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domingo, 6 de abril de 2008

EL HOMBRE QUE NO QUERIA ESTRECHAR MANOS -- STEPHEN KING

EL HOMBRE QUE NO QUERIA
ESTRECHAR MANOS
Stephen King




Stevens sirvió las bebidas y pronto, después de las ocho en aquella noche glacial de invierno, la
mayoría de nosotros nos fuimos , con ellas a la biblioteca. Por un momento , nadie dijo nada; lo
único que se oía era el chisporrotear del fuego en la chimenea , el lejano chasquido de las bolas
de billar y, desde el exterior, el gemido del viento. No obstante, allí se estaba bastante caliente,
en el # 249 B de la calle Este 35.
Recuerdo que aquella noche David Adley estaba sentado a mi derecha, y a mi izquierda Emlyn
McCarron que una vez nos contó una historia espeluznante sobre una mujer que había dado a luz
en extrañas circunstancias . Después de el estaba Johanssen , con su Wall Street Journal doblado
sobre las rodillas.
Entro Stevens con un pequeño paquete, blanco y se lo entrego a George Gregson sin hacer la
menor pausa. Stevens es el mayordomo perfecto a pesar de su ligero acento de Brooklyn ( o
quizá por causa de el) pero su mayor atributo, por lo que a mi se refiere, es que siempre sabe a
quien debe entregar el paquete aunque nadie lo reclame.
George lo capto sin protestar y permaneció un momento sentado en un sillón de alto respaldo y
orejas, contemplando la chimenea que es lo bastante grande como para asar un buey. Vi como
sus ojos se dirigían momentáneamente a la inscripción grabada en la piedra. LO QUE VALE ES
LA HISTORIA, NO EL QUE LA CUENTA.
Abrió el paquete con sus dedos viejos y temblorosos y tiro su contenido al fuego. Por un instante
las llamas se transformaron en un arcoiris, y se oyeron risas apagadas. Me volví y vi a Stevens
allá lejos, en la sombra, junto a la puerta. Tenia las manos cruzadas a la espalda. Su rostro se
mostraba cuidadosamente inexpresivo. Supongo que todos nos sobresaltamos un poco cuando su
voz ronca, casi quisquillosa rompió el silencio; yo confieso que sí.
- Una vez vi asesinar a un hombre en esta misma habitación- nos dijo George Gregson-, aunque
ningún jurado hubiera condenado al que mato. Pero, al final, se acuso así mismo..., y actuó como
su propio verdugo.
Siguió una pausa mientras encendía su pipa. El humo envolvió su rostro arrugado en una nube
azulada, y apago el fósforo de madera con el gesto lento, teatral, del hombre cuyas articulaciones
le producen gran dolor. Tiro el palito a la chimenea, donde cayo sobre los restos quemados del
paquete. Contempló como las llamas tostaban la madera.
Sus agudos ojos azules parecían cavilar bajo sus hirsutas cejas entrecanas. Su nariz era grande y
ganchuda , sus labios delgados y firmes, sus hombros alzados hasta casi la base de su cráneo.
-No nos mantengas sobre en ascuas, George- refunfuño Peter Andews- ¡Suéltalo ya !
-Ni lo sueñes. Ten paciencia- y todos tuvimos que esperar hasta que su pipa quedo prendida a su
gusto.
Cuando unas brasas se encendieron perfectamente repartidas en la enorme cazoleta de brezo,
George cruzo sus manos grandes, ligeramente temblorosas, sobre una de sus rodillas y dijo:
-Esta bien. Tengo ochenta y cinco anos y lo que voy a relataros ocurrió cuando yo tenia mas o
menos veinte.
-En todo caso, sé que fue en 1919 y acababa de regresar de la Gran Guerra. Mi novia había
muerto cinco meses antes, de la gripe. Solo tenia diecinueve años y yo me lance a beber y jugar a
las cartas mucho más de lo que hubiera debido. Me había esperado dos años, ¿comprenden?, y
durante todo ese tiempo recibí, fielmente, una carta todas las semanas
.Quizá podrán comprender porque me abandone tanto. No tenia creencias religiosas; la idea
general y las teorías del cristianismo me resultaban algo cómicas en las trincheras, y no tenia
familia que me ayudara. Así que puedo decir con sinceridad que los buenos amigos que me
ayudaron en este tiempo de prueba, rara vez me abandonaron. Eran cincuenta y tres (mas de lo
que tiene la mayoría): cincuenta y dos naipes y una botella de whisky "Cutty Stark". Me habían
instalado en el mismo lugar en que sigo viviendo ahora, en Brennan Street. Pero entonces era
mucho mas barato y había muchas menos botellas de medicinas, y píldoras y demás, llenando las
estanterías. Sin embargo, pasaba la mayor parte de mi tiempo aquí, en el 249 B, porque siempre
había alguna partida de póquer en marcha.
David Adley interrumpió, y aunque sonreía, no creo que estuviera bromeando:
- ¿Y ya estaba Stevens aquí, entonces, George?
George se volvió a mirar al mayordomo:
-¿Era usted, Stevens, o era su padre?
Stevens se permitió la sombra de una sonrisa
- Como 1919 fue hace mas de sesenta y cinco años, señor, debo decir que se trataba de mi
abuelo.
- Debemos, pues, entender que su empleo es hereditario- musito Adley.
-Tal como dice, señor- respondió Stevens imperturbable.
-Ahora que lo pienso- comento George-, hay un parecido sorprendente entre usted y su...¿dijo
usted abuelo, Stevens?
-Si señor eso dije.
-Si les pusiera de lado, me costaría decir quien es quien..., ¿pero esto no tiene nada que ver,
verdad?
-No, señor -Me encontraba en la sala de juego....., al otro lado de esta pequeña puerta, allá...,
haciendo solitarios, la primera y única vez que nos encontramos Henry Brower y yo. Eramos
cuatro dispuestos a sentarnos y jugar una partida de póquer; solamente necesitábamos un quinto
para que la velada empezara. Cuando Jason Davidson me dijo que George Oxley, nuestro
habitual quinto, se había roto la pierna y estaba en cama con la pierna enyesada y colgada de una
polea, pareció que aquella noche nos íbamos a quedar sin partida. Empece a pensar en la
posibilidad de terminar la noche con nada mejor para distraer mis pensamientos que hacer
solitarios y soplar la mayor cantidad de whisky que pudiera, cuando un individuo sentado al
fondo de la habitación dijo con voz tranquila y agradable:
-Si ustedes, caballeros, estaban hablando de póquer, disfrutaría mucho jugando una mano, si no
tienen nada que objetar.
-Había estado escondido tras el World de Nueva York hasta aquel momento, así que cuando
levante la mirada lo vi por primera vez.
Era un hombre joven con cara de viejo, no sé si me entienden. Algunas de las huellas que vi en
su rostro había empezado a descubrirlas en el mío, desde la muerte de Rosalie. Algunas..., no
todas. Aunque el joven no podía tener mas de veintiocho años a juzgar por su cabello, sus manos,
y el modo de andar, su rostro parecía marcado por la experiencia y sus ojos, que eran muy
oscuros, parecían mas que tristes: parecían atormentados. Era guapo, con un bigote pequeño y
recortado y cabello rubio oscuro. Vestía un buen traje de color marrón y se había soltado el botón
del cuello.
-Me llamo Henry Brower- dijo
-Davidson se precipito atraves de la estancia para estrecharle la mano; la verdad es que aprecia
como si fuera a cogerle la mano que Brower tenia sobre las rodillas. Ocurrió una cosa extraña:
Brower dejo caer el periódico y levanto ambas manos, lejos de su alcance. La expresión, en su
rostro, era de horror.
Davidson se detuvo, confuso, más estupefacto que indignado. Solo tenia veintidós años...
¡Cielos, que jóvenes éramos todos en aquellos días!, y era como un cachorrillo.
-Perdóneme - se excuso Brower con suma gravedad- pero nunca estrecho la mano de nadie.
Davidson parpadeo:
-¿ Nunca? Que curioso. ¿Y por que no?
Bueno ya les he dicho que era algo así como un cachorro. Brower no se molesto y lo tomo con
una sonrisa (algo turbada) abierta.
- Acabo de llegar de Bombay- explicó-. Es un lugar extraño, populoso, sucio, lleno de pestilencia
y enfermedades. Los buitres se pasean y presumen sobre los muros de la ciudad, por millares.
