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jueves, 28 de agosto de 2008

CUENTO -- LA MUERTA -- GUY DE MAUPASSANT

CUENTO -- LA MUERTA -- GUY DE MAUPASSANT
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LA MUERTA

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¡Yo la había amado locamente! ¿Por qué amamos? Es raro no ver en el mundo sino a un ser, no tener en la mente sino una idea, en el corazón sino un deseo, y en la boca más que un nombre: un nombre que sube sin cesar, que sube, como el agua de un manantial, de las honduras del alma, que sube a los labios, y que decimos, que repetimos, que murmuramos sin cesar en todas partes, al igual que una plegaria.
No contaré nuestra historia. El amor no tiene más que una, siempre la misma. La encontré y la amé. Nada más. Y viví durante un año en su ternura, en sus brazos, en su caricia, en su mirada, en sus trajes, en sus palabras, enredado, ligado, aprisionado en todo lo que venía de ella, de una forma tan completa que ya no sabía si era de día o de noche, si estaba vivo o muerto, en la vieja tierra o en otro lugar.
Y he aquí que se murió. ¿Cómo? No sé, ya no lo sé. Volvió a casa empapada, una noche de lluvia, y al día siguiente tosía. Tosió durante una semana aproximadamente y guardó cama.
¿Qué ocurrió? Ya no lo se.
Los médicos venían, escribían, se iban. Se traían remedios; una mujer se los hacía tomar. Sus manos estaban calientes, su frente ardiente y húmeda, su mirada brillante y triste. Yo le hablaba, ella me respondía. ¿Qué nos dijimos? Ya no lo sé. ¡Lo he olvidado todo, todo! Se murió, recuerdo muy bien su breve suspiro, su breve suspiro tan débil, el último. La enfermera dijo: «¡Ay!» ¡Comprendí, comprendí!
No supe nada más. Nada. Vi a un sacerdote que pronunció estas palabras: «Su querida.» Me pareció que la insultaba. Puesto que ella había muerto, nadie tenía derecho a saber eso. Lo despedí. Vino otro que fue muy bondadoso, muy dulce. Yo lloraba cuando él me habló de ella.
Me consultaron mil cosas sobre el entierro. Ya no lo se. Recuerdo muy bien, sin embargo, el ataúd, el ruido de los martillazos cuando la clavaron dentro. ¡Ay, Dios mío!
¡La enterraron! ¡La enterraron! ¡A ella! ¡En aquel hoyo! Habían ido unas cuantas personas, unas amigas. Escapé. Corrí. Caminé mucho tiempo por las Éalles. Después volví a casa. Y al día siguiente me marché de viaje.
Ayer he regresado a París.
Cuando volví a ver mi habitación, nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, toda esta casa donde había quedado todo lo que queda de la vida de un ser después de su muerte, me asaltó un acceso de pena tan violento que a punto estuve de abrir la ventana y de tirarme a la calle. No pudiendo estar en medio de aquellas cosas, de aquellos muros que la habían encerrado, abrigado, y que debían de guardar en sus imperceptibles rendijas mil átomos de ella, de su carne y de su aliento, cogí el sombrero, con el fin de escapar. De repente, en el momento de llegar a la puerta, pasé ante el gran espejo del vestíbulo que ella había mandado instalar allí para verse, de pies a cabeza, todos los días, al salir, para ver si iba bien arreglada, si estaba correcta y bonita, de las botas al peinado.
Y me detuve frente a aquel espejo que tan a menudo la había reflejado. Tan a menudo, tan a menudo, que había debido conservar también su imagen.
Allí estaba yo de pie, tembloroso, los ojos clavados en el cristal, en el cristal liso, profundo, vacío, pero que la había contenido toda entera, la había poseído tanto como yo, tanto como mi mirada apasionada. Me pareció que amaba a aquel espejo —lo toqué— ¡estaba frío! ¡Oh! ¡El recuerdo, el recuerdo! Espejo doloroso, espejo ardiente, espejo vivo, espejo horrible, ¡que hace sufrir todas las torturas! ¡Dichosos los hombres cuyo corazón, como un espejo por el que se deslizan y se borran los reflejos, olvida cuanto ha contenido, cuanto ha pasado ante él, cuanto se ha contemplado, reflejado, en su cariño, en su amor! ¡Cómo sufro!
