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domingo, 20 de abril de 2008

LA PESTE ESCARLATA -- JACK LONDON


JACK LONDON
La peste escarlata




El camino, de borroso trazado, seguía lo que en otro tiempo había sido el terraplén de una vía férrea que, desde hacía muchos años, ningún tren había recorrido. A derecha e izquierda, el bosque, que invadía e hinchaba las laderas del terraplén, envolvía el camino en una ola verde de árboles y matorrales. El camino no era otro caso que un simple sendero, con anchura apenas suficiente para que dos hombres avancen de lado. Era algo así como una pista de bestias salvajes.

Aquí y allá se veían fragmentos de hierro oxidado que indicaban que, debajo de la maleza, seguía habiendo rieles y traviesas. En cierto punto, un árbol, al crecer, había levantado en el aire un riel entero, que quedaba al descubierto. Una pesada traviesa había seguido al riel, y seguía unida a él por una tuerca. Debajo se veían las piedras de basalto, medio recubierta por hojas muertas. El riel y la traviesa enlazadas de aquel modo extraño, apuntaban hacia el cielo, fantasmagóricamente. Por vieja que fuera la vía férrea, se constataba sin dificultad, por su estrechez, que había sido de vía única.

Un anciano y un muchacho iban por el camino.

Avanzaban con lentitud, ya el viejo estaba doblado por el peso de los años. Un comienzo de parálisis hacía que sus miembros y sus ademanes temblequearan, y caminaba apoyado en un bastón.

Un gorro de piel de cabra le protegía la cabeza del sol. Por debajo de ese gorro pendía una franja de ralos cabellos blancos, sucios y desgreñados. Una especie de visera, ingeniosamente hecha con una ancha hoja curva, le protegía los ojos del exceso de luz. Bajo esa visera, la mirada del pobre hombre, bajaba hacia el suelo, seguía atentamente el movimiento de sus propios pies en el sendero.

Su barba caía en greñas torrenciales, y hubiera debido ser, igual que los cabellos, blancos como la nieve; pero, como ellos, testimoniaba una negligencia y una miseria extremas.

Un mísero vestido de piel de cabra, de una sola pieza, colgaba desde el pecho y la espalda del viejo, cuyos brazos y piernas, lastimosamente descarnados, y cuya piel marchita testimoniaban una edad avanzada. Las desolladuras y cicatrices que le cubrían los miembros, aso como lo atezado de su piel, indicaban que hacía largo tiempo que aquel hombre estaba expuesto al choque directo con la naturaleza y los elementos.

El muchacho andaba delante suyo, ajustando el ardoroso vigor de sus miembros a los pasos lentos del viejo que lo seguía. También él tenía como única vestidura una piel de animal: un trozo de piel de oso de bordes desiguales, con agujero central por el que se lo pasaba por la cabeza. Aparentaba todo lo más doce años, y llevaba, coquetamente colocaba encima de la oreja, una cola de cerdo recién cortada.

Llevaba en la mano un arco de tamaño medio y una flecha, y en su espalda colgaba un carcaj lleno de flechas. De una funda que le pendía del cuello, sujeta por una correa, salía el mango nudoso de un cuchillo de caza. El muchacho era negro como una mora, y su modo ágil de moverse recordaba el de un gato. Sus ojos azules, de una azul intenso, eran vivos y penetrantes como barrenas, y su color celeste contrastaban con la piel quemada por el sol que los enmarcaba.

Su mirada parecía saltar incesantemente hacia todos los objetos circundantes, y las aletas de su nariz palpitaban y se dilataban en un perpetuo acecho del mundo exterior, del que recogía ávidamente todos los mensajes. Su oído parecía igualmente fino, y estaba tan adiestrado que operaba automáticamente, sin ningún esfuerzo auditivo especial. Con toda naturalidad, sin la menor tensión adicional, su oído percibía, en la aparente calma reinante, los más leves sonidos, los distinguía unos de otros y los clasificaba: el roce del viento en las hojas, el zumbido de una abeja o una mosca, el rumor sordo y lejano del mar, que llegaba atenuado en un débil murmullo, la imperceptible resaca de las patas de un pequeño roedor limpiando de tierra la entrada de su guarida.

De pronto, el cuerpo del muchacho se tensó en posición de alerta. El sonido, la visión, y el olor los habían advertido simultáneamente. Tendió la mano hacia el viejo, lo toco, y ambos permanecieron inmóviles y silenciosos.

Algo había crujido delante de ellos, en la pendiente del terraplén, hacia la cima. Y la veloz mirada del muchacho se clavó en los matorrales cuya parte superior se movía.

Entonces, un gran oso pardo se les mostró, saliendo ruidosamente, y también él se detuvo instantáneamente, al ver a los dos humanos.

Al oso no le gustaban los hombres. Gruñó rabiosamente. Lentamente, dispuesto a afrontar lo que viniera. El muchacho colocó la flecha en el arco y tensó la cuerda, sin dejar de mirar a la bestia. El viejo, que debajo de la hoja que le servía de visera, espiaba el peligro, se quedó tan quieto como su acompañante.

Durante unos momentos, el oso y los dos humanos se miraron. Luego, en vista de que la bestia, con sus gruñidos, manifestaba una creciente irritación, el muchacho hizo un signo al viejo, con un leve movimiento de la cabeza, de que era conveniente dejar el sendero libre y bajar la pendiente del terraplén. Eso hicieron, el viejo primero y luego el muchacho, que le seguía andando hacia atrás, con el arco tenso y dispuesto a tirar.

Cuando llegaron abajo, esperaron hasta que el ruido fuerte de hojas y ramas movidas, del otro lado del terraplén, les hizo saber que el oso se había marchado. Volvieron a la cima, y el muchacho dijo, con una risita prudentemente atenuada:

--¡Ése era grande, abuelo!

El viejo hizo una seña afirmativa. Meneó tristemente la cabeza, y contestó, con una voz de falsete parecida a la de un niño:

--Cada día hay más. ¡Quién hubiera pensado que viviría lo bastante para ver unos tiempos en que se corre peligro de muerte por el mero hecho de circular por el territorio del balneario del Cliff-House! En la época de la que te hablo, Edwin, cuando yo era niño, acudían aquí, en verano, a decenas de miles, hombres, mujeres, niños y niñas. Y entonces no había osos por aquí, puedes estar seguro. O, al menos, eran tan escasos que se los metía en una jaula y se pagaba dinero para verlos.

--¿Dinero, abuelo? ¿Y qué es?

Antes de que el viejo contestara, Edwin se dio u golpe en la frente: se había acordado. Se metió la mano en una especie de bolsillo interno en la piel de oso, y sacó de él, triunfante, un dólar de plata, abollado y deslustrado.

Los ojos del anciano se iluminaron cuando se inclinó sobre la moneda.

--Mi vista es mala –murmuró--. Mira tú, Edwin, si puedes descifrar la fecha que tiene.

El niño se echó a reír y exclamó, devertidísimo:

--¡Eres increíble, abuelo! ¡Sigues tratando de hacerme creer que esos pequeños signos que hay ahí quieren decir algo!

El viejo gimió profundamente, y acercó el pequeño disco a dos o tres pulgadas de sus ojos.

--¡dos mil doce! –exclamó, finalmente. Luego se lanzó a un parloteo chistoso.

--¡Doce mil doce! Fue el año en que Morgan V fue elegido presidente de los Estado Unidos por la asamblea de Magnates. Debe ser una de las últimas monedas que se acuñaron, porque la muerte escarlata llegó en el año dos mil trece. ¡Señor! ¡Señor! ¡Cuándo pienso en ello! Hace sesenta años. ¡Y hoy soy el único sobreviviente de aquel tiempo! ¿Dónde has encontrado esta moneda, Edwin?

Edwin, que había escuchado al abuelo con la benévola condescendencia que se merecen los desvaríos de los débiles mentales, respondió enseguida:

--¡Me la dio Hu-Hu! La encontró cuando guardaba su rebaño de cabras, cerca de San José, la primavera pasada. Hu-Hu dice que es plata... Pero, ¿no tienes hambre, abuelo? ¿Por qué no seguimos andando?

El pobre hombre, después de devolverle el dólar a Edwin, asió su bastón con más fuerza y se apresuró hacia el sendero, brillándole de gula los ojos.

