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jueves, 28 de agosto de 2008

EN LA NOCHE -- LA NOCHE -- GUY DE MAUPASSANT

EN LA NOCHE -- LA NOCHE -- GUY DE MAUPASSANT
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LA NOCHE

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Amo la noche apasionadamente. La amo como se ama a la tierra natal o a la amante, con un amor instintivo, profundo e invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos que escuchan su silencio, con toda mi carne que acarician las tinieblas. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire cálido, en el aire ligero de las mañanas claras. El búho huye en la noche, mancha negra que pasa a través del espacio negro, y, gozoso, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.
El día me fatiga y aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto sin ganas, salgo a la calle con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra y cada pensamiento me cansan como si levantase un fardo abrumador.
Pero cuando el sol baja, me invade una alegría confusa, una alegría de todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que aumenta la sombra me siento otro, más joven, más fuerte, más alerta, más feliz. Veo espesarse la gran sombra dulce caída del cielo: inunda la ciudad, como una ola inasequible e impenetrable, oculta, borra y destruye los colores, las formas, abraza las casas, los seres y los monumentos con su contacto imperceptible.
Entonces tengo ganas de gritar de placer como las lechuzas, de correr por los tejados como los gatos; y en mis venas se enciende un impetuoso, un invencible deseo de amar.
Me pongo en marcha y camino, unas veces por los sombríos arrabales, otras por los bosques cercanos a París, donde oigo merodear a mis hermanas las bestias y a mis hermanos los cazadores furtivos.
Lo que se ama con violencia siempre acaba por mataros. Pero ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo, incluso, hacer comprender que pueda contarlo? No sé, ya no sé, sólo sé que es así. Eso es todo.
Así pues, ayer —¿fue ayer?—, sí, no cabe duda, a menos que haya sido antes, otro día, otro mes, otro año, no sé. Debió ser ayer sin embargo, porque la aurora no ha salido ni el sol ha vuelto a aparecer. Pero ¿desde hace cuánto dura la noche? ¿Desde cuándo?... ¿Quién puede decirlo? ¿Quién lo sabrá jamás?
Así pues, ayer salí como hago todas las noches, después de cenar. Hacía un tiempo espléndido, muy bello, muy suave, muy cálido. Bajando hacia los bulevares, veía por encima de mi cabeza el río negro y lleno de estrellas recortado en el cielo por los tejados de la calle que giraba y hacía ondular como un auténtico río ese arroyuelo móvil de los astros.
Todo era claro en el aire sutil, desde los planetas hasta los mecheros de gas. Allá arriba y en la ciudad brillaban tantos fuegos que las tinieblas parecían luminosas. Las noches resplandecientes son más gozosas que los grandes días de sol.
En el bulevar relucían los cafés; la gente reía, paseaba, bebía. Entré en el teatro un momento; ¿en qué teatro? Tampoco lo sé. Había en él tanta luz que me entristeció y salí con el corazón algo ensombrecido por aquel choque de la luz brutal en los oros de la balconada, por el centelleo ficticio del enorme lustro de cristal, por la batería de fuego de las candilejas, por la melancolía de aquella claridad falsa y cruda. Llegué a los Campos Elíseos, donde los cafés-concierto parecían focos de incendio entre el ramaje. Los castaños rozados por la luz amarilla parecían pintados y tenían un aspecto de árboles fosforescentes. Y los globos eléctricos, semejantes a lunas resplandecientes y pálidas, a huevos de luna caídos del cielo, a perlas monstruosas y vivas, hacían palidecer bajo su claridad nacarada, misteriosa y regia los hilillos de gas, de un despreciable gas sucio, y las guirnaldas de cristales de colores.
Me detuve bajo el Arco de Triunfo para mirar la avenida, la larga y admirable avenida estrellada que va hacia París entre dos hileras de farolas y de astros. Los astros arriba, los astros desconocidos arrojados al azar en la inmensidad donde dibujan esas figuras extrañas, que hacen soñar tanto, que hacen pensar tanto.
Entré en el Bosque de Bolonia y allí permanecí mucho, mucho tiempo. Sentí un escalofrío singular, una emoción imprevista y poderosa, una exaltación de mi pensamiento rayana en la locura.
