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sábado, 31 de enero de 2009

EL QUE CIERRA EL CAMINO -- Robert Bloch

EL QUE CIERRA EL CAMINO -- Robert Bloch


EL QUE CIERRA EL CAMINO -- Robert BIoch



Hasta el día de hoy sigo sin saber como consiguieron traerme al asilo.
Los acontecimientos que condujeron a mi internamiento constituyen un
misterio que desafía las sondas de mi memoria, y contra el que no puedo luchar.
Familia y amigos hablaron, en su tiempo, de un «estado nervioso», pero eso es
indudablemente un educado eufemismo. Prefieren llamar al asilo un «sanatorio
privado», y a mi encarcelamiento se refieren como «convalecencia».
Pero ahora que no tengo familia —ni amigos— puedo finalmente hablar con
libertad y franqueza de mi situación. Estaba loco.
¡Dios, qué hipócritas nos volvemos! Cuanto mayor es la incidencia de la locura
en nuestra sociedad, más tabú se vuelve esa palabra. En un mundo que se ha vuelto
loco ya no es posible hablar de la locura humana; en esta era lunática se supone que
no existen los lunáticos; la locura se agrava porque nos negamos a admitir que
alguien esté loco.
«Mentalmente enfermo» es la frase que utilizaba el doctor Connors.
«Esquizofrenia paranoide» era otra descripción más elaboradamente clínica.
Ninguna de las dos ofrece una visión exacta del horror inherente a la realidad... o
irrealidad.
La locura es una larga pesadilla de la cual algunos no llegan a despertar nunca.
Otros, como yo, abren finalmente sus ojos para dar la bienvenida al amanecer del
nuevo día, regocijándose de su nueva conciencia. Es una maravillosa sensación darse
cuenta de que la pesadilla ha terminado. Te hace sentir deseos de cantar, como yo
hice.
—Sí, he recuperado los tomillos... El doctor Connors me miró
desapasionadamente.
—¿Qué se supone que significa eso? —dijo.
—Que me siento completamente bien de nuevo. —Sonreí—. Perder un
tomillo..., una forma de describir la locura. Es una especie de chiste.
—Entiendo.
Pero realmente el doctor Connors no entendía nada. Cuando le aseguré que ya
no me sentía desorientado, hostil o temeroso, se limitó a asentir. Y cuando le dije que
estaba listo para irme a casa, meneó la cabeza.
—Hay algunos problemas que debemos trabajar primero —dijo.
—Trabajar, ése es mi único problema —le dije—. ¡Tengo que volver a mi
trabajo! ¿No se da cuenta de lo que me cuesta el estar aquí? El doctor Connors se alzó
de hombros.
—Su trabajo es uno de los problemas de los que tenemos que hablar. Creo que
puedo ayudarle a descubrir la causa de sus dificultades. —Abrió un cajón de su
escritorio y extrajo un libro—. He estado leyendo alguna de las cosas que ha escrito
usted, y hay un cierto número de preguntas...
—De acuerdo —dije—. Si desea usted jugar a algo, supongo que me permitirá
que yo haga el primer movimiento. El libro que tiene ahí, el que ha estado leyendo,
es Psycho, ¿verdad?
—Sí.
—No ponga esa cara de sorpresa. Todo el mundo parece empezar leyendo
Psycho. Y leyendo cosas en él. He pasado por ese tipo de inquisición tantas veces que
ni siquiera necesita usted formular las preguntas. Los dos podemos ahorrarnos un
tiempo valioso si simplemente le doy de forma directa las respuestas.
—Le escucho.
—Antes que nada, no odio a mi madre. Y ella nunca me dominó. Mi entorno
familiar era perfectamente normal; ni obsesiones ni problemas en lo que a mis padres
o mi hermana se refiere. Mi madre era asistente social y maestra, una mujer muy
inteligente, que me animó a escribir. La quería mucho, pero no había implicada
ninguna fijación edípica.
»En segundo lugar, nunca he sido consciente de ninguna tendencia
homosexual, ni he sentido el menor deseo de experimentar el travestismo. O la
taxidermia, incidentalmente. No sé nada acerca de cómo se lleva un motel, o de
ocultar coches y cuerpos en marismas.
»De modo que, como puede ver, no soy Norman Bates. Y en cuanto a
identificarme con otros personajes del libro..., nunca me apropié indebidamente de
ningún dinero de mi jefe, ni salí huyendo, ni mantuve una relación clandestina a
largo plazo. Incidentalmente también, siempre he preferido la bañera a la ducha.
Sonreí al doctor Connors.
—La idea del libro me vino después de leer acerca de un caso real de asesinato.
No utilicé a ninguno de los actores reales como personajes, y tampoco la situación
real. Lo que me hizo centrar todo el asunto fue preguntarme cómo un hombre que
viviera durante toda su vida en una pequeña ciudad, bajo la constante inspección de
sus vecinos, podía conseguir ocultar sus crímenes violentos. Lo que hice..., llámelo
situación de base si quiere, fue construir un perfil psicológico de un hombre así, del
mismo modo que lo hace usted en su trabajo. Una vez creí comprender al personaje y
sus motivaciones, el resto fue sencillo. El doctor Connors asintió.
—Gracias por su cooperación. Ha anticipado y respondido usted a todas mis
preguntas excepto una.
—¿Y ésa es...?
—Déjeme plantearla así. Imagino que habrá leído usted gran número de casos
reales de asesinato, como documentación de base; es algo normal hacerlo, en su tipo
de trabajo.
—Es cierto.
—Y algunos de ellos son más bien sensacionales, ¿no? Asesinatos en masa,
sorprendentes acuchillamientos, asesinatos rituales, extrañas muertes ocurridas bajo
extrañas circunstancias...
—Cierto también.
—Algunos de ellos, estoy seguro, son mucho más impresionantes y violentos
que el crimen en particular que, usando sus propias palabras, utilizó como situación
de base.
—Correcto.
—Entonces mi pregunta es muy simple. ¿Por qué le intrigó ese asesinato? ¿Por
qué lo eligió en vez de cualquier otro?
—Pero si ya se lo he explicado... Me preguntaba cómo el asesino podía
conseguir ocultar sus actividades y seguir con ellas, cómo era capaz de evitar las
sospechas, de llevar una doble vida...
—Eso es interesante. El problema de ocultarlo todo, de evitar las sospechas. —
El doctor Connors se inclinó hacia delante—. ¿Lleva usted una doble vida?
Me lo quedé mirando durante un largo momento antes de responder.
—Perdóneme por decírselo, pero creo que está usted loco.
—Quizá. Pero el hecho de que yo esté loco no importa aquí. Es su mente la que
importa, no la mía. —Se puso en pie—. Creo que ya es suficiente por ahora.
Hablaremos de nuevo mañana.
—¿Más preguntas?
—Y, espero, más respuestas. —Dejó escapar una risita—. Tengo la impresión de
que voy a tener que leer algo más esta noche.
—Bien, que tenga suerte. Y sueños agradables.
—Ése es el título de uno de sus libros, ¿no?... Sueños agradables.
—He escrito un montón de libros —dije—. Y un montón de relatos.
—Lo sé. —Me acompañó a la puerta del despacho—. Ah, una última cosa. ¿Se le
ha ocurrido pensar alguna vez que toda forma de ficción es una forma de mentira?
¿Y que la única diferencia importante entre un escritor y un psicópata es que el
primero traslada sus fantasías al papel? Debería usted pensar en eso.
—Lo haré —le dije.
Y lo hice, durante todo el día y durante toda la noche siguiente. Al final llegué a
una firme conclusión. El doctor Connors me desagradaba intensamente.
A última hora de la tarde del día siguiente la señorita Frobisher vino a mi
habitación para decirme que el doctor Connors estaba listo para recibirme. La larga
espera no había sido fácil para mis nervios, y estoy seguro de que ella se dio cuenta
de lo tenso que estaba. La señorita Frobisher era una buena enfermera, supongo, y el
tratar a sus pacientes como niños perversos era simplemente parte de su trabajo. El
hecho de que fuera una mujer un tanto varonil probablemente contribuía a su suave
autoritarismo, pero yo consideraba que sus modales eran un tanto irritantes.
—¿Cómo nos encontramos hoy? —me saludó—. ¿Estamos preparados para
nuestra sesión de terapia?
—En lo que a mí respecta, no tengo objeción —dije—. Pero ocurre que estoy
solo. Si insiste usted en dirigirse a mí en plural, quizá necesite más terapia que yo.
La señorita Frobisher rió profesionalmente (nunca mostrar irritación, nunca
dejar que te atrapen, ése es el secreto), y me condujo pasillo abajo.
—El doctor le está esperando en cirugía —dijo.
—No me diga que van a hacerme una lobotomía prefrontal —murmuré—. La
necesito tanto como un agujero en la cabeza. La señorita Frobisher rió de nuevo.
—¡Nada de eso! Pero los pintores están trabajando en el despacho del doctor y
no van a terminar hasta mañana. Así que, si no le importa...
—Por mí no hay ningún problema.
Me condujo al ascensor y nos trasladamos a la tercera planta. Nunca antes había
estado allí arriba, y me sentí un poco sorprendido al descubrir que el doctor Connors
tenía instalada una compacta y muy eficiente unidad quirúrgica. Por supuesto, sabía
que era neurocirujano además de psiquiatra, pero me sentí muy impresionado ante el
moderno quirófano completamente equipado que entrevi al otro lado de la pared de
