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jueves, 16 de abril de 2009

El Sello de R'lyeh --- August Derleth

El Sello de R'lyeh
August Derleth


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I

Mi abuelo paterno, a quien siempre vi en una habitación oscura, solía decir a mis padres, refiriéndose a mí: «¡Cuidad que siempre esté lejos de la mar!», como si yo tuviera alguna razón para temer el agua, cuando de hecho siempre me ha atraído. Como se sabe, los que nacen bajo uno de los signos acuáticos -el mío es Piscis- sienten una natural predilección por el agua. También se dice que poseen ciertos dones psíquicos, pero ésta es otra cuestión. El cualquier caso, tal era el criterio de mi abuelo, hombre extraño, a quien no podría describir aunque de ello dependiera la salvación de mi alma -lo cual, dicho a la luz del día, resulta un modismo un tanto ambiguo-. Antes de morir mi padre en accidente de automóvil, acostumbraba a repetirlo con frecuencia, también. Después, ya no fue necesario; mi madre me crió entre montañas, bien lejos de la vista, del ruido y de los olores del mar.
Pero tarde o temprano, sucede lo que tiene que suceder. Me encontraba estudiando en una universidad del Medio Oeste, cuando murió mi madre. Una semana después, murió también mi tío Sylvan, dejándome todo cuanto poseía. yo no había llegado a conocerle. Era el excéntrico de la familia, el raro, la oveja negra. Se le conocía por una gran diversidad de apodos y todo el mundo lo despreciaba, excepto mi abuelo, que suspiraba con pena cada vez que hablaba de él. Yo era el único descendiente directo de mi abuelo. Tenía un tío abuelo que vivía en Asia, según me habían dicho siempre, aunque al parecer, nadie sabía a qué se dedicaba allí, salvo que sus actividades se relacionaban con la mar o la navegación... Era natural, pues, que heredara yo las posesiones de tío Sylvan.
Tenía dos propiedades, y daba la casualidad de que ambas lindaban con la mar. Una se hallaba en un pueblo de Massachusetts llamado Innsmouth, y otra estaba también en la costa, pero bastante al norte de dicho pueblo. Después de pagar los derechos reales, me quedó dinero suficiente para no tener que volver a la Universidad, ni verme obligado a emprender trabajos que no me apetecían. Mi propósito era precisamente llevar a cabo lo que me había sido prohibido durante veintidós años: ver la mar, y tal vez comprar un balandro, un yate, o lo que quisiera.
Pero las cosas no iban a suceder como yo deseaba. Fui a Boston a ver al abogado y después marché a Innsmouth. Me pareció un pueblo extraño. La gente no era cordial. Algunos me sonreían cuando se enteraban de quién era yo, pero en sus sonrisas había algo extraño y enigmático, como si supieran algo inconfesable de tío Sylvan. Afortunadamente, la finca de Innsmouth era la más pequeña de las dos. Saltaba a la vista que mi tío no se había ocupado mucho de ella. Se trataba de una vieja mansión lóbrega y sombría que, para sorpresa mía, resultó ser la casa solariega de mi familia, mandada construir por mi bisabuelo -el que estuvo dedicado al comercio con China- y habitada por mi abuelo durante buena parte de su vida. El nombre de Phillips despertaba aún una especie de temeroso respeto en aquel pueblo.
Mi tío Sylvan había pasado casi toda su vida en la otra finca. Tenía sólo cincuenta años cuando murió, pero últimamente había llevado una existencia muy similar a la de mi abuelo. Raramente se le veía, retirado en aquella casa que coronaba un promontorio rocoso situado en la costa, al norte de Innsmouth. No era lo que un amante de la belleza llamaría un casa encantadora, pero de todos modos tenía su atractivo, y por mi parte, lo capté inmediatamente. Desde el primer momento sentí como si aquella casa perteneciese a la mar. En ella resonaba siempre el Atlántico. Una muralla de árboles frondosos la aislaba de la tierra. En cambio, sus inmensos ventanales se abrían al océano. No era un edificio viejo como el otro. Tendría unos treinta años, según me dijeron, y había sido construido por mi tío, en el mismo solar donde se alzara otro más antiguo, que también había pertenecido a mi bisabuelo.
Era una casa de muchas habitaciones. De todas, la única que merece la pena recordar es el gran estudio central. Aunque el resto de la casa era de un sola planta y rodeaba a dicho salón central, éste tenía una altura de dos pisos por lo menos; sus paredes estaban cubiertas de libros y objetos curiosos, de tallas y esculturas de formas exóticas, de pinturas, de máscaras procedentes de distintas partes del mundo, en especial de las civilizaciones polinesia, azteca, maya, inca, y de antiguas tribus indias de las regiones nordoccidentales del continente americano. Era, pues, una colación fascinante, comenzada por mi abuelo y continuada por tío Sylvan. Una gran alfombra de artesanía, adornada con una extraña figura octópoda, cubría el centro del salón. Todos los muebles estaban situados entre las paredes y dicho centro.
Nada había colocado sobre al alfombra.
Por lo demás, se observaba un extraño simbolismo en la decoración de la casa. Tejido en las alfombras -también en la que ocupaba el centro del estudio-, en los cortinajes, en los entrepaños, se repetía un motivo ornamental que parecía como un sello singularmente sorprendente: en el centro de un disco aparecía una representación rudimentaria del símbolo astronómico de Acuario, el portador de agua -acaso elaborada en edades remotas, cuando la forma de Acuario no era exactamente como es hoy- coronando los vestigios de una ciudad enterrada, contra la cual, en el centro exacto del círculo, se alzaba una figura indescriptible, a la vez reptil y pez, octópoda y semihumana, que, aunque en miniatura, pretendía representar un ser gigantesco e imaginario. Finalmente, en letras tan tenues que apenas podían leerse, el disco estaba circundado por unas palabras que no entendí, pero que tuvieron la virtud de remover algo en lo más profundo de mi ser:
Pb'glui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgh'nagl fhtagn
No me pareció extraño, en absoluto, que este curioso dibujo ejerciera sobre mí la más grande atracción desde el primer momento, aunque no entendiese su significado hasta más tarde. Igualmente inexplicable era el imperioso hechizo de la mar. Aunque jamás había puesto los pies en este sitio, experimenté una vivísima sensación de haber regresado a casa. Nunca en mi vida había pasado de Ohio, hacia el Este. Lo más cerca que estuve de la costa fue con ocasión de unas esporádicas excursiones al lago Michigan y al lago Hurón. Esta atracción innegable que sentía hacia la mar, la atribuí a una tendencia ancestral que me venía de familia. ¿No habían trabajado mis antepasados en la mar, y habían formado sus hogares junto a la costa? ¿y durante cuántas generaciones? Al menos, yo conocía dos, pero eran más. Generación tras generación, todos habían sido navegantes, hasta que, por lo visto, sucedió algo que determinó a mi abuelo a irse a vivir tierra adentro y apartarse de la mar en lo sucesivo, obligando a los demás a hacer lo mismo.
Hablo de esto porque su significado se me hizo manifiesto a la luz de lo que sucedió después, y quiero dejar constancia antes de que llegue la hora de reunirme con los míos. La casa y la mar me atraían; ambas constituían mi hogar. Incluso esta palabra cobraba más sentido en ellas que en la morada que tan felizmente compartiera con mis padres unos años antes. Era muy extraño. No obstante -y esto era más extraño aún-, no me lo parecía a mí. Al contrario, me resultaba lo más natural, y no me pregunté el por qué.
Al principio. no contaba con elementos de juicio para saber qué clase de hombre había sido mi tío Sylvan. Encontré un retrato suyo bastante antiguo, hecho sin duda por algún aficionado a la fotografía. Representaba a un joven tremendamente serio, de unos veinte años de edad, que, aun no careciendo de cierto atractivo, podía resultar desagradable a mucha gente, ya que su rostro sugería algo vagamente inhumano. Tal vez esta impresión provenía de su nariz un tanto aplastada, de su boca enorme, o de sus ojos extrañamente saltones, de basilisco. No encontré fotografías suyas más recientes, pero conocí a algunas personas que se acordaban de él, de cuando iba a Innsmouth, a pie o en coche, a hacer sus compras. Me enteré de esto un día en la tienda de Asa Clarke, donde fui a comprar provisiones para la semana.
-¿Es usted de los Phillips? -me preguntó el anciano propietario.
Le contesté que sí.
-¿Hijo de Sylvan?
-Mi tío no llegó a casarse.
-Ya... Eso decía él -replicó-. Entonces será usted hijo de Jared. ¿Cómo está su padre?
-Ha muerto.
-También, ¿eh?.. Era el último de su generación, ¿verdad? Y usted...
-Yo soy el último de la mía.
-Los Phillips, en tiempos, fueron grandes y poderosos por esta parte. Una familia muy antigua... Pero usted lo sabe mejor que yo.
Le dije que no. Venía del interior, y sabía muy poca cosa de mis antepasados.
-¿Es posible?
Me miró un instante casi con incredulidad.
Bueno, los Phillips son tan antiguos como los Marsh. Las dos familias formaban una sociedad hace muchos años. Comerciaban con China. Los fletes salían de aquí y de Boston con destino a Oriente: Japón, China, las islas... y de allí traían... -aquí se detuvo; su rostro palideció ligeramente, y luego se encogió de hombros- muchas cosas, ¡muchas! -me miró perplejo-. Se va a quedar por aquí, ¿verdad?
Le contesté que había heredado la residencia de mi tío, y que había tomado posesión de ella. Ahora andaba buscando personal de servicio.
-No encontrará -dijo moviendo la cabeza- La finca está demasiado lejos, y a la gente no le gusta. Si quedara alguno de los Phillips... -abrió los brazos con desaliento-. Pero casi todos murieron el año veintiocho, cuando el fuego y las explosiones. Sin embargo, quizá pueda encontrar a alguno de los Marsh que le eche una mano. No todos murieron aquella noche.
Esta referencia vaga y confusa no me inquietó entonces lo más mínimo. Lo único que me preocupaba era encontrar a alguien que me ayudara en los avíos de la casa.
-Marsh -repetí-. ¿Podría darme el nombre y la dirección de uno de ellos?
-Conozco a una -dijo pensativamente, y sonrió a continuación como para sus adentros.
Así conocí a Ada Marsh.
Tenía veinticinco años, pero había días en que parecía mucho más joven, y otros, mucho más vieja. Fui a la casa, la encontré, y le pedí que viniera a trabajar para mí. Resultó que tenía automóvil -un Ford viejísimo de modelo T- y que podía ir y volver; además, la perspectiva de trabajar en lo que llamaba ella el «refugio de Sylvan», pareció atraerla. En verdad, se mostró casi ansiosa por entrar a mi servicio, y me prometió que iría a casa aquel mismo día, si me hacía falta. No era una muchacha atractiva, pero, igual que en mi tío, encontré en ella un encanto que residía en aquello que precisamente habría disgustado a otros. Para mí, aquella boca inmensa de labios aplastados tenía cierta gracia, y sus ojos, innegablemente fríos, me parecían muy cálidos en ciertos momentos.
Vino a la mañana siguiente. Al verla andar por la casa, comprendí que ya había estado antes en ella.
-No es la primera vez que viene usted por aquí, ¿verdad? -dije.
-Los Marsh y los Phillips son viejos amigos -dijo, y me miró como si yo tuviera la obligación de saberlo. Y en aquel momento, me invadió la sensación de que yo sabía que así era, en efecto.
-Muy, muy viejos amigos, señor Phillips. Tan viejos como la tierra misma, tan viejos como el portador del agua, y como el agua.
También ella era extraña. Me enteré de que había estado más de una vez en la casa como invitada del tío Sylvan. Ahora había accedido a venir a trabajar para mí, sin vacilar, y con una singular sonrisa en los labios -«tan viejos como el portador del agua, y como el agua»-, que me hizo pensar en el dibujo que tanto se repetía a nuestro alrededor. Pensándolo bien, creo que ésta fue la primera vez que se me ocurrió esta asociación, y experimenté una vaga sensación de inquietud.
-¿Ha oído, señor Phillips? -preguntó entonces.
-¿El qué?
-Si lo hubiera oído, no necesitaría que se lo dijera.
Pero su verdadero propósito no era trabajar para mí. Lo que ella quería era tener acceso a la casa. Lo descubrí un día que salí a buscar unos documentos, y la encontré entregada, no a su trabajo, sino a un registro minucioso y sistemático de la gran habitación central. La estuve observando un rato: cogía los libros y los hojeaba, separaba cuidadosamente los cuadros de las paredes, levantaba las esculturas de las estanterías... En una palabra, registraba en todas partes donde pudiese haber algo escondido. Volví a salir, di un portazo, y cuando entré de nuevo en el estudio, la vi dedicada a quitar el polvo, como si nunca hubiera hecho otra cosa.
Mi primer impulso fue decírselo, pero pensé que sería mejor callar. Si buscaba algo, quizá lo encontrara yo antes que ella. Así que no le dije nada, y, cuando se fue aquella noche, empecé a registrar por donde ella lo había dejado. No sabía lo que buscaba, pero sí su tamaño, sobre poco más o menos, a juzgar por los sitios donde la había visto mirar. Debía de ser algo delgado, pequeño, no más grande que un libro.
-¿Sería un libro precisamente? Aquella noche me repetí cientos de veces esa misma pregunta.
Como es natural, no encontré nada, a pesar de que estuve buscando hasta medianoche. Lo dejé estar, rendido de cansancio, pero satisfecho: había registrado mucho más de lo que Ada registraría a la mañana siguiente. Me senté a descansar en una de las mullidas butacas alineadas junto a la pared, en aquella misma estancia, y entonces sufrí mi primera alucinación. La llamo así a falta de otra palabra mejor y más precisa. Me había quedado algo adormilado, cuando oí un ruido semejante a la apagada respiración de una bestia de grandes proporciones. Al instante se me quitó toda somnolencia, persuadido de que la casa misma, el peñasco entre el cual se asentaba, y la mar que bañaba las rocas al pie del acantilado, respiraban al unísono como las diferentes partes de un enorme ser vivo. Tuve entonces la misma impresión que he tenido otras veces al contemplar los cuadros de ciertos pintores contemporáneos -en especial los de Dale Nichols- que representan la tierra y sus relieves como si fueran partes de un hombre o una mujer dormidos. Entonces me dio la impresión, digo, de que me hallaba en el pecho, o en el vientre, o en la frente de un ser tan grande que me era imposible percibirlo en su inmensidad.
No recuerdo lo que duró esta impresión. Pensé en la pregunta de Ada Marsh: «¿Ha oído?» ¿Era a esto a lo que se refería? No me cabía duda de que la casa, y el peñasco que se servía de base, estaban tan vivos e inquietos como aquella mar que dejaba correr sus ondas hacia el horizonte de Oriente. Continué sentado, bajo el influjo de dicha ilusión, durante largo rato. ¿Temblaba la casa como si efectivamente respirara? Estaba convencido de que sí. De momento lo atribuí a algunas grietas de su estructura, y pensé que seguramente estos temblores y ruidos tendrían algo que ver con la aversión de aquellas gentes hacia este lugar.
Al tercer día abordé a Ada Marsh en pleno registro.
-¿Qué busca usted, Ada? -pregunté.
Ella me miró con sumo candor. Debió comprender que ya la había visto registrar anteriormente.
-Su tío investigaba algo, y yo he creído que a lo mejor había descubierto lo que buscaba. A mí también me interesa. Y quizá a usted. Usted es como nosotros, es uno de los nuestros... como los Marsh y los Phillips de antes.
-¿Y qué es lo que busca?
-Puede ser un cuaderno de notas, un diario, unos papeles... -encogió los hombros-. Su tío me dijo muy poca cosa, pero yo lo sé. Se iba muy a menudo, y a veces estaba ausente durante largas temporadas. ¿Adónde? Tal vez había alcanzado su objetivo, porque jamás se iba por carretera.
-Tal vez pueda descubrirlo yo.
Negó con la cabeza.
-Usted no tiene idea. Usted es como... como un forastero.
-¿Pero me podría usted explicar algo?
-No. Nadie se atrevería a hablar de eso a una persona demasiado joven para comprender. No, señor Phillips, no le diré nada. No está usted preparado.
Aquello me hirió. Me sentí ofendido. Sin embargo, no quise despedirla. Su actitud era como de desafío.


