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sábado, 26 de julio de 2008

LA GUERRA DE LOS MUNDOS -- H. G. WELLS -- LIBRO SEGUNDO

LA GUERRA DE LOS MUNDOS -- H. G. WELLS -- LIBRO SEGUNDO
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LIBRO SEGUNDO
LA TIERRA DOMINADA POR LOS MARCIANOS
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1
APLASTADOS
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En el primer libro me he apartado un tanto de mis aventuras para relatar
las experiencias de mi hermano, y durante el transcurso de los
acontecimientos narrados en los dos últimos capítulos, el cura y yo hemos
estado ocultos en la casa abandonada de Halliford, donde huimos para
escapar del humo negro.
Allí reanudo mi narración.
Estuvimos en esa casa el domingo por la noche y todo el día siguiente —
que fue el del pánico—, en una islita de luz separada del resto del mundo por
el humo negro. No podíamos hacer otra cosa que esperar en la mayor
inactividad durante esas cuarenta y ocho horas.
Yo estaba terriblemente ansioso por mi esposa. Me la figuré en
Leatherhead, aterrorizada, en peligro, llorándome ya por muerto. Me paseé por
las habitaciones y lancé exclamaciones al pensar en cómo me hallaba
apartado de ella y en todo lo que podría ocurriría durante nuestra separación.
Sabía que mi primo era hombre capaz de hacer frente a cualquier
emergencia; pero no era la clase de individuo que se diera cuenta del peligro
con prontitud y que obrara sin pérdida de tiempo. Lo que se necesitaba en
esos momentos no era bravura, sino circunspección.
Me consolaba, no obstante, la creencia de que los marcianos iban hacia
Londres, alejándose de ella. Esos vagos temores me tornaron demasiado
sensitivo. Pronto me sentí irritado ante las constantes exclamaciones del
cura. Me harté de ver su egoísta desesperación. Después de reñirle
inútilmente me aparté de él, quedándome en un cuarto en que había
globos, juegos y cuadernos, y era, me siguió hasta allí, me fui al desván y
me encerré, a fin me siguió hasta allí, me fui al altillo y me encerré, a fin de
estar a solas con mis preocupaciones.
Todo ese día y la mañana del siguiente estuvimos completamente
cercados por el humo negro. El domingo por la noche vimos señales de
que había gente en la casa vecina; una cara en una ventana y algunas
luces que se movían, así como también el ruido de una puerta al cerrarse.
Mas no sé quiénes eran ni qué fue de ellos. Al día siguiente no los vimos
más. El humo negro se deslizó lentamente hacia el río durante toda la
mañana del lunes, acercándose cada vez más a nosotros y pasando, al
fin, por el camino próximo a la casa que nos servía de escondite.
Alrededor del mediodía se presentó un marciano para dispersar el humo
con un chorro de vapor, que silbó al tocar las paredes, destrozó todas las
ventanas y quemó la mano del cura cuando éste huyó de la sala.
Cuando nos adelantamos, al fin, por las habitaciones empapadas y
volvimos a mirar hacia afuera, el terreno exterior parecía haber sido
cubierto por una abundante nieve negra. Al mirar hacia el río nos asombró
ver algo rojo que se mezclaba con la negrura de la campiña quemada.
Por un tiempo no comprendí en qué sentido afectaba esto nuestra
situación, salvo que nos veíamos libres, al fin, del terrible humo negro.
Pero después caí en la cuenta de que ya no estábamos prisioneros, de que
podíamos escapar. Tan pronto como me di cuenta de esto volví a
formular mis planes de acción. Pero el cura se mostró poco razonable y
nada dispuesto a seguirme.
—Aquí estamos a salvo —expresó varias veces.
Decidí dejarlo. ¡Ojalá lo hubiera hecho! Mejor preparado ahora por las
enseñanzas del artillero, busqué alimento y bebida. Había hallado aceite y
algunos trapos para tratar mis quemaduras y tomé también un sombrero y
una camisa de franela que estaban en uno de los dormitorios.
Cuando mi compañero se dio cuenta de que me iría solo se decidió, al
fin, a acompañarme. Y como reinó la calma durante toda la tarde partimos a
eso de las cinco por el camino ennegrecido que se extendía hacia
Sunbury.
En esta población, así como también a lo largo del camino, había
cadáveres tendidos en diversas actitudes —tanto de hombres como de
caballos—, carros volcados y maletas diseminadas, todo ello cubierto por
un polvo negro.
Aquel manto de polvo negro me hizo pensar en lo que había leído
sobre la destrucción de Pompeya.
Llegamos a Hampton Court sin dificultades y allí nos alivió un tanto ver
un trozo de terreno herboso que asomaba por entre la negrura
circundante.
Cruzamos Bushey Park, por donde avistamos a algunos hombres y
mujeres que se alejaban en dirección a Hampton, y así llegamos a
Twickenham. Aquéllas eran las primeras personas que veíamos.
Del otro lado del camino, más allá de Ham y Petersham, los bosques
seguían ardiendo. Twickenham no había sufrido los efectos del rayo
calórico ni del humo negro y allí encontramos algunas personas, aunque
nadie pudo darme ninguna noticia. En su mayoría eran como nosotros y
aprovechaban la calma momentánea para cambiar de refugio.
Tengo la impresión de que muchas de las casas seguían ocupadas por
sus atemorizados dueños, los cuales no se atrevían a huir. Allí también
veíase la evidencia de una fuga apresurada por el camino. Recuerdo
vividamente tres bicicletas destrozadas y aplastadas por las ruedas de
los vehículos que les pasaran por encima.
Alrededor de las ocho y media cruzamos el puente de Richmond, y
al hacerlo noté que flotaba por el río una gran masa roja de varios
metros de anchura. No sé lo que era —no tuve tiempo para estudiarla—
y la consideré como algo más horrible de lo que resultó ser en realidad.
También allí, en el lado de Surrey, estaba el polvo negro que fuera
humo y muchos cadáveres cerca de la estación. No vimos a los
marcianos hasta que nos encontramos a cierta distancia de Barnes.
A lo lejos avistamos a un grupo de tres personas, que corrían por
una calle transversal en dirección al río. Colina arriba, el pueblo de
Richmond estaba ardiendo; en las afueras de la población no había
rastros del humo negro.
De pronto, cuando nos acercábamos a Kew, llegó corriendo un grupo
de gente y sobre los tejados vimos la parte superior de una de las
máquinas guerreras de los marcianos, a menos de cien metros de
nosotros.
Nos quedamos anonadados ante el peligro, y si el marciano hubiera
mirado hacia abajo habríamos perecido de inmediato. Estábamos tan
aterrorizados que no nos atrevimos a seguir adelante, sino que nos
desviamos para escondernos en el cobertizo de un jardín. Allí se
acurrucó el cura, llorando silenciosamente y negándose a moverse.
Pero mi idea de llegar a Leatherhead no me daba descanso; al
oscurecer volví a salir. Avancé por entre los setos y a lo largo de un
pasaje paralelo a una casa que se elevaba en medio de un amplio
terreno, saliendo así al camino que iba a Kew. El cura salió entonces
del cobertizo para seguirme.
Aquella segunda salida fue la locura más grande que cometí, pues
era evidente que los marcianos se hallaban en los alrededores. No
acababa de alcanzarme mi compañero cuando vimos otro de los
gigantes en dirección a Kew Lodge. Cuatro o cinco figuras negras corrían
frente a él por un campo, y en seguida nos dimos cuenta de que el marciano
los perseguía. En tres zancadas estuvo junto a ellos y los fugitivos se alejaron
de entre sus piernas en todas direcciones. No empleó su rayo calórico para
matarlos, sino que los fue apresando uno por uno. Aparentemente, los
arrojaba al interior de un gran cajón metálico que llevaba colgado atrás, tal
como los canastos que llevan pendientes del hombro los pescadores.
Fue la primera vez que comprendí que los marcianos podrían tener otras
intenciones que no fueran la de destruir a la humanidad vencida. Por un
momento nos quedamos petrificados; luego giramos sobre nuestros talones y
transpusimos la puerta que teníamos a nuestra espalda para entrar en un
jardín cerrado. Caímos luego en una zanja y allí nos quedamos, sin
atrevernos a susurrar siquiera hasta que brillaron las estrellas en el cielo.
Creo que eran ya las once de la noche cuando cobramos suficiente valor
para salir de nuevo. Esta vez no nos aventuramos por el camino, sino que
avanzamos sigilosamente por entre los setos y plantaciones, mientras que
estudiábamos la oscuridad circundante en busca de los marcianos, que
parecían hallarse por todas partes. En un punto pasamos sobre un área
quemada y ennegrecida, que ahora se estaba enfriando. Vimos también un
número de cadáveres horriblemente quemados en la cabeza y los hombros,
pero con las piernas intactas. A unos quince metros de una hilera de
cañones destrozados había numerosos caballos muertos.
Sheen había escapado de la destrucción, pero la aldea estaba silenciosa y
desierta. Allí no encontramos muertos, aunque la noche era demasiado oscura
para que pudiéramos ver las calles laterales. En Sheen se quejó de pronto mi
compañero de que sufría hambre y sed y decidimos probar suerte en una de
las casas.
La primera en la que entramos, después de forzar una ventana, era una
villa apartada de las demás. Allí no encontramos otro comestible que un
trozo de queso viejo. Mas había agua para beber, y me apoderé de un
hacha pequeña, que me serviría para entrar en alguna otra vivienda.
Cruzamos el camino hasta un lugar donde el mismo describe una curva
en dirección a Mortlake. Allí se elevaba una casa blanca en el centro de
un jardín cerrado, y en la despensa encontramos cierta cantidad de
alimentos. Había dos panes grandes, un bistec crudo y medio jamón. Doy
estos detalles tan precisos porque ocurrió que estábamos destinados a
subsistir con esas provisiones durante los quince días siguientes. Bajo un
anaquel encontramos varias botellas de cerveza y había dos bolsas de
alubias y un poco de lechuga. La alacena daba a una cocina, en la que
había leña. En un armario descubrimos cerca de una docena de botellas de
vino, latas de sopa y salmón y dos latas de bizcochos.
Nos sentamos en la cocina, sin atrevernos a encender la luz, y
comimos pan y jamón, bebiendo también el contenido de una botella de
cerveza. El cura, que seguía mostrándose atemorizado e inquieto, sugirió
que siguiéramos viaje, y yo le estaba recomendando que repusiera sus
fuerzas con el alimento cuando sucedió lo que habría de aprisionarnos.
—Todavía no puede ser medianoche —dije.
En ese momento hubo un destello cegador de luz verdosa. Toda la
cocina quedó iluminada fugazmente para oscurecer casi en seguida.
Siguió luego una conmoción tal como jamás he vuelto a oír. Casi
instantáneamente resonó detrás de mí un tremendo golpe, el estrépito de
muchos vidrios, un estruendo y el ruido de las paredes que se
desplomaban a nuestro alrededor. Acto seguido se nos vino encima el
revoque del cielo raso, haciéndose añicos sobre nuestras cabezas.
Yo caí contra la manija del horno y quedé atontado. Estuve sin sentido
durante largo rato, según me dijo luego el cura, y cuando me recobré
estábamos de nuevo en la oscuridad y él tenía la cara empapada en
sangre, que le manaba de una herida en la frente.
Por un tiempo no pude recordar lo que había pasado. Luego me fui
haciendo cargo poco a poco de lo sucedido.
—¿Está mejor? —me preguntó el cura en voz muy baja.
Me senté entonces para responderle.
—No se mueva —me dijo—. El piso está cubierto de fragmentos de loza
y vasos del armario. No se puede mover sin hacer ruido y creo que ellos
están fuera.
Nos quedamos tan en silencio, que pudimos oír mutuamente el sonido
leve de nuestra respiración. Todo parecía en calma, aunque en cierta
oportunidad cayó un poco de revoque de la pared y dio en el suelo con un
golpe sordo. En el exterior, y muy cerca de nosotros, resonaba un ruido
metálico intermitente.
—¡Eso! —dijo el cura cuando se repitió el sonido.
—Sí —repuse—. ¿Pero que es?
—Un marciano.
Volví a prestar atención.
—No se parece al rayo calórico —expresé, y por un momento tuve la
idea de que una de las máquinas guerreras de los marcianos había
tropezado con la casa, tal como aquella otra que viera derribar la torre
de la iglesia de Shepperton.
Nuestra situación era tan extraña e incomprensible, que durante tres
o cuatro horas, hasta que llegó el alba, no nos movimos casi nada. Y
entonces se filtró la luz al interior de la casa, aunque no por la ventana, que
siguió oscura, sino por una abertura triangular entre un tirante y un
montón de ladrillos rotos en la pared a nuestra espalda. Por primera vez
vimos vagamente la cocina en que nos hallábamos.
La ventana había sido destrozada por una masa de tierra negra, que
llegaba hasta la mesa a la que habíamos estado sentados. Fuera, la tierra
se apilaba hasta gran altura contra el costado de la casa. En la parte
superior del marco de la ventana pude ver un caño arrancado del suelo.
El piso estaba cubierto de loza destrozada; el extremo de la cocina que
daba al cuerpo principal del edificio estaba derribado, y como por allí brillaba
la luz del día, era evidente que la mayor parte de la casa se había
desplomado.
Contrastando vividamente con toda esta ruina vimos que el armario
estaba intacto con gran parte de su contenido.
Al aclararse la luz observamos por la abertura de la pared el cuerpo de
un marciano, que, según supongo, montaba la guardia junto al cilindro,
todavía candente.
Ante tal espectáculo nos alejamos todo lo posible de la luz y fuimos
hacia la oscuridad del lavadero.
Bruscamente me hice cargo de lo ocurrido.
—El quinto cilindro —susurré—. El quinto disparo de Marte ha dado en
esta casa y nos ha atrapado entre las ruinas.
Durante un momento estuvo el cura en silencio, luego murmuró:
—¡Que Dios se apiade de nosotros!
Poco después le oí sollozar por lo bajo.
Con excepción de ese sonido, guardamos el más absoluto silencio. Por mi
parte, apenas si me atrevía a respirar, y me quedé con los ojos clavados en la
luz débil que llegaba por la puerta de la cocina. Alcanzaba a ver apenas la
cara pálida del cura, su cuello y sus puños. En el exterior comenzó a
resonar un martilleo metálico, al que siguió un ulular violento. Un momento
más tarde, tras un intervalo de silencio, oímos un silbido como el escape de
una máquina de vapor.
Estos ruidos, en su mayor parte misteriosos, continuaron de manera
intermitente y parecieron acrecentar en número a medida que transcurría el
tiempo. Después oímos golpes mesurados y una vibración violenta, que hizo
temblar todo lo que nos rodeaba y saltar los recipientes que había en el
armario. En cierta oportunidad se eclipsó la luz y la entrada de la cocina quedó
completamente a oscuras. Durante muchas horas nos quedamos allí
acurrucados en silencio y temblorosos, hasta que, al fin, se agotaron nuestras
fuerzas...
Pasado un lapso me desperté hambriento. Creo que debe haber
transcurrido la mayor parte de un día antes que despertara. Mi hambre era
tan insistente que me obligó a entrar en acción. Le dije a mi compañero que
iba a buscar alimentos y avancé a tientas hacia la despensa. Él no me
respondió, pero tan pronto como empecé a comer le oí acercarse
arrastrándose.
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2
LO QUE VIMOS DESDE LAS RUINAS
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Después de comer volvimos al lavadero, y allí debo haberme dormido otra
vez, pues cuando levanté de nuevo la cabeza me encontré solo. La vibración y
los golpes continuaban con persistencia cansadora. Varias veces llamé al
cura en voz baja, y al fin avancé a tientas hasta la puerta de la cocina.
Todavía era de día y le vi al otro lado del cuarto apoyado contra la
abertura triangular que daba al lugar donde se hallaban los marcianos. Tenía
los hombros levantados y no pude verle la cabeza.
Oí una serie de ruidos, casi como los que predominan en un taller
mecánico, y las paredes temblaban con la vibración continua de los golpes. A
través de la abertura pude ver la copa de un árbol teñida de oro y el azul
del cielo tranquilo de la tarde.
Por un momento me quedé mirando al cura, y al fin avancé con gran
cuidado por entre los fragmentos de loza que cubrían el piso.
Toqué la pierna de mi compañero y él dio un respingo tan violento, que
derribó un trozo de revoque, haciéndolo caer al suelo con fuerte ruido. Le así
del brazo temiendo que gritara y durante largo rato nos quedamos
completamente inmóviles.
Después me volví para ver lo que quedaba de la pared. La caída del
revoque había dejado una raja vertical, y levantándome con cuidado sobre
el tirante pude mirar por allí hacia lo que el día anterior fuera un tranquilo
camino suburbano. Vasto fue el cambio que observé.
El quinto cilindro debe haber caído exactamente sobre la casa que
visitáramos primero. El edificio había desaparecido, completamente
pulverizado y lanzado a los cuatro vientos por el golpe.