cristal que poseía la estancia donde me esperaba el doctor Connors. Le sonreí cuando
la señorita Frobisher se marchó.
—No podemos seguir viéndonos de esta forma —dije.
—Siéntese.
Su mirada me convenció de que no estaba de humor para chistes y juegos. Me
senté y le miré desde el otro lado de la pequeña mesa, sobre la cual había un bloc de
notas y un libro.
—¡Aja! —murmuré, echándole una ojeada al libro—. Así que he leído usted
Sueños agradables.
—Esta noche.
—Veo que ha tomado algunas notas —le dije—. ¿Desde cuándo se ha vuelto
crítico literario?
—No estoy aquí para criticar, sólo para discutir.
—Adelante. A los escritores nos gusta que la gente hable de nuestras obras.
—Esperaba que fuera usted quien hablara.
—¿Para decir qué? Todo está en el libro.
—¿Lo está?
—Oiga, ¿es realmente necesario hablar como un remiendacabezas?
—No si usted está dispuesto a dejar de hablar como un paciente. El doctor
Connors sonrió y echó una mirada al bloc de notas.
—Pero yo soy un paciente —protesté—. Según usted.
—A Juzgar por Sueños agradables, es usted un montón de cosas. Por ejemplo,
un colaborador de Edgar Allan Poe.
—La casa de la luz —asentí—. Un alumno de Poe, allá en el este, encontró la
historia sin terminar, y sugirió que yo la completara.
—¿Toma usted frecuentemente argumentos o ideas de otras personas?
—Nada que me sea de utilidad. La mayor parte de mi material procede de mi
propio entorno o intereses. Escribí Los hacedores de sueños porque siempre fui un
aficionado a las películas mudas; y El señor Steinway representa una preocupación
similar por la música. Me gusta utilizar lugares que he visitado o en los que he
vivido. Milwaukee en Los estafadores. Nueva Orleans en La belleza durmiente, el
norte del estado de Wisconsin en Dulces dieciséis, Tren al infierno y Rapsodia
húngara... —Le sonreí—. Pero eso es solamente el fondo de la historia. Nunca he sido
propietario de un par de gafas mágicas, ni he dormido con un esqueleto, ni he
conducido una moto, ni he hecho un trato con el diablo, ni he tenido una aventura
con un vampiro.
—Por supuesto. —El doctor Connors echó una mirada de soslayo a sus notas—.
Hasta ahora hemos estado hablando de las cosas que le gustan. Hablemos ahora de
las que no le gustan.
—Eso es fácil —le dije—. Las cenas demasiado formales inspiraron El espíritu
apropiado. Y supongo que La casa hambrienta representa una aversión hacia los
espejos. De hecho, si de veras desea usted sondear un poco más, significa que
siempre me he sentido conscientemente disgustado ante mi propia apariencia. Creo
que soy bastante sincero con usted, ¿no cree, doctor?
—No del todo. —Se me quedó mirando—. ¿Por qué no desea discutir el
auténtico problema?
—¿Como cuál?
—Su actitud hacia los niños.
—No tengo nada en contra de los niños.
—Eso no es lo que dicen sus historias. —Golpeó el bloc de notas con su pluma
—. En Dulces para dulzura, una niña pequeña es una bruja. El aprendiz de brujo
trata de un joven mentalmente retrasado cuyos delirios lo conducen al asesinato.
Hierba gatera es un retrato absolutamente vengativo de la adolescencia. Dulces
dieciséis es una acusación hacia toda una generación...; escribía usted acerca de
satánicas bandas de motoristas una década antes de que otras personas las utilizaran
para sus filmes. Incluso en una historia comparativamente amable como Tren al
infierno, el protagonista inicia su vida como fugitivo, una persona sin ocupación fija
que roba tapacubos y gasolina de los depósitos. Y en Enoc, el personaje central es un
quinceañero psicótico que se convierte en un asesino de masas.
—Los chicos no son mi problema —dije—. No lo olvide, yo escribo historias de
horror. Y en una sociedad orientada hacia la juventud, la gente se siente más
inclinada a impresionarse cuando se le pintan niños como monstruos. El truco reside
en violar los tabúes que consideramos sagrados; eso es lo que hice con la imagen de
la madre en Psycho.
—Trucos —dijo suavemente el doctor Connors—. Mentiras. Sonreí de nuevo.
—Así que ahora nos dedicamos a los juegos de palabras, ¿eh? En ese caso,
llamémoslo simplemente un desliz freudiano. —Se alzó de hombros—. Eso me
recuerda otro elemento en su obra —prosiguió—; no precisamente en esta
recopilación de relatos, sino en docenas de sus historias. La hostilidad hacia los
psiquiatras.
—No odio a los psiquiatras.
—Sus personajes parece que sí. Hay referencias despectivas a los
psicoterapeutas en El aprendiz de brujo, Beso tu sombra y otros títulos. Y en Enoc, su
doctor Silversmith es una caricatura, un burdo libelo de la profesión.
—Pero eso es simplemente otra forma de impresionar a la gente —protesté—.
Los psiquiatras se han convertido en los altos sacerdotes de una sociedad que adora a
la ciencia. Mostrarlos como incompetentes, o como impotentes para prevalecer sobre
las fuerzas del mal, es un truco efectivo. El doctor Connors se me quedó mirando.
—Trucos efectivos, eso es lo que busca usted. Lo cual significa cosas que
produzcan miedo en el lector. Toda su carrera ha sido empleada en buscar formas de
impresionar a la gente, de horrorizarla.
—Es una forma de ganarse la vida.
—Que usted eligió voluntariamente. Nadie pasa toda su vida asustando a
aquellos a quienes ama. ¿Por qué odia usted a la gente?
—No la odio.
—Piense en ello. Piense en ello seriamente. Yo pienso hacerlo también. —Miró
su reloj de pulsera—. Hasta mañana.
—Lamento si suena como obstruccionismo —dije—, pero realmente no odio a la
gente. Lo cual era cierto. No odio a mis lectores, ni a los niños, ni a los
remiendacabezas per se. Pero estaba empezando a odiar al doctor Connors.
Fue una mala noche. No conseguí dormir, porque estaba demasiado atareado
planeando mi propia defensa. Quizá suene un poco melodramático, pero realmente
no hay ninguna otra palabra para describirlo. Tenía que defenderme cuando el
doctor Connors me atacara utilizando mis propias palabras, mi propia obra. Era
desleal, injusto, indecible... Sólo un idiota equipararía ficción a realidad. Los actores
que representaban el papel de villanos no eran monstruos en su vida real; Boris
Karloff y Christopher Lee eran dos de las personas más encantadoras que yo haya
conocido jamás. Mi propio mentor literario, H. P. Lovecraft, era un hombre gentil y
afectuoso. Si el doctor Connors pensaba de otra manera, lo único que hacía era
exhibir su propia ignorancia.
O su propia habilidad.
Estaba buscando algo; algo que a mí se me escapaba. Algo conectado con mi
propia condición, sin la menor duda, algo bloqueado y oscurecido por una reacción
amnésica. Si yo pudiera recordar lo que había ocurrido...
Pero ahora eso no era importante. Lo importante era estar preparado para el
ataque de mañana. Ataque por medio de mis propios libros. ¿Qué título habría
seleccionado?
Intenté anticipar su elección. Gótico americano, Mundo nocturno, Pirómano, El
gorrón, El secuestrador, La voluntad de matar, EI pañuelo... Todos ellos eran
elecciones posibles. De hecho, todas esas novelas poseían un tema común: la
facilidad con que un psicópata podía actuar dentro de nuestra supuestamente cuerda
sociedad. Seguramente esta premisa constituye un legítimo tema de examen. Y si el
doctor Connors planeaba actuar como el abogado del diablo y preguntarme por qué
yo me sentía tan preocupado por los psicópatas, le diría la verdad: «Tengo miedo de
ellos, doctor. ¿No lo tenemos todos?» Eso era. Simplemente, decir la verdad. La
verdad te hace libre... Tuve mucho tiempo para estudiar el asunto, puesto que la
señorita Frobisher no vino a por mí hasta la tarde siguiente, después de la cena.
El doctor Connors, me dijo, había sido retenido por unos asuntos personales
durante toda la tarde. Pero acababa de regresar, y me estaba esperando de nuevo en
la antesala de la unidad de cirugía.
—Lamento recibirle aquí de nuevo —me dijo cuando se marchó la señorita
Frobisher—. Los pintores han terminado con mi despacho, pero aún no he tenido
tiempo de arreglar de nuevo todas las cosas. Así que, si no le importa...
—En absoluto.
El doctor Connors estaba sentado al otro lado de la mesa, su bloc de notas
colocado encima de un libro. Miré el libro mientras hablaba, intentando ver el título.
¿Cuál sería el que había elegido?
No había necesidad de jugar a las suposiciones. En aquel momento estaba
alzando el bloc, exponiendo el volumen que había debajo. Era El que abre el camino.
Me dedicó una inclinación de cabeza.
—Como puede ver, he hecho los deberes. Es lo que usted esperaba, ¿no?
—Sí, pero no su elección. ¿Por qué ése, en vez de una novela?
—Porque es su primer libro, su primera recopilación de relatos publicada. Y por
el título.
—Si lo ha leído, sabrá que El que abre el camino es una de las historias.
—Pero no es ésa la razón de que usted seleccionara ese título, ¿verdad? Estaba