II

Dos días más tarde, di con lo que buscaba Ada.
Los papeles de mi tío Sylvan estaban ocultos en un lugar donde Ada había mirado al principio: detrás de un estante de libros raros. Pero se hallaban guardados en un cajoncito secreto que abrí por pura casualidad. Allí encontré un diario, muchos recortes y varias hojas de papel cubiertas con la letra menuda de mi tío. Inmediatamente lo llevé todo a mi habitación y lo guardé, como si temiera que, a esas horas de la noche, pudiera venir Ada Marsh a arrebatármelos. Cosa absurda, porque no sólo no le tenía miedo, sino que me sentía atraído hacia ella, muchísimo más de lo que podía haberme imaginado la primera vez que la vi.
Incuestionablemente, el descubrimiento de los papeles supuso un giro radical en mi existencia. Digamos que mis primeros veintidós años habían transcurrido, monótonos, como en un compás de espera, y que los primeros días de mi estancia en la residencia de tío Sylvan habían constituido como una fase de latencia, previa a mi acceso a un nuevo plano biológico. Mi mutación se desencadenó, sin duda, con el descubrimiento -y la lectura, evidentemente- de los papeles.
Pero del primer párrafo donde se posaron mis ojos, no entendí ni una palabra:
«Plataforma cont. sub. Extremo Norte Inns. extendiéndose curv. hasta aprox. Singapur. ¿Origen: Ponapé? A. supone R. en Pacífico, cerca Ponapé; E. sostiene que R. está cerca de Inns. Princ. autores lo suponen en las profundidades. ¿Podría ocupar R. totalmente la Plataforma Cont. de Inns. a Singapur?»
Este era el primer párrafo. El segundo, era aún más desconcertante:
«C..., que aguarda soñando en R., es todo en todo y en todas partes. El está en R. (en Inns. y Ponapé), entre las islas y en lo más hondo. Los Profundos: ¿dónde tuvieron Obad. y Cyrus el primer contacto? ¿En .Ponapé o en una de las islas menores? ¿Y cómo? ¿En tierra, o bajo las aguas?
Pero en el tesoro que acababa de encontrar, no había sólo notas de mi tío. Había también otros documentos con revelaciones aún más turbadoras, como por ejemplo, una carta del Rev. Jabez Lovell Phillips dirigida, hacía más de un siglo, a una persona que no nombraba. Decía así:
«Cierto día de agosto de 1797, el Cap. Obadiah Marsh, acompañado de su Primer Piloto Cyrus Alcott Phillips, comunicó que su barco, el Cory, había naufragado con toda su tripulación en las Marquesas. El Capitán y el Primer Piloto arribaron al puerto de Innsmouth en un bote de remos sin muestra alguna de sufrimiento ni fatiga, no obstante haber recorrido una distancia de varios miles de kilómetros en una embarcación prácticamente incapaz de realizar esa proeza. A partir de entonces, comenzó en Innsmouth una serie de sucesos que convirtieron al pueblo en un lugar maldito, en el curso de una generación. Surgió una raza extraña entre los Marsh y los Phillips, y cayó una maldición sobre sus descendencias. No se sabe de dónde salieron las mujeres que el Capitán y el Primer Piloto tomaron por esposas, pero dieron a luz una camada de seres endemoniados y prolíficos que nadie pudo contener, y contra la cual no me han valido mis plegarias al Señor.
»¿Qué son esas bestias que salen de las aguas a retozar, en las altas horas de la noche? Algunos decían que eran sirenas, pero creer eso es necedad. ¿Qué habían de ser, sino las hordas malditas, engendradas por Marsh y por Phillips ?»...
No continué leyendo. Este lenguaje me llenaba de inquietud.
Volví a coger el diario de mi tío, y busqué la última anotación:
«R. está donde yo me figuraba. La próxima vez veré al propio C., aletargado en las profundidades, en espera del día de su resurgimiento.»
Pero no hubo próxima vez para tío Sylvan, sino la muerte. Antes de esta última anotación había muchísimas más. Evidentemente, mi tío se había ocupado de cuestiones que estaban fuera de mis alcances. Hablaba de Cthulhu y R'lyeh, de Hastur y Lloigor, de Shub-Niggurath y Yog-Sothoth, de la Meseta de Leng, de los Fragmentos de Sussex, del Necronomicon, de la Galería de Marsh, del Abominable Hombre de las Nieves... Pero de lo que hablaba con más frecuencia, era de R'lyeh, del Gran Cthulhu -el «R.» y el «C.» de sus papeles- y de la búsqueda que él había llevado a cabo, la cual, como bien se deducía de sus escritos, tenía por objeto descubrir los refugios de esos seres o los seres que se refugiaban en esos refugios, que yo apenas si lograba distinguir los unos de los otros, según la forma con que él anotaba sus ideas. Desde luego, sus notas estaban redactadas para su uso personal, de forma que sólo él las entendería. Yo no tenía ningún marco de referencia al que poder recurrir.
Entre los documentos encontré también un mapa trazado con tosquedad por alguna mano más antigua que la de mi tío Sylvan, a juzgar por lo viejo y arrugado del papel. Este mapa me fascinaba, a pesar de no tener idea exacta de su importancia ni utilidad. Era una representación desmañada del mundo, pero no del mundo que conocía yo, no del mundo de los atlas geográficos, sino más bien de un mundo que sólo había existido en la imaginación de quien lo había trazado. En el corazón de Asia, por ejemplo, el artista había situado la «Mes. Leng»», y al norte de ésta, en el lugar que correspondía a Mongolia estaba «Kadath, en el Desierto de Hielo», zona que era definida como un «continuo tempo-espacial coextensivo». En el mar de Polinesia estaba indicada la «Galería Marsh», que sería (supuse yo) una grieta en el fondo del océano. También estaba señalado el Arrecife del Diablo, a cierta distancia de Innsmouth, así como Ponapé. Estos últimos puntos eran perfectamente reconocibles, pero los demás nombres geográficos de aquel mapa fabuloso eran absolutamente desconocidos para mí.
Escondí mi botín en un lugar donde a Ada Marsh no se le ocurriría buscarlo, y regresé, pese a lo tarde que era ya, a la habitación central. Allí, como movido por un instinto, busqué sin vacilar en el estante tras el cual había descubierto los papeles. En él estaban algunos de los libros que mencionaba tío Sylvan en sus notas: los Fragmentos de Sussex, los Manuscritos Pnakóticos, los Cultes des Goules del conde d'Erlette, el Libro de Eibon, los Unaussprechlichen Kulten de Von Junzt, y muchos otros. Pero, ¡lástima!, la mayoría estaban en latín o en griego, lenguas que apenas dominaba yo, aun cuando, mal que peor, pudiera defenderme en francés o alemán. No obstante, descifré lo bastante de ésos como para sentir miedo de verdad, para sentir terror y, a la vez, una excitación no exenta de cierta euforia, como si mi tío Sylvan me hubiese legado, no sólo la casa y sus propiedades, sino también sus investigaciones, y una ciencia que ya era vieja millones de años antes de aparecer el hombre.
Aquella noche estuve leyendo hasta que el sol del nuevo día entró en la estancia haciendo palidecer las luces de las lámparas. Y así fue cómo supe de los Primigenios, que fueron los primeros en dominar los universos y de los Dioses Arquetípicos, que derrotaron a los rebeldes Primordiales. Entre estos Primordiales se contaban: el Gran Cthulhu, morador de las aguas; Hastur, que dormía en el Lago de Hali, en las Híadas; Yog-Sothoth, que es Todo-en-lo-Uno y Uno-en-el-Todo; Ithaqua, El Que Camina Sobre El Viento; Lloigor, El Que Pisa Las Estrellas; Cthugha, que habita en el fuego; el Gran Azathoth... y todos habían sido vencidos y expulsados a los espacios exteriores, donde esperarían el día remoto en que, con ayuda de sus seguidores, podrían alzarse para vencer a las razas humanas y someter a Los Dioses Arquetípicos. Y me enteré también del nombre de sus esbirros: Los Profundos, que poblaban los mares y las regiones acuáticas de la Tierra; los Dhols; el Abominable Hombre de las Nieves, habitante del Tíbet y la oculta Meseta de Leng; los Shantaks, que huyeron de Kadath, en el Desierto de Hielo, por mandato de El Que Camina Sobre El Viento, llamado Wendigo, pariente de Ithaqua. Y me enteré, también, de su rivalidad, una y múltiple a la vez. Todo eso leí, y más, bastante más, entre otras cosas, una colección de recortes de periódicos sobre sucesos misteriosos que tío Sylvan aducía como pruebas de la verdad de sus creencias. Por otra parte, en las páginas de los libros me tropecé, también, con la curiosa sentencia que adornaba las decoraciones de la casa de mi tío: Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn. En más de uno de aquellos relatos, estaba traducida así: «En su morada de R'lyeh, Cthulhu muerto, sueña.»
Y las exploraciones de mi tío no tenían otro objeto, sin duda, que el de encontrar ¡el refugio subacuático de Cthulhu!
A la fría luz de la madrugada me esforcé por criticar mis propias conclusiones. ¿Acaso creía mi tío Sylvan en semejante maraña de fábulas? ¿O tal vez sus pesquisas no eran más que un modo de combatir su aburrimiento de hombre solitario? La biblioteca de mi tío era inmensa, abarcaba toda la literatura universal. Sin embargo, una sección de estanterías estaba dedicada exclusivamente a libros de temas esotéricos, a libros sobre creencias extrañas y hechos más extraños aún, inexplicables a la luz de la ciencia, a libros sobre religiones herméticas, casi desconocidas. Tenía, además, una abundante cantidad de álbumes con artículos recortados de periódicos y revistas, cuya lectura me produjo, a la vez, una sensación de miedo y una chispa de irresistible regocijo. En efecto, estos hechos, relatados de manera prosaica, constituían una prueba singularmente convincente a favor de los mitos en que creía mi tío.
De todos modos, aquella mitología no constituía ninguna novedad. Todas las creencias religiosas, todos los mitos, cualquiera que sea la cultura a que pertenecen, poseen una cierta analogía en sus fundamentos. Siempre giran en torno a la lucha entre las fuerzas del Bien y las fuerzas del Mal. Este tema también formaba parte de las teorías de mi tío. Los Primigenios y los Dioses Arquetípicos -que, según lo que pude colegir, venían a ser lo mismo- representaban el Bien original. Los Primordiales representaban el Mal. Como sucede en muchas religiones, apenas se nombraba a los dioses benefactores, en este caso, a los Dioses Arquetípicos. En cambio, se citaba continuamente a los Primordiales, que aún eran adorados y servidos por multitud de seguidores esparcidos por toda la Tierra y los espacios interplanetarios. Los Primordiales no sólo combatían a los Dioses Arquetípicos, sino que luchaban también entre sí, en un empeño supremo por la dominación final. Eran, en suma, representaciones de las fuerzas elementales, y cada uno correspondía a un elemento: Cthulhu, al agua; Cthugha, al fuego; Ithaqua, al aire; Hastur, a los espacios siderales. Otros, representaban las grandes fuerzas primitivas: Shub-Niggurath, Mensajera de los Dioses, la fertilidad; Yog-Sothoth, el continuo tempo-espacial; Azathoth, en cierto modo, el principio del mal.
¿No resultaba, en definitiva, una mitología muy semejante a las demás? Los Dioses Arquetípicos pudieron convertirse, andando el tiempo, en la Trinidad de las religiones judeocristianas; los Primordiales, para la mayoría de los creyentes, se transformaron después en Satán y Belcebú, Mefistófeles y Azrael. Lo único que me inquietaba, era que existiesen a un tiempo los originales y sus copias. Pero tampoco esto tenía demasiada importancia, porque ya se sabe que en la historia de la humanidad se superponen continuamente distintos eslabones evolutivos de una misma creencia.
Más aún: había ciertos datos que permitían suponer que los mitos de Cthulhu eran muy anteriores no sólo al cristianismo, sino incluso a las creencias de la antigua China y de los albores de la humanidad, habiendo logrado sobrevivir en determinadas regiones de la Tierra: entre los Tcho-Tcho del Tíbet y los yeti de las altas mesetas de Asia, así como entre ciertos seres extraños que habitaban en la mar, conocidos como los Profundos, híbridos anfibios, nacidos de antiguos apareamientos entre humanoides y batracios, o producto quizá de ciertas mutaciones aparecidas en el curso de la evolución humana. Tales mitos habían sobrevivido igualmente, de manera reconocible, en determinados símbolos religiosos muy posteriores: en Quetzalcoatl y otros Dioses aztecas, mayas e incas; en los ídolos de la Isla de Pascua, en las máscaras ceremoniales de los polinesios y los indios americanos de la costa noroccidental, donde aún persistían, como motivos ornamentales, formas tentaculares y octópodas, análogas a la que simbolizaba a Cthulhu. En resumen, podía decirse con seguridad que los mitos de Cthulhu eran antiquísimos.
Aun adscribiéndolos al reino de la pura teoría, me sentí abrumado por la tremenda cantidad de artículos que había recogido mi tío. Las prosaicas reseñas periodísticas contribuyeron no poco a hacerme dudar de mi escepticismo, por su tono aséptico y puramente informativo. Tales artículos, además, no procedían de la prensa sensacionalista, sino de revistas serias como el National Geographic. Total, que me quedé hecho un mar de confusiones.
¿Qué pudo haberle pasado a Johansen* , con su barco Emma, sino lo que él mismo declaró? ¿Acaso cabía otra explicación?
¿Y por qué el gobierno americano envió destructores y submarinos para machacar con cargas de profundidad los alrededores del Arrecife del Diablo, frente al puerto de Innsmouth?** ¿Y por qué la policía detuvo a tantos vecinos de Innsmouth, a quienes no se volvió a ver nunca más? ¿Y el incendio que se declaró por toda la comarca costera, acabando con muchos otros? ¿Cómo explicar todo esto, si no era cierto que se habían descubierto extraños ritos entre gentes de Innsmouth que mantenían relaciones diabólicas con ciertos seres que habitaban en la mar, a los cuales se les veía en el Arrecife del Diablo, durante la noche?
¿Y que le sucedió a Wilmarth* en la montañosa comarca de Vermont cuando, en el curso de sus investigaciones acerca de los cultos a los Arcaicos, se acercó demasiado a la verdad? ¿y qué fue de todos los escritores que habían tomado el asunto como pura ficción -Lovecraft, Howard, Barlow-, o lo habían enfocado de forma científica -como Fort-, cuando se hallaban a punto de desvelar el misterio? Murieron. Murieron, o desaparecieron como Wilmarth. Y casi todos de muerte prematura, cuando todavía eran jóvenes. Mi tío tenía sus obras, aunque de todos ellos, sólo Lovecraft y Fort las habían publicado en forma de libro. Los leí, y lo que decían me inquietó aún más, porque me pareció que las fantasías de H. P. Lovecraft se hallaban tan cerca de la verdad como los hechos -tan inexplicables para la ciencia- recogidos por Charles Fort. Aunque los relatos de Lovecraft fueran fantasías, se ceñían a los hechos -aun rechazando los recopilados por Fort- que subyacen bajo las creencias del género humano. En sí mismos, estos relatos eran cuasi míticos, como el destino final de su autor, cuya muerte prematura llegó a suscitar infinidad de leyendas que dificultaban aún más la tarea de esclarecer la verdad desnuda. Pero había llegado el momento, para mí, de ahondar en los secretos contenidos en los libros de mi tío, y de bucear en sus anotaciones y colecciones de artículos. Una cosa estaba clara: mi tío había creído en ello hasta el punto de emprender la búsqueda del reino sumergido -o de la ciudad sumergida- de R'lyeh. Yo no sabía si era reino ni ciudad, o si rodeaba la tierra desde la costa atlántica de Massachusetts hasta las Islas del Pacífico; pero sí sabía que era allí, donde había sido desterrado Cthulhu, muerto, y sin embargo, no muerto: «¡Cthulhu muerto, sueña!», decía más de un relato... en espera de que llegue el momento de rebelarse nuevamente contra el poderío de los Dioses Arquetípicos e imponer su dominio en el universo entero. Pues, ¿acaso no es cierto que, si triunfa el mal, se convierte en ley de vida, y entonces es justo combatir el bien? ¿Acaso no es la mayoría la que impone la norma, y que en ella no cabe lo anormal o, como dice la humanidad, el mal, lo abominable?
Mi tío había buscado R'lyeh, y había descrito sus investigaciones de manera sobrecogedora. Había descendido a las profundidades del Atlántico, desde esta casa suya que se asoma a la costa, hasta el Arrecife del Diablo y aún más allá. Pero no decía qué medios había empleado. ¿Había utilizado un equipo de buzo? ¿Acaso una batisfera? Por la casa no descubrí el menor rastro de aparatos de sumersión. Sus largas ausencias, por otra parte, se debían a estas exploraciones. Y con todo, no citaba en absoluto sus aparatos, ni éstos habían aparecido entre sus bienes.
Si R'lyeh era el objeto de los afanes de mi tío, ¿qué pretendía Ada Marsh? Tenía que averiguarlo. Para ello, dejé al día siguiente algunas notas de mi tío sobre la mesa de la biblioteca. Me las arreglé para poder vigilarla en el momento en que las descubriera. Su reacción no dejó lugar a dudas: lo que ella buscaba era lo que yo había encontrado. Ada Marsh conocía la existencia de esos papeles. Pero, ¿cómo?
Entré. Antes de que pudiera abrir la boca, me abordó.
-¡Los ha descubierto! -exclamó.
-¿Cómo sabía usted que existían?
-Porque conocía sus trabajos.
-¿Su búsqueda?
Afirmó con la cabeza.
-No es posible que crea usted en esas cosas -protesté yo.
-¡Cuidado que es usted estúpido! -exclamó coléricamente-. ¿No le dijeron nada sus padres? ¿Ni su abuelo? ¿Cómo ha podido vivir en la ignorancia?
Se acercó a mí y me arrojó los papeles.
-¡Déjeme ver los demás!
Hice un signo negativo.
-¡Por favor! A usted no le son de utilidad -insistió.
-Eso ya lo veremos.
-Dígame entonces si él había... si había iniciado sus exploraciones.
-Sí. Pero no sé cómo. No hay ni rastro de escafandra ni de bote.
Al oír estas palabras me lanzó un mirada desafiante, y a la vez, de desprecio y de lástima.
-¡Ni siquiera ha leído usted todos sus papeles! ¡No ha leído los libros tampoco!... ¡Nada! ¿Sabe lo que tiene a sus pies?
-¿La alfombra? -pregunté perplejo.
-No, no... el dibujo. Está en todas partes. ¿No sabe usted por qué? ¡Porque es el gran sello de R'lyeh! Lo descubrió hace años, y tuvo el orgullo de ponerlo en su propia casa, como blasón! ¡Está usted encima de lo que busca! Busque usted un poco más, y encontrará su anillo.