El cilindro yacía ahora mucho más abajo de los cimientos originales, en un
profundo agujero, ya mucho más amplio que el pozo que viera yo en Woking.
Toda la tierra de alrededor había saltado ante el tremendo impacto y formaba
montones que tapaban las casas adyacentes. Había salpicado igual que el
barro al recibir el golpe violento de un martillo.
Nuestra casa habíase desplomado hacia atrás; la parte delantera, incluso
el piso bajo, estaba completamente destruida; por casualidad se salvaron la
cocina y el lavadero, los cuales estaban ahora sepultados bajo la tierra y las
ruinas por todas partes menos por el lado que daba al cilindro.
Estábamos, pues, al borde mismo del gran foso circular que los
marcianos se ocupaban en abrir. Los golpes que oíamos procedían de atrás,
y a cada momento se levantaba una nube de vapor verdoso que nos
obstruía la visión.
El proyectil habíase abierto ya en el centro del pozo, y sobre el borde
más lejano del agujero, entre los restos de los setos, vimos una de las grandes
máquinas de guerra, abandonada ahora por su ocupante, y destacándose en
toda su altura contra el cielo.
Al principio no me fijé mucho en el pozo o en el cilindro, aunque me ha
resultado más conveniente describirlos primero. Lo que más me llamó la
atención en aquellos momentos fue el extraordinario mecanismo reluciente
que realizaba trabajos en la excavación, y también las extrañas criaturas
que se arrastraban lenta y penosamente sobre un montón de tierra
próximo.
El mecanismo me interesó más que nada. Era uno de esos complicados
aparatos que después dimos en llamar máquinas de trabajo y cuyo estudio
ha dado ya un tremendo impulso a los inventos terrestres.
A primera vista parecía ser una especie de araña metálica dotada de
cinco patas articuladas y muy ágiles y con un número extraordinario de
palancas, barras y tentáculos. La mayoría de sus brazos estaban metidos en
el cuerpo; pero con tres largos tentáculos retiraba un número de varas, chapas
y barras que fortificaban las paredes del cilindro. Al irlas extrayendo las
levantaba para depositarlas sobre un espacio llano que tenía detrás.
Sus movimientos eran tan rápidos, complejos y perfectos, que al principio
no la tomé por una máquina, a pesar de su brillo metálico. Las máquinas de
guerra estaban extraordinariamente bien coordinadas en todos sus
movimientos, pero no podían compararse a la que miraba ahora. La gente
que nunca ha visto estas estructuras y sólo puede guiarse por los vanos
esfuerzos de los dibujantes y las descripciones imperfectas de testigos
oculares, como yo, no se da cuenta de la cualidad de vida que poseían.
Recuerdo particularmente la ilustración incluida en uno de los primeros
folletos que se publicaron para dar al público un relato consecutivo de la
guerra. Es evidente que el artista hizo un estudio apresurado de una de las
máquinas guerreras, y allí terminaba su conocimiento de la materia. Las
presentó como trípodes fijos, sin flexibilidad ninguna y con una monotonía de
efecto muy engañadora. El folleto que contenía estos dibujos estuvo muy en
boga y lo menciono aquí simplemente para advertir al lector contra la
impresión que puedan haber creado. Se parecían tanto a los marcianos
que yo vi en acción como puede parecerse un muñeco holandés a un ser
humano. En mi opinión, el folleto habría resultado mucho más útil sin
ellos.
Al principio, como dije, la máquina de trabajo no me dio la impresión
de que fuera tal, sino más bien una criatura parecida a un cangrejo con un
tegumento reluciente, mientras que el marciano que la controlaba y que con
sus delicados tentáculos provocaba sus movimientos me pareció
simplemente el equivalente a la porción cerebral del cangrejo. Pero luego
percibí la semejanza de su pie gris castaño y reluciente con la de los otros
cuerpos que se hallaban tendidos en el sucio, y entonces me hice cargo de
la verdadera naturaleza del habilísimo obrero. Al darme cuenta de esto mi
interés se desvió entonces hacia los verdaderos marcianos. Ya había
tenido una impresión pasajera de ellos y no oscurecía ahora mi razón el
primer momento de repugnancia. Además, me hallaba oculto e inmóvil y no
me veía obligado a huir.
Vi entonces que eran las criaturas más extraterrestres que imaginarse
pueda. Eran enormes cuerpos redondeados —más bien debería decir
cabezas—, de un metro veinte de diámetro, y cada uno tenía delante una
cara. Esta cara no tenía nariz —los marcianos parecen no haber tenido el
sentido del olfato—, sino sólo un par de ojos muy grandes y de color
oscuro, y debajo de ellos una especie de pico carnoso. En la parte
posterior de la cabeza o cuerpo —no sé cómo llamarlo— había una
superficie tirante que oficiaba de tímpano y a la que después se ha
considerado como la oreja, aunque debe haber sido casi inútil en nuestra
atmósfera, más densa que la de Marte.
En un grupo alrededor de la boca había dieciséis tentáculos delgados y
semejantes a látigos, dispuestos en dos montones de ocho cada uno.
Estos montones han sido llamados manos por el profesor Howes, el
distinguido anatomista.
Cuando vi a esos marcianos parecían todos esforzarse por alzarse
sobre esas manos; pero, naturalmente, con el peso aumentado debido a la
mayor gravedad de la Tierra, esto les resultaba imposible. Hay razones
para suponer que en su planeta materno deben haber avanzado sobre
ellos con relativa facilidad.
Diré de paso que el estudio de estos seres ha demostrado después que
su anatomía interna era muy sencilla. La mayor parte de la estructura era el
cerebro, que enviaba enormes nervios a los ojos, oreja y tentáculos táctiles.
Además de esto estaban los complicados pulmones, a los que daba la boca
directamente, y luego el corazón y sus arterias. La laboriosa función
pulmonar causada por nuestra atmósfera, más densa, y por la mayor
atracción gravitacional era claramente evidente en los convulsivos
movimientos de sus cuerpos.
Y esto es el total de los órganos marcianos. Por extraño que el detalle
pueda parecer a un ser humano, todo el complejo aparato de la digestión,
que forma la mayor parte de nuestros cuerpos, no existe en los
marcianos. Eran cabezas, solamente cabezas. Entrañas no tenían. No
comían y, naturalmente, no tenían nada que digerir. En cambio, se
apoderaban de la sangre fresca de otros seres vivientes y la inyectaban
en sus venas. Yo mismo: los he visto hacer esto, como lo mencionaré a su
debido tiempo. Pero aunque se me tache de demasiado escrupuloso, no
puedo decidirme a describir lo que no me fue posible estar mirando
mucho tiempo. Baste decir que la sangre obtenida de un animal todavía
vivo, en la mayoría de los casos de un ser humano, era introducida
directamente en el canal receptor por medio de una pipeta pequeña...
Sin duda alguna, la sola idea de este procedimiento nos resulta
horriblemente repulsiva, mas al mismo tiempo opino que deberíamos
recordar lo repulsivos que habrían de parecer nuestros hábitos carnívoros a
un conejo dotado de facultades razonadoras.
Son innegables las ventajas fisiológicas de la práctica de la inyección
de sangre. Para aceptarlas basta pensar en el tremendo derroche de
tiempo y energía que es para los humanos la función de comer y el
proceso digestivo. Nuestros cuerpos están constituidos casi por completo
por glándulas, conductos y órganos cuya función es la de convertir en
sangre los alimentos más heterogéneos. Los procesos digestivos y sus
reacciones sobre el sistema nervioso consumen nuestras fuerzas y afectan
nuestras mentes. Los hombres suelen ser felices o desdichados según
tengan el hígado sano o enfermo o de acuerdo con el funcionamiento de
sus glándulas gástricas. Pero los marcianos se encuentran elevados en un
plano superior a todas estas fluctuaciones orgánicas de estados de ánimo y
emoción.
Su innegable preferencia por los hombres para que les sirvieran de
alimento se explica, en parte, por los restos de las víctimas que trajeron
con ellos desde Marte como provisión. Estas criaturas, según podemos
juzgar por los despojos que cayeron en manos humanas, eran bípedos, con
frágiles esqueletos silíceos (casi como el de las esponjas silíceas) y débil
musculatura, de un metro ochenta de estatura, cabeza redonda y grandes
ojos. Al parecer, trajeron dos o tres en cada cilindro y todos murieron antes
que llegaran a tierra. Es mejor que así fuera, pues el esfuerzo de querer
pararse en nuestro planeta habría destrozado todos los huesos de sus
cuerpos.
Y ya que estoy ocupado en esta descripción agregaré algunos detalles,
que aunque no fueron evidentes para nosotros en aquel entonces,
permitirán al lector que no los conoce formarse una idea más clara de lo
que eran estas criaturas tan belicosas.
En otros tres puntos diferían fisiológicamente de nosotros. Estos seres
no dormían nunca, como no lo hace el corazón del hombre. Como no
tenían un gran sistema muscular que debiera recuperarse de sus fatigas, la
extinción periódica que es el sueño era desconocida para ellos. No
parecen haber conocido lo que es el cansancio. En nuestra Tierra jamás
pudieron moverse sin hacer grandes esfuerzos; sin embargo, estuvieron
en movimiento hasta el último minuto. Cumplían veinticuatro horas de labor
durante el día, como quizá lo hagan en la Tierra las hormigas.
Además, por extraño que parezca en un mundo sexual, los marcianos
carecían de sexo y, por tanto, se veían libres de las tumultuosas
emociones causadas en los seres humanos por esa diferencia. Ya no
cabe la menor duda de que un marciano joven nació aquí, en la Tierra,
durante la contienda, y se le halló adherido a su padre, como un pimpollo,
tal como aparecen los bulbos de los lirios o los animales jóvenes en el
pólipo de agua dulce.
En el hombre y en todas las formas más adelantadas de vida terrestre
ese sistema de crecimiento ha desaparecido; pero aun en la Tierra fue, sin
duda, el que primó al principio. Entre los animales más bajos de la escala,
y aun hasta en los tunicados, aquellos primeros primos de los animales
vertebrados, los dos procesos ocurren por igual; pero, finalmente, el
método sexual terminó por sobrepasar a su competidor. En Marte, empero,
ha ocurrido lo contrario.
Vale la pena comentar que cierto escritor de reputación quasi
científica, que escribió mucho antes de la invasión marciana, profetizó para
el hombre una estructura final no muy diferente de la predominante entre
los marcianos. Según recuerdo, su profecía fue publicada en noviembre o
diciembre de 1893, en una publicación extinta ya hace tiempo, el Pall Malí
Budget, y no he olvidado una parodia de la misma que apareció en un
periódico premarciano llamado Punch. Declaró —escribiendo en son de
chanza— que la perfección de los adelantos mecánicos terminaría por
reemplazar a los órganos, y la perfección de las sustancias químicas, a la
digestión; que detalles externos, tales como el pelo, la nariz, los dientes,
las orejas, la barbilla, no eran partes esenciales del ser humano, y que la
tendencia de la selección natural llegaría a suprimirlos en los siglos venideros.
Sólo el cerebro quedaría como necesidad cardinal. Sólo una parte del cuerpo
tenía un motivo verdadero para subsistir, y con ello se refería a la mano, «maestra
y agente del cerebro». Mientras que el resto del cerebro se empequeñeciera, las
manos se agrandarían.
Muchas palabras acertadas se escriben en broma, y en los marcianos
tenemos la prueba innegable de la supresión del aspecto animal del organismo
por la inteligencia.
Por mi parte, no me cuesta creer que los marcianos pueden ser
descendientes de seres no muy diferentes de nosotros. Con el correr de las
edades se fueron desarrollando el cerebro y las manos (estas últimas se
convirtieron, al fin, en dos grupos de delicados tentáculos) a expensas del resto
del cuerpo. Sin el cuerpo es natural que el cerebro se convirtiera en una
inteligencia más egoísta y carente del sustrato emocional de los seres humanos.
El último punto importante en el cual diferían de nosotros estos seres era algo
que cualquiera habría considerado como un detalle trivial. Los microorganismos
que causan tantas enfermedades en la Tierra no han aparecido en Marte o la
ciencia de los marcianos los ha eliminado hace ya siglos. Todos los males, las
fiebres y los contagios de la vida humana, la tuberculosis, el cáncer, los tumores y
otros flagelos similares no existen para ellos. Y ya que hablo de las diferencias
entre la vida marciana y la terrestre aludiré aquí a la curiosa hierba roja.
Al parecer, el reino vegetal de Marte, en lugar de ser verde en su color
predominante, es de un matiz vividamente rojo. Sea como fuere, las semillas que
(intencionada o accidentalmente) trajeron consigo los marcianos se desarrollaron
en todos los casos como plantas de ese color. No obstante, sólo aquella que se
conoce popularmente con el nombre de hierba roja logró competir con las plantas
terrestres. La enredadera roja es un vegetal de crecimiento muy transitorio y pocas
personas alcanzaron a verla. Pero la hierba roja medró por un tiempo con un vigor
y una exuberancia asombrosos. Se extendió por los costados del pozo el tercer o
cuarto día de nuestro encierro, y sus ramas, semejantes a las del cacto, formaron
un reborde carmesí en nuestra ventana triangular. Después la vi crecer en todo el
país y especialmente donde había corrientes de agua.
Los marcianos tenían lo que parece haber sido un órgano auditorio, un simple
parche vibratorio en la parte posterior de la cabeza-cuerpo, y ojos con un alcance
visual no muy diferente del nuestro, salvo que, según Philips, los colores azul y
violeta los veían como negros. Es creencia corriente que se comunicaban por
medio de sonidos y movimientos tentaculares; esto se asegura, por ejemplo, en el
folleto, bien urdido, pero apresuradamente compilado (escrito, evidentemente, por
alguien que no presenció las acciones de los marcianos), al cual he aludido ya, y
que ha sido hasta ahora la fuente principal de información referente a nuestros
visitantes.
Ahora bien, ningún ser humano viviente vio tan bien a los marcianos en sus
ocupaciones como yo. No me ufano de lo que fue un accidente, pero tampoco
puedo negar lo que es verdad. Y yo afirmo que los observé desde muy cerca una
y otra vez y que he visto cuatro, cinco y hasta seis de ellos llevando a cabo con
gran trabajo las tareas más complicadas sin cambiar un solo sonido o
comunicarse por medio del movimiento de sus tentáculos. Sus peculiares gritos
ululantes solían preceder, por lo general, al trabajo de alimentarse; no tenían
modulación alguna y, según creo, no eran una señal, sino simplemente la
expiración de aire preparatoria para la operación de succionar.
Creo poseer, por lo menos, un conocimiento elemental de fisiología, y en esto
estoy convencido de que los marcianos cambiaban ideas sin necesidad de medios
físicos. Y me convencí de esto a pesar de mis ideas preconcebidas de lo contrario.
Antes de la invasión marciana, como quizá lo recuerde algún lector ocasional,
había escrito con no poca vehemencia de expresión algunos ensayos que
negaban la posibilidad de la comunicación telepática.
Los marcianos no llevaban ropa alguna. Su concepción de ornamentos y
decoro debía por fuerza ser diferente de la nuestra, y no sólo eran mucho menos
sensibles que nosotros a los cambios de temperatura, sino que también parece
que los cambios de presión no afectaban seriamente su salud. Mas si no usaban
ropas era precisamente en sus otras adiciones a sus capacidades corporales
donde residía su gran superioridad sobre el hombre. Nosotros, con nuestras
bicicletas y patines, nuestras máquinas Lilienthal de planear por el aire, nuestras
armas y bastones, así como también con otras cosas, nos hallamos en los
comienzos de la evolución, que para los marcianos ya ha completado su círculo.
Ellos se han convertido prácticamente en puro cerebro y usan sus diversos
cuerpos según sus necesidades, tal como los hombres usamos trajes y tomamos
una bicicleta en un momento de apuro o un paraguas cuando llueve.
Y con respecto a sus aparatos, quizá no haya para el hombre nada más
maravilloso que el hecho curioso de que el detalle predominante en todos los
mecanismos ideados por el hombre, o sea, la rueda, no existe para ellos. Entre
todas las cosas que trajeron a la Tierra no hay nada que sugiera el uso de la
rueda. Sería lógico esperar que la usaran, por lo menos, en la locomoción. Y con
respecto a esto podría comentar de paso lo curioso que resulta pensar que en la
Tierra la naturaleza nunca ha creado la rueda y ha preferido otros medios para su
desarrollo. Y no sólo no conocían los marcianos (cosa que parece increíble) la
rueda, o se abstenían de emplearla, sino que también hacían muy poco uso del
pivote fijo o semifijo en sus aparatos, lo cual hubiera limitado los movimientos
circulares a un solo plano. Casi todas las articulaciones de sus maquinarias
presentan un complicado sistema de partes deslizantes que se mueven sobre
pequeños cojinetes de fricción perfectamente curvados. Y ya que estoy en estos
detalles agregaré que las palancas largas de sus aparatos son movidas en casi
todos los casos por una especie de musculatura formada por discos dentro de una
funda elástica; estos discos quedan polarizados y se atraen con gran fuerza al ser
tocados por una corriente eléctrica. De esta manera se lograba el curioso
paralelismo con los movimientos animales, el cual resultó tan extraordinario y
turbador para los observadores humanos.