Salí y, a mi pesar, sin saber, sin quererlo, marché al cementerio. Encontré su tumba, muy sencilla, una cruz de mármol con estas pocas palabras: «Amó, fue amada, y murió. »
¡Estaba allí, allí abajo, podrida! ¡Qué horror! Sollocé, con la frente pegada al suelo.
Me quedé allí mucho tiempo, mucho tiempo. Después me di cuenta de que caía la noche. Entonces un deseo curioso, loco, un deseo de amante desesperado se apoderó de mí. Quise pasar la noche cerca de ella, última noche, llorando sobre su tumba. Pero me verían, me echarían. ¿Qué hacer? Fui astuto. Me levanté y empecé a errar por aquella ciudad de los desaparecidos. Andaba y andaba. ¡Qué pequeña es esa ciudad al lado de la otra, donde se vive! Y sin embargo esos muertos son mucho más numerosos que los vivos. Necesitamos altas casas, calles, mucho sitio, para las cuatro generaciones que contemplan la luz al mismo tiempo, beben el agua de las fuentes, el vino de los viñedos, y comen el pan de las llanuras.
Y para todas las generaciones de muertos, para toda la escala de la humanidad que desciende hasta nosotros, ¡casi nada, un campo, casi nada! La tierra los recobra, el olvido los borra. ¡Adiós!
En el extremo del cementerio habitado, percibí de repente el cementerio abandonado, ese donde los antiguos difuntos acaban de mezclarse con la tierra, donde las propias cruces se pudren, donde pondrán mañana a los recién llegados. Está lleno de rosas libres, de cipreses vigorosos y negros, un jardín triste y soberbio, alimentado con carne humana.
Estaba solo, muy solo. Me agazapé bajo un verde arbusto. Me oculté en él por entero, entre aquellas ramas pobladas y sombrías.
Y esperé, aferrado al tronco como un náufrago a una tabla.

Cuando la noche fue oscura, muy oscura, abandoné mi refugio y eché a andar despacito, con pasos lentos, con pasos sordos, sobre aquella tierra llena de muertos.
Vagué mucho tiempo, mucho tiempo, mucho tiempo. No la encontraba. Con los brazos extendidos, los ojos abiertos, tropezando en las tumbas con manos, pies, rodillas, pecho, con mi propia cabeza, marchaba sin encontrarla. Tocaba, palpaba como un ciego que busca el camino, palpaba piedras, cruces, verjas de hierro, coronas de cristal, ¡coronas de flores ajadas! Leía los nombres con mis dedos, paseándolos sobre las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡No la encontraba!
¡No había luna! ¡Qué noche! Tenía miedo, un miedo espantoso por aquellos estrechos senderos, entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas, tumbas, tumbas! ¡Siempre tumbas! A la derecha, a la izquierda, ante mí, a mi alrededor, en todas partes, ¡tumbas! Me senté en una de ellas, pues ya no podía caminar con las rodillas que se me doblaban. ¡Oí latir mi corazón! ¡Y oía también otra cosa! ¿Qué? ¡Un incomprensible rumor confuso! ¿Aquel ruido estaba en mi cabeza enloquecida, en la noche impenetrable, o bajo la tierra misteriosa, bajo la tierra sembrada de cadáveres humanos? ¡Miré a mi alrededor!
¿Cuánto tiempo me quedé allí? No lo sé. Estaba paralizado de terror, estaba ebrio de espanto, a punto de gritar, a punto de morir.