III

Después de marcharse Ada Marsh, volví a los escritos de mi tío. No los dejé hasta mucho después de medianoche, cuando los hube leído casi todos, algunos de ellos con especial atención. Me resultaba difícil creer aquello, a pesar de que mi tío no sólo lo había escrito íntimamente convencido de su veracidad, sino que además parecía haber tomado parte en algunos de los hechos que describía. Desde temprana edad se había dedicado a la busca del reino sumergido, y había profesado una abierta devoción a Cthulhu; lo más escalofriante era que en sus anotaciones figuraban veladas alusiones a ciertos encuentros, que unas veces tuvieron lugar en las profundidades del océano, y otras, en las calles de Arkham, ciudad envuelta en misteriosas leyendas, cuyos tejados y buhardillas se alzan tierra adentro, a orillas del río Miskatonic, ya cerca de Innsmouth y Dunwich. Al parecer, los ciudadanos de Arkham, que según algunos no eran enteramente humanos, creían lo mismo que mi tío y, como él, se habían vinculado a ese mito que resucitaba de un pasado remoto.
Y no obstante, pese a mi escepticismo, yo sentía también una sombra de credulidad irreprimible. Mi razón vacilaba entre las extrañas insinuaciones de sus notas, ante aquellos apuntes llenos de abreviaturas y elipsis, que sólo él podía entender con claridad, y que no detallaba por tratarse de temas para él de sobra conocidos. Así, aludía a las bodas profanas de Obadiah Marsh y «otros tres» (¿quizá algún Phillips entre ellos?), al descubrimiento de unas fotografías de algunas mujeres de la familia Marsh: la viuda de Obadiah -de rostro singularmente aplastado, piel excesivamente morena, boca enorme y labios finos-, y sus hijas, que casi todas habían salido a la madre... También me llenaban de inquietud las extrañas alusiones a la forma en que caminaban, como a saltos, «los descendientes de aquellos que se salvaron del naufragio del Cory», como decía textualmente tío Sylvan. No había posibilidad de equivocarse respecto al significado de sus notas: Obadiah Marsh se había casado en Ponapé con una mujer que no era polinesia, aunque vivía allí, y que pertenecía a una raza marina semihumana; sus hijos, y los hijos de sus hijos, nacieron con el estigma de ese matrimonio, lo que más tarde tuvo como consecuencia la hecatombe de 1928, en la que perdieron la vida tantísimos miembros de las viejas familias de Innsmouth. Aunque mi tío refería de pasada estos detalles, detrás de sus palabras palpitaba el horror y aún resonaba el eco del desastre.
En efecto, las personas que mencionaba en sus escritos estaban siempre aliadas a los Profundos, y eran, como éstos, criaturas anfibias. No decía si esa mancha hereditaria se había extendido mucho o poco, ni especificaba qué tipo de relación había entre él y esas criaturas. Ni el capitán Obadiah Marsh, ni Cyrus Phillips, ni tampoco los otros dos tripulantes que se habían quedado en Ponapé, poseían los rasgos típicos de sus mujeres y sus hijos. Pero era imposible averiguar si el estigma se mantenía después de la primera generación. ¿Se refirió a eso Ada Marsh, cuando me dijo: «¡Usted es de los nuestros!»? ¿O aludía a un secreto más sombrío todavía? Probablemente, la aversión que sentía mi abuelo a la mar era debida a que conocía las hazañas de su padre. Al menos él, había conseguido eludir su tenebroso destino hereditario.
Pero los escritos de mi tío eran, por una parte, demasiado vagos para poder sacar una idea coherente de todo el asunto, y por otra, demasiado ingenuos para convencer plenamente. Lo que más me inquietó desde el primer momento, fueron sus repetidas alusiones a que su casa era un «abrigo»», un «punto» de contacto, un «acceso a lo que está debajo». En sus primeras anotaciones encontró también frecuentes consideraciones sobre la «respiración» de la casa y de la punta rocosa sobre la cual se elevaba, pero más adelante no volvió a hacer ninguna otra referencia a estas cuestiones. Sus notas eran oscuras y difíciles, tremendas y maravillosas. Me llenaban de terror y, a la vez, de una colérica incredulidad mezclada, contradictoriamente, a un vivo deseo de creer y de saber.
Indagué por todas partes, pero sin resultado. La gente de Innsmouth era recelosa. Algunas personas me esquivaban declaradamente. Otras, cambiaban de acera al verme venir; en el barrio italiano, se santiguaban de manera descarada, como si vieran al diablo. Nadie quiso darme información alguna. Tampoco pude hacer uso de libros y crónicas locales en la biblioteca pública porque, según me dijo el bibliotecario, habían sido confiscados en su mayoría por el Gobierno a raíz del incendio y las explosiones de 1928. Busqué en otras partes. En Arkham y Dunwich conocí secretos aún más sombríos; en la gran biblioteca de la Universidad del Miskatonic descubrí, por fin, la fuente y origen de todos los libros de saber oculto: el casi mítico Necronomicon, del árabe loco Abdul Alhazred, libro que sólo me fue permitido manejar bajo la estrecha vigilancia de un auxiliar bibliotecario.
Unas dos semanas después de haber descubierto los papeles de mi tío encontré la sortija. La encontré donde menos habría imaginado, y, sin embargo, era un sitio bien lógico: en un paquete de objetos personales remitido por la empresa de pompas fúnebres, que estaba guardado en un cajón del escritorio. El anillo era de plata maciza, y tenía montada una piedra de color lechoso que parecía una perla -aunque no lo era-, y en su superficie llevaba grabado el sello de R'lyeh.
La examiné atentamente. A primera vista no tenía nada de extraordinario, salvo su tamaño. Sin embargo, el hecho de llevarla puesta traía consigo efectos inimaginables: apenas me la hube colocado en un dedo, cuando sentí como si ante mí se abrieran dimensiones nuevas, o como si los horizontes habituales retrocediesen ilimitadamente. Todos mis sentidos se aguzaron. Lo primero que noté a este respecto, fue el susurro de la casa y el peñasco, acompasado ahora al blando movimiento de la mar. Era como si la casa y la roca se elevaran y descendieran con las olas. Incluso me parecía oír el rítmico vaivén del agua bajo el mismo edificio.
Al mismo tiempo, y tal vez esto tenía mayor importancia, cobré conciencia de un luminoso despertar psíquico. Gracias a la sortija, percibí la opresiva existencia de unas fuerzas invisibles incalculablemente poderosas, que tenían la casa de mi tío como punto focal. En una palabra, notaba como si yo atrajese las inmensas fuerzas elementales que me rodeaban, como si se precipitasen sobre mí hasta convertirse en una isla azotada por una mar embravecida, batida por un torbellino de huracanes. Me sentí desgarrado, próximo a la desintegración, hasta que, por último, y casi con alivio, oí el sonido de un voz horrible, animal, que se elevaba en un ulular espantoso. No provenía de la mar ni del cielo, sino de las profundidades de la tierra: ¡de debajo de la casa!
Me arranqué la sortija del dedo y, en el acto, todo se calmó. La casa y el peñasco volvieron a su quietud y soledad. Los vientos y las aguas que habían estremecido el mundo se apaciguaron, y se extinguió todo rumor. La voz se acalló, restableciéndose el silencio. Mi vivencia extrasensorial había terminado, y nuevamente pareció como si las cosas recobraran su primitiva actitud de espera. La sortija de mi tío era, pues, un talismán, clave de su sabiduría y acceso a otras regiones del ser.
Gracias a la sortija descubrí el camino que había seguido mi tío para llegar a la mar. Yo llevaba mucho tiempo buscando un sendero que bajase hasta la playa, pero no descubrí ninguno que mostrara señales de uso constante. Sin embargo, había algunos caminos que descendían por el declive acantilado; en determinados puntos, habían excavado unos peldaños, de forma que se pudiera llegar hasta el borde del agua desde la casa misma, situada en lo alto del promontorio. Pero no había sitio para varar una embarcación, y el agua allí era profunda. En aquel paraje me bañé varias veces, con una sensación de goce casi irracional, tan grande era el placer que me daba el nadar. Pero había muchas rocas, y la playa quedaba demasiado lejos del promontorio para cubrir la distancia a nado, a menos que se tratara de un buen nadador como -para asombro mío- comprobé que era yo.
Tenía intención de preguntar a Ada Marsh acerca de la sortija. Fue por ella por quien supe de su existencia; pero desde el día en que me negué a cederle los papeles de mi tío, no había vuelto a aparecer por la casa. Lo cierto es que a veces la había sorprendido merodeando por los alrededores, o había descubierto su coche estacionado junto a una carretera que pasaba relativamente cerca de mi finca, tierra adentro. Un día fui a Innsmouth a buscarla, pero no estaba en su casa. Al preguntar por ella, la mayoría de la gente me manifestó abierta hostilidad y recelo; en cambio, hubo quienes me dirigían curiosas miradas, tímidas, aunque llenas de un significado que yo no supe interpretar. Cuando me miraban así, sistemáticamente se trataba de unos tipos mal vestidos y andar bamboleante que vivían en el barrio marinero.
De modo que no fue Ada Marsh quien me ayudó a encontrar el camino que llevaba a mi tío hasta la mar. Un día me puse la sortija y, atraído por el agua, decidí bajar hasta la orilla, cuando me di cuenta al cruzar la gran habitación central de que me era virtualmente imposible salir de ella; era como si todo el salón tirase del anillo. Dejé de debatirme al notar que empezaba a manifestarse una gran fuerza psíquica, y me quedé inmóvil, en espera de que ésta me guiara. Así, pues, cuando me sentí impulsado hacia cierta figura labrada en madera, singularmente repulsiva, que representaba un híbrido espantoso de batracio y se hallaba fija en un pedestal adosado a una de las paredes del salón, cedí al influjo, me acerqué, la agarré, empujé y tiré de ella, y finalmente traté de hacerla girar a derecha e izquierda. Al moverla hacia la izquierda, cedió.
Inmediatamente se oyó un crujido de cadenas, un rechinar de mecanismos, y toda la sección del suelo que estaba cubierta por la alfombra con el sello de R'lyeh, se levantó como una trampa enorme. Me acerqué asombrado. El pulso me latía aceleradamente por la excitación. Me asomé al pozo y vi una gran profundidad, oscura y bostezante, por la que descendían en espiral unos peldaños labrados en la sólida roca sobre la cual se asentaba la casa. ¿Conducían hasta el agua? Cogí al azar un tomo de las obras de Dumas, y lo dejé caer. Escuché atento unos momentos, hasta que se oyó un chapuzón distante.
Entonces, con mucha prudencia, bajé por la interminable escalera, sintiendo cada vez más fuerte el olor a mar. ¡No era extraño que se sintiera la mar dentro de casa! Continué mi descenso. El ambiente se hizo frío y húmedo, hasta que finalmente noté que las paredes y los escalones estaban mojados, y oí el incesante movimiento del agua, el chapoteo de la mar que entraba en la roca por alguna grieta. Por último, llegué al final de la escalera y vi que me encontraba en el borde mismo del agua, en una caverna tan grande que en ella habría cabido la misma casa. Efectivamente, éste, y no otro, era el camino que mi tío había empleado hasta la mar. Pero entonces me quedé más desconcertado que nunca: aquí tampoco había rastro alguno de bote ni equipo de buceo, sino huellas de pies únicamente... A la luz de las cerillas, aún descubrí algo más: unas señales largas, unos rastros espumajosos, como si algún ser monstruoso hubiese descansado en el piso de la caverna. Me hicieron pensar con la carne de gallina, en las estatuillas y bajorrelieves de Polinesia, del gran salón central, coleccionados por tío Sylvan y otras personas de mi familia.
No sé el tiempo que permanecí en ese lugar. Allí, al borde del agua, con el sello de R'lyeh en mi dedo, percibí en la profundidad de las aguas un rebullir de vida que provenía no de la misma caverna, sino del exterior, o sea de la mar abierta, lo que me hizo pensar en la existencia de alguna comunicación. Esta comunicación estaría bajo la superficie ya que, como pude comprobar a la luz de las cerillas, las paredes de la caverna eran de sólida roca sin grietas ni hendiduras. Por consiguiente, tenía que haber una comunicación con la mar y yo debía encontrarla sin demora.
Subí de nuevo las escaleras, cerré la abertura, cogí el coche y salí rápidamente para Boston. Volví ya de noche con una escafandra y una botella de oxígeno, dispuesto a sumergirme al día siguiente. No me quité ya la sortija, y aquella noche soñé con remotas edades de sabiduría, con ciudades que se alzaban en fabulosos rincones de la tierra: la desconocida Antártida, las regiones montañosas del Tíbet, las insondables profundidades de la mar... Soñé que me movía entre moradas de fantástica belleza, junto con otros individuos de mi especie. Teníamos por aliados a unos seres de pesadilla, criaturas cuyo aspecto me habría helado la sangre a la luz del día. En ese mundo nocturno estábamos todos reunidos por una sola razón: servir a los Grandes, de quienes formábamos el séquito. Pasé la noche entera soñando otros mundos, otras manifestaciones de vida, y experimentando sensaciones nuevas e increíbles, ante unos seres provistos de tentáculos que exigían de nosotros obediencia y sumisión religiosa. A la mañana siguiente me desperté agotado y, no obstante, lleno de alborozo, como si hubiera vivido aquellos sueños en la realidad, y me sintiera aún en posesión de un vigor inimaginable, dispuesto a soportar con alegría las duras pruebas que había de pasar.
Pero me encontraba en el umbral de un descubrimiento aún mayor.
Al atardecer del día siguiente me puse la escafandra y las aletas, me coloqué las botellas de oxígeno, y descendí a la caverna. Aun ahora me resulta difícil hablar de lo que me sucedió a continuación sin llenarme de asombro. Me sumergí con mucha precaución en aquellas aguas, busqué el fondo hasta encontrarlo, me orienté hacia el exterior y me adentré por una grieta cuya altura era más del doble que la de una persona. De pronto, llegué a su desembocadura y de allí, sin más, me lancé al vacío y comencé a descender hacia el fondo del océano a través de un mundo gris verdoso de rocas y arena, de vegetación acuática que ondeaba y se retorcía bajo la luz difusa de las profundidades.
Empecé a sentir la presión del agua, y me pregunté si no sería excesivo el peso de las botellas y la escafandra a la hora de subir. Tal vez me viese obligado a buscar una rampa costera que me ayudara a llegar hasta la orilla, y entonces apenas tendría tiempo para realizar mi inspección. A pesar de todo, continué adelante, alejándome de la costa de Innsmouth en dirección Sur.
De repente me di cuenta de algo horrible y es que, aun en contra de mi voluntad, avanzaba como atraído por un influjo. Las botellas no tardarían en agotarse y si me alejaba demasiado de la costa, no podría llenarlas antes de regresar. Sin embargo, me era imposible cambiar el rumbo que llevaba mar adentro. Era como si una fuerza me obligara a seguir avanzando, a alejarme invariablemente de la costa, a bajar la suave pendiente que arrancaba del pie de la punta rocosa de la casa en dirección Sudeste. Continué en esta dirección sin detenerme, a pesar de sentirme cada vez más sobrecogido por el pánico... Era preciso dar media vuelta, tenía que emprender el camino de regreso. Para nadar hasta la boca de la gruta sería necesario un esfuerzo casi sobrehumano. Y ahora que el aire estaba a punto de terminarse, sería casi imposible llegar al pie de la escalera secreta, si no volvía inmediatamente.
Había algo, empero, que no me permitía volver. Seguí avanzando como dominado por una voluntad superior que anulaba la mía propia. No tenía alternativa, había de seguir; cada vez me iba sintiendo más alarmado, y más violentamente me debatía entre lo que deseaba y lo que me sentía obligado a hacer. El oxígeno disminuía por segundos. Varias veces me elevé nadando vigorosamente. Pero a pesar de que no sentía la fatiga de nadar -en efecto, lo hacia casi con milagrosa facilidad-, siempre regresaba al fondo del océano y tomaba nuevamente el mismo rumbo.
En una ocasión me detuve a mirar alrededor. Traté en vano de escudriñar aquellas profundidades. Me dio la impresión de que me seguía un enorme pez verdoso y pálido que me hizo pensar en una sirena porque me pareció verle como una cabellera flotante. Pero poco después se perdió entre las rocas y las tupidas algas de aquel paraje. No me entretuve demasiado. En seguida me sentí forzado a continuar, hasta que por último me di cuenta de que el oxígeno tocaba a su fin. Mi respiración se hizo más trabajosa, luché desesperadamente por nadar hacia la superficie, pero lo único que conseguí fue perder el equilibrio y caer por un tremenda grieta que se abría en el fondo del océano.
Unos segundos antes de perder el conocimiento, vi de nuevo la sombra del gran pez que me seguía. Se lanzó velozmente sobre mí y noté que unas manos manipulaban mi escafandra y mis botellas... No era un pez ni una sirena: ¡Era el cuerpo desnudo de Ada Marsh, con sus largos cabellos ondeantes, que nadaba con la soltura y facilidad de un habitante del océano!