Caminé mucho, mucho tiempo. Luego regresé.
¿Qué hora sería cuando volví a pasar bajo el Arco de Triunfo? No sé. La ciudad dormitaba, y las nubes, unas grandes nubes negras invadían lentamente el cielo.
Por primera vez sentí que iba a ocurrir algo extraño, nuevo. Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche, mi bienamada noche, pesaba sobre mi corazón. Ahora la avenida estaba desierta. Sólo dos alguaciles paseaban junto a la parada de coches de punto, y en la calzada, iluminada apenas por los mecheros de gas que parecían moribundos, una fila de carros de verduras iban a los Halles. Avanzaban despacio, cargados de zanahorias, de nabos y de coles. Los conductores dormían, invisibles, los caballos andaban con paso monótono, siguiendo al coche anterior, sin ruido, sobre el pavimento de madera. Delante de cada farol de la acera, las zanahorias encendían su color rojo, los nabos el blanco, y las coles el verde; y uno tras otro pasaban aquellos carros rojos, de un rojo de fuego, blancos de un blanco de plata, y verdes de un verde de esmeralda. Los seguí, luego torcí por la calle Royale y regresé a los bulevares. No había nadie, ni cafés iluminados, sólo algunos rezagados con prisa. Nunca había visto París tan muerto, tan desierto. Saqué mi reloj. Eran las dos.
Me impulsaba una fuerza, la necesidad de caminar. Fui pues hasta la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan oscura, porque no distinguía siquiera la columna de Julio, cuyo Genio de oro estaba perdido en la oscuridad impenetrable. Una bóveda de nubes, espesa como la inmensidad, había ahogado las estrellas, y parecía caer sobre la tierra para aniquilarla.
Retrocedí. A mi alrededor no había nadie. En la plaza del Cháteau-d’Eau, sin embargo, un borracho estuvo a punto de tropezar conmigo, luego desapareció. Oí un rato su paso desigual y sonoro. Seguí caminando. A la altura del barrio de Montmartre pasó un coche de punto bajando hacia el Sena. Lo llamé. No respondió el cochero. Una mujer que vagabundeaba junto a la calle Drouot me dijo: «Oiga, caballero». Apreté el paso para evitar su mano tendida. Luego nada mas. Delante del Vaudeville, un trapero hurgaba en el arroyo. Su farolillo flotaba a ras del suelo. Le pregunté: «¿Qué hora es, buen hombre?»
Gruñó: «Si lo supiera! No tengo reloj.»
De pronto observé que los mecheros de gas estaban apagados. Sé que los apagan muy pronto, antes del alba, en esta estación, por economía; ¡pero la aurora todavía estaba lejos, muy lejos!
«Vamos a los Halles —pensé—, ahí al menos encontraré vida.»
Me puse en marcha, pero ya no veía siquiera para guiarme. Caminaba muy despacio, como se hace en un bosque, y reconocía las calles contándolas.
Delante del Crédit Lyonnais ladró un perro. Torcí por la calle de Grammont, me perdí; anduve errante, luego reconocí la Bolsa por las verjas de hierro que la rodean. Todo París dormía con un sueño profundo y espantoso. A lo lejos, sin embargo, rodaba un coche de punto, un solo coche de punto, tal vez el que hacía un rato había pasado delante de mí. Traté de ir a su encuentro, dirigiéndome hacia el ruido de sus ruedas por calles solitarias y negras, negras, negras como la muerte.
Volví a perderme. ¿Dónde me encontraba? ¡Qué locura apagar tan pronto el gas! Ni un transeúnte, ni un rezagado, ni un vagabundo, ni un maullido de gato enamorado. Nada.
¿Dónde estaban los guardias? Me dije: «Si grito, vendrán». Grité. No respondió nadie.
Llamé más fuerte. Mi voz echó a volar sin eco, débil, ahogada, aplastada por la noche, por aquella noche impenetrable.
Me puse a aullar: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!»
