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jueves, 28 de agosto de 2008

CIENCIA -- EL HOMBRE DE MARTE -- GUY DE MAUPASSANT

CIENCIA -- EL HOMBRE DE MARTE -- GUY DE MAUPASSANT
EL HOMBRE DE MARTE

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Estaba trabajando cuando mi criado me anunció:
—Señor, es un hombre que quiere hablar con el señor.
—Hágalo entrar.
De pronto vi a un hombrecillo que saludaba. Tenía aspecto de un enclenque maestro con gafas, cuyo cuerpo endeble no se adhería a ninguna parte de sus ropas demasiado flojas.
Balbuceó:
—Le pido perdón, señor.
Se sentó y continuó:
—Dios mío, señor, estoy demasiado turbado por las gestiones que emprendo. Pero era absolutamente necesario que yo manifestara mis inquietudes a alguien, y no había nadie más que usted..que usted... En fin, me he armado de valor...pero verdaderamente...ya no me atrevo.
—Atrévase pues, Señor.
—Verá, Señor, es que, tan pronto como empiece a hablar usted me tomará por un loco.
—Dios mío, señor, eso dependerá de lo que vaya a contarme.
—Exactamente, señor, lo que voy a decirle es raro. Pero le ruego que considere que no estoy loco, precisamente por esto, yo mismo reconozco lo inusual de mi confidencia.
—Y bien, señor, adelante.
—No señor, no estoy loco, pero tengo ese aspecto propio de los hombres que han reflexionado más que otros y que han franqueado un poco, bien poco, las barreras del pensamiento medio. Piense pues, señor, que nadie piensa en nada en este mundo. Cada uno se ocupa de sus asuntos, de su fortuna, des sus placeres, de su vida en una palabra, o de pequeñas tonterías divertidas como el teatro, la pintura, la música o la política, la más grande de las necedades, o de cuestiones industriales. ¿Quién piensa? ¿Quién? ¡Nadie!¡Oh!¡Me acelero demasiado! Perdón. Vuelvo a mi asunto.
Hace cinco años que yo llegué aquí, señor. Usted no me conoce pero yo le conozco muy bien...Yo nunca me mezclo con la gente que frecuenta la playa o el Casino. Vivo sobre el acantilado, adoro con pasión estos acantilados de Etretat. No conozco otros más bellos, más sanos. Quiero decir sanos para el espíritu. Es una admirable ruta entre el cielo y el mar, un camino de hierba, que discurre sobre esta gran muralla, al borde de la tierra, por encima del océano.
Mis mejores días son aquellos que he pasado tendido sobre una pendiente de hierba, a pleno sol, a cien metros por encima de las olas, soñando.¿Me comprende?
—Sí señor, perfectamente.
—Ahora, ¿me permite hacerle una pregunta?
—Hágala, señor.
—¿Usted cree que los otros planetas estén habitados?
Yo respondí sin dudar y sin parecer sorprendido:
—Ciertamente lo creo.
Se volvió loco de alegría, se levantó, se volvió a sentar, embargado por unas ganas evidentes de estrecharme entre sus brazos y gritó:
—¡Ah, ah!¡Qué suerte!¡Qué alegría!¡Respiro!¿Pero cómo he podido dudar de usted? Un hombre no sería inteligente si no creyera en los mundos habitados. Hace falta ser un tonto, un idiota, un bruto, para suponer que los millares de universos brillan y giran únicamente para divertir y asombrar al hombre, ese insecto estúpido por no comprender que la Tierra no es nada mas que una mota de polvo invisible en medio de la polvareda de los mundos, que todo nuestro sistema entero no está formado mas que por algunas moléculas de vida sideral que muy pronto morirán. Mire la Vía Láctea, ese río de estrellas, y piense que ésta no es nada más que una mancha dentro de la extensión que es el infinito. Piénselo solo durante diez minutos y comprenderá porque nosotros no sabemos nada, no adivinamos nada, no comprendemos nada. Nosotros solo conocemos un punto, no sabemos nada del más allá, nada del exterior, nada de ninguna parte, y creemos, y nos afirmamos.¡Ah!¡ah!¡ah! ¡Si de repente nos fuera revelado el secreto de la gran vida ultraterrestre, qué estupefacción! Pero no...pero no...yo soy una bestia en mi entorno, nosotros no lo comprenderíamos ya que nuestro espíritu no está hecho más que para comprender las cosas de esta tierra; no puede extenderse más lejos, es limitado, como nuestra vida, encadenado a esta bolita que nos lleva, y juzga todo por comparación. Vea, pues, señor, como todo el mundo es ignorante, estrecho y persuadido del poder de nuestra inteligencia, que apenas sobrepasa el instinto de los animales. Nosotros no tenemos ni siquiera la facultad de percibir nuestra imperfección; estamos hechos para saber el precio de la mantequilla y del trigo, y, como mucho, para hablar sobre el valor de los caballos, de los barcos, de los ministros o de los artistas.