IV

Lo que siguió a esta visión casi de ensueño fue lo más increíble de todo. Casi inconsciente, sentí que Ada Marsh me arrancaba la escafandra y las botellas, y las arrojaba a la grieta. Luego, poco a poco, fui recuperando el conocimiento. Ada Marsh me arrastraba con sus dedos fuertes y robustos, nadando, no hacia la superficie, sino hacia adelante. Y descubrí que yo podía nadar con la misma facilidad que ella, y como ella, abría y cerraba la boca como si respirara a través del agua... ¡y así era, en efecto! Sin sospecharlo, poseía un don ancestral que ponía ahora a mi alcance todas las inmensas maravillas de la mar... ¡podía respirar sin necesidad de salir a la superficie! ¡Era anfibio!
Ada avanzaba delante de mí, y yo la seguía. Yo era veloz, pero ella lo era más. Ya no caminaba pesadamente por el fondo del océano, sino que cruzaba el agua impulsado por unos brazos y unas piernas que estaban hechos para nadar. Sentí el gozo triunfal e incontenible de moverme libremente en el agua, hacia una meta que vislumbraba vagamente. Ada me señalaba el camino, yo la seguía de cerca, mientras allá arriba, en el mundo de los hombres, el sol se hundía en el ocaso, moría el día, se apagaba el resplandor del horizonte, y la luna, como una hoz, encendía la última luminaria de la tarde.
A esa hora subimos a la superficie, a lo largo de una pared rocosa que acaso pertenecía a la costa o a una isla. Cuando salimos a flote, vi que estábamos lejos de tierra, junto a un arrecife que emergía de la mar y desde el cual se podían ver las luces parpadeantes de un puerto lejano. Miré en torno, buscando con los ojos a Ada Marsh. La vi a la luz de la luna y me senté en la roca, a su lado. Entre nosotros y la costa, se balanceaban las sombras de unos botes. Entonces supe dónde estábamos: en el Arrecife del Diablo, frente a Innsmouth, donde una vez, antes de la desastrosa noche de 1928, nuestros antecesores habían confraternizado con sus hermanos de las profundidades.
-¿Cómo pudiste ignorarlo? -preguntó Ada-. Has estado a punto de morir asfixiado. Si no llego a seguirte...
-Nunca tuve ocasión de enterarme.
-¿Cómo crees que salía tu tío a explorar, más que así?
Lo que buscaba tío Sylvan era lo mismo que buscaba ella. Ahora, lo buscaría yo también. Encontraríamos primero el sello de R'lyeh, y después, al que duerme y sueña en las profundidades, al ser cuya llamada había sentido en mí: el gran Cthulhu. Ada estaba segura de que R'lyeh no se hallaba frente a Innsmouth. Y para demostrarlo, me condujo de nuevo a las simas que se abren al pie del Arrecife del Diablo. Allí me enseñó las grandes construcciones megalíticas -ahora en ruinas, como consecuencia de las cargas de profundidad arrojadas en 1928- donde, muchos años antes, los primeros Marsh y Phillips había mantenido contacto con los Profundos. Y nadamos entre las ruinas de la que en tiempos fuera gran ciudad, y entre ellas vi al primero de los Profundos, y su visión me llenó de horror. Era una caricatura grotesca de un ser humano en forma de rana; nadaba con unos movimientos exagerados, idénticos a los de los batracios. Se nos quedó mirando descaradamente con sus ojos abultados, sin ningún miedo, pues reconocía en nosotros a sus hermanos del exterior. Seguimos descendiendo entre monolitos, hasta llegar al piso del océano. La destrucción había sido enorme allí. De ese mismo modo habían sido derruidas otras ciudades submarinas, merced al empeño de un reducido numero de hombres determinados a evitar el regreso del gran Cthulhu.
Después, subimos y regresamos a la casa del promontorio, donde Ada había dejado sus ropas. Allí hicimos un pacto que nos uniría mutuamente, y proyectamos un viaje a Ponapé para continuar nuestra búsqueda.
A las dos semanas salimos con rumbo a Ponapé en un barco fletado, cuya tripulación ignoraba por completo el objeto del viaje. Confiábamos en el éxito; teníamos la esperanza de encontrar lo que buscábamos en alguna de las islas de Polinesia no registradas en las cartas de navegación. Y una vez hallado, nos uniríamos para siempre con nuestros hermanos de la mar, con los servidores que aguardan el día de la resurrección, cuando Cthulhu, y Hastur, y Lloigor, y Yog-Sothoth, se levanten de nuevo para vencer a los Dioses Arquetípicos en la titánica lucha que ha de venir.
En Ponapé establecimos nuestro cuartel general. Unas veces partíamos directamente desde allí para investigar; otras, zarpábamos en nuestro barco haciendo caso omiso de la curiosidad de los tripulantes. Registramos las aguas y en algunas ocasiones, tardamos varios días en volver. Mi metamorfosis no tardó mucho tiempo en completarse. No me atrevo a decir cómo ni de qué nos alimentábamos en aquellas expediciones submarinas. Una vez cayó al agua un gran avión de una línea comercial..., pero eso no sucedió más que una sola vez. Baste decir que sobrevivíamos, que hice cosas que sólo un año antes me habrían parecido propias de bestias, que únicamente nos impulsaba a seguir adelante la urgencia de nuestra búsqueda, y que nada nos importaba, sino vivir y alcanzar la meta que nos habíamos propuesto.
¿Cómo describir lo que vimos, y pedir después que se me crea? Encontramos las grandes ciudades del fondo oceánico. La más grande de todas, la más antigua, se hallaba frente a la costa de Ponapé. En ella pululaban los Profundos. Y entre las torres y las grandes lajas, entre alminares y cúpulas, paseamos días y días en aquella ciudad sumergida, casi perdida en medio de la vegetación submarina. Allí vimos cómo vivían los Profundos, confraternizamos con extraños seres acuáticos cuyo aspecto general recordaba a los pulpos, luchamos a menudo contra los tiburones, y sólo vivimos para servir a Aquel cuya llamada se oye en las profundidades, aunque no se sepa dónde yace y sueña con el día en que haya de volver.
Nuestras continuas exploraciones de ciudad en ciudad, de edificio en edificio, siempre a la busca del gran sello bajo el que yace El, transcurrían en un ciclo interminable de días y noches. Seguíamos adelante, animados por la esperanza y la acuciante urgencia de nuestro objetivo, que vislumbrábamos ante nosotros más cercano cada vez. El tiempo transcurría monótono. Sin embargo, cada día era diferente del anterior, y nadie podía predecir lo que nos depararía el siguiente. Cierto es que el barco que habíamos fletado no nos resultaba tan cómodo como habíamos pensado, ya que nos veíamos obligados a alejarnos de él en bote y buscar la costa de alguna isla que nos ocultara, para sumergirnos subrepticiamente hasta el fondo. Todo esto nos disgustaba. A pesar de las precauciones, los componentes de la tripulación hacían más preguntas cada vez, convencidos de que andábamos detrás de algún tesoro escondido y dispuestos a exigirnos su parte, de modo que se nos hacía difícil evitar sus preguntas y acallar sus crecientes sospechas.
Tres meses duraba ya nuestra busca, cuando hace dos días soltamos el ancla frente a una isla de roca negra, deshabitada, bastante apartada de las demás. Carecía de vegetación y su aspecto era yermo y desolado como si hubiera sido arrasada por un incendio. En efecto, parecía un solevantamiento geológico de roca basáltica, que en algún tiempo debió de emerger a gran altura sobre las aguas, pero que sin duda había sufrido intensos bombardeos durante la pasada guerra. Dejamos el barco, dimos la vuelta a la isla negra y nos zambullimos. También allí había una ciudad sumergida, igualmente en ruinas por la acción del enemigo.
Pero aun en ruinas, la ciudad no estaba deshabitada, y debido a su gran extensión, se veían bastantes zonas no dañadas. Y allí, en uno de los enormes edificios monolíticos, en el más grande y más antiguo, descubrimos lo que íbamos buscando. En el centro de una inmensa nave de techo más alto que el de una catedral, había una gran losa en cuya superficie se veía tallada la figura que había servido de modelo a los blasones de la residencia de mi tío: ¡el Sello de R'lyeh! Y recogidos ante él, oímos un ruido que brotaba de abajo, como el movimiento de un cuerpo tremendo y amorfo, inquieto como la mar, agitado por los sueños... Comprendimos que había llegado al final. Ahora podríamos dedicar una vida inmortal al servicio de Aquel Que Volverá a Levantarse, del que mora en las profundidades, del que sueña en los abismos y cuyos sueños significan el dominio de la tierra y de todos los universos, pues El necesitará de Ada Marsh y de mí para aplacar su indigencia hasta que suene la hora de su resurrección.
Escribo a bordo de nuestro barco. Es tarde ya. Mañana bajaremos otra vez, y buscaremos la forma de levantar el sello. ¿Fueron de verdad los Dioses Arquetípicos quienes precintaron la morada del Gran Cthulhu para impedir su regreso? ¿y nos atreveremos nosotros a hacer saltar el sello y comparecer ante la presencia de El Que Duerme allí? No estaremos solos Ada y yo; pronto habrá otro más, nacido ya en su elemento natural, para guardar y servir al Gran Cthulhu. Porque hemos oído su llamada y hemos obedecido, no estamos solos. Otros hay que vienen desde todos los rincones del mundo, nacidos también del apareamiento de los hombres con las mujeres de la mar, y pronto las aguas serán nuestras por entero, y después la Tierra toda, y más. Y gozaremos del poderío y la gloria para siempre.


Suelto aparecido el 7 de noviembre de 1947 en el Times de Singapur:

La tripulación del barco Rogers Clark ha sido puesta hoy en libertad, después de haber sido detenida con motivo de la desaparición del señor Marius Phillips y de su esposa, que habían fletado la citada embarcación para realizar ciertas investigaciones en las islas de Polinesia. El señor y la señora Phillips fueron vistos por última vez en las proximidades de un islote situado, más o menos, a 47° 53' latitud Sur, y 127° 37' longitud Oeste. Se habían alejado en bote, y abordaron la isla por la orilla opuesta a la que estaba fondeado el barco. Al parecer, del islote se lanzaron al agua, según varios miembros de la tripulación, quienes afirman haber presenciado un asombroso movimiento de agua en aquella parte de la isla. El capitán, que estaba en el puente junto con el primer piloto, declaró que ambos vieron cómo su patrón y su esposa eran lanzados al aire por un géiser, y cómo se sumergieron después. No volvieron a aparecer, aunque el barco estuvo aguardándoles varias horas. Al registrar la isla, hallaron las ropas de ambos esposos en el bote. En el sucucho de proa encontraron un manuscrito fantástico con pretensiones de veracidad, pero que, naturalmente, sólo contiene hechos ficticios. El capitán Morton dio parte a la policía de Singapur. No se ha encontrado rastro alguno del matrimonio Phillips
...