Hace dos años estuve allí en misión comercial y se me contagio el horror a nuestra costumbre
occidental de estrechar manos. Sé que es una tontería y una incorrección, pero no puedo
remediarlo. Así que si no les importa que me retire y me perdonan...
-Con una condición- dijo Davidson sonriéndole.
-¿Cuál será?
-Que se acerque a la mesa y comparta conmigo un vaso del whisky de George, mientras voy a
por Baker, French y Jack Wilden.
Brower le sonrío, asintió y dejo el periódico. Davidson le hizo un gesto de aceptación y corrió en
busca de los otros.
Brower y yo nos acercamos a la mesa cubierta de fieltro verde y cuando le ofreció la bebida
rehuso, dándome las gracias, y encargo su propia botella. Supuse que tendría que ver algo con su
extraña manía y no dije nada. He conocido hombres cuyo horror por los, microbios y
enfermedades va mucho mas lejos..., como los habréis conocido vosotros.
Hubo gestos de asentamiento.
-Es estupendo estar aquí -me dijo Brower pensativo- He evitado toda compañía desde que llegue
de mi destino.
¿No es bueno, para un hombre, estar solo, sabe? ¡Creo que incluso para aquellos que se valen por
si solos, el estar aislados de resto de la humanidad debe ser la peor forma de tortura! -Todo eso lo dijo con un curioso énfasis, y yo asentí.
Había experimentado semejante soledad en las trincheras, generalmente por la noche. Volví a
sentirla de nuevo, más anunciante, después de enterarme de la muerte de Rosalie.
Me sentí atraído por él pese a su declarada excentricidad.
-Bombay debió haber sido un lugar fascinante- le dije.
-¡Fascinante ... y terrible! Hay cosas allí que nuestra filosofía no puede ni soñar. Su reacción a
los automóviles, es divertida: los niños se apartan de ellos cuando pasan pero luego los siguen
manzanas enteras.
Encuentran que el avión es terrorífico e incomprensible. Naturalmente, nosotros los americanos,
los contemplamos con completa ecuanimidad... incluso con complacencia..., pero le aseguro que
mi reacción fue como la de ellos cuando vi por primera vez a un mendigo callejero tragarse un
paquete entero de alfileres de acero y luego ir sacándolos uno a uno de las heridas abiertas que
tenia en la punta de los dedos. No obstante, eso es algo que los nativos de aquella parte del
mundo encuentran perfectamente natural. Quizás- añadió sombrío-, no estaba previsto que ambas
culturas fueran a mezclarse, sino que debíamos mantener separadas sus respectivas maravillas.
Para un americano como usted o como yo, tragarse un paquete de alfileres significaria una
muerte lenta y horrible.
En cuanto al automóvil... - se callo y una expresión torturada asomo a su rostro.
Yo me disponía a hablar, cuando Stevens, el viejo, apareció con la botella de whisky escocés de
Brower, y tras el, Davidson y los demás.
Davidson explico antes de hacer las presentaciones:
Les he contado su pequeña manía, Henry, así que no tiene nada que temer. Este es Darrel Baker,
que no era muy buen jugador, perdió unos ochocientos (aunque ni siquiera iba a notarlo: su padre
era el propietario de tres de las mayores fabricas de zapatos de New England y los demás
compartían la perdida de Baker conmigo, casi a partes iguales.
Davidson, un poco por encima y Brower un poco por debajo: sin embargo para Brower aquello
era toda una hazaña, porque sus cartas habían sido malisimas casi toda la noche. Eran tan hábiles
en la modalidad tradicional de cinco cartas como en la nueva variedad de siete, y yo me dije que
a veces me había ganado dinero en faroles que yo no me hubiera atrevido a intentar.
Pero me fije en una cosa; aunque bebía mucho- para cuando French estuvo listo para dar la
ultima mano, había casi terminado una botella entera de escocés, hablaba con toda claridad, su
habilidad en el juego jamas se altero, y su obsesión sobre no tocar manos tampoco cedió. Cuando
ganaba, nunca tocaba el montón si alguien tenia que poner fichas o dinero o si alguien "estaba
distraído" y tenia aun que entregar fichas. Una vez, cuando Davidson dejo su vaso demasiado
cerca de su codo, Brower se aparto bruscamente, tirando casi una bebida. Baker pareció
sorprendido, pero Davidson lo dejo pasar con un vago comentario.
Jack Wilden había comentado un poco antes que tenia ante el un viaje a Albany, en coche, para
ultima hora de la mañana, y que una vuelta mas le bastaría. Así que le toco dar a French, y
decidió jugar a siete cartas.
Recuerdo aquella ultima mano tan claramente como mi nombre, y en cambio me vería en un
apuro si tuviera que decirles lo que comí ayer o con quien comí. Misterios de la edad, supongo,
aunque creo que si vosotros hubierais estado allí lo recordarías como yo.
Me dio dos corazones, cubiertos, y una carta descubierta. No puedo decir lo que tenían Wilden o
French, pero el joven Davidson tenia el as de corazones y Brower el diez de pique.
Davidson apostó dos dólares- cinco eran nuestro límite-, y volvió a repartir cartas. Davidson
había cogido un trío que no parecía mejorar su mano, sin embargo echo tres dólares al pozo.
- ¡La ultima mano - anuncio alegremente- Hay una dama en la ciudad que quería salir conmigo
mañana por la noche!
No creo que hubiera creído ha una echadora de cartas si hubiese dicho cuantas veces me
atormentaría esta frase a ratos perdidos, hasta hoy en día.
French repartió la tercera vuelta. No tuve suerte con mi escalera, pero Baker, que era siempre el
gran perdedor, logro unas parejas... de reyes, creo. Brower había logrado un par de diamantes
que no parecían servir para gran cosa. Baker apostó hasta el limite por su pareja y Davidson
subió a cinco. Todos nos quedamos en el juego. Y llego nuestra ultima carta descubierta. Yo
saque el rey de corazones para mi escalera, Baker saco una tercera para sumar a su pareja y
Davidson un segundo as que le hizo brillar los ojos.
Brower recogió una reina de pique, y les juro que no comprendí porque no abatía. Sus cartas
parecían tan malas como las que había tenido aquella noche.
Pero las apuestas fueron subiendo. Baker apostó cinco, Davidson llego a cinco, Brower también.
Jack Wilden dijo:
-No sé, pero creo que mi pareja no vale gran cosa -y tiro las cartas-. Yo cante y volví a poner
cinco. Baker también.
-Bueno, no voy aburriros con el relato de las apuestas. Solamente os diré que había un limite de
tres alzas por persona, y Baker, Davidson y yo hicimos tres pujas de cinco dólares. Brower se
limito a repetir cada envite y apuesta, siempre cuidando de no poner su dinero en el pozo hasta
que todas las manos estaban lejos. Y había mucho dinero..., algo mas de doscientos dólares...,
cuando French nos sirvió nuestra ultima carta cubierta.
Hubo una pausa mientras todos nos miramos, aunque a mi no me importaba; yo ya tenia mi
juego y por lo que podía ver sobre la mesa, era bueno. Baker puso cinco, Davidson también y
esperamos para ver lo que iba a hacer Brower. Su rostro estaba algo congestionado por el
alcohol, se había quitado la corbata y desabrochado el segundo botón de la camisa, pero aprecia
tranquilo. "Voy..., y pongo cinco", dijo.
Yo parpadee un poco porque esperaba que abatiera. No obstante, las cartas que yo tenia en la
mano me decían que debía jugar para ganar, y puse cinco más. Seguimos jugando sin tener en
cuenta el limite de pujas que podían hacerse sobre la ultima carta, y el pozo creció
extraordinariamente. Yo fui el primero en pararme en vista del gran juego que alguien debía
tener. Baker lo hizo después que yo, parpadeando nervioso desde el par de ases de Davidson a
las cartas desconcertantes y sin valor que debía tener Brower. Baker no era un gran jugador, pero era lo suficientemente bueno para presentir algo importante.
Entre los dos, Davidson y Brower pujaron lo menos diez veces mas, o mucho más. Baker y yo
nos sentimos arrastrados, no queriendo despedirnos de nuestras enormes inversiones. Los cuatro
habíamos terminado las fichas y ahora eran billetes los que cubrían el montón enorme de fichas.