Y de repente me pareció que la losa de mármol en la que estaba sentado se movía. Sí, se movía, como si alguien la alzara. De un salto me lancé sobre la tumba contigua, y vi, sí, vi que la piedra que acababa de abandonar se levantaba; y apareció el muerto, un esqueleto pelado que, con su espalda encorvada, la empujaba. Yo veía, veía muy bien, aunque la noche fuera profunda. En la cruz pude leer:
«Aquí reposa Jacques Olivant, fallecido a la edad de cincuenta y un años. Amaba a los suyos, fue honrado y bondadoso, y murió en la paz del Señor.»
Ahora también el muerto leía las cosas escritas sobre su tumba. Después cogió una piedra del camino, una piedrecita afilada, y empezó a rascarlas con cuidado, aquellas cosas. Las borró del todo, lentamente, mirando con sus ojos vacíos el sitio donde hacía un momento estaban grabadas; y con la punta del hueso que había sido su índice, escribió con letras luminosas, como esas líneas que se trazan en las paredes con la cabeza de una cerilla:
«Aquí reposa Jacques Olivant, fallecido a la edad de cincuenta y un años. Apresuró con sus duras palabras la muerte de su padre a quien deseaba heredar, torturó a su mujer, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó cuanto pudo y murió miserablemente.»
Cuando hubo acabado de escribir, el muerto inmóvil contempló su obra. Y me di cuenta, al darme la vuelta, de que todas las tumbas estaban abiertas, todos los cadáveres habían salido de ellas, todos habían borrado las mentiras inscritas por los parientes en las lápidas funerarias, para restablecer la verdad.
Y yo veía que todos habían sido verdugos de sus allegados, odiosos, deshonestos, hipócritas, mentirosos, bribones, calumniadores, envidiosos, que habían robado, engañado, realizado todos los actos vergonzosos, todos los actos abominables, aquellos buenos padres, esposas fieles, hijos abnegados, aquellas jóvenes castas, aquellos comerciantes probos, aquellos hombres y mujeres presuntamente irreprochables.
Escribían todos al mismo tiempo, en el umbral de su morada eterna, la cruel, terrible y santa verdad que todo el mundo ignora o finge ignorar sobre la tierra.
Pensé que ella también había debido trazarla sobre su tumba. Y ya sin miedo, corriendo entre los ataúdes entreabiertos, entre cadáveres, entre esqueletos, fui hacia ella, seguro de que la encontraría al punto.
La reconocí desde lejos, sin ver el rostro envuelto en el sudario.
Y sobre la cruz de mármol donde hacía un rato había leído:
«Amó, fue amada, y murió.»
Distinguí:
«Habiendo salido un día para engañar a su amante, cogió frío bajo la lluvia, y murió.»

Parece que me recogieron, inanimado, al nacer el día, junto a una tumba.

EN LA NOCHE -- LA NOCHE -- GUY DE MAUPASSANT

EN LA NOCHE -- LA NOCHE -- GUY DE MAUPASSANT
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LA NOCHE

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Amo la noche apasionadamente. La amo como se ama a la tierra natal o a la amante, con un amor instintivo, profundo e invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos que escuchan su silencio, con toda mi carne que acarician las tinieblas. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire cálido, en el aire ligero de las mañanas claras. El búho huye en la noche, mancha negra que pasa a través del espacio negro, y, gozoso, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.
El día me fatiga y aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto sin ganas, salgo a la calle con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra y cada pensamiento me cansan como si levantase un fardo abrumador.
Pero cuando el sol baja, me invade una alegría confusa, una alegría de todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que aumenta la sombra me siento otro, más joven, más fuerte, más alerta, más feliz. Veo espesarse la gran sombra dulce caída del cielo: inunda la ciudad, como una ola inasequible e impenetrable, oculta, borra y destruye los colores, las formas, abraza las casas, los seres y los monumentos con su contacto imperceptible.
Entonces tengo ganas de gritar de placer como las lechuzas, de correr por los tejados como los gatos; y en mis venas se enciende un impetuoso, un invencible deseo de amar.
Me pongo en marcha y camino, unas veces por los sombríos arrabales, otras por los bosques cercanos a París, donde oigo merodear a mis hermanas las bestias y a mis hermanos los cazadores furtivos.