Al otro lado del umbral -- August Derleth

Al otro lado del umbral
August Derleth


.
I
En realidad, esta es la historia de mi abuelo. En cierto modo, sin embargo, pertenece a la familia entera, y por encima de ella, al mundo; y ya no existe razón alguna para ocultar los terribles detalles de lo que sucedió en la casa solitaria, perdida en lo más profundo de los bosques del norte de Wisconsin.
Las raíces de la historia retrotraen a las brumas de los primeros tiempos, muchísimo antes de los principios de la familia Alwyn, pero de esta parte no sabía yo nada en la época de mi visita a Wisconsin en respuesta a la carta de mi primo sobre el extraño debilitamiento de nuestro abuelo. abuelo. Desde niño, había considerado siempre a Josiah Alwyn algo así como un ser inmortal que no parecía cambiar a lo largo de los años: era un anciano de pecho abombado, con una cara llena y carnosa, decorada con un bigote muy recortados y una pequeña barba que suavizaba la angulosa de su mandíbula cuadrada. Sus ojos eran oscuros, no demasiado grandes, y sus cejas pobladas; llevaba el pelo largo, de suerte que su cabeza tenía un aspecto leonino. Aunque le vi poco mi juventud, dejó en mí una huella imborrable, durante los breves visitas que nos hacía no se hacía cuando pasaba por la casa solariega, próxima a Arkham, en Massachusetts; aquellas cortas visitas de paso hacia remotos rincones del mundo: el Tíbet, Mongolia, las regiones árticas y ciertas islas poco conocidas del Pacífico.
Hacía años que no le habían visto, cuando me llegó la carta de mi primo Frolin, que vivía con él en la vieja mansión que tenía mi abuelo en el corazón de los bosques y lagos del norte de Wisconsin: «Desearía que pudieses ausentarte de Massachusetts los suficiente como para venir hasta aquí. Ha pasado mucha agua bajo los puentes, y ha soplado mucho viento también, desde la última vez que estuviste. Francamente, creo que es muy importante que vengas. En las actuales circunstancias, no sé a quien dirigirme, ya que el abuelo no es el mismo, y necesito a alguien en quien poder confiar.» No habría nada que fuese claramente apremiante en la carta, y, sin embargo, daba una extraña sensación de perentoriedad; había algo entre líneas que inducía, invisiblemente, intangiblemente, a no dar más que una respuesta a la carta de Frolin; algo en la frase sobre el viento, en la forma de decir que el abuelo no era el mismo, y en la necesidad que expresaba de tener a alguien en quien poder confiar.
Pude pedir permiso en mi cargo de bibliotecario auxiliar de la Miskatonic University de Arkham, en el mes de septiembre; así que fui. Fui, inquieto por la casi misteriosa convicción de que le en la necesidad de ir urgentemente era grande: viaje en avión de Boston a Chicago, y de allí, en tren, al pueblo de Harmon, en lo o más profundos de la región boscosa de Wisconsin: un lugar de gran belleza natural, no en lejos de las costas del lago Superior, de suerte que era posible, en días de viento, escuchar el ruido del agua.
Frolin me esperaba en la estación. Mi primo frisaba casi los cuarenta años, pero aparentaba unos días menos, con sus ardientes e intensos ojos castaños, su boca suave y sensitiva, aunque el siempre había oscilado entre la gravedad y una especie de rudeza contagiosa: «La sangre irlandesa», como dijo una vez nuestro abuelo. Le miré directamente a los ojos al darnos la mano, tratando de descubrir alguna clave de su misteriosa zozobra, pero sólo vi que estaba efectivamente preocupado, pues sus ojos le traicionaban, al igual que las aguas de un estanque revelan las turbulencias del fondo, aunque tengan la superficie como el cristal.
-¿Qué ocurre? -pregunté, sentado a su lado en el cupé, mientras nos internábamos en la región de altos pinos-. ¿Está en cama el viejo?
Negó con la cabeza.
-¡Oh, no, nada de eso, Tony! -me lanzó una mirada extraña, contenida-. Ya lo verás. Espera y lo verás.
-¿Qué es, entonces? -insistí-. Tu carta era de lo más apremiante.
-Esperaba que lo fuera -dijo él, gravemente.
-Sin embargo, no es nada sobre lo que pueda preguntar -admití-. No obstante, algo pasa.
Sonrió.
-Sí, sabía que comprenderías. Te digo que ha sido difícil..., enormemente difícil. ¡Pensé en ti un montón de veces antes de sentarme a escribir esa carta, créeme!
-Pero si no está enfermo... Creí que me decías que no era el mismo.
-Sí, sí; eso te dije. Ahora espera, Tony; no seas tan impaciente; lo verás por ti mismo. Es su
mente, creo.
-¡Su mente! -Sentí una clara oleada de sorpresa y pesar, ante la idea de que el espíritu de nuestro abuelo hubiera comenzado a flaquear; el pensamiento de que aquel cerebro magnífico hubiera declinado era intolerable, y me negué a admitirlo-. ¡Eso no! -exclamé-. Frolin, ¿qué diablos ocurre?
El volvió sus ojos turbados hacia mí, una vez más.
-No lo sé. Pero creo que es algo terrible. Si fuese solamente el abuelo... Pero está la música, y luego todas esas cosas, los ruidos y olores y... -Captó mi mirada de asombro y desvió los ojos, casi con un esfuerzo físico, deteniendo su charla-. Pero se me olvidaba. No me preguntes más. Aguarda y lo verás por ti mismo -rió brevemente, con una risa forzada-. Quizá no sea el viejo el que está perdiendo el juicio. He pensado en eso a veces, también... con razón.
No dijo nada más, pero ahora empezaba a invadirme una especie de enervante temor, y durante un rato permanecí en silencio junto a él, pensando solamente que Frolin y el viejo Josiah Alwyn vivían juntos en aquella vieja casa, ignorando los pinos inmensos de los alrededores y el sonido del viento, y el fragante humo de las hojas quemadas que el aire arrastraba desde el noroeste. La noche cayó pronto en esta comarca poblada de oscuros pinos, y aunque aún se demoraban las últimas claridades en poniente, la oscuridad, desplegándose hacia arriba en una inmensa oleada azafrán y amatista, tomaba ya posesión del bosque por el que viajábamos. De la oscuridad brotaban los gritos de los grandes búhos cornudos y sus primos menores los autillos, prestando una magia imponderable a la quietud que sólo turbaban la voz del viento y el ruido del coche a través de la prácticamente solitaria carretera que conducía a la casa de los Alwyn.
-Ya casi estamos -dijo Frolin.
Las luces del coche cruzaron por encima de un pino desgarrado, fulminado por un rayo hacía años, el cual alzaba todavía dos ramas raquíticas arqueadas como brazos retorcidos hacia el camino: un viejo tocón hacia el que llamaron mi atención las palabras de Frolin, recordándome que estábamos a media milla de la casa.
-Si el abuelo te preguntara -me pidió entonces-, quisiera que no le dijeses que te he llamado yo. No sé si le gustaría. Puedes decirle que te encontrabas no lejos de aquí, y se te ocurrió hacernos una visita.
Nuevamente sentí curiosidad, pero me abstuve de presionar más a Frolin.
-¿Sabe él que vengo?
-Sí. Le dije que había tenido noticias tuyas y que iba a bajar a la estación a esperarte.
Comprendí que si el viejo pensaba que Frolin me había llamado por su salud, se molestaría y quizá se enfadaría; sin embargo, la petición de Frolin implicaba algo más, más que el simple deseo de salvaguardar el orgullo del abuelo. De nuevo se despertó en mí esa singular, intangible alarma, esa sensación repentina, inexplicable de temor.
La casa surgió súbitamente en un claro entre los pinos. Había sido construida por un tío de nuestro abuelo en tiempos de la colonización de Wisconsin, allá por la década de 1850: uno de los Alwyn marineros de Innsmouth, ese pueblo extraño y oscuro de la costa de Massachusetts. Era una construcción muy poco atractiva, adosada a la falda del monte como una vieja arrugada y ridículamente ataviada. Desafiaba muchas normas arquitectónicas, sin que por ello dejase de reflejar las facetas de la arquitectura de 1850, adoptando el más grotesco y pomposo aspecto de las construcciones de aquel entonces. Poseía una amplia galería, uno de cuyos costados conducía directamente a los establos donde antiguamente se guardaban caballos, birlochos y calesas, y donde ahora se albergaban dos coches, único rincón del edificio que mostraba alguna evidencia de haber sido restaurado desde que lo construyeron. La casa alzaba dos plantas y media sobre un sótano; probablemente -la oscuridad me impedía precisarlo con seguridad- estaba pintada todavía del mismo horrible color castaño; y a juzgar por la luz que salía de las ventanas encortinadas, el abuelo no se había tomado la molestia de instalar la luz eléctrica, contingencia para la que venía yo bien preparado, provisto de una linterna y una vela eléctrica, con pilas de repuesto para las dos.
Frolin metió el coche en el garaje, lo aparcó allí y sacó un poco de equipaje, abriendo la marcha hacia la puerta de la entrada, una gran pieza de roble de gruesos entrepaños, decorada con una enorme y ridícula aldaba de hierro. El vestíbulo estaba a oscuras, aunque de la puerta entreabierta del fondo surgía una débil luz que, no obstante, bastaba para iluminar espectralmente la amplia escalera que conducía al piso superior.
-Te llevaré primero a tu habitación -dijo Frolin, siguiendo escaleras arriba con el paso seguro del que frecuenta constantemente el lugar-. Hay una linterna en el pilar de la escalera, en el descansillo -añadió-, por si la necesitas. Ya conoces al viejo.
Encontré la luz y la encendí, entreteniéndome lo imprescindible, de modo que cuando subí a reunirme con Frolin, éste estaba ya junto a la puerta de mi habitación, la cual, como observé, se encontraba directamente encima de la entrada de la casa y, por tanto, orientada al oeste, como la propia casa.
-Nos está prohibido utilizar ninguna habitación de aquí arriba que dé al este del vestíbulo -dijo Frolin, clavando en mí sus ojos, como si dijese: «¡Ya sabes lo raro que se ha vuelto!» Esperó a que hiciera yo algún comentario, pero como seguí callado, prosiguió-: Así que tengo la habitación contigua a la tuya, y Hough está al otro lado de la mía, en el extremo sudeste. A propósito, como habrás adivinado, Hough está preparando algo de comer.
-¿Y el abuelo?
-Seguramente estará en su despacho. Recordarás la habitación.
Efectivamente, conocía aquella extraña habitación sin ventanas, construida bajo las explícitas indicaciones de nuestro tío-bisabuelo Leander, habitación que ocupaba casi toda la parte trasera de la casa, más el lado noroeste completo, y todo el ancho del costado oeste, salvo el pequeño ángulo sudoeste, acaparado por la cocina, cuya luz había visto yo filtrarse en el vestíbulo, al entrar. El despacho se había construido adentrándose en la ladera misma de la montaña, por lo que la pared este no tenía ventanas; pero no había razón, salvo la excentricidad del tío Leander, para no haber abierto ventanas en la pared norte. Aproximadamente en el centro de la pared este, efectivamente, y empotrado en el muro, había un enorme cuadro que llegaba del suelo al techo y ocupaba una anchura de casi dos metros. Si esta pintura, ejecutada al parecer por algún amigo desconocido de tío Leander -si no por mi propio tío-bisabuelo- hubiese tenido algún rasgo de genio o de talento fuera de lo usual, semejante ostentación podría haberse pasado por alto; pero no era así; se trataba de una representación prosaica por demás de un paisaje del norte de la comarca, en el que se veía una ladera, con una cueva rocosa que se abría en el centro del cuadro, un sendero borroso que conducía a ella, una bestia impresionante que evidentemente pretendía ser un oso, tan común en otro tiempo en esta región, dirigiéndose hacia ella, y por encima, algo que parecía una nube siniestra perdida entre los pinos, alzándose oscuramente en derredor. Esta dudosa obra de arte dominaba el despacho completa y absolutamente, a pesar de las estanterías de libros que ocupaban casi todo el espacio disponible de las paredes de la habitación, y de la absurda colección de rarezas diseminadas por todas partes: trozos de piedra y madera curiosamente labrados, extraños recuerdos de la vida marinera de nuestro tío-bisabuelo. El despacho tenía toda la falta de vida de un museo y, sin embargo, respondía a mi abuelo como algo vivo; hasta la pintura de la pared parecía adquirir frescor cuando él entraba.
-No creo que nadie que haya entrado en esa habitación pueda olvidarla -dije con una mueca.
-Se pasa casi todo el tiempo ahí. No sale apenas, y supongo que cuando llega el invierno sólo aparece a la hora de las comidas. Se ha llevado allí la cama también.
Me estremecí.
-No puedo imaginarme que se pueda dormir en esa habitación.
-Ni yo. Pero ya sabes, está trabajando en algo, y creo sinceramente que tiene trastornado el juicio.
-¿Otro libro de viajes, quizá?
Movió negativamente la cabeza.
-No, creo que es una traducción. Algo distinto. Un día encontró unos viejos papeles de Leander, y desde entonces parece haber empeorado progresivamente. -Alzó las cejas y se encogió de hombros-. Vamos. Hough tendrá ya preparada la cena, y tú tendrás ocasión de juzgar por ti mismo.
Las críticas observaciones de Frolin me habían predispuesto a ver a un anciano consumido. Al fin y al cabo, nuestro abuelo tenía setenta y tantos años, y no podía vivir eternamente. Pero físicamente no había cambiado en absoluto, por lo que pude apreciar. Allí estaba sentado para cenar: aún era el mismo anciano fuerte, su bigote y su barba no eran blancos, sino de un gris acerado, y su pelo era negro y abundante; tenía la cara igual de gruesa y colorada que siempre. En el momento de entrar yo, estaba comiendo con apetito un muslo de pavo. Al verme, alzó las cejas un poco, se quitó el muslo de la boca, y me saludó con el mismo calor que si me hubiese ausentado media hora.
-Tienes buen aspecto -dijo.
-Y tú -dije yo-. Estás hecho un curtido veterano.
Hizo una mueca.
-Muchacho, estoy detrás de la pista de algo nuevo: una región inexplorada, distinta de las africanas, asiáticas y árticas.
Lancé una mirada a Frolin. Evidentemente, esto era nuevo para él; fueran cuales fuesen las alusiones que nuestro abuelo había dejado escapar sobre sus actividades, no incluían esta novedad.
Me preguntó sobre mi viaje al Oeste, y el resto de la cena lo pasamos hablando de los demás parientes. Observé que el anciano volvía insistentemente sobre los largamente olvidados parientes de Innsmouth: ¿Qué había sido de ellos? ¿Les había visto alguna vez? ¿Qué aspecto tenían? Como yo no sabía prácticamente nada de nuestros parientes de Innsmouth, y abrigaba la firme convicción de que todos habían muerto durante la extraña catástrofe en la que muchos de los habitantes de esa apartada ciudad desaparecieron en el mar, no pude serle de ninguna ayuda. Pero el giro de estas preguntas inocentes me desconcertaba no poco. En mi condición de bibliotecario de la Miskatonic University, había oído extrañas e inquietantes alusiones al caso de Innsmouth, y a la intervención de la policía federal, así como otras historias sobre extraños agentes, carentes todas ellas de ese esencial halo de veracidad que hiciera verosímil la explicación de los terribles acontecimientos que habían ocurrido en dicha ciudad. Quiso saber, por último, si había visto yo algún retrato de ellos, y cuando le dije que no, se quedó manifiestamente decepcionado.
-Mira -dijo con desaliento-, no hay retratos de tío Leander, pero las gentes de Harmon que le conocieron me contaron hace años que era un hombre muy casero, que su aspecto les recordaba al de una rana. -Súbitamente pareció más animado, comenzó a charlar con un poco más de vivacidad-. ¿Tienes idea de lo que eso significa, muchacho? No, por supuesto. Sería esperar demasiado...
Guardó silencio durante un rato, tomando a sorbos su café, tamborileando sobre la mesa con los dedos, y mirando fijamente al vacío con expresión singularmente preocupada, hasta que, de pronto, se levantó y abandonó la habitación, invitándonos a que fuésemos a su despacho cuando hubiéramos terminado.
-¿Qué opinas ? -preguntó Frolin, tan pronto como oímos cerrarse la puerta del despacho.
-Es extraño -dije-. Pero no veo nada anormal, Frolin. Me temo...
El sonrió lúgubremente.
-Espera. No emitas un juicio todavía; apenas hace dos horas que estás aquí.
Nos dirigimos al despacho después de cenar, dejando que recogieran la mesa Hough y su esposa, quienes habían servido a mi abuelo durante veinte años en esta casa. El despacho estaba intacto, aparte la adición de la vieja cama doble, arrimada contra la pared que separaba esta habitación de la cocina. Mi abuelo estaba esperándonos, evidentemente, o más bien esperándome a mí; y si había tenido motivos para considerar críptico al primo Frolin, no hay palabra adecuada para calificar la subsiguiente conversación con mi abuelo.
-¿Has oído hablar alguna vez del Wendigo? -preguntó.
Admití que había tenido ocasión de leer referencias a este tema, juntamente con otras leyendas indias de la región del Norte: consistía en la creencia en un ser sobrenatural y monstruoso, de aspecto horrendo, que habitaba en las grandes soledades de los bosques.
Quiso saber si había pensado yo alguna vez que podía existir una relación entre esta leyenda del Wendigo y los elementos aéreos; y al contestar yo en sentido afirmativo, me expresó su curiosidad por saber cómo había llegado a conocer la leyenda india, tomándose el trabajo de explicarme que su pregunta no tenía nada que ver con el Wendigo.
-En mi condición de bibliotecario, tengo ocasión de tropezarme con un montón de cosas raras -contesté.
-¡Ah! -exclamó, echando mano de un libro que tenía cerca de su butaca-. Entonces, conoces indudablemente este libro.
Miré el pesado volumen de negra encuadernación, cuyo título en letras de oro iba estampado en el lomo únicamente: The Outsider and Others, de H. P. Lovecraft.
Asentí.
-Lo tenemos en nuestras estanterías.
-¿Lo has leído?
-Sí, claro. Es muy interesante.
-Entonces habrás leído lo que cuenta acerca de Innsmouth en su extraño relato, La sombra sobre Innsmouth. ¿Qué piensas de ello?
Reflexioné apresuradamente, traté de recordar la historia, y en seguida me vino a la memoria: era un cuento fantástico de horribles seres acuáticos, progenie de Cthulhu, bestia de origen primordial que vivía en las profundidades del mar.
-Ese hombre tenía bastante imaginación.
-¡Tenía! ¿Es que ha muerto?
-Sí, hace tres años.
-¡Ah! Y yo que pensaba aprender de él...
-Pero seguramente su ficción... -empecé.
Me detuvo.
-Si no puedes dar ninguna explicación sobre lo que ocurrió en Innsmouth, ¿cómo puedes estar tan seguro de que su relato es ficticio?
Admití que no podía; pero el anciano pareció perder todo interés. A continuación sacó un voluminoso sobre que tenía pegados muchos sellos de tres centavos de 1869, tan apreciados por los coleccionistas, y extrajo de él varios papeles que, según dijo, tío Leander había dejado con instrucciones de que fueran arrojados a las llamas. Su deseo, empero, no se había cumplido, explicó mi abuelo, y habían venido a parar a sus manos. Me tendió unas hojas y me pidió mi opinión, sin apartar un momento sus sagaces ojos de mí.
Las hojas pertenecían evidentemente a una carta larga, escrita a mano y con las frases más torpes que cabe imaginar. Además, muchas de dichas frases carecían de sentido, y la hoja que tenía yo delante estaba repleta de alusiones extrañas. Mis ojos captaron palabras tales como Ithaqua, Lloigor, Hastur; hasta que no devolví las hojas a mi abuelo, no se me ocurrió que había leído esas palabras en otro sitio, no hacía mucho tiempo. Pero no dije nada. Expliqué que no podía evitar la sensación de que tío Leander escribía con innecesaria confusión.
Mi abuelo rió entre dientes.