--Esperemos –musitó—que Cara de Liebre haya encontrado algún cangrejo... ¡Quizás dos cangrejos! Es bueno comer, lo que tiene dentro los cangrejos. Muy bueno de comer cuando uno tiene nietos como vosotros, que quieren a su abuelo y se sienten obligados a conseguirle cangrejos. Cuando yo era niño...

Pero Edwin había visto algo; se había detenido, y, llevándose un dedo a los labios, hizo al anciano signo de callarse. Colocó una flecha en la cuerda del arco y avanzó, a amparo de una vieja tubería de agua medio reventada que, al estallar, había desplazado un riel. Bajo la parra silvestre y las plantas trepadoras que la cubrían se veía la gruesa tubería oxidada.

El muchacho, avanzó de aquel modo, llegó junto a un conejo que estaba sentado junto a un matorral y que le miró, titubeante y tembloroso. La distancia era todavía al menos de cincuenta pies. Pero la flecha voló certeramente al blanco, veloz como un rayo, y el conejo, alcanzado, emitió un chillido de dolor. Luego se arrastró chillando hacia el matorral, tratando de ocultarse.

El muchacho, como la flecha, era un rayo, un rayo de piel tostada y de flotante piel de animal. Mientras corría hacia el conejo, su musculatura se tensaba y destensaba como un conjunto de resortes de acero que operaban, poderosos y flexibles, en el interior de sus miembros secos. Asió al animal herido, lo remató golpeándole la cabeza contra un tronco de árbol que quedaba a su alcance, y luego volvió junto al viejo y le entregó la presa para que la llevara.

--Es bueno, el conejo; muy bueno –musitó el vejestorio--. Pero como golosina deliciosa al paladar, prefiero al cangrejo. Cuando era niño...

Edwin, impaciente ante la fútil locuacidad del viejo, le interrumpió.

-¿A qué vienen –dijo, cortándole la palabra—tantas frases a propósito de cualquier cosa, frases que no tienen ningún sentido?

se expresó con menos cortesía, pero ese fue más o menos el sentido de lo que dijo. Tenía un modo de hablar gutural e imperativo, y la lengua que hablaba estaba claramente emparentada con la del viejo, que era, a su vez, una derivación bastante corrompida del inglés. Edwin prosiguió:

--Me pone nervioso oír constantemente cosas que no entiendo. ¿Por qué, abuelo, por ejemplo, lamas a un cangrejo "golosina"? Un cangrejo es un cangrejo y se acabó. ¿Qué quiere decir eso de golosina?

El viejo suspiró sin contestar, y ambos prosiguieron su camino en silencio. El ruido de romper de las olas fue en aumento, y, cuando ambos emergieron del bosque, se mostró repentinamente el mar, más allá de las grandes dunas de arena.

Entre aquellas dunas, unas cuantas cabras mordisqueaban una hierba escasa. Estaban al cuidado de otro muchacho, vestido con pieles de animal, y de un perro, que no era ya sino una débil reminiscencia del perro y se parecía mucho más al lobo. En primer plano se elevaba el uno de una hoguera vigilada por un tercer muchacho, de aspecto no menos tosco que los dos anteriores. A su alrededor estaban tendidos varios perros-lobo, semejantes al que guardaba las cabras.

A un centenar de yardas de la orilla del mar había un amontonamiento de peñascos despedazados, y el rugir de las olas que los azotaban se mezclaba con una especie de ladrido ronco. Era el mugir de enormes leones marinos que se arrastraban entre las rocas, unos para tenderse al sol, otros para combatir entre ellos.

El viejo se dirigió hacia el fuego, acelerando el paso y husmeando el aire con avidez.

--¡Mejillones! –exclamó, extasiado, con su vocecilla temblorosa, al llegar junto al fuego--. ¡Mejillones! ¿No es cierto, Hu-Hu? ¿No será un cangrejo? ¡Dios mío! ¡Muchachos, que buenos sois con vuestro abuelo!

Hu-Hu, que aparentaba la misma edad que Edwin, respondió, con una mueca que pretendía ser una sonrisa.

--Come, abuelo, come todo lo que quieras. Mejillones o cangrejos. Hay cuatro.

El paralítico entusiasmo del viejo era un espectáculo penoso. Se sentó en la arena lo más deprisa que se lo permitieron sus miembros agarrotados, y sacó de entre los tizones un mejillón de roca de gran tamaño. El calor había hecho que se abrieran las valvas, y se veía la carne del mejillón, color salmón y cocida en su punto.

Con prisa febril, el viejo asió el suculento bocado entre el pulgar y el índice y se lo llevó rápidamente a la boca. Pero el mejillón quemaba y, al cabo de un instante, lo escupía profiriendo aullidos de dolor, mientras le rodaba una lágrima por las mejillas.

Los jóvenes eran auténticos salvajes, y salvaje era su cruel regocijo. Rompieron a reír ante el ardiente chasco del viejo, que consideraron sumamente divertido. Hu-Hu se puso a hacer inacabables, cabriolas y Edwin se retorcía de risa en el suelo. El pequeño guardián de las cabras acudió, atraído por el ruido, y no tardó en sumarse a la hilaridad.

--Enfríalos, Edwin... Enfríalos –suplicó el viejo sufriente, sin siquiera enjugarse las lágrimas que seguían brotando de sus ojos--. Enfría también un cangrejo, Edwin... Ya sabes cuanto le gustan los cangrejos a tu abuelo.

Un chisporroteo salió del fuego, que hacía que todas las valvas de los mejillones estallaran en un vapor húmedo. Los moluscos eran en su mayor parte de buen tamaño: medían entre tres y seis pulgadas de ancho. Los muchachos los sacaron del fuego valiéndose de palitos, y los alinearon en una vieja cepa arrojada a la playa por el mar para que se enfriaran.

El viejo gemía:

--En mis tiempos, nadie se burlaba de ese modo de los viejos... Se les respetaba... Se les respetaba...

Los muchachos no prestaron la menor atención a las quejas y recriminaciones del vejestorio. Pero el viejo fue ahora más prudente, y no se quemó la boca. Todos se habían puesto a comer, haciendo mucho ruido con la lengua y chasqueando los labios.

El tercer niño, que se llamaba Cara de Liebre y que tenía ganas de reír un poco más, colocó disimuladamente un poco de arena en uno de los mejillones, que ofreció luego al viejo. Cuando éste se lo metió en la boca, la arena le daño las encías y las mucosas bucales e hizo una mueca horrible.

Recomenzó entonces la risa, tumultuosamente. El viejo no se daba cuenta de que había sido objeto de una broma pesada. Balbuceaba lastimosamente y escupía con todas sus fuerzas. Finalmente, Edwin se apiadó y le tendió una calabaza con agua fresca, con la que el viejo se enjuagó la boca.

--A ver, Hu-Hu, ¿dónde están los cangrejos? --preguntó Edwin--. Hoy el abuelo tiene hambre.

Al oír hablar de cangrejos, los ojos del viejo brillaron de gula, y Hu-Hu le tendió uno, que era de muy buen tamaño. El caparazón y las patas estaban enteros, pero vacíos. Con las manos temblorosas y emitiendo grititos de impaciencia, el viejo quebró una de las patas, pero no encontró sino vacío.

--¡Un cangrejo, Hu-Hu! Gimió--. ¡Dame un cangrejo de verdad!...

--¡Nos hemos burlado de ti, abuelo! –contestó Hu-Hu--. No hay cangrejos. No he encontrado ninguno.

La decepción se pintó en la cara arrugada del vejestorio, que volvió a echarse a llorar a mares mientras los muchachos se reían inconteniblemente.

Disimuladamente, Hu-Hu reemplazó el caparazón vacío, que el viejo había dejado en el suelo delante suyo, por un cangrejo lleno, cuyas patas y caparazón estaban ya quebradas y cuya carne blanca emitía una aroma delicioso. El olfato del viejo sintió un divino cosquilleo, y bajó la mirada, sorprendidísimo. . su lúgubre humor se trocó acto seguido en alegría. Husmeó y luego, con un ronroneo beatífico, se puso a comer. Y, mientras masticaba con las encías, mascullaba una palabra que no tenía ningún sentido para sus oyentes:

--Mayonesa... Mayonesa...