Eso es todo. Somos aptos exactamente para cultivar la tierra y servirnos torpemente de lo que está por debajo de ella. Apenas comenzamos a construir máquinas que funcionan, nos asombramos como niños por cada descubrimiento que, desde hace siglos habríamos debido hacer, si hubiéramos sido seres superiores. Estamos todavía rodeados de lo desconocido, incluso en este momento en el que han sido necesarios miles de años de vida inteligente para intuir el concepto de la electricidad. ¿Somos de la misma opinión?.
Yo respondí riendo:
—Sí señor.
—Entonces muy bien. Y bien, señor, ¿alguna vez se ha interesado usted por Marte?
—¿Por Marte?
—Si, por el planeta Marte.
—No, señor.
—¿Me permitiría contarle algunas cosas sobre él?
—Por supuesto, señor, con gran placer.
—Usted sabe, sin duda, que los mundos de nuestro sistema solar, de nuestra pequeña familia se formaron por la condensación en globos de primitivos anillos gaseosos desprendidos unos después de otros de la nebulosa solar
—Sí señor.
—De esto resulta que los planetas más alejados son los más viejos y deben de ser, consecuentemente, los más civilizados. Este es el orden de su nacimiento: Urano, Saturno, Júpiter, Marte, la Tierra, Venus, Mercurio.¿Admite usted que estos planetas estén habitados como la Tierra?
—Evidentemente.¿Por qué creer que la Tierra es una excepción?
—Muy bien. El hombre de Marte, aún siendo más anciano que el de la Tierra....perdón, voy muy deprisa. En primer lugar voy a probarle que Marte está habitado. Marte presenta a nuestros ojos aproximadamente el aspecto que la Tierra debe de presentar a los observadores marcianos. Los océanos allí ocupan menos espacio y están más diseminados. Se les reconoce por su tono negro porque el agua absorbe la luz mientras que los continentes la reflejan. Las modificaciones geográficas sobre este planeta son frecuentes y prueban la actividad vital. Tiene dos estaciones parecidas a las nuestras, con nieve en los polos que vemos aumentar y disminuir siguiendo las épocas del año. Un año es muy largo, seiscientos ochenta y siete días terrestres, es decir seiscientos sesenta y ocho días marcianos, descompuestos como sigue: ciento noventa y uno en primavera, ciento ochenta y uno para verano, ciento cuarenta y nueve para otoño y ciento cuarenta y siete para invierno. Se ven menos nubes que aquí, así que allá debe de hacer más frío y más calor.
Le interrumpí:
—Perdón señor, estando Marte mucho más lejos del Sol que nosotros, debe de hacer siempre más frío, me parece.
Mi extraño visitante gritó con vehemencia:
—¡Error, señor! ¡Error absoluto! Nosotros estamos, nosotros, más lejos del sol en verano que en invierno. Hace más frío sobre la cima del Mont Blanc que en su base. Le remito, por otra parte, a la teoría mecánica del calor de Helmotz y de Schiaparelli. El calor del Sol depende principalmente de la cantidad de vapor de agua que contiene la atmósfera. He aquí por qué: el poder absorbente de una molécula de vapor de agua es dieciséis veces superior a la de una molécula de aire seco, así que el vapor de agua es nuestra fuente de calor; y Marte, teniendo menos nubes, debe de ser al mismo tiempo mucho más caluroso y mucho más frío que la Tierra.
—No lo pongo en duda.
—Muy bien. Ahora, señor, escúcheme con atención. Se lo ruego.
—Es lo que estoy haciendo, señor.
—¿Ha oído usted hablar de los famosos canales descubiertos en 1884 por Schiaparelli?
—Muy poco.
—¡Cómo es posible! Sepa, pues, que en 1884, Marte, encontrándose en oposición y separada de nosotros solo por una distancia de veinticuatro millones de leguas, Schiaparelli, uno de los más eminentes astrónomos de nuestro siglo y uno de los observadores más fiables, descubrió de repente una gran cantidad de líneas negras rectas o quebradas siguiendo formas geométricas constantes, y que unían, a través de los continentes, los mares de Marte! Sí, sí, señor, canales rectilíneos, canales geométricos, de una igual anchura durante todo el recorrido, canales construidos por seres! Sí, señor, la prueba de que Marte está habitado, que allí hay vida, que allí se piensa, que allí se trabaja, que nos observan. ¿Comprende usted? ¿Comprende?
Veinte años más tarde, durante la siguiente alineación volvimos a ver esos canales, más numerosos, sí, señor. Y son gigantescos, su anchura no tiene menos de cien kilómetros.