-Creía que lo primero que se te ocurriría iba a ser algo muy parecido a mi propia reacción; pero no, ¡me has fallado! ¡Indudablemente, está claro que todo esto está en clave!
-¡Naturalmente! Eso explicaría la torpeza de sus líneas.
Mi abuelo sonrió con afectación.
-Una clave bastante simple, pero adecuada..., totalmente adecuada. Todavía no he terminado de descifrarla. -Golpeó el sobre con el índice-. Parece que se refiere a esta casa, y hay una advertencia, repetida más de una vez, sobre que hay que tener cuidado de no traspasar el umbral, so pena de horribles consecuencias. Muchacho, he cruzado y recruzado cada uno de los umbrales de este edificio docenas de veces, sin consecuencias de ningún género. Así que, por lo tanto, en alguna parte debe haber un umbral que no he cruzado aún.
No pude reprimir una sonrisa ante su animación.
-Si a tío Leander se le extravió el juicio, el tuyo no parece irle muy en zaga -dije.
La conocida impaciencia de mi abuelo salió repentinamente a la superficie. Apartó los papeles de mi tío de una manotada, nos despidió a los dos con la otra, y dio a entender claramente que tanto Frolin como yo habíamos dejado de existir para él en ese instante.
Nos levantamos, murmuramos alguna disculpa y abandonamos la habitación.
En la semioscuridad del vestíbulo, Frolin me miró sin decir nada, contentándose con fijar sus ojos furibundos en los míos durante un minuto largo, antes de dar media vuelta y llevarme arriba, donde nos despedimos y nos retiramos cada uno a nuestra alcoba a descansar.
II
La actividad nocturna de la mente subconsciente ha sido siempre de hondo interés para mí, ya que me parece que se abren oportunidades sin límite ante cada individuo que está alerta. Muchas son las veces que me he ido a la cama agobiado por un problema, para encontrarlo resuelto -en la medida en que soy capaz de resolverlo- al despertar. De las otras actividades más tortuosas de la mente nocturna sé menos. Pero lo que sí sé es que esa noche me retiré dándole vueltas a la cabeza sobre dónde me había tropezado con las extrañas palabras de mi tío Leander, con la más enérgica y lúcida razón, y que me dormí por último sin haber encontrado respuesta a esta cuestión.
Sin embargo, cuando me desperté en la oscuridad, unas horas más tarde, supe inmediatamente que había leído esos extraños nombres propios en el libro de H. P. Lovecraft que teníamos en la Miskatonic, y sólo en segundo lugar me di cuenta de que alguien golpeaba a mi puerta, y que llamaba con voz apagada:
-Soy Frolin. ¿Estás despierto? Quiero pasar.
Me levanté, me puse la bata y encendí mi vela eléctrica. A todo esto, Frolin había entrado en la habitación; su cuerpo delgado temblaba ligeramente, quizá de frío, pues la brisa de la noche de setiembre que entraba por mi ventana no era ya veraniega.
-¿Qué ocurre? -pregunté.
Se acercó a mí, con una luz extraña en los ojos, y puso una mano sobre mi brazo.
-¿No oyes ? -preguntó-. Dios mío, quizá sea mi cabeza...
-¡No, espera! -exclamé.
De alguna parte del exterior, venía al parecer una música espectralmente hermosa: «Son flautas» , pensé.
-Es la radio del abuelo -dije-. ¿La suele escuchar a estas horas?
La expresión de su cara acalló mis palabras.
-La única radio de la casa la tengo yo. Está en mi habitación y no está tocando. Incluso te diré que tiene las pilas gastadas. Además, ¿has oído alguna vez esa clase de música por la radio?
Escuché con renovado interés. La música parecía extrañamente apagada, y no obstante, se oía bien. Observé, por otra parte, que no tenía una dirección definida: mientras al principio parecía provenir del exterior, ahora daba la sensación de que brotaba de debajo de la casa. Era como una rara melodía de flautas y caramillos.
-Es una orquesta de flautas -dije.
-O son las siringas de Pan -dijo Frolin.
-Esos instrumentos ya no se usan -objeté distraídamente.
-En la radio -puntualizó Frolin.
Le miré sorprendido; él me devolvió la mirada con seriedad. Se me ocurrió que su poco natural gravedad tenía una razón de ser, ya deseara él o no expresar con palabras esa razón. Le cogí del brazo.
-Frolin, ¿qué ocurre? Te noto alarmado.
Tragó saliva.
-Tony, esa música no viene de ninguna parte de la casa. Viene de fuera.
-Pero ¿quién iba a estar fuera? -pregunté.
-Nadie, ningún ser humano.
Por fin habíamos llegado. Casi con alivio, afronté esta posibilidad que había temido admitir ante mí mismo y que debía afrontar. Nadie..., ningún ser humano.
-Entonces, ¿ quién? -pregunté.
-Creo que el abuelo lo sabe -dijo-. Ven conmigo, Tony. Deja la luz; podemos hallar el camino a oscuras.
En el vestíbulo, me detuvo una vez más su mano tensa, sujetándome del brazo.
-¿Has notado eso? -susurró, siseante-. ¿Has notado eso también ?
-El olor -dije-. Es un olor vago, impreciso, a agua, a peces y a ranas y a habitantes de lugares acuáticos.
-¿Y ahora? -dijo él.
Súbitamente, el olor a humedad había desaparecido y en su lugar penetraba rápidamente un frío, derramándose en el vestíbulo como algo vivo la indefinible fragancia de la nieve, la apagada humedad del aire cargado de nieve.
-¿Comprendes por qué estaba yo preocupado ? -preguntó Frolin.
Sin darme tiempo a contestar, abrió la marcha escaleras abajo hasta la puerta del despacho del abuelo, por debajo de la cual brillaba aún una delgada raya de luz amarilla. Me daba cuenta, a cada escalón que descendíamos, de que la música aumentaba de volumen, aunque no se hacía más comprensible, y ahora, ante la puerta del despacho, se hizo evidente que provenía de dentro, y que la extraña variedad de olores venía igualmente de dentro. La oscuridad parecía palpitar de amenaza, cargada de un terror inminente y presagioso que nos envolvía como en una concha, hasta el punto de que Frolin temblaba a mi lado.
Alcé impulsivamente la mano y llamé.
No hubo respuesta en el interior, ¡pero en el instante en que sonó el golpe en la puerta, la música se detuvo, y los extraños olores se desvanecieron en el aire!
-¡No debías haber hecho eso! -susurró Frolin-. Si él...
Empujé la puerta. Cedió a mi presión y se abrió.
No sé qué esperaba ver allí en el despacho, pero desde luego no lo que vi. El aspecto de la habitación no había cambiado un ápice, quitando el hecho de que el abuelo se había acostado y la lámpara seguía ardiendo. Permanecí inmóvil unos instantes sin atreverme a creer el testimonio de mis ojos, estupefacto ante la prosaica escena que presenciaba. ¿De dónde había surgido la música que yo había oído? ¿Y los olores y fragancias del aire? La confusión se apoderó de mis pensamientos y estaba a punto de retirarme, turbado ante la expresión de descanso de mi abuelo, cuando habló él:
-Pasa, pasa -dijo, sin abrir los ojos-. Así que has oído la música también, ¿no? Había empezado a preguntarme por qué no la oía nadie más. Es mongólica, me parece. Hace tres noches era claramente india, del Norte otra vez, de Canadá y de Alaska. Creo que hay lugares donde Ithaqua es adorado todavía. Sí, sí..., y hace una semana, oí las últimas notas tocadas en el Tíbet, en la prohibida Lhassa de hace años, de hace décadas.
-¿Quién la tocaba? -exclamé-. ¿De dónde viene?
Abrió los ojos y se nos quedó mirando.
-Salía de aquí, creo -dijo, colocando la palma de la mano sobre el manuscrito que tenía delante, las hojas escritas por mi tío-bisabuelo-. Y la tocaban los amigos de Leander. Es la música de las esferas, muchacho... ¿Das crédito a tus sentidos?
-La he oído. Y Frolin también.
-¿Y qué pensará Hough? -murmuró el abuelo. Suspiró-: Casi lo tengo, creo. Sólo falta determinar con cuál de ellos se comunicaba Leander.
-¿Con cuál? -repetí-. ¿Qué quieres decir?
Cerró los ojos y la sonrisa le volvió brevemente a los labios.
-Al principio creía que era Cthulhu; Leander era marinero, al fin y al cabo. Pero ahora me pregunto si no serían criaturas del aire: Lloigor, quizá, o Ithaqua, al que creo que algunos indios llaman el Wendigo. Hay una leyenda que dice que Ithaqua se lleva a sus víctimas consigo a los espacios lejanos que hay por encima de la Tierra..., pero se me está olvidando todo otra vez, mi mente divaga.
Sus ojos se abrieron, y vi que nos miraban con una expresión singularmente lejana.
-Es tarde -dijo-. Necesito dormir.
-¿De qué estaba hablando, en nombre de Dios? -preguntó Frolin, ya en el vestíbulo.
-Vamos -dije.
Pero una vez en mi habitación, con Frolin aguardando a escuchar expectante lo que yo tuviera que decir, no supe cómo empezar. ¿Cómo hablar del saber preternatural que encerraban los textos prohibidos de la Miskatonic University, el espantoso Libro de Eibon, los oscuros Manuscritos Pnakóticos, el terrible Texto de R'lyeh, y el más tenebroso de todos, el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred? ¿Cómo contarle todas las cosas que se agolparon en mi mente al escuchar las extrañas palabras de mi abuelo, los recuerdos que emergían de lo más profundo...? ¿Cómo hablarle de los Primordiales, seres antiquísimos de increíble perversidad, dioses viejos que en un tiempo poblaron la Tierra y todo el universo que ahora conocemos, y quizá mucho más, y de los dioses arquetípicos del bien, y de las fuerzas del antiguo mal, ahora sometidas, y sin embargo, irrumpiendo eternamente, manifestándose en cortos períodos, de manera horrible, en el mundo de los hombres? Y si antes mi memoria no había sido lo bastante clara, o los había rechazado con la fuerza de mis prejuicios inherentes, ahora evocaba sus nombres terribles: Cthulhu, guía poderoso de las fuerzas de las aguas de la Tierra; Yog-Sothoth y Tsathoggua, moradores de las profundidades terrestres; Lloigor, Hastur e Ithaqua, el Ser-Nieve y EI-Que-Camina-en-el-Viento, que son elementos aéreos todos ellos. Era de estos seres de quienes mi abuelo había hablado; y la conclusión que había sacado resultaba demasiado clara para que pudiese pasarse por alto, o aun interpretarse de otro modo: que mi tío-bisabuelo había vivido en la apartada y ahora deshabitada ciudad de Innsmouth, que había tenido trato con al menos uno de estos seres. Y había otro corolario al que él no había llegado, pero que se desprendía de algo que había dicho por la tarde: que en algún lugar de la casa había un umbral que un hombre no debía atreverse a trasponer, y que había un peligro acechando al otro lado de ese umbral que no era sino la vía de retroceso en el tiempo, el camino de espantosa comunicación con los dioses primordiales que tío Leander había tenido.
Y sin embargo, no había captado toda la importancia de las palabras de mi abuelo. Aunque había dicho mucho, aún había mucho más por decir, y más tarde no pude culparme de no haber comprendido plenamente que las actividades de mi abuelo se orientaban hacia el descubrimiento de ese umbral secreto del que tío Leander hablaba tan crípticamente en sus cartas... ¡y a cruzarlo! En la confusión mental en que ahora me encontraba, preocupado con la antigua mitología de Cthulhu, Ithaqua y los dioses arquetípicos, no seguí los evidentes indicios que conducían a tan lógica conclusión, posiblemente porque temía instintivamente llegar demasiado lejos.
Me volví a Frolin y se lo expliqué lo más claramente que pude. El escuchó atentamente, haciendo de cuando en cuando alguna pregunta concreta, palideciendo ligeramente ante determinados detalles que no podía yo dejar de mencionar, y no se mostró tan escéptico como yo había pensado. Esto era en sí prueba del hecho de que aún había más cosas por descubrir sobre las actividades del abuelo e incidentes de la casa, aunque yo no me di cuenta inmediatamente. Sin embargo, iba a tardar poco en averiguar algo más sobre la razón fundamental de que Frolin hubiese aceptado en seguida mi explicación, necesariamente breve.
A mitad de una pregunta, dejó de hablar de repente, y asomó a sus ojos una expresión que indicaba que su atención se había desviado de mí, de la habitación, a algo más allá; se quedó en la actitud del que escucha, e impulsado por su gesto, me esforcé yo también por averiguar qué era lo que oía.
«Es sólo la voz del viento en los árboles, que se ha elevado ahora un poco -pensé-. Va a haber tormenta.»
-¿Oyes ? -preguntó él en un susurro estremecido.
-No -respondí quedamente-. Sólo el viento.
-Sí, sí... el viento. Te lo escribí, recuerda. Escucha.
-Vamos, Frolin, ten serenidad. Sólo es el viento.
Me dirigió una mirada compasiva y, dirigiéndose a la ventana, me hizo señas de que le siguiera. Me acerqué y me puse a su lado. Sin decir palabra, señaló hacia la oscuridad que envolvía la casa. Tardé un momento en acostumbrar mis ojos a la noche, pero después pude ver la línea de árboles recortada fuertemente contra el cielo limpio y estrellado. Y entonces, instantáneamente, comprendí.
Aunque el viento rugía y tronaba alrededor de la casa, nada turbaba la quietud de los árboles que tenía ante mis ojos: ¡ni una hoja, ni una copa, ni una ramita se mecía lo que es el espesor de un cabello!
-¡Dios mío! -exclamé, y retrocedí, alejándome del cristal como para borrar la visión de mis ojos.
-¿Comprendes ahora? -preguntó él, retirándose de la ventana también-. Yo ya lo he oído otras veces.
Se quedó inmóvil, como aguardando, y yo también esperé; a la sazón, el ruido del viento había alcanzado una intensidad sobrecogedora, de suerte que parecía como si la vieja casa fuera a ser arrancada de la ladera y lanzada valle abajo. En efecto, hubo un leve temblor en el mismo momento en que lo estaba pensando: una extraña vibración, como si la casa se estremeciera, y los cuadros de las paredes se movieran ligeramente, de manera casi furtiva, casi imperceptible, y sin embargo, inequívocamente visible. Miré a Frolin, pero su semblante no se había alterado; siguió allí, escuchando, de modo que comprendí que aún no habíamos llegado al final de esta singular manifestación. El ruido del viento era ahora un terrible, demoníaco aullido, acompañado de notas de música que por un momento se hicieron distintas, aunque tan perfectamente mezcladas con la voz del viento que al principio no se distinguían. La música era semejante a la de antes, como de flautas, y de cuando en cuando, de instrumentos de cuerda, pero ahora mucho más violenta, resonando con aterrador desenfreno, con un carácter de abominable maldad. Al mismo tiempo, ocurrieron otras dos manifestaciones. La primera fue el ruido como de caminar de alguien, de un gran ser cuyos pasos parecieron penetrar en la habitación desde el corazón mismo del viento; ciertamente, no se produjeron dentro de la casa, aunque había en ellos el inequívoco crescendo que denotaba su gradual aproximación. El segundo fue un repentino cambio de temperatura.
La noche, fuera, era calurosa para el mes de setiembre en el nórdico estado de Wisconsin, y la casa, también, se había mantenido razonablemente confortable. Ahora, de pronto, coincidiendo con los pasos que se acercaban, la temperatura comenzó a descender rápidamente, de modo que en poco tiempo el aire de la habitación se enfrió, y tanto Frolin como yo tuvimos que ponernos más ropa para no resfriarnos. Sin embargo, esto no parecía ser la culminación de las manifestaciones que tan claramente esperaba Frolin: seguía de pie, sin decir nada, aunque sus ojos, encontrándose con los míos de tiempo en tiempo, eran lo bastante elocuentes como para expresar su pensamiento. No sé el tiempo que permanecimos allí, escuchando los aterradores sonidos, antes de producirse el final.
Pero, súbitamente, Frolin me cogió del brazo, y con un ronco susurro, exclamó:
-¡Ahí! ¡Ahí están! ¡Escucha!
El ritmo de la espectral música había cambiado repentinamente y decrecía desde el violento frenesí anterior ; ahora se transformó en una melodía de una dulzura casi insoportable, con cierto matiz melancólico, y resultaba tan agradable como perversa había sido la anterior; sin embargo, la nota de terror no había desaparecido completamente. Al mismo tiempo, se hizo evidente un sonido de voces que se elevaron progresivamente en una especie de cántico, desde algún lugar de detrás de la casa..., como del despacho.
-¡Gran Dios del cielo! -grité, aterrado a Frolin-. ¿Qué ocurre ahora?
-Es por el abuelo -dijo-. Tanto si lo sabe él como si no, ese ser viene y canta para él -sacudió la cabeza y cerró los ojos un instante, antes de añadir amargamente en voz baja e intensa-: ¡Si hubiese quemado esos malditos papeles de Leander, como debía haber hecho...!
-Casi podrían entenderse las palabras -dije, escuchando atentamente.
Se oían palabras, pero no palabras que yo hubiese oído nunca; eran una especie de berridos horribles y primitivos, como si alguna criatura bestial, dotada de media lengua, aullase sílabas de insensato horror. Echamos a correr y abrimos la puerta; inmediatamente, los sonidos parecieron más claros, de forma que lo que yo había tomado por muchas voces era sólo una, capaz, no obstante, de producir la ilusión de multiplicidad. Las palabras -o quizá sería mejor que dijese sonidos, sonidos bestiales- se elevaban desde abajo como un aullido sobrecogedor:
-¡Ia! ¡Ia! ¡Ithaqua! Ithaqua cf'ayak vulgthumm. ¡Ia! ¡Uhg! ¡Cthulhu fhtagn! ¡Shub-Niggurath! ¡Ithaqua naflfhtagn!
Increíblemente, la voz del viento se elevaba y rugía cada vez más terriblemente, hasta el punto que pensé que la casa iba a salir despedida al vacío en cualquier momento, y Frolin y yo de sus habitaciones, y que nos iba a succionar el aliento de nuestros cuerpos desamparados. En la confusión de espanto y asombro que se apoderó de mí, pensé en ese instante en mi abuelo, que estaba abajo en el despacho, y, haciendo una seña a Frolin, eché a correr hacia la escalera, decidido, a pesar de mi horrible miedo, a ponerme entre el anciano y lo que le amenazase, fuera lo que fuese. Corrí a su puerta y me abalancé contra ella, y una vez más, como antes, cesaron todas las manifestaciones: como el chasquido de un interruptor, cayó el silencio, que momentáneamente se hizo aún más terrible.
Se abrió la puerta, y nuevamente me encontré ante mi abuelo.
Estaba sentado todavía como lo habíamos dejado antes, aunque ahora tenía los ojos abiertos, la cabeza un poco erguida y la mirada fija en el enorme cuadro de la pared este.
-¡En nombre de Dios! -grité-. ¿Qué es eso?
-Espero averiguarlo muy pronto -contestó con gran dignidad y gravedad.
Su absoluta carencia de temor sosegó algo mi propia alarma, y entré un poco más en la habitación, seguido de Frolin. Me incliné sobre su cama, procurando que fijara su atención en mí, pero siguió mirando el cuadro con singular intensidad.
-¿Qué estás haciendo ? -pregunté-. Sea lo que fuere, encierra peligro.
-Un explorador como tu abuelo difícilmente estaría satisfecho si no fuera así, muchacho -replicó con tono agrio y práctico.
Yo sabía que era verdad.
-Prefiero morir con las botas puestas a hacerlo aquí en la cama -prosiguió-. En cuanto a lo que has oído, no sé cuánto has oído tú..., pero es algo por el momento inexplicable. Pero quisiera llamar tu atención hacia la extraña acción del viento.
-No había viento -dije-. Me he asomado.
-Sí, sí -dijo con cierta impaciencia-. Muy cierto. Y sin embargo, ahí estaba el ruido del viento, y todas esas voces del viento... tal como las he oído en Mongolia, en las grandes regiones nevadas, en la lejana y secreta meseta de Leng, donde el pueblo Tcho-Tcho adora a extraños dioses antiguos... -De pronto se volvió hacia mí, y sus ojos me parecieron enfebrecidos-. ¿Te he hablado del culto a Ithaqua, al que algunos indios de Manitoba superior llaman a veces El-Que-Camina-en-el-Viento, y otros, efectivamente, el Wendigo, y sobre sus creencias de que El-Que-Camina-en-el-Viento ejecuta sacrificios humanos y se lleva a sus víctimas a parajes apartados de la Tierra, abandonándolas finalmente muertas? ¡Oh!, hay historias, muchacho, y leyendas muy extrañas... y algo más -se inclinó hacia mí ahora con fiera intensidad-: Yo mismo he visto cosas..., cosas encontradas en un cuerpo caído del aire..., cosas que no es posible que existan en Manitoba, cosas que pertenecían a Leng, a las islas del Pacífico -y me despidió con un movimiento de brazo, y una expresión de disgusto cruzó por su rostro-. No me crees. Piensas que desvarío. ¡Vete, regresa a tu sueño mezquino, y espera tu final a lo largo de la eterna miseria de monotonía, día tras día!
