condenables y condenablemente incontrovertibles.
El primero de ellos es la serie de gigantescas huellas de pies encontradas en la tierra en el lugar donde se alzó aquella noche la sombra que cubría las estrellas de los cielos, la increíble anchura y profundidad que tenían, como si hubiese caminado por allí un monstruo prehistórico, y los pasos de un kilómetro de extensión que se dirigían más allá de la casa y desaparecían en una grieta que conducía a la caverna secreta, dejando un rastro idéntico al descubierto en la nieve al norte de Manitoba donde aquellos desdichados viajeros, y el oficial enviado a buscarles, desaparecieron de la faz de la Tierra.
El segundo es el descubrimiento del cuaderno de notas de mi abuelo, junto con una parte del manuscrito de tío Leander, encontradas ambas cosas en una capa de hielo, en el interior de los nevados bosques que hay más arriba de Saskatchewan, con todos los indicios de haber caído desde una gran altura. La última anotación estaba fechada el día de su desaparición, a finales de setiembre; el cuaderno no fue hallado hasta el mes de abril del siguiente año. Ni Frolin ni yo nos atrevimos a exponer la explicación de su extraña aparición que en seguida nos vino a la cabeza, y juntos quemamos aquella horrible carta y la imperfecta traducción que nuestro abuelo había hecho, traducción que en sí misma, tal como estaba escrita, con todas las advertencias contra el terror del otro lado del umbral, había servido para invocar del exterior a una criatura tan horrible que jamás ha intentado nadie describirla, ni aun esos escritores antiguos cuyos tenebrosos relatos se hallan difundidos por toda la faz de la Tierra.
Y por último, la prueba más concluyente, la más tremenda de todas: el descubrimiento, siete meses más tarde, del cadáver de mi abuelo en una pequeñísima isla del Pacífico, no lejos de Singapur, al sudeste, y el singular informe que dieron de su estado: perfectamente conservado, como en hielo; tan frío, que nadie pudo tocarlo con las manos desnudas hasta los cinco días de su descubrimiento; aparte de esto, estaba el hecho singular de que lo encontraron medio enterrado en arena, ¡como si "hubiese caído de un aeroplano"! Ni a Frolin ni a mí nos pudo caber la menor duda; ésta era la leyenda de Ithaqua: se llevaba a sus víctimas consigo hacia regiones apartadas de la Tierra en el tiempo y el espacio, antes de deshacerse de ellas. Y era innegable que mi abuelo había estado vivo durante parte de ese viaje, y si abrigábamos alguna duda sobre ello, las cosas encontradas en sus bolsillos, recuerdos recogidos de extraños y secretos lugares -y que nos enviaron a nosotros-, constituían el testimonio irrebatible y definitivo: la placa de oro, con una representación miniada de una lucha entre seres antiguos, la cual llevaba en su superficie inscripciones con trazos cabalísticos, placa que el doctor Backham de la Miskatonic University identificó como procedente de alguna región situada más allá de la memoria del hombre; el abominable libro escrito en birmano, que revelaba horripilantes leyendas de esa lejana y oculta meseta de Leng, tierra del terrible pueblo Tcho-Tcho; y finalmente, ¡la repulsiva y bestial miniatura, tallada en piedra, de una monstruosidad infernal caminando sobre los vientos, por encima de la Tierra!

Chitterton House -- August Derleth

Chitterton House
August Derleth


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Ninguna persona acomodada de Winterton puso jamás una casa sin llamar a Philander Potts para que lo "hiciera" por ella. Philander Potts: decorador de interiores, era la cumbre de la perfección; era el más capacitado para juzgar en cuanto a combinación de colores, diseños de papel tapiz, acabados en madera, y todas esas pequeñeces que cautivan a las mujeres; suya era la última y definitiva palabra en lo relativo a cortinajes y toda clase de decorados, desde el sencillo y efectivo hasta el más recargado y ostentoso, adecuado para aquellos felices mentecatos que imaginan que la presencia de algo deslumbrante es prueba positiva de su progreso en el mundo material e intelectual.