afirmando sus intenciones...; este libro abría el camino a su carrera de escritor.
—Muy perspicaz. ¿Qué otra cosa ha observado?
—Que algunos elementos constantes en su obra aparecen ya en sus inicios.
Asesinatos en masa, por ejemplo, en Figuras de cera. La casa del hacha y Suyo
afectísimo, Jack el Destripador. La invasión o profanación del cuerpo humano, en
Escarabajos, El oscuro demonio. El merodeador de las estrellas, Los honorarios del
violinista y el propio El que abre... Además, el tema de la posesión por fuerzas
malignas o un álter ego, en La capa. El maniquí. El oscuro demonio. Los ojos de la
momia. Admitirá usted que todo esto parece sumarse.
—¿A qué?
—A la imagen recurrente de un hombre poseído por un demonio, y que mutila
a sus víctimas en una serie de asesinatos múltiples. Me alcé de hombros.
—Tal como le dije, es una forma de ganarse la vida. Y como usted me dijo a mí,
toda ficción es una forma de mentir. Resulta que es con esas mentiras en particular
con las que yo vivo. Funcionaron cuando empecé a escribir, y siguen funcionando
para mí hoy en día.
—Pero usted no miente todo el tiempo, ¿verdad? —El doctor Connors abrió el
libro—. ¿Qué hay acerca de la introducción que escribió para esta recopilación?
Empieza formulando la misma pregunta que yo le he estado haciendo. ¿De dónde
saca usted las ideas para sus historias?
—Ya se lo he dicho. El doctor Connors pasó una página.
—Aquí da usted una respuesta distinta. Dice que un autor de fantasía se halla
atrapado en el papel dual del doctor Jekyll y míster Hyde.
—Es una forma de hablar.
—¿Lo es? —Miró al texto—. Déjeme leerle sus propias palabras. «El doctor
Jekyll intenta negar la existencia real de míster Hyde. Pero... míster Hyde existe. Lo
sé, porque forma parte de mí. Ha sido mi mentor literario desde hace más de una
década.» Y ahora, el último párrafo de su introducción: «Y cuando alguien me
pregunta de dónde saco las ideas para mis historias, lo único que puedo hacer es
alzarme de hombros y responder: "De mi colaborador..., míster Hyde"». Es una cita
textual.
Me lo quedé mirando. Ayer me había dicho a mí mismo que estaba empezando
a odiar a aquel hombre. Hoy...
—¿Ocurre algo?
—Sólo con respecto a sus conclusiones.
—No mías. Suyas.
—Deje de hablar con doble sentido. ¿Está diciendo acaso que soy una
personalidad múltiple?
—Usted lo está diciendo, en esta introducción. Y en toda su obra. Eso es hablar
con doble sentido por medio de una venganza.
—No estoy interesado en venganzas. —Meneé la cabeza—. Y no odio a la gente.
—Eso es lo que dice el doctor Jekyll. Pero míster Hyde cuenta una historia
distinta. Una y otra vez.
—Es simplemente una historia.
—¿Está seguro? —El doctor Connors meneó la cabeza—. Entonces, ¿por qué
está aquí?
—No lo sé.
—¿No lo sabe, o no lo recuerda?
—Ambas cosas.
—Exactamente. En los desórdenes de personalidad múltiple existe siempre ese
elemento de amnesia, de disociación. Mi trabajo consiste en ayudarle a recordar.
Analizando su trabajo esperaba poder conducirle a descubrir indicios hacia la
realidad. Una vez se enfrente usted a la verdad...
—¿Qué es la verdad?
—Hay muchas verdades. Estúdielas. Se encuentra usted en un sanatorio
privado, y no estaría aquí si no existiera una razón. Se halla bajo estrictas medidas de
seguridad, y eso debería sugerirle que la razón es seria. Es usted incapaz de recordar
lo que ocurrió antes de su llegada; seguramente eso implica una escisión de
personalidad, protegida por una reacción amnésica. Inspiré profundamente.
—¿Acaso pretende decirme que me volví loco y maté a alguien?
—No. —Sonrió—. Considere los hechos. Si hubiera matado a alguien, estaría en
la ciudad, en la cárcel del condado.
—Pero me volví loco, ¿no?
—Sí. —Sonrió de nuevo—. Antes de que prosigamos, quizá será mejor que le
recuerde otra verdad. Estoy aquí porque me siento interesado por su bienestar. No
soy su enemigo.
«Mirándome fijamente. Jugando al gato y al ratón conmigo. Hurgando en mis
historias, en mis secretos. ¿Y espera que me crea que no es mi enemigo? Quizá esté
loco, pero no soy estúpido.»
—Por supuesto que no. —Le devoM la sonrisa—. ¿Tenemos que seguir adelante
con esto?
El doctor Connors consultó su bloc de notas.
—Hay otro hilo que se teje a lo largo de su ficción. No en las fantasías, sino en
las historias de misterio y suspense. Gran cantidad de ellas tratan de variaciones de
un único desenlace.
—¿Cuál?
—La decapitación.
—¿Es eso tan poco usual? Se trata de un truco común para impresionar al
lector. Incluso la Reina, en Alicia en el País de las Maravillas, no deja de decir...
—Limitémonos a su propio trabajo, y a lo que usted dice. Al coleccionista de
cabezas, en Un hombre con un hobby, y al coleccionista de cráneos, en El cráneo del
marqués de Sade. Y a ese coleccionista llamado Enoc. ¿Qué le motivó a escribir La
cura, El cazador de cabezas o Mirad cómo corren?. Hay una cabeza cercenada en
Psycho, y la escena final de Mundo nocturno habla por sí misma. Caen cabezas en La
jauría de Pedro y Esta antigua prueba escolar. —El doctor Connors tomó el libro—. Y
lo mismo ocurre aquí, en Figuras de cera. Y en la primera historia que publicó usted
en su vida. La fiesta en la abadía.
—Y fue una muy buena idea —dije—. Eso es lo que más impresionó a los
lectores. No sólo la idea del canibalismo, sino cuando el narrador descubre qué es lo
que ha estado comiendo..., cuando alza la tapa de la pequeña bandeja de plata y ve la
cabeza de su hermano...
—Completamente efectivo, lo admito —El doctor Connors me miró fijamente—.
Observo que escribió usted en primera persona.
—Eso forma parte del impacto.
—Pero ¿de dónde surgió la idea? ¿Una historia en un periódico? ¿Algo que
usted oyó o leyó?
—No lo recuerdo. Después de todo, hace tantos años...
—Es curioso que ése fuera uno de sus primeros logros, ¿no? Y que luego
prosiguiera con el mismo tema durante años y años. —No dejaba de mirarme—. Me
ha contado usted la fuente de tantas de sus historias... seguro que existe un origen
común para estas y otras que siguieron el mismo esquema.
—¡Ya se lo he dicho, no puedo recordarlo!
—¿Nada en su entorno personal?
—No soy un caníbal, si es eso lo que está insinuando. Tengo una hermana más
joven, pero ningún hermano, así que difícilmente podría haberle cortado la cabeza.
Era difícil hablar sosegadamente, debido a que lo odiaba tanto. Y ahora resultaba
difícil también oírle, ya que mi cerebro estaba latiendo furiosamente, latiendo,
latiendo...
—Mire —dijo el doctor Connors—. Voy a decirle algo que le ayudará a
recordar. Puede que le cause un shock, pero a veces la terapia de shock es el método
más efectivo.
—Adelante —le animé—. Métase de cabeza en ello. «De cabeza. La cabeza. Era
la cabeza de mi hermano...» El doctor Connors estaba observando mi rostro, pero
estoy convencido de que no podía oír la voz dentro de mi cabeza. «Mi cabeza. Su
cabeza. Sus cabezas.»
Me obligué a mirarle, me obligué a sonreír.
—No me diga que le corté la cabeza a alguien —dije.
—No. Pero lo intentó.
—¡Eso es una mentira! —Me puse en pie; ahora ya no sonreía—. ¡Una mentira!
—Querrá decir que no puede recordarlo. Pero lo hizo, y consiguieron detenerle
justo a tiempo. Está todo aquí, en el informe.
—Pero ¿por qué..., por qué?
—Porque al parecer la persona a la que intentó matar le recordó a alguien.
Alguien de hace mucho tiempo.
El doctor Connors se inclinó hacia delante, hablando muy suavemente, de
modo que tuve que tensarme para oírle. Pero le oí —tuve que oírle—, porque el odio
siguió subiendo y subiendo, a medida que él hablaba.
Sólo que sigo sin poder recordar lo que dijo. Era acerca de algo que ocurrió
cuando yo era muy joven. Algo que le hice a alguien y mamá lo descubrió, y vino el
doctor, y entonces me enviaron fuera durante mucho tiempo, y cuando volví de
nuevo a casa lo había olvidado todo acerca de todo. Era simplemente un niño; no
sabía, no quería hacerlo, pero lo olvidé todo y nadie volvió a hablar de ello jamás,
nadie llegó a saberlo siquiera. Excepto que ahora el doctor Connors lo sabía... Había
retrocedido todo aquel tiempo y había examinado la información, y ahora me lo
estaba contando, y se lo iba a decir a todo el mundo, y yo lo odiaba porque pese a
todo yo seguía sin poder recordar.
Pero sí que recuerdo lo que hice cuando él me lo dijo. Fue una gran suerte,
realmente, estar en aquella estancia al lado del quirófano, y luego descubrir la
escalera de atrás y salir por la puerta trasera y saltar el muro.
Fue también una gran suerte que hubiera una de esas cosas plateadas con tapa,
justo al lado del armario de los bisturíes del quirófano.
Sigo pensando en ello ahora... Pienso en lo que debió de ver la señorita
Frobisher cuando regresó y alzó aquella tapa... Era la cabeza de mi psiquiatra.