-¡No! Cuéntamelo ahora.
-Hablaré contigo por la mañana -dijo él cansadamente, echándose hacia atrás.
Me tuve que contentar con eso: era duro como el diamante, y no había forma de ablandarle. Le di las buenas noches de nuevo, y me retiré al vestíbulo con Frolin, que movía la cabeza lenta, negativamente.
-Cada vez está peor -susurró-. Cada vez el viento sopla con más fuerza, el frío es más intenso, las voces y la música más claras... ¡y el ruido de esos pasos más terrible!
Dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras; tras un momento de vacilación, le seguí.
Por la mañana, mi abuelo mostraba su habitual aspecto saludable. En el momento de entrar yo en el comedor, estaba hablando a Hough, evidentemente en respuesta a una petición, pues el viejo criado se mantenía respetuosamente inclinado mientras oía decir a mi abuelo que él y la señora Hough podían efectivamente tomarse una semana de vacaciones a partir de este momento, si la salud de la señora Hough requería ir a Wausau a visitar a un especialista. Frolin me miró a los ojos con crispada sonrisa; su rostro había perdido algo de color, lo que le daba un aspecto pálido y trasnochado, aunque comía con bastante apetito. Su sonrisa, y la breve mirada significativa de sus ojos hacia Hough cuando se retiraba, manifestaron a las claras que esta necesidad que les había sobrevenido a Hough y a su esposa era un modo de combatir las manifestaciones que tanto me habían perturbado en mi primera noche en la casa.
-Bueno, muchacho -dijo el abuelo alegremente-, ya casi se te ha ido el aspecto macilento que tenías anoche. Confieso que estaba preocupado por ti. Supongo que tampoco te sentirás tan escéptico como antes.
Rió entre dientes, como si acabara de decir un chiste. Por desgracia, yo no pude considerarlo así. Me senté y empecé a comer un poco, mirándole de cuando en cuando, esperando a que empezara la explicación de los extraños sucesos de la noche anterior. Como en seguida me di cuenta de que no tenía intención de explicarme nada, me vi obligado a pedírselo expresamente, cosa que hice con toda la dignidad posible.
-Siento mucho que no hayas podido descansar -dijo-. El hecho es que ese umbral del que habla Leander debe de encontrarse en algún lugar del despacho; anoche sentí la absoluta certeza de que era así, antes de que irrumpieras en mi habitación por segunda vez. Además, parece incuestionable que al menos un miembro de la familia tuvo relaciones con alguno de aquellos seres... Leander, naturalmente.
Frolin se inclinó hacia delante.
-¿Crees en ellos?
Nuestro abuelo sonrió agriamente.
-Debería resultar evidente que, cualesquiera que sean mis poderes, el alboroto que oísteis anoche difícilmente pudo ser provocado por mí.
-Sí, por supuesto -concedió Frolin-. Pero algún otro agente...
-No, no; queda por determinar solamente cuál. El olor a agua es signo de la progenie de Cthulhu, pero los vientos podrían deberse a Lloigor, o a Ithaqua, o a Hastur. Pero las estrellas no están en la posición favorable para que sea Hastur -prosiguió-. Así que debemos quedarnos con los otros dos. Son ellos, o uno de ellos, los que están justamente al otro lado del umbral. Quiero saber qué hay más allá de ese umbral, si puedo descubrirlo.
Parecía increíble que mi abuelo hablase con tanta indiferencia sobre estos seres antiguos; su aire prosaico era en sí mismo tan alarmante como los acontecimientos de la noche. La temporal sensación de seguridad que había sentido yo al verle desayunar desapareció; empecé a tener conciencia nuevamente de ese creciente temor que había experimentado cuando me aproximaba a la casa, la pasada tarde, y lamentaba haber forzado mi interrogatorio.
Si mi abuelo sabía algo, no lo manifestó. Siguió hablando con el tono del profesor que realiza una investigación científica para beneficio del auditorio que tiene delante. No cabía duda, dijo, que existía una relación entre los sucesos de Innsmouth y el contacto exterior no humano de Leander Alwyn. ¿Abandonó Leander la ciudad de Innsmouth originalmente por el culto a Cthulhu que existía allí, porque él también se vio aquejado de esa singular transformación facial que afectó a tantos habitantes de la maldita Innsmouth, confiriéndoles aquella extraña fisonomía de batracio que horrorizó a los investigadores federales que fueron a inspeccionar el caso? Quizá fuera eso. En todo caso, al dejar atrás el culto de Cthulhu, se abrió camino hacia las regiones inexploradas de Wisconsin y estableció contacto de algún modo con alguno de los otros seres más antiguos, Lloigor o Ithaqua; todos ellos, hay que decir, fuerzas elementales del mal. Al parecer, Leander Alwyn era un hombre perverso.
-Si hay alguna verdad en todo esto -exclamé-, entonces habría que hacer caso de la advertencia de Leander. ¡Abandona ese descabellado empeño en descubrir el umbral del que hablas!
Mi abuelo me miró un instante con calculada indulgencia; pero era evidente que no se sentía aludido por mi explosión.
-Ahora que me he embarcado en esta exploración, pienso seguirla. Al fin y al cabo, Leander murió de muerte natural.
-Pero, según tu propia teoría, había tenido relaciones con esos... seres -dije-. Tú no tienes ninguna. Te atreves a salir -a los espacios desconocidos, por así decir, sin tener en cuenta los horrores que puedes encontrar.
-Cuando estuve en Mongolia me tropecé con horrores también. Jamás en la vida pensé que saldría con vida de Leng. -Calló, meditabundo, y luego se levantó lentamente-. No; me propongo descubrir el umbral de Leander. Y esta noche, oigáis lo que oigáis, no tratéis de interrumpirme. Sería una lástima que, después de tanto tiempo, me volviese a retrasar vuestra impetuosidad.
-Y cuando hayas descubierto el umbral -exclamé-, ¿qué?
-No estoy seguro de que quiera cruzarlo.
-Puede que no dependa de ti el elegir.
Me miró un instante en silencio, sonrió amablemente, y abandonó la habitación.
III
Aun ahora que ha pasado tanto tiempo, me resulta difícil narrar los acontecimientos de aquella noche catastrófica, por lo vívidamente que me vuelven a la memoria, a pesar del prosaico ambiente de la Miskatonic University, donde tantos y tan tremendos secretos se ocultan en textos antiguos y poco conocidos. Y sin embargo, para comprender los difundidos acontecimientos que ocurrieron después, es preciso conocer los sucesos de aquella noche.
Frolin y yo pasamos la mayor parte del día revisando los libros y papeles de mi abuelo, con intención de comprobar ciertas leyendas a las que se había referido en sus conversaciones, no sólo conmigo, sino con Frolin antes de mi llegada. A lo largo de toda su obra aparecían infinidad de alusiones crípticas, pero no encontramos más que un relato relacionado con nuestra investigación: una historia algo oscura, declaradamente de origen legendario, concerniente a la desaparición de dos habitantes de Nelson, Manitoba, y un oficial de la Policía Montada de la Royal Northwest, y la reaparición de los tres como llovidos del cielo, helados y muertos o moribundos, balbuciendo palabras sobre Ithaqua, El-Que-Camina-en-el-Viento, y sobre muchos lugares de la faz de la Tierra, y portando consigo extraños objetos, propios de lejanas regiones, que jamás se había sabido que poseyeran en vida. La historia era increíble, y sin embargo, estaba claramente relacionada con la mitología consignada en The Outsider and Others y las que se relataban en los Manuscritos Pnakóticos, el Texto de R'lyeh y el terrible Necronomicón.
Aparte de esto, no encontramos nada que se relacionase de manera palpable con nuestro problema, así que nos resignamos a esperar a que llegase la noche.
En la comida y la cena, preparadas por Frolin en ausencia de Hough, mi abuelo se comportó con la normalidad de costumbre, sin aludir para nada a su extraña aventura, comentando solamente que ahora tenía la prueba concreta de que había sido Leander quien había pintado ese poco atractivo paisaje de la pared este del despacho, y que esperaba que pronto -dado que estaba llegando al final de su tarea de descifrar la larga y vaga carta de Leander- descubriría la clave esencial de ese umbral del que hablaba, y al que se refería ahora cada vez más. Cuando se levantó de la mesa, nos advirtió de nuevo solemnemente que no le interrumpiésemos por la noche, so pena de causarle el mayor disgusto, y acto seguido se metió en aquel despacho, del que no volvió a salir ya nunca.
-¿Crees que vas a poder dormir? -me preguntó Frolin cuando nos quedamos solos.
Negué con la cabeza.
-Imposible. Permaneceré en vela.
-Creo que no le gustaría que nos quedásemos abajo -dijo Frolin, frunciendo levemente el ceño.
-Me iré entonces a mi habitación -dije-. ¿Y tú?
-Me quedaré contigo, si no te importa. El se propone llegar al final, y no hay nada que podamos hacer hasta que nos necesite. Puede llamar...
Yo tenía la desagradable convicción de que si mi abuelo nos llamaba, sería demasiado tarde, pero me abstuve de expresar mis temores en voz alta.
Los sucesos de esa noche empezaron como en la anterior: con los acordes de aquella música espectralmente hermosa, como de flautas, que brotaba de la oscuridad que envolvía la casa. Después, al cabo de un rato, comenzó el viento, y el frío, y la voz ululante. Y entonces, precedido por un aura de maldad tan grande que casi nos asfixiaba en la habitación, sucedió algo más, algo indeciblemente espantoso. Frolin y yo estábamos a oscuras; yo no me había molestado en encender mi vela eléctrica, dado que ninguna luz podría revelarnos el origen de todas estas manifestaciones. Fui a la ventana y, cuando el viento empezó a levantarse, miré una vez más hacia la línea de árboles, pensando que, con toda certeza, se agitarían con la enorme embestida del viento; pero una vez más, no vi nada, ni un leve movimiento en esa quietud. Ni una nube tampoco en el cielo; las estrellas brillaban vivamente, las constelaciones del verano descendían hacia el borde occidental de la Tierra indicando el otoño en el firmamento. El ruido del viento se había elevado invariablemente, de forma que ahora adquirió la furia de un ventarrón; y no obstante, ni un movimiento turbaba la línea de árboles más oscuros que la negrura del cielo.
Pero súbitamente -tan súbitamente que por un instante parpadeé en un esfuerzo por convencerme de que un sueño había nublado mi visión-. en una amplia zona del firmamento ¡desaparecieron las estrellas! Me puse de pie y pegué la cara contra el cristal. Era como si hubiese surgido una nube de repente en el cielo, a la altura casi del cenit; pero no era posible que surgiese ninguna nube a esa velocidad. A ambos lados, y por encima, brillaban aún las estrellas. Abrí la ventana y me asomé, tratando de seguir el oscuro perfil que se recortaba contra las estrellas. ¡Era el perfil de un animal inmenso, una horrible caricatura de hombre, la cual elevaba hasta el cielo lo que semejaba una cabeza, y allí, en el lugar donde podían situarse los ojos, resplandecían con un rojo encendido como dos estrellas de fuego! ¿O eran estrellas? En ese mismo instante, los ruidos de pasos que se aproximaban aumentaron hasta tal punto que la casa se estremecía y temblaba con sus vibraciones, la furia demoníaca del viento se elevó a unas proporciones indescriptibles, y el ulular alcanzó tal grado que resultaba enloquecedor.
-¡Frolin! -llamé roncamente.
Noté que se ponía a mi lado, y un instante después sentí que me apretaba frenéticamente el brazo. ¡Así pues, él también lo había visto, no era una alucinación, ni un sueño, ese ser gigantesco que se recortaba sobre las estrellas y se movía!
-¡Se mueve! -susurró Frolin-. ¡Oh, Dios, viene hacia aquí!
Se alejó despavorido de la ventana, y yo también. Pero un instante después, la sombra del cielo había desaparecido, y volvían a brillar las estrellas. El viento, no obstante, no había disminuido un ápice en intensidad; si era posible, se hacía más feroz y violento por momentos; la casa entera se estremecía y temblaba, mientras aquellas pisadas atronadoras sonaban y resonaban en el valle que se abría ante la casa. Y el frío se fue intensificando, de modo que el aliento nos salía en forma de un vapor blanco en el aire: era un frío como de los espacios exteriores.
Por encima de la confusión de la mente, pensé en la leyenda que contaban los papeles de mi abuelo: la leyenda de Ithaqua, cuya característica consistía en el frío y la nieve de las lejanas regiones árticas. Estaba recordando esto, cuando un coro espantoso de aullidos, cántico triunfal de miles de bocas bestiales, me lo borró todo de la mente:
-¡Ia! ¡Ia! ¡Ithaqua, Ithaqua! ¡Ai! ¡Ai! ¡Ai! Ithaqua cf'ayak vulgtumm vugtlagln vulgtumm. ¡Ithaqua fhtagn! ¡Ugh! ¡Ia! ¡Ia! ¡Ai! ¡Ai! ¡Ai!
Al mismo tiempo, sobrevino un estallido atronador, e inmediatamente después, la voz de mi abuelo se elevó en un grito terrible, un grito que se convirtió en un alarido de mortal terror, de forma que los nombres que quiso pronunciar -el de Frolin y el mío- se perdieron, se ahogaron en su garganta bajo la fuerza del horror que se le había manifestado.
Y tan repentinamente como se dejó de oír su voz, cesaron todos los demás fenómenos, dejando ese silencio espectral y prodigioso que nos envuelve como una nube de fatalidad.
Frolin llegó a la puerta de la habitación antes que yo, aunque no me quedé atrás. Se cayó en mitad de la escalera, pero se incorporó a la luz de mi vela eléctrica, que había cogido yo al salir, y juntos arremetimos contra la puerta del despacho, llamando al anciano.
No contestó ninguna voz, aunque la raya amarilla de la puerta probaba que aún ardía la luz de su lámpara.
La puerta estaba cerrada por dentro, de modo que fue necesario derribarla para poder entrar.
No encontramos rastro alguno de mi abuelo. En la pared este, en cambio, se abría una gran cavidad, donde había estado la pintura, ahora tumbada en el suelo -una abertura rocosa que conducía a las profundidades de la tierra-, y por encima de todo cuanto había en la habitación se extendía la marca de Ithaqua: una fina capa de nieve, cuyos cristales brillaban como un millón de joyas diminutas bajo la luz amarilla de la lámpara de mi abuelo. Aparte del cuadro, sólo la cama estaba desordenada, ¡como si el abuelo hubiera sido arrebatado de ella por una fuerza prodigiosa!
Corrí apresuradamente adonde el anciano había guardado el manuscrito de tío Leander, pero no estaba; no había ni rastro de él. Frolin dio un grito repentino, y señaló el cuadro que tío Leander había pintado, y luego el boquete que se abría ante nosotros.
-Estaba ahí... el umbral -dijo.
Y vi lo mismo que él, como lo había visto el abuelo, pero demasiado tarde: ¡el cuadro de tío Leander no era más que la representación del lugar donde se había construido la casa para ocultar la cavernosa abertura de la ladera, el umbral secreto sobre el que advertía el manuscrito de Leander, el umbral por el que mi abuelo había desaparecido!
Aunque no hay mucho que añadir, queda por revelar el más maldito de todos los hechos extraños. La policía del condado practicó una inspección completa de la caverna, auxiliada por algunos intrépidos aventureros de Harmon; descubrió que tenía varias aberturas, y comprobó que cualquiera que quisiese llegar hasta la casa a través de la caverna, habría tenido que entrar por una de las innumerables hendiduras descubiertas en los montes de los alrededores. La naturaleza de las actividades de tío Leander quedó revelada tras la desaparición del abuelo. Frolin y yo nos vimos en serias dificultades debido a las sospechas de la policía del condado, pero finalmente nos pusieron en libertad, al no aparecer el cuerpo de mi abuelo.
Pero desde esa noche, comenzaron a esclarecerse ciertos hechos; hechos que, a la luz de las alusiones de mi abuelo, juntamente con las horribles leyendas contenidas en los libros raros que guardamos aparte aquí, en la biblioteca de la Miskatonic University, son condenables y condenablemente incontrovertibles.
El primero de ellos es la serie de gigantescas huellas de pies encontradas en la tierra en el lugar donde se alzó aquella noche la sombra que cubría las estrellas de los cielos, la increíble anchura y profundidad que tenían, como si hubiese caminado por allí un monstruo prehistórico, y los pasos de un kilómetro de extensión que se dirigían más allá de la casa y desaparecían en una grieta que conducía a la caverna secreta, dejando un rastro idéntico al descubierto en la nieve al norte de Manitoba donde aquellos desdichados viajeros, y el oficial enviado a buscarles, desaparecieron de la faz de la Tierra.
El segundo es el descubrimiento del cuaderno de notas de mi abuelo, junto con una parte del manuscrito de tío Leander, encontradas ambas cosas en una capa de hielo, en el interior de los nevados bosques que hay más arriba de Saskatchewan, con todos los indicios de haber caído desde una gran altura. La última anotación estaba fechada el día de su desaparición, a finales de setiembre; el cuaderno no fue hallado hasta el mes de abril del siguiente año. Ni Frolin ni yo nos atrevimos a exponer la explicación de su extraña aparición que en seguida nos vino a la cabeza, y juntos quemamos aquella horrible carta y la imperfecta traducción que nuestro abuelo había hecho, traducción que en sí misma, tal como estaba escrita, con todas las advertencias contra el terror del otro lado del umbral, había servido para invocar del exterior a una criatura tan horrible que jamás ha intentado nadie describirla, ni aun esos escritores antiguos cuyos tenebrosos relatos se hallan difundidos por toda la faz de la Tierra.
Y por último, la prueba más concluyente, la más tremenda de todas: el descubrimiento, siete meses más tarde, del cadáver de mi abuelo en una pequeñísima isla del Pacífico, no lejos de Singapur, al sudeste, y el singular informe que dieron de su estado: perfectamente conservado, como en hielo; tan frío, que nadie pudo tocarlo con las manos desnudas hasta los cinco días de su descubrimiento; aparte de esto, estaba el hecho singular de que lo encontraron medio enterrado en arena, ¡como si "hubiese caído de un aeroplano"! Ni a Frolin ni a mí nos pudo caber la menor duda; ésta era la leyenda de Ithaqua: se llevaba a sus víctimas consigo hacia regiones apartadas de la Tierra en el tiempo y el espacio, antes de deshacerse de ellas. Y era innegable que mi abuelo había estado vivo durante parte de ese viaje, y si abrigábamos alguna duda sobre ello, las cosas encontradas en sus bolsillos, recuerdos recogidos de extraños y secretos lugares -y que nos enviaron a nosotros-, constituían el testimonio irrebatible y definitivo: la placa de oro, con una representación miniada de una lucha entre seres antiguos, la cual llevaba en su superficie inscripciones con trazos cabalísticos, placa que el doctor Backham de la Miskatonic University identificó como procedente de alguna región situada más allá de la memoria del hombre; el abominable libro escrito en birmano, que revelaba horripilantes leyendas de esa lejana y oculta meseta de Leng, tierra del terrible pueblo Tcho-Tcho; y finalmente, ¡la repulsiva y bestial miniatura, tallada en piedra, de una monstruosidad infernal caminando sobre los vientos, por encima de la Tierra!