Lo que se ama con violencia siempre acaba por mataros. Pero ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo, incluso, hacer comprender que pueda contarlo? No sé, ya no sé, sólo sé que es así. Eso es todo.
Así pues, ayer —¿fue ayer?—, sí, no cabe duda, a menos que haya sido antes, otro día, otro mes, otro año, no sé. Debió ser ayer sin embargo, porque la aurora no ha salido ni el sol ha vuelto a aparecer. Pero ¿desde hace cuánto dura la noche? ¿Desde cuándo?... ¿Quién puede decirlo? ¿Quién lo sabrá jamás?
Así pues, ayer salí como hago todas las noches, después de cenar. Hacía un tiempo espléndido, muy bello, muy suave, muy cálido. Bajando hacia los bulevares, veía por encima de mi cabeza el río negro y lleno de estrellas recortado en el cielo por los tejados de la calle que giraba y hacía ondular como un auténtico río ese arroyuelo móvil de los astros.
Todo era claro en el aire sutil, desde los planetas hasta los mecheros de gas. Allá arriba y en la ciudad brillaban tantos fuegos que las tinieblas parecían luminosas. Las noches resplandecientes son más gozosas que los grandes días de sol.
En el bulevar relucían los cafés; la gente reía, paseaba, bebía. Entré en el teatro un momento; ¿en qué teatro? Tampoco lo sé. Había en él tanta luz que me entristeció y salí con el corazón algo ensombrecido por aquel choque de la luz brutal en los oros de la balconada, por el centelleo ficticio del enorme lustro de cristal, por la batería de fuego de las candilejas, por la melancolía de aquella claridad falsa y cruda. Llegué a los Campos Elíseos, donde los cafés-concierto parecían focos de incendio entre el ramaje. Los castaños rozados por la luz amarilla parecían pintados y tenían un aspecto de árboles fosforescentes. Y los globos eléctricos, semejantes a lunas resplandecientes y pálidas, a huevos de luna caídos del cielo, a perlas monstruosas y vivas, hacían palidecer bajo su claridad nacarada, misteriosa y regia los hilillos de gas, de un despreciable gas sucio, y las guirnaldas de cristales de colores.
Me detuve bajo el Arco de Triunfo para mirar la avenida, la larga y admirable avenida estrellada que va hacia París entre dos hileras de farolas y de astros. Los astros arriba, los astros desconocidos arrojados al azar en la inmensidad donde dibujan esas figuras extrañas, que hacen soñar tanto, que hacen pensar tanto.
Entré en el Bosque de Bolonia y allí permanecí mucho, mucho tiempo. Sentí un escalofrío singular, una emoción imprevista y poderosa, una exaltación de mi pensamiento rayana en la locura.
Caminé mucho, mucho tiempo. Luego regresé.
¿Qué hora sería cuando volví a pasar bajo el Arco de Triunfo? No sé. La ciudad dormitaba, y las nubes, unas grandes nubes negras invadían lentamente el cielo.
Por primera vez sentí que iba a ocurrir algo extraño, nuevo. Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche, mi bienamada noche, pesaba sobre mi corazón. Ahora la avenida estaba desierta. Sólo dos alguaciles paseaban junto a la parada de coches de punto, y en la calzada, iluminada apenas por los mecheros de gas que parecían moribundos, una fila de carros de verduras iban a los Halles. Avanzaban despacio, cargados de zanahorias, de nabos y de coles. Los conductores dormían, invisibles, los caballos andaban con paso monótono, siguiendo al coche anterior, sin ruido, sobre el pavimento de madera. Delante de cada farol de la acera, las zanahorias encendían su color rojo, los nabos el blanco, y las coles el verde; y uno tras otro pasaban aquellos carros rojos, de un rojo de fuego, blancos de un blanco de plata, y verdes de un verde de esmeralda. Los seguí, luego torcí por la calle Royale y regresé a los bulevares. No había nadie, ni cafés iluminados, sólo algunos rezagados con prisa. Nunca había visto París tan muerto, tan desierto. Saqué mi reloj. Eran las dos.