-Bueno -dijo Davidson, después de la ultima puja de Brower-. Creo que voy a bajar. Si lo suyo
ha sido un farol, Henry, Ha sido un gran farol. Pero he ganado y Jack tiene un largo camino ante
el mañana - y al decirlo puso otro billete de cinco dólares sobre el montón y anunció-: Me paro.
Ignoro lo que pensaban los demás, pero me sentí realmente aliviado sin que eso tuviera nada que
ver con la gran cantidad de dinero que había dejado en el pozo. El juego había ido volviéndose
peligroso y mientras que Baker y yo podíamos permitirnos perder, el pobre Jase Davidson, no.
Siempre estaba en apuros, vivía de una renta, no muy grande, que le había dejado una tía suya. Y
Brower, ¿podía permitirse perder? Recuerden caballeros, que en aquel momento había bastante
mas de mil dólares sobre la mesa.
George dejo de hablar. Se le había apagado la pipa.
-Bien ¿qué ocurrió? -preguntó Adley- No nos tenga sobre ascuas, George. Nos tiene a todos
sentados al borde de las sillas. Déjenos caer o sientenos bien otra vez.
-Paciencia -dijo George, imperturbable.
Saco otra cerilla, la frotó en la suela de su zapato y volvió a chupar. Esperamos impacientes, sin
hablar. Fuera, el viento ululaba y gemía en los aleros.
Cuando la pipa estuvo bien encendida y tirando bien, George continuo:
-Como sabéis, las reglas del póker establecen que el primero que ha anunciado juego, debe
mostrar sus cartas. Pero Baker estaba demasiado impaciente por acabar con la tensión; levanto
una de sus cartas ocultas y mostró cuatro reyes.
-Me ganas, -le dije- color.
-Te gano yo -declaró Davidson y descubrió dos de sus cartas ocultas. Dos ases, que sumaban
cuatro -he jugado bien- y empezó a recoger el enorme pozo.
- ¡Esperen! -exclamó Brower-. No hizo el menor movimiento, ni toco la mano de Davidson
como hubieran hecho muchos, pero basto con su voz. Davidson se paro a mirar y abrió la boca...,
se quedo con la boca abierta como si todos sus músculos se hubieran relajado. Brower descubrió
sus tres cartas ocultas revelando una escalera de color, del ocho a la reina.
-Creo que esto gana a sus ases, ¿verdad? -preguntó correctamente Brower.
Davidson enrojeció, luego palideció.
-Si -murmuró despacio como si descubriera él echo por primera vez-. Sí en efecto.
Daría una fortuna por conocer los motivos que empujaron a Davidson a hacer lo que hizo.
Conocía la extremada aversión de Brower a ser tocado; el hombre lo había demostrado de cien
maneras distintas, aquella noche. Tal vez Davidson lo olvido, sencillamente, en su afán por
demostrar a Brower, y a todos nosotros, que podía hacer frente a sus perdidas y aceptarlas
deportivamente. Les he dicho que era como un cachorro, y aquel gesto encajaba con su carácter.
Pero los cachorros también pueden morder cuando se les provoca. No son asesinos..., un
cachorro no te saltara nunca a la garganta; pero a muchos hombres les han tenido que coser los
dedos como castigo por molestar a un perrito con una zapatilla o un hueso de goma. Esto
también podría ser parte del carácter de Davidson, tal como lo recuerdo, Daría una fortuna, como
ya he dicho, por saber..., pero supongo que lo que importa es el resultado.
Cuando Davidson aparto las manos del pozo, Brower alargo las suyas para recogerlo. En aquel
instante, el rostro de Davidson se ilumino con algo así como cordial camaradería y cogió la mano
de Brower y se la estrecho diciéndole:
-Brillante, Henry, que juego, simplemente brillante. No creo que jamas haya...
Brower le interrumpió con un alarido, casi femenino, que resulto espantoso en el silencio
desierto de la sala de juego, y se aparto. Las fichas y el dinero se desparramaron de cualquier
modo al sacudir la mesa que por poco se cae.
Todos nos quedamos inmóviles por el inesperado giro de los acontecimientos, incapaces de dar
un paso.
Brower se alejo a trompicones de la mesa, manteniendo su mano en alto, delante de sí, como una
versión masculina de Lady Macbeth. Estaba blanco como un cadáver y el terror reflejado en su
rostro era tal que aun hoy soy incapaz de describirlo. Sentí que me embargaba una oleada de
horror como jamas había experimentado antes, o después, ni siquiera cuando me entregaron el
telegrama con la noticia de la muerte de Rosalie.
A continuación empezó a gemir. Era un lamento profundo, horrible, de ultratumba. Recuerdo
que pense: Este hombre esta completamente loco, y entonces dijo algo de lo más raro "El
conmutador... he dejado el conmutador encendido en el coche... ¡Oh Dios, cuanto lo siento!", Y
se precipito por la escalera hacia el vestíbulo.
Fui el primero en reaccionar, Salte de mi silla y corrí tras él, dejando a Baker y Wilden y
Davidson sentados alrededor del enorme montón de dinero que Brower había ganado. Parecían
estatuas incas guardando un tesoro tribal.
La puerta principal aun se movía cuando salí a la calle y vi a Brower enseguida, de pie al borde
de la acera, buscando inútilmente un taxi. Cuando me vio se encogió tan angustiado que no pude
evitar sentir una mezcla de pena y asombro.
-¡Venga -dije-, espere! Siento mucho lo que ha hecho Davidson y estoy seguro de que ha sido sin
pensar; de todos modos si tiene que irse por ello, no lo retengo. Pero ha dejado mucho dinero y
debe recogerlo.
-No debí haber venido -gimió-. Pero estaba tan desesperado por cualquier tipo de compañía
humana que yo..., yo -sin darme cuenta alargue la mano para tocarle... -el gesto más elemental de
un ser humano a otro cuando esta aplastado por el dolor...-, pero Brower se aparto de mi y grito:
"¡No me toque! ¿No basta con uno? Oh, Dios, ¿por qué no puedo morir?"
Sus ojos febriles descubrieron de pronto a un pobre perro flaco y sucio, sarnoso, que andaba por
el otro lado de la calle desierta a esa hora de la mañana. Iba con la lengua colgando y andaba
agotado, cojeando, sobre tres patas. Supongo que andaba buscando cubos de basura donde
revolver y comer algo.
-Aquél podría ser yo -dijo pensativo, como para sí-. Rechazado por todos, obligado a caminar
solo y a salir al exterior solo cuando los demás seres vivientes están a salvo tras sus puertas
cerradas. ¡Perro paria!
-Venga -le insistí severamente porque lo que estaba diciendo me sonaba a melodramático-. Ha
sufrido una impresión desagradable y es obvio que algo le ha ocurrido que le ha puesto los
nervios en mal estado, pero en la guerra vi miles de cosas que...
-¿No me cree, verdad? -preguntó-. ¿Cree que estoy poseído de una especie de histeria, verdad?
-Amigo, realmente no sé de que esta poseído o de que es víctima, pero lo que sí se es que si
continuamos aquí fuera, con toda esta humedad, los dos seremos presa de la gripe. Ahora, si
tiene la bondad de regresar conmigo, solo hasta la entrada, si lo prefiere, pediré a Stevens que...
Había tal locura en sus ojos que me sentí tremendamente inquieto. Ya no se veía en ellos el
menor atisbo de cordura y lo que más me recordaba era a los psicoticos, agotados por la batalla,
que había visto trasladar en carretas, desde el frente: cascaras humanas, con ojos vacíos como
pozos del infierno, gimiendo y murmurando.
-¿Quiere ver como una paria responde a otro? -me pregunta, sin enterarse de lo que le había
estado diciendo-.
¡Mire, pues, y vera lo que he aprendido en extraños puertos de arribada!
Y de pronto alzo la voz y dijo imperiosamente:
- ¡Perro!
El perro levantó la cabeza, le miro con desconfianza, girando los ojos (uno con un brillo de
locura; el otro, cubierto por una catarata) y, bruscamente, cambio de dirección y vino cojeando,
de mala gana, a través de la calle, hasta donde estaba Brower.
Estaba claro que no quería venir; gemía y gruñía y escondía el muñón apolillado de su rabo,
entre las patas; pero;, no obstante, se sentía atraído. Llego a los pies de Brower, y entonces se
echo gimiendo, encogido y tembloroso. Sus flancos descarnados, entraban y salían como un
fuelle y su ojo sano se revolvía en su cuenca.