martes, 18 de noviembre de 2008

LA TEORIA DE LAS MASCOTAS DE L.T. .STEPHEN KING

LA TEORIA DE LAS MASCOTAS DE L.T. .STEPHEN KING
LA TEORÍA DE LAS MASCOTAS DE L.T.


Mi amigo L.T. casi nunca habla sobre cómo su esposa desapareció, o de que ella probablemente
este muerta, simplemente otra víctima del Hombre del Hacha, pero a le gusta contar
la historia de cómo le dejó. Lo hace poniendo los ojos en blanco, como si dijera “ella me engaño,
muchachos, mucho, y como Dios manda”. A veces cuenta la historia a un grupo de
hombres sentados en uno de los muelles de carga detrás de la fabrica mientras comen sus
almuerzos, él también toma el almuerzo, el que se prepara él mismo – ninguna Lulubelle ha
vuelto a casa para hacerlo en estos tiempos. Normalmente ríe cuando cuenta la historia,
que siempre termina con la Teoría de las Mascotas de L.T. Demonios, yo normalmente me
río. Es una historia divertida, incluso si sabes como termina. Pero ninguno de nosotros lo
sabe, no completamente.
“Fiché a las cuatro, como siempre”, decía L.T., “entonces fui a Deb´s Den a tomar un par de
cervezas, como la mayoría de los días. Jugué una partida al pinball, y me fui a casa. Fue en
ese momento cuando las cosas dejaron de ser como habitualmente. Cuando una persona se
levanta por la mañana, no tiene la mas mínima idea de cuánto puede haber cambiado su
vida cuando descansa la cabeza por la noche. ‘Él no sabe el día o la hora’, dice la Biblia. Yo
creo que este verso en particular es sobre el final, pero es apropiado para cualquier cosa,
chicos. Cualquier cosa en el mundo. Nunca sabes cuando vas a hacer saltar la trampa”.
“Cuando giré hacia el camino de entrada vi que la puerta del garaje estaba abierta y que el
pequeño Subaru que trajo al matrimonio no estaba, pero esto no me pareció extraño en el
momento. Ella siempre estaba yendo a algún sitio – un rastrillo o algún otro sitio – y dejando
la maldita puerta del garaje abierta. Yo se lo decía, ‘Lulu, si sigues haciendo esto el tiempo
suficiente, a la larga alguien lo aprovechara. Vendrá y se llevara un rastrillo o una bolsa
de musgo. Demonios, incluso un Adventista del Séptimo Día recién salido de la escuela
haciendo su ronda para ganarse una insignia robaría si pones la suficiente tentación en su
camino, y es el peor tipo de persona para tentar, porque ellos la sienten más que el resto de
nosotros’. De todas maneras, ella siempre decía ‘Mejoraré, L.T., lo intentare, de cualquier
modo, realmente lo haré, cariño’. Y lo hacía bien, hasta que reincidía de vez en cuando como
cualquier pecador”.
“Aparque pegado a un lado para que ella pudiera meter el coche dentro cuando llegara de
donde fuera, pero cerré la puerta del garaje. Luego me dirigí a la cocina. Comprobé el buzón,
pero estaba vacío, el correo estaba dentro, en el aparador, así que ella debía haberse ido
después de las once, porque no llega al menos hasta entonces. El cartero, quiero decir”.
“Bien, Lucy estaba junto a la puerta, maullando como lo hacen los Siameses –me encanta
ese maullido, creo que es algo bonito, pero Lulu siempre lo ha odiado, quizá porque suena
como el llanto de un niño y ella no quiere tener nada que ver con niños. ‘¿Qué haría con
una alfombra de piel de mono1?’ solía decir”.
“Lucy esperando en la puerta tampoco era nada fuera de lo normal. Esa gata me quería.
Todavía lo hace. Ahora tiene dos años. La adquirimos al principio del último año que estuvimos
casados. Ya vale de dar rodeos. Parece imposible creer que Lulu se fuera hace un año,
y eso que solo estuvimos juntos tres. Pero Lulubelle era del tipo que impresionan. Lulubelle
tenía lo que yo llamo calidad de estrella. ¿Sabes a quién me recordaba siempre? A Lucille
Ball. Ahora que lo pienso, creo que esa fue la razón por la que llame Lucy a la gata, aunque
no recuerdo haber pensado en ello en aquel momento. Podría haber sido lo que llaman una
asociación subconsciente. Ella entraba en una habitación –Lulubelle, quiero decir, no la
gata – y la iluminaba de alguna manera. Una persona como esa, cuando se ha ido apenas
puedes creerlo, y te quedas esperando a que vuelva.
“Mientras tanto, aquí esta la gata. Su nombre era Lucy, para empezar, pero Lulubelle odiaba
la forma en que actuaba, tanto que empezó a llamarla Screwlucy2, y cosas de ese tipo. Lucy
1 La expresión original para “alfombra de piel de mono” es rugmonkey. No he sido capaz de
encontrar una traducción adecuada, así que si alguien es capaz de hacerlo, lo cambiare (N.
del T.)
2 Screw significa arruinar o estropear algo, así que la traducción literal sería algo Ali como
Fastidiolucy o Jodelucy. (N. del T.)

no estaba loca, creo, solo quería ser amada. Quería ser amada mas que cualquier otra mascota
que yo haya tenido en mi vida, y he tenido unas cuantas”.
“De modo que entré en casa y cogí a la gata y le acaricie un poco y ella subió a mi hombro y
se sentó allí, ronroneando y hablando en el lenguaje siamés. Comprobé el correo que estaba
en el aparador, tire las facturas a la papelera, y fui al frigorífico a por algo de comer para
Lucy. Siempre guardo una lata abierta de comida para gatos ahí, con un trozo de papel de
aluminio encima. Evita que Lucy se excite y clave sus garras en mi hombro cuando oye el
abrelatas. Los gatos son inteligentes, ya sabéis, mucho mas listos que los perros. También
son diferentes en otras cosas. Puede ser que la mayor división en el mundo no sea hombres
y mujeres, sino gente a la que le gusta los gatos y gente a la que le gusta los perros. ¿Alguno
de vosotros, empaquetadores de cerdo, ha pensado en eso alguna vez?”.
“Lulu protestaba como el demonio por tener una lata abierta de comida para gatos en el
frigorífico, aun cuando tuviera un trozo de papel de aluminio encima, decía que eso provocaba
que todo supiera como atún rancio, pero yo nunca cedí en eso. En la mayoría de las
cosas deje que se saliera con la suya, pero ese asunto de la lata de comida para gatos era
una de las cosas en las que defendí mis derechos. De todas maneras, no tenía nada que ver
con la lata de comida para gatos. Tenía que ver con la gata. A ella no le gustaba Lucy, eso
era todo. Lucy era su gata, pero a ella no le gustaba”.
“De modo que fui al frigorífico y vi que había una nota en él, sujeto con uno de los imanes
con forma de vegetal. Era de Lulubelle. Mas o menos como lo recuerdo, decía algo así:
“ ’Querido L.T. – Te estoy abandonando, cariño. A menos que llegues temprano a casa, me
habré ido hace tiempo cuando leas esta nota. No creo que llegues temprano a casa, no has
llegado temprano a casa en todo el tiempo que llevamos casados, pero al menos sé que leerás
esto nada mas vuelvas a casa, porque lo primero que haces siempre al regresar no es
venir a verme y decir “Hola cariño, estoy en casa” y darme un beso, sino ir al frigorífico y
sacar lo que sea que quede en la ultima asquerosa lata de Calo3 que pusieras ahí y dar de
comer a Screwlucy. Al menos sé que no irás arriba y te darás un susto al ver que mi foto de
La Ultima cena de Elvis no está, y mi mitad del armario este casi vacío y pienses que ha
venido un ladrón al que le gusta la ropa de mujer (al menos alguien a quien solo le importa
lo que hay debajo de ella)’. ”
“ ’Yo me enfado contigo algunas veces, cariño, pero sigo pensando que eres dulce y cariñoso
y amable, tú serás siempre mi pequeño bizcochito de sirope de arce, no importa donde nos
lleven los caminos. Es solo que he decidido que no estaba hecha para ser la esposa de un
envasador de Spam4. Esto no lo digo de una forma presuntuosa. Incluso llame a la Línea
Psicológica la semana pasada, he meditado esta decisión, permaneciendo despierta noche
tras noche (oyéndote roncar, chico, no quiero herir tus sentimientos pero siempre tienes un
ronquido en ti), y me dieron este consejo: “Una cuchara rota puede ser un tenedor”. Al principio
no lo entendí, pero no me di por vencida. No soy lista como algunas personas (o como
creen algunas personas que son), pero trabajo en las cosas. Mi madre solía decir que el mejor
molino muele despacio pero sumamente fino, y yo lo molí cono un molinillo de pimienta
en un restaurante chino, pensando por la noche, mientras roncabas y soñabas sin dudas,
en cuantos morros de cerdo podías meter en una lata de Spam. Y entendí el refrán, porque
la forma en que una cuchara rota puede llegar a convertirse en tenedor es una bonita cosa
en la que pensar. Porque el tenedor tiene puntas. Y estas puntas pueden separarse, tal como
tu y yo debemos separarnos, pero siguen teniendo el mismo mango. Así estamos. Somos
seres humanos, L.T., capaces de amarnos y respetarnos. Fíjate en todas las peleas que
hemos tenido sobre Frank y Screwlucy, y a pesar de eso normalmente nos las arreglamos
para entendernos. Pero el momento me ha llegado para probar suerte por caminos diferentes
a los tuyos, y meterme en el gran río de la vida con un punto de vista diferente al tuyo.
Además, echo de menos a mi madre’. ”
3 Marca de comida para gatos.
4 Marca comercial. Carne troceada, normalmente cerdo, compacta y en barra. Algo así como
la mortadela o el chopped. (N. del T.)