Me impulsaba una fuerza, la necesidad de caminar. Fui pues hasta la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan oscura, porque no distinguía siquiera la columna de Julio, cuyo Genio de oro estaba perdido en la oscuridad impenetrable. Una bóveda de nubes, espesa como la inmensidad, había ahogado las estrellas, y parecía caer sobre la tierra para aniquilarla.
Retrocedí. A mi alrededor no había nadie. En la plaza del Cháteau-d’Eau, sin embargo, un borracho estuvo a punto de tropezar conmigo, luego desapareció. Oí un rato su paso desigual y sonoro. Seguí caminando. A la altura del barrio de Montmartre pasó un coche de punto bajando hacia el Sena. Lo llamé. No respondió el cochero. Una mujer que vagabundeaba junto a la calle Drouot me dijo: «Oiga, caballero». Apreté el paso para evitar su mano tendida. Luego nada mas. Delante del Vaudeville, un trapero hurgaba en el arroyo. Su farolillo flotaba a ras del suelo. Le pregunté: «¿Qué hora es, buen hombre?»
Gruñó: «Si lo supiera! No tengo reloj.»
De pronto observé que los mecheros de gas estaban apagados. Sé que los apagan muy pronto, antes del alba, en esta estación, por economía; ¡pero la aurora todavía estaba lejos, muy lejos!
«Vamos a los Halles —pensé—, ahí al menos encontraré vida.»
Me puse en marcha, pero ya no veía siquiera para guiarme. Caminaba muy despacio, como se hace en un bosque, y reconocía las calles contándolas.
Delante del Crédit Lyonnais ladró un perro. Torcí por la calle de Grammont, me perdí; anduve errante, luego reconocí la Bolsa por las verjas de hierro que la rodean. Todo París dormía con un sueño profundo y espantoso. A lo lejos, sin embargo, rodaba un coche de punto, un solo coche de punto, tal vez el que hacía un rato había pasado delante de mí. Traté de ir a su encuentro, dirigiéndome hacia el ruido de sus ruedas por calles solitarias y negras, negras, negras como la muerte.
Volví a perderme. ¿Dónde me encontraba? ¡Qué locura apagar tan pronto el gas! Ni un transeúnte, ni un rezagado, ni un vagabundo, ni un maullido de gato enamorado. Nada.
¿Dónde estaban los guardias? Me dije: «Si grito, vendrán». Grité. No respondió nadie.
Llamé más fuerte. Mi voz echó a volar sin eco, débil, ahogada, aplastada por la noche, por aquella noche impenetrable.
Me puse a aullar: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!»
Mi llamada desesperada quedó sin respuesta. ¿Qué hora era? Saqué mi reloj, pero no tenía cerillas. Escuché el ligero tictac de la pequeña máquina con una alegría desconocida y extraña. Parecía estar viva. Me encontraba menos solo. ¡Qué misterio! Volví a ponerme en marcha como un ciego, tanteando las paredes con mi bastón; alzaba en todo momento los ojos hacia el cielo, esperando que por fin saliese la aurora; pero el espacio estaba negro, completamente negro, más profundamente negro que la víspera.
¿Qué hora podía ser? Me parecía que llevaba un tiempo infinito andando, porque las piernas se me doblaban, mi pecho jadeaba y sentía un hambre horrible.
Me decidí a llamar en la primera puerta cochera. Tiré del botón de cobre, y el timbre se dejó oír en la casa resonante; se dejó oír de un modo extraño, como si aquel ruido vibrante estuviera solo en aquella casa.
Aguardé; no me respondieron, nadie abrió la puerta. Volví a llamar; seguí esperando; ¡nada!
¡Sentí miedo! Corrí a la morada siguiente, e hice sonar veinte veces seguidas la campanilla en el corredor oscuro donde debía dormir el portero. Pero no se despertó; y seguí adelante, tirando con todas mis fuerzas de los anillos o los botones, golpeando con mis pies, con el bastón y las manos las puertas obstinadamente cerradas.