Philander Potts, en una palabra, era poseedor de un gusto impecable y ninguna falsa modestia le impedía admitirlo como un hecho. El suyo era un éxito trabajosamente conquistado. Se había iniciado con una pequeña tienda, pero, habiendo sido dotado de un descaro inacabable y careciendo de escrúpulos de especie alguna, había hecho que sus competidores quebraran, uno a uno, hasta que, finalmente, quedó como único decorador de interiores con cierta categoría en la ciudad. Llegó a ser un implacable dictador en los negocios y en el hogar; sus ayudantes, su esposa e hijos bailaban al son que les tocara, y, si él era feliz, ellos no lo eran, aunque la felicidad de los demás no era su problema.
Ya hemos comentado que la gente se sentía francamente orgullosa de tener una casa "puesta" por Potts, y, de entre todos, Potts era el más orgulloso; ciertamente, en sus momentos más caprichosos, imaginaba que toda la ciudad de Winterton, tarde o temprano, sería una creación y una recreación de Potts; soñaba en el lejano día en que la gente hablaría de una "ciudad de Potts". ¡ Ah vanidad humana !
Potts creyó entrever el principio de la realización de su grandísimo sueño cuando las jóvenes y huérfanas hermanas Laver compraron la tanto tiempo abandonada Chitterton House, otrora, en los nada lamentados años setenta, casa grande de Winterton. Al punto, las damitas fueron a ver a Philander Potts, y éste, pese a su tendencia a la obesidad, las recibió acicalado, perfumado y elegante como siempre. Las Laver eran agraciadas, rubia y de ojos cafés la una, trigueña y de ojos azules la otra.
- Queridas señoras -ronroneó Philander Potts-, han venido para hablarme de su nueva casa. O, tal vez debiera yo decir, de la vieja casa que quedará como nueva cuando yo termine mi trabajo.
- Es cierto que necesitamos sus consejos -admitió Janna, la rubia, con loable precaución-.
- Verá usted señor Potts -terció Edna-, tenemos un problema bastante especial. Y, a decir verdad, no sabemos si usted está o no capacitado para resolvérnoslo.
Philander Potts se irguió hasta donde su barriga se lo podía permitir y arrugó el ceño de manera impresionante.
- Todavía no he encontrado problema que no haya podido solucionar -sentenció-.
- Al parecer, en la casa tenemos una habitación embrujada -prosiguió Edna, mientras que una leve arruga aparecía en la parte superior de su frente.
- ¿Ah, si? -dijo Potts, alzando las cejas irónicamente-.
- Se trata de un recibidor que hay en el segundo piso -continuó Edna-.
Potts tomó asiento, puso las manos sobre su escritorio y se inclinó hacia el frente, interesado.
- Cuénteme, cuénteme -instó-.
Entre las dos, las hermanas Laver resumieron sus peripecias con el recibidor del segundo piso. Se trataba de una vasta habitación, amueblada segun los gustos de 1.870, con una amplia vista de la ciudad, ya que la casa se levantaba en la cima de una loma que dominaba casi por entero la ciudad. Como la habitación estaba junto a un dormitorio y a un baño, era ideal para el uso de una de las hermanas o de los huéspedes. Había sido la pieza favorita de los últimos Chitterton, las señoritas Lavinia y Hester, mujeres extrañas e introvertidas que vivieron en reclusión, completamente alejadas de cualquier actividad social. En vida, no habían permitido que se hiciera ningún cambio en la habitación, y era del todo evidente que no estaban dispuestas a permitirlo después de su muerte.