Hizo chasquear la lengua, y prosiguió:

--¡Mayonesa! Eso sí que sería una buena cosa... ¡Y pensar que hace más de sesenta que ha desaparecido! Han crecido dos generaciones sin conocer su maravilloso perfume. ¡En otros tiempos, en todos los restaurantes la servía con los cangrejos!

Una vez saciado, el viejo suspiró, se secó las manos frotándoselas en sus muslos desnudos, y su mirada se perdió en el mar. Luego, sintiendo el bienestar de un estómago lleno, se puso a rebuscar en su memoria.

--¿Sabéis, hijos míos, sabéis que yo he visto estas orillas hirviendo de vida? Aquí se apretujaban cada domingo hombres. Mujeres y niños. En vez de osos a la espera de devorarlos, había la arriba, en la cima del acantilado, un magnifico restaurante donde uno encontraba todo lo que quería comer. Vivían entonces en San Francisco cuatro millones de personas. Y ahora en todo el territorio, no quedan ni cuarenta. También el mar estaba repleto de barcos que entraban y salían sin parar por la Puerta de Oro. Y en el aire había innumerables dirigibles y aviones, que podían superar las doscientas millas por hora.

Si, esa era la velocidad mínima que exigían los contratos de la compañía aérea que hacía el servicio postal entre Nueva York y San Francisco. Hubo un hombre, un francés, que ofreció la velocidad de trescientas millas. ¡Hum, hum! Esto pareció excesivo, y demasiado arriesgado, a los ojos de la gente retrógrada. Pero el francés insistía, y tenía bases sólidas para hacerlo, y hubiera logrado lo que prometía de no haber sido por la gran peste. Cuando yo era niño, había todavía gente que recordaba haber visto los primeros aeroplanos. Yo vi los últimos. Han pasado sesenta años...

Los niños escucharon su monólogo con aire distraído. No comprendían casi nada de lo que decía, y escuchaban hartos de su machaconería, tanto más cuanto que, en sus ensueños en voz alta, empleaba un inglés más puro, que no tenía sino una lejana relación con la tosca jerga que ellos empleaban y que el viejo empleaba al hablar con ellos.

--en cambio, los cangrejos, en aquel tiempo –prosiguió--, eran más escasos, porque los pesaban en todas partes, y era un manjar muy apreciado. Se autorizaba su pesa durante un solo mes al año. Hoy pueden capturarse todos los días del año. ¡Esto, en aquel tiempo, hubiera sido prodigio!

En aquel momento se produjo una viva agitación entre las cabras que comían hiervas entre las dunas, y los tres muchachos se pusieron de pie. Los perros que estaban acurrucados junto al fuego corrieron a unirse a su compañero, que había permanecido junto a las cabras y que gruñía furiosamente. El rebaño entero derivó hacia sus protectores humanos.

Media docena de formas grises y flacas se deslizaban furtivamente por la arena, y tenían en jaque a los perros, a los que se les erizaba el pelo del lomo.

Edwin lanzó contra las formas una flecha que erró el blanco. Pero Cara de Liebre, armado con una honda semejante a la que debió emplear David en su lucha contra Goliat, hizo volar una piedra, que cruzó silbando el aire. La piedra cayó de lleno entre los lobos, que desaparecieron hacia las negras profundidades del bosque de eucaliptos.

Su huida hizo reír a los muchachos. Regresaron, satisfechos, a tenderse en la arena junto al vejestorio, que gemía desaladamente. Había comido demasiado, y la digestión se le hacía pesada. Y, apretándose el vientre con ambas manos, entrelazando los dedos, prosiguió sus lamentaciones.

--El trabajo humano es efímero y se desvanece como la espuma del mar... Sí, eso es. el hombre, en este planeta, domesticó a los animales útiles y destruyó a los nocivos. Roturó la tierra y la liberó de la vegetación salvaje. Luego, cierto día, desaparece, y la marea de la vida primitiva vuelve a subir, barriendo la obra humana. La mala hierva y el bosque invade los campos, los animales de presa vuelven a atacar a los rebaños, y ahora hay lobos en la playa de Cliff-House.

Esta idea pareció asustarlo. Se detuvo. Luego prosiguió:

--Si en un solo territorio desaparecieron cuatro millones de seres humanos, si los lobos feroces vagan por aquí, y vosotros, progenie bárbara de tanto genio extinguido, os veis obligados a defenderos con armas prehistóricas, de los colmillos de los cuadrúpedos invasores, todo ello se debe a la muerte escarlata.

--Escarlata... Escarlata... –murmuró Cara de Liebre al oído de Edwin--. El abuelo repite a menudo esa palabra. ¿Tu sabes lo que significa?

El viejo oyó la pregunta, y declamó, con su voz agridulce:

--Los arces escarlata, cuando llega el otoño, me estremecen como un toque de clarín, dijo el poeta.

Edwin explicó a Cara de Liebre:

--El escarlata es el rojo... Tu no lo sabes porque te has educado en la tribu del Chófer. Ninguno de sus miembros ha sabido jamás nada. El escarlata es el rojo... Yo sí lo sé.

Cara de Libre protestó:

--Si el escarlata es el rojo, ¿por qué no decir rojo? ¿Qué sentido tiene complicar todo con palabras que la gente no entiende? El rojo es el rojo, y se acabó.

--Rojo no es la palabra adecuada –replicó el viejo--. La peste no era roja, era escarlata. El cuerpo y la cara del que se veía atacado por ella se ponían escarlata en el plazo de una hora. Lo sé porque lo vi. Hay que decir escarlata.

Pero Cara de Liebre no estaba convencido. Se obstinó:

--A mí me basta con decir rojo. Papá no utiliza otra palabra. Dice que todo el mundo murió de muerte roja.

El viejo se irritó.

--Tu padre. Como bien dice Edwin, es un hombre del vulgo, él es hijo de un hombre del vulgo. Nunca ha tenido educación. Tu abuelo era un Chófer, un criado. Tu abuela era de buena cepa, eso es verdad. Era una dama. Pero ni sus hijos ni sus nietos se le han parecido. Antes de la muerte escarlata era la mujer de Van Warden, uno de los doce magnates de la industria que gobernaban América. Valía más de mil millones de dólares. ¿Te das cuenta Edwin? Más de un millón de monedas iguales a la que levas en tu bolsillo. Luego vino la muerte escarlata, y esa mujer se convirtió en la mujer de Bill, el Chófer. Bill tenía la costumbre de pegarle palizas. Lo vi con mis propios ojos. Ya ves Cara de Liebre, quien fue tu abuela.

En el curso de esta discusión, Hu-Hu, perezosamente tendido en la arena, se entretenía cavando en ella con un pie.

De repente dio un grito. Su dedo gordo había dado contra algo duro, y se había rasguñado. Se puso en pie, examinó el agujero que había abierto.

Los otros dos muchachos se le unieron, y se pusieron a cavar rápidamente entre los tres, apartando la arena con las manos. Aparecieron tres esqueletos. Dos de ellos eran de adultos, y el tercero correspondía a un adolescente.

El vejestorio se acercó de rodillas al agujero, y se inclinó sobre él.

--Son víctimas de la peste escarlata –proclamó--. Así morían, en todas partes. Se trata sin duda de una familia que huía del contagio y que cayó muerta aquí, en playa Cliff-House. Estos... Pero, ¿qué haces, Edwin?

Edwin, con la punta de su cuchillo de caza, había empezado a hacer saltar los dientes de la mandíbula de uno de los esqueletos.

--¡Santo Dios! Pero ¿qué haces? Repitió el viejo, despavorido.

--Es para hacerme un collar –contestó el muchacho

Los otros dos muchachos imitaron a Edwin, raspando o golpeando con la punta o el mango de sus cuchillos. El viejo gemía.

--sois unos salvajes, unos auténticos salvajes. Ya hemos legado a la moda de adornarse con dientes humanos. La próxima generación se perforará la nariz y las orejas y se adornará con huesos de animales y con conchas. De eso no cabe duda. La raza humana está condenada a hundirse cada vez más en la noche primitiva antes de recomenzar algún día un nuevo ascenso sangriento hacia la civilización. Hoy, la tierra es demasiado ancha para los pocos hombres que viven. Pero estos hombres crecerán y se multiplicarán, y, dentro de algunas generaciones, encontrarán la tierra demasiado estrecha para ellos y empezarán a matarse los unos a los otros. Esto no habrá quien lo evite. Entonces se colgarán del cinto las cabelleras de sus enemigos, del mismo modo que tú, Edwin, que eres el más afectuoso de mis nietos, empiezas ya a adornarte la oreja con esa terrible cola de cerdo. ¡Hazme caso, pequeño! ¡Tírala, tírala lo más lejos que puedas!