Y de pronto me di cuenta de que llegaba a los Halles. Los Halles estaban desiertos, ni un ruido, ni un movimiento, ni un coche, ni un hombre, ni un cesto de verduras ni de flores. ¡Estaban vacíos, yertos, abandonados, muertos!
Se apoderó de mí el espanto; horrible. ¿Qué ocurría! ¡Oh, Dios mío! ¿Qué estaba ocurriendo?
De nuevo me puse en marcha. Pero ¿qué hora era? ¿Qué hora? ¿Quién podía decirme la hora? Ningún reloj sonaba en los campanarios ni en los monumentos. Pensé: «Abriré el cristal de mi reloj y tantearé la aguja con los dedos.» Saqué el reloj..., no andaba... se había parado. Nada, nada, ni un escalofrío en la ciudad, ni un resplandor, ni un roce de sonido en el aire. ¡Nada! ¡Nada de nada! ¡Ni siquiera el rodar lejano de un coche de punto! ¡Nada!
Me encontraba en los muelles, y del río subía un frío glacial.
¿Seguía corriendo el Sena?
Quise averiguarlo, encontré la escalera, bajé... No se oía pasar la corriente bajo los arcos del puente... Más escalones..., luego la arena..., el cieno..., luego el agua... metí en ella mi brazo... corría...., corría...., fría.... fría... casi helada..., casi seca..., casi muerta.
Y entonces comprendí que jamás tendría fuerzas para subir..., y que iba a morir allí..., también yo, de hambre, de fatiga y de frío.

FUNCIONARIOS -- OPINIÓN PÚBLICA -- GUY DE MAUPASSANT

FUNCIONARIOS -- OPINIÓN PÚBLICA -- GUY DE MAUPASSANT
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OPINIÓN PÚBLICA
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Como acababan de dar las once, los señores empleados, temiendo la llegada del jefe, se apresuraban dirigiéndose a sus despachos.
Cada uno echaba una mirada rápida sobre los papeles traídos en su ausencia; luego, tras haber cambiado la chaqueta o la levita por el viejo uniforme de trabajo, iba a ver al vecino.
Pronto fueron cinco en el despacho donde trabajaba el señor Bonnenfant, un alto funcionario, y la conversación de cada día comenzó como de costumbre. El señor Perdrix, encargado del orden, buscaba piezas perdidas, mientras que el aspirante a subjefe, el señor Piston, ayudante de la Academia, fumaba su cigarrillo calentándose los muslos. El viejo expedicionario, el padre Grappe, ofrecía al corrillo su actuación tradicional, y el señor Rade, burócrata periodístico, escéptico burlón y revolucionario, con voz de grillo, astuto y con gestos bruscos, se divertía escandalizando al mundo.
-¿Qué hay de nuevo esta mañana? -preguntó el señor Bonnenfant.
-Nada nuevo, contestó el señor Piston, los periódicos siempre están llenos de detalles sobre Rusia y el asesinato del zar.
El encargado del orden, el señor Perdrix, levantó la cabeza, y articuló con un tono convencido:
-Le deseo mucha felicidad a su sucesor, pero no cambiaría mi puesto por el suyo.
El señor Rade se rió:
-¡Él tampoco! -dijo.
El padre Grappe tomó la palabra, y preguntó con un tono lamentable:
-¿ Cómo acabará todo esto?...
El señor Rade le interrumpió:
-No acabará nunca, padre Grappe. Sólo morimos nosotros. Desde que hay reyes ha habido regicidios.
Entonces el señor Bonnenfant se interpuso:
-Explíqueme pues, señor Rade, por qué siempre se ha atacado a los buenos en vez de a los malos. Enrique IV, el Grande, ha sido asesinado; Luis XV murió en su cama. Nuestro rey Luis-Felipe ha sido toda su vida el blanco de los asesinos, y aseguran que el zar Alejandro era un hombre benevolente. ¿No fue él además quién emancipó a los ciervos?
El señor Rade se encogió de hombros.