(No puedo decir seguro si todo estas cosas realmente estaban en la nota que L.T. encontró
en su frigorífico; no parece totalmente posible, debo admitirlo, pero –los hombres que escuchaban
su historia estarían acurrucándose en el pasillo en este punto o alrededor del muelle
de carga-, al menos suena a Lucibelle, eso puedo asegurarlo).
“ ’Te lo ruego, no intentes seguirme, L.T., y aunque estaré en casa de MI madre y sé que
tienes el numero, apreciaría que no llamaras y esperaras a que yo te llame. En su momento
lo haré, pero mientras tanto tengo un montón de cosas en las que pensar, y aunque esté en
el buen camino, todavía estoy hecha un lío. Supongo que finalmente te pediré el divorcio, y
creo que es justo decírtelo. Nunca he sido una persona que ofrezca falsas esperanzas, siendo
partidaria de que es mejor decir la verdad y ahuyentar al diablo. Por favor, recuerda que
lo que hago lo hago por amor, no por odio o resentimiento. Y por favor, recuerda lo que me
dijeron y que ahora te digo yo: una cuchara rota puede ser un tenedor disfrazado. Con todo
cariño,
Lulubelle Simms’. “
L.T. hacia una pausa aquí, dejándoles digerir el que ella se había despedido con su nombre
de soltera, y dando a sus ojos unos de esos giros patentados por L.T. DeWitt. Luego les contaba
la postdata que ella puso en la nota:
“ ‘Me llevo a Frank conmigo y te dejo a Screwlucy. Pienso que probablemente esto es lo querrías.
Con cariño, Lulu’.”
Si la familia DeWitt era un tenedor, Screwlucy y Frank eran las otras dos puntas en él. Si no
fuera un tenedor (y hablando para mi mismo, siempre he tenido la sensación de que el matrimonio
es mas parecido a un cuchillo –del tipo mas peligroso con dos filos afilados), se
podría decir que Screwlucy y Frank eran lo que resumía todo lo que iba mal en el matrimonio
de L.T. y Lulubelle. Porque, pensad en ello –aunque Lulubelle compró a Frank para L.T.
(en el primer aniversario de boda) y L.T. compro a Lucy, que pronto seria Screwlucy, para
Lulubelle (segundo aniversario de boda), cada uno acabó con la mascota del otro cuando
Lulu abandonó el matrimonio.
“Ella me compró ese perro porque a mí me gustaba el que salía en Frasier”, decía L.T. La
raza del perro era terrier, pero no recuerdo ahora como se llama ese tipo. Jack algo. ¿Jack
Sprat?, ¿Jack Robinson?, ¿Jack Shit5?. ¿Sabéis cómo una cosa como esa se te queda en la
punta de la lengua?”.
Alguien le dijo que el perro de Frasier era un terrier Jack Russel y L.T. asintió con la cabeza
enérgicamente.
“¡Eso es!, exclamó. “¡Seguro!. ¡Exactamente!. Eso es lo que Frank era, correcto, un terrier
Jack Rusell. Pero ¿quieres saber la fría y dura verdad?. Dentro de una hora se me olvidará
otra vez, estará en mi cerebro, pero como algo bajo de una piedra. Dentro de una hora me
estaré diciendo a mí mismo ‘¿qué dijo ese tipo que era Frank?. ¿Un terrier Jack Handle?.
¿Un terrier Jack Rabbit?. Es algo así, sé que es algo así..’. Etcétera. ¿Por qué?. Creo que es
porque yo odiaba tanto a ese pequeño jodido. Esa rata ladradora. Esa maquina de mierda
con piel. Lo odiaba desde la primera vez que puse los ojos en él. Ya. No está y estoy contento.
¿Y queréis saber por qué?. Frank sentía lo mismo por mi. Fue odio a primera vista”.
“¿Sabéis cómo algunos hombres entrenan a sus perros para que les lleven las zapatillas?.
Frank no me traía las zapatillas, pero vomitaba en ellas. Sí. La primera vez que lo hizo, metí
en eso el pie derecho. Fue como meter el pie en tapioca caliente con grumos extra grandes
en ella. Aunque no lo vi, mi teoría es que esperó fuera del dormitorio hasta que vio que llegaba
–jodidamente escondido mas allá de la puerta del dormitorio– entonces entró, descargó
en mi zapatilla derecha y se escondió debajo de la cama para ver la diversión. Deduje esto
basándome en que todavía estaba caliente. Puñetero perro. El mejor amigo del hombre, y
una mierda. Quise mandarlo a la perrera, con correa y todo, pero a Lulu le dio una mierda
de ataque. La tendríais que haber visto cuando llego a la cocina y me pilló intentando hacerle
al perro un lavado de estomago”.
5 Jack Mierda (N. del T.)
“ ‘Si llevas a Frank a la perrera, también podrías hacerlo conmigo’, dijo, empezando a llorar.
‘Eso es lo que quieres hacer con él, y eso es lo que quieres hacerme. Cariño, todo lo que somos
para ti es una molestia de la que te gustaría deshacerte. Esa es la dura realidad’. Quiero
decir, oh mis sangrantes almorranas, sin parar”.
“ ‘Ha vomitado en mis zapatillas’, dije”.
“ ‘El perro vomitó en sus zapatillas así que le corten la cabeza’, dijo ella. ‘¡Oh, pastelillo de
azúcar, si solo pudieras oírte!’
“ ‘Hey’, dije, ‘intenta meter tu pie desnudo en una zapatilla llena de vómito de perro y verás
como te gusta’. Poniéndola furiosa, ya sabéis.
“Excepto que poner furiosa a Lulu nunca era nada bueno. La mayoría de las veces, si tú
tenías un rey, ella tenía un as. Si tú tenías un as, ella tenía un triunfo. Además, la mujer
era jodidamente exagerada. Si algo pasaba y yo me enfadaba, ella se ponía furiosa. Si yo me
ponía furioso, ella enloquecía. Si yo en enloquecía, ella se ponía en la jodida Alerta Roja Defcon
I y vaciaba los silos de misiles. Estoy hablando de arrasar la Tierra. Normalmente no
merecía la pena. Pero normalmente cuando nos peleábamos, yo lo olvidaba.
“Ella continuó ‘Oh, cariño. Has metido tu piececito en un poco de vómito’. Intenté intervenir,
explicarle que no era cierto, que un poco de vomito es como un poco de saliva, un regurgitado
no tiene esos grandes trozos flotando, pero ella no me dejó decir palabra. Para entonces,
ella había pasado al carril de adelantamiento, todo adelante y lista para dar una lección”.
“ ‘Deja que te diga algo, cariño’, empezó, ‘unas pocas babas en tus zapatillas es algo menor.
Tío, escúchame. Intenta ser una mujer algún día, ¿vale?. Intenta ser quien siempre termina
apoyándose en esa pequeña parte de tu espalda donde tienes una espinilla, o quien va al
baño en mitad de la noche y el tipo ha dejado la maldita tapa subida y te caes y chapoteas
en ese agua fría. Un poco de buceo a medianoche. Tampoco ha tirado de la cadena, los
hombres piensan que el Hada de la Orina viene a eso de las dos de la mañana y se ocupa de
todo, y ahí estas, pringada de meado, y entonces te das cuenta de que tus pies también están
en eso, estas chapoteando en Porquería de Limón porque aunque los tíos piensan que
son Dick el tirador con eso, la mayoría no aciertan una mierda, borrachos o sobrios acaban
pringando todo el maldito suelo alrededor del retrete antes de que empiecen a acertar. Toda
mi vida he vivido con eso, cariño –un padre, cuatro hermanos, un ex-marido, aparte de algunas
aventurillas que no vienen al caso a estas alturas– y tú estas dispuesto a mandar al
pobre Frank a la cámara de gas porque sólo una vez ha echado unas cuantas babas en tus
zapatillas’. ”
“ ‘Mí zapatilla de piel’, le dije, pero eso solo fue una pequeña andanada por encima de mi
hombro. Una cosa acerca de la vida con Lulu, y mas vale que me creáis, yo siempre sabia
cuando había sido vencido. Cuando perdía, era jodidamente decisivo. Una cosa que seguro
no iba a decirle nunca es que estaba seguro de que el perro había vomitado en mis zapatillas
a propósito, de la misma forma que se meaba en mi ropa interior a propósito si me olvidaba
de ponerla en el cesto de la ropa sucia antes de irme a trabajar. Ella podía dejarse las
bragas y las medias esparcidas desde el infierno a Harvard –y lo hacia– pero si yo me dejaba
un par de calcetines de deporte en una esquina, volvía a casa y me encontraba con que el
maldito terrier Jack Shit les había dado una ducha de limonada. Pero, ¿se lo dije?. Me
habría concertado hora con un psiquiatra. Lo habría hecho aunque supiera que era cierto.
Porque ella se habría dado cuenta de que hablaba en serio, y no quería hacerlo. Ella quería
a Frank, sabeéis, y Frank la quería. Eran como Romeo y Julieta o Rocky y Adrian”.
“Frank solía venir a su sillón cuando estábamos viendo la tele, se tumbaba en el suelo a su
lado, y apoyaba el hocico en su zapato. Simplemente se quedaba echado ahí toda la noche,
mirándola, todo sentimiento y amor, con su trasero apuntado en mi dirección, así que si
tenía que echar un pequeño gas, yo me beneficiaria de todo. Él la quería y ella le quería.
¿Por qué?. Dios lo sabe. El amor es un misterio para todo el mundo menos para los poetas,
creo, y nadie en su sano juicio puede entender nada de lo que escriben sobre eso. Yo no creo
que la mayoría de ellos puedan entenderse a sí mismos en las pocas ocasiones en que se
levantan de la cama y huelen el café”.
“Pero Lulubelle no me regaló ese perro para poder tenerlo ella, dejemos las cosas claras. Yo
sé que hay gente que hace cosas como esas –un tipo le regala a su mujer un viaje a Miami
porque él quiere ir, o una esposa le regala a su marido un NordicTrack6 porque piensa que
él debe hacer algo con su barriga– pero esto no fue ese tipo de regalo. Al principio nosotros
nos amábamos; yo sé que la amaba, y apostaría mi vida a que ella también. No, ella me
compró ese perro porque yo siempre me reía mucho con el que salía en Frasier. Ella quiso
hacerme feliz, eso es todo. No sabia que Frank iba a quedar encantado con ella, o ella con
él, no mas que lo que sabia que el perro iba a odiarme lo suficiente como para que vomitar
en mis zapatillas o mordisquear la parte de abajo de las sabanas de mi lado de la cama fuera
el punto culminante de su día”.
L.T. miraría a los hombres sonrientes, sin sonreír, pero haría su conocido giro de ojos, y
reirían otra vez. Yo también, cómo no, a pesar de que yo sabia lo del Hombre del Hacha.
“A mí nunca me habían odiado”, decía, “ningún hombre o animal, y esto me inquietó bastante.
Me sorprendió mucho tiempo. Intente hacer amistad con Frank –primero por mí, luego
por aquella que me lo regaló– pero no funcionó. Por lo que sé, él pudo intentar hacerse
amigo mío, ¿cómo puedo explicarlo?. Si lo hizo, tampoco funcionó. Algún tiempo después leí
–creo que en ‘Dear Abby’– que una mascota es el peor regalo que puedes hacerle a alguien, y
estoy de acuerdo. Quiero decir, a no ser que te guste el animal y tú le gustes al animal, pensad
en qué significa esa clase de regalo. Significa: ‘cariño, te doy este maravilloso regalo, es
una máquina que come por un lado y caga por el otro, funcionará durante quince años,
tómalo o déjalo, felices jodidas Navidades’. ¿Qué es lo único que pensarías después de eso,
aparte de no? ¿Sabéis lo que quiero decir?”
“Creo que lo hicimos lo mejor que pudimos. Frank y yo. Después de todo, a pesar de que
nos odiábamos mutuamente, ambos amábamos a Lulubelle. Por eso, creo, que aunque a
veces me gruñía si me sentaba cerca de ella en el sofá mientras ponían Murphy Brown o
una película o algo, nunca me mordió. Sin embargo, eso me volvía loco. Simplemente su
jodida caradura, esa pequeña bolsa de pelo y ojos tenía la osadía de gruñirme. ‘Escúchale’,
decía yo, ‘me está gruñendo’. ”
“Ella acariciaba su cabeza de una forma en la que casi nunca acariciaba la mía, a no ser
que hubiera bebido un poco, y decía que realmente era la versión canina de un ronroneo.
Por cosas como esa él era feliz estando con nosotros, pasando una tranquila tarde en casa.
Os diré una cosa, sin embargo, nunca intenté acariciarle cuando ella no estaba cerca. Le di
de comer en ocasiones, y nunca le di una patada (aunque estuve tentado algunas veces,
sería un mentiroso si dijera algo distinto), pero nunca intenté acariciarle. Creo que hubiera
intentado morderme, y entonces la hubiéramos tenido. Casi como dos tipos viviendo con la
misma chica guapa. Menage a trois es como se le llama en el Foro Penthouse. Ambos la
amábamos y ella nos amaba a los dos, pero el tiempo pasa, empecé a darme cuenta de que
la proporción estaba cambiando y ella empezaba a querer a Frank un poco más que a mí.
Quizá porque nunca le replicaba y nunca vomitaba en sus zapatillas y con Frank la maldita
tapa del váter nunca era un problema, porque él lo hacía fuera. A menos que, por supuesto,
me hubiera dejado un par de calzoncillos en una esquina o debajo de la cama”.
En este punto L.T. probablemente terminaría el café helado de su termo, haría crujir los
nudillos, o ambas cosas. Era su manera de decir que el primer acto había terminado y el
Acto Segundo estaba a punto de empezar.
“Así que un día, un sábado, Lulu y yo estábamos en el centro comercial. Simplemente paseando,
como la gente suele hacer. Ya sabéis. Y llegamos a Pet Notions, cerca de J.C. Penney,
y había una multitud frente al escaparate. ‘Oh, vamos a mirar’, dijo Lulu, así que fuimos
y nos abrimos paso hasta la parte delantera”.
“Era un árbol falso con ramas desnudas y falsa hierba – Astroturf7 por todos lados. Y ahí
estaban unos gatitos Siameses, media docena persiguiéndose unos a otros, subiendo al árbol,
golpeándose las orejas”.
“ ‘Oh, ¿no son una monada?’, dijo Lulu, ‘¿Oh, no son los bebes más graciosos?. ¡Mira, cariño,
mira! “.
6 Nombre comercial. Máquina de ejercicios para practicar esquí de fondo. (N. del T.)
7 Marca comercial. Césped artificial. (N. del T.)