Las almas de las Chitterton obviamente se habían adueñado del recibidor. Cada vez que alguna silla era movida siquiera un centímetro, volvía a su antigua posición poco después, sin que mano humana alguna hubiera intervenido. Cierto día, las hermanas Laver y la servidumbre habían arreglado el mobiliario antiguo, en espera de la llegada del nuevo; la laboriosa tarea les había llevado toda una tarde. Sin embargo, a la mañana siguiente, tras el acompañamiento nocturno de estrenduosos golpeteos y martilleos, todos los muebles se hallaban de vuelta en el lugar en que las Chitterton los habían dejado, y en el que pacientemente querían que siguieran. Las hermanas Laver querían dejar claramente asentado que, por su parte, no temían ni a fantasmas ni a cualquier otra especie de manifestaciones de lo sobrenatural, pero que estaban decididas a que el recibidor visitado por los espectros fuera redecorado.
- Haré de él una obra maestra -les aseguró Potts- mandaréa mis operarios mañana por la mañana.
- El precio no será obstáculo -dijo Edna, poniéndose en pie-.
Philander Potts respaldaba y respetaba de corazón aquella actitud; por ella se hizo casi untuoso y duplicó su natural venero de solicitud, tanto que él, en persona, llevó a las hermanas Laver hasta la salida.
Muy de mañana se presentaron los ayudantes de Potts en la casa. Su llegada coincidió con la de los nuevos muebles comprados para el recibidor del segundo piso. Todo fue fortuito. Los ayudantes no perdieron tiempo en sacar todos los muebles dejados por los Chitterton, para desecharlos y sustituirlos con las nuevas piezas adquiridas por las Laver en Cleveland.
Después del almuerzo, el propio Potts apareció en escena. Encontró a sus ayudantes desolados.
- ¿Que han estado haciendo? -les preguntó bruscamente-.
- Moviendo los muebles solamente -le respondió Jennings, el ayudante de más edad.-
- Pero, si han tenido toda la mañana -gruñó Potts con la más desagradable de sus voces-.
- Necesitamos muchas mañanas más -dijo Martin, el otro operario-.
Ambos hicieron intentos de explicar lo sucedido antes de que Potts designara a Jennings para hacerlo. Entonces, éste hizo una detallada relación de sus actividades de aquella mañana: el cambio de muebles, la selección del color de la alfombra, la plática con las hermanas Laver acerca del papel tapiz -ya que aquel horribe importado de Francia, descolorido y viejo como estaba, debía desaparecer- y, finalmente, de la ida a almorzar, hora durante la cual todos los muebles habían sido colocados en su actual posición.
De paso, aquella era la misma disposición que tenían los muebles desechados; quienquiera que hubiese llevado adelante aquel molesto juego era, por lo menos, consistente; los nuevos muebles simplemente habían sido puestos en el lugar de los antiguos; si algún agente no humano era responsable de las perturbaciones ocurridas en el recibidor del segundo piso, ese agente se había resignado a la pérdida de los muebles antiguos. Que duda de que se resignaría de la misma manera a otros cambios, a despecho de las hermanas Laver.
- Muy bien adelante -dijo Potts-. No se preocupen por los muebles. Déjenlos en donde están. ¿Ya han escogido las señoritas Laver la alfombra?.
- Si, señor. Es una excelente alfombra color vino.
- ¿Y el papel de la pared?
- Todavía hay dudas al respecto.
- Me llevaré el muestrario para hablar con ellas.
Potts fue en busca de las hermanas Laver y se sentó en medio de ellas con el muestrario de papel tapiz. Como habían escogido una alfombra color vino, seguramente para las paredes desearían algo en color vino con ocre, cobre, bronce, o tal vez pardo oscuro. Potts creía tenerlo todo arreglado. Con ademanes estudiados abrió el muestrario en la página justa, dejando ver un nuevo diseño de figuras multicolores sobre un fondo siena, un diseño que representaba las calles de una ciudad, con diminutos seres humanos que caminaban en todas las direcciones. Era un papel lleno de colorido, mas no llamativo.
-¡ Magnífico ! -exclamó Janna-.
- Es algo realmente nuevo -apuntó Potts, con aire de quien confía un inapreciable secreto-. Yo diría que no hay otro igual en Winterton. Y, naturalmente, si usted se deciden a ponerlo, les aseguro que no habrá nunca otro así.