--¡Qué parlanchín, ese abuelo! –gruñó Cara de liebre.

Había terminado la extracción de las piezas dentales de los tres esqueletos, y los tres muchachos se pusieron a repartirlas equitativamente. Eran vivaces y bruscos en ademanes y palabras, y la discusión fue animada. Se expresaban en monosílabos, en frases breves y entrecortadas.

Luego, satisfechos con el hallazgo, se sentaron alrededor del vejestorio. Cara de Liebre, mientras jugaba con los fragmentos de esmalte, preguntó:

--Oye, viejo, ¿por qué no nos hablas un poco de la muerte roja?

--De la muerte escarlata –rectificó Edwin

el hombrecillo pareció halagado con la petición. Se aclaró la garganta tosiendo, y empezó:

--Hace veinte o treinta años, todavía me pedía a menudo que contara mi historia. ahora la juventud se interesa cada vez menos por el pasado...

--Pero intenta –incidió Cara de Liebre—de hablar con claridad, si quieres que entendamos. ¡Nada de frases complicadas ni de palabras sabias!

Edwin dio un codazo a Cara de Liebre.

--Vamos, cállate o el abuelo se enfadará –dijo--. No hablará, y no nos enteraremos de nada. No es culpa suya si se explica mal.

Y, en efecto, el viejo parecía ya a punto de irritarse y de iniciar un largo discurso acerca de la falta de respeto de los niños actuales, así como de la triste suerte de la humanidad, vuelta a la barbarie de los primeros tiempos.

--Sigue, abuelo –insinuó Hu-Hu, en tono conciliador.

El viejo se decidió.

--en aquel tiempo –dijo--, el mundo estaba poblado. Solamente en San Francisco, había cuatro millones de habitantes...

--¿Qué es un millón? –interrumpió Edwin.

--Sólo sabes contar hasta diez, no lo ignoro. Pero haré que entiendas. Levanta las dos manos. En las dos, tienes, en total, diez dedos. Bueno. Ahora recojo este grano de arena. Trae aquí la mano, Hu-Hu.

Dejó caer el grano de arena en la palma de la mano de Hu-Hu, y prosiguió:

Este grano de arena representa los diez dedos de Edwin. Añado otro grano. Ya tenemos otros diez dedos. Y añado un tercer grano y un cuarto y un quinto, y así hasta diez. Eso da diez veces los diez dedos de Edwin. A esto lo lamo un centenar. Recordad los tres bien esta palabra: un centenar. Ahora tomo esta piedrecilla y la pongo en la mano de Cara de Liebre. Representa diez granos de arena, o sea, diez decenas de dedos, o sea, cien dedos. Pongo diez piedras, representan mil dedos. Prosigo, y pongo una valva de mejillón que representa diez piedras, es decir, cien granos de arena, o mil dedos...

De este modo, laboriosamente, el viejo, por medio de sucesivas repeticiones, consiguió más o menos introducir en la mente de los muchachos una idea aproximada de los números. A medida que la cifra crecía. Iba colocando en las manos de los niños distintos objetos que las simbolizaban. Cuando llegó a los millones, los representó por medio de las piezas dentales arrancadas a los esqueletos. Y multiplicó las piezas dentales por caparazones de cangrejos para expresar los mil millones, y se detuvo ahí, ya que sus oyentes empezaban a mostrar signos de cansancio.

--Había, pues, cuatro millones de hombres en San Francisco –reanudó--. O sea, cuatro dientes...

La mirada de los muchachos pasó de los dientes a las piedras, y luego de las piedras a los granos de arena, y de los granos de arena a los dedos de las manos alzadas de Edwin; después recorrieron en sentido inverso la serie ascendente de los símbolos, esforzándose para comprender la cifra inaudita que representaba.

--cuatro millones de hombres, eso es una buena cantidad –aventuró finalmente Edwin.

--¡Eso es, muchacho! –aprobó el viejo--. Puedes hacer otra comparación, con los granos de arena de la orilla. Imagínate que cada uno de estos granos era un hombre, una mujer o un niño. ¡Ahí tienes! Estos cuatro millones de personas vivían en San Francisco, que era una gran ciudad, en esta misma bahía en donde estamos nosotros ahora. Y los habitantes se extendían más allá de la ciudad, en toda la extensión de la bahía y en la orilla del mar, y tierra adentro, entre las llanuras y las colinas. Eso daba un total de siete millones de habitantes. ¡Siete dientes!

Una vez más, los muchachos recorrieron con la mirada los dientes, las piedras, los granos de arena y os dedos de Edwin.

--El mundo entero estaba atestado de seres humanos. El gran censo del año 2010 había dado un resultado de ocho mil millones como población de todo el universo. Ocho mil millones, o sea ocho caparazones de cangrejos... Aquellos tiempos no se perecían demasiado a estos tiempos en que vivimos. La humanidad tenia una habilidad sorprendente para procurarse alimentos. Y cuanto más comida necesitaba, tanto más crecía el número. Así, pues, vivían en la tierra ocho mil millones de hombres cuando comenzaron los estragos de la peste escarlata. Yo entonces era un hombre joven. Tenía veintisiete años. Vivía en Berkeley, que era en la bahía de San Francisco, en el lado que queda enfrente de la cuidad. ¿Recuerdas, Edwin, esas casas grandes de piedra que nos encontramos un día en esa dirección... hacia allí? Yo vivía allí, en una de esas casas de piedra. Era profesor de literatura inglesa.

Buena parte de ese discurso desbordaba en entendimiento de los jovencitos. Pero se esforzaban por comprender cuanto podían, aunque difusamente, de este relato del pasado.

--¿Qué hacía en esas casas? –preguntó Cara de Liebre.

--tu padre, lo recordarás, te enseño a nadar...

Cara de Liebre hizo signo afirmativo.

--¡Pues bien! En la Universidad de California (así se llamaban esas casas) se enseñaba a los jóvenes y las jóvenes toda clase de cosas. Se les enseñaba a pensar a ilustrar la mente. Del mismo modo que yo acabo de enseñaros, por medio de la arena, las piedras, los dientes y las conchas, a calcular cuántos habitantes tenía entonces la tierra. Había mucho que enseñar. A los jóvenes se les llamaba "estudiantes". Había grandes salas, y en ellas yo y los demás profesores dábamos lecciones. Yo hablaba a cuarenta y cinco oyentes al mismo tiempo, igual que yo os hablo a los tres a vez. Les hablaba de los libros que habían escrito los hombres que habían vivido antes que ellos, y a veces también de los libros escritos en aquella misma época.

--¿Yeso era todo lo que hacían? –preguntó Hu-Hu--. ¿Hablar, hablar y hablar, y nada más? ¿Quién cazaba para tener carne? ¿Quién ordeñaba las cabras? ¿Quién pesaba los peces?

--¡Muy bien, Hu-Hu! Me haces una pregunta muy juiciosa. Pues bien, los alimentos, tal como te he dicho, eran pese a toco muy abundantes. Porque éramos hombres muy sabios. Algunos se ocupaban especialmente de los alimentos, y, mientras, los demás se ocupaban de otras cosas. Yo hablaba, hablaba incesantemente. Y, a cambio de ello, me daban de comer. Comida abundante y refinada. ¡Oh, sí! ¡Refinada! desde hace sesenta años, no pruebo nada igual, y seguramente ya no probaré nada igual. A menudo he pensado que la obra más espléndida de nuestra vieja civilización era esa abundancia de alimentos, su variedad infinita y su increíble refinamiento. ¡Oh, hijos míos! ¡Sí! ¡La vida merecía entonces ser vivida! ¡Entonces, cuando teníamos también buenas cosas para comer!

Los muchachos seguían escuchando atentamente y todo lo que no comprendían los atribuían al chocheo senil del viejo.