Brower lanzo una carcajada horrible, desesperada, que todavía oigo en mis sueños, y se agacho
junto al animal.
- ¿Lo ve? -dijo- sabe que soy uno de los suyos..., ¡y sabe lo que le traigo!
Alargo la mano para tocar al perro y este lanzó un aullido lúgubre. Enseño los dientes.
- ¡Déjelo! -grité vivamente- ¡Le morderá!
Brower no me hizo ni caso. A la luz del farol de la calle vi su rostro lívido, horrible, con los ojos
como agujeros quemados en un pergamino.
-Tonterías -salmodio- tonterías. Solo quiero estrecharle la mano..., como su amigo hizo conmigo
-y, de golpe, agarro la pata del perro y se la estrecho. El perro lanzo un aullido horrible, pero no
intento morderle.
Luego, Brower se enderezo. Sus ojos se habían aclarado algo y, excepto por su extrema palidez,
podía volver a ser el hombre que se había ofrecido, cortésmente, a jugar con nosotros aquella
noche, unas horas antes.
-Me voy ahora -dijo- por favor, presente mis excusas a sus amigos y dígales cuanto siento
haberme comportado como un imbécil. Quizás, en otra ocasión, tendré la oportunidad de
redimirme.
-Somos nosotros lo que debemos pedirle perdón. ¿Ha olvidado usted el dinero? Hay bastante
mas de mil dólares.
-¡Oh, sí El dinero! - y su boca se curvo en la más amarga de las sonrisas que jamas haya visto.
- No se preocupe por tener que entrar otra vez. Si me promete que me esperara aquí se lo traeré
¿Le parece bien?
-Si lo desea, esperare....- mirando reflexivo al perro que seguía quejándose a sus pies, añadió-: A
lo mejor querrá venir a mi casa y comer decentemente por una vez en su miserable vida- y
reapareció la amarga sonrisa.
Entonces le deje, antes de que lo pensara mejor, y baje a la sala de juego. Alguien,
probablemente Jack Wilden, siempre había tenido una mente ordenada, había cambiado todas las
fichas por billetes y los había amontonado cuidadosamente en el centro del tapete verde.
Ninguno dijo nada cuando me vieron recogerlo. Backer y Jack Wilden fumaban en silencio;
Jason Davidson estaba sentado, con la cabeza agachada, mirandose los pies. Su rostro era la
imagen de la desolación y la vergüenza. Le toque en el hombro al irme hacia la escalera y me
miro agradecido.
Cuando llegue a la calle, estaba absolutamente desierta.
Brower se había ido. Permanecí allí con un puñado de billetes en cada mano, mirando a un lado y
a otro, pero no se movía nada. Llame una vez, por si acaso, por si me estuviera esperando en la
sombra de algún lugar cercano, pero no obtuve respuesta. Entonces se me ocurrió mirar al suelo.
El pobre perro perdido seguía allí, pero sus días de revolver en los cubos de basura habían
terminado. Estaba completamente muerto. Las pulgas y garrapatas, abandonaban en fila su
cuerpo. Di un paso atrás, asqueado y a la vez lleno de una especie de vago terror. Tuve la
premonición de que no había terminado aun con Henry Brower, y así era; pero jamas volví a
verle.
El fuego en la chimenea había muerto y el frío había empezado a salir de entre las sombras, pero
nadie se movió, o habló, mientras George volvía a encender su pipa. Suspiro, cruzó de nuevo las
piernas, haciendo crujir las articulaciones, y continuo:
-Inútil decirles que los otros que habían tomado parte en el juego fueron unánimes en su opinión:
debíamos encontrar a Brower y entregarle el dinero. Supongo que algunos creerán que estabamos
locos, pero aquella era una época más decente. Davidson estaba desesperado cuando se fue: trate
de retenerle y decirle unas palabras, pero se limito a sacudir la cabeza y se marcho. Deje que se
fuera. Las cosas le parecían distintas después de una noche de sueño y ambos podíamos ir en
busca de Brower. Wilden se iba de la ciudad y Baker tenia que " hacer visitas". Aquel seria un
buen día, pense, para que Davidson recobraba su propia estima.
Pero cuando, a la mañana siguiente, fui a su piso, aun no se había levantado. Pude haberle
despertado, pero era joven y decidí dejarle dormir aquella mañana mientras me dedicaba a la
busca de algunos datos elementales.
- Primero vine aquí y hable con el...- se volvió hacia Stevens y levanto una ceja.
-Mi abuelo, señor- aclaro Stevens
-Gracias.
- No hay de que, señor:
Hable con el abuelo de Stevens. Le hable precisamente el mismo sitio donde ahora se encuentra
Stevens.
Dijo que Raymond Greer, un individuo que conocía vagamente, había recomendado a Brower.
Greer pertenecía al gremio de comerciantes de la ciudad, así que me fui directamente a su
despacho, en el edificio Flatiron. Lo encontré y hablamos al momento. Cuando le conté lo que
había ocurrido la noche anterior, su rostro se lleno de confusión, tristeza, piedad y miedo.
-¡Pobre Henry !- exclamo- Sabia que terminaría así, pero nunca pense que ocurriría tan pronto.
- ¿El que? - pregunte.
-Su derrumbamiento- aclaro Greer-. Todo procede de su primer ano de estancia en Bombay, y
supongo que nadie excepto el propio Henry llegara jamas a conocer toda la historia. Pero le diré
lo que pueda.
La historia que me contó Greer en su despacho aquel día, acrecentó mi simpatía y comprensión.
Al parecer, Henry Brower se había visto desgraciadamente mezclado en una autentica tragedia,
Y, como en todas las tragedias clásicas, del teatro, habían surgido de un simple fallo..., en el caso
de Brower, un olvido.
Como miembro de la comisión del trabajo en Bombay, y disponía del uso de un automóvil, una
relativa rareza allí. Greer explico que Brower disfrutaba como un niño conduciéndolo por las
calles estrechas y tortuosas de la ciudad, espantando a las gallinas en bandadas y haciendo que
hombres y mujeres se arrodillaran para rezar a sus dioses. Iba en él a todas partes, atrayendo la
atención de grandes grupos de niños que le seguían a todas horas, pero que se apartaban cuando
les ofrecía pasearles en su maquina maravillosa, como hacia con frecuencia. El coche era un
"Ford A" con carrocería de furgoneta y uno de los primeros coches que podrían ponerse en
marcha no solo con la manivela, sino apretando un botón. Les suplico que recuerden esto.
Un día, Brower llevo el coche a la otra punta de la ciudad para visitar a uno de los otros cargos
del lugar sobre posibles partidas de cuerda de yute. Atrajo la atención, como le era habitual,
cuando su "Ford" rugió y petardeo las calles, como si fuera un despliegue de artillería en
marcha...Y, naturalmente, seguido por los niños.
Brower iba a cenar con el fabricante de yute, un acto de gran formalidad y ceremonia, y se
encontraban a mitad del segundo plato, sentados en una terraza a cielo abierto, por encima de la
populosa calle, cuando el petardeo familiar, el rugido del motor se oyó allá abajo, acompañado
de gritos y chillidos.
Uno de los muchachos mas atrevidos, hijo de un oscuro santón, había subido al coche
convencido dijo que cualquier dragón que durmiera bajo el capote de hierro no podía ser
despertado sin que el hombre blanco se sentara al volante. Y Brower, obsesionado por las
próximas negociaciones, no había apagado el encendido.
Uno no puede imaginarse al muchacho, cada vez mas atrevido ante los ojos de sus compañeros,
tocando el retrovisor, el volante, e imitando el ruido de la bocina. Cada vez que sacaba la lengua
al dragón que dormía bajo el capote, crecía el pavor en el rostro de su publico.
Su pie debió de haber encontrado el embargue, quizás se apoyo en él, cuando apretó el estarter.
El motor estaba caliente: se puso en marcha al momento. El muchacho, presa de gran terror,
hubiera debido reaccionar apartando el pie del embrague inmediatamente, antes de saltar fuera
del coche. Si el coche hubiera sido mas viejo o estado en peores condiciones, se habría calado.
Pero Brower lo cuidaba escrupulosamente, y por ello salto hacia delante en medio de una serie
de ruidosas sacudidas: Brower pudo darse cuenta antes de salir corriendo de la casa de fabricante
de yute.