- ¿Lo tienen en existencia? -inquirió Edna, con sentido práctico-.
- En grandes cantidades, créame.
- Muy bien. Me gusta
- A mi también -dijo Janna-.
- Permítame felicitarlas por su exquisito gusto, estimadas señoras -murmuró Potts-.
El decorador volvió al segundo piso y ordenó a sus ayudantes que pintaran el techo de amarillo claro, mientras del almacén llegaba el papel de la pared. Salió de la casa eminentemente complacido por el hecho de que las hermanas hubieran escogido uno de los materiales más caros que podía ofrecerles. Una vez en su establecimiento, ordenó que se enviara a Chitterton House papel en cantidad suficiente para cubrir las paredes del recibidor visitado por los espíritus. Cuando sus ayudantes volvieron, a las seis de la tarde, le informaron que el techo estaba ya pintado y que había sido cubierta una de las paredes. A las ocho, las hermanas Laver llamaban por teléfono para informar que todo el papel que había sido colocado se habái desprendido.
Al día Potts se presentó en Chitterton House con sus ayudantes. Iba lleno de justa indignación y de su acostumbrada egolatría, que era inmensa. ¡Nunca se había desprendido ningún papel de Potts!. Observó, con ira, la devastación de que había sido objeto el recibidor. Únicamente el techo quedaba intacto.
- Lo primero es desprender todo el papel tapiz antiguo -decidió-
Dicho lo anterior, pusieron manos a la obra. Jennings y Martin observaban a su patrón con disimulado interés morboso. Philander Potts no pudo entender aquello en un principio, pero pronto acabó
por comprender. Mientras desprendía el papel antiguo de la pared, tuvo conciencia de una molesta especie de intromisión, como si ráfagas de viento surgieran de la nada para azotar el papel contra su rostro, o como si manos fantasmas trataran de impedirle la realización de su trabajo. No dudaba de que sus ayudantes hubieran sufrido intromisiones semejantes, mas, por su parte, de ninguna manera estaba dispuesto a mostrar que las había notado. Sin embargo, resultaban extremadamente molestas y no menos descorcentantes. En la habitación no había corrientes de aire manifiestas; las ventanas estaban cerradas, lo mismo que la puerta.
No se veía claramente de dónde podía provenir el aire. En realidad, Potts tampoco lo sentía; todas sus observaciones tenían como base la agitación del papel tapiz desprendido, tal como si él mismo estuviera animado, moviéndose por voluntad propia, siguiendo un singular plan predeterminado, como queriendo desalentarlo en sus esfuerzos por desprenderlo de la pared.
Mas Potts no iba a darse por vencido. Abordaba la tarea sonbría, firmemente, negándose a ser demorado o distraído por aquel papel curiosamente animado que sacudía su moho alrededor del sitio en que Potts trabajaba, de manera que, al poco, éste se hallaba por una delgada capa de polvo. A eso del mediodía, las paredes estuvieron limpias y listas para que se les pusiera el nuevo papel tapiz, así que el decorador, atendiendo a una invitación de las hermanas Laver, bajó a tomar el almuerzo con ellas.
- Esta vez -dijo a las hermanas, en tono confidencial- el papel se quedará en su sitio, o dejo de llamarme Philander Potts.
- Claro, claro -respondió Janna-.
- ¿Quiere usted té o café, señor Potts? -inquirió Edna, quien, inmediatamente, pasó a una segunda pregunta-. Usted debe haber conocido a las hermanas Chitterton. ¿Que clase de personas eran?
- Típicas solteronas -respondió Potts-.
- ¿Que es una solterona típica, señor Potts? -preguntó Janna cándidamente.
El decorador de interiores se encogió de hombros, con afectación.
- Bueno, pues..., una vieja dama chiflada, obstinada, retirada de los demás. Las Chitterton, como ustedes sabrán, vivían apartadas del resto del mundo. Sorpréndanse. No les gustaba la gente. Supongo que si uno se basta a si mismo por mucho tiempo, no desea que nadie lo moleste. Después de todo, queridas señoras, la gente es un problema.
