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jueves, 28 de agosto de 2008

FUNCIONARIOS -- OPINIÓN PÚBLICA -- GUY DE MAUPASSANT

FUNCIONARIOS -- OPINIÓN PÚBLICA -- GUY DE MAUPASSANT
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OPINIÓN PÚBLICA
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Como acababan de dar las once, los señores empleados, temiendo la llegada del jefe, se apresuraban dirigiéndose a sus despachos.
Cada uno echaba una mirada rápida sobre los papeles traídos en su ausencia; luego, tras haber cambiado la chaqueta o la levita por el viejo uniforme de trabajo, iba a ver al vecino.
Pronto fueron cinco en el despacho donde trabajaba el señor Bonnenfant, un alto funcionario, y la conversación de cada día comenzó como de costumbre. El señor Perdrix, encargado del orden, buscaba piezas perdidas, mientras que el aspirante a subjefe, el señor Piston, ayudante de la Academia, fumaba su cigarrillo calentándose los muslos. El viejo expedicionario, el padre Grappe, ofrecía al corrillo su actuación tradicional, y el señor Rade, burócrata periodístico, escéptico burlón y revolucionario, con voz de grillo, astuto y con gestos bruscos, se divertía escandalizando al mundo.
-¿Qué hay de nuevo esta mañana? -preguntó el señor Bonnenfant.
-Nada nuevo, contestó el señor Piston, los periódicos siempre están llenos de detalles sobre Rusia y el asesinato del zar.
El encargado del orden, el señor Perdrix, levantó la cabeza, y articuló con un tono convencido:
-Le deseo mucha felicidad a su sucesor, pero no cambiaría mi puesto por el suyo.
El señor Rade se rió:
-¡Él tampoco! -dijo.
El padre Grappe tomó la palabra, y preguntó con un tono lamentable:
-¿ Cómo acabará todo esto?...
El señor Rade le interrumpió:
-No acabará nunca, padre Grappe. Sólo morimos nosotros. Desde que hay reyes ha habido regicidios.
Entonces el señor Bonnenfant se interpuso:
-Explíqueme pues, señor Rade, por qué siempre se ha atacado a los buenos en vez de a los malos. Enrique IV, el Grande, ha sido asesinado; Luis XV murió en su cama. Nuestro rey Luis-Felipe ha sido toda su vida el blanco de los asesinos, y aseguran que el zar Alejandro era un hombre benevolente. ¿No fue él además quién emancipó a los ciervos?
El señor Rade se encogió de hombros.
-¿ No han matado últimamente al jefe de una oficina?- dijo
El padre Grappe, que olvidaba cada día lo que había pasado la víspera, exclamó:
-¿ Han matado a un jefe de oficina?
El aspirante a subjefe, el señor Piston, respondió:
-Claro que sí, recuerda el asunto del marisco-
Pero el padre Grappe lo había olvidado.
-No, no lo recuerdo.
El señor Rade le recordó los hechos.
-¿Veamos, padre Grappe, no recuerda un empleado, un chico, que además ha sido absuelto, que quiso ir un día a comprar marisco para su comida? El jefe se lo prohibió, el empleado insistió, el jefe le ordenó callarse y no salir, el empleado se sublevó, cogió su sombrero, el jefe se abalanzó sobre él, y el empleado, defendiéndose, clavó en el pecho de su superior las tijeras reglamentarias.
¡Un verdadero final de burócrata, vamos!
-Habría que discutirlo- articuló el señor Bonnenfant- La autoridad tiene limites; un jefe no tiene derecho de regular mi comida ni a reinar sobre mi apetito. Mi trabajo le pertenece, pero mi estómago no. El asunto es lamentable, es verdad, pero habría que discutirlo.
El aspirante a subjefe, el señor Piston, irritado, exclamó:
-Yo, Señor, digo que un jefe debe ser dueño de su oficina, como un capitán a bordo; la autoridad es indivisible, si no, no habría servicio posible. La autoridad del jefe viene del gobierno: representa al estado en su oficina; su derecho absoluto de mando es indiscutible.
El señor Bonnefant se enfadaba también. El señor Rade los tranquilizó:
-Esto era lo que esperaba- dijo- Una palabra de más, y Bonnenfant clavaría su abrecartas en el estómago de Piston. Para los reyes, es lo mismo. Los príncipes tienen una forma de entender la autoridad que no es la misma que la del pueblo. Sigue siendo la cuestión del marisco. ¡Yo quiero comer marisco! - ¡ No lo comerás! - ¡Sí! - ¡ No! - ¡Sí! - ¡No! Y esto es a veces suficiente para causarle la muerte a un hombre o a un rey.
Pero el señor Perdrix retomó su idea:
-Eso da igual, dijo, la profesión de soberano no es divertida, hoy en día. Realmente, me gusta más el nuestro.¡ Es como ser bombero, tampoco es divertido!
El señor Piston, tranquilo, retomó:
-Los bomberos franceses son una de las glorias del país.
El señor Rade estaba de acuerdo:
-Los bomberos, sí, pero no las bombas.
El señor Piston defendió las bombas y la organización añadiendo:
-Además se está estudiando la cuestión, la atención está despierta, hombres competentes se ocupan de ello, dentro de poco, tendremos medios en armonía con las necesidades.
Pero el señor Rade agitó la cabeza.