Yo sonreí respondiendo:
—Cien kilómetros de anchura. Han sido necesarios obreros muy rudos para excavarlos.
—¡Oh señor! ¿Qué dice? ¡Usted ignora que este trabajo es infinitamente más fácil en Marte que en la Tierra puesto que la densidad de sus materiales constitutivos no sobrepasa la sexagésima novena parte de los nuestros! La intensidad de la gravedad allí alcanza a penas la trigésimo séptima parte de la nuestra. ¡Un kilogramo de agua solo pesa 370 gramos!
Me lanzaba estas cifras con tal seguridad, con la confianza típica de comerciante que sabe el valor de un número, que no pude impedir reírme y tenía ganas de preguntarle lo que pesan, en Marte, el azúcar y la mantequilla.
Movió la cabeza.
—Usted se ríe, señor, me toma por estúpido después de tomarme por loco. Pero las cifras que le cito son las que usted encontrará en todas las obras especializadas de astronomía. El diámetro de Marte es casi la mitad más pequeño que el nuestro; su superficie no es más que la veintiseisava centésima parte de la del globo terráqueo; su volumen es seis veces y media más pequeño que el de la Tierra y la velocidad de sus dos satélites prueba que pesa diez veces menos que nosotros. Ahora bien, señor, la intensidad de la fuerza de gravedad, dependiente de la masa y del volumen, es decir, del peso y de la distancia de la superficie al centro, de ello se deduce, indudablemente, un estado de levedad sobre este planeta que convierte la vida en algo diferente, regula de forma desconocida para nosotros las acciones mecánicas y debe de hacer predominar las especies aladas. Sí, señor, el ser Rey de Marte tiene alas.
Vuela, pasa de un continente a otro, se pasea, como un espíritu, alrededor de su universo al cual le ata sin embargo la atmósfera que no puede franquear, aunque...
En fin, señor, ¿se imagina este planeta cubierto de plantas, de árboles y de animales cuyas formas no podemos ni sospechar y habitado por grandes seres alados semejantes a como nos han descrito a los ángeles? Yo los veo revoloteando por encima de las llanuras y de las ciudades en el aire dorado que tienen allá. Ya que, por otra parte, creíamos que la atmósfera de Marte era roja como la nuestra azul, pero es amarilla, señor, de un hermoso amarillo dorado.
¿Se asombra usted ahora de que esas criaturas hayan podido excavar anchos canales de cien kilómetros? Y además, piense únicamente en lo que la ciencia ha hecho aquí desde hace un siglo...desde hace un siglo...y piense que los habitantes de Marte son tal vez superiores a nosotros...
Se calló bruscamente, bajó los ojos, y después murmuró con voz suave:
—Ahora es cuando usted va a tomarme por loco...cuando le diga que yo estuve a punto de verlos...yo...la otra tarde. Usted sabe, o no sabe, que estamos en la estación de las estrellas fugaces. Durante la noche del 18 al 19 principalmente, se ven todos los años en cantidades innombrables; es probable que nosotros pasemos en ese momento a través de los restos de un cometa.
Así que, yo estaba sentado sobre la Mane-Porte, sobre ese enorme saliente del acantilado que se mete un paso sobre el mar y miraba esa lluvia de pequeños mundos sobre mi cabeza. Es más divertido y más hermoso que unos fuegos de artificio, señor. De repente, percibí uno por encima de mi, muy cerca, un globo luminoso, transparente, rodeado de alas inmensas y palpitantes o al menos yo creí ver unas alas en medio de las tinieblas de la noche. Hacía tirabuzones como un pájaro herido, giraba sobre si mismo con un enorme ruido misterioso, parecía que estaba jadeando, muriendo, perdido. Pasó delante de mi. Parecía un monstruoso balón de cristal, lleno de seres enloquecidos, apenas claros, pero agitados como la tripulación de un navío en peligro que ya no se gobierna y navega de ola en ola. Y el curioso globo, habiendo descrito una inmensa curva, fue a desplomarse a lo lejos en medio del mar, donde escuché su profunda caída parecida al ruido de un disparo de cañón.
Todo el mundo, por otra parte, en el país, escuchó este choque formidable que tomaron por un trueno. Solo yo le vi...yo vi...si hubieran caído sobre la costa cerca de mi, habríamos conocido a los habitantes de Marte. No diga ni una palabra, señor, piense, piense largo tiempo y después cuéntelo un día si usted quiere. Sí, yo vi..yo vi..el primer navío aéreo, el primer navío sideral lanzado al infinito por unos seres pensantes...a menos que yo no haya más que asistido simplemente a la muerte de una estrella fugaz capturada por la Tierra. Ya que, usted no ignora, señor, que los planetas cazan a los mundos errantes del espacio como nosotros aquí perseguimos a los vagabundos. La Tierra, que es ligera y débil, no puede detener en su camino más que a los pequeños transeúntes de la inmensidad.