Estos quasi músculos abundan en la máquina de trabajo que se parecía a un
cangrejo y a la cual vi ocupada en descargar el cilindro la primera vez que me
asomé a la ranura. Daba la impresión de ser mucho más viva que los marcianos,
que yacían en el suelo, jadeantes y moviéndose con gran dificultad después del
vasto viaje a través del espacio.
Mientras estaba mirando sus débiles movimientos y notando cada uno de los
extraños detalles de sus formas, el cura me recordó su presencia tirándome
violentamente del brazo. Al volverme vi su rostro desfigurado por una mueca y la
silenciosa elocuencia de sus labios. Quería la ranura, la que sólo permitía espiar a
uno por vez. Así, pues, tuve que dejar de observarlos por un tiempo, mientras él
gozaba de tal privilegio.
Cuando volví a mirar, la máquina de trabajo ya había unido varias de las
piezas del aparato que sacara del cilindro dándole una forma que era igual a la
suya. Hacia la izquierda apareció a la vista un pequeño mecanismo excavador,
que emitía chorros de vapor verde y avanzaba por los bordes del pozo, excavando
y amontonando la tierra de manera metódica y eficiente. Este aparato era el que
había causado el golpeteo regular y los rítmicos temblores que hacían vibrar
nuestro ruinoso refugio. Resoplaba y silbaba al trabajar. Según me fue posible ver,
ningún marciano lo dirigía.
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3
LOS DÍAS DE ENCIERRO
_
La llegada de la segunda máquina guerrera nos alejó de nuestro mirador
obligándonos a ocultarnos en el lavadero, pues temíamos que desde su elevación
el marciano pudiera vernos por encima de nuestra barrera. Más adelante
comenzamos a no temer tanto el peligro de que nos vieran, ya que ellos se
hallaban a plena luz del sol, y por fuerza nuestro refugio debería parecerles
completamente oscuro. Pero al principio, la menor sugestión de proximidad de su
parte nos hacía correr al lavadero con el corazón en la boca.
Sin embargo, a pesar del riesgo terrible que corríamos, la atracción de la
ranura era irresistible para ambos. Y ahora recuerdo con no poca admiración que
a pesar del peligro infinito en que nos hallábamos entre la muerte por hambre y la
muerte más terrible en manos del enemigo luchábamos, no obstante, por el
horrible privilegio de espiar a los marcianos. Corríamos por la cocina con paso
grotesco, en el que se notaba el apuro y el sigilo, y nos golpeábamos con los
puños y los pies a escasos centímetros de la ranura.
El caso es que éramos incompatibles, tanto en carácter como en manera de
pensar y obrar, y nuestro peligro y aislamiento sólo servían para acentuar aquella
incompatibilidad.
En Halliford ya había notado su costumbre de lanzar exclamaciones y su
estúpida rigidez mental. Sus interminables monólogos, proferidos entre dientes,
impedían todos los esfuerzos que hacía yo por hallar un plan de acción y, a veces,
me llevaba hasta el borde de la locura. En lo concerniente a la falta de control, se
parecía a una mujer tonta. Solía llorar horas enteras y creo que hasta el fin pensó
ese niño mimado de la vida que sus débiles lágrimas tenían cierta eficacia. Y yo
me quedaba sentado en la oscuridad, incapaz de no pensar en él, debido a lo
importuno que era. Comía más que yo y en vano fue que le señalara que nuestra
única posibilidad de salvación residía en permanecer en la casa hasta que los
marcianos hubieran terminado en el pozo, que durante esa larga espera llegaría el
momento en que nos harían falta los alimentos. Comía y bebía impulsivamente,
atiborrándose a cada minuto. Dormía muy poco.
A medida que pasaban los días, su completa falta de cuidado y de
consideraciones para conmigo acrecentó tanto nuestro malestar y peligro que, a
pesar de no agradarme el método, tuve que apelar a las amenazas y, al fin, a los
golpes. Esto le hizo recobrar la cordura por un tiempo. Pero era una de esas
personas débiles y llenas de estulcia furtiva, que no hacen frente ni a Dios ni al
hombre y ni siquiera a sí mismos, carentes de orgullo, timoratas y con almas
anémicas y odiosas.
Me resulta desagradable recordar y escribir estas cosas; pero las menciono a
fin de que no falte nada a mi relato. Los que han escapado a los momentos malos
de la vida no vacilarán en condenar mi brutalidad y mi estallido de cólera de
nuestra tragedia final, pues conocen tan bien como yo la diferencia entre el bien y
el mal, mas no saben hasta qué límites puede llegar una persona torturada. Pero
aquellos que han sufrido y han llegado hasta las cosas elementales serán más
comprensivos conmigo.
Y mientras que adentro librábamos nuestras luchas en silencio, nos
arrebatábamos la comida y la bebida y cambiábamos golpes, en el exterior se
sucedía la maravilla extraordinaria, la rutina desconocida para nosotros de los
marcianos del pozo. Pero volvamos a aquellas primeras impresiones mías.
Después de largo rato volví a la ranura para descubrir que los recién llegados
habían recibido el refuerzo de los ocupantes de tres máquinas guerreras. Estos
últimos habían llevado consigo nuevos aparatos, que se hallaban alineados en
orden alrededor del cilindro. La segunda máquina de trabajo estaba ya completa y
se ocupaba en servir a uno de los nuevos aparatos. Era éste un cuerpo parecido a
un recipiente de leche en sus formas generales, y sobre el mismo oscilaba un
receptáculo en forma de pera, del cual fluía una corriente de polvo blanco que iba
a caer a un hoyo circular de más abajo.
El movimiento oscilatorio era impartido al aparato por la máquina de trabajo.
Con dos manos espatuladas, la máquina de trabajo extraía masas de arcilla y las
arrojaba al interior del receptáculo superior, mientras que con su otro brazo abría
periódicamente una portezuela y sacaba de la parte media de la máquina la
escoria ennegrecida. Otro tentáculo metálico dirigía el polvo del hoyo circular a lo
largo de un canal en dirección a un receptáculo que estaba oculto a mi vista por un
montón de polvo azulino. De ese receptáculo invisible se levantaba hacia el cielo
una delgada columna de humo verdoso.
Mientras me hallaba mirando, la máquina de trabajo extendió, a manera de un
telescopio y con un sonido musical, un tentáculo, que un momento antes era sólo
una especie de muñón. El tentáculo se alargó hasta que su extremo quedó oculto
detrás del montón de arcilla. Un segundo después sacaba a la vista una barra de
aluminio blanco y reluciente y la depositaba entre otras barras, que formaban una
pila a un costado del pozo. Entre el amanecer y la noche aquella máquina
maravillosa debe haber hecho más de cien barras similares sin otra materia prima
que la arcilla, y el montón de polvo azulino se fue levantando paulatinamente
hasta que sobrepasó el borde del foso.
El contraste entre los movimientos rápidos y complejos de estos aparatos y la
torpeza de sus amos era notable, y durante muchos días tuve que hacer un
esfuerzo mental para convencerme de que estos últimos eran en realidad los
seres dotados de vida.
El cura tenía posesión de la ranura cuando los primeros hombres fueron
llevados al pozo. Yo me hallaba sentado abajo escuchando con la mayor atención.
De pronto hizo un brusco movimiento hacia atrás, y yo, temeroso de que nos
hubieran visto, me acurruqué transido de terror. Él se deslizó hacia abajo sobre los
escombros y acurrucóse a mi lado gesticulando aterrorizado, y por un momento
compartí sus temores.
Sus ademanes indicaban que me dejaba la ranura, y al cabo de un rato,
mientras mi curiosidad me daba coraje, me puse de pie, pasé sobre él y trepé
hasta aquélla.
Al principio no vi razón alguna para su terror. Habíase iniciado el anochecer y
brillaban débilmente las estrellas, pero el foso estaba iluminado por el fuego verde.
Toda la escena era una combinación de resplandores verdes y sombras negras
que se movían y fatigaban la vista. Por todo ello pasaban los murciélagos sin
detenerse. Ya no se veía a los marcianos, el montón de polvo azulino habíase
elevado y los ocultaba a mi vista, y una máquina guerrera, con las piernas
contraídas, se hallaba al otro lado del pozo. Luego, entre el clamor de las
maquinarias, llegó a mis oídos algo semejante a voces humanas.
Me quedé acurrucado observando a la máquina guerrera con gran atención y
convenciéndome por primera vez de que el capuchón contenía realmente a un
marciano. Al elevarse las llamas verdes pude ver el brillo aceitoso de su
tegumento y el refulgir de sus ojos. De pronto oí un grito y vi un largo tentáculo que
pasaba sobre el hombro de la máquina para introducirse en la jaula que colgaba
de su espalda. Levantó luego algo que se agitaba violentamente y que se recortó
oscuro contra el cielo estrellado. Al bajar el tentáculo vi a la luz del fuego que era
un hombre. Por un instante estuvo claramente a la vista. Era un hombre robusto,
rubicundo y de edad madura. Vestía muy bien, y tres días antes debía haber sido
un individuo de importancia en el mundo. Vi sus ojos muy abiertos y el reflejo de
sus gemelos y cadena de oro.
Desapareció detrás del montón de polvo y por un momento reinó el silencio.
Después se elevó un grito terrible en la noche y el gozoso ulular de los
marcianos...
Me deslicé sobre los escombros, me puse de pie, me tapé las orejas con las
manos y corrí hacia el lavadero. El cura, que había estado acurrucado con los
brazos sobre la cabeza, levantó la vista al pasar yo, lanzando un grito agudo al ver
que le abandonaba, y me siguió corriendo...
Aquella noche, mientras nos hallábamos en el lavadero dominados por
nuestro terror y por la fascinación que ofrecía la visión del pozo, me esforcé en
vano por concebir algún plan de fuga. Después, durante el segundo día, ya pude
considerar nuestra situación con más claridad.
Vi que el cura no estaba en condiciones de ayudarme en nada; extraños
terrores habíanle convertido ya en una criatura de impulsos violentos, robándole la
razón. Prácticamente se había hundido hasta el nivel de un animal.
Por mi parte, hice un esfuerzo y aclaré mis ideas. Una vez que pude hacer
frente a los hechos con frialdad se me ocurrió que, por terrible que fuera nuestra
situación, no había aún motivo para desesperar del todo. Nuestra salvación
dependía de la posibilidad de que los marcianos tuvieran ese pozo como
campamento temporario. Y aunque lo mantuvieran de manera permanente
podrían considerar innecesario vigilarlo siempre y era posible que se nos
presentara una oportunidad de escapar. También tuve en cuenta la posibilidad de
abrirnos paso cavando en dirección opuesta al foso; pero al principio me pareció
que corríamos el riesgo de salir a la vista de alguna máquina guerrera que
estuviese en guardia. Además, tendría que haber cavado yo solo. El cura no me
hubiera ayudado en nada.
Si es que no me falla la memoria, fue el tercer día cuando vi morir al
muchacho. Fue la única vez que observé realmente cómo se alimentaban los
marcianos. Después de esta experiencia estuve apartado de la ranura durante
casi todo un día.
Me fui al lavadero, quité la puerta y pasé varias horas cavando con mi hacha
lo más silenciosamente posible; pero cuando hube abierto un agujero de más de
medio metro de profundidad, la tierra suelta cayó con gran ruido y no me atreví a
continuar. Perdí el ánimo y estuve echado largo tiempo en el suelo, sin valor para
levantarme ni moverme. Y después de aquello abandoné por completo la idea de
abrirme paso cavando.
Tal era la impresión que me habían causado los invasores, que al principio no
abrigué la menor esperanza de que nos liberara su derrota por los humanos. Pero
la cuarta o quinta noche oí explosiones como los cañonazos.
Era muy tarde y la luna brillaba en el cielo. Los marcianos habían sacado la
máquina excavadora, y salvo la máquina guerrera, que se hallaba en el lado
opuesto del pozo, y una máquina de trabajo, que laboraba en un rincón fuera de
mi campo visual, el lugar estaba desierto. Excepción hecha del resplandor pálido
de la máquina de trabajo y de los listones de luz lunar, el foso se hallaba en la
oscuridad y reinaba allí el silencio, que interrumpía sólo el tintineo musical de la
máquina de trabajo.
Oí aullar a un perro y ese sonido familiar me hizo aguzar el oído. Llegó
entonces hasta mí el detonar de potentes estampidos. Seis detonaciones llegué a
contar, y después de un largo intervalo resonaron otras seis. Eso fue todo.
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4
LA MUERTE DEL CURA
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Fue el sexto día de nuestro encierro cuando espié por última vez y a poco me
encontré solo. En lugar de mantenerse cerca de mí y tratar de ganar la ranura, el
cura había vuelto al lavadero.
Se me ocurrió una idea súbita y regresé con rapidez y en silencio. En la
oscuridad le oí beber. Tendí las manos y alcancé a asir una botella de vino.
Luchamos durante unos minutos. La botella cayó al suelo y se hizo añicos; yo
desistí de mis esfuerzos y me puse en pie. Nos quedamos jadeantes,
amenazándonos mutuamente. Al fin, me planté entre él y los alimentos y le
expresé mi determinación de iniciar una disciplina rígida. Dividí los alimentos de la
alacena en raciones que nos durasen diez días. Esa mañana no le permití comer
nada más. Por la tarde hizo un esfuerzo por apoderarse de las provisiones. Yo
había estado durmiendo, pero desperté de inmediato.
Durante todo el día y toda la noche estuvimos sentados el uno frente al otro:
yo, agotado, pero resuelto, y él, sollozante y quejándose de que tenía hambre. Sé
que fue un día y una noche, pero a mí me pareció una eternidad.
Y así terminó al fin, en lucha abierta, nuestra creciente incompatibilidad.
Durante dos días luchamos en silencio. Hubo momentos en que le golpeé
furiosamente, y otros en que traté de persuadirle, y en cierta oportunidad quise
sobornarle con la última botella de vino, ya que había un caño de desagüe del que
podía yo obtener agua de lluvia.
Pero ni la fuerza ni la bondad me sirvieron de nada; el hombre había
rebasado ya los límites de la razón. No desistía ni de los ataques contra los
alimentos ni de sus ruidosos monólogos. Las precauciones más rudimentarias
para hacer habitable nuestra prisión no quiso observarlas. Lentamente comencé a
notar el derrumbe total de su inteligencia y me hice cargo de que mi compañero de
encierro era un enfermo.
Por ciertos recuerdos vagos que conservo, me inclino a pensar que también
mi mente fallaba a veces. Solía tener pesadillas horribles cada vez que me
dormía. Parece extraño, pero creo que la debilidad y la locura del cura me
advirtieron del peligro y me obligaron a mantenerme cuerdo.
El octavo día comenzó a hablar en alta voz en lugar de susurrar y nada pude
hacer para que moderase el tono.
—¡Es justo, oh Dios! —decía una y otra vez—. Es muy justo. Seamos
castigados todos. Hemos pecado y te fallamos. Había pobreza y desdicha; los
pobres eran aplastados en el polvo y yo no dije nada. Prediqué locuras aceptables
cuando debí haberme impuesto, aunque muriera por ello, y pedido que se
arrepintieran... Opresores del pobre y necesitado... ¡El vino del Señor!
Luego volvía de pronto a recordar el alimento de que yo le privaba y se ponía
a llorar, pedir y, al fin, a amenazar. Comenzó a elevar la voz. Le rogué que no lo
hiciera. Notó que tenía entonces una ventaja sobre mí y amenazó con gritar y
atraer así a los marcianos.
Por un tiempo me asustó eso; pero cualquier concesión habría limitado
nuestras posibilidades de salvación. Le desafié, aunque no estaba muy seguro de
que no era capaz de cumplir su amenaza. Pero aquel día no lo hizo. Habló cada
vez más alto durante la mayor parte de los días octavo y noveno. Sus amenazas y
ruegos se mezclaban con un torrente en el que expresaba su arrepentimiento por
no haber cumplido con su deber para con Dios. Todo esto hizo que le
compadeciera. Luego durmió un rato y al despertar empezó de nuevo con
mayores energías y en voz tan alta, que por fuerza debí hacerle desistir.
—¡Calle!—le imploré.
Se levantó sobre sus rodillas, pues había estado sentado cerca del fregadero.
—He callado demasiado tiempo —manifestó en tono que debió haber llegado
hasta el pozo—. Ahora debo hacer mi declaración. ¡Pobre de esta ciudad infiel!
¡Calamidad! ¡Ay de nosotros! ¡Ay de los habitantes de la Tierra, que no oyen la
voz de la trompeta!...
—¡Calle!—dije poniéndome en pie, temeroso de que nos oyeran los
marcianos—. ¡Por amor de Dios!...