-¿Lo cree de verdad?, ¡Usted cree! Pues se equivoca, Señor; no cambiará nada. En Francia, no se cambian los sistemas. El sistema americano consiste en tener agua, mucha agua, ríos, pues tienen la malicia de detener los incendios con el Océano bajo la mano. En Francia, al contrario, lo dejan todo en manos de la iniciativa, de la inteligencia, de la invención, no hay agua, no hay bombas, nada de nada, sólo bomberos, y el sistema francés intenta quemar a los bomberos. ¡Esos pobres diablos, héroes, que apagan los incendios a golpe de hachas.! ¡ Qué superioridad tenemos sobre América, piénselo!... Luego, cuando unos cuantos han sido abrasados, el consejo municipal habla, el coronel habla, los diputados hablan; se debaten los dos sistemas: ¡ él del agua y él de la iniciativa! Y un dignatario cualquiera pronuncia sobre la tumba de las victimas: No os diremos adiós, bomberos, sino hasta luego. Así se actúa en Francia; Señor.
Pero el padre Grappe, que olvidaba las conversaciones a medida que tenían lugar, preguntó:
-Donde he leído ese verso que acaba de decir: No os diremos adiós, bomberos, sino hasta luego...
-Es en Béranger- contestó gravemente el señor Rade.
El señor Bonnenfant, perdido en sus reflexiones, suspiró:
-¡El incendio del Printemps si que fue a pesar de todo una gran catástrofe!
El señor Rade retomó:
-Ahora que se puede hablar de ello fríamente, tenemos el derecho, pienso, de discutir la elocuencia del director de ese establecimiento. Hombre de corazón, dicen, no lo dudo, hábil comerciante, es evidente, pero como orador, lo niego.
-¿ Por qué?- preguntó el señor Perdrix.
-Porque, si el horroroso desastre que lo ha golpeado no hubiese atraído hacia él la conmiseración de todo el mundo, no habría habido suficientes risas para el discurso de La Palisse con el que tranquilizaba los temores de sus empleados. "Señores -les dijo más o menos- ¿no saben con qué comerán mañana? Yo tampoco. ¡Oh, vamos, cómo hay que apiadarse de mí!
Afortunadamente tengo amigos. Uno me prestó diez céntimos para comprar un puro, otro puso a mi disposición un franco setenta y cinco para coger un coche de punto en Belle Jardinière.
¡Sí, yo, el director del Printemps, estuve en la Belle Jardinière! Obtuve quince céntimos de otro para otra cosa, y como ya ni siquiera tenía paraguas, me compré uno por cinco francos con veinticinco céntimos, gracias a un quinto préstamo. Luego, como mi sombrero también había ardido, y como no quería pedir más préstamos, he recogido un casco de bombero... ¡Aquí lo tienen! Sigan mi ejemplo, si tienen amigos, remítanse a su bondad... ¡En cuanto a mí, ya lo ven, mis pobres muchachos, estoy endeudado hasta el cuello! "
Ahora bien, uno de sus empleados hubiera podido contestarle:
" ¿Qué demuestra eso, jefe? Tres cosas: primero, que no tenía un duro en el bolsillo. Me sucede lo mismo cuando olvido mi monedero, pero eso no demuestra que no tenga propiedades, hoteles, valores, seguros; segundo, eso demuestra que aún tiene crédito antes sus amigos, mejor para usted, úselo; tercero, eso demuestra finalmente que es muy infeliz.!Pues claro, lo sabemos y lo lamentamos de todo corazón! Pero eso no mejora nuestra situación. Nos la quería pegar, en realidad, con su equipo en la tienda"
Esta vez todo el mundo estuvo de acuerdo en la oficina. El señor Bonnenfant añadió, con un tono burlón:
-Me hubiese gustado ver todas las señoritas de la tienda cuando se escapaban en camisa.
El señor Rade continuó:
-No me fió de esos dormitorios de vestales que por poco han sido abrasados ( como los caballos de la Compañía de los omnibuses en las cuadras, el año pasado).
Si hubiese que encerrar algo, a los que habría que poner bajo llave sería a los subalternos que son los últimos monos, pero las pobres jovencitas de la lencería, por favor! ¡ Un director, qué demonios! no puede ser responsable de todo el capital que descansa bajo su techo. ¡Es verdad que el de los subalternos se ha quemado en la caja; al menos habría que intentar salvar el de las señoritas! Lo que admiro, por ejemplo, son los gritos para llamar a los empleados. ¡ Señores, qué quinto acto! Se imaginan en medio de las galerías llenas de humo, con las brasas de las llamas, el tumulto de la huida, el pánico de todos, mientras que, de pie en el cruce central, en zapatillas y pantalón corto, se oye a pleno pulmón un Hernani moderno, un Roland de la novedad.!
Entonces el señor Perdix, el encargado del orden, pronunció de repente:
-Da igual, vivimos en un siglo muy raro, en una época muy perturbada, así como lo demuestra el asunto de la calle Duphot...
Pero el ordenanza abrió bruscamente la puerta:
-El jefe ha llegado, señores.
Entonces, en un segundo, todos huyeron, salieron pitando, desaparecieron, como si el mismo ministerio se hubiese quemado.