Se levantó, exaltado, delirante, abriendo los brazos para simular la marcha de los astros.
—Los cometas, señor, que vagabundean por las fronteras de la gran nebulosa, de los cuales nosotros somos condensaciones, los cometas, pájaros libres y luminosos, vienen hacia el Sol de las profundidades del infinito. Vienen arrastrando su cola inmensa de luz hacia el astro rey; vienen, aceleran tanto su excéntrico curso que no pueden reunirse con quien les llama; solamente después de haberlo rozado, son relanzados al espacio por la velocidad misma de su caída..
Pero si, en el curso de su viaje prodigioso, han pasado cerca de un poderoso planeta, si han sentido, desviados de su ruta, su influencia irresistible, vuelven entonces a este nuevo amo que los mantiene, en lo sucesivo, cautivos. Su parábola ilimitada se transforma en una curva cerrada y es así como nosotros podemos calcular el regreso periódico de los cometas. Júpiter tiene ocho cautivos. Saturno uno, Neptuno también uno, y su planeta exterior igualmente uno, además de una armada de estrellas fugaces.,..Entonces...entonces..puede que yo haya visto solamente a la Tierra detener a un pequeño mundo errante...
Adiós señor, no me responda nada, reflexione, reflexione y cuente todo esto un día si usted quiere....
Eso es todo. Este chiflado no me pareció tan tonto como un simple rentista.

AMOR -- UN FRACASO -- GUY DE MAUPASSANT

AMOR -- UN FRACASO -- GUY DE MAUPASSANT
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UN FRACASO


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Iba yo a Torino, atravesando la isla de Córcega.
En Niza tomé pasaje para Bastia, y en cuanto el vapor se hizo a la mar, descubrí, sentada en el puente, una mujer muy bonita, muy modesta, cuyos ojos miraban a lo lejos, y me dije: «Ya tengo distracción durante la travesía.»
Me instalé frente a ella, contemplándola y preguntándome todo lo que debemos preguntarnos en presencia de una desconocida que nos interesa: su estado, su edad y su carácter. Luego, de lo que se ve, se deduce lo que no se ve. Sondamos con los ojos con el pensamiento la figura de lo que aparece sujeto por el corsé y de lo que se cubre con el vestido. Se nota la esbeltez del busto si está sentada y se procura verla el tobillo; se observan las condiciones de sus manos, que revelarán la dulzura de sus caricias, la forma de las orejas, que indica el origen mejor que una partida de bautismo, en la cual es fácil mentir. Se hace lo posible para oír su voz, cuyas entonaciones descubrirán las tendencias de su alma, en tanto que sus frases nos dan idea de su ingenio. El timbre de la voz y todos los matices de las palabras denuncian, a un observador experimentado, toda la contextura sentimental de un carácter, porque siempre hay conexiones, aunque sea muy difícil precisarlas, entre la idea y la función que la exterioriza.
Yo contemplaba detenidamente a mi compañera de viaje, procurando advertir síntomas favorables y analizando sus gestos, con la esperanza de que me la revelaran sus actitudes.
Abrió un saquito de viaje y sacó un periódico. Me froté las manos de gusto. «Dime lo que lees y te diré lo que piensas.»
Comenzó por el articulo de entrada con expresión curiosa y satisfecha. El título del diario me saltó a los ojos: L’echo de Paris. Quedé perplejo. Ella leía, sonriendo, una crónica de Scholl. ¡Diablo! Sin duda no era gazmoña y mostraba gusto por el ingenio cultivado, la malicia intencionada, la sal y hasta un poquito de pimienta. «¡Bravo!», pensé; revela su lectura un temperamento franco y expansivo. ¿Si fuese también algo sentimental?
Para tocar este resorte, acercándome a ella lo más posible, me puse a hojear un tomo de poesías que llevaba conmigo: La canción de amor, por Félix Frank.
Noté que había leído el rótulo de la cubierta en un parpadeo rápido, como un pajarito coge al vuelo una mosca. Muchos viajeros pasaron por delante de nosotros para mirarla; pero, al parecer ella se abstraía en su lectura por completo. Al terminar, dejó el periódico, y aprovechando la oportunidad, le dije:
!Me permite usted que lo vea, señora?
—Con mucho gusto — contestó, alargándome la hoja impresa.
—Si la distrajesen estas poesías, las pongo a su disposición.
—¿Es cosa divertida?
Me desconcertó bastante aquella pregunta, refiriéndose a un volumen de versos amorosos. Luego contesté:
—Mejor que divertida es la lectura que ofrezco; la juzgo encantadora, delicada, emocional.
—Déme usted.
Cogió el libro, y mientras recorría varias hojas con cierta expresión de sorpresa, comprendí que no tenía costumbre de leer versos.