—¡No!—exclamó el cura a voz en grito, parándose también y levantando los
brazos—. ¡Hablaré! La palabra del Señor sale por mi boca.
En tres saltos llegó hasta la puerta que daba a la cocina.
—Debo hablar. Me voy. Ya me he demorado demasiado.
Extendí la mano y toqué la cuchilla colgada de la pared. Casi en seguida salí
detrás de él. Me enloquecía el temor. Antes que hubiera cruzado la cocina le
había alcanzado. Obedeciendo a un último rasgo humanitario volví la pesada
cuchilla y le golpeé con el mango. Cayó boca abajo y quedóse tendido en el suelo.
Yo tropecé con él y me quedé jadeante.
De pronto oí un ruido proveniente de afuera. Era el golpe del revoque al
deslizarse y caer, y la abertura triangular se oscureció de inmediato. Al levantar la
vista vi la parte inferior de la máquina de trabajo. Uno de sus tentáculos se abría
paso sobre los escombros, otro tentó entre los tirantes caídos.
Me quedé petrificado. Luego vi a través de una plancha de vidrio cerca del
borde del cuerpo la cara y los grandes ojos oscuros de un marciano que miraba.
Después se extendió un largo tentáculo hacia el interior.
Me volví con un esfuerzo, tropecé con el cura y salté para llegar hasta la
puerta del lavadero. El tentáculo habíase introducido ya dos metros en el recinto y
se movía de un lado a otro con movimientos algo bruscos.
Por un momento me quedé fascinado ante su avance. Luego, lanzando un
débil grito ahogado, entré en el lavadero. Temblaba violentamente y a duras
penas pude mantenerme en pie. Abrí la puerta del depósito de carbón y me quedé
allí, en las tinieblas, mirando hacia la puerta de la cocina. ¿Me habría visto el
marciano? ¿Qué haría ahora?
Algo se movía allí de un lado a otro con gran cuidado; a ratos golpeaba contra
la pared o hacía un movimiento repentino acompañado de un leve tintinear
metálico, como los movimientos de una llave en un llavero.
Luego un pesado cuerpo —supe muy bien lo que era— fue arrastrado por el
piso de la cocina hacia la ranura.
Sin poder resistir, me deslicé hasta la puerta y espié desde allí. En el triángulo
de luz exterior estaba el marciano dentro de la máquina de trabajo observando la
cabeza del cura. De inmediato pensé que deduciría mi presencia por la marca del
golpe que le aplicara.
Volví al depósito de carbón, cerré la puerta y comencé a cubrirme lo más
posible con la leña y los trozos de carbón que había allí. A cada instante
interrumpía esta tarea para escuchar si el marciano había vuelto a introducir su
tentáculo por la abertura.
Oí entonces el leve sonido metálico. Lo sentí palpar por toda la cocina. Luego
llegó más cerca y calculé que se hallaba en el lavadero. Me dije que su longitud no
sería suficiente para alcanzarme y me puse a orar. El tentáculo pasó rascando la
puerta del depósito.
Transcurrió entonces un tiempo de suspenso intolerable y lo oí luego tocando
el cierre. Había encontrado la puerta y los marcianos sabían abrirlas.
Estuvo tentando un minuto el cierre y, al fin, la abrió.
Pude ver el tentáculo, que se parecía a la trompa de un elefante. Serpenteó
hacia mí y tocó las paredes, los carbones, la leña y el techo. Era como un gusano
negro que meciera su ciega cabeza de un lado a otro.
Una vez tocó el tacón de mi zapato. Estuve a punto de gritar y me contuve
mordiéndome la mano. Por un momento reinó el silencio. Casi me pareció que se
había retirado. Después oí un ruido seco y el tentáculo apresó algo. ¡Creí que era
a mí! Luego salió del depósito. Por un momento no estuve seguro de esto último.
Al parecer, se había llevado un trozo de carbón para examinarlo.
Aproveché la oportunidad para cambiar de posición, pues me estaba
acalambrando, y me puse a escuchar.
Poco después oí el sonido lento y deliberado del tentáculo, que se
aproximaba de nuevo. Poco a poco se fue acercando, rascando las paredes y
golpeando los muebles.
Mientras me hallaba así pendiente de sus movimientos, golpeó la puerta del
depósito y la cerró. Le oí entrar en la alacena; rompió una botella y golpeó la lata
de los bizcochos. Después resonó un fuerte golpe contra la puerta del depósito y
luego el silencio.
¿Se habría ido?
Al fin, me dije que sí.
No volvió a entrar en el lavadero; pero estuve todo el décimo día allí metido,
tapado casi enteramente por el carbón y la leña, sin atreverme a salir ni para
calmar la sed, que me torturaba. Fue el undécimo día cuando me aventuré a salir
de mi refugio.
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5
EL SILENCIO
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Lo primero que hice antes de ir a la despensa fue asegurar la puerta de
comunicación entre la cocina y el lavadero. Pero la despensa estaba vacía; no
quedaba en ella nada de alimento. Al parecer, se lo había llevado todo el
marciano. Ante este descubrimiento me desesperé realmente por primera vez. Ni
el undécimo ni el duodécimo día tomé alimentos ni agua.
Al principio sentí la garganta seca y se agotaron mis fuerzas con rapidez.
Estuve sentado en la oscuridad del lavadero, en un estado de completa
postración. No hacía más que pensar en comer. Pensé que estaba sordo, pues
habían cesado por completo los ruidos que acostumbraba a oír procedentes del
pozo. No tenía fuerzas suficientes para arrastrarme en silencio hasta la ranura,
pues de haberlas tenido hubiese ido a mirar.
El duodécimo día me dolía tanto la garganta, que corrí el riesgo de llamar la
atención de los marcianos y ataqué la bomba de agua de lluvia que había junto al
fregadero, obteniendo así buena cantidad de agua ennegrecida y de mal gusto.
Me mortificó esto y me animó mucho el hecho de que el ruido no hubiera atraído a
ningún tentáculo investigador.
Durante ese tiempo pensé mucho en el cura y en la forma como murió.
El decimotercer día bebí más agua, dormité a ratos, pensé en comer y
formulé planes de fuga imposibles. Cuando me dormía soñaba con horribles
fantasmas, con la muerte de mi compañero o con deliciosas comidas; pero
dormido o despierto sentía un agudo dolor, que me obligaba a beber agua una y
otra vez.
La luz que entraba en el lavadero no era ya gris, sino roja. Para mi mente
desordenada, éste era el color de la sangre.
El decimocuarto día salí a la cocina y me sorprendí al ver que la hierba roja
había cubierto toda la ranura de la pared, filtrando así la luz exterior y tornándola
rojiza.
Fue en la mañana del decimoquinto día cuando oí una serie de sonidos
familiares en la cocina. Al escuchar los identifiqué como los resoplidos y el rascar
de las patas de un perro. Salí entonces y vi la nariz del can, que asomaba por
entre la roja vegetación. Esto me sorprendió en extremo. Al sentir mi olor, el perro
lanzó un ladrido.
Pensé que si podía inducirle a entrar sin hacer mucho ruido quizá me sería
posible matarlo y comerlo; de todos modos, me pareció aconsejable matarlo para
que sus movimientos no llamaran la atención de los marcianos.
Avancé entonces llamándolo en voz baja, pero el animal retiró de pronto la
cabeza y desapareció.
Agucé el oído —no estaba sordo—, pero era evidente que reinaba el silencio
en el pozo. Oí algo así como el aletear de pájaros y unos chillidos roncos, pero
eso fue todo.
Durante largo rato estuve cerca del agujero, mas no me atreví a apartar las
plantas que lo tapaban. Una o dos veces oí los pasos del perro, que iba de un lado
a otro por el exterior, y se repitieron los aleteos. Al fin, animado por el silencio, me
decidí a asomarme.
Salvo en el rincón, donde una multitud de cuervos se peleaban sobre los
esqueletos de los muertos que sirvieran de alimento a los marcianos, no había
otro ser viviente en el pozo.
Miré hacia todos lados casi sin creer en el testimonio de mis sentidos. Toda la
maquinaria había desaparecido. Excepción hecha de un montón de polvo azulino
en un rincón, algunas barras de aluminio en otro, los cuervos y los esqueletos, el
lugar no era otra cosa que un pozo desierto.
Lentamente salí por entre la hierba roja y me paré sobre una pila de
escombros. Podía ver en todas direcciones, menos hacia el norte, y no había por
allí marcianos. Había llegado mi oportunidad de escapar. Al hacerme cargo de
esto comencé a temblar.
Vacilé un rato y luego, en un impulso desesperado y con el corazón
latiéndome violentamente, subí a lo alto de las ruinas bajo las cuales me
encontrara sepultado tanto tiempo.
De nuevo miré a mi alrededor. Tampoco hacia el norte se veía ningún
marciano.
La última vez que viera a Sheen a la luz del día, la población había sido una
bien cuidada calle flanqueada de casas blancas de tejados rojos y numerosos
árboles de sombra. Ahora me encontré con un montón de escombros, sobre el
cual se extendía una multitud de plantas rojas que parecían cactos y llegaban
hasta la altura de la rodilla. La vegetación terrestre no le disputaba la posesión del
terreno. Los árboles próximos estaban muertos; en los más lejanos vi que una
serie de tallos rojos cubrían los troncos y ramas.
Las casas vecinas habíanse desplomado todas, pero ninguna de ellas estaba
quemada; algunas de las paredes manteníanse en pie hasta la altura del primer
piso, con sus ventanas rotas y puertas destrozadas. La hierba roja crecía
exuberante en sus habitaciones sin techo. Debajo de mí se hallaba el enorme
pozo donde los cuervos se disputaban los restos. A lo lejos vi a un gato flaco que
se deslizaba a lo largo de una pared, pero no descubrí señal alguna de seres
humanos.
En contraste con mi reciente encierro, el día me parecía extraordinariamente
brillante, el cielo de un azul intenso. Una suave brisa mecía constantemente a la
hierba roja, que cubría todo el terreno libre. Y, ¡ah!, la dulzura del aire libre.
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6
DESPUÉS DE QUINCE DÍAS
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Durante un tiempo me quedé parado sobre la pila de escombros sin pensar
en el peligro. Dentro de la cueva de la que acababa de salir sólo había pensado
en nuestra seguridad inmediata. No me hice cargo de lo que sucedía en el mundo,
no imaginé el sorprendente espectáculo que me esperaba a la salida. Había
esperado ver a Sheen en ruinas... y ahora tenía ante mí el paisaje fantástico de
otro planeta.
En ese momento experimenté una emoción que está más allá del alcance de
los hombres, pero que las pobres bestias a las que dominamos conocen muy
bien. Me sentí como podría sentirse el conejo al volver a su cueva y verse de
pronto ante una docena de peones que cavan allí los cimientos para una casa.
Tuve el primer atisbo de algo que poco después se tornó bien claro a mi mente,
que me oprimió durante muchos días: me sentí destronado, comprendí que no era
ya uno de los amos, sino un animal más entre los animales sojuzgados por los
marcianos. Nosotros tendríamos que hacer lo mismo que aquéllos: vivir en
constante peligro, vigilar, correr y ocultarnos; el imperio del hombre acababa de
fenecer.
Pero esta idea extraña se borró de mi mente tan pronto se hubo presentado y
no pensé ya en otra cosa que no fuera satisfacer mi hambre de tantos días. A
cierta distancia, al otro lado de una pared cubierta de rojo, vi un trozo de terreno al
descubierto. Esto me dio una idea y avancé por entre la hierba roja, que en partes
me llegaba hasta el cuello. La densidad de las extrañas plantas me brindaba un
escondite seguro. La pared tenía un metro ochenta de alto, y cuando la intenté
trepar descubrí que mis fuerzas no me lo permitían. Por eso avancé un trecho por
su lado, llegué a una esquina y vi allí un montón de escombros, que me permitió
subir a ella y bajar a la huerta del otro lado. Allí encontré algunas cebollas, un par
de bulbos de gladiolos y una cantidad de zanahorias no del todo maduras. Me
apoderé de todo ello y, salvando de nuevo la pared en ruinas, seguí camino por
entre los árboles escarlatas en dirección a Kew. Aquello era como marchar por
una avenida flanqueada por gigantescas gotas de sangre.
Mi idea principal era obtener más alimentos y alejarme de los alrededores del
pozo todo lo que me permitieran mis piernas.
A cierta distancia, en un lugar cubierto de hierba, había un grupo de hongos,
que devoré, y después llegué a un lago de poca profundidad sobre lo que antes
fuera un campo sembrado. Estos escasos alimentos sólo sirvieron para avivar mi
hambre. Al principio me sorprendió ver allí agua a esa altura del año, pero
después descubrí que esto se debía a la exuberancia tropical de la hierba roja. Al
encontrar agua, esta extraordinaria vegetación se tornaba gigantesca y adquiría
una fecundidad notable. Sus semillas llegaron hasta el Wey y el Támesis, y la
titánica planta, que crecía con tanta rapidez, ahogó de inmediato a ambos ríos.
En Putney, como lo comprobé después, el puente estaba cubierto por
completo por esa hierba, y también en Richmond se vertían las aguas del Támesis
en un amplio lago, que cubría las campiñas de Hampton y Twickenham. Al
extenderse las aguas, la hierba las seguía, hasta que las villas en ruinas del valle
del Támesis estuvieron por un tiempo perdidas en medio de un pantano rojo —
cuyas márgenes exploré—, y gran parte de la desolación causada por los
marcianos quedó así oculta.
Al fin, sucumbió la hierba roja con tanta rapidez como se extendió. Fue presa
de una enfermedad debida a la acción de ciertas bacterias. Ahora bien, por obra
de la selección natural, todas las plantas terrestres han adquirido una resistencia
especial contra las enfermedades de ese tipo; jamás mueren sin defenderse. Pero
la hierba roja se pudrió como algo ya muerto. Perdió el color y fue encogiéndose y
tornándose quebradiza. Se rompía al tocarla, y las aguas, que estimularon su
crecimiento, se llevaron sus últimos vestigios hacia el mar...
Naturalmente, lo primero que hice al llegar al agua fue satisfacer mi sed. Bebí
mucho, y movido por un impulso, me llevé a la boca un puñado de la hierba; pero
era muy acuosa y de un desagradable sabor metálico.
Descubrí que el lago tenía poca profundidad y que me era posible caminar por
allí, aunque la hierba roja dificultaba bastante el paso; pero como el pantano se
tornaba más profundo a medida que me acercaba al río, me volví hacia Mortlake.
Logré seguir el camino fijándome en las ruinas de las villas y en las cercas y
columnas de alumbrado, consiguiendo salir, al fin, de ese lugar, subir por una
cuesta que iba hacia Rochampton e ir a parar al campo comunal de Putney.
Allí cambiaba la escena. Lo extraño y poco familiar convertíase en la ruina de
lo conocido. En algunos lugares parecía haber pasado un ciclón, y al avanzar un
centenar de metros encontré espacios en perfectas condiciones; casas con sus
persianas y puertas cerradas, como si sus dueños se hubieran ido por un día o
estuvieran durmiendo en el interior. La hierba roja era menos abundante; los
árboles del camino estaban libres de la enredadera marciana. Busqué alimentos
entre los árboles, pero no hallé nada. Entré en un par de casas silenciosas, sólo
para descubrir que ya habían estado antes otros saqueadores.
Como estaba demasiado, agotado para continuar andando descansé el resto
del día entre los setos.
Durante todo este tiempo no vi seres humanos ni descubrí rastros de los
marcianos. Encontré un par de perros hambrientos, pero los dos se alejaron
apresuradamente cuando intenté atraerlos. Cerca de Rochampton había visto dos
esqueletos humanos, y en el bosquecillo junto al que me hallaba descubrí los
huesos aplastados de varios gatos y conejos, como así también el de una oveja.
Aunque quise roer estos huesos, no pude saciar mi hambre.
Después de la caída del sol seguí andando por el camino en dirección a
Putney, donde creo que por alguna razón usaron los marcianos su rayo calórico.
En un jardín del otro lado de la población obtuve una cantidad de patatas apenas
maduras, que engullí con gran gusto. Desde esa huerta se podía ver Putney y el
río. Reinaba allí la desolación: árboles ennegrecidos, ruinas abandonadas, y al pie
de la colina veíase el río teñido de rojo. Y, sobre todo, se cernía el silencio como
un pesado manto. Al pensar en la rapidez con que se había operado un cambio
tan aterrador, me sentí lleno de desesperación.
Por un tiempo creí que la humanidad había dejado de existir y que era yo el
único hombre que quedaba con vida. Cerca de la cima de Putney Hill encontré
otro esqueleto humano, con los brazos arrancados. Al seguir avanzando me
convencí cada vez más de que ya se había cumplido la exterminación de la raza
humana. Pensé que los marcianos habrían seguido su marcha para ir a otra parte
en busca de alimento. Tal vez en ese momento estaban destruyendo París o
Berlín o quizá se habían ido hacia el norte...