Mi llamada desesperada quedó sin respuesta. ¿Qué hora era? Saqué mi reloj, pero no tenía cerillas. Escuché el ligero tictac de la pequeña máquina con una alegría desconocida y extraña. Parecía estar viva. Me encontraba menos solo. ¡Qué misterio! Volví a ponerme en marcha como un ciego, tanteando las paredes con mi bastón; alzaba en todo momento los ojos hacia el cielo, esperando que por fin saliese la aurora; pero el espacio estaba negro, completamente negro, más profundamente negro que la víspera.
¿Qué hora podía ser? Me parecía que llevaba un tiempo infinito andando, porque las piernas se me doblaban, mi pecho jadeaba y sentía un hambre horrible.
Me decidí a llamar en la primera puerta cochera. Tiré del botón de cobre, y el timbre se dejó oír en la casa resonante; se dejó oír de un modo extraño, como si aquel ruido vibrante estuviera solo en aquella casa.
Aguardé; no me respondieron, nadie abrió la puerta. Volví a llamar; seguí esperando; ¡nada!
¡Sentí miedo! Corrí a la morada siguiente, e hice sonar veinte veces seguidas la campanilla en el corredor oscuro donde debía dormir el portero. Pero no se despertó; y seguí adelante, tirando con todas mis fuerzas de los anillos o los botones, golpeando con mis pies, con el bastón y las manos las puertas obstinadamente cerradas.
Y de pronto me di cuenta de que llegaba a los Halles. Los Halles estaban desiertos, ni un ruido, ni un movimiento, ni un coche, ni un hombre, ni un cesto de verduras ni de flores. ¡Estaban vacíos, yertos, abandonados, muertos!
Se apoderó de mí el espanto; horrible. ¿Qué ocurría! ¡Oh, Dios mío! ¿Qué estaba ocurriendo?
De nuevo me puse en marcha. Pero ¿qué hora era? ¿Qué hora? ¿Quién podía decirme la hora? Ningún reloj sonaba en los campanarios ni en los monumentos. Pensé: «Abriré el cristal de mi reloj y tantearé la aguja con los dedos.» Saqué el reloj..., no andaba... se había parado. Nada, nada, ni un escalofrío en la ciudad, ni un resplandor, ni un roce de sonido en el aire. ¡Nada! ¡Nada de nada! ¡Ni siquiera el rodar lejano de un coche de punto! ¡Nada!
Me encontraba en los muelles, y del río subía un frío glacial.
¿Seguía corriendo el Sena?
Quise averiguarlo, encontré la escalera, bajé... No se oía pasar la corriente bajo los arcos del puente... Más escalones..., luego la arena..., el cieno..., luego el agua... metí en ella mi brazo... corría...., corría...., fría.... fría... casi helada..., casi seca..., casi muerta.
Y entonces comprendí que jamás tendría fuerzas para subir..., y que iba a morir allí..., también yo, de hambre, de fatiga y de frío.

FUNCIONARIOS -- OPINIÓN PÚBLICA -- GUY DE MAUPASSANT

FUNCIONARIOS -- OPINIÓN PÚBLICA -- GUY DE MAUPASSANT
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OPINIÓN PÚBLICA
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Como acababan de dar las once, los señores empleados, temiendo la llegada del jefe, se apresuraban dirigiéndose a sus despachos.
Cada uno echaba una mirada rápida sobre los papeles traídos en su ausencia; luego, tras haber cambiado la chaqueta o la levita por el viejo uniforme de trabajo, iba a ver al vecino.
Pronto fueron cinco en el despacho donde trabajaba el señor Bonnenfant, un alto funcionario, y la conversación de cada día comenzó como de costumbre. El señor Perdrix, encargado del orden, buscaba piezas perdidas, mientras que el aspirante a subjefe, el señor Piston, ayudante de la Academia, fumaba su cigarrillo calentándose los muslos. El viejo expedicionario, el padre Grappe, ofrecía al corrillo su actuación tradicional, y el señor Rade, burócrata periodístico, escéptico burlón y revolucionario, con voz de grillo, astuto y con gestos bruscos, se divertía escandalizando al mundo.
-¿Qué hay de nuevo esta mañana? -preguntó el señor Bonnenfant.