A veces parecía conmoverse o sonreía, pero de otra manera que ante la crónica de Aureliano Scholl.
De pronto, le pregunté:
—¿Le gusta?
—Si—me contestó—; pero me gustan más las cosas alegres; no me atrae lo sentimental.
Ya teníamos conversación. Supe que la viajera estaba casada con un capitán de dragones, de guarnición en Ajaccio, y que iba entonces a reunirse con su marido. De sus palabras deduje que no le quería con mucho entusiasmo. Le quería, sí, pero de cierto modo; como quiere una mujer al hombre que no supo despertar en su corazón grandes ilusiones durante su luna de miel. La había paseado de guarnición en guarnición, de pueblo en pueblo, todos aburridos, muy aburridos. Por fin la reclamaba desde la isla, que debería de ser lúgubre. No; la vida no es alegre para todos. Hubiera preferido quedarse con sus padres en Lyón, porque allí trataba a mucha gente. Pero era forzoso ir a Córcega. El ministro nunca procuraba servir al capitán, y eso que tenía éste una brillante hoja de servicios.
Hablamos de las residencias que refería.
—¿Le gusta París?—pregunté.
—¡Oh! ¡Si me gusta Paris! Caballero, ¿es posible que me haga usted semejante pregunta?
Y me habló de Paris con tal entusiasmo, con tal frenesí, con tal ansia, que pensé: «Ya tengo el resorte que me conviene tocar.» Adoraba a París desde lejos, deseándolo, enloqueciendo por su brillo, con hambre, con fiebre, con pasión delirante de provinciana, con impaciencia loca de pájaro enjaulado que descubre, a través de los hierros, el bosque frondoso bañado por el sol.
Me hizo mil preguntas palpitantes, apresuradas; quería enterarse de todo, averiguarlo todo en cinco minutos. Conocía los nombres de todas las celebridades y de muchas personas que nunca oí nombrar.
—¿Cómo es Gounod? ¿Y Sarou? ¡Ah! Caballero, ¡cuánto me gustan las obras de Sardou! Siempre tan ingenioso, tan vivo, tan interesante! ¡Cada vez que veo representar una obra de Sarou, sueño en sus complicaciones durante muchos días. Leí también un libro de Daudet que me gustó lucho: Safo. ¿Usted lo ha leído? Es un guapo mozo Daudet? ¿Usted le conoce? Y Zola, ¿cómo es? ¡Con su Germinal me hizo llorar! Recuerda usted al pobre niño que muere a oscuras? ¡Qué terrible! Me impresionó tanto, que me sentí enferma. No, eso no hace reír. También he leído un libro de Bourget: Cruel enigma, y a mi prima le hizo tal impresión esa novela, que hasta escribió a Bourget. Me gusta, pero me parece de sobra poético: prefiero aventuras alegres. ¿Conoce usted a Grévin? ¿Y a Coquelín? ¿Y a Damalá? ¿Y a Rochefort? ¡Dicen que tiene mucho ingenio! ¿Y a Cassagnac? Según parece, se desafía diariamente…
***

Al cabo de una hora se iban agotando sus preguntas, y habiendo satisfecho su curiosidad ansiosa, pude hablarla de lo que me convenía.
Conté historias y amoríos del mundo parisiense, del gran mundo. Me escuchaba muy atentamente, con toda su alma. ¡Oh! Debió de adquirir una idea muy lúcida ¡y exacta! de las hermosas damas, de las ilustres damas de Paris. Todo eran aventuras galantes, citas, rápidos triunfos y derrotas apasionadas. Me preguntaba ella de cuando en cuando:
—¿Así es el gran mundo?
Sonriendo maliciosamente, yo contestaba:
—Es como digo, y solamente las humildes burguesas que se aburren arrastrando vida monótona por melindres virtuosos, por una virtud que nadie las agradece...
Y comencé a fustigar las domésticas virtudes con reflexiones filosóficas, ironías punzantes y ligeras burlas. Hice mofa, descaradamente, de las pobres necias que van envejeciendo sin haber sentido lo bueno, lo dulce, lo escabroso, lo galante; sin haber saboreado las delicias de los besos furtivos, profundos, ardientes; y todo por estar casadas con un hombre receloso y estúpido, cuya reserva en las caricias conyugales priva injustamente a una criatura de toda sensualidad refinada y de todo sentimentalismo elegante.
Luego reforzaba mis reflexiones con el relato de nuevas aventuras. Cuentos de gabinetes particulares, intrigas que yo suponía propaladas en todo el universo. Y como estribillo, colocaba siempre un elogio entusiástico del amor brusco y secreto, de la sensación robada, como un fruto prohibido recogido por sorpresa, de paso...