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7
EL HOMBRE DE PUTNEY HILL
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Aquella noche la pasé en la hostería que se halla en lo alto de Putney Hill y
por primera vez desde mi huida a Leatherhead dormí en una cama. No relataré el
trabajo inútil que me costó forzar la entrada en la hostería —después descubrí que
la puerta principal estaba sin llave— ni cómo registré todas las habitaciones en
busca de alimento hasta que, ya a punto de renunciar, encontré, al fin, un pan
roído por las ratas y dos latas de ananás en conserva. La casa ya había sido
saqueada. Después descubrí en el bar algunos bizcochos y sandwiches, que
habían pasado por alto los que estuvieron allí antes que yo. Los sandwiches no
pude comerlos, pero los bizcochos estaban buenos e hice una abundante
provisión de ellos.
No encendí lámparas por temor de que algún marciano se aproximara a
aquella parte de Londres durante la noche. Antes de acostarme sufrí un intervalo
de inquietud y anduve de ventana en ventana espiando hacia el exterior por si
veía a los monstruos. Dormí poco. Mientras me hallaba en la cama pude pensar
como no lo hiciera desde mi última riña con el cura. Desde entonces hasta ese
momento mi condición mental había sido una rápida sucesión de vagos estados
emocionales o una especie de estúpida negación de la inteligencia. Pero aquella
noche, fortificado ya por los alimentos ingeridos, pude reflexionar con claridad.
Tres detalles se esforzaban por lograr el predominio absoluto en mi cerebro:
la muerte del cura, el paradero de los marcianos y el posible destino corrido por mi
esposa. Lo primero no me causaba horror ni remordimiento; lo consideraba
simplemente como algo terminado y como un recuerdo desagradable, pero nada
más. Me veía entonces como me veo ahora, llevado paso a paso hacia aquel acto
de violencia, víctima de una sucesión de accidentes que me condujo a la tragedia
final. No sentía remordimientos; sin embargo, me molestaba el recuerdo. En el
silencio de la noche, presa de esa sensación de la proximidad de Dios que
solemos experimentar mientras reinan el silencio y la oscuridad, me formé el único
juicio por aquel momento de ira y temor.
Revisé mentalmente cada aspecto de nuestras relaciones desde el momento
en que le hallé junto a mí, sin prestar atención a mi sed y señalando hacia el humo
las llamas que se alzaban de las ruinas de Weybridge. En ningún momento nos
comprendimos. De haber previsto lo que iba a ocurrir le hubiera dejado en
Halliford. Mas no preví nada, y el crimen es prever y obrar. Dejo constancia de
esto tal como fue. No hubo testigos: bien podría haber ocultado estas cosas. Pero
lo incluyo en mi relato, como he incluido todo, y que el lector se forme el juicio que
le dicte su criterio.
Y cuando hube dejado de lado el recuerdo de su cuerpo inerte hice frente al
problema de los marcianos y al posible destino de mi esposa. Con respecto a lo
primero no tenía informe alguno; podía imaginar mil cosas, lo mismo que con lo
segundo. Y de pronto, la noche me pareció terrible. Me senté en el lecho, con la
vista clavada en la oscuridad. Pedí al cielo que el rayo calórico la hubiera matado
súbitamente y sin causarle sufrimientos. Desde la noche de mi regreso de
Leatherhead no había orado. Había murmurado plegarias falsas, había orado
como los paganos profieren encantamientos en casos de apuro; pero ahora oré en
realidad, con cordura y fe, cara a cara con las tinieblas de Dios. ¡Extraña noche! Y
más extraña aún en esto: tan pronto como llegó el alba, yo, que había hablado con
Dios, salí de la casa furtivamente, como la rata abandona su cueva. Era entonces
un animal inferior, tan perseguido como el roedor al que he mencionado. Es
seguro que si esta guerra no nos enseñó otra cosa, nos hizo, por lo menos, ser
comprensivos con las bestias a las que dominamos.
Era un día magnífico y el cielo se teñía de rosa en el oriente. En el camino
que se extiende desde Putney Hill hasta Wimbledon había una serie de dolorosos
vestigios del aterrorizado torrente, que debe haber llegado a Londres el domingo
por la noche, después que se iniciaron las hostilidades.
Vi un carro de dos ruedas con una inscripción que decía: Thomas Lobb,
verdulero, New Malden. Tenía una rueda destrozada y junto al mismo había un
sombrero de paja incrustado en el barro ahora seco. En la parte superior de West
Hill descubrí muchos vidrios manchados de sangre cerca de un abrevadero
derribado.
Mis movimientos eran lánguidos, mis planes muy vagos. Tenía la idea de ir
hasta Leatherhead, aunque no ignoraba que eran muy escasas las posibilidades
de que hallara allí a mi esposa. A menos que la muerte les hubiera sorprendido
súbitamente, era lógico suponer que mis primos habían huido; pero me pareció
que podría enterarme allí de la dirección en que habían marchado los habitantes
de Surrey. Deseaba encontrar a mi esposa, pero no sabía cómo hacerlo. En esos
momentos caí en la cuenta de mi terrible soledad.
Desde la esquina avancé por entre los setos y árboles hacia los límites del
amplio campo comunal de Wimbledon.
Aquella extensión oscura estaba salpicada en parte por flores de retama y
argomas amarillas; no vi la hierba roja, y cuando andaba de un lado a otro, sin
decidirme a salir a campo abierto, se levantó el sol, inundándolo todo con su luz y
vitalidad.
Descubrí entonces un grupo de ranas muy ocupadas en alimentarse en un
charquito entre los árboles. Me detuve para mirarlas y ellas me dieron una lección
en su firme voluntad de continuar viviendo.
Poco después me volví con la extraña impresión de que alguien me
observaba y descubrí algo acurrucado entre un matorral cercano. Me quedé
mirándolo. Después di un paso en esa dirección y del matorral se levantó un
hombre armado con un machete. Me acerqué con lentitud mientras él me
observaba en silencio y sin moverse.
Al avanzar me di cuenta de que vestía ropas tan sucias como las mías. En
verdad, daba la impresión de haberse arrastrado por las zanjas del camino. Sus
negros cabellos le caían sobre los ojos y sus facciones mostrábanse oscuras,
sucias y enflaquecidas, razón por la cual no le reconocí al principio. Tenía un tajo
enrojecido en la parte inferior de la cara.
—¡Deténgase! —me gritó cuando me hallaba a diez metros de él.
Me detuve de inmediato.
—¿De dónde viene? —me preguntó con voz ronca.
Me quedé pensando mientras lo examinaba con atención.
—Vengo de Mortlake—dije al fin—. Estuve sepultado cerca del pozo que
hicieron los marcianos alrededor de su cilindro. Logré salir y he escapado.
—Por aquí no hay alimentos —manifestó—. Esta región es mía. Toda esta
colina hasta el río, y por atrás, hasta Clapham y el borde del campo comunal. Hay
comida para uno solo. ¿Hacia dónde va?
—No sé —le respondí con lentitud—. Estuve sepultado en las ruinas de una
casa durante trece o catorce días. No sé qué ha pasado.
Me miró con expresión dubitativa y luego dio un respingo fijándose en mí con
más atención.
—No deseo quedarme por aquí —agregué—. Creo que seguiré hacia
Leatherhead, pues allí estaba mi esposa.
Él me señaló con el dedo.
—Es usted —dijo—. El hombre de Woking. ¿Y no lo mataron en Weybridge?
Lo reconocí en el mismo momento.
—Usted es el artillero que entró en mi jardín.
—¡Qué buena suerte! —exclamó—. Somos afortunados. ¡Usted! —me tendió
la diestra y se la estreché—. Yo me metí en un desagüe. Y después que se fueron
escapé por los campos hacia Walton. Pero... todavía no hace dieciséis días y está
usted lleno de canas.
Miró de pronto por encima del hombro.
—No es más que una corneja —agregó—. Estos días se entera uno de que
hasta los pájaros hacen sombra. Estamos muy al descubierto. Metámonos entre
esos matorrales y conversaremos.
—¿Ha visto a los marcianos? —inquirí—. Desde que salí...
—Se han ido al otro lado de Londres. Creo que allí tienen un campamento
más grande. Por allá, por el lado de Hampstead, el cielo se llena de luces durante
la noche. Es como una gran ciudad, y en el resplandor se los ve moverse. De día
no se ve nada. Pero más cerca..., no los he visto...—contó con los dedos —en
cinco días. Vi a dos de ellos al otro lado de Hammersmith. Llevaban algo grande.
Y anteanoche...—hizo una pausa y agregó en voz más baja—: Fue cuestión de
luces, pero había algo en el aire. Creo que han construido una máquina de volar y
están experimentando con ella.
Me detuve sobre manos y rodillas. Ya habíamos llegado a los matorrales.
—¿Vuelan?
—Sí; vuelan —repuso.
Me introduje por debajo de las ramas y me senté.
—La humanidad está perdida —expresé—. Si pueden hacer eso darán la
vuelta al mundo...
Él asintió.
—Sí. Pero eso aliviará un poco las cosas por aquí. Además...—me miró a los
ojos—. ¿No está usted convencido de que la humanidad está liquidada? Yo, sí.
Estamos vencidos.
Me quedé mirándole. Por extraño que parezca, no había llegado yo a esta
conclusión. El hecho me resultó perfectamente obvio al oírselo afirmar. Aún
abrigaba una esperanza vaga o, más bien, conservaba una manera de pensar
desarrollada durante la costumbre de toda una vida. Él repitió con absoluta
convicción: —Estamos vencidos. Guardó silencio un momento.
—Ha terminado todo —dijo luego—. Ellos perdieron uno. Sólo uno. Se han
afianzado en la Tierra y destrozaron a la potencia más grande del mundo. Nos
aplastaron. La muerte de aquel de Weybridge fue un accidente. Y éstos no son
más que los primeros. Siguen viniendo. Esas estrellas verdes... No he visto
ninguna en los últimos cinco o seis días, pero estoy seguro de que caen todas las
noches en alguna parte. No se puede hacer nada. ¡Estamos aplastados!
¡Vencidos!
No le respondí. Me quedé con la vista clavada en el vacío esforzándome en
vano por pensar algo que desvirtuara sus afirmaciones.
—Esto no es una guerra —continuó el artillero—. Nunca lo fue. Tampoco las
hormigas pudieron hacernos la guerra a nosotros.
Súbitamente recordé aquella noche del observatorio.
—Después del tercer disparo no hubo más... Por lo menos, hasta que llegó el
primer cilindro.
—¿Cómo lo sabe usted? —me preguntó. Se lo expliqué.
—Se habrá descompuesto el cañón —dijo entonces—. ¿Pero qué importa
eso? Ya lo arreglarán. Y aunque haya una demora, el final será el mismo.
Hombres contra hormigas. Las hormigas construyen sus ciudades, viven en ellas y
tienen sus guerras y sus revoluciones, hasta que los hombres quieren quitarlas de
en medio, y entonces desaparecen. Eso es lo que somos... Hormigas. Sólo que...
—¿Sí? —le urgí.
—Somos hormigas comestibles. Nos quedamos mirándonos.
—¿Y qué harán con nosotros? —dije al fin.
—En eso he estado pensando. Después de Weybridge me fui al sur,
pensando siempre. Vi lo que pasaba. La mayor parte de la gente gritaba y se
excitaba. Pero yo no soy de los que gritan. He visto la muerte de cerca una o dos
veces; no soy un soldado ornamental y la muerte no me asusta. Pues bien, el que
se salva es el que piensa. Vi que todos se iban al sur y me dije: «Por aquel lado no
durarán los alimentos.» Y me volví. Fui en busca de los marcianos, como el
gorrión busca a los hombres —con un amplio ademán indicó los alrededores—.
Por todas partes se mueren de hambre a montones y se pisotean unos a otros...
Vio mi expresión y se interrumpió un instante.
—Sin duda alguna, los que tenían dinero escaparon a Francia —continuó al
poco—. Aquí hay comida. Latas de conservas en las tiendas de comestibles;
vinos, licores, aguas minerales, y los caños principales de desagüe y las cloacas
grandes están vacíos. Ahora bien, le estaba diciendo lo que pensaba yo. «Aquí
hay seres inteligentes —me dije—. Y parece que nos quieren como alimento.»
Primero destruirán nuestros barcos, máquinas, armas, ciudades, y terminarán con
el orden y la organización. Todo eso desaparecerá. Si fuéramos del tamaño de las
hormigas podríamos salvarnos. Pero no lo somos Ésa es la primera seguridad que
tenemos, ¿eh?
Asentí.
—Así es. Ya lo he pensado. Pues bien, vamos ahora. Por el momento nos
capturan cuando quieren. Un marciano no tiene más que caminar unas millas para
encontrar una multitud en fuga. Y un día vi a uno en Wandsworth que hacía
pedazos las casas y rebuscaba entre las ruinas. Pero no seguirán haciendo eso.
Tan pronto como hayan terminado con nuestras armas y barcos, destruido
nuestros ferrocarriles y finalizado las cosas que están haciendo aquí comenzarán
a cazarnos de manera sistemática, eligiendo a los mejores y guardándonos en
jaulas. Eso es lo que harán después de un tiempo. ¡Dios! todavía no han
empezado con nosotros. ¿No se da cuenta?
—¿No han empezado? —exclamé.
—No. Lo que ha pasado hasta ahora se debe a que no hemos tenido la
prudencia de quedarnos quietos y los hemos molestado con nuestros cañones y
tonterías. Además, perdimos la cabeza y huimos en grandes multitudes hacia
donde no había más seguridad que en los sitios en que estábamos.
»Todavía no quieren molestarnos. Están fabricando sus cosas, todas las que
no pudieron traer consigo, y preparando lo necesario para el resto de su raza.
Posiblemente se deba a eso que hayan dejado de caer otros cilindros, pues, sin
duda, temen aplastar a los que ya están aquí. Y en lugar de correr a ciegas o de
juntar dinamita con la esperanza de hacerlos volar tenemos que prepararnos para
un nuevo estado de cosas. Así es como lo pienso yo. No está eso de acuerdo con
lo que el hombre desea para su especie, pero es lo que nos aconsejan las
circunstancias. Sobre ese principio me basé para obrar. Las ciudades, las
naciones, la civilización, el progreso..., todo eso ha terminado. Finalizó la partida.
Estamos vencidos.
—Pero si es así, ¿para qué hemos de seguir viviendo?
El artillero me miró con fijeza durante un momento.
—No habrá más conciertos hasta dentro de un millón o más de años; no
habrá una academia real de artes ni restaurantes de lujo. Si son diversiones lo que
le interesan puede olvidarse de ellas. Si tiene modales delicados o le desagrada
comer las arvejas con el cuchillo o pronunciar malas palabras, le conviene dejar de
lado esos reparos. Ya no servirán de nada.
—¿Quiere decir...?
—Quiero decir que los hombres como yo son los que seguirán viviendo...,
para que no se pierda la raza. Le digo que estoy firmemente dispuesto a vivir. Y si
no me equivoco, usted también demostrará lo que vale y será como yo. No vamos
a permitir que nos exterminen. Y tampoco pienso dejar que me capturen, me
domestiquen y me engorden como a un cerdo o a una vaca. ¡Uf! ¡Esos malditos
bichos que se arrastran!
—No querrá decir que...
—Sí. Yo viviré bajo sus pies. Ya lo tengo proyectado a la perfección. Estamos
vencidos; no sabemos lo suficiente. Debemos aprender para lograr otra
oportunidad de triunfar. Y tenemos que vivir y mantenernos independientes
mientras aprendemos. ¿Comprende? Eso es lo que ha de hacerse.
Lo miré con fijeza, lleno de asombro y profundamente conmovido por su
resolución.
—¡Dios mío! —exclamé—. ¡Es usted todo un hombre!
Acto seguido le estreché la mano.
—¿Eh? —dijo él con los ojos relucientes—. Lo pensé bien, ¿eh?
—Prosiga usted.
—Pues bien, los que no quieran ser atrapados deben prepararse. Yo ya lo he
hecho. Eso sí, no todos nosotros tenemos lo que se necesita para ser bestias
salvajes, y eso es lo que hemos de ser. Por eso le estuve observando. Tuve mis
dudas al verle tan delgado. Claro que no sabía que era usted ni que había estado
sepultado. Todos éstos, los que vivían en estas casas, y todos los condenados
dependientes de comercio, que vivían por allá, no sirven. No tienen coraje, no
sueñan ni ansían nada, y el que no tiene esas cosas, no vale un ardite.
»Todos ellos solían salir corriendo para el trabajo. He visto centenares de
ellos, con el desayuno en la mano, correr para tomar su tren por temor de llegar
tarde al trabajo y perder el empleo. Se dedicaban a negocios que nunca quisieron
entender. Volvían corriendo a sus casas por temor de no llegar a tiempo para la
cena. Se quedaban en sus hogares después de comer por temor a la oscuridad
de las calles. Y dormían con sus esposas no porque las quisieran, sino porque
ellas tenían un poco de dinero, que les brindaba algo de seguridad en sus
miserables vidas. Vidas aseguradas por temor a la muerte y a los accidentes.