El tropiezo fatal del muchacho fue poco más que un accidente. Quizás en sus esfuerzos por salir,
su codo tropezó accidentalmente con la palanca de marchas. Quizá tiro de ella con la angustiada
esperanza de que así era como el hombre blanco hacia dormirse al dragón. No obstante,
ocurrió..., ocurrió. El auto alcanzo una velocidad suicida y cargo contra la multitud en aquella
calle abarrotada de gente, saltando sobre bultos y aplastando las jaulas de mimbre del vendedor
de aves, reduciendo a astillas la carreta de l vendedor de flores. Bajo rugiendo, colina abajo, en
dirección a la esquina de la calle, salto la acera, se estrelló contra un muro de piedra y estallo en
una bola de fuego.
George paso su pipa de un lado a otro de la boca.
Esto fue lo único que pudo contarme Greer, porque era lo único que tenia sentido de todo lo que
dijo Brower. Lo demás era como una arenga desatinada sobre la locura de que dos culturas tan
dispares llegaran a mezclarse. El padre del muchacho muerto se enfrento evidentemente con
Brower antes de que se lo llevaran y le lanzo una gallina muerta.
Hubo una maldición. En este punto. Greer me dirigió una sonrisa que era como decirme que
ambos éramos hombres del mundo, encendió un cigarrillo y comento;
-Cuando ocurre una cosa así hay siempre una maldición. Esos miserables paganos tienen que
plantar cara a toda costa. Es su pan y mantequilla.
- ¿Cuál fue la maldición?- quise saber.
- Supuse que la habría adivinado. El santón le dijo que un hombre que practicaba su brujería
sobre un muchacho tan joven debería volverse un paria, un proscrito. A continuación dijo a
Brower que cualquier ser vidente al que tocara con sus manos, moriría. Para siempre jamas,
amen...
- Y Greer soltó una risita.
- Y Brower lo creyó?
Greer creía que sí.
- Hay que tener en cuenta que el hombre había sufrido una impresión espantosa. Y ahora por lo
que usted me dice, su obsesión se esta grabando en lugar de curarse.
-¿Puede darme su dirección?
Greer busco en sus ficheros y al fin apareció con unos datos. Me dijo;
-No le garantizo que le encuentre ahí. La gente se ha mostrado reacia a emplearle, y me parece
que no dispone de mucho dinero.
Sentí un remalazo de culpabilidad al oírle, pero no dije nada. Greer me pareció demasiado
pomposo, demasiado creído, para merecer la poca información que yo tenia sobre Henry Brower.
Pero al levantarme, algo me empujo a decirle.
- Vi a Brower estrecharle la pata a un perro sarnoso, anoche. Quince minutos después el perro
estaba muerto.
-¿Deveras? ¡Que interesante!- Levanto las cejas como si el comentario no tuviera que ver con
nada de lo que habíamos estado hablando.
Me levante para despedirme y me disponía a estrechar la mano de Greer, cuando la secretaria
abrió la puertta del despacho;
- Perdóneme, pero, ¿es usted Mr. Gregson?
Le dije que efectivamente lo era entonces añadió:
- Un tal Baker acaba de llamar. Le ruega que vaya inmediatamente al numero veintitrés de la
calle 19.
Me dio un vuelco el corazón, porque ya había estado allí una vez aquel día..., era la dirección de
Jason Davidson. Cuando abandone el despacho de Greer, le deje ocupado con su pipa y el Wall
Street Journal. Jamas volví a verle, pero no ha sido una gran perdida. Me sentía embargado por
un temor especifico, el tipo que nunca cristalizara del todo en temor real por un objeto
determinado, porque es demasiado espantoso, demasiado increíble para ser tenido seriamente en cuenta.
En este punto interrumpí su narración:
-¡Santo dios George! ¿No ira a decirnos que estaba muerto?
-Completamente muerto - asintió George-. Llegue casi al mismo tiempo que el forense. Su
muerte se califico de trombosis coronaria. Hacia unos dieciséis días que había cumplido
veintitrés anos.
En los días siguientes, trate de decirme que todo aquello era una desgracia coincidencia, y que
mejor olvidarlo. No dormía bien incluso con la ayuda de mi buen amigo "Cutty Sark". Me dije
que lo que había que hacer era repartir el pozo de la noche anterior entre nosotros tres y olvidar
que Henry Brower había irrumpido alguna vez en nuestras vidas. Pero no pude. Prepare en
cambio un cheque de caja por aquella cantidad y fui a la dirección que Greer me había dado, en
Harlem.
No estaba. La dirección que había dejado era un lugar en el East End, un vecindario ligeramente
menos acomodado pero, de todas formas, decente. Había abandonado también esa dirección un
mes antes de la partida de póquer, y su nueva dirección estaba en East Village, un barrio pobre.
El encargado del edificio, un hombre flaco acompañado de un enorme mastín negro que no
dejaba de gruñir, me dijo que Brower se había marchado el tres de abril..., el día siguiente al de
la partida. Le pregunté si había dejado alguna dirección y echo la cabeza hacia atrás y emitió un
graznido que aparentemente le servia de risa: La única dirección que dejan cuando se van de aquí
es el infierno jefe. Pero aveces se paran en el Bowery en su camino.
El Browery era lo que entonces los forasteros creen que es ahora: el hogar de los sin hogar, la
ultima parada para los hombres sin rostro que solamente desean otra botella de vino barato u otra
inyección del polvo blanco que proporciona sueños sin fin. Me dirigí allá. En aquellos días había
docenas de casas de mala muerte, algunas misiones caritativas que recogían a los borrachos por
la noche y centenares de callejones donde un hombre podía esconder un colchón viejo cocido de
chinches. Vi docenas de hombres, todos ellos pocos mas que esqueletos comidos por las bebidas
y las drogas. Ni se conocían nombres, ni se usaban. Cuando, un hombre llega al nivel mas bajo,
con el hígado desecho por el alcohol, con la nariz hecha llaga abierta de tanto aspirar cocaína y
potasa, con los dedos congelados y los dientes podridos..., un hombre ya no necesita el nombre
para nada.
Pero yo describía a Henry Brower a todos los que veía, sin conseguir nada. Los dueños de los
bares movían la cabeza y seguían caminando.
No le encontré aquel día, ni el otro, ni el otro. Transcurrieron dos semanas y de pronto hable con
un hombre que me dijo que alguien parecido había dormido tres noches atrás en la pensión de
Devarney.
Fui allí: estaba a solo un par de manzanas del área que yo había estado recorriendo. El hombre
del mostrador era un viejo áspero, con una calva escamosa y unos ojos legañosos y brillantes. En
la ventana cargada de moscas se anunciaban habitaciones con vista a la calle por diez centavos la
noche. Mientras duro la descripción de Brower el viejo fue moviendo afirmativamente la cabeza
y cuando hube terminado, me dijo: Le conozco señorito. Le conozco muy bien. Pero no puedo
recordar exactamente..., creo que me ayudaría ver un dólar delante de mí.
Saque un dólar y lo hice desaparecer al instante, pese a la artritis.
Estuvo ahí, señorito, pero se ha ido.
-¿Sabe a donde?
- No recuerdo bien, pero quizá podría con un dólar delante de mí.
Saque otro billete, que hizo desaparecer tan rápidamente como el primero. Algo, entonces, debió
parecerle deliciosamente cómico, y de su pecho salió una tos rasposa de tuberculoso.
- Bien, ya se ha divertido- le dije- y además le he pagado bien por ello. Dígame ahora, ¿sabe
donde esta ese hombre?
El viejo volvió a reírse divertido:
- Si....Potter's Field es su nueva residencia: tiene un contrato para la eternidad y al diablo por
compañero. Que le parece la noticia señorito? Debió morir ayer, durante la mañana, porque
cuando le encontré, a mediodía, todavía estaba caliente y de buen ver. Sentado junto a la ventana
estaba. Yo había subido a cobrarle o decirle que si no me pagaba que se fuera. Así que resulto ser
huésped, de un metro ochenta de tierra, de la ciudad. Esto le produjo otro desagradable ataque de risa senil.
-¿No observo nada raro?- pregunté, sin atreverme a analizar el alcance de mi pregunta-. ¿Algo
fuera de lo habitual?