-Nada nuevo, contestó el señor Piston, los periódicos siempre están llenos de detalles sobre Rusia y el asesinato del zar.
El encargado del orden, el señor Perdrix, levantó la cabeza, y articuló con un tono convencido:
-Le deseo mucha felicidad a su sucesor, pero no cambiaría mi puesto por el suyo.
El señor Rade se rió:
-¡Él tampoco! -dijo.
El padre Grappe tomó la palabra, y preguntó con un tono lamentable:
-¿ Cómo acabará todo esto?...
El señor Rade le interrumpió:
-No acabará nunca, padre Grappe. Sólo morimos nosotros. Desde que hay reyes ha habido regicidios.
Entonces el señor Bonnenfant se interpuso:
-Explíqueme pues, señor Rade, por qué siempre se ha atacado a los buenos en vez de a los malos. Enrique IV, el Grande, ha sido asesinado; Luis XV murió en su cama. Nuestro rey Luis-Felipe ha sido toda su vida el blanco de los asesinos, y aseguran que el zar Alejandro era un hombre benevolente. ¿No fue él además quién emancipó a los ciervos?
El señor Rade se encogió de hombros.
-¿ No han matado últimamente al jefe de una oficina?- dijo
El padre Grappe, que olvidaba cada día lo que había pasado la víspera, exclamó:
-¿ Han matado a un jefe de oficina?
El aspirante a subjefe, el señor Piston, respondió:
-Claro que sí, recuerda el asunto del marisco-
Pero el padre Grappe lo había olvidado.
-No, no lo recuerdo.
El señor Rade le recordó los hechos.
-¿Veamos, padre Grappe, no recuerda un empleado, un chico, que además ha sido absuelto, que quiso ir un día a comprar marisco para su comida? El jefe se lo prohibió, el empleado insistió, el jefe le ordenó callarse y no salir, el empleado se sublevó, cogió su sombrero, el jefe se abalanzó sobre él, y el empleado, defendiéndose, clavó en el pecho de su superior las tijeras reglamentarias.
¡Un verdadero final de burócrata, vamos!
-Habría que discutirlo- articuló el señor Bonnenfant- La autoridad tiene limites; un jefe no tiene derecho de regular mi comida ni a reinar sobre mi apetito. Mi trabajo le pertenece, pero mi estómago no. El asunto es lamentable, es verdad, pero habría que discutirlo.
El aspirante a subjefe, el señor Piston, irritado, exclamó:
-Yo, Señor, digo que un jefe debe ser dueño de su oficina, como un capitán a bordo; la autoridad es indivisible, si no, no habría servicio posible. La autoridad del jefe viene del gobierno: representa al estado en su oficina; su derecho absoluto de mando es indiscutible.
El señor Bonnefant se enfadaba también. El señor Rade los tranquilizó:
-Esto era lo que esperaba- dijo- Una palabra de más, y Bonnenfant clavaría su abrecartas en el estómago de Piston. Para los reyes, es lo mismo. Los príncipes tienen una forma de entender la autoridad que no es la misma que la del pueblo. Sigue siendo la cuestión del marisco. ¡Yo quiero comer marisco! - ¡ No lo comerás! - ¡Sí! - ¡ No! - ¡Sí! - ¡No! Y esto es a veces suficiente para causarle la muerte a un hombre o a un rey.
Pero el señor Perdrix retomó su idea:
-Eso da igual, dijo, la profesión de soberano no es divertida, hoy en día. Realmente, me gusta más el nuestro.¡ Es como ser bombero, tampoco es divertido!
El señor Piston, tranquilo, retomó:
-Los bomberos franceses son una de las glorias del país.
El señor Rade estaba de acuerdo:
-Los bomberos, sí, pero no las bombas.
El señor Piston defendió las bombas y la organización añadiendo:
-Además se está estudiando la cuestión, la atención está despierta, hombres competentes se ocupan de ello, dentro de poco, tendremos medios en armonía con las necesidades.
Pero el señor Rade agitó la cabeza.