»Y los domingos..., el miedo al Más Allá. ¡Como si el infierno quisiera conejos!
Pues bien, los marcianos serán una bendición para ellos. Bonitas jaulas, bien
aireadas; alimentos de primera; nada de preocupaciones... Después de una
semana de andar corriendo por los campos sin nada que comer irán por su propia
voluntad para que los capturen. Al cabo de un tiempo estarán contentos y se
preguntarán qué hacía la gente antes que los marcianos se hicieran cargo de las
cosas.
»Y los borrachos y los holgazanes..., ya me los imagino. Todos se volverán
religiosos. Hay centenares de cosas que he visto y que sólo en estos últimos días
comencé a ver con claridad. Muchos aceptarán las cosas como se presenten y
otros se afligirán porque algo anda mal y pensarán que es necesario hacer algo.
«Ahora bien, cuando las cosas se ponen de tal manera que muchas personas
opinan que deberían hacer algo, los débiles de carácter y los que se debilitan con
mucho pensar siempre inventan una especie de religión de brazos cruzados, muy
pía y superior, y se someten a la persecución y a la voluntad del Señor.
Posiblemente lo haya visto usted. En esas jaulas resonarán los himnos y los
salmos. Y los menos simples contribuirán con un poco de..., ¿cómo se llama?...
Erotismo.
Hizo una pausa.
—Es muy posible que los marcianos tengan preferidos entre ellos; que les
enseñen a hacer pruebas. ¿Quién sabe? Puede que se pongan sentimentales con
algún muchachito que se crió entre ellos y deba ser sacrificado. Y es posible que
enseñen a algunos a perseguirnos.
—No —exclamé—. ¡Eso es imposible! Ningún ser humano...
—¿De qué sirven esas mentiras? —me interrumpió el artillero—. Muchos
hombres lo harían con gusto. ¿De qué vale fingir que no es así?
Y yo sucumbí a su convicción.
—Si vienen a buscarme... ¡Dios! Si vienen a buscarme...
Calló para meditar con el ceño fruncido.
Me puse a pensar en lo que había dicho. No encontré argumentos para
oponer a sus afirmaciones. En los días anteriores a la invasión nadie habría
puesto en duda mi superioridad intelectual en comparación con la suya —yo, un
conocido escritor de temas filosóficos, y él, un soldado común— y, sin embargo, él
ya había delineado una situación que yo no alcanzaba a comprender del todo.
—¿Qué hace usted?—pregunté al poco—. ¿Qué planes tiene?
Vaciló un momento antes de contestarme.
—Verá usted —dijo al fin—. ¿Qué tenemos que hacer? Tenemos que
inventar una clase de vida en la que los hombres puedan medrar y multiplicarse y
estén seguros de poder criar a sus hijos. Sí... Espere un momento y le aclararé lo
que pienso que puede hacerse. Los mansos desaparecerán como las bestias
mansas; en pocas generaciones serán gordos, estarán bien cuidados... y servirán
de alimento a los marcianos. El riesgo está en que los que sigamos sueltos nos
volvamos salvajes y degeneremos para convertirnos en una especie de raza
feroz... Verá usted, pienso vivir bajo tierra. He elegido las cloacas y los desagües.
Claro que los que no los conocen creen que son algo terrible; pero debajo de
Londres hay miles y miles de conductos, y en unos cuantos días de lluvia, estando
la ciudad desocupada, quedarán perfectamente limpios. Los caños principales son
lo bastante grandes y aireados para vivir. Además, están los sótanos, las bóvedas
de los bancos y de las tiendas, y desde ellos se pueden abrir pasajes hasta los
caños. Y los túneles del ferrocarril y los del tren subterráneo. ¿Eh? ¿Comprende?
Formaremos una banda de hombres fuertes e inteligentes. No aceptaremos a
cualquiera que quiera unírsenos. A los débiles, los rechazaremos.
—¿Como pensaba hacer conmigo?
—Bueno..., por lo menos, parlamenté con usted, ¿no?
—No discutiremos el punto. Prosiga.
—Los que estén con nosotros deberán obedecer órdenes. También
tendremos mujeres sanas y fuertes; madres y maestras. Nada de damas
delicadas y estúpidas. No queremos débiles y tontos. La vida vuelve a ser vida
verdadera y los inútiles y torpes deben desaparecer. Deberían estar dispuestos a
morir. Al fin y al cabo, sería desleal que siguieran viviendo para contaminar la raza.
Por otra parte, no podrían ser felices.
»Nos reuniremos en todos esos lugares. Nuestro distrito será Londres. Y
hasta podremos mantener una guardia y andar al descubierto cuando se alejen los
marcianos. Es posible que hasta podamos jugar al cricket. Así salvaremos la raza.
¿Eh? ¿No es posible? Pero eso de salvar la raza no es nada. Como le dije, así
seremos ratas solamente. Lo importante es que salvemos nuestros conocimientos
y los aumentemos. En eso intervendrán los hombres como usted. Hay libros,
modelos. Debemos hacer depósitos bien profundos y obtener todos los libros que
podamos; nada de novelas y estúpidas poesías, sino libros de ideas y de ciencia.
Iremos al Museo Británico a recoger esos volúmenes. En especial tendremos que
conservar nuestra ciencia y aprender más. Debemos observar a los marcianos.
Algunos de nosotros iremos como espías. Cuando esté todo en marcha es posible
que vaya yo mismo y me deje capturar. Y lo importante es que dejaremos en paz
a los marcianos. Ni siquiera robaremos. Si vemos que los molestamos en algo,
nos iremos. Hay que demostrarles que no pensamos hacerles daño. Sí, ya lo sé.
Pero son inteligentes y nos cazarán si tienen todo lo que quieren y nos consideran
alimañas inofensivas.
El artillero hizo una pausa y puso una mano sobre mi brazo.
—Al fin y al cabo, quizá no sea tanto lo que tengamos que aprender antes
de... Imagínese esto: cuatro o cinco de sus máquinas de guerra se apartan de
pronto; rayos calóricos a derecha e izquierda y ni un marciano que los maneje. Ni
un marciano, sino hombres; hombres que han aprendido a hacerlo. Quizá sea en
mi tiempo. ¡Qué agradable sería tener una de esas máquinas y su rayo calórico!
¡Qué magnífico controlar eso! ¿Qué importaría que nos hicieran pedazos, al fin, si
se pudiera liquidar a unos cuantos así? Entonces sí que abrirían los ojos esos
marcianos. ¿No se lo imagina usted? ¿No los ve ya arrastrándose trabajosamente
hacia sus otros aparatos? En todos ellos encontrarían algo descompuesto. Y
mientras estuvieran arreglando los desperfectos, ¡paf!, llega el rayo calórico y el
hombre vuelve a recobrar lo suyo.
Durante un rato dominó por completo mi mente la audacia imaginativa del
individuo y el tono de coraje y seguridad con que hablaba. Creí sin ninguna
vacilación en su profecía del destino humano y en la posibilidad de llevar a cabo
su asombroso plan, y el lector que me considere susceptible y tonto debe
contrastar su posición, pensar en el tema poniéndose en mi lugar e imaginarse a
sí mismo, como me hallaba yo en aquellos momentos, acurrucado entre los
matorrales y lleno de aprensión.
De esta manera hablamos durante parte de la mañana, y algo más tarde, una
vez que hubimos comprobado que no había marcianos en los alrededores,
corrimos precipitadamente hacia la casa de Putney Hill, donde mi nuevo
compañero había instalado su cubil. Era el sótano del carbón, y cuando vi el
trabajo que llevara a cabo en una semana —un túnel de sólo diez metros de largo,
con el que pensaba llegar hasta la cloaca principal de Putney Hill—tuve mi primera
sospecha sobre el abismo que había entre sus sueños y su capacidad para
llevarlos a cabo. Un pozo así podía yo haberlo cavado en un día. Pero creí en él lo
suficiente como para ayudarle a trabajar aquella mañana hasta pasado el
mediodía.
Teníamos una carretilla y arrojábamos a la cocina la tierra extraída. Nos
refrescamos con una lata de sopa de tortuga y vino de la despensa vecina. En
esta labor encontré el curioso alivio de la impresión que me embargaba al
encontrarme en un mundo tan extraño. Mientras trabajábamos reflexioné
largamente sobre sus proyectos y, al fin, comenzaron a presentarse objeciones y
dudas; pero seguí cavando allí toda la mañana, pues me alegraba tener de nuevo
algo definido que hacer.
Al cabo de una hora comencé a pensar en la distancia que debíamos cavar
antes de llegar a la cloaca y en la posibilidad que teníamos de no dar con ella. Mi
objeción primera fue que tuviéramos que cavar un túnel tan largo cuando era
posible entrar en la cloaca de inmediato por una de las tomas de la calle y excavar
desde ella hacia la casa. También me pareció que mi amigo había elegido mal la
casa y que requería un túnel demasiado largo. Y cuando empezaba a hacerme
cargo de estos detalles, el artillero dejó la pala y me miró.
—Estamos trabajando bien —dijo—. Dejémoslo por un rato. Creo que ya es
hora de ir a explorar los alrededores desde el techo.
Yo era partidario de continuar, y tras ligera vacilación, él tomó de nuevo la
pala. De pronto se me ocurrió una idea e interrumpí mi labor. Él me imitó de
inmediato.
—¿Por qué andaba caminando por el campo comunal en vez de estar aquí?
—le pregunté.
—Estaba tomando aire —repuso—. Ya volvía. Es menos peligroso de noche.
—Pero ¿y el trabajo?
—Uno no puede trabajar siempre —dijo.
De inmediato lo vi tal cual era. Él titubeó un instante, con la pala en la mano.
—Ahora deberíamos hacer un reconocimiento desde arriba, pues si se acerca
alguno de ellos podría oír el ruido y tomarnos de sorpresa —manifestó.
Ya no me sentí dispuesto a objetar. Juntos fuimos al techo y nos paramos
sobre una escalera para espiar desde la puerta de la azotea. No se veía marciano
alguno y nos aventuramos a salir.
Desde el parapeto no podíamos ver casi nada de Putney debido a los
matorrales; pero dominábamos el río, que era una masa de hierba roja, y las
partes más bajas de Lamberth, completamente inundadas. La enredadera
marciana subía por los árboles cercanos al viejo palacio y las ramas muertas
sobresalían por entre los rojos racimos. Resultaba extraño ver cuan por entero
dependían del agua aquellas plantas para propagarse. A nuestro alrededor
ninguna de las dos había logrado medrar.
Miramos hacia el norte, y al otro lado de Kensington vimos que se elevaban
grandes nubes de humo denso.
El artillero comenzó a hablarme de la clase de gente que aún quedaba en
Londres.
—Una noche de la semana pasada algunos locos pusieron en funcionamiento
las centrales eléctricas. Toda la calle Regent y el Circus se iluminaron de repente
y allí se juntaron mujeres pintadas y hombres borrachos, que estuvieron bailando y
gritando hasta el amanecer.
»Me lo contó un hombre que estuvo allí y parece que al llegar el día vieron
una máquina guerrera parada cerca de Langham mirándolos. Dios sabe cuánto
tiempo había estado allí. Bajó por el camino hacia ellos y se apoderó de cerca de
cien, que estaban demasiado borrachos y asustados para huir.
¡Grotesco vislumbre de una época que ninguna historia llegará a describir
completamente!
Después de esto, y en respuesta a mis preguntas, volvió a mencionar sus
grandiosos planes. En seguida se entusiasmó y habló con tanta elocuencia de la
posibilidad de capturar una máquina guerrera, que casi estuve a punto de volverle
a creer. Pero ahora, que ya comenzaba a entender su carácter, comprendí por
qué insistía en que no se hiciera nada precipitadamente. Y noté que ahora no era
cuestión de que fuera él en persona quien capturase o hiciera frente a la máquina.
Al cabo de un rato bajamos al sótano. Ninguno de los dos estaba dispuesto a
continuar el trabajo, y cuando él sugirió que comiéramos, acepté de buen grado.
Mi compañero se tornó de pronto muy generoso, y cuando hubimos comido se fue
y volvió poco después trayendo unos cigarros excelentes. Los encendimos, y su
optimismo llegó al punto culminante. Sentíase inclinado a considerar mi llegada
como algo extraordinario.
—Hay champaña en el sótano —dijo.
—Podremos cavar mejor si seguimos tomando este vino —repuse.
—No. Hoy soy yo el anfitrión. Tomaremos champaña. ¡Dios santo! Bastante
grande es la tarea que nos espera. Descansemos y cobremos fuerzas mientras
podamos. Mire las ampollas que tengo en las manos.
Y continuando la idea de tomarnos un día de descanso, jugamos a las cartas
después de la comida. Me enseñó a jugar euchre, y después de dividir a Londres
entre ambos, quedándome yo con la parte del norte y él con la del sur, nos
disputamos las distintas parroquias. Por grotesco y alocado que parezca esto al
sobrio lector, es la pura verdad, y lo más extraordinario es que el juego me resultó
en extremo interesante.
¡Cuan extraña es la mente del hombre! Estando nuestra especie al borde de
la muerte o de la peor de las degradaciones, sin perspectiva clara ante nosotros,
salvo la de una muerte espantosa, pudimos estar allí sentados, siguiendo los
caprichos de los cartones pintados y jugando con gran entusiasmo.
Después me enseñó a jugar al póquer y le gané luego tres partidas de
ajedrez. Al llegar la noche estábamos tan interesados, que decidimos correr el
riesgo de encender una lámpara.
Cenamos al cabo de una serie interminable de partidas y el artillero terminó
con el champaña. Continuamos fumando los cigarros. Él no era ya el enérgico
regenerador de su especie que encontrara yo en la mañana. Seguía mostrándose
optimista; mas era el suyo un optimismo más reflexivo y menos dinámico.
Recuerdo que terminó con un brindis a mi salud, expresado en un discurso de
poca variedad y muchos balbuceos. Tomé entonces un cigarro y subí para ver las
luces de que me había hablado, las que según él brillaban con matices verdosos a
lo largo de las colinas Highgate.
Al principio miré hacia el Valle de Londres con cierta sorpresa. Las colinas del
norte estaban envueltas en la mayor oscuridad; los fuegos próximos a Kensington
relucían con reflejos rojizos, y de cuando en cuando se elevaba una llamarada de
color naranja, que terminaba por perderse en el azul oscuro del cielo. Todo el
resto de Londres estaba en tinieblas. Luego, algo más cerca, percibí una luz
extraña, un resplandor fosforescente de color violeta pálido, que titilaba ante los
impulsos de la brisa. Por un momento no pude identificarlo y después comprendí
que debía ser la hierba roja la que lo causaba.
Al darme cuenta de esto despertóse en mí de nuevo el sentido de la
proporción. Miré entonces hacia Marte, que brillaba en Occidente, y me volví luego
para contemplar largamente las tinieblas donde se hallaban Hampstead y
Highgate.
Mucho tiempo estuve sobre la azotea pensando en los grotescos cambios
que viera en ese día. Recordé mis estados mentales, desde la plegaria de la
medianoche hasta las estúpidas partidas de naipes. Experimenté entonces una
repugnancia súbita y recuerdo que arrojé el cigarro con cierto simbolismo
derrochador.
Comprendí en seguida la exageración de mi locura. Era un traidor para mi
esposa y para mi raza; me sentí lleno de remordimientos.
Tomé entonces la resolución de dejar al extraño e indisciplinado soñador de
grandes cosas a solas con su bebida y alimentos y entrar en Londres. Me pareció
que allí tendría más posibilidades de enterarme de lo que hacían los marcianos y
mis semejantes. Todavía me hallaba en la azotea cuando se elevó la luna en el
cielo.
_
8
LA CIUDAD MUERTA
_
Después que me hube separado del artillero, descendí la colina y tomé por la
calle High cruzando el puente hasta Fulham. La hierba roja crecía profusamente
en aquel entonces y cubría casi todo el puente, pero sus hojas presentábanse ya
descoloridas en muchas partes, víctimas, sin duda, de la enfermedad que poco
después las habría exterminado.
En la esquina del camino que dobla hacia la estación de Putney Bridge
encontré a un hombre tendido en el suelo. Le cubría por completo el polvo negro y
estaba vivo, pero se encontraba completamente borracho. No pude sacarle más
que maldiciones, y cuando me aproximé quiso atacarme. Creo que me habría
quedado con él de no haber sido por el aspecto brutal de sus facciones.
Había polvo negro en todo el camino desde el puente en adelante, y en
Fulham abundaba aún más. En las calles reinaba un silencio impresionante.
Conseguí algo de comer en una panadería del barrio. Ya en dirección a Walham
Green, las calles estaban libres del polvo, y pasé frente a un grupo de casas que
ardían; el ruido del incendio me resultó agradable en medio de tanto silencio. Al
seguir hacia Brompton volvió a deprimirme la quietud reinante.