--A los que producían el alimento los llamábamos, en teoría, hombres libres. Pero era falso: su libertad no era más que una palabra. La clase dirigente poseía las tierras y las máquinas. Era en beneficio suyo que trabajaban duramente los productores, y del fruto de su trabajo se les dejaba estrictamente lo necesario para que pudieran seguir trabajando y produciendo cada vez más.

--Cuando yo voy a buscar alimentos en el bosque –declaró Cara de Liebre--, si alguien trata de quitármelos y hacerlos suyo, yo los mataría.

El viejo rompió a reñir.

--Pero si la tierra, el bosque, las máquinas, todo, nos pertenecía, a nosotros, la clase dirigente, ¿cómo hubieran podido los trabajadores negarse a producir para nosotros? Se hubieran muerto de hambre. Por eso preferían trabajar duramente, garantizarnos nuestra comida, hacernos los vestidos y proporcionarnos mil y un mejillón, Hu-Hu; mil delicias y magníficas satisfacciones. ¡Ja, ja, ja! Así pues, en aquel tiempo yo era el profesor Smith, James Howar Smith. Mi curso tenía mucha asistencia; es decir, que muchos jóvenes gustaban de oírme hablar de los libros escritos por otros hombres. Era muy feliz. Mis alimentos eran excelentes. Tenía las manos suaves, porque no tenía que hacer ningún trabajo duro. Tenía el cuerpo limpio y bien cuidado y mi ropa era todo lo flexible y agradable que uno pueda imaginarse.

Diciendo esto el vejestorio dejó caer una mirada de asco a su asquerosa piel de cabra.

--No era así nuestra ropa. Incluso nuestros trabajadores esclavos la llevaban mejor. Y nuestro aseo corporal era extremo. Nos lavábamos las cara y las manos varias veces al día. ¿Qué decís de esto? ¿Eh? ¿Vosotros que no os laváis nunca, salvo cuando os caéis al agua o cuando nadáis?

--¡Tampoco tú te lavas nunca! –replicó Hu-Hu.

--Lo sé, lo sé muy bien. Hoy soy un viejo repulsivo. Pero es que han cambiado los tiempos. Hoy nadie se lava. Ya no hay modo de hacerlo. Hace sesenta años que no veo ningún fragmento de jabón. ¿No sabéis lo que quiere decir jabón no voy a perder tiempo explicándolo, porque lo que os estoy contando es la historia de la muerte escarlata... Sabéis lo que es una enfermedad? En otros tiempo se decía "infección". Se sabía que las enfermedades estaban causadas por gérmenes malignos. He dicho "germen". Recordad esta palabra. Un germen es una cosa pequeñísima. Más pequeña que las garrapatas que en primavera se prenden del pelo y de la carne de los perros cuando corren por el bosque. Sí, un germen es mucho más pequeño todavía, tan pequeño que no se puede ver.

Hu-Hu se rió de buenísima gana.

--Qué divertido eres, abuelo. Nos hablas de cosas que no se pueden ver. Pero, entonces, ¿cómo se sabe que existen? Esto no tiene sentido.

--¡Bien, Hu-Hu! ¡Muy bien! Excelente pregunta la que me haces. Has de saber, pues, que, para ver esas cosas, teníamos un instrumento llamado "microscopio". Microscopio, ¿oyes? Microscopio, y "ultramicroscopios". Gracias a estos instrumentos, a los que aplicábamos los ojos, los objetos se nos mostraban mayores de lo que son en realidad. Y, de ese modo, podíamos ver incluso aquellos cuya existencia ignorábamos hasta entonces. Los mejores microscopios agrandaban un germen cuarenta mil veces. Cuarenta mil, es decir, cuarenta valvas de mejillón, cada una de las cuales permitía mil dedos. Luego, empleando un segundo instrumento que llamábamos cinematógrafo, sí, "Ci-ne-ma-tó-gra-fo", estos gérmenes, agrandados ya cuarenta mil veces, se nos mostraban se nos mostraban agrandados miles y miles de veces más. ¡tomad un grano de arena, hijitos! Partidlo en mil trozos. Luego, romped en otros diez uno de estos; y luego uno de esos diez en diez. Seguid así todo el día, y quizás a la puesta del sol habéis alcanzado la pequeñez de uno de esos gérmenes.

Los muchachos parecían incrédulos. Cara de Liebre emitía resoplidos burlones, y Hu-Hu se reía con disimulo. Edwin los hizo callar, y el viejo continuó:

--La garrapata de los bosques chupa la sangre de los perros. Pero el germen, gracias a su extrema pequeñez, penetra sigilosamente en la sangre del cuerpo y se multiplica infinitamente. En el cuerpo de un solo hambre había en aquel tiempo, mil millones de gérmenes. Mil millones... ¡Un caparazón de cangrejo, ni más ni menos! A esos gérmenes los llamábamos microbios. "Microbios". Muy bien. Y cuando un hombre tenía mil millones de ellos en la sangre, se decía que estaba infectado; que estaba enfermo, si así os gusta más. Había microbios de distintas especies. Esas especies eran innumerables, como os granos de arena de esta playa. No las conocíamos todas. Sabíamos muy poco de este mundo invisible. Conocíamos el bacillus anthracis, y también el micrococcus, el bacterium termo y el bacterium lactis. Este último, dicho sea de paso, el que sigue haciendo cuajar la leche de cabra, permitiendo hacer queso. ¿Me sigues, Cara de Liebre? ¿Y qué diré de los esquizomicetos, cuya familia es inacabable? Y me dejo infinidad...

Aquí el viejo se perdió en un larga disertación acerca de los gérmenes y su naturaleza. Empleaba palabras tan largas y frases tan complicadas que los muchachos, mirándose los unos a los otros con una mueca, volvieron su mirada al océano inmenso, dejando que el ex profesor Smith perorara a su aire. Finalmente, Edwin le tiró del brazo, y le sugirió:

--¿Y la muerte roja, abuelo?

El vejestorio tuvo un sobresalto, y, de su cátedra de la Universidad de Berkeley, donde se imaginaba disertar todavía ante un auditorio muy distinto, volvió bruscamente a la realidad de su situación.

--Sí, sí, Edwin –dijo--, me había olvidado. A veces me vuelve el pasado a la memoria con tanta fuerza que lego a olvidar que soy un hombre viejísimo y sucio, vestido con una piel de cabra, que va por ahí con unos nietos que son pastores en un mundo primitivo. El trabajo de hombre es efímero y se desvanece como la espuma del mar... Así se desvaneció nuestra civilización grandiosa y colosal. Y hoy soy el más viejo de todos, soy un viejo uy cansado, y pertenezco a la tribu de Santa Rosa. Es esta tribu me casé. Mis hijos y mis hijas se casaron a su vez, ya en la tribu de los Chóferes, ya en la de los sacramentos, ya en la de los paloaltos. Tu, Cara de Liebre, perteneces a la tribu del Chófer. Tú, Edwin, a la de Sacramento. Y tú Hu-Hu, a la de Palo Alto. Y los tres sois nietos míos... pero iba a hablaros de la muerte escarlata. ¿Dónde estaba?

--Nos hablabas de los gérmenes –contestó prestamente Edwin--, de todas esas cositas que no se pueden ver y que nos ponen enfermos a los hombres.

--Sí, en eso estaba. En los primeros tiempos del mundo, cuando había poquísimos hombres en la tierra, existían pocos gérmenes, y, por lo tanto, pocas enfermedades. Pero a medida que los hombres se hacían numerosos, y se agrupaban en grande ciudades para vivir juntos en ellas, apretujados unos contra otros, nuevas especies de gérmenes penetraron en sus cuerpos, y aparecieron enfermedades desconocidas, cada vez más terribles. Así, por ejemplo, mucho antes de mi tiempo, hubo la peste negra, que barrió Europa. Luego hubo la tuberculosis, la peste bubónica. En África apareció la enfermedad del sueño. Los bacteriólogos atacaban todas esas enfermedades y las destruían. Del mismo modo que vosotros, hijitos, alejáis a los lobos de vuestras cabras o aplastáis a los mosquitos que se ceban con vosotros. Los bacteriólogos...

--¿Cómo dices, abuelo?... –interrumpió Edwin.