-¿Lo cree de verdad?, ¡Usted cree! Pues se equivoca, Señor; no cambiará nada. En Francia, no se cambian los sistemas. El sistema americano consiste en tener agua, mucha agua, ríos, pues tienen la malicia de detener los incendios con el Océano bajo la mano. En Francia, al contrario, lo dejan todo en manos de la iniciativa, de la inteligencia, de la invención, no hay agua, no hay bombas, nada de nada, sólo bomberos, y el sistema francés intenta quemar a los bomberos. ¡Esos pobres diablos, héroes, que apagan los incendios a golpe de hachas.! ¡ Qué superioridad tenemos sobre América, piénselo!... Luego, cuando unos cuantos han sido abrasados, el consejo municipal habla, el coronel habla, los diputados hablan; se debaten los dos sistemas: ¡ él del agua y él de la iniciativa! Y un dignatario cualquiera pronuncia sobre la tumba de las victimas: No os diremos adiós, bomberos, sino hasta luego. Así se actúa en Francia; Señor.
Pero el padre Grappe, que olvidaba las conversaciones a medida que tenían lugar, preguntó:
-Donde he leído ese verso que acaba de decir: No os diremos adiós, bomberos, sino hasta luego...
-Es en Béranger- contestó gravemente el señor Rade.
El señor Bonnenfant, perdido en sus reflexiones, suspiró:
-¡El incendio del Printemps si que fue a pesar de todo una gran catástrofe!
El señor Rade retomó:
-Ahora que se puede hablar de ello fríamente, tenemos el derecho, pienso, de discutir la elocuencia del director de ese establecimiento. Hombre de corazón, dicen, no lo dudo, hábil comerciante, es evidente, pero como orador, lo niego.
-¿ Por qué?- preguntó el señor Perdrix.
-Porque, si el horroroso desastre que lo ha golpeado no hubiese atraído hacia él la conmiseración de todo el mundo, no habría habido suficientes risas para el discurso de La Palisse con el que tranquilizaba los temores de sus empleados. "Señores -les dijo más o menos- ¿no saben con qué comerán mañana? Yo tampoco. ¡Oh, vamos, cómo hay que apiadarse de mí!
Afortunadamente tengo amigos. Uno me prestó diez céntimos para comprar un puro, otro puso a mi disposición un franco setenta y cinco para coger un coche de punto en Belle Jardinière.
¡Sí, yo, el director del Printemps, estuve en la Belle Jardinière! Obtuve quince céntimos de otro para otra cosa, y como ya ni siquiera tenía paraguas, me compré uno por cinco francos con veinticinco céntimos, gracias a un quinto préstamo. Luego, como mi sombrero también había ardido, y como no quería pedir más préstamos, he recogido un casco de bombero... ¡Aquí lo tienen! Sigan mi ejemplo, si tienen amigos, remítanse a su bondad... ¡En cuanto a mí, ya lo ven, mis pobres muchachos, estoy endeudado hasta el cuello! "
Ahora bien, uno de sus empleados hubiera podido contestarle:
" ¿Qué demuestra eso, jefe? Tres cosas: primero, que no tenía un duro en el bolsillo. Me sucede lo mismo cuando olvido mi monedero, pero eso no demuestra que no tenga propiedades, hoteles, valores, seguros; segundo, eso demuestra que aún tiene crédito antes sus amigos, mejor para usted, úselo; tercero, eso demuestra finalmente que es muy infeliz.!Pues claro, lo sabemos y lo lamentamos de todo corazón! Pero eso no mejora nuestra situación. Nos la quería pegar, en realidad, con su equipo en la tienda"
Esta vez todo el mundo estuvo de acuerdo en la oficina. El señor Bonnenfant añadió, con un tono burlón:
-Me hubiese gustado ver todas las señoritas de la tienda cuando se escapaban en camisa.
El señor Rade continuó:
-No me fió de esos dormitorios de vestales que por poco han sido abrasados ( como los caballos de la Compañía de los omnibuses en las cuadras, el año pasado).