-Me parece recordar algo..., espere
Le enseñe un dólar para ayudarle a recordar, pero esta vez no provoco risa, aunque desapareció
con la misma rapidez que las otras veces.
-Si, había algo mas que raro- dijo el viejo-. He llamado al forense infinidad de veces, lo bastante
para ver cosas. ¡Que no habré visto yo, buen Dios! Los he encontrado colgados de un clavo en la
puerta, muertos en la cama, les he visto en la escalera de incendios con una botella entre las
piernas y congelados, tan azules como el Atlántico. Incluso encontré a uno ahogado en la
palangana del lavabo, aunque de esto hace mas de treinta anos. Pero ese hombre..., sentado,
erguido, con su traje marrón, como si fuera un elegante de ciudad, y el cabello bien peinado.
Tenia la muñeca derecha agarrada por su mano izquierda, sí, señor. He visto de todo, pero nunca
he visto ha un muerto estrechando su propia mano.
Marche me fui andando todo el camino hasta llegar a los muelles, y las ultimas palabras del viejo
se repetían una y otra vez en mi cerebro como un disco de gramófono que se atasca en un surco.
Es el único que he visto que haya muerto estrechando su propia mano.
Anduve hasta el final de uno de los muelles, hasta donde el agua sucia y gris batía contra los
pilares costrosos. Entonces rasgue el cheque en mil pedazos y los tire al agua.
George Gregson se movió y se aclaro la garganta. El fuego había quedado en brasas y el frío se
adueñaba del salón desierto. Las mesas y las sillas parecían espectrales e irreales, como visitas en
un sueno donde se mezclan el pasado y el presente. El resplandor tenia las palabras de la piedra
de la chimenea de un color naranja apagado: LO QUE VALE ES LA HISTORIA, NO EL QUE
LA CUENTA.
Solo le vi una vez, y una vez fue bastante; no se me ha olvidado jamas. Pero sirvió para sacarme
de mi propio duelo, porque cualquier hombre que pueda moverse entre sus semejantes, no esta
completamente solo.
-Si me trae el abrigo, Stevens, creo que me iré hacia la casa..., me he quedado mucho mas tarde
que de costumbre.
Y cuando Stevens se lo trajo. George sonrío y señalo un pequeño lunar debajo de la comisura
izquierda de Stevens.
- Realmente el parecido es asombroso, sabe..., su abuelo tenia un lunar exactamente en el mismo
sitio. Stevens sonrío, pero no comento nada. George se fue, y nosotros fuimos desfilando poco
después.

domingo, 8 de julio de 2007

ENSAYO SOBRE LOS CUENTOS FANTASTICOS DEL XIX


CUENTOS FANTASTICOS DEL XIX

Italo Calvino

LO FANTASTICO VISIONARIO

ENSAYO



El cuento fantástico es uno de los productos más característicos de la narrativa del siglo XIX y, para nosotros, uno de los más significativos, pues es el que más nos dice sobre la interioridad del individuo y de la simbología colectiva. Para nuestra sensibilidad de hoy, el elemento sobrenatural en el centro de estas historias aparece siempre cargado de sentido, como la rebelión de lo inconsciente, de lo reprimido, de lo olvidado, de lo alejado de nuestra atención racional. En esto se ve la modernidad de lo fantástico, la razón de su triunfal retorno en nuestra época. Notamos que lo fantástico dice cosas que nos tocan de cerca, aunque estemos menos dispuestos que los lectores del siglo pasado a dejarnos sorprender por apariciones y fantasmagorías, o nos inclinemos a gustarlas de otro modo, como elementos del colorido de la época.
El cuento fantástico nace entre los siglos XVIII y XIX sobre el mismo terreno que la especulación filosófica: su tema es la relación entre la realidad del mundo que habitamos y conocemos a través de la percepción, y la realidad del mundo del pensamiento que habita en nosotros y nos dirige. El problema de la realidad de lo que se ve ‑caras extraordinarias que tal vez son alucinaciones proyectadas por nuestra mente; cosas corrientes que tal vez esconden bajo la apariencia más banal una segunda naturaleza inquietante, misteriosa, terrible‑ es la esencia de la literatura fantástica, cuyos mejores efectos residen en la oscilación de niveles de realidad inconciliables.
Tzvetan Todorov, en su Introduction à la littérature fantastique (1970), sostiene que lo que distingue a lo «fantástico» narrativo es precisamente la perplejidad frente a un hecho increíble, la indecisión entre una explicación racional y realista, y una aceptación de lo sobrenatural. El personaje del incrédulo positivista que interviene a menudo en este tipo de cuentos, visto con compasión y sarcasmo porque debe rendirse frente a lo que no sabe explicar, no es, sin embargo, refutado por completo. El hecho increíble que narra el cuento fantástico debe dejar siempre, según Todorov, una posibilidad de explicación racional, a no ser que se trate de una alucinación o de un sueño (buena tapadera para todos los pucheros). En cambio, lo «maravilloso», según Todorov se distingue de lo «fantástico» por presuponer la aceptación de lo inverosímil y de lo inexplicable, como en las fábulas o en Las mil y una noches (distinción que se adhiere a la terminología literaria francesa, donde «fantastique» se refiere casi siempre a elementos macabros, tales como apariciones de fantasmas de ultratumba. El uso italiano, en cambio, asocia más libremente fantástico a fantasía; en efecto, nosotros hablamos de lo fantástico ariostesco, mientras que según la terminología francesa se debería decir «lo maravilloso ariostesco»).
El cuento fantástico nace a principios del siglo XIX con el romanticismo alemán, pero ya en la segunda mitad del XVIII la novela «gótica» inglesa había explorado un repertorio de motivos, de ambientes y de efectos (sobre todo macabros, crueles y pavorosos) que los escritores del Romanticismo emplearon profusamente. Y dado que uno de los primeros nombres que destaca entre éstos (por el logro que supone su Peter Schlemihl) pertenece a un autor alemán nacido francés, Chamisso, que aporta una ligereza propia del XVIII francés a su cristalina prosa alemana, vemos que también el componente francés aparece como esencial desde el primer momento. La herencia que el siglo XVIII francés deja al cuento fantástico del Romanticismo es de dos tipos: por un lado, la pompa espectacular del «cuento maravilloso» (del féerique de la corte de Luis XIV a las fantasmagorías orientales de Las mil y una noches descubiertas y traducidas por Galland) y, por otro, el estilo lineal, directo y cortante del «cuento filosófico» volteriano, donde nada es gratuito y todo tiende a un fin.
Si el «cuento filosófico» del siglo XVIII había sido la expresión paradójica de la Razón iluminista, el «cuento fantástico» nace en Alemania como sueño con los ojos abiertos del idealismo filosófico, con la declarada intención de representar la realidad del mundo interior, subjetivo, de la mente, de la imaginación, dándole una dignidad igual o mayor que a la del mundo de la objetividad y de los sentidos, Por tanto, ésta también se presenta como cuento filosófico, y aquí un nombre se destaca por encima de todos: Hoffmann.
Toda antología debe trazarse unos límites e imponerse unas reglas; la nuestra se ha impuesto la regla de ofrecer un solo texto de cada autor: regla particularmente cruel cuando se trata de elegir un solo cuento que represente todo Hoffmann. He elegido el más conocido (porque es un texto, podríamos decir, «obligatorio», El hombre de la arena (Der Sandmann), en el que los personajes y las imágenes de la tranquila vida burguesa se transfiguran en apariciones grotescas, diabólicas, aterradoras, como en las pesadillas. Pero también habría podido orientar mi elección hacia ciertas obras de Hoffmann en las que falta casi por completo lo grotesco, como en Las minas de Falun, donde la poesía romántica de la naturaleza alcanza lo sublime a través de la fascinación del mundo mineral. Las minas en las que el joven Ellis se abisma hasta el punto de preferirlas a la luz del sol y al abrazo de su esposa constituyen uno de los grandes símbolos de la interioridad ideal. Y aquí aparece otro punto esencial que todo discurso sobre lo fantástico debe tener presente: los intentos de esclarecer el significado de un símbolo (la sombra perdida de Peter Schlemihl en Chamisso, las minas en las que se pierde el Ellis de Hoffmann, el callejón de los hebreos en Die Majoratsherren de Arnim) no hacen otra cosa que empobrecer sus ricas sugerencias.