--"Bac-te-rió-lo-gos"... Tu tarea, Edwin, consiste en guardar las cabras. Las vigilas todo el día, y sabes muchas cosas a cerca de ellas. Un bacteriólogo es el que vigila los gérmenes, los estudia, y, cuando es preciso, lucha contra ellos y los destruye, como haces tú con los lobos. Pero, igual que en tu caso, no siempre triunfan. Así, por ejemplo, había una enfermedad espantosa, llamada "lepra". Un siglo, es decir cien años antes de mi nacimiento, los bacteriólogos habían descubierto el germen de la lepra. Lo conocían perfectamente. Lo dibujaron. Yo vi esos dibujos. Pero no encontraron el modo de matarlo. En 1894 surgió la peste pantoblast. Apareció en un país llamado Brasil, e hizo morir a miles de hombres. Los bacteriólogos descubrieron su germen, consiguieron matarlo, y la peste pantoblast se detuvo. Fabricaron una cosa llamada "suero", un líquido que introducían en el cuerpo humano y que destruía el germen del pantoblast sin matar al hombre. En 1947 hubo un mal extraño que atacaba a los niños de diez meses o menos, y que los incapacitaba para mover las manos y os pies, para comer, o para hacer cualquier cosa. Los bacteriólogos tardaron once años para encontrar ese germen extraño, en poder matarlo y salvar a los niños pequeños. A pesar de estas enfermedades y de sus estragos, la humanidad seguía creciendo, y cada vez más los hombres se aglomeraban en las grandes ciudades. Ya en 1929 un sabio ilustre, llamado Soldervetzky, había pronosticado que una gran enfermedad, mil veces más mortal que todas las que habían precedido, llegará cierto día y mataría a los hombres a millares y a miles de millones. Ya que la fecundidad de las alianzas, así se expresaba él, es infinita.

En aquel momento, Cara de Liebre se puso de pie y, con una mueca despectiva, manifestó:

--¡Tú chocheas, abuelo! ¿Quieres hablarnos de la muerte rojo, sí o no? si no quieres, dilo, y volvemos al campamento.

El viejo, herido en su interpretación, se echo a llorar silenciosamente. Gruesas lágrimas corrieron por las arrugas de sus mejillas. Su expresión dolorida traicionaba toda la decrepitud física y moral de sus más de ochenta años.

--Vamos, Cara de Liebre, vuelve a sentarte –dijo Edwin--. El abuelo habla bien. Y está a punto de llegar a lo de la muerte escarlata. Nos lo va a contar enseguida... ¿No es cierto, abuelo? Un poco de paciencia, Cara de Liebre.

El viejo se enjugó las lágrimas con sus sucios dedos. Luego reanudó el relato, con su voz temblorosa que fue haciéndose firme a medida que se animaba en el curso del relato.

--Fue en el verano de 2013 cuando se declaró la peste escarlata...

Cara de Liebre expresó ruidosamente su alegría, batiendo las palmas.

--...Yo tenía veintisiete años. Unos telegramas...

Cara de Liebre frunció el entrecejo.

--¿Unos qué? –preguntó--. Ya vuelven las palabras que nadie entiende.

Edwin le impuso silencio, y el viejo prosiguió.

--En aquel tiempo los hombres hablaban entre sí a través de miles y miles de millas de distancia. Así fue como llegó a San Francisco la noticia de que una enfermedad desconocida se había declarado en Nueva York. En aquella ciudad, la más espléndida de toda América, vivían diecisiete millones de personas. De momento, la alarma no fue excesiva. Sólo habían tenido lugar unas pocas muertes. Sin embargo, según parecía, las defunciones habían sido rapidísimas. Uno de los primeros signos de esa enfermedad era que toda la cara y el cuerpo del que estaba atacado se ponían rojos.

>>En el curso de las siguientes veinticuatro horas se supo que se había declarado un caso en Chicago, otra gran ciudad. Y, el mismo día, corrió la noticia de que Londres, la mayor ciudad del mundo después de Nueva York y Chicago, luchaba en secreto contra aquel mal desde hacía ya dos semanas. Las noticias habían sido censuradas... Quiero decir que se había impedido que circularan por el resto del mundo.

>>La cosa parecía grave, desde luego. Pero nosotros, en California, lo mismo que en cualquier otra parte, no perdimos la cabeza. No había que no estuviera convencido que los bacteriólogos encontrarían el modo de aniquilar el nuevo germen, lo mismo que habían encontrado en el pasado en los casos de los otros gérmenes.

>>Lo que resultaba inquietante, sin embargo, era la rapidez prodigiosa con que aquel germen destruía a los humanos, y también el hecho de que la persona atacada por él muriera infaliblemente. Ni un solo caso de curación. En otros tiempos ya se había conocido la fiebre amarilla, una vieja enfermedad que tampoco resultaba nada apacible. Por la noche, cenaba uno con una persona que gozaba de buena salud, y, la mañana siguiente, si uno se levantaba lo bastante temprano, veía pasar el coche fúnebre que se llevaba al convidado de la víspera.

>>la nueva peste era todavía más expeditiva. Mataba mucho más aprisa. A menudo no transcurría ni una hora entre los primeros síntomas de la enfermedad y la llegada de la muerte. Había casos en que el atacado resistía varias horas; pero había otros en que todo terminaba en diez quince minutos de las primeras señales.

>>Lo primero era que el corazón latía aceleradamente, y que aumentaba la temperatura corporal. Luego, una erupción de color rojo intenso se extendía como una erisipela por la cara y el cuerpo. Mucha gente no se daba cuenta de la aceleración de los latidos ni de la elevación de la temperatura, y sólo recibía la advertencia en el momento en que se manifestaba la erupción.

>>Ordinariamente, esta primera fase de la enfermedad parecía acompañada de convulsiones; pero no parecían graves, y, cuando cesaban, aquel que las había superado volvía de repente a un profundo estado de calma. Entonces lo invadía una especie de entumecimiento que subía a partir del pie y del talón, alcanzaba la pierna, las rodillas, los muslos, el vientre, y seguía subiendo. En el instante mismo en que legaba al corazón se producía la muerte.

>>Ningún malestar ni delirio acompañaban ese entumecimiento progresivo. La mente permanecía clara y activa, hasta el momento en que el corazón se paralizaba y dejaba de latir. Otro detalle no memos sorprendente era la veloz descomposición de la víctima después de la muerte. Mientras uno la miraba, su carne parecía desagregarse, reducirse a pulpa.

>>Fue esta última una de las razones de la rapidez del contagio. Los miles de millones de gérmenes del cadáver quedaban liberados instantáneamente. en estas condiciones era inútil la lucha de la ciencia. Los bacteriólogos morían en sus laboratorios en el instante mismo en que se iniciaba el estudio de la peste escarlata. Estos sabios eran unos héroes. En cuanto uno moría otro tomaba su lugar.

>>Un sabio inglés consiguió, en Londres, aislar por primera vez el germen. Se telegrafió la noticia a todas partes, y todo el mundo cobró esperanzas. Pero Trask (así se llamaba el sabio) murió dentro de las treinta horas. Había sido encontrado el célebre germen, sin embargo, todos los laboratorios compitieron para descubrir el contra germen capaz de matar al de la peste escarlata. Todos estos esfuerzos fracasaron.

En este punto hubo una interrupción de Cara de Liebre:

--¡Los hombres de tu tiempo estaban locos, abuelo! Esos gérmenes eran invisibles, has dicho, ¿no? ¡Y querían combatirlos con otros gérmenes también invisibles!... Por eso murieron... ¡Mirá que luchar contra algo que no se sabe, sirviéndose de algo que se ignora! ¡Vaya tontería!

El vejestorio reabrió de inmediato el manantial de sus llantos. Edwin se apresuró a consolarle y a morigerar a Cara de Liebre.

--¡Escúchame bien! –dijo este último--. Tú crees en un montón de cosas que no puedes ver... –Cara de Liebre negó con la cabeza; Edwin prosiguió--: Claro que sí. Crees en los muertos que andan. Y nunca ha visto pasearse a ninguno...

--¡Sí! ¡Sí! –protestó Cara de Liebre--. El invierno pasado vi vagar a varios, cuando fui con papá a cazar lobos.

--Bueno, lo admito –concedió Edwin--. Pero no me negarás que escupes en el agua cada vez que cruzas un río o un torrente.

--¡Claro! Es para alejar la mala suerte.