PROSTITUCION -- LA ODISEA DE UNA MOZA -- GUY DE MAUPASSANT

PROSTITUCION -- LA ODISEA DE UNA MOZA -- GUY DE MAUPASSANT
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LA ODISEA DE UNA MOZA

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No podré olvidar nunca el suceso que durante media hora me produjo la siniestra sensación de una fatalidad invencible: algo semejante al estremecimiento que produce un pozo de mina. Toqué lo más profundo, lo más recóndito de la miseria humana, y comprendí que no todos podían, aunque lo procurasen, vivir honradamente.
Iba yo desde el teatro del Vaudeville a la calle Drouot, apresuradamente. Una lluvia menuda lo empapaba, lo entristecía todo. Era más de medianoche. La calle relucía. Los transeúntes, malhumorados, no miraban a nadie.
Las mozas galantes, con las faldas muy recogidas, guareciéndose y aguardando en los umbrales de las puertas o atravesando el bulevar, lanzaban a los hombres frases borrosas y estúpidas. Seguían al que juzgaban asequible, apretándose contra él y lanzándole al rostro su aliento pútrido; convencidas al fin de la ineficacia de sus exhortaciones, se apartaban con un respingo en busca de alguien que las atendiese, moviendo mucho las caderas al andar.
Avanzaba yo, entre los ceceos y piropos de las infelices, detenido por unas y molestado por otras, cuando vi de pronto que tres de ellas corrían como alocadas, alarmando todo el batallón de prostitutas. Unas tras otras corrían, huyendo, con el vestido muy levantado para ir más aprisa. De pronto, un brazo se agarró al mío y una voz turbada murmuró a mí oído:
—Sálveme usted, caballero; no me abandone.
Miré a la moza. No habría cumplido aún veinte años, y su rostro estaba ya marchito.
—No tenga miedo—le dije.
—Gracias, muchas gracias—respondió.
Y pasamos entre los grupos de agentes que iban a caza de palomas nocturnas.
Alejado el peligro, ml compañera me preguntó:
—¿Iremos a casa?
—No.
—¿Por qué? Me hiciste un favor; soy agradecida.
Para que no insistiera, le dije:
—Soy un hombre casado.
—¿Qué importa?
—Basta ya. Te saqué del apuro. Déjame tranquilo.
La calle, desierta y oscura, ofrecía un aspecto siniestro.
Y aquella moza que me oprimía el brazo aumentaba la sensación de tristeza que me invadía. Quiso besarme; la rechacé con horror, y con voz severa exclamé:
—¡Sucia!
Noté un impulso de rabia en ella. Luego, de pronto, gimoteó. Yo estaba confuso, enternecido, sin explicarme aquello.
—¿Por qué lloras?
—Si... vosotros no sabéis... No es divertido.., no es divertido...
—¿Qué?
—Vivir así... ¡Qué vida!
—¿Por qué la escogiste?
—¿Tengo yo la culpa?
—¿Quién. si no tú?
—¿Alguien escoge su vida? Nos la dan...
Me interesó. Hice que me contara su historia.
A los dieciséis años, en Ivetot, estaba de criada en casa del señor Lerable, comerciante en granos. Mis padres habían muerto yo no tenía parientes. Mi amo solía mirarme de un modo particular, y sus ojos me hacían cosquillas en la cara. Nada podía cogerme de sorpresa; en el campo los niños lo saben todo.
Mi amo era un viejo rezador, que iba todos los domingos a misa. No le hubiera creído capaz de un abuso. Pero un día entró en la cocina dispuesto a obligarme con violencia. Me resistí. No pudo conseguir nada y se fue.