“ ‘Estoy mirando’, dije, y lo que estaba pensando es que acababa de encontrar lo que yo
quería para Lulu por nuestro aniversario. Y fue un alivio. Yo quería que fuera algo extra
especial, algo que la asombrara, porque las cosas habían estado un poco escasas de intensidad
entre nosotros durante el último año. Yo pensé en Frank, pero no estaba muy preocupado
por él, gatos y perros siempre pelean en los dibujos animados, pero en la vida real
normalmente se entienden, esa ha sido mi experiencia. Habitualmente se entienden mejor
que algunas personas. Especialmente cuando hace frío en el exterior”.
“Para hacer una larga historia un poco mas corta: compré uno y se lo regalé por nuestro
aniversario. Le puse un collar de terciopelo, y una pequeña tarjeta debajo. ‘¡HOLA, soy LUCY!
–decía la tarjeta- ¡De parte de L.T. con cariño! ¡Feliz segundo aniversario!’ ”
“Probablemente sabréis lo que voy a contaros ahora, ¿no?. Seguro. Es como con el maldito
Frank el terrier otra vez, solo que al revés. Al principio yo estaba feliz como un cerdo en la
mierda con Frank, y Lulubelle estaba feliz como una cerda en la mierda con Lucy, al principio.
Acercando su cabeza a la suya, hablándole como a un niño, ‘Oh cosita, o cosita linda,
pequeñita’, y así una vez y otra. Hasta que Lucy soltó un maullido y golpeó la punta de la
nariz de Lulubelle. Con las uñas fuera, claro. Entonces corrió y se escondió bajo la mesa de
la cocina. Lulu se lo tomó a risa, como si fuera la cosa más graciosa que le hubiera pasado
nunca, y tan mono como cualquier cosa que un gatito pudiera hacer, pero pude ver que
estaba cabreada”.
“Justo entonces Frank llegó. Había estado durmiendo arriba, en nuestra habitación –a los
pies del lado de la cama de ella- porque Lulu soltó un pequeño chillido cuando la gatita le
arañó la nariz, así que bajó a ver qué era ese lío”.
“Observó a Lucy bajo la mesa y enseguida se dirigió a ella, olfateando el linóleo donde había
estado”.
“Detenlos, cariño, detenlos, L.T., se van a pelear’, decía Lulubelle. ‘Frank la matará’. ”
“Dejémoslos solos un minuto, dije. Veamos que pasa. Lucy se arqueó de la forma en que lo
hacen los gatos, pero se mantuvo en el sitio, viéndole llegar. Lulu empezó a avanzar, intentando
ponerse en medio a pesar de lo que yo había dicho (obedecer no era precisamente uno
de los puntos fuertes de Lulu), pero yo la cogí de la muñeca y la sujeté en su espalda. Es
mejor dejar que lo solucionen entre ellos. Siempre es mejor. Es más rápido”.
“Bien, Frank fue al borde de la mesa, metió la nariz debajo, y empezó ese gruñido en su garganta.
‘Déjame ir, L.T. Tengo que cogerla’, decía Lulubelle, ‘Frank le está gruñendo’. ”
“No, no lo hace, dije, solo está ronroneando. Lo reconozco de todas las veces que me ha ronroneado”.
“Ella me echó una mirada que podría haber hecho hervir agua, pero no dijo nada. Las únicas
veces en los tres años que estuvimos casados en que ella no tenía la última palabra, era
siempre acerca de Frank y Screwlucy. Extraño pero cierto. En cualquier otro tema, Lulu
podía liarme. Pero cuando era sobre las macotas, parecía que se quedara sin poder reaccionar.
Solía volverla loca”.
“Frank introdujo la cabeza bajo la mesa un poco más, y Lucy le golpeó la nariz de la misma
forma que había arañado la de Lulubelle –solo que cuando golpeó a Frank, lo hizo sin sacar
las uñas. Pensé que Frank iría a por ella, pero no lo hizo. Soltó una especie de gritito, y
apartó la vista. No asustado, mas como si estuviera pensando, ‘Oh, vale, así que esto es lo
que pasaba’. Se fue al salón y se tumbó frente a la TV”.
“Y esta fue la única confrontación que hubo entre ellos. Dividieron el territorio mucho mejor
de lo que Lulu y yo lo hicimos el último año que pasamos juntos, cuando las cosas se pusieron
mal; el dormitorio pertenecía a Frank y Lulu, la cocina me pertenecía a mí y a Lucy –
solo a partir de Navidad, Lulubelle empezó a llamarla Screwlucy– y el salón era terreno neutral”..
“Los cuatro pasamos un montón de tardes ahí el último año, Screwlucy en mis rodillas,
Frank con el hocico en los zapatos de Lulu, los humanos en el sillón, Lulubelle leyendo un
libro y yo viendo la Rueda de la Fortuna o Estilo de vida de los Ricos y Famosos, al que Lulubelle
siempre llamaba “Estilo de vida de los Ricos y Topless”.
“La gata no tenía nada que hacer con ella, no desde el día uno. Frank, de vez en cuando
tenía la idea de que Frank estaba finalmente intentando entenderse conmigo. Al final, su
naturaleza siempre intentaba obtener lo mejor de él aunque mordiera mis zapatillas o agujereara
mis calzoncillos, pero de vez en cuando parecía que hacía un esfuerzo. Lamía mi mano,
quizá me sonreía. Normalmente si yo tenía un plato de algo, él quería un bocado”.
“Sin embargo, los gatos son diferentes. Un gato nunca buscara tu favor a no ser que le convenga
a sus intereses el hacerlo. Un gato no puede ser hipócrita. Si hubiera mas predicadores
que fueran como gatos, este volvería a ser un país religioso otra vez. Si le gustas a un
gato, lo sabes. Si no, también lo sabes. A Screwlucy nunca le gustó Lulu, ni un poquito, y lo
dejó claro desde el principio. Si me estaba preparando para darle de comer, Lucy se restregaba
contra mis piernas, maullando, mientras le servía la comida en el plato. Si Lulu la alimentaba,
Lucy se sentaba al otro lado de la cocina, junto al frigorífico, mirándola. Y no se
acercaba al plato hasta que Lulu se marchaba. Esto volvía loca a Lulu. ‘Esta gata cree que
es la Reina de Saba’, decía. Por entonces, había renunciado a hablarle como a un bebe.
También había renunciado a coger a Lucy. Si lo hacía, conseguía un arañazo en la muñeca
la mayoría de las veces.
“Vale, yo intentaba fingir que me gustaba Frank y Lulu intentaba fingir que le gustaba Lucy,
pero Lulu dejó de fingirlo mucho antes que yo. Yo creo que es porque ninguna de las dos, la
gata o la mujer, resisten ser unas hipócritas. No creo que Lucy fuera la una razón por la que
Lulu me abandonó repentinamente, sé que no –pero estoy seguro de que Lucy ayudó a que
Lulubelle tomara su decisión final. Las mascotas pueden vivir mucho tiempo, ya sabéis. Así
que el regalo que le hice para nuestro segundo aniversario fue la gota que colmó el vaso.
¡Contádselo a ‘Dear Abby’!
“La charla de la gata era lo peor, en lo que concernía a Lulu. No podía soportarlo. Una noche
Lulu me dijo ‘Si esa gata no deja de aullar, L.T., creo que le voy a lanzar una enciclopedia’. ”
“ ‘No está aullando’, le dije, ‘está charlando’.
“ ‘Bien’, dijo Lulu, ‘Me gustaría que dejara de charlar’.”
“Y justo entonces, Lucy salto en mis rodillas y se calló. Siempre lo hacía, excepto por un
bajo ronroneo, subiendo por su garganta. Le rasqué entre las orejas como le gustaba, y sucedió
que levanté la mirada. Lulu bajó la vista a su libro, pero antes de que lo hiciera, lo que
vi fue autentico odio. No a mí. A Screwlucy. ¿Lanzarle una enciclopedia?. Parecía como si
quisiera meter a la gata entre dos enciclopedias y aplastarla hasta la muerte.”
Algunas veces Lulu llegaba a la cocina y cogía a la gata de la mesa y la echaba fuera. Yo le
preguntaba si alguna vez me había visto echar a Frank de la cama de esa manera –él se
tumbaba, ya sabéis, siempre en su lado, y dejaba esas asquerosas pelotillas de pelo blanco.
Cuando yo decía eso, Lulu me sonreía. Sus dientes se veían, al menos. ‘Si lo intentas alguna
vez, te encontrarás con uno o dos dedos menos, probablemente’, respondía.”
“A veces Lucy realmente era Screwlucy. Los gatos tienen un humor variable, y algunas veces
se ponen frenéticos, cualquiera que haya tenido alguno podría decíroslo. Sus ojos se agrandan
y brillan, sus colas se estiran, empiezan a correr alrededor de la casa; a veces se encabritan
sobre las patas traseras y manotean, boxeando al aire, como si estuvieran luchando
con algo que ellos pueden ver pero los humanos no. Lucy se puso de ese humor una noche
cuando tenía un año –no pudo ser mas de tres semanas antes del día que llegué a casa y
descubrí que Lulubelle se había ido.”
“Bueno, Lucy salió lanzada de la cocina, hizo una especie de carrera deslizándose por el
suelo de madera, saltó sobre Frank, y fue subiendo por las cortinas del salón, zarpa sobre
zarpa. Dejando unos buenos agujeros en ellas, con trozos colgando. Entonces se sentó en la
barra, mirando la habitación con sus grandes y salvajes ojos azules y la punta del rabo moviéndose
de acá para allá.”
“Frank sólo se sobresaltó un poco y luego volvió a apoyar el hocico en el zapato de Lulubelle,
pero la gata le dio un susto del demonio a Lulubelle, que estaba concentrada en su libro, y
cuando levantó la vista hacia la gata, pude ver ese absoluto odio en sus ojos otra vez.”
“ ‘Vale’, dijo, ‘ya está bien. Se acabó. Vamos a encontrar una buena casa para esa zorra de
ojos azules, y si no fuéramos capaces de encontrar una casa para una Siamesa de pura raza,
la llevaremos a un refugio de animales. Ya he tenido bastante.’ ”
“ ‘¿Qué quieres decir?, le pregunté”
“ ‘¿Estás ciego?’, preguntó. ‘Mira lo que ha hecho a mis cortinas. ¡Están llenas de agujeros!’