--Entonces, ¿crees en la mala suerte?

--Desde luego.

--¿Puedes decirme si has visto alguna vez a la mala suerte? –concluyó Edwin, victoriosamente--. Nunca y en ninguna parte, ¿verdad? Así, pues eres igual que el abuelo con sus gérmenes. Crees en cosas que no ves... Sigue, abuelo.

Cara de Liebre sencillamente humillado por este razonamiento falaz, quedó cabizbajo y no contestó nada.

El abuelo volvió a tomar la palabra. Otras muchas veces se vio interrumpido por las preguntas de los niños, que se arrojaban los unos a los otros las dudas y sus objeciones mientras se esforzaban por seguir al abuelo en aquel mundo desaparecido que les era desconocido. Pero con el objeto de aligerar este relato, no imitaremos a los niños y no le interrumpiremos con las reflexiones de estos.

--La muerte escarlata –contaba el abuelo—apareció cierto día en San Francisco. La primera defunción, lo recuerdo todavía, tuvo lugar un lunes por la mañana. El día siguiente, martes, la gente caía como moscas en San Francisco y en Oakland.

>>Morían por todas partes. En la cama, en el trabajo, en la calle. El jueves fui por primera vez testigo de una de estas muertes fulgurantes. La señorita Collbran, una de mis alumnas, estaba sentada frente a mí en el aula. Mientras yo hablaba, observé de pronto que su cara se ponía color escarlata.

>>Dejé de hablar y la miré fijamente. Todos los demás alumnos me imitaron; ya sabíamos que, en aquel momento, el terrible azote se había introducido entre nosotros. Las muchachas, despavoridas, huyeron gritando del aula, los muchachos salieron a su vez. Todos menos dos.

>>La señorita Collbran tuvo unas cuantas convulsiones poco acentuadas, que duraron más e un minuto. Uno de los muchachos le trajo un vaso de agua. Ella lo tomó, bebió un sorbo, y exclamó:

>>--¡Mis pies! ¡Ya no siento mis pies!

>>Y al cabo de unos momentos, añadió:

>>--¡Ya no tengo pies... O al menos, no sé si los tengo... ! ¡Ahora tengo frío en las rodillas! Ya no siento las rodillas.

>>Estaba tendida en el suelo, con un montoncillo de libros y de libretas sosteniéndole la cabeza. No podíamos hacer nada por ella. el entumecimiento y el frío alcanzaron la cintura; luego el corazón. Y, cuando el corazón fue alcanzado, murió.

>>Yo había mirado el tiempo en el reloj. Había muerto en quince minutos. Allí, en mi propia clase. ¡Muerta! Hacía unos instantes, era una joven rebosante de vida y de salud, una muchacha fuerte y hermosa. Y habían pasado quince minutos, sí, sólo quince entre el primer síntoma del mal y el desenlace.

>>Mientras yo permanecía aquel cuarto de hora en la clase con la moribunda, había sido dada la alarma en toda la universidad. Por todas partes los estudiantes, que eran más de un millar, huían de las aulas y de los laboratorios. Cuando salí para ir a presentar mi informe al decano de la facultad, encontré delante mío un desierto. Solamente unos pocos rezagados cruzaban todavía los patios interiores en su huida hacia sus casas. Algunos corrían.

>>Encontré al decano Hoag en su despacho, solo y pensativo. Me pareció más viejo y el pelo más blanco y que las arrugas se le marcaban en la cara de un modo anormal.

>>Cuando me vio pareció recobrar el control de sí mismo. Se puso en pie y se dirigió, titubeando, hacia la puerta de su despacho que se encontraba en el extremo opuesto a aquella por la que yo había entrado. Salió, cerró la puerta detrás suyo, y cerró con llave.

>>¿Él sabía, ¿comprendéis?, que yo había estado expuesto al contagio, y tenía miedo. Desde el otro lado de la puerta me gritó que me fuera. Eso hice, y jamás olvidaré la terrible sensación que experimenté al volver a cruzar el patio y los pasillos desiertos. No era que tuviera ningún temor. Había estado expuesto, y me consideraba hombre muerto.

>>Pero ante aquella súbita detención de la existencia que había presenciado a mí alrededor, me parecía que estaba asistiendo al fin del mundo. Aquella universidad que había sido mi vida, mi razón de ser. Mi padre había enseñado en ella antes que yo, y antes que él lo había hecho su padre. Yo había hecho allí toda mi carrera, a la estaba predestinado desde mi nacimiento. Desde hacía siglo y medio aquel establecimiento inmenso había funcionado sin ninguna interrupción, como máquina maravillosa. Y ahora, de repente, había dejado de vivir. La llama tres veces sacra de mi altar se había apagado. Estaba abrumado de horror, de horror inexpresable.

>>Volví a mi casa. Mi ama de llaves, así que me vio, se puso a chillar y huyó. Llamé a la campanilla de la doncella. No vino nadie. También ella se había marchado. Fui a la parte trasera de la casa y me encontré en la cocina, a la cocinera preparando su maleta. profirió tremendos gritos al aparecer yo, y escapó, abandonando su maleta con todos sus efectos personales. Cruzó el jardín a todo correr y sin dejar de gritar. Todavía hay me resuenan los gritos en el oído.

>>No era costumbre, hijitos, como comprenderéis, actuar de aquel modo, en los tiempos normales, con los enfermos. ¡No! la gente no perdía la cabeza de aquel modo. se mandaba buscar a los médicos y a las enfermeras, que, con mucha tranquilidad, aplicaban al enfermo un tratamiento adecuado. Ahora, el caso era distinto. Aquel mal mataba sin errar nunca el golpe. No hubo un solo caso de curación.

>>Me encontré solo en la casa, que era muy grande. Estaba esperando el regreso de mi hermano cuando sonó el teléfono. En aquellos tiempos, como ya os he dicho, la gente podía comunicase a distancia por medio de unos hilos que se tendían en el aire o que corrían bajo tierra, e incluso sin hilos. Oí la voz de mi hermano. Me decía que no volvería a casa, por miedo a contagiarse de mí, y que había llevado a mis dos hermanas a la casa de mi colega el profesor Bacon. Me aconsejaba que me quedara tranquilamente en casa hasta saber si había contagiado o no la peste.

>>No le negué razón, y me quedé en casa. Como tenía hambre, intenté, por primera vez en mi vida, cocinarme algo. La peste no se me manifestaba. Podía hablar por teléfono con quien quisiera. También podía comunicarme con el mundo exterior por medio de los diarios. Ordené que se me tiraran por encima de la verja de entrada.

>>De ese modo me enteré que Nueva York y Chicago estaban sumidas en el caos. Lo mismo ocurría con las grandes ciudades. La tercera parte de los policías de Nueva York había ya sucumbido. Había muerto el jefe de policía y el alcalde. Los cadáveres quedaban tendidos en la calle, allí donde caían, y quedaban insepultos. Los trenes y los barcos que habitualmente transportaban a las ciudades los víveres y todas las cosas necesarias para la vida habían dejado de funcionar, y el populacho, famélico, saqueaban las tiendas y los almacenes.

>>Reinaba en todas partes el asesinato, el robo y la borrachera. Millones de personas habían abandonado ya Nueva York, así como las demás ciudades. Primero se habían marchado los ricos, en sus coches, sus aviones y sus dirigibles. Las masas les habían seguido, a pie o en vehículos de alquiler o robados, llevando la peste a los campos, saqueando y reduciendo al hambre, a su paso, a las ciudades pequeñas, los pueblos y las granjas que encontraban a su paso.

>>El hombre que desde Nueva York enviaba noticias a través de toda América, el operador del telégrafo inalámbrico, estaba solo, con su instrumento, en la cima de una torre elevada. Anunciaba que los pocos habitantes que habían quedado en la ciudad, alrededor de cien mil, estaban como locos de terror y de embriaguez, y que, a su alrededor, se alzaban altas hogueras de devastación. Aquel hombre, que el deber retuvo en su puesto, algún oscuro periodista sin duda, fue, igual que los sabios inclinados sobre los tubos de ensayo, todo un héroe.

>>desde hacía veinticuatro horas, decía aquel hombre, no había llegado de Europa ningún aeroplano, ningún transatlántico. Ni siquiera ningún mensaje. El último que le había llegado procedía de Berlín, una ciudad de un país llamado Alemania. El mensaje decía que un bacteriólogo ilustre, llamado Hoffmeyer, había descubierto por fin el suero de la peste escarlata. Aquella fue la última noticia que nos llegó de Europa.