Frente por frente a nuestra casa, en la tienda de comestibles del señor Dután, había un dependiente joven y bien parecido. Me agradó y me abandoné a sus ruegos. A cualquiera le pasa otro tanto, ¿no es verdad? Por las noches yo dejaba sin echar el cerrojo de la puerta, y él subía para estar conmigo.
Pero una vez el señor Lerable oyó ruido, y tropezándose con Antonio, quiso matarle. Fue una batalla, y se dieron de firme. Asustada, recogí mi ropa y escapé.
Tenía miedo. Me vestí en el umbral de una puerta. Luego eché calle arriba. Supuse que se matarían, y que los gendarmes me buscaban ya. Salí al camino de Ruán, suponiendo más difícil que me hallaran en Ruán.
Estaba muy oscuro; apenas se veían las acequias. Los perros ladraban. ¡Se oyen tantos ruidos en la soledad de la noche! Hay pájaros que chillan como un hombre a quien le ahogan; otros cuyo canto parece un lamento y muchos que sobrecogen sin saber por qué... Yo temblaba, persignándome a cada instante, como si me viera en peligro de muerte. No es posible imaginar tales angustias. Cuando clareaba perdí el miedo, y otra idea me sobrecogió. ¡ Los gendarmes! Me puse a correr. Cuando me iba tranquilizando, sentí hambre. Pero no tenia dinero; no había recogido mis ahorros, dieciocho francos, todo mi caudal sobre la tierra.
Y seguí andando con el vientre vacío. Hacía calor. El sol abrasaba. Era ya mediodía. Y andando siempre.
De pronto sentí pisadas de caballos en la carretera. ¡Los gendarmes ¡ El corazón me dio un vuelco; estuve a punto de caer desmayada, pero me contuve. Se acercaron; me miraron, y el más viejo de los dos me dijo:
—Buenos días, muchacha.
—Buenos días.
— ¿Adónde vas?
—Voy a Ruán, a servir de críada.
—Y ¿cómo vas a pie?
—Porque no puedo ir de otro modo.
Mi corazón, agitándose violentamente, me ahogaba. Pensando: «me detienen», tuve tentaciones de correr, de huir. Pero me hubieran alcanzado en seguida. Continué andando en silencio.
El viejo dijo:
—Podemos acompañarte hasta Barantin.
—Muchas gracias; yo se lo agradezco...
Y empezamos la conversación.
Yo procuraba serles agradable, mostrarme alegre, para que no sospechasen; y ellos creyeron otra cosa.
Mientras atravesábamos un bosque, dijo el viejo:
—¿Quieres, muchacha, que descansemos un rato sobre la hiera?
Yo contesté, sin reflexionar:
—Como usted guste.
Se apeó dejando su caballo al pañero y nos alejamos entre los árboles.
Era imposible negar nada. ¿Qué hubiera hecho usted en mi puesto? Hizo lo que le agradó, y al acabar me dijo: «Hay que acordarse del compañero.»
Y se fue a guardar los caballos mientras el otro se acercaba. Sentí una vergüenza, caballero, hubiera llorado, si; hubiera llorado; pero no me atreví a negarme ¡ La cosa era difícil en aquella situación.
Emprendimos de nuevo la marcha. No hablábamos. Yo iba triste, además, tenía un hambre cruel. En una casa me dieron los gendarmes un vaso de vino, que me reanimó. Nos separamos, y quedé sola, sentada en la cuneta, llorando.
Aún tuve que andar tres horas. A las siete de la noche llegué a Ruán. En los caminos hay cunetas y ribazos donde puede uno sentarse y hasta dormir. En las calles de una ciudad nada es posible. Me flaqueaban las piernas y sentía vahidos. Comenzó a llover menuda, menuda como la de hoy, que todo lo cala. No tengo fortuna cuando llueve. Anduve por las calles, mirando las casas y reflexionando: «Habrá tantas camas y tantos panes, y para mí no hay ni un mendrugo ni un jergón.» Vi algunas mujeres que llamaban y detenían a los hombres que