Si hubiese que encerrar algo, a los que habría que poner bajo llave sería a los subalternos que son los últimos monos, pero las pobres jovencitas de la lencería, por favor! ¡ Un director, qué demonios! no puede ser responsable de todo el capital que descansa bajo su techo. ¡Es verdad que el de los subalternos se ha quemado en la caja; al menos habría que intentar salvar el de las señoritas! Lo que admiro, por ejemplo, son los gritos para llamar a los empleados. ¡ Señores, qué quinto acto! Se imaginan en medio de las galerías llenas de humo, con las brasas de las llamas, el tumulto de la huida, el pánico de todos, mientras que, de pie en el cruce central, en zapatillas y pantalón corto, se oye a pleno pulmón un Hernani moderno, un Roland de la novedad.!
Entonces el señor Perdix, el encargado del orden, pronunció de repente:
-Da igual, vivimos en un siglo muy raro, en una época muy perturbada, así como lo demuestra el asunto de la calle Duphot...
Pero el ordenanza abrió bruscamente la puerta:
-El jefe ha llegado, señores.
Entonces, en un segundo, todos huyeron, salieron pitando, desaparecieron, como si el mismo ministerio se hubiese quemado.

PROSTITUCION -- LA ODISEA DE UNA MOZA -- GUY DE MAUPASSANT

PROSTITUCION -- LA ODISEA DE UNA MOZA -- GUY DE MAUPASSANT
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LA ODISEA DE UNA MOZA

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No podré olvidar nunca el suceso que durante media hora me produjo la siniestra sensación de una fatalidad invencible: algo semejante al estremecimiento que produce un pozo de mina. Toqué lo más profundo, lo más recóndito de la miseria humana, y comprendí que no todos podían, aunque lo procurasen, vivir honradamente.
Iba yo desde el teatro del Vaudeville a la calle Drouot, apresuradamente. Una lluvia menuda lo empapaba, lo entristecía todo. Era más de medianoche. La calle relucía. Los transeúntes, malhumorados, no miraban a nadie.
Las mozas galantes, con las faldas muy recogidas, guareciéndose y aguardando en los umbrales de las puertas o atravesando el bulevar, lanzaban a los hombres frases borrosas y estúpidas. Seguían al que juzgaban asequible, apretándose contra él y lanzándole al rostro su aliento pútrido; convencidas al fin de la ineficacia de sus exhortaciones, se apartaban con un respingo en busca de alguien que las atendiese, moviendo mucho las caderas al andar.
Avanzaba yo, entre los ceceos y piropos de las infelices, detenido por unas y molestado por otras, cuando vi de pronto que tres de ellas corrían como alocadas, alarmando todo el batallón de prostitutas. Unas tras otras corrían, huyendo, con el vestido muy levantado para ir más aprisa. De pronto, un brazo se agarró al mío y una voz turbada murmuró a mí oído:
—Sálveme usted, caballero; no me abandone.
Miré a la moza. No habría cumplido aún veinte años, y su rostro estaba ya marchito.
—No tenga miedo—le dije.
—Gracias, muchas gracias—respondió.
Y pasamos entre los grupos de agentes que iban a caza de palomas nocturnas.
Alejado el peligro, ml compañera me preguntó:
—¿Iremos a casa?
—No.
—¿Por qué? Me hiciste un favor; soy agradecida.
Para que no insistiera, le dije:
—Soy un hombre casado.
—¿Qué importa?
—Basta ya. Te saqué del apuro. Déjame tranquilo.
La calle, desierta y oscura, ofrecía un aspecto siniestro.
Y aquella moza que me oprimía el brazo aumentaba la sensación de tristeza que me invadía. Quiso besarme; la rechacé con horror, y con voz severa exclamé:
—¡Sucia!
Noté un impulso de rabia en ella. Luego, de pronto, gimoteó. Yo estaba confuso, enternecido, sin explicarme aquello.
—¿Por qué lloras?
—Si... vosotros no sabéis... No es divertido.., no es divertido...
—¿Qué?
—Vivir así... ¡Qué vida!
—¿Por qué la escogiste?
—¿Tengo yo la culpa?
—¿Quién. si no tú?
—¿Alguien escoge su vida? Nos la dan...
Me interesó. Hice que me contara su historia.
A los dieciséis años, en Ivetot, estaba de criada en casa del señor Lerable, comerciante en granos. Mis padres habían muerto yo no tenía parientes. Mi amo solía mirarme de un modo particular, y sus ojos me hacían cosquillas en la cara. Nada podía cogerme de sorpresa; en el campo los niños lo saben todo.