Dejando a un lado el caso de Hoffmann, las grandes obras del género fantástico en el romanticismo alemán son demasiado largas para entrar en una antología que quiere ofrecer el panorama más extenso posible. La medida de menos de cincuenta páginas es otro límite que me he impuesto y que me ha obligado a renunciar a algunos de mis textos favoritos, que tienen dimensiones de cuento largo o de novela corta: Chamisso, de quien ya he hablado, y su Isabel de Egipto, las demás obras hermosas de Arnim y Las memorias de un holgazán de Eichendorff. Ofrecer algunas páginas elegidas habría supuesto contravenir la tercera regla que me había fijado: ofrecer sólo cuentos completos. (He hecho una sola excepción: Potocki. Su novela, El manuscrito encontrado en Zaragoza, tiene cuentos que, pese a estar bastante relacionados entre sí, gozan de una cierta autonomía).
Si consideramos la difusión de la influencia declarada de Hoffmann en las distintas literaturas europeas, podemos asegurar que, al menos para la primera mitad del siglo XIX, «cuento fantástico» es sinónimo de «cuento a lo Hoffmann». En la literatura rusa el influjo de Hoffmann produce frutos milagrosos, como los Cuentos de Petersburgo de Gogol; pero hay que advertir que, antes incluso de cualquier inspiración europea, Gogol había escrito extraordrnarios relatos de brujería en sus dos libros de cuentos ambientados en el campo ucraniano. Desde un primer momento la tradición crítica ha considerado la literatura rusa del siglo XIX bajo la perspectiva del realismo, pero, de igual modo, el desarrollo paralelo de la tendencia fantástica ‑de Pushkin a Dostoyevski‑ se advierte con claridad. Precisamente en esta línea, un autor de primera fila como Leskov adquiere su plena proporción.
En Francia, Hoffmann ejerce una gran influencia sobre Charles Nodier, sobre Balzac (sobre el Balzac declaradamente fantástico y sobre el Balzac realista con sus sugestiones grotescas y nocturnas) y sobre Théophile Gautier, de quien podemos hacer partir una ramificación del tronco romántico que jugará un papel importante en el desarrollo del cuento fantástico: la esteticista. En cuanto al aspecto filosófico, en Francia lo fantástico se tiñe de esoterismo iniciático de Nodier a Nerval, o de teosofía a lo Swedenborg, como en Balzac y Gautier. Gérard de Nerval crea un nuevo género fantástico: el cuento‑sueño (Sylvie, Aurélia), sostenido por la densidad lírica más que por la estructura de la trama. En lo que respecta a Mérimée, con sus historias mediterráneas (y también nórdicas: la sugerente Lituania de Lokis), con su arte para fijar la luz y el alma de un país en una imagen que al punto se convierte en emblemática, abre al género fantástico una nueva dimensión; el exotismo.
Inglaterra pone un especial placer intelectual en jugar con lo macabro y lo terrible: el ejemplo más famoso es el Frankenstein de Mary Shelley. El patetismo y el humour de la novela victoriana dejan cierto margen para que siga actuando la imaginación «negra», «gótica», con renovado espíritu: nace la ghost story, cuyos autores acaso hacen gala de un guiño irónico pero, mientras tanto, ponen sobre el tapete algo de sí mismos, una verdad interior que no aparecerá en los manierismos del género. La propensión de Dickens por lo grotesco y macabro no sólo tiene cabida en sus grandes novelas, sino también en sus producciones menores, tales como las fábulas navideñas y las historias de fantasmas. Digo producciones porque Dickens (como Balzac) programaba su trabajo con la determinación de quien actúa en un mundo industrial y comercial (y de ese modo nacen sus mejores obras) y publicaba periódicos de narrativa escritos en su mayor parte por él mismo, pero pensados para dar cabida también a las colaboraciones de sus amigos. Entre estos escritores de su círculo (que incluye al primer autor de novelas policíacas, Wilkie Collins), hay uno que tiene un puesto de relieve en la historia del género: Le Fanu, irlandés de familia protestante, primer ejemplo de «profesional» de la ghost story, ya que prácticamente no escribió otra cosa que historias de fantasmas y de horror. Se afirma por entonces una «especialización» en el cuento fantástico que se desarrollará ampliamente en nuestro siglo (tanto a nivel de literatura popular como de literatura de ralidad, pero a menudo a caballo entre ambas). Esto no implica que Le Fanu deba considerarse como un mero artesano (lo que más tarde será Bram Stoker, el creador de Drácula), al contrario: el drama de las controversias religiosas da vida a sus cuentos, así como la imaginación popular irlandesa y una vena poética grotesca y nocturna (véase El juez Harbottle) en la que reconocemos una vez más la influencia de Hoffmann.
Lo común de todos estos autores tan distintos que he hombrado hasta aquí consiste en poner en primer plano una sugestión visual. Y no es casual. Como decía al principio, el verdadero tema del cuento fantástico del siglo XIX es la realidad de lo que se ve: creer o no creer en apariciones fantasmagóricas, vislumbrar detrás de la apariencia cotidiana otro mundo encantado o infernal. Es como si el cuento fantástico, más que cualquier otro género, estuviera destinado a entrar por los ojos, a concretarse en una sucesión de imágenes, a confiar su fuerza de comunicación al poder de crear «figuras». No es tanto la maestría en el tratamiento de la palabra o en perseguir el fulgor del pensamiento abstracto que se narra, como la evidencia de una escena compleja e insólita. El elemento «espectáculo» es esencial en la narración fantástica: no es de extrañar que el cine se haya alimentado tanto de ella.
Pero no podemos generalizar. Si en la mayor parte de los casos la imaginación romántica crea en torno a sí un espacio poblado de apariciones visionarias, existe también el cuento fantástico en el que lo sobrenatural es invisible, más que verse se siente, entra a formar parte de una dimensión interior, como estado de ánimo o como conjetura. Incluso Hoffmann, que tanto se complace en evocar visiones angustiosas y demoníacas, tiene cuentos en los que pone en juego una apretada economía de elementos espectaculares, con predominio de las imágenes de la vida cotidiana. Por ejemplo, en La casa deshabitada bastan las ventanas cerradas de una casucha ruinosa en medio de los ricos palacios del Unter den Linden, un brazo de mujer y luego un rostro de muchacha que asoman, para crear una expectación llena de misterio: tanto mayor por cuanto estos movimientos no son observados directamente, sino que se reflejan en un espejillo cualquiera que adquiere la función de espejo mágico.
La ejemplificación más clara de estas dos direcciones podemos encontrarla en Poe. Sus cuentos más típicos son aquellos en los que una muerta vestida de blanco y ensangrentada sale del féretro en una casa oscura cuyo fastuoso mobiliario respira un aire de disolución. La caída de la casa Usher constituye la más rica elaboración de este tipo. Pero tomemos El corazón revelador: las sugestiones visuales, reducidas al mínimo, se han concentrado en un ojo abierto de par en par en la oscuridad, y toda la tensión se centra en el monólogo del asesino.
Para comparar los aspectos de lo fantástico «visionario» y los de lo fantástico «mental», o «abstracto», o «psicológico», o «cotidiano», había pensado en un primer momento elegir dos cuentos representativos de ambas tendencias por cada autor. Pero rápidamente he advertido que a principios del siglo XIX lo fantástico «visionario», predomina con claridad, así como a finales de siglo predomina lo fantástico «cotidiano», para alcanzar la cima de lo inmaterial e inaprehensible con Henry James. He entendido, en suma, que con un mínimo de renuncias respecto al proyecto primitivo, podía unificar la sucesión cronológica y la clasificación estilística, titulando "Lo fantástico visionario» el primer volumen, que comprende textos de las tres primeras décadas del siglo XIX, y «Lo fantástico cotidiano» el segundo, que llega hasta el alba del siglo XX. Forzar un poco las cosas es inevitable en operaciones como esta, que tienen su punto de partida en definiciones contrapuestas: en todo caso, las etiquetas son intercambiables y cualquier cuento de una serie también podrá ser asignado a la otra; pero lo importante es que quede claro que la dirección general va hacia la paulatina interiorización de lo sobrenatural.