pasaban. Hice como ellas, no sabiendo cosa mejor que hacer. En esos casos hay que someterse a todo. Pero nadie me atendía. Hubiera querido morirme. Así estuve hasta medianoche. Ya no sabía qué hacer ni qué decir. Al cabo, un hombre me preguntó: «¿Dónde vives?» La necesidad nos hace maliciosos. Le contesté: «no es posible ir a mi casa, porque vivo con mi madre. Pero ¿no hay casas adonde ir?» El dijo: «Hay muchas; todo se arregla con un franco.» Y luego añadió: «Vente conmigo. Sé un lugar tranquilo donde nadie nos interrumpirá». Y pasamos un puente, llegando a un extremo de la población; y me llevó a un prado, cerca del río. Apenas podía seguirle.
Me hizo sentar, y tratamos del asunto que nos había reunido; pero como acabando una cosa empezaba otra, cansada, me dormí.
Se fue sin pagarme. No supe cuándo se fue. La lluvia seguía. Entonces, durmiendo toda la noche sobre tierra mojada, cogí dolores que aún me duran.
Me despertaron dos agentes que me condujeron a la Delegación, y después a la cárcel, donde pasé ocho días, mientras averiguaban mi procedencia y mis intenciones. Yo no dije la verdad por miedo; pero todo se aclaró y me dejaron libre.
Volví a correr en busca de un pedazo de pan pretendiendo una colocación, y me fue imposible hallar ninguna, porque nadie quiere servirse de una criada que sale de la cárcel.
Entonces recordé a uno de los jueces que decretaron mi libertad, al cual, sin duda, no había desagradado mi presencia, según la cara que puso y la manera de fijar los ojos en mí, como lo hacía el señor Lerable, de Ivetot. Y fui a verle.
No me había equivocado. Me dio cinco francos al despedirme, diciéndome: «Siempre que vengas te daré otro tanto; pero no quiero verte más que dos veces por semana.»
Era bastante a su edad; me hice cargo de todo. Y reflexioné:
«Los jóvenes entretienen mucho y ayudan poco. Los viejos traen más cuenta.» Ya conocía sus mañas y me decidí.
¿Sabe usted lo que hice? Me vestí como una criadita modesta y me recorría las calles como si volviese de la compra todas las mañanas. Ellos caían en la tentación.
Acercándose, me preguntaban:
—Buenos días, muchacha.
—Buenos dias, caballero.
—¿A dónde vas?
—A casa de mis amos.
—¿Viven muy lejos?
— Así, así...
Dudaban; yo iba despacio para darles tiempo y que pudieran explicarse.
Me decían piropos en voz baja, y acababan rogándome que fuera con ellos. Yo accedía. Llegué a tener distribuida la mañana entre cuatro, y libres la tarde y la noche ¡ Qué tiempos! Fui dichosa. Pero lo bueno dura poco.
La suerte quiso que me conociese un ricacho, un viejo presidente de Audiencia que tenía setenta y cinco años.
Una noche me llevó a cenar a un restaurante de las afueras de la población. Después de los postres, no pudo reprimirse, quiso gozarme y murió de repente, sobre mi.
Con tal motivo, estuve presa largo tiempo.
Luego vine a Paris.
¡Oh! Aquí es muy difícil ganar algo, caballero. No puedo comer todos los días. Hay demasiadas mujeres. ¡Bah! Peor que peor. Para lo que se vive...
Calló. Yo andaba con el corazón oprimido. Ella se detuvo tuteándome de nuevo:
—¿No subes a mi casa?
—Ya te dije que no.
—Bueno. De todos modos, ya sabes que te agradezco lo que hiciste. ¿No subes? Tu te lo pierdes...
Y se alejó. La vi, ya lejos, a la luz de un farol, con la falda levantada, recibiendo la lluvia...Luego la vi desaparecer entre sombras...
¡Pobre muchacha!