La noche cerraba, una tranquila y calurosa noche, y el buque se deslizaba estremecido por la máquina, sobre un mar oscuro, bajo un cielo estrellado.
La mujer callaba, respirando lentamente y dejando escapar algún suspiro. De pronto se levantó, diciéndome:
—Ya es hora de acostarme; buenas noches.
Y me ofreció la mano.
Yo sabia que a la tarde siguiente debía tomar la diligencia que va de Bastia a Ajaccio, a través de las montañas, hasta el amanecer.
—Buenas noches—respondí, estrechando sus dedos entre los míos.
Y bajé a mi camarote.
Por la mañana tomé los tres asientos de berlina para mi solo; y cuando al anochecer me dirigí hacia el viejo coche que debía conducirnos, el mayoral me preguntó si tendría inconveniente alguno en ceder un asiento a una señora.
Dije bruscamente:
—¿A qué señora?
Y el mayoral contestó:
—A la señora de un capitán de Ajaccio.
—Dígale que puede contar con lo que desea.
Llegó la mujer, diciendo que habla dormido todo el día. Disculpó su descuido, me dio las gracias y entró en la berlina.
La cual era una especie de cajón herméticamente cerrado, que sólo tenia cristal en las dos portezuelas. Ya estábamos allí juntos y solos. Arrancaron los caballos al trote largo. Pronto nos vimos en la montaña. Un perfume fresco de hierbas aromáticas entraba por las ventanillas, ese perfume propio de la isla de Córcega, que los marinos reconocen a larga distancia; emanaciones penetrantes como los olores de un cuerpo, como el sudor de la tierra verde, que un ardiente sol evapora y el viento arrastra.
Volví a referirle cosas de Paris y ella volvió a escucharme con atención calenturienta. Mis narraciones eran cada vez más atrevidas y más desnudas, abundando en frases intencionadas y pérfidas, en esas frases que encienden la sangre.
Cerró la noche. Yo no veía nada, ni siquiera el óvalo blanquecino que hasta entonces revelaba el rostro de la mujer. Solamente aparecían, a los resplandores del farol de la diligencia, los cuatro caballos ganando al paso el repecho.
De cuando en cuando, el rumor de un torrente llegaba confundido con el cascabeleo de las guarniciones; luego se perdía, quedando atrás, cada vez más lejos de nosotros.
Adelanté con mucho tiento un pie, aproximándolo a mi compañera, que no retiró el suyo. Estuve un rato inmóvil, en acecho, y de pronto, cambiando el registro, empecé a insinuarme con palabras afectuosas y tiernas. Mi mano encontró la suya. La cogí dulcemente, y ella no la retiró. Seguí hablando casi a su oído, muy cerca de su boca. Yo sentía palpitar su corazón contra mi pecho; palpitaba con rudos golpes; buena señal. Entonces, con mucha suavidad, puse mis labios en su cuello, seguro de mi conquista, de tal modo seguro, que hubiese apostado cualquier cosa.
Pero ella, sacudiéndose como si despertara, me rechazó. Y Antes que me diese cuenta de nada, recibí una porción de arañazos y una lluvia de golpes rápidos, en todas direcciones; la oscuridad que nos envolvía me hizo imposible cubrirme y evitarlos.
Extendí los brazos, procurando vanamente aprisionar los suyos. Luego, no sabiendo ya qué hacer, me volví, escondiendo la cabeza, presentando solamente la espalda, que recibía su furioso ataque. Ella debió de comprender esta maniobra desesperada y suspendió la paliza.
Recogiéndose luego en su rincón, estuvo llorando más de una hora.
Yo me sentía inquieto y avergonzado. Hubiera querido hablar; pero ¿qué decir entonces? Nada me parecía oportuno. ¿Excusas? No; resultaban del todo necias. En semejante situación se imponía el silencio.
Lloraba la mujer, lanzando suspiros profundos que me conmovían y me desconcertaban. Tuve tentaciones de prodigarle consuelos, acariciándola tiernamente como a los niños, o pidiéndole perdón a sus pies de rodillas. Pero no me atreví.
¡Son estúpidas tales situaciones!
Al fin se calmó, y quedamos cada uno en nuestro rinconcito, inmóviles y mudos, mientras avanzaba el coche, deteniéndose de cuando en cuando para los relevos. Al penetrar en la berlina un reflejo de faroles de las cuadras, cerrábamos los ojos para no mirarnos. Otra vez la diligencia en marcha, el aire fresco y oloroso del campo nos acariciaba las mejillas y los labios, embriagándome como el vino.
¡Caramba! ¡Qué viajecito si mi compañera se hubiese mostrado menos simple!
Amanecía. Los primeros reflejos de la aurora entraron en la berlina. Miré a la mujer, que fingía dormir. Luego el sol, apareciendo sobre las montañas, inundó pronto de resplandores un golfo inmenso, todo azul, rodeado por cumbres enormes y crestas de granito. Al extremo del golfo una ciudad blanca se extendía delante de nosotros.