Potts dijo lo anterior como si se tratara de una gran verdad, aunque, en realidad, lo que había querido decir era que el problema lo eran las personas que le causaban dificultades; mientras hablaba, el hombre se preguntó si los fantasmas serían personas. No, no lo creía.
- ¿Era difícil llevarse bien con ellas? -quiso saber Edna.
- Mucho. Naturalmente, mi madre las conoció mejor que yo. Hace ya casi veinte años que murieron.
- ¿Cree usted que los fantasmas envejecen? -preguntó Janna inocentemente-.
- Nunca he pensado en ello -respondió Potts con franqueza-. No creo en fantasmas.
- Comprendo. Parece que no tenemos otra alternativa -apuntó Edna, con naturalidad-.
Potts estaba ligeramente desconcertado, aunque no mucho. En lo particular, pensaba que las hermanas Laver tenían cierta tendencia hacia la estupidez, pero como representaban para él una fuente de ingresos, se guardaba muy bien de manifestarlo. Platicó cortésmente con ellas durante el almuerzo, y luego volvió al recibidor del segundo piso para colocar el nuevo papel tapiz.
Todo estaba tal y como lo había dejado. Se sorprendió admitiendo para sí mismo que había esperado que ocurrieran cambios. Pero, aun un fantasma dificilmente hubiera podido volver a colocar el antiguo papel tapiz, ya que éste había sido llevado afuera y quemado, antes de que Jennings y Martin se fueran a almorzar. Sin esperar el regreso de sus ayudantes y considerando que el tapizado de las paredes debía estar concluido al anochecer, Potts se entregó al punto a su labor
Al poco tiempo se dio cuenta de que en la atmósfera del recibidor había algo que no estaba antes allí. Si durante toda la mañana había tenido una corriente de aire que le dificultaba su trabajo, ahora había
una inquietante nota de maldad, cuya aura estaba presente en la pieza, de manera tan tangible que casi se la podía tocar. Aquella aura lo oprimía en todos los sentidos, acalerándole el pulso y atravesándolo de lado a lado con cierta vaga alarma que lo contrariaba y que le causaba ira.
¿ Lo notarían Jennings y Martin? Se preguntaba.
Lo notaron. Volvieron al poco y se pusieron a trabajar. Media hora después, Jennings musitaba algo para sí.
- ¿Que pasa? -preguntó Potts, con aspereza-.
- Que esto no me gusta, es todo -le respondió Jennings.
- ¿Que es lo que no te gusta?
- Esta habitación. Hay algo en ella.
- Claro que lo hay -concedió Potts- Nosotros tres.
- Es algo más -completó Martin con inhabitual seguridad-.
- Entiendo -dijo el patrón-. Bien muchachos, quiero que lo soporten hasta donde les sea posible. Si pueden resistir hasta las cuatro de la tarde, podrán irse, que yo mismo terminaré el trabajo.
La atmósfera de peligro fue haciéndose más densa. Una especie de amenza consciente la nublaba. Sin embargo, extrañamente, no había interferencias. Colocaron el papel en una pared, luego en la otra;
habían realizado la mitad del trabajo. A eso de las cuatro, cuando Jennings y Martin se retiraron, tratando de disculparse, quedaba aproximadamente la mitad de una pared sin cubrir, y Potts aseguró a sus hombres que él mismo podía hacerlo y que terminaría antes de las seis. Trabajó entonces diligentemente.