Mi amo era un viejo rezador, que iba todos los domingos a misa. No le hubiera creído capaz de un abuso. Pero un día entró en la cocina dispuesto a obligarme con violencia. Me resistí. No pudo conseguir nada y se fue.
Frente por frente a nuestra casa, en la tienda de comestibles del señor Dután, había un dependiente joven y bien parecido. Me agradó y me abandoné a sus ruegos. A cualquiera le pasa otro tanto, ¿no es verdad? Por las noches yo dejaba sin echar el cerrojo de la puerta, y él subía para estar conmigo.
Pero una vez el señor Lerable oyó ruido, y tropezándose con Antonio, quiso matarle. Fue una batalla, y se dieron de firme. Asustada, recogí mi ropa y escapé.
Tenía miedo. Me vestí en el umbral de una puerta. Luego eché calle arriba. Supuse que se matarían, y que los gendarmes me buscaban ya. Salí al camino de Ruán, suponiendo más difícil que me hallaran en Ruán.
Estaba muy oscuro; apenas se veían las acequias. Los perros ladraban. ¡Se oyen tantos ruidos en la soledad de la noche! Hay pájaros que chillan como un hombre a quien le ahogan; otros cuyo canto parece un lamento y muchos que sobrecogen sin saber por qué... Yo temblaba, persignándome a cada instante, como si me viera en peligro de muerte. No es posible imaginar tales angustias. Cuando clareaba perdí el miedo, y otra idea me sobrecogió. ¡ Los gendarmes! Me puse a correr. Cuando me iba tranquilizando, sentí hambre. Pero no tenia dinero; no había recogido mis ahorros, dieciocho francos, todo mi caudal sobre la tierra.
Y seguí andando con el vientre vacío. Hacía calor. El sol abrasaba. Era ya mediodía. Y andando siempre.
De pronto sentí pisadas de caballos en la carretera. ¡Los gendarmes ¡ El corazón me dio un vuelco; estuve a punto de caer desmayada, pero me contuve. Se acercaron; me miraron, y el más viejo de los dos me dijo:
—Buenos días, muchacha.
—Buenos días.
— ¿Adónde vas?
—Voy a Ruán, a servir de críada.
—Y ¿cómo vas a pie?
—Porque no puedo ir de otro modo.
Mi corazón, agitándose violentamente, me ahogaba. Pensando: «me detienen», tuve tentaciones de correr, de huir. Pero me hubieran alcanzado en seguida. Continué andando en silencio.
El viejo dijo:
—Podemos acompañarte hasta Barantin.
—Muchas gracias; yo se lo agradezco...
Y empezamos la conversación.
Yo procuraba serles agradable, mostrarme alegre, para que no sospechasen; y ellos creyeron otra cosa.
Mientras atravesábamos un bosque, dijo el viejo:
—¿Quieres, muchacha, que descansemos un rato sobre la hiera?
Yo contesté, sin reflexionar:
—Como usted guste.
Se apeó dejando su caballo al pañero y nos alejamos entre los árboles.
Era imposible negar nada. ¿Qué hubiera hecho usted en mi puesto? Hizo lo que le agradó, y al acabar me dijo: «Hay que acordarse del compañero.»
Y se fue a guardar los caballos mientras el otro se acercaba. Sentí una vergüenza, caballero, hubiera llorado, si; hubiera llorado; pero no me atreví a negarme ¡ La cosa era difícil en aquella situación.
Emprendimos de nuevo la marcha. No hablábamos. Yo iba triste, además, tenía un hambre cruel. En una casa me dieron los gendarmes un vaso de vino, que me reanimó. Nos separamos, y quedé sola, sentada en la cuneta, llorando.