Mi compañera, fingiendo entonces despertar, abrió los ojos, encendidos por el llanto; abrió la también la boca, se estremeció, se ruborizó y balbució:
—¿Llegaremos pronto?
—Muy pronto; falta menos de una hora.
Mirando a lo lejos, dijo:
—Es muy fatigoso pasar en diligencia toda una noche.
— ¡ Oh! Sí; los riñones duelen.
—Y más fatigoso aún después de una travesía.
—¡Oh! ¡Sí!
—¿Es Ajaccio aquel pueblo qué se descubre?
—Sí; es Ajaccio.
—Quisiera que llegásemos cuanto antes.
—Me lo explico.
El timbre de su voz revelaba cierta inquietud; evitando que se cruzara con la mía su mirada, se sentía molesta. Sin embargo, nada permitía suponer que recordase lo sucedido.
Yo la admiraba. ¡Qué diplomacia instintiva tienen las mujeres!
Llegamos, en efecto, al cabo de una hora. Un gallardo mozo vestido de uniforme, un hércules, erguido junto al parador, agitaba un pañuelo al acercarse la diligencia.
Mi compañera se lanzó en sus brazos, y dándole muchos besos, repetía:
—¿Cómo estás? ¡Cuánto deseaba verme cerca de ti!
Bajaron de la imperial mi maleta y cuando ya me iba discretamente, la mujer me llamó:
—¡Ah! ¡Caballero! ¿Se marcha sin despedirse?
Murmuré:
— Señora, por no distraerla de sus alegrías.
Ella dijo a su esposo:
—Da las gracias a este caballero; ha estado muy obsequioso conmigo durante nuestro viaje. Me ha cedido un asiento en la berlina. Da gusto encontrar compañeros tan amables.
El capitán me oprimió la mano, agradeciéndome con toda su alma tantas atenciones.
La mujer sonreía mirándonos...
Yo, sin duda, puse cara de imbécil en aquel momento.

MISERIA CAMPESINA -- EL CIEGO -- GUY DE MAUPASSANT

MISERIA CAMPESINA -- EL CIEGO -- GUY DE MAUPASSANT
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EL CIEGO

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¿Qué será esta alegría del primer sol? ¿Por qué esta luz caída sobre la tierra nos llena así de la dulzura de vivir? El cielo está todo azul, la campiña toda verde, las casas todas blancas; y nuestros ojos embelesados beben esos colores vivos a los que convierten en júbilo para nuestras almas. Y nos entran ganas de bailar, ganas de correr, ganas de cantar, una dichosa ligereza del pensamiento, una especie de ternura por todo; quisiéramos abrazar al sol.
Los ciegos de las puertas, impasibles en su eterna oscuridad, permanecen tan tranquilos como siempre en medio de esta nueva alegría y, sin comprender, apaciguan a cada minuto a su perro que quisiera brincar.
Cuando regresan, terminado el día, del brazo de un hermano más pequeño o de una hermanita, si el niño dice: «¡Ha hecho muy bueno hoy!», el otro responde:
«Ya me he dado cuenta de que hacía bueno, Loulou era incapaz de quedarse en su sitio».
He conocido a uno de esos hombres, cuya vida fue uno de los más crueles martirios que imaginarse pueda.
Era un campesino, el hijo de un granjero normando. Mientras vivieron su padre y su madre, cuidaron más o menos de él; apenas sufrió por su horrible invalidez; pero en cuanto los viejos desaparecieron, se inició una atroz existencia. Recogido por una hermana, todos en la granja lo trataban como a un mendigo que come el pan de los otros. En cada comida, le echaban en cara su alimento; le llamaban holgazán, patán; y aunque su cuñado se había apoderado de su parte de la herencia, le daban a regañadientes la sopa, lo justo para que no muriera.
Tenía un rostro muy pálido, y dos grandes ojos blancos como obleas; y permanecía impasible ante los insultos, tan encerrado en sí mismo que se ignoraba si los oía. Por lo demás, nunca había conocido la menor ternura, ya que su madre lo había maltratado siempre, pues no lo amaba; en el campo los inútiles son un estorbo, y los campesinos harían de buen grado lo que las gallinas, que matan a las inválidas.
En cuanto había engullido la sopa, iba a sentarse ante la puerta en verano, pegado a la chimenea en invierno, y no volvía a moverse hasta la noche. No hacía un gesto, un movimiento; sólo sus párpados, que agitaba una especie de dolencia nerviosa, caían a veces sobre la mancha blanca de sus ojos. ¿Tenía un alma, un pensamiento, una conciencia clara de su vida? Nadie se lo preguntaba.