sábado, 23 de agosto de 2008

SCIFI -- STEPHEN KING -- EL ASESINO

SCIFI -- STEPHEN KING -- EL ASESINO

EL ASESINO
STEPHEN KING



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Repentinamente se despertó sobresaltado, y se dio cuenta de que no sabía quién era, ni qué estaba haciendo aquí, en una fábrica de municiones. No podía recordar su nombre ni que había estado haciendo. No podía recordar nada.
La fábrica era enorme, con líneas de ensamblaje, y cintas transportadoras, y con el sonido de las partes que estaban siendo ensambladas.
Tomó uno de los revólveres acabados de una caja donde estaban siendo, automáticamente, empaquetados. Evidentemente había estado operando en la máquina, pero ahora estaba parada.
Recogía el revólver como algo muy natural. Caminó lentamente hacia el otro lado de la fabrica, a lo largo de las rampas de vigilancia. Allí había otro hombre empaquetando balas.
"¿Quién Soy?" - le dijo pausadamente, indeciso.
El hombre continuó trabajando. No levantó la vista, daba la sensación de que no le había escuchado.
"¿Quién soy? ¿Quién soy?" - gritó, y aunque toda la fábrica retumbó con el eco de sus salvajes gritos, nada cambió. Los hombres continuaron trabajando, sin levantar la vista.
Agito el revólver junto a la cabeza del hombre que empaquetaba balas. Le golpeó, y el empaquetador cayó, y con su cara, golpeó la caja de balas que cayeron sobre el suelo.
El recogió una. Era el calibre correcto. Cargó varias más.
Escucho el click-click de pisadas sobre él, se volvió y vio a otro hombre caminando sobre una rampa de vigilancia. "¿Quién soy?" - le gritó. Realmente no esperaba obtener respuesta.
Pero el hombre miró hacia abajo, y comenzó a correr.
Apuntó el revólver hacia arriba y disparó dos veces. El hombre se detuvo, y cayó de rodillas, pero antes de caer, pulsó un botón rojo en la pared.
Una sirena comenzó a aullar, ruidosa y claramente.
"¡Asesino! ¡asesino! ¡asesino!" - bramaron los altavoces.
Los trabajadores no levantaron la vista. Continuaron trabajando.
Corrió, intentando alejarse de la sirena, del altavoz. Vio una puerta, y corrió hacia ella.
La abrió, y cuatro hombres uniformados aparecieron. Le dispararon con extrañas armas de energía. Los rayos pasaron a su lado.
Disparó tres veces más, y uno de los hombres uniformados cayó, su arma resonó al caer al suelo.
Corrió en otra dirección, pero más uniformados llegaban desde la otra puerta. Miró furiosamente alrededor. ¡Estaban llegando de todos lados! ¡Tenía que escapar!
Trepó, más y más alto, hacia la parte superior. Pero había más de ellos allí. Le tenían atrapado. Disparó hasta vaciar el cargador del revolver.
Se acercaron hacia él, algunos desde arriba, otros desde abajo. "¡Por favor! ¡No disparen! ¡No se dan cuenta que solo quiero saber quien soy!"
Dispararon, y los rayos de energía le abatieron. Todo se volvió oscuro...
Les observaron como cerraban la puerta tras él, y entonces el camión se alejó. "Uno de ellos se convierte en asesino de vez en cuando," dijo el guarda.
"No lo entiendo," dijo el segundo, rascándose la cabeza. "Mira ese. ¿Qué era lo que decía? Solo quiero saber quién soy. Eso era.
Parecía casi humano. Estoy comenzando a pensar que están haciendo esos robots demasiado bien."
Observaron al camión de reparación de robots desaparecer por la curva.

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