Aún tuve que andar tres horas. A las siete de la noche llegué a Ruán. En los caminos hay cunetas y ribazos donde puede uno sentarse y hasta dormir. En las calles de una ciudad nada es posible. Me flaqueaban las piernas y sentía vahidos. Comenzó a llover menuda, menuda como la de hoy, que todo lo cala. No tengo fortuna cuando llueve. Anduve por las calles, mirando las casas y reflexionando: «Habrá tantas camas y tantos panes, y para mí no hay ni un mendrugo ni un jergón.» Vi algunas mujeres que llamaban y detenían a los hombres que pasaban. Hice como ellas, no sabiendo cosa mejor que hacer. En esos casos hay que someterse a todo. Pero nadie me atendía. Hubiera querido morirme. Así estuve hasta medianoche. Ya no sabía qué hacer ni qué decir. Al cabo, un hombre me preguntó: «¿Dónde vives?» La necesidad nos hace maliciosos. Le contesté: «no es posible ir a mi casa, porque vivo con mi madre. Pero ¿no hay casas adonde ir?» El dijo: «Hay muchas; todo se arregla con un franco.» Y luego añadió: «Vente conmigo. Sé un lugar tranquilo donde nadie nos interrumpirá». Y pasamos un puente, llegando a un extremo de la población; y me llevó a un prado, cerca del río. Apenas podía seguirle.
Me hizo sentar, y tratamos del asunto que nos había reunido; pero como acabando una cosa empezaba otra, cansada, me dormí.
Se fue sin pagarme. No supe cuándo se fue. La lluvia seguía. Entonces, durmiendo toda la noche sobre tierra mojada, cogí dolores que aún me duran.
Me despertaron dos agentes que me condujeron a la Delegación, y después a la cárcel, donde pasé ocho días, mientras averiguaban mi procedencia y mis intenciones. Yo no dije la verdad por miedo; pero todo se aclaró y me dejaron libre.
Volví a correr en busca de un pedazo de pan pretendiendo una colocación, y me fue imposible hallar ninguna, porque nadie quiere servirse de una criada que sale de la cárcel.
Entonces recordé a uno de los jueces que decretaron mi libertad, al cual, sin duda, no había desagradado mi presencia, según la cara que puso y la manera de fijar los ojos en mí, como lo hacía el señor Lerable, de Ivetot. Y fui a verle.
No me había equivocado. Me dio cinco francos al despedirme, diciéndome: «Siempre que vengas te daré otro tanto; pero no quiero verte más que dos veces por semana.»
Era bastante a su edad; me hice cargo de todo. Y reflexioné:
«Los jóvenes entretienen mucho y ayudan poco. Los viejos traen más cuenta.» Ya conocía sus mañas y me decidí.
¿Sabe usted lo que hice? Me vestí como una criadita modesta y me recorría las calles como si volviese de la compra todas las mañanas. Ellos caían en la tentación.
Acercándose, me preguntaban:
—Buenos días, muchacha.
—Buenos dias, caballero.
—¿A dónde vas?
—A casa de mis amos.
—¿Viven muy lejos?
— Así, así...
Dudaban; yo iba despacio para darles tiempo y que pudieran explicarse.
Me decían piropos en voz baja, y acababan rogándome que fuera con ellos. Yo accedía. Llegué a tener distribuida la mañana entre cuatro, y libres la tarde y la noche ¡ Qué tiempos! Fui dichosa. Pero lo bueno dura poco.
La suerte quiso que me conociese un ricacho, un viejo presidente de Audiencia que tenía setenta y cinco años.
Una noche me llevó a cenar a un restaurante de las afueras de la población. Después de los postres, no pudo reprimirse, quiso gozarme y murió de repente, sobre mi.
Con tal motivo, estuve presa largo tiempo.
Luego vine a Paris.
¡Oh! Aquí es muy difícil ganar algo, caballero. No puedo comer todos los días. Hay demasiadas mujeres. ¡Bah! Peor que peor. Para lo que se vive...
Calló. Yo andaba con el corazón oprimido. Ella se detuvo tuteándome de nuevo:
—¿No subes a mi casa?
—Ya te dije que no.
—Bueno. De todos modos, ya sabes que te agradezco lo que hiciste. ¿No subes? Tu te lo pierdes...
Y se alejó. La vi, ya lejos, a la luz de un farol, con la falda levantada, recibiendo la lluvia...Luego la vi desaparecer entre sombras...
¡Pobre muchacha!

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