-¿ No han matado últimamente al jefe de una oficina?- dijo
El padre Grappe, que olvidaba cada día lo que había pasado la víspera, exclamó:
-¿ Han matado a un jefe de oficina?
El aspirante a subjefe, el señor Piston, respondió:
-Claro que sí, recuerda el asunto del marisco-
Pero el padre Grappe lo había olvidado.
-No, no lo recuerdo.
El señor Rade le recordó los hechos.
-¿Veamos, padre Grappe, no recuerda un empleado, un chico, que además ha sido absuelto, que quiso ir un día a comprar marisco para su comida? El jefe se lo prohibió, el empleado insistió, el jefe le ordenó callarse y no salir, el empleado se sublevó, cogió su sombrero, el jefe se abalanzó sobre él, y el empleado, defendiéndose, clavó en el pecho de su superior las tijeras reglamentarias.
¡Un verdadero final de burócrata, vamos!
-Habría que discutirlo- articuló el señor Bonnenfant- La autoridad tiene limites; un jefe no tiene derecho de regular mi comida ni a reinar sobre mi apetito. Mi trabajo le pertenece, pero mi estómago no. El asunto es lamentable, es verdad, pero habría que discutirlo.
El aspirante a subjefe, el señor Piston, irritado, exclamó:
-Yo, Señor, digo que un jefe debe ser dueño de su oficina, como un capitán a bordo; la autoridad es indivisible, si no, no habría servicio posible. La autoridad del jefe viene del gobierno: representa al estado en su oficina; su derecho absoluto de mando es indiscutible.
El señor Bonnefant se enfadaba también. El señor Rade los tranquilizó:
-Esto era lo que esperaba- dijo- Una palabra de más, y Bonnenfant clavaría su abrecartas en el estómago de Piston. Para los reyes, es lo mismo. Los príncipes tienen una forma de entender la autoridad que no es la misma que la del pueblo. Sigue siendo la cuestión del marisco. ¡Yo quiero comer marisco! - ¡ No lo comerás! - ¡Sí! - ¡ No! - ¡Sí! - ¡No! Y esto es a veces suficiente para causarle la muerte a un hombre o a un rey.
Pero el señor Perdrix retomó su idea:
-Eso da igual, dijo, la profesión de soberano no es divertida, hoy en día. Realmente, me gusta más el nuestro.¡ Es como ser bombero, tampoco es divertido!
El señor Piston, tranquilo, retomó:
-Los bomberos franceses son una de las glorias del país.
El señor Rade estaba de acuerdo:
-Los bomberos, sí, pero no las bombas.
El señor Piston defendió las bombas y la organización añadiendo:
-Además se está estudiando la cuestión, la atención está despierta, hombres competentes se ocupan de ello, dentro de poco, tendremos medios en armonía con las necesidades.
Pero el señor Rade agitó la cabeza.
-¿Lo cree de verdad?, ¡Usted cree! Pues se equivoca, Señor; no cambiará nada. En Francia, no se cambian los sistemas. El sistema americano consiste en tener agua, mucha agua, ríos, pues tienen la malicia de detener los incendios con el Océano bajo la mano. En Francia, al contrario, lo dejan todo en manos de la iniciativa, de la inteligencia, de la invención, no hay agua, no hay bombas, nada de nada, sólo bomberos, y el sistema francés intenta quemar a los bomberos. ¡Esos pobres diablos, héroes, que apagan los incendios a golpe de hachas.! ¡ Qué superioridad tenemos sobre América, piénselo!... Luego, cuando unos cuantos han sido abrasados, el consejo municipal habla, el coronel habla, los diputados hablan; se debaten los dos sistemas: ¡ él del agua y él de la iniciativa! Y un dignatario cualquiera pronuncia sobre la tumba de las victimas: No os diremos adiós, bomberos, sino hasta luego. Así se actúa en Francia; Señor.
Pero el padre Grappe, que olvidaba las conversaciones a medida que tenían lugar, preguntó:
-Donde he leído ese verso que acaba de decir: No os diremos adiós, bomberos, sino hasta luego...