Se sentía oprimido por la densa aura de iracunda amenaza que lo rodeaba. En una o en dos ocasiones imaginó que la habitación se oscurecía. Mientras trabajaba, tratando de olvidar sus impresiones, tenía la inquietante certidumbre de que alguien lo observaba y, en más de una oportunidad, se sintió capaz de jurar que alguien se hallaba ahí, justo fuera del alcance de su mirada, apreciable con el rabillo del ojo y gracias a un esfuerzo, pero apreciable con seguridad. La ilusión persistía; casi inconscientemente, Potts aceleró el ritmo de su trabajo. Mas la habitación se oscurecía decididamente, con una oscuridad tangible que emanaba de las paredes como una nube. Philander Potts daba gracias de que el trabajo estaba casi concluido, pues la
amenaza que llenaba la pieza resultaba profundamente molesta. Quedaban dos tiras por colocar, al poco tiempo una solamente; se volvió para tomarla y vio la nube de oscuridad que se levantaba en espiral. Por un momento se quedó sorprendido, mirando. Luego cerró los ojos y sacudió la cabeza. Abriendo los ojos, tuvo tiempo de ver a dos ancianas de rostros ceñudos que salían de aquella sobrenatural nube de tinieblas y que avanzaban hacia él con propósitos vengativos.
En un abrir y cerra de ojos se apoderaron de él
Gritó con voz ronca, una sola vez.
- ¿Oiste algo, Edna? -preguntó Janna, dando la espalda al fonógrafo-.
- Nada especial, ¿por que?.
- Creí oír un grito.
- No, creo que no se oyó nada. Vuelve a poner el disco ¿quieres?.
- ¿Le invitaste a cenar?
- ¡Por Dios, no! ¡Que aburrimiento!.
Media hora después, ambas subían al recibidor del segundo piso. Potts se había ido, dejando las herramientas para ser recogidas a la mañana siguiente.
- ¡Que bonito papel! -exclamó Janna.
- Cuando se hayan colocado los muebles y la alfombra quedará estupendo. Demasiado buenos para nuestros huéspedes, verdaderamente -observó Edna-.
esta noche volverán a desprenderlo -dijo Janna, tristemente.
- Será mejor que no lo hagan. El señor Potts tendría que comenzar de nuevo. No le gustará nada, pero lo prometió. Nosotras le obligaremos a cumplir
Janna guardó silencio. Con la cabeza ligeramente ladeada, permaneció escuchando. Al cabo de un rato, preguntó:
- ¿Oyes algo, Edna?
- Esta casa no te sienta bien, querida -le dijo Edna, complaciente-. ¿Que habría de oír?
- Creí oír..., sólo creí oír.... una voz. Pero. claro, no es posible
- Espero que esta noche no desprendan el papel.
Pero el papel no fue desprendido. Por el contrario, los ayudantes de Philander Potts, decorador de interiores, pudieron, al día siguiente, dejar arreglada la habitación, con su alfombra nueva, sus muebles,
sus cortinajes, y, como prudentamente decidieron dejar la antigua disposición del mobiliario, no hubo posteriores contratiempos.
Sin embargo, la desaparición de Philander Potts fue motivo de sorpresa por espacio de nueve días, hasta que se aseguró que una agraciada joven viuda había abandonado la ciudad aproximadamente en la misma fecha, y que, se supuso, aunque erróneamente, que Potts repentinamente había decidido irse con la viuda. La esposa y los hijos de Potts se sintieron aliviados, más que otra cosa. Los señores Jennings y Martin llevaron el negocio adelante sin la intervención de Potts, y la familia de éste, tanto como sus empleados, comenzaron a vivir una existencia más placentera
sin disminución en sus ingresos y, si acaso, con una sustancial aumento en ellos.
De haberse hallado en posición de hacerlo, Philander lo hubiera agradecido, ya que, como resultado de la nueva decoración del recibidor visitado por los espíritus, el nombre de Potts adquirió nuevo lustre.
Cándidamente, las hermanas Laver llamaron al recibidor "el triunfo de Potts". Con una especie de admiración acostumbraban mostrar el recibidor a los visitantes. "Su secreto se ha ido con él", solían decir, "nos prometió una obra maestra y no hay duda de que ésta lo es.
Un papel tapiz de efectos sonoros, ni más ni menos. Párese aquí, y si escucha con atención, podrá oir como si alguien, desde muy lejos, dijera ¡ Déjenme salir ! ¡ Déjenme salir !.

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