Poe ha sido, después de Hoffmann, el autor que más ha influido sobre el género fantástico europeo. La traducción de Baudelaire debía funcionar como el manifiesto de un nuevo planteamiento del gusto literario; y sucedió que los efectos macabros y «malditos» fueron acogidos más fácilmente que la lucidez de raciocinio que es el más importante rasgo distintivo de este autor. He hablado en primer lugar de su fortuna europea porque en su patria la figura de Poe no resultaba tan emblemática como para identificarla con un género literario concreto. Junto a él, incluso un poco antes que él, hubo otro gran americano que alcanzó en el cuento fantástico una intensidad extraordinaria: Nathaniel Hawthorne.
Hawthorne, entre los autores representados en esta antología, es ciertamente el que logra profundizar más en una concepción moral y religiosa, tanto en el drama de la conciencia individual como en la representación sin paliativos de un mundo forjado por una religiosidad exasperada, como el de la sociedad puritana. Muchos de sus cuentos son obras maestras (tanto de lo fantástico visionario, el aquelarre de Young Master Brown, como de lo fantástico introspectivo, Egotismo o la serpiente en el seno), pero no todos: cuando se aleja de los escenarios americanos (como en la demasiado famosa La hija de Rapaccini) su inventiva puede permitirse los efectos más previsibles. Pero en las obras mejores sus alegorías morales, siempre basadas en la presencia indeleble del pecado en el corazón humano, tienen una fuerza para visualizar el drama interior que sólo será igualada en nuestro siglo por Franz Kafka (sin duda existe un antecedente de El castillo kafkiano en uno de los mejores y más angustiosos cuentos de Hawthorne: My kinsman Major Molineaux).
Habría que decir que antes de Hawthorne y Poe lo fantástico en la literatura de los Estados Unidos tenía ya su tradición y su clásico: Washington Irving. Y no debemos olvidar un cuento emblemático como Peter Rugg, the Missing Man de William Austin (1824). Una misteriosa condena divina obliga a un hombre a correr en calesa junto a su hija, sin poder detenerse nunca perseguido por el huracán a través de la inmensa geografía del continente; un cuento que expresa con elemental evidencia los componentes del naciente mito americano: poder de la naturaleza, predestinación individual, intensidad aventurera.
Es, en suma, una tradición de lo fantástico ya adulta la que Poe hereda (a diferencia de los románticos de principios del siglo XIX) y transmite a sus seguidores, que a menudo no son más que epígonos y manieristas (algunos de ellos ricos en colores de la época, como Ambrose Bierce). Hasta que con Henry James nos encontramos frente a una nueva directriz.
En Francia, el Poe que a través de Baudelaire se ha hecho francés no tarda en hacer escuela. Y el más interesante de sus continuadores en el ámbito específico del cuento es Villiers de l'Isle‑Adam, que en Véra nos ofrece una eficaz puesta en escena del tema del amor que continúa más allá de la tumba, y en La tortura con la esperanza, uno de los ejemplos más perfectos de lo fantástico puramente mental (en sus antologías del género, Roger Callois elige Véra; Borges, La tortura con la esperanza: óptimas elecciones una y, sobre todo, la otra. Si yo propongo un tercer cuento es más que nada por no repetir las elecciones de los otros).
A finales de siglo, sobre todo en Inglaterra, se abren los caminos gue serán recorridos por el género fantástico en el siglo XX. Es en Inglaterra donde se perfila un tipo de escritor refinado al que le gusta disfrazarse de escritor popular, y su disfraz tiene éxito porque no lo emplea con condescendencia, sino con desenfado y empeño profesional, y esto es sólo posible cuando se sabe que sin la técnica del oficio no hay sabiduría artística que valga. R. L. Stevenson es el más feliz ejemplo de esta disposición de ánimo; pero junto a él debemos considerar dos casos extraordinarios de genialidad inventiva, así como de dominio del oficio: Kipling y Wells.
Lo fantástico de los cuentos hindúes de Kipling es exótico, pero no en el sentido esteticista y decadente, sino en cuanto que nace del contraste entre el mundo religioso, moral y social de la India y el mundo inglés. Lo sobrenatural a menudo es una presencia invisible, aunque sea terrorífica, como en La marca de la bestia; a veces el escenario del trabajo cotidiano, como el de Los constructores de puentes, se desgarra y, en una aparición visionaria, se revelan las antiguas divinidades de la mitología hindú. Kipling ha escriro también muchos cuentos fantásticos de ambiente inglés donde lo sobrenatural es casi siempre invisible (como en They) y domina la angustia de la muerte.
Con Wells se inaugura la ciencia ficción, un nuevo horizonte de la imaginación que conorerá un gran desarrollo en la segunda mitad de nuestro siglo. Pero el genio de Wells no reside sólo en formular hipótesis maravillosas y terrores futuros desvelando visiones apocalípticas; sus cuentos extraordinarios se basan siempre en un hallazgo de la inteligencia que puede ser muy simple. El caso del difunto Mr. Evelsham trata de un joven que es nombrado heredero universal por un viejo desconocido a condición de que acepte tomar su nombre. He aquí que se despierta en casa del viejo; se mira las manos: están arrugadas; se mira al espejo: él es el viejo; entonces se da cuenta de que el viejo ha tomado su identidud y su persona y está viviendo su juventud. Exteriormente todo es idéntico a la normal apariencia de antes; pero la realidad es de un horror sin límites.
Quien con más facilidad conjuga el refinamiento del literato de calidad y el brío del narrador popular (entre sus autores favoritos siempre citaba a Dumas) es R. L. Stevenson. En su corta vida de enfermo llegó a hacer muchas obras perfectas, de las novelas de aventuras al Dr. Jekyll, y numerosas narraciones fantásticas muy breves: Olalla, historia de vampiresas en la España napoleónica (el mismo ambiente de Potocki, a quien no sé si él llegó a leer); Thrown Janet, historia escocesa de brujería; los Island's Entertainements, donde con pluma ligera muestra lo mágico del exotismo (y también exporta motivos escoceses adaptándolos a los ambientes de la Polinesia); Markheim, que sigue el camino de lo fantástico interiorizado, como El corazón revelador de Poe, con una presencia más marcada de la conciencia puritana.
Uno de los más firmes seguidores de Stevenson es precisamente un escritor que no tiene nada de popular: Henry James. Con este escritor, que no sabemos si llamar americano, inglés o europeo, el género fantástico del siglo XIX tiene su última encarnación ‑o, mejor dicho, desencarnación; ya que se hace más invisible e impalpable que nunca: una emanación o vibración psicológica. Es necesario considerar el ambiente intelectual del que nace la obra de Henry James, y particularmente las teorías de su hermano, el filósofo William James, sobre la realidad psíquica de la experiencia: podemos decir que a finales de siglo el cuento fantástico vuelve a ser cuento filosófico como a principios de siglo.
Los fantasmas de las ghost stories de Henry James son muy evasivos: pueden ser encarnaciones del mal sin rostro o sin forma, como los diabólicos servidores de La vuelta de tuerca, o apariciones bien visibles que dan forma sensible a un pensamiento dominante, como Sir Edmund Orme, o mixtificaciones que desencadenan la verdadera presencia de lo sobrenatural, como en El alquiler del fantasma. En uno de los cuentos más sugestivos y emocionantes, The Jolly Corner, el fantasma apenas entrevisto por el protagonista es el mismo que él habría sido si su vida hubiese tomado otro camino; en La vida privada hay un hombre que sólo existe cuando otros lo miran, en caso contrario se disipa, y otro que, sin embargo, existe dos veces, porque tiene un doble que escribe los libros que él no sabría escribir.
Con James, autor que pertenece al siglo XIX por la cronología, pero a nuestro siglo por el gusto literario, se cierra esta reseña: He dejado a un lado a los autores italianos porque no me agradaba hacerlos figurar sólo por obligación: lo fantástico representa en la literatura italiana del XIX algo «menor». Antologías especiales (Poesie e racconti de Arrigo Boito, y Racconti neri della scapigliatura), así como algunos textos de escritores más conocidos por otros aspectos de su obra, de De Marchi a Capuana, pueden ofrecer preciosos hallazgos y una interesante documentación sobre el gusto de la época. Entre las demás literaturas que he omitido, la española tiene un autor de cuentos fantásticos muy conocido, Gustavo Adolfo Bécquer. Pero esta antología no pretende ser exhaustiva. Lo que he querido ofrecer es un panorama centrado en algunos ejemplos y, sobre todo, un libro fácil de leer.

Italo Calvino

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