Durante unos años, las cosas marcharon así. Pero su impotencia para hacer nada, así como su impasibilidad, acabaron exasperando a sus parientes, y se convirtió en el hazmerreír de todos, en una especie de bufón-mártir, de pieza entregada a la ferocidad natural, a la alegría salvaje de los brutos que lo rodeaban.
Se idearon todas las crueles bromas que su ceguera podía inspirar. Y, para cobrarse lo que comía, se convirtieron sus comidas en horas de esparcimiento para los vecinos y de suplicio para el impotente.
Los campesinos de las casas cercanas acudían a tal diversión; se lo comunicaban de puerta en puerta, y la cocina de la granja se encontraba llena cada día. A veces colocaban sobre la mesa, ante su plato, donde él empezaba a tomar el caldo, un gato o un perro. El animal olfateaba por instinto la invalidez del hombre y, muy suavemente, se acercaba, comía sin ruido, lamiendo con delicadeza; y cuando un chapoteo de la lengua un poco más ruidoso despertaba la atención del pobre diablo, se alejaba prudentemente para eludir el golpe de la cuchara que él lanzaba al azar ante si.
Entonces se producían risas, empujones, pataleos de los espectadores apretujados a lo largo de las paredes. Y él, sin decir jamás una palabra, volvía a ponerse a comer con la mano derecha, mientras que, con la izquierda adelantada, protegía y defendía su plato.
Otras veces le hacían mascar corchos, maderas, hojas e incluso desperdicios, que no podía distinguir.
Después se cansaron incluso de estas chanzas; y el cuñado, siempre furioso por tener que alimentarlo, le pegó, lo abofeteó sin cesar, riéndose de los inútiles esfuerzos del otro para parar los golpes o devolverlos. Hubo entonces un juego nuevo: el juego de las bofetadas. Y los mozos de labranza, el criado, las sirvientas, le ponían a cada momento la mano en la cara, lo cual imprimía a sus párpados un movimiento precipitado. No sabía dónde esconderse y permanecía sin cesar con los brazos extendidos para evitar que se le acercaran.
Por último, lo obligaron a mendigar. Lo apostaban en las carreteras los días de mercado, y, en cuanto oía un ruido de pasos o el rodar de un carruaje, alargaba su sombrero balbuciendo: «Una caridad, por favor».
Pero el campesino no es pródigo, y, durante semanas enteras, no consiguió una perra chica.
Hubo entonces un odio desenfrenado, despiadado, contra él. Y he aquí cómo murió.
Un invierno, la tierra estaba cubierta de nieve, y helaba horriblemente. Ahora bien, su cuñado, una mañana, lo llevó muy lejos, a una carretera principal para que pidiera limosna. Lo dejó allí todo el día y, cuando llegó la noche, afirmó ante su gente que no lo había encontrado. Después agregó: «¡Bah! No hay que preocuparse, alguien se lo habrá llevado porque tenía frío. No se habrá perdido, ¡pardiez! Volverá mañana a comer su sopa».
Al día siguiente, no regresó.
Tras largas horas de espera, asaltado por el frío, sintiéndose morir, el ciego había echado a andar. No pudiendo reconocer el camino sepultado bajo aquella espuma blanca, había errado al azar, cayendo en las cunetas, levantándose, siempre mudo, buscando una casa.
Pero el torpor de las nieves lo había invadido poco a poco y, como sus débiles piernas ya no podían sostenerlo, se había sentado en el centro de una llanura. No se levantó más.
Los blancos copos que seguían cayendo lo sepultaron. Su cuerpo rígido desapareció bajo la incesante acumulación de su muchedumbre infinita; y nada indicaba ya el lugar donde el cadáver estaba tendido.
Sus parientes fingieron averiguar y buscarlo durante ocho días. E incluso lloraron.
El invierno era duro y el deshielo tardaba en llegar. Ahora bien, un domingo, al ir a misa, los granjeros observaron un gran revuelo de cuervos que giraban sin fin sobre la llanura, después se dejaban caer como una lluvia negra amontonados en el mismo lugar, volvían a alzarse y seguían regresando.
A la semana siguiente aún estaban allí, los sombríos pajarracos. En el cielo había una nube de ellos, como si se hubieran congregado de todos los rincones del horizonte; y descendían con grandes graznidos a la nieve resplandeciente, que manchaban de forma extraña, hurgando en ella con obstinación.
Un chaval fue a ver lo que hacían, y descubrió el cuerpo del viejo, semidevorado ya, desgarrado. Sus ojos pálidos habían desaparecido, picoteados por los largos picos voraces.
Y jamás puedo sentir la viva alegría de los días de sol sin un recuerdo triste y un pensamiento melancólico hacia el pordiosero, tan desheredado en la vida que su horrible muerte fue un alivio para todos los que lo habían conocido.

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