“ ‘Si quieres ver cortinas con agujeros’, le dije, ‘¿por qué no subes y miras los que hay en mi
lado de la cama?. Los bajos están hechos harapos. Porque él los mastica.’ ”
“ ‘Eso es diferente’, dijo, chillándome. ‘Es diferente y lo sabes’ ”
“Bien, no iba a dejar pasar esa mentira. De ninguna manera iba a dejar pasar esa mentira.
‘La única razón por la que crees que es diferente es porque te gusta el perro que me regalaste
y no te gusta la gata que yo te regalé’, dije. ‘Pero te diré una cosa, Señora DeWitt: si llevas
a la gata a un refugio el martes por arañar las cortinas, te garantizo que el miércoles llevaré
al perro a la perrera por mascar los bajos de la cama. ¿Lo entiendes?’ ”
“Ella me miró y empezó a llorar. Me lanzó el libro y me llamó hijo de puta. Mezquino hijo de
puta. Intenté sujetarla, hacer que se quedara el tiempo suficiente para intentar disculparme
–si había forma de disculparme sin echarme atrás, lo cual no quería hacer esta vez- pero
ella se desasió y corrió a la habitación. Frank corrió tras ella. Subieron las escaleras y la
puerta del dormitorio se cerró de golpe.”
“Le di media hora o así para que se tranquilizara, y subí las escaleras. La puerta del dormitorio
todavía estaba cerrada, y cuando empecé a abrirla, chocó contra Frank. Puede moverlo,
pero fue un trabajo lento con él deslizándose sobre el suelo, y también fue una labor ruidosa.
Estaba gruñendo. Y quiero decir gruñendo, amigos míos; no era un jodido ronroneo.
Si hubiera entrado, creo que hubiera hecho su mejor intento de arrancarme mi virilidad.
Dormí en el sofá esa noche. Por primera vez.”
“Un mes mas tarde, me guste o no, ella se había ido”.
Si L.T. había sincronizado bien su historia (la mayoría de las veces lo hacía; la practica conduce
a la perfección), la campana que indicaba la vuelta al trabajo de la Planta de Carne
Procesada W.S. Hepperton de Ames, Iowa, sonaría justo entonces, librándole de cualquier
pregunta de los nuevos hombres (los obreros antiguos sabían... sabían que no se debía preguntar)
sobre si L.T. y Lulubelle se reconciliaron, o si sabía donde estaba ella, o –la pregunta
del millón- si ella y Frank todavía seguían juntos. No había nada como la campana de
vuelta al trabajo para cerrar al público preguntas más delicadas sobre la vida.
“Bien”, solía decir L.T., guardando su termo y levantándose y estirándose, “todo esto me
llevó a crear lo que llamo la Teoría de las Mascotas de L.T. DeWitt”.
Ellos le miraban expectantes, como hice yo la primera vez que le oí usar la gran frase, pero
ellos siempre tendrían un sentimiento de decepción, como lo tenía yo siempre; una historia
tan buena merecería un mejor final, pero L.T. nunca lo cambiaba.
“Si tu perro y tu gato se llevan mejor que tú y tu mujer”, decía, “lo mejor es que esperes llegar
a casa alguna noche y encontrar una nota de Querido John en la puerta de tu frigorífico”.
Contaba mucho esta historia, como ya he dicho, y una noche cuando vino a mi casa a cenar,
se la contó a mi mujer y a su hermana. Mi esposa invitó a Holly, que se había divorciado
hacía casi dos años, de forma que chicos y chicas estuvieran igualados. Estoy seguro que
fue por eso, porque a Roslyn nunca le gustó L.T. DeWitt. A la mayoría de la gente le gustaba,
mucha gente se entregaba a él como las manos se entregan al agua caliente, pero Roslyn
nunca ha sido como la mayoría de la gente. A ella tampoco le gustó nunca la historia de la
nota en el frigorífico y las mascotas –puedo asegurar que no le gustaba, a pesar de que sonreía
en las partes adecuadas. Holly... mierda, no lo sé. Nunca he sido capaz de saber que
piensa esa chica. Principalmente solo se sentó allí con las manos en el regazo, sonriendo
como la Mona Lisa. Fue culpa mía esa vez, sin embargo, lo admito. L.T. no quería contarla,
pero le incité a hacerlo porque estaba todo tan callado alrededor de la mesa, solo el ruido de
la plata y el tintineo de los vasos, y podía sentir la antipatía de mi esposa hacia L.T. Parecía
desprenderse en oleadas. Y si L.T. era capaz de sentir la pequeña aversión del terrier Jack
Russel, probablemente sería capaz de sentir a mi esposa haciendo lo mismo. De todos modos,
eso es lo que yo imaginaba.
Así que la contó, principalmente para agradarme, supongo, e hizo girar sus ojos en las partes
adecuadas, como si dijera “Dios mío, me engañó totalmente, ¿verdad?” y mi mujer sonrió
aquí y allí –me sonaba tan falso como el dinero del Monopoly- y Holly sonreía con su pequeña
sonrisa de Mona Lisa con los ojos bajos. Aparte de eso la cena fue bien, y cuando terminó
L.T. le dijo a Roslyn que le estaba agradecido por “una excelentemente interesante comida”
(signifique eso lo que signifique) y ella le dijo que viniera cuando quisiera, que estaríamos
muy contentos de volver a verle en casa. Era una mentira por su parte, pero dudo que
haya habido una cena en la historia del mundo en la que unas cuantas mentiras no hayan
sido contadas. Así que todo fue bien, al menos hasta que le llevé en coche a su casa. L.T.
comenzó a hablar de que en una semana o así haría un año desde que Lulubelle se había
ido, su cuarto aniversario, que significa flores si estás anticuado, o electrodomésticos si eres
más moderno. Entonces contó cómo la madre de Lulubelle –por cuya casa Lulubelle nunca
apareció- iba a colocar una lápida con el nombre de Lulubelle en el cementerio local. “La Sr.
Simms dice que debemos considerarla como muerta”, dijo L.T., y luego empezó a chillar.
Tuve tal sobresalto que casi me salgo de la maldita carretera.
Gritó tan alto que empecé a asustarme, empecé a temerme que todo ese dolor reprimido
pudiera matarle con una apoplejía o porque se le reventara una vena o algo. Se balanceaba
adelante y atrás en el asiento y apretó las manos contra el salpicadero. Era como si hubiera
un tornado suelto dentro de él. Finalmente me hice a un lado de la carretera y empecé a
palmearle el hombro. Podía sentir el calor de su piel incluso a través de la camisa, tan caliente
como si se estuviera asando.
“Vamos, L.T.”, dije. “Ya es suficiente”.
“La echo de menos”, dijo con una voz tan llena de lágrimas que apenas entendía que estaba
diciendo. Tan jodidamente de menos. Llego a casa y no hay nadie aparte de la gata, maullando
y maullando, y pronto yo también estoy llorando, los dos llorando mientras le lleno el
plato con la maldita porquería que come”.
Giró su llorosa y congestionada cara hacia mí. Mirarle era mas de lo que podía soportar,
pero lo hice, sentía que tenía que hacerlo. Después de todo, ¿quien le había llevado a contar
la historia de Lucy y Frank y el frigorífico esa noche?. No había sido Mike Wallace, o Dan
Rather, eso seguro. Así que le miré. No llegué a abrazarle, por si acaso el tornado de alguna
manera saltaba de él a mí, pero seguí palmeándole el brazo.
“Creo que ella está viva en alguna parte, eso es lo que creo”, dijo. Su voz todavía sonaba
espesa y vacilante, pero también había un lastimoso pequeño intento de desafío en ella. No
me estaba contando lo que creía, sino lo que quería creer. Estoy bastante seguro de eso.
“Bien”, dije, “puedes creer eso. No hay leyes que lo prohíban, ¿verdad?. Y no es como si
hubieran encontrado su cuerpo, o algo así.”
“Me gusta pensar que está por ahí, en Nevada, cantando en el hotel de algún pequeño casino”,
dijo. “No en Las Vegas o en Reno, no podría hacerlo en una gran ciudad, pero en Winnemucca
o Ely estoy seguro de que podría conseguirlo. Algún lugar como esos. Ella simplemente
vería un cartel de SE NECESITA CANTANTE y renunciaría a la idea de ir a casa de su
madre. Demonios, intentarlo no cuesta una mierda, es lo que Lu solía decir. Y ella sabía
cantar, ya sabes. No sé si alguna vez la oíste, pero sabía. No se si era magnifica, pero era
buena. La primera vez que la vi, estaba cantando en el salón del Hotel Marriott. En Columbus,
Ohio, allí estaba. O, otra posibilidad...”.
Vaciló, luego continuó en voz baja.
“La prostitución es legal en Nevada, ya lo sabes”. No en todas las ciudades, pero en la mayoría.
Ella podría estar trabajando en alguno de esas caravanas Green Lantern o el Mustang
Ranch. Montones de mujeres tienen una vena de prostituta en ellas. Lu la tenía. No quiero
decir que se lanzara a ello, o lo hubiera hablado conmigo, así que no puedo decir como lo sé,
pero lo sé. Ella... si, ella Paró, con la mirada perdida, quizá imaginando a Lulubelle en una cama en la habitación
trasera de un prostíbulo de Nevada, Lulubelle no llevaría nada mas que las medias, chupando
la polla tiesa de algún vaquero desconocido mientras desde otra habitación llega el
sonido de Steve Earle and the Dukes cantando “Six Days on the Road” o una TV dando
Hollywood Squares. Lulubelle prostituyéndose pero no muerta, el coche al lado de la carretera
–el pequeño Subaru que ella llevó a la boda- sin nada en la mirada. De la forma en que
la mirada de un animal, aparentemente atento, normalmente no significa nada.
“Puedo creerlo si quiero”, dijo, secándose los hinchados ojos con las muñecas.
“Seguro”, dije. “Apuesta por ello, L.T”. Preguntándome si los sonrientes hombres que oían su
historia mientras se comían la comida podrían imaginar a este L.T., este tembloroso hombre
con las mejillas pálidas y los ojos enrojecidos y la piel caliente.
“Diablos”, dijo, “lo creo”. Vaciló, y luego dijo otra vez: “lo creo”.
Cuando volví a casa, Roslyn estaba en la cama con un libro en la mano y la manta subida
hasta el pecho. Holly se había ido a casa mientras yo llevaba a L.T. a la suya. Roslyn estaba
de mal humor, y averigüé por qué muy pronto. La mujer detrás de la sonrisa de Mona Lisa
le había cogido cariño a mi amigo. Totalmente loca por él, quizás. Y no cabía duda de que mi
mujer no lo aprobaba.
“¿Cómo perdió el carné de conducir?” preguntó, y antes de que pudiera responder: “Bebiendo,
¿no?”.
“Bebiendo, si” Me senté en mi lado de la cama y me quité los zapatos. “Pero hace casi seis
meses, y si se mantiene limpio otros dos meses, lo recuperará. Creo que lo conseguirá. Va a
Alcohólicos Anónimos, lo sabes”.
Mi mujer gruñó, claramente no impresionada. Me quité la camisa, olí los sobacos, la colgué
en el armario. Solo la había usado una o dos horas, solamente para cenar.
“¿Sabes?”, dijo mi mujer, “creo que es una pena que la policía no le investigara mas a fondo
después de que su esposa desapareciera”.
“Le hicieron algunas preguntas”, dije, “pero solo para obtener la máxima información posible.
Nunca hubo ninguna duda de que lo hiciera, Ros. Nunca fue sospechoso de ello”.
“Oh, estás muy seguro”.
“En realidad, lo estoy. Sé algunas cosas. Lulubelle llamó a su madre desde un hotel al este
de Colorado el día que se fue, y volvió a llamarla desde Salt Lake City el día siguiente. Por
entonces ella estaba bien. Fue en días laborales, y L.T. estaba en la fábrica. También estaba
en la fábrica el día que encontraron su coche aparcado en una carretera comarcal cerca de
Caliente. A no ser que pueda transportarse mágicamente de lugar en lugar en un abrir y
cerrar de ojos, no pudo matarla. Además, no podría. La amaba.”
Ella gruñó. Era ese odioso sonido de escepticismo que hacía a veces. Incluso después de
treinta años de matrimonio, ese sonido todavía hace que quiera volverme y gritarle que pare,
que se vaya a la mierda o que saque los pies del tiesto, cualquiera de las dos, que diga lo
que tenga que decir o que se quede callada. Esta vez pensé en contarle cómo L.T. había llorado;
cómo estaba que parecía que tuviera un ciclón dentro de él, llorando desconsoladamente
por todo lo que no había podido retener. Pensé hacerlo, pero no lo hice. Las mujeres
no se fían de las lágrimas de los hombres. Pueden decir algo distinto, pero en el fondo no se
creen las lágrimas de los hombres.
“Quizá deberías llamar a la policía”, dije. “Ofréceles un poco de tu experta ayuda. Indícales
lo que han pasado por alto, como Angela Lansbury en Murder, She Wrote8”
Metí las piernas en la cama. Ella apagó la luz. Permanecimos tendidos en la oscuridad.
Cuando habló otra vez, su tono era más amable.
“No me gusta. Eso es todo. No me gusta y nunca lo hará”.
8 En España “Se ha escrito un crimen” (N. del T.)
“Sí”, dije. “Creo que eso lo aclara”.
“Y no me gusta la forma en que miraba a Holly”
Lo que significaba, tal y como averigüé finalmente, que no le gustaba la forma en que Holly
le miraba a él. Cuando no estaba mirando a su plato, claro.
“Preferiría que no volvieras a invitarle a cenar”, dijo.
Permanecí en silencio. Era tarde, Estaba cansado. Había sido un día duro, una tarde dura,
y estaba cansado. Lo último que quería era tener una discusión con mi esposa estando cansado
y ella preocupada. Era el tipo de discusión que podía llevarte a pasar la noche en el
sofá. Y la única forma de parar una discusión como esa es estar callado. En el matrimonio,
las palabras son como lluvia. Y la tierra del matrimonio está llena de cauces secos y arroyos
que pueden convertirse en torrentes en un abrir y cerrar de ojos. Los terapeutas creen en el
diálogo, pero la mayoría de ellos son divorciados o maricones. El silencio es el mejor amigo
del matrimonio.
Silencio.
Al cabo de un rato, mi mejor amigo giró hacia su lado, lejos de mí al lugar al que ella iba
cuando finalmente daba por terminado el día. Permanecí despierto largo rato, pensando en
un polvoriento coche pequeño, quizá una vez fue blanco, caído en una zanja junto a una
carretera comarcal en el desierto de Nevada, no demasiado lejos de Caliente. La puerta del
conductor permanentemente abierta, el retrovisor arrancado de su enganche y caído en el
suelo, el asiento delantero empapado de sangre y marcada con las huellas de los animales
que han venido a investigar, quizá a probarla.
Había un hombre –creen que era un hombre, normalmente lo es- que había descuartizado a
cinco mujeres en aquella parte del mundo, cinco en tres años, la mayoría durante la época
en que L.T. había vivido con Lulubelle. Cuatro de las mujeres estaban de paso. De alguna
manera debió conseguir que pararan, las arrastró fuera de sus coches, las violó, las descuartizó
con un hacha, abandonándolas uno o dos desvíos mas allá para los buitres y los
cuervos y las comadrejas. La quinta víctima fue la esposa de un anciano ranchero. La policía
llama a este asesino el Hombre del Hacha. Cuando escribo esto, el Hombre del Hacha
todavía no ha sido detenido. No ha vuelto a matar; si Cynthia Lulubelle Simms DeWitt fue la
sexta victima del Hombre del Hacha, también fue la última, al menos por ahora. Todavía
hay algunas dudas, sin embargo, sobre si fue o no la sexta víctima. Si no en la mayoría de
las mentes, esa duda existe en la mente de L.T. que todavía se permite tener esperanza.
La sangre del asiento no era sangre humana, ¿sabéis?; a la Unidad Forense del Estado de
Nevada le llevó menos de cinco horas determinarlo. El trabajador de rancho que encontró el
Subaru de Lulubelle vio una nube de pájaros a media milla, y cuando llegó no encontró una
mujer descuartizada, sino un perro descuartizado. Poco quedaba aparte de huesos y dientes;
depredadores y carroñeros habían tenido su día, y no había demasiada carne de un
terrier Jack Russell con lo que empezar. No cabe duda de que el Hombre del Hacha encontró
a Frank; el destino de Lulubelle es probable, pero está lejos de ser seguro.
Quizá, pensé, ella está viva. Cantando “Tie a Yellow Ribbon” en The Jailhouse en Ely o “Take
a Message to Michael” en The Rose of Santa Fe en Hawthorne. Vestida con un conjunto de
tres piezas. Hombres viejos intentando parecer jóvenes con chalecos rojos y negras corbatas
de lazo. O quizá esté aplastando vaqueros de GM9 en Austin o Wendover –doblándolos hacia
delante hasta que sus pechos se aplasten contra sus muslos, bajo un calendario en el que
aparecen tulipanes en Holanda; sujetando pares y pares de nalgas flácidas en sus manos y
pensando en qué ver en la TV esa noche, cuando termine su turno. Quizá ella aparcó a un
lado de la carretera y se fue caminando. La gente hace eso. Lo sé, y probablemente vosotros
también. Algunas veces la gente dice “a la mierda” y se marcha. Quizá ella dejó a Frank
atrás, pensando que alguien llegaría y le daría un buen hogar, sólo que fue el Hombre del
Hacha el que llegó, y...
9 GM Cowboys. Debe ser algo así como globos con forma de vaquero. No estoy seguro, así
que si alguien lo sabe, que avise (N. del T.)