Allí encontré, una vez más, el polvo negro en las calles y sobre los cadáveres,
de los cuales vi una docena en toda la extensión del Fulham Road. Hacía días que
estaban muertos, razón por la cual me apresuré a alejarme. El polvo negro los
cubría a todos, suavizando sus contornos. Los perros habían atacado a varios.
Donde no se veía polvo negro la ciudad presentaba el aspecto normal de los
domingos, con sus tiendas cerradas, las casas desocupadas y el silencio general.
En algunos sitios habían andado los saqueadores, pero sólo en los comercios de
comestibles y licores. Vi el cristal destrozado del escaparate de una joyería, pero
alguien debía haber interrumpido al ladrón, pues había numerosas cadenas de oro
y algunos relojes diseminados por la acera. No me molesté en tocarlos. Más
adelante encontré una mujer hecha un ovillo en un portal; la mano que apoyaba
sobre una rodilla tenía una herida, que había sangrado sobre su vestido, y junto a
ella vi los restos de una botella de champaña. Parecía dormida, pero estaba
muerta.
Cuanto más me adentraba en Londres, tanto más profundo se hacía el
silencio. Pero no era tanto el silencio de la muerte, sino más bien el del suspenso
y la expectativa. En cualquier momento podía llegar allí la mano destructora que
hiciera su obra nefasta en los límites de la metrópoli, aniquilando Ealing y Kilburn.
En South Kensington no había cadáveres ni polvo negro. Fue allí donde oí por
primera vez los aullidos. Eran éstos como un largo sollozo compuesto de dos
notas que se repetían alternativamente. «Ula, ula, ula», era el sonido escalofriante
que llegó a mis oídos. Cuando pasaba por las calles que corrían de norte a sur se
acrecentaba su volumen, perdiéndose luego por entre las casas. Se tornó
extraordinariamente voluminoso en el Exhibition Road. Allí me detuve, mirando
hacia Kensington Gardens, asombrado ante el extraño gemido, que parecía llegar
desde muy lejos. Era como si el tremendo desierto de edificios hubiera hallado una
voz que expresara su terror y soledad.
«Ula, ula, ula», se repetía la nota sobrehumana en grandes ondas sonoras
que barrían la ancha calle.
Me volví hacia el norte, mirando los portales de hierro de Hyde Park. Estuve
tentado de entrar en el Museo de Historia Natural y subir a las torres, a fin de ver
el otro lado del parque. Pero decidí seguir por las calles, donde era posible
ocultarse con más rapidez en caso de peligro, y por ello continué avanzando por el
Exhibition Road.
Todas las mansiones de ambos lados de la avenida estaban desiertas y
silenciosas y mis pasos despertaban los ecos dormidos de la arteria. En el otro
extremo, cerca de la entrada del parque, vi un extraño espectáculo: un ómnibus
volcado y el esqueleto completamente limpio de un caballo. Durante un tiempo me
quedé mirando esto con gran asombro y después continué hacia el puente que
salva el Serpentine. La voz se tornó más sonora, aunque no veía yo nada sobre
los techos de las casas del lado norte del parque.
«Ula, ula, ula», gritaba la voz, procedente, según me pareció, del distrito
próximo a Regent Park. El tremendo gemido hizo su efecto en mi mente.
Apabullóse mi ánimo y el temor hizo presa en mí. Descubrí que me sentía
fatigado, dolorido y nuevamente hambriento.
Ya era más de mediodía. ¿Por qué vagaba solo en esa ciudad de muerte?
¿Por qué estaba yo solo en pie, cuando todo Londres yacía cubierto por su
mortaja negra? Me sentí intolerablemente solitario. Recordé viejos amigos que
olvidara años atrás. Pensé en los venenos de las farmacias, en los licores de las
tiendas de vino; recordé a los otros dos seres: uno, borracho, y el otro, muerto,
que parecían ser los únicos que compartían la ciudad conmigo...
Entré en la calle Oxford por Marble Arch y allí vi de nuevo el polvo negro y los
cadáveres, mientras que de las rejillas de ventilación de los sótanos salía un olor
horrible. El calor de la larga caminata avivó mi sed. Con gran trabajo logré entrar
en un restaurante y obtener alimento y bebida. Después de comer me sentí
agotado y fui a una salita interior para acostarme en un sofá que encontré allí.
Desperté con el tremendo gemido resonando en mis oídos: «Ula, ula, ula».
Caía ya la noche, y después de haberme apoderado de algunos bizcochos y un
poco de queso —el depósito de carne no contenía más que gusanos— seguí
camino hacia las plazuelas residenciales de la calle Baker, hasta que salí, al fin, a
Regent Park.
Al salir por el extremo de la calle Baker vi sobre los árboles y muy a lo lejos el
capuchón del gigante marciano del cual provenía el incesante aullido. No me sentí
aterrorizado. Aquello fue como algo muy natural. Lo estuve observando un tiempo,
pero el monstruo no se movió. Parecía estar parado y gritar y no pude adivinar la
razón de que hiciera tal cosa.
Traté de formular un plan de acción, pero el perpetuo aullido me aturdió. Tal
vez estaba demasiado cansado para ser cauteloso. Lo cierto es que sentí
curiosidad por saber a qué se debía el monótono gemido.
Me alejé del parque y tomé por Park Road con la intención de dar la vuelta en
torno del espacio abierto. Avancé bien a cubierto y logré ver al marciano desde la
dirección de St. John's Wood. Al hallarme a doscientos metros de la calle Baker oí
un coro de ladridos y vi primero a un perro que llevaba entre los dientes un trozo
de carne putrefacta. El animal iba en dirección hacia mí y le seguía un grupo de
otros canes. El primero describió un amplio rodeo para alejarse de mí, como si
temiera que le disputase la carne. Al perderse los ladridos a lo lejos volví a oír
claramente el ulular del marciano.
Me encontré con la máquina de trabajo destrozada en camino hacia la
estación de St. John's Wood. Al principio creí que una de las casas habíase
desplomado sobre la calle. Cuando trepé sobre los escombros vi con sorpresa el
Sansón mecánico en el suelo, con sus tentáculos doblados y rotos entre las ruinas
que él mismo había causado. La parte delantera estaba aplastada. Parece que
había avanzado ciegamente hacia la casa y quedó destrozada al caerle encima
los escombros. Tuve la impresión de que esto podría haber ocurrido si la máquina
de trabajo había escapado al control del marciano que la guiaba. No pude
meterme entre los escombros para observarla mejor y estaba ya demasiado
oscuro para que pudiera ver la sangre de que estaba manchado su asiento y los
restos del marciano que dejaran los perros.
Mas maravillado aún por lo que acababa de ver, seguí hacia Primrose Hill.
Muy a lo lejos, por un claro entre los árboles, vi a un segundo marciano, tan
inmóvil como el primero, parado en el parque del Jardín Zoológico.
Poco más allá de los restos de la máquina de trabajo volví a encontrar la
hierba roja y vi que el Canal Regent era una masa esponjosa de vegetación
carmesí.
Cuando cruzaba el puente cesó de pronto el prolongado gemido. El silencio
subsiguiente me produjo la misma impresión de un trueno repentino.
Las casas de mi alrededor se elevaban entre las sombras; los árboles del
parque se tornaban negros. La hierba roja trepaba por entre las ruinas hasta
bastante altura. La noche, madre del terror y del misterio, se cernía ya sobre mí.
Pero mientras sonaba aquella voz, la soledad había sido soportable; en virtud de
ella, Londres había parecido vivo, y este detalle me sostuvo. Luego ocurrió el
cambio, feneció algo —no sé qué— y el silencio se tornó aplastante.
Londres parecía mirarme. Las ventanas de las casas blancas eran como las
cuencas vacías de cráneos blanqueados por el tiempo. Mi imaginación descubrió
a mil enemigos que se movían silenciosos a mi alrededor. El terror hizo presa en
mí. Más adelante, la calle habíase tornado tan negra como la tinta y vi una forma
retorcida en medio del camino. No pude seguir. Me volví por St. John's Wood
Road y eché a correr para alejarme de aquella quietud insoportable e ir hacia
Kilburn.
Me oculté de la noche y el silencio, hasta mucho después de las doce, en un
refugio para cocheros que hay en Harrow Road. Pero antes del amanecer volví a
recobrar el valor, y mientras brillaban todavía las estrellas salí de nuevo en
dirección a Regent Park.
Me extravié por el camino y al poco vi, a la media luz del alba, la curva de
Primrose Hill, al otro extremo de la larga avenida. En su cima se hallaba un tercer
marciano, erguido e inmóvil como los otros.
Una idea insana se posesionó de mí. Terminaría de una vez con todo. Era
mejor morir y me ahorraría la molestia de suicidarme. Marché decididamente hacia
el titán, y luego, al acercarme más y acrecentarse la luz, vi que una multitud de
pájaros negros volaba en círculos y se apiñaba alrededor del capuchón. Ante ese
espectáculo dio un vuelco mi corazón y acto seguido eché a correr por el camino.
Pasé rápidamente por entre la frondosa hierba roja que cubría St. Edmond's
Terrace, crucé con gran esfuerzo un torrente que nacía en los caños principales
del servicio del agua y desembocaba en Albert Road y salí al prado antes que se
elevara el sol.
Grandes montones de tierra habíanse apilado alrededor de la cima de la
colina formando un enorme reducto —aquella era la más grande y la última de las
fortalezas hechas por los marcianos—, y desde detrás de los montones de tierra
se elevaba una delgada columna de humo. Contra el fondo del cielo vi la silueta
de un perro que echaba a correr y se perdía de vista.
La idea que se presentara a mi mente se tornó más real y aceptable. No sentí
temor, sino un júbilo extraordinario, al correr colina arriba hacia el monstruo
inmóvil. Del capuchón pendían jirones de carne parda, que los pájaros picoteaban.
Un momento más y había trepado a la muralla de tierra. Ya tenía a mi vista el
enorme reducto. Era un espacio muy grande y había en él máquinas gigantescas,
altas pilas de materiales y extraños refugios. Y diseminados por todas partes:
algunos en sus máquinas de guerra derribadas; otros en las máquinas de trabajo,
ahora inmóviles, y una docena de ellos tendidos en una hilera silenciosa, se
hallaban los marcianos..., ¡todos muertos! Destruidos por las bacterias de la
corrupción y de la enfermedad, contra las cuales no tenían defensas; destruidos,
como le estaba ocurriendo a la hierba roja; derrotados—después que fallaron
todos los inventos del hombre— por los seres más humildes que Dios, en su
sabiduría, ha puesto sobre la Tierra.
Había sucedido lo que yo y muchos otros podríamos haber previsto si no nos
hubiera cegado el terror. Los gérmenes de las enfermedades han atacado a la
humanidad desde el comienzo del mundo, exterminaron a muchos de nuestros
antecesores prehumanos desde que se inició la vida en la Tierra. Pero en virtud de
la selección natural de nuestra especie, la raza humana desarrolló las defensas
necesarias para resistirlos. No sucumbimos sin lucha ante el ataque de los
microbios, y muchas de las bacterias —las que causan la putrefacción en la
materia muerta, por ejemplo— no logran arraigo alguno en nuestros cuerpos
vivientes.
Pero no existen las bacterias en Marte, y no bien llegaron los invasores, no
bien bebieron y se alimentaron, nuestros aliados microscópicos iniciaron su obra
destructora. Ya cuando los observé yo estaban irrevocablemente condenados,
muriendo y pudriéndose mientras andaban de un lado para otro. Era inevitable.
Con un billón de muertes ha adquirido el hombre su derecho a vivir en la Tierra y
nadie puede disputárselo; no lo habría perdido aunque los marcianos hubieran
sido diez veces más poderosos de lo que eran, pues no en vano viven y mueren
los hombres.
Aquí y allá se encontraban diseminados cerca de cincuenta, en total, en aquel
último reducto, sorprendidos por una muerte que debe haberles parecido
incomprensible.
Para mí también resultó incomprensible su muerte. Todo lo que supe fue que
esos seres, que habían sido tan terribles para el hombre, estaban ahora muertos.
Por un momento creí que la destrucción de Senaquerib se había repetido, que
Dios habíase arrepentido, que el Ángel de la Muerte los había matado durante la
noche.
Me quedé mirando hacia el interior del pozo y mi corazón latió jubilosamente.
En ese momento me iluminó con sus rayos el sol naciente. El pozo estaba todavía
en la penumbra; las tremendas máquinas, tan maravillosas en su poder y
complejidad, tan extraterrestres en su forma, mostrábanse fantásticas, vagas y
extrañas entre las sombras.
Oí que una multitud de perros reñía entre los cadáveres que yacían en el
pozo. Del otro lado del reducto yacía la gran máquina de volar con la que habían
estado experimentando en nuestra atmósfera, más densa, cuando les sorprendió
la corrupción y la muerte.
Al oír graznidos en lo alto miré hacia la enorme máquina guerrera, que no
volvería a luchar más, y vi los restos de carne roja que pendían de los asientos,
volcados en su capuchón.
Me volví para mirar cuesta abajo hacia donde se hallaban los otros dos
marcianos, rodeados por los pájaros negros. Uno de ellos había muerto mientras
llamaba a sus compañeros; quizá fue el último en fenecer y su voz continuó
resonando hasta que se agotó la fuerza motriz de su máquina. Ahora relucían
ambos como inofensivos trípodes de brillante metal a la luz clara del sol que
nacía...
Alrededor del pozo, y salvada como por milagro de una destrucción total, se
extendía la madre de las ciudades. Los que han visto Londres sólo velado por sus
sombríos mantos de humo no pueden imaginar la desnuda claridad y la belleza
del silencioso dédalo de casas.
Hacia el este, sobre las ruinas ennegrecidas de Albert Terrace y la aguja
quebrada de la iglesia, el sol brillaba deslumbrante en el cielo límpido, y aquí y allá
captaba la luz alguna faceta de una claraboya de cristales. Los rayos tocaban ya
el depósito de vinos próximo a la estación Chalk Famm, y los vastos terrenos del
ferrocarril, marcados antes con los relucientes rieles, que ahora estaban teñidos
de herrumbre debido al desuso.
Hacia el norte se hallaban Kilburn y Hampstead; hacia el oeste se perdía la
visión de la gran ciudad debido a la distancia, y hacia el sur, al otro lado del pozo,
vi claramente la extensión verde de Regent Park, el hotel Langham, la cúpula del
Albert Hall, el Instituto Imperial y las gigantescas mansiones de Brompton Road. A
lo lejos se elevaban las azuladas colinas de Surrey y las torres del Crystal Palace
relucían como dos varas de plata. La cúpula de St. Paul's mostrábase oscura
contra el resplandor del sol, y por primera vez vi que tenía un enorme agujero en
su costado occidental.
Y mientras contemplaba aquella vasta extensión de casas, fábricas e iglesias,
silenciosas y abandonadas; mientras pensaba en las esperanzas y esfuerzos, en

las vidas que contribuyeron a la construcción de aquel refugio humano y en la
terrible amenaza que se cernió sobre todo ello; cuando comprendí que la sombra
habíase disipado, que los hombres recorrerían sus calles y que esta vasta ciudad
muerta volvería una vez más a la vida, experimenté una emoción que estuvo a
punto de arrancar lágrimas de mis ojos.
Había pasado la tempestad. Ese mismo día comenzaría la cura. Los
sobrevivientes diseminados por el país —sin líderes, sin ley, sin alimentos, como
ovejas sin su pastor—, los miles que huyeran por el mar, emprenderían el regreso;
la pulsación de la vida, cada vez más fuerte, volvería a latir en las calles desiertas
y a verterse por las plazuelas abandonadas.
Fuera cual fuese la destrucción, habíase ya detenido la mano destructora.
Todas las ruinas, los ennegrecidos esqueletos de los edificios, que parecían mirar
con desesperación hacia el verdor de la colina, resonarían ahora con los
martillazos de los constructores. Al pensar esto tendí las manos hacia el cielo y di
las gracias a Dios. En un año, me dije; en un año...
Y luego, con fuerzas aplastadoras, volvió a mi mente la idea de mi situación,
el recuerdo de mi esposa y el de la vida de esperanza y ternura que había cesado
para siempre.
_
9
LOS RESTOS
_
Y ahora llega la parte más extraña de mi relato. Y, sin embargo, quizá no sea
del todo extraña. Recuerdo clara, fría y vividamente todo lo que hice aquel día
hasta el momento en que me hallé parado, llorando y alabado a Dios, sobre la
cima de Primrose Hill. Lo demás no lo recuerdo...
De los tres días siguientes no sé nada. Después me enteré de que no fui yo el
primer descubridor de la derrota marciana. Hubo otros vagabundos que lo
descubrieron la noche anterior. Un hombre —el primero— había ido a St. Martin'sle-
Grand, y mientras me hallaba yo en el refugio para cocheros, logró telegrafiar a
París. De allí se retransmitió la noticia a todo el mundo. Mil ciudades, aprisionadas
por la más terrible aprensión, se iluminaron de pronto; lo sabían ya en Dublín, en
Edimburgo, en Manchester, en Birmingham, cuando me encontraba yo parado al
borde del pozo.