-Es en Béranger- contestó gravemente el señor Rade.
El señor Bonnenfant, perdido en sus reflexiones, suspiró:
-¡El incendio del Printemps si que fue a pesar de todo una gran catástrofe!
El señor Rade retomó:
-Ahora que se puede hablar de ello fríamente, tenemos el derecho, pienso, de discutir la elocuencia del director de ese establecimiento. Hombre de corazón, dicen, no lo dudo, hábil comerciante, es evidente, pero como orador, lo niego.
-¿ Por qué?- preguntó el señor Perdrix.
-Porque, si el horroroso desastre que lo ha golpeado no hubiese atraído hacia él la conmiseración de todo el mundo, no habría habido suficientes risas para el discurso de La Palisse con el que tranquilizaba los temores de sus empleados. "Señores -les dijo más o menos- ¿no saben con qué comerán mañana? Yo tampoco. ¡Oh, vamos, cómo hay que apiadarse de mí!
Afortunadamente tengo amigos. Uno me prestó diez céntimos para comprar un puro, otro puso a mi disposición un franco setenta y cinco para coger un coche de punto en Belle Jardinière.
¡Sí, yo, el director del Printemps, estuve en la Belle Jardinière! Obtuve quince céntimos de otro para otra cosa, y como ya ni siquiera tenía paraguas, me compré uno por cinco francos con veinticinco céntimos, gracias a un quinto préstamo. Luego, como mi sombrero también había ardido, y como no quería pedir más préstamos, he recogido un casco de bombero... ¡Aquí lo tienen! Sigan mi ejemplo, si tienen amigos, remítanse a su bondad... ¡En cuanto a mí, ya lo ven, mis pobres muchachos, estoy endeudado hasta el cuello! "
Ahora bien, uno de sus empleados hubiera podido contestarle:
" ¿Qué demuestra eso, jefe? Tres cosas: primero, que no tenía un duro en el bolsillo. Me sucede lo mismo cuando olvido mi monedero, pero eso no demuestra que no tenga propiedades, hoteles, valores, seguros; segundo, eso demuestra que aún tiene crédito antes sus amigos, mejor para usted, úselo; tercero, eso demuestra finalmente que es muy infeliz.!Pues claro, lo sabemos y lo lamentamos de todo corazón! Pero eso no mejora nuestra situación. Nos la quería pegar, en realidad, con su equipo en la tienda"
Esta vez todo el mundo estuvo de acuerdo en la oficina. El señor Bonnenfant añadió, con un tono burlón:
-Me hubiese gustado ver todas las señoritas de la tienda cuando se escapaban en camisa.
El señor Rade continuó:
-No me fió de esos dormitorios de vestales que por poco han sido abrasados ( como los caballos de la Compañía de los omnibuses en las cuadras, el año pasado).
Si hubiese que encerrar algo, a los que habría que poner bajo llave sería a los subalternos que son los últimos monos, pero las pobres jovencitas de la lencería, por favor! ¡ Un director, qué demonios! no puede ser responsable de todo el capital que descansa bajo su techo. ¡Es verdad que el de los subalternos se ha quemado en la caja; al menos habría que intentar salvar el de las señoritas! Lo que admiro, por ejemplo, son los gritos para llamar a los empleados. ¡ Señores, qué quinto acto! Se imaginan en medio de las galerías llenas de humo, con las brasas de las llamas, el tumulto de la huida, el pánico de todos, mientras que, de pie en el cruce central, en zapatillas y pantalón corto, se oye a pleno pulmón un Hernani moderno, un Roland de la novedad.!
Entonces el señor Perdix, el encargado del orden, pronunció de repente:
-Da igual, vivimos en un siglo muy raro, en una época muy perturbada, así como lo demuestra el asunto de la calle Duphot...
Pero el ordenanza abrió bruscamente la puerta:
-El jefe ha llegado, señores.
Entonces, en un segundo, todos huyeron, salieron pitando, desaparecieron, como si el mismo ministerio se hubiese quemado.

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