Chitterton House -- August Derleth

Chitterton House
August Derleth


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Ninguna persona acomodada de Winterton puso jamás una casa sin llamar a Philander Potts para que lo "hiciera" por ella. Philander Potts: decorador de interiores, era la cumbre de la perfección; era el más capacitado para juzgar en cuanto a combinación de colores, diseños de papel tapiz, acabados en madera, y todas esas pequeñeces que cautivan a las mujeres; suya era la última y definitiva palabra en lo relativo a cortinajes y toda clase de decorados, desde el sencillo y efectivo hasta el más recargado y ostentoso, adecuado para aquellos felices mentecatos que imaginan que la presencia de algo deslumbrante es prueba positiva de su progreso en el mundo material e intelectual.
Philander Potts, en una palabra, era poseedor de un gusto impecable y ninguna falsa modestia le impedía admitirlo como un hecho. El suyo era un éxito trabajosamente conquistado. Se había iniciado con una pequeña tienda, pero, habiendo sido dotado de un descaro inacabable y careciendo de escrúpulos de especie alguna, había hecho que sus competidores quebraran, uno a uno, hasta que, finalmente, quedó como único decorador de interiores con cierta categoría en la ciudad. Llegó a ser un implacable dictador en los negocios y en el hogar; sus ayudantes, su esposa e hijos bailaban al son que les tocara, y, si él era feliz, ellos no lo eran, aunque la felicidad de los demás no era su problema.
Ya hemos comentado que la gente se sentía francamente orgullosa de tener una casa "puesta" por Potts, y, de entre todos, Potts era el más orgulloso; ciertamente, en sus momentos más caprichosos, imaginaba que toda la ciudad de Winterton, tarde o temprano, sería una creación y una recreación de Potts; soñaba en el lejano día en que la gente hablaría de una "ciudad de Potts". ¡ Ah vanidad humana !
Potts creyó entrever el principio de la realización de su grandísimo sueño cuando las jóvenes y huérfanas hermanas Laver compraron la tanto tiempo abandonada Chitterton House, otrora, en los nada lamentados años setenta, casa grande de Winterton. Al punto, las damitas fueron a ver a Philander Potts, y éste, pese a su tendencia a la obesidad, las recibió acicalado, perfumado y elegante como siempre. Las Laver eran agraciadas, rubia y de ojos cafés la una, trigueña y de ojos azules la otra.
- Queridas señoras -ronroneó Philander Potts-, han venido para hablarme de su nueva casa. O, tal vez debiera yo decir, de la vieja casa que quedará como nueva cuando yo termine mi trabajo.
- Es cierto que necesitamos sus consejos -admitió Janna, la rubia, con loable precaución-.
- Verá usted señor Potts -terció Edna-, tenemos un problema bastante especial. Y, a decir verdad, no sabemos si usted está o no capacitado para resolvérnoslo.
Philander Potts se irguió hasta donde su barriga se lo podía permitir y arrugó el ceño de manera impresionante.
- Todavía no he encontrado problema que no haya podido solucionar -sentenció-.
- Al parecer, en la casa tenemos una habitación embrujada -prosiguió Edna, mientras que una leve arruga aparecía en la parte superior de su frente.
- ¿Ah, si? -dijo Potts, alzando las cejas irónicamente-.
- Se trata de un recibidor que hay en el segundo piso -continuó Edna-.
Potts tomó asiento, puso las manos sobre su escritorio y se inclinó hacia el frente, interesado.
- Cuénteme, cuénteme -instó-.
Entre las dos, las hermanas Laver resumieron sus peripecias con el recibidor del segundo piso. Se trataba de una vasta habitación, amueblada segun los gustos de 1.870, con una amplia vista de la ciudad, ya que la casa se levantaba en la cima de una loma que dominaba casi por entero la ciudad. Como la habitación estaba junto a un dormitorio y a un baño, era ideal para el uso de una de las hermanas o de los huéspedes. Había sido la pieza favorita de los últimos Chitterton, las señoritas Lavinia y Hester, mujeres extrañas e introvertidas que vivieron en reclusión, completamente alejadas de cualquier actividad social. En vida, no habían permitido que se hiciera ningún cambio en la habitación, y era del todo evidente que no estaban dispuestas a permitirlo después de su muerte.
Las almas de las Chitterton obviamente se habían adueñado del recibidor. Cada vez que alguna silla era movida siquiera un centímetro, volvía a su antigua posición poco después, sin que mano humana alguna hubiera intervenido. Cierto día, las hermanas Laver y la servidumbre habían arreglado el mobiliario antiguo, en espera de la llegada del nuevo; la laboriosa tarea les había llevado toda una tarde. Sin embargo, a la mañana siguiente, tras el acompañamiento nocturno de estrenduosos golpeteos y martilleos, todos los muebles se hallaban de vuelta en el lugar en que las Chitterton los habían dejado, y en el que pacientemente querían que siguieran. Las hermanas Laver querían dejar claramente asentado que, por su parte, no temían ni a fantasmas ni a cualquier otra especie de manifestaciones de lo sobrenatural, pero que estaban decididas a que el recibidor visitado por los espectros fuera redecorado.
- Haré de él una obra maestra -les aseguró Potts- mandaréa mis operarios mañana por la mañana.
- El precio no será obstáculo -dijo Edna, poniéndose en pie-.
Philander Potts respaldaba y respetaba de corazón aquella actitud; por ella se hizo casi untuoso y duplicó su natural venero de solicitud, tanto que él, en persona, llevó a las hermanas Laver hasta la salida.
Muy de mañana se presentaron los ayudantes de Potts en la casa. Su llegada coincidió con la de los nuevos muebles comprados para el recibidor del segundo piso. Todo fue fortuito. Los ayudantes no perdieron tiempo en sacar todos los muebles dejados por los Chitterton, para desecharlos y sustituirlos con las nuevas piezas adquiridas por las Laver en Cleveland.
Después del almuerzo, el propio Potts apareció en escena. Encontró a sus ayudantes desolados.
- ¿Que han estado haciendo? -les preguntó bruscamente-.
- Moviendo los muebles solamente -le respondió Jennings, el ayudante de más edad.-
- Pero, si han tenido toda la mañana -gruñó Potts con la más desagradable de sus voces-.
- Necesitamos muchas mañanas más -dijo Martin, el otro operario-.
Ambos hicieron intentos de explicar lo sucedido antes de que Potts designara a Jennings para hacerlo. Entonces, éste hizo una detallada relación de sus actividades de aquella mañana: el cambio de muebles, la selección del color de la alfombra, la plática con las hermanas Laver acerca del papel tapiz -ya que aquel horribe importado de Francia, descolorido y viejo como estaba, debía desaparecer- y, finalmente, de la ida a almorzar, hora durante la cual todos los muebles habían sido colocados en su actual posición.
De paso, aquella era la misma disposición que tenían los muebles desechados; quienquiera que hubiese llevado adelante aquel molesto juego era, por lo menos, consistente; los nuevos muebles simplemente habían sido puestos en el lugar de los antiguos; si algún agente no humano era responsable de las perturbaciones ocurridas en el recibidor del segundo piso, ese agente se había resignado a la pérdida de los muebles antiguos. Que duda de que se resignaría de la misma manera a otros cambios, a despecho de las hermanas Laver.
- Muy bien adelante -dijo Potts-. No se preocupen por los muebles. Déjenlos en donde están. ¿Ya han escogido las señoritas Laver la alfombra?.
- Si, señor. Es una excelente alfombra color vino.
- ¿Y el papel de la pared?
- Todavía hay dudas al respecto.
- Me llevaré el muestrario para hablar con ellas.
Potts fue en busca de las hermanas Laver y se sentó en medio de ellas con el muestrario de papel tapiz. Como habían escogido una alfombra color vino, seguramente para las paredes desearían algo en color vino con ocre, cobre, bronce, o tal vez pardo oscuro. Potts creía tenerlo todo arreglado. Con ademanes estudiados abrió el muestrario en la página justa, dejando ver un nuevo diseño de figuras multicolores sobre un fondo siena, un diseño que representaba las calles de una ciudad, con diminutos seres humanos que caminaban en todas las direcciones. Era un papel lleno de colorido, mas no llamativo.
-¡ Magnífico ! -exclamó Janna-.
- Es algo realmente nuevo -apuntó Potts, con aire de quien confía un inapreciable secreto-. Yo diría que no hay otro igual en Winterton. Y, naturalmente, si usted se deciden a ponerlo, les aseguro que no habrá nunca otro así.
- ¿Lo tienen en existencia? -inquirió Edna, con sentido práctico-.
- En grandes cantidades, créame.
- Muy bien. Me gusta
- A mi también -dijo Janna-.
- Permítame felicitarlas por su exquisito gusto, estimadas señoras -murmuró Potts-.
El decorador volvió al segundo piso y ordenó a sus ayudantes que pintaran el techo de amarillo claro, mientras del almacén llegaba el papel de la pared. Salió de la casa eminentemente complacido por el hecho de que las hermanas hubieran escogido uno de los materiales más caros que podía ofrecerles. Una vez en su establecimiento, ordenó que se enviara a Chitterton House papel en cantidad suficiente para cubrir las paredes del recibidor visitado por los espíritus. Cuando sus ayudantes volvieron, a las seis de la tarde, le informaron que el techo estaba ya pintado y que había sido cubierta una de las paredes. A las ocho, las hermanas Laver llamaban por teléfono para informar que todo el papel que había sido colocado se habái desprendido.
Al día Potts se presentó en Chitterton House con sus ayudantes. Iba lleno de justa indignación y de su acostumbrada egolatría, que era inmensa. ¡Nunca se había desprendido ningún papel de Potts!. Observó, con ira, la devastación de que había sido objeto el recibidor. Únicamente el techo quedaba intacto.
- Lo primero es desprender todo el papel tapiz antiguo -decidió-
Dicho lo anterior, pusieron manos a la obra. Jennings y Martin observaban a su patrón con disimulado interés morboso. Philander Potts no pudo entender aquello en un principio, pero pronto acabó
por comprender. Mientras desprendía el papel antiguo de la pared, tuvo conciencia de una molesta especie de intromisión, como si ráfagas de viento surgieran de la nada para azotar el papel contra su rostro, o como si manos fantasmas trataran de impedirle la realización de su trabajo. No dudaba de que sus ayudantes hubieran sufrido intromisiones semejantes, mas, por su parte, de ninguna manera estaba dispuesto a mostrar que las había notado. Sin embargo, resultaban extremadamente molestas y no menos descorcentantes. En la habitación no había corrientes de aire manifiestas; las ventanas estaban cerradas, lo mismo que la puerta.
No se veía claramente de dónde podía provenir el aire. En realidad, Potts tampoco lo sentía; todas sus observaciones tenían como base la agitación del papel tapiz desprendido, tal como si él mismo estuviera animado, moviéndose por voluntad propia, siguiendo un singular plan predeterminado, como queriendo desalentarlo en sus esfuerzos por desprenderlo de la pared.
Mas Potts no iba a darse por vencido. Abordaba la tarea sonbría, firmemente, negándose a ser demorado o distraído por aquel papel curiosamente animado que sacudía su moho alrededor del sitio en que Potts trabajaba, de manera que, al poco, éste se hallaba por una delgada capa de polvo. A eso del mediodía, las paredes estuvieron limpias y listas para que se les pusiera el nuevo papel tapiz, así que el decorador, atendiendo a una invitación de las hermanas Laver, bajó a tomar el almuerzo con ellas.
- Esta vez -dijo a las hermanas, en tono confidencial- el papel se quedará en su sitio, o dejo de llamarme Philander Potts.
- Claro, claro -respondió Janna-.
- ¿Quiere usted té o café, señor Potts? -inquirió Edna, quien, inmediatamente, pasó a una segunda pregunta-. Usted debe haber conocido a las hermanas Chitterton. ¿Que clase de personas eran?
- Típicas solteronas -respondió Potts-.
- ¿Que es una solterona típica, señor Potts? -preguntó Janna cándidamente.
El decorador de interiores se encogió de hombros, con afectación.
- Bueno, pues..., una vieja dama chiflada, obstinada, retirada de los demás. Las Chitterton, como ustedes sabrán, vivían apartadas del resto del mundo. Sorpréndanse. No les gustaba la gente. Supongo que si uno se basta a si mismo por mucho tiempo, no desea que nadie lo moleste. Después de todo, queridas señoras, la gente es un problema.
Potts dijo lo anterior como si se tratara de una gran verdad, aunque, en realidad, lo que había querido decir era que el problema lo eran las personas que le causaban dificultades; mientras hablaba, el hombre se preguntó si los fantasmas serían personas. No, no lo creía.
- ¿Era difícil llevarse bien con ellas? -quiso saber Edna.
- Mucho. Naturalmente, mi madre las conoció mejor que yo. Hace ya casi veinte años que murieron.
- ¿Cree usted que los fantasmas envejecen? -preguntó Janna inocentemente-.
- Nunca he pensado en ello -respondió Potts con franqueza-. No creo en fantasmas.
- Comprendo. Parece que no tenemos otra alternativa -apuntó Edna, con naturalidad-.
Potts estaba ligeramente desconcertado, aunque no mucho. En lo particular, pensaba que las hermanas Laver tenían cierta tendencia hacia la estupidez, pero como representaban para él una fuente de ingresos, se guardaba muy bien de manifestarlo. Platicó cortésmente con ellas durante el almuerzo, y luego volvió al recibidor del segundo piso para colocar el nuevo papel tapiz.
Todo estaba tal y como lo había dejado. Se sorprendió admitiendo para sí mismo que había esperado que ocurrieran cambios. Pero, aun un fantasma dificilmente hubiera podido volver a colocar el antiguo papel tapiz, ya que éste había sido llevado afuera y quemado, antes de que Jennings y Martin se fueran a almorzar. Sin esperar el regreso de sus ayudantes y considerando que el tapizado de las paredes debía estar concluido al anochecer, Potts se entregó al punto a su labor
Al poco tiempo se dio cuenta de que en la atmósfera del recibidor había algo que no estaba antes allí. Si durante toda la mañana había tenido una corriente de aire que le dificultaba su trabajo, ahora había
una inquietante nota de maldad, cuya aura estaba presente en la pieza, de manera tan tangible que casi se la podía tocar. Aquella aura lo oprimía en todos los sentidos, acalerándole el pulso y atravesándolo de lado a lado con cierta vaga alarma que lo contrariaba y que le causaba ira.
¿ Lo notarían Jennings y Martin? Se preguntaba.
Lo notaron. Volvieron al poco y se pusieron a trabajar. Media hora después, Jennings musitaba algo para sí.
- ¿Que pasa? -preguntó Potts, con aspereza-.
- Que esto no me gusta, es todo -le respondió Jennings.
- ¿Que es lo que no te gusta?
- Esta habitación. Hay algo en ella.
- Claro que lo hay -concedió Potts- Nosotros tres.
- Es algo más -completó Martin con inhabitual seguridad-.
- Entiendo -dijo el patrón-. Bien muchachos, quiero que lo soporten hasta donde les sea posible. Si pueden resistir hasta las cuatro de la tarde, podrán irse, que yo mismo terminaré el trabajo.
La atmósfera de peligro fue haciéndose más densa. Una especie de amenza consciente la nublaba. Sin embargo, extrañamente, no había interferencias. Colocaron el papel en una pared, luego en la otra;
habían realizado la mitad del trabajo. A eso de las cuatro, cuando Jennings y Martin se retiraron, tratando de disculparse, quedaba aproximadamente la mitad de una pared sin cubrir, y Potts aseguró a sus hombres que él mismo podía hacerlo y que terminaría antes de las seis. Trabajó entonces diligentemente.
Se sentía oprimido por la densa aura de iracunda amenaza que lo rodeaba. En una o en dos ocasiones imaginó que la habitación se oscurecía. Mientras trabajaba, tratando de olvidar sus impresiones, tenía la inquietante certidumbre de que alguien lo observaba y, en más de una oportunidad, se sintió capaz de jurar que alguien se hallaba ahí, justo fuera del alcance de su mirada, apreciable con el rabillo del ojo y gracias a un esfuerzo, pero apreciable con seguridad. La ilusión persistía; casi inconscientemente, Potts aceleró el ritmo de su trabajo. Mas la habitación se oscurecía decididamente, con una oscuridad tangible que emanaba de las paredes como una nube. Philander Potts daba gracias de que el trabajo estaba casi concluido, pues la
amenaza que llenaba la pieza resultaba profundamente molesta. Quedaban dos tiras por colocar, al poco tiempo una solamente; se volvió para tomarla y vio la nube de oscuridad que se levantaba en espiral. Por un momento se quedó sorprendido, mirando. Luego cerró los ojos y sacudió la cabeza. Abriendo los ojos, tuvo tiempo de ver a dos ancianas de rostros ceñudos que salían de aquella sobrenatural nube de tinieblas y que avanzaban hacia él con propósitos vengativos.
En un abrir y cerra de ojos se apoderaron de él
Gritó con voz ronca, una sola vez.
- ¿Oiste algo, Edna? -preguntó Janna, dando la espalda al fonógrafo-.
- Nada especial, ¿por que?.
- Creí oír un grito.
- No, creo que no se oyó nada. Vuelve a poner el disco ¿quieres?.
- ¿Le invitaste a cenar?
- ¡Por Dios, no! ¡Que aburrimiento!.
Media hora después, ambas subían al recibidor del segundo piso. Potts se había ido, dejando las herramientas para ser recogidas a la mañana siguiente.
- ¡Que bonito papel! -exclamó Janna.
- Cuando se hayan colocado los muebles y la alfombra quedará estupendo. Demasiado buenos para nuestros huéspedes, verdaderamente -observó Edna-.
esta noche volverán a desprenderlo -dijo Janna, tristemente.
- Será mejor que no lo hagan. El señor Potts tendría que comenzar de nuevo. No le gustará nada, pero lo prometió. Nosotras le obligaremos a cumplir
Janna guardó silencio. Con la cabeza ligeramente ladeada, permaneció escuchando. Al cabo de un rato, preguntó:
- ¿Oyes algo, Edna?
- Esta casa no te sienta bien, querida -le dijo Edna, complaciente-. ¿Que habría de oír?
- Creí oír..., sólo creí oír.... una voz. Pero. claro, no es posible
- Espero que esta noche no desprendan el papel.
Pero el papel no fue desprendido. Por el contrario, los ayudantes de Philander Potts, decorador de interiores, pudieron, al día siguiente, dejar arreglada la habitación, con su alfombra nueva, sus muebles,
sus cortinajes, y, como prudentamente decidieron dejar la antigua disposición del mobiliario, no hubo posteriores contratiempos.
Sin embargo, la desaparición de Philander Potts fue motivo de sorpresa por espacio de nueve días, hasta que se aseguró que una agraciada joven viuda había abandonado la ciudad aproximadamente en la misma fecha, y que, se supuso, aunque erróneamente, que Potts repentinamente había decidido irse con la viuda. La esposa y los hijos de Potts se sintieron aliviados, más que otra cosa. Los señores Jennings y Martin llevaron el negocio adelante sin la intervención de Potts, y la familia de éste, tanto como sus empleados, comenzaron a vivir una existencia más placentera
sin disminución en sus ingresos y, si acaso, con una sustancial aumento en ellos.
De haberse hallado en posición de hacerlo, Philander lo hubiera agradecido, ya que, como resultado de la nueva decoración del recibidor visitado por los espíritus, el nombre de Potts adquirió nuevo lustre.
Cándidamente, las hermanas Laver llamaron al recibidor "el triunfo de Potts". Con una especie de admiración acostumbraban mostrar el recibidor a los visitantes. "Su secreto se ha ido con él", solían decir, "nos prometió una obra maestra y no hay duda de que ésta lo es.
Un papel tapiz de efectos sonoros, ni más ni menos. Párese aquí, y si escucha con atención, podrá oir como si alguien, desde muy lejos, dijera ¡ Déjenme salir ! ¡ Déjenme salir !.

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