Ya los hombres, que lloraban de gozo, interrumpían su trabajo para felicitarse
y darse la mano. Otros trepaban a los trenes para dirigirse a Londres. Las
campanas de las iglesias, que enmudecieron quince días antes, empezaron a
tocar a vuelo y resonaron en toda Inglaterra. Hombres en bicicletas, flacos y
desaliñados, corrían por todos los caminos comunicando a gritos la noticia. ¡Y los
alimentos! Desde el otro lado del canal, del mar del Norte y del Atlántico llegaban
ya cargamentos de trigo, pan y carne. Todos los barcos del mundo parecían
dirigirse a Londres en aquellos días.
Pero de esto nada recuerdo. Yo vagué demente por las calles. Me encontré,
al fin, en la casa de ciertas personas bondadosas, que me encontraron al tercer
día andando sin rumbo, gritando y llorando por St. John's Wood. Después me
dijeron que iba cantando una canción improvisada sobre «el último hombre en la
Tierra». Preocupadas como estaban por sus propios asuntos, esas personas, a
quienes tanto debo y cuyas bondades quisiera agradecer, pero que ignoro sus
nombres, me tomaron a su cargo y me cuidaron. Al parecer, se enteraron de
fragmentos de mi historia durante los días en que estuve delirante.
Cuando se hubo recobrado mi mente, me dieron con gran suavidad la noticia
del destino corrido por Leatherhead. Dos días después de quedar yo aprisionado
en la casa derruida, un marciano destruyó aquella población por completo y
exterminó a todos sus habitantes. Al parecer, la barrió por completo sin la menor
provocación, como podría un muchacho aplastar un hormiguero sólo por capricho.
Era yo un hombre completamente abatido y fueron muy buenos conmigo. Con
ellos estuve durante cuatro días después de recuperarme. Todo ese tiempo sentí
un anhelo inmenso de ir a ver lo que quedaba de aquella vida tan feliz de mi
pasado. Era un deseo desesperado de contemplar mi propia desdicha. Ellos me
disuadieron e hicieron todo lo posible por convencerme de que no lo hiciera. Pero,
al fin, no pude resistir ya el impulso y, prometiéndoles que volvería, me separé de
ellos con lágrimas en los ojos y salí de nuevo a las calles, que viera por última vez
oscuras y abandonadas.
Ya estaban llenas de gente que volvía, en ciertos lugares vi abiertos los
comercios y descubrí una fuente de beber ya en funcionamiento.
Recuerdo lo hermoso que parecía el día cuando inicié mi melancólica marcha
hacia la casita de Woking y el numeroso público que andaba por las calles, ahora
llenas de vida.
Había tanta gente en todas partes, que me pareció increíble que una gran
parte de la población hubiera sido sacrificada. Pero luego noté la palidez de todos,
el desaliño de la mayoría, la fijeza de las miradas y los harapos de muchos. Los
rostros se mostraban con dos expresiones: un júbilo extraordinario y una
resolución sañuda. Salvo por este detalle, Londres parecía una ciudad de
vagabundos. En las iglesias distribuían el pan que nos enviara el Gobierno
francés. Los pocos caballos que vi estaban terriblemente flacos. Delgados agentes
especiales, con un brazalete blanco sobre la manga, ocupaban casi todas las
esquinas. Vi poco de los daños causados por los marcianos hasta que llegué a la
calle Wellington, donde descubrí la hierba roja que trepaba por los paramentos del
puente de Waterloo.
Y en la esquina del puente vi uno de los contrastes comunes de aquella
época grotesca: una hoja de papel que se mecía sobre un matorral de hierba roja.
Era un aviso del primer diario que reiniciaba sus actividades, el Daily Mail.
Adquirí un ejemplar con un penique ennegrecido que hallé en mi bolsillo. La
mayor parte del diario estaba en blanco, pero el solitario editor que compuso el
ejemplar habíase divertido distribuyendo espacios recuadrados para avisos en la
página final. Lo impreso era pura emoción; las agencias de noticias no estaban
todavía en funcionamiento. No me enteré de nada nuevo, salvo que en el
transcurso de una semana ya se habían conseguido resultados asombrosos con
el examen de los mecanismos marcianos. Entre otras cosas, el artículo aseguraba
lo que no creí entonces: que se había descubierto «el secreto del vuelo».
En Waterloo encontré los trenes gratis, que llevaban a la gente a sus hogares.
Había pocos viajeros en el tren, pues el primer contingente habla pasado ya.
Como no estaba de humor para conversar, me metí en un compartimiento y me
puse a mirar la devastación que se deslizaba por la ventanilla al paso del tren.
Precisamente al salir de la estación se sacudió el convoy al pasar sobre los rieles
provisionales, y a ambos lados de las vías, las casas eran ruinas ennegrecidas.
Hasta llegar a Clapham Junction, la cara de Londres estaba sucia con los restos
del humo negro, a pesar de la lluvia, que había caído durante cuarenta y ocho
horas seguidas, y en el empalme estaban reparando las vías, de modo que
tuvimos que tomar por un desvío.
En todo el recorrido desde allí en adelante el país mostrábase cambiado y
desconocido. Wimbledon había sufrido grandes destrozos. Debido a que sus
bosques no estaban quemados, Walton parecía la menos dañada de las
poblaciones de la línea. El Wandle, el Mole y todos los otros arroyos eran una
masa de hierba roja; pero los bosques de Surrey eran demasiado secos para que
la extraña vegetación se hubiera arraigado.
Más allá de Wimbledon, en ciertos terrenos plantados, se veían los montones
de tierra desalojada por el sexto cilindro. Gran cantidad de personas rodeaba el
pozo, y en su interior trabajaba un número de zapadores. En lo alto flameaba
nuestra bandera, mostrando al sol sus alegres colores. Los alrededores estaban
cubiertos de la vegetación carmesí y sus reflejos molestaban la vista. Para
aliviarme volví los ojos hacia el gris de las cenizas más cercanas y el azul de las
colinas que se elevaban más al este.
Antes de llegar a la estación de Woking nos detuvimos porque estaban
reparando las vías, de modo que descendí en Byfleet y eché a andar por el
camino de Maybury, pasando por el lugar donde el artillero y yo habíamos
conversado con los húsares. Después vi el sitio donde se me apareciera el
marciano durante la tormenta. Movido por la curiosidad, salí del camino para
buscar entre los rojos matorrales el cochecillo destrozado y el esqueleto del
caballo. Durante largo rato estuve contemplando estos vestigios...
Después regresé por el bosque de pinos, abriéndome paso por entre la hierba
roja, que en algunas partes me llegaba hasta el cuello. Supe que el dueño de la
hostería había sido sepultado. Seguí luego y pasé por el College Arms, llegando
así a mi aldea. Un hombre, que se hallaba parado a la puerta de un chalet, me
saludó al pasar, llamándome por mi nombre.
Miré hacia mi casa con un rayo de esperanza, que se desvaneció de
inmediato. La puerta había sido forzada y se abría lentamente al acercarme yo.
Volvió a cerrarse con fuerza. Las cortinas de mi estudio se agitaron, saliendo
por la ventana abierta desde la que el artillero y yo viéramos llegar el alba. Nadie
la había vuelto a cerrar. Los setos, aplastados, estaban tal como los dejara yo
hacía un mes. Entré en el vestíbulo y comprobé que la casa estaba desierta. La
alfombra de la escalera se hallaba arrugada y descolorida en el sitio donde me
había acurrucado yo al entrar empapado después de la tormenta la noche de la
catástrofe. La huella barrosa de nuestros pasos seguía marcada en los escalones.
Subí a mi estudio y vi sobre la mesa la hoja de papel que dejara la tarde en
que se abrió el cilindro. Durante un momento me quedé mirando mis
abandonadas teorías. Era un ensayo sobre el probable desarrollo de las ideas
morales en relación con el adelanto del proceso civilizador, y la última frase era el
comienzo de una profecía. Había escrito: «Dentro de doscientos años podemos
esperar...”
La frase se cortaba allí. Recordé entonces mi incapacidad de fijar la mente
aquella mañana de un mes atrás y cómo me había interrumpido para ir a comprar
el Daily Chronicle. Recordé cómo había avanzado por el jardín al ver llegar al
vendedor y lo que me había dicho respecto a los «hombres de Marte».
Bajé y fui al comedor. Vi allí la carne y el pan, completamente corrompidos, y
una botella de cerveza caída, tal como la dejáramos el artillero y yo. Mi hogar
estaba desierto. Comprendí lo inadecuado de la esperanza que abrigara tanto
tiempo. Y entonces ocurrió una cosa extraña.
—Es inútil —dijo una voz—. La casa está desierta. No ha habido aquí nadie
desde hace mucho. No te quedes aquí para sufrir. Sólo tú te salvaste.
Me sobresalté. ¿Es que había expresado en voz alta mis pensamientos? Me
volví, viendo que la puerta vidriera estaba abierta. Di un paso hacia ella y miré al
exterior.
Y allí, asombrados y temerosos, tal como me sentía yo, se encontraban mi
primo y mi esposa. Ella lanzó un grito ahogado.
—Vine —dijo—. Sabía... Sabía...
Se llevó una mano a la garganta y la vi tambalearse. De un salto estuve a su
lado tomándola en mis brazos.
_
10
EPILOGO
_
Ahora, que estoy concluyendo mi relato, no puedo menos que lamentar lo
poco que puedo agregar a los muchos puntos que quedan todavía sin aclarar. En
un sentido es seguro que se me criticará. Mi especialidad es la filosofía
especulativa. Mis conocimientos de la fisiología comparada se limitan a la lectura
de uno o dos libros; pero me parece que las sugestiones de Carver con respecto a
la razón de la rápida muerte de los marcianos es tan probable como para ser
considerada como una conclusión demostrada. Así lo he dado por supuesto en mi
narración.
Sea como fuere, en todos los cadáveres de los marcianos que se examinaron
después de la guerra no se encontró ninguna bacteria que no perteneciera a las
especies terrestres conocidas. El hecho de que no enterraran a sus muertos y las
matanzas que perpetraron indican también que ignoraban por completo la
existencia del proceso putrefactivo. No obstante, aunque esto parece muy
probable, no se ha llegado a demostrar concluyentemente.
Tampoco se conoce la composición del humo negro, que emplearon los
marcianos con efectos tan fatales, y el generador del rayo calórico sigue siendo un
enigma. Los terribles desastres de los laboratorios de Ealing y South Kesington
han quitado a los expertos el deseo de seguir investigando el aparato. Los análisis
del espectro del polvo negro indican, sin lugar a dudas, la presencia de un grupo
de tres líneas brillantes en el verde, y es posible que se combine con el argón para
formar una sustancia que obra con efecto inmediato y fatal sobre algunos de los
constituyentes de la sangre. Pero tales especulaciones vagas interesarán muy
poco al lector general, para quien he escrito esta historia. En el momento oportuno
no se analizó la escoria de color pardo que flotó por el Támesis, después de la
destrucción de Shepperton, y ahora ya ha desaparecido por completo.
Ya he incluido el resultado del examen anatómico que se efectuó con los
restos de los marcianos que dejaron intactos los perros. Pero todos conocen el
magnífico ejemplar, casi completo, que se conserva en alcohol en el Museo de
Historia Natural, así como también los incontables dibujos que se hicieron del
mismo, y aparte de eso, el interés sobre su fisiología y estructura es puramente
científico.
Una cuestión de más grave interés universal es la posibilidad de otro ataque
por parte de los marcianos. No creo que se haya prestado la suficiente atención a
ese aspecto del asunto. Por ahora, el planeta Marte se halla en su punto más
alejado de la Tierra; pero cada vez que se acerque temeré que se renueve su
aventura. Sea como fuere, deberíamos prepararnos. Me parece que sería posible
ubicar la situación del cañón que efectúa los disparos, mantener una vigilancia
constante sobre esa parte del planeta y prever la llegada del próximo ataque.
En tal caso podría destruirse el cilindro con dinamita o a cañonazos antes que
se enfriara lo suficiente como para que salieran sus ocupantes o matar a éstos a
balazos tan pronto se abriera la tapa del proyectil. Es mi opinión que han perdido
una gran ventaja al fracasar en su primer ataque por sorpresa. Posiblemente lo
vean ellos de igual manera.
Lessing ha expresado excelentes razones para suponer que los marcianos
han logrado llegar hasta el planeta Venus. Hace ya siete meses que Venus y
Marte estaban alineados con el sol, es decir, que Marte se hallaba en oposición,
desde el punto de vista de un observador, de Venus. Después apareció una
marca sinuosa y de gran luminosidad en la parte oscura del planeta interior, y casi
al mismo tiempo se descubrió una marca oscura, similarmente sinuosa, en una
fotografía del disco marciano. Sólo es necesario ver los dibujos que las
representan para comprender perfectamente su extraordinaria semejanza.
Sea como fuere, esperemos o no una invasión, estos acontecimientos han de
cambiar nuestros puntos de vista con respecto al porvenir de los humanos. Ahora
sabemos que no podemos considerar a este planeta como completamente seguro
para el hombre; jamás podremos prever el mal o el bien invisibles que pueden
llegarnos súbitamente desde el espacio. Es posible que la invasión de los
marcianos resulte, al fin, beneficiosa para nosotros; por lo menos, nos ha robado
aquella serena confianza en el futuro, que es la más segura fuente de decadencia.
Los regalos que ha hecho a la ciencia humana son extraordinarios, y otro de sus
dones fue una nueva concepción del bien común.
Puede ser que a través de la inmensidad del espacio los marcianos hayan
observado el destino corrido por sus primeros colonizadores y hayan aprendido la
lección. También es posible que en el planeta Venus encontraran un terreno más
acogedor para ellos. Fuera lo que fuese, durante muchos años seguiremos
observando con ansiedad el disco marciano, y esos dardos del cielo que llamamos
estrellas fugaces provocarán siempre un estremecimiento a todos los habitantes
de este planeta.
No sería una exageración afirmar que los puntos de vista de los hombres se
han ampliado considerablemente. Antes que cayera el cilindro existía la creencia
general de que en toda la inmensidad del espacio no había otra vida que la de
nuestra diminuta esfera. Ahora vemos las cosas con más claridad. Si los
marcianos pueden llegar a Venus, no hay razón para suponer que la hazaña sea
imposible para el hombre, y cuando el lento enfriamiento del sol torne inhabitable
esta Tierra, como ha de suceder, sin duda alguna, es posible que el hilo de vida
que nació aquí pueda extenderse y apresar dentro de sus lazos a nuestros
hermanos del sistema solar. ¿Llegaremos a efectuar la conquista?
Vaga y maravillosa es la visión que he conjurado en mi mente sobre la vida
que se extienda desde esta sementera del sistema planetario para llegar a todos
los rincones del infinito espacio sideral. Pero es un sueño muy remoto. Podría ser,
por otra parte, que la destrucción de los marcianos sea sólo un intervalo de
respiro. Quizá el futuro les pertenezca a ellos y no a nosotros.
Debo confesar que el peligro y las penurias sufridas han dejado en mi mente
la duda y el temor a la inseguridad. Sentado en mi estudio, escribiendo a la luz de
la lámpara, veo de pronto que el valle de abajo está envuelto en llamas y siento
como si la casa a mi alrededor estuviera desierta. Salgo a Byfleet Road, por donde
pasan los vehículos de los visitantes, un carnicero con su carro, un obrero en su
bicicleta, niños que van a la escuela, y súbitamente se tornan todos vagos e
irreales ante mis ojos, y de nuevo corro con el artillero por el campo envuelto en el
silencio.
De noche veo el polvo negro, que oscurece las calles silenciosas, y descubro
los cadáveres que cubre aquella negra mortaja; se levantan ante mí hechos
jirones y mordidos por los perros. Charlan con voces fantasmales y se tornan
fieros, más pálidos, más desagradables, llegando, al fin, a ser fantásticas parodias
de seres humanos. Despierto entonces, frío y amedrentado, en la oscuridad de mi
cuarto.
Voy a Londres, veo las multitudes que llenan la calle Fleet y el Strand, y se
me ocurre que son espectros del pasado que pululan por las arterias que he visto
yo silenciosas y abandonadas; fantasmas en una ciudad muerta, imitación de vida
en un cuerpo galvanizado.
Y también me resulta extraño pararme en Primrose Hill, como lo hice el día
antes de escribir este último capítulo, y ver el gran conjunto de edificios apenas
dibujados tras el humo y la niebla, descubrir a la gente que camina de un lado a
otro entre los macizos de flores de la cuesta, contemplar a los curiosos que rodean
la máquina marciana que todavía se encuentra allí, oír las voces de los niños que
juegan y recordar la vez que lo vi todo con claridad y en detalle, desnudo y
silencioso, al amanecer aquel último día de gloria...
Y lo más extraño es tener de nuevo entre las mías la mano de mi esposa
y pensar que la supuse muerta, como ella me contó también entre las
víctimas.


FIN

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