Pero no. Conocía a Lulubelle, y aunque me vaya la vida no puedo verla abandonado un perro
que probablemente se ase hasta la muerte o muera de hambre en el yermo. Especialmente
un perro que amaba de la manera en que amaba a Frank. No, L.T. no exageraba sobre
eso, yo los había visto juntos, y lo sabía.
Ella todavía podría estar viva en alguna parte. Técnicamente hablando, al menos. L.T. está
en lo cierto sobre eso. Solo porque yo no puedo imaginar una situación que lleve a ese coche
con la puerta permanente abierta y el retrovisor caído en el suelo y el perro muerto y picoteado
por los cuervos dos desvíos mas allá, solo porque no puedo imaginar una situación
que lleve desde ese lugar cerca de Caliente a algún otro lugar donde Lulubelle Simms cante
o cosa o haga mamadas a los camioneros, fuera de peligro y de incógnito, bien, eso no significa
que dicha situación no exista. Como le dije a L.T., no es como si hubieran encontrado
su cuerpo, sólo encontraron su coche, y los restos del perro cerca del coche. Lulubelle podría
estar en cualquier parte. Podéis estar seguros de eso.
No podía dormir y estaba sediento. Me levanté, fui al baño, y saque los cepillos de dientes
del vaso en el que los guardamos cerca del lavabo. Llené el vaso de agua. Luego me senté
sobre la tapa del váter y bebí el agua y pensé en el sonido que hacen los gatos Siameses, ese
extraño aullido, cómo suena bien si te gustan, cómo debe sonar cuando llegas a casa.

FIN

miércoles, 12 de noviembre de 2008

SLIDE DARK

SLIDE DARK





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