>>Lo que resulta, de cualquier modo, innegable, es que el descubrimiento había llegado demasiado tarde, tanto para Europa como para nosotros. De no haber sido así, los últimos sobrevivientes americanos habían llegado a ver, algún día, la llegada de algún grupo de exploradores curiosos, deseosos de enterarse de qué había sido de nosotros. Parecía evidente que el azote había exterminado por igual a la humanidad en ambos hemisferios, y que sólo habían sobrevivido, tanto allá como aquí, unas pocas veintenas de hombres.

>>Durante un día más nos llegaron los mensajes inalámbricos de Nueva York. Luego casaron. Sin duda el hombre que los enviaba desde lo alto de su torre había muerto, víctima de la peste escarlata; al menos que fuera consumido por en inmenso incendio que él mismo había descripto y que lo devastaba todo a su alrededor.

>>Lo mismo que en Nueva York había ocurrido en San Francisco y sus alrededores. A partir del martes, la gente moría tan aprisa que los supervivientes no podían ya ocuparse de los cadáveres, que yacían por todos lados. La noche siguiente estalló el pánico, y empezó el éxodo hacia el campo.

>>Imaginaos, hijitos, a columnas más numerosas que los cardúmenes de salmones que a menudo habéis visto remontar e río Sacramento; columnas de hombres que salían desbordadas de las ciudades y se derramaban en los campos en un esfuerzo inútil por huir de la muerte que corría pegada a sus talones.

>>Porque se levaba con ellos los gérmenes, esos gérmenes invisibles, queridos hijitos, de los que antes os hablaba. Incluso los aeroplanos de los ricos que huían a las montañas y los desiertos, esperando encontrar en ellos la seguridad, los transportaban en sus alas.

>>Cientos de estos aeroplanos huyeron a Hawai. Se encontraron allí con la peste reinante. También eso lo supimos por los inalámbricos, hasta el momento en que no quedaron ya operadores que enviaran los mensajes. Crecía el estupor en esta falta progresiva de comunicaciones con el resto del mundo. Parecía como si el mundo mismo dejara de existir, como si se desvaneciera hasta su extinción.

>>Y hace ya sesenta años que para mí ha dejado de existir. Sé que deben haber territorios que fueron Nueva York, Europa, Asia, África. Pero nunca más, a lo largo de sesenta años, ha vuelto a tener noticia alguna de esos sitios. Fue un derrumbe total, absoluto. Diez mil años de cultura y civilización se evaporaron como espuma, en un abrir y cerrar de ojos.

>>Os hablaba antes de los aeroplanos de los ricos que transportaban la peste en sus alas, de tal modo que los ricos morían como los demás. Uno solo entre todos ellos sobrevivió, que yo sepa, y fue el que se casó con Mary, mi queridísima hija.

>>Llegó a la tribu de Santa Rosa ocho años después del desastre. Debía tener entonces diecinueve años, y tuvo que esperar doce para casarse; ya que no había ninguna mujer que estuviera libre, y la mayoría de las muchacha, por pocos años que tuvieran, ya estaban prometidas. Por eso tuvo que esperar que mi hija Mary alcanzara los dieciséis años. Uno de sus hijos Correaprisa, primo vuestro, fue capturado el año pasado por u león de las montañas. Debéis acordaros...

>>El hombre en cuestión, que acabó siendo mi yerno, tenía once años cuando se declaró la peste. Se llamaba Mungerson. Su padre era uno de los magnates de la industria. Era un hombre rico y poderoso. Toda su familia había volado, en su gran avión Cóndor, hacia la soledad de la Columbia británica, que está muy lejos hacia el norte.

>>Hubo una avería, y el avión cayó en el monte Shasta. Debéis haber oído hablar de esa montaña, que está hacia el norte... La peste escarlata se declaró en la familia, y sólo sobrevivió aquel muchacho de once años.

>>Durante ocho años vivió solo, vagando por la tierra desierta, tratando en vano de encontrar algún ser de su misma especie. A fuerza de andar hacia el sur, encontró cierto día a la tribu de los Santa Rosa, y se pegó a nosotros...

>>Pero veo que voy demasiado aprisa al contaros todos estos, y que me anticipo a los acontecimientos.

>>Vuelvo a momento en que empezaba el gran éxodo de las grandes ciudades y en que yo, aislado en mi casa, seguía comunicándome por teléfono con mi hermano. Le decía que no aparecía en mí ningún síntoma de la peste, y que lo mejor que podíamos hacer era reunirnos y aislarnos en algún sitio seguro. Acordamos finalmente encontrarnos en el edificio de la universidad dedicado a la escuela de química. Nos llevaríamos allí unas reservas de provisiones. Luego nos atrincheraríamos, impediríamos, así fuera por la fuerza de las armas, que nadie se nos acercara, y esperaríamos acontecimientos.

>>Una vez concretado este plan, mi hermano me suplicó que permaneciera otras veinticuatro horas en la casa, para que fuera absoluta la certidumbre de que estaba indemne. Acepté, y me prometió pasar a recogerme al día siguiente.

>>Estábamos hablando de los detalles de nuestro aprovisionamiento y de cómo organizaríamos la defensa de la escuela de química cuando el teléfono calló. El teléfono murió mientras hablábamos. Aquella noche no hubo ya luz eléctrica, y permanecí solo en la casa, envuelto en tinieblas.

>>Ya no se imprimía ningún diario, y, por lo tanto, yo ignoraba lo que ocurría fuera. Solamente oía el ruido de los alborotos, las detonaciones de los disparos de revólver; y percibía en el cielo el resplandor de un gran incendio en dirección a Oakland. Fue una noche de angustia y no puede pegar ojo.

>>En el curso de aquella noche, un individuo, ignoro en qué circunstancias exactamente, fue muerto en la acera frente a la caza. Oí de repente las veloces detonaciones de una pistola automática, y, al cabo de algunos minutos, el desdichado, arrastrándose herido hasta la puerta, llamó a ella, gimiendo y suplicando auxilio.

>>Me armé de dos pistolas automáticas, bajé y me acerqué a él. Lo examiné a la luz de una cerilla a través de la reja, y vi que, mientras agonizaba de sus heridas lo atacaba al mismo tiempo la peste escarlata. Volví a entrar rápidamente a mi casa, y, durante todavía otra media hora, seguí oyendo sus lamentos y sus gritos de auxilio.

>>La mañana siguiente legó mi hermano. Yo había puesto en una bolsa de viaje todas las pequeñas cosas de valor que quería llevarme. Pero cuando miré a mi hermano a la cara, comprendí que él no vendría conmigo: tenía la peste.

>>Me tendió la mano para estrechar la mía. Retrocedí horrorizado.

>>--Mírate al espejo –le ordené.

>>Eso hizo, y, ante las llamas rojas que le incendiaban el rostro y que aumentaba de intensidad mientras se miraba, se abatió en una silla, preso de un espasmo nervioso.

>>--¡Dios mío! –dijo--. ¡Estoy atacado! Hermano, no te acerques... Soy hombre muerto.

>>Entonces se apoderaron de él las convulsiones. No murió sino al cabo de dos horas, y, hasta el último instante, conservó una plena lucidez mientras lo invadía la parálisis que ascendía lentamente hasta su corazón.

>>Cuando hubo muerto tomé mi bolsa y me encaminé hacia la escuela de química. El espectáculo de las calles era aterrador. E todas partes tropezaba uno con cadáveres. Algunas de las víctimas de la peste no habían muerto todavía. Se las veía agonizar. Se extendían los incendios. En Berkeley todavía no había más que focos aislados, pero Oakland y San Francisco estaban barridos por las llamas. El hum oscurecía en cielo, y el mediodía parecía un sombrío crepúsculo. Por momentos, cuando soplaba el viento y desplazaba a un lado u otro aquellos humos, el sol perforaba difusamente la bruma, y se entreveía su globo, de un ojo apagado. Lo cierto, hijitos, es que aquello tenía todo el aire del fin del mundo.

>>Aquí y allí, numerosos automóviles estaban inmovilizados por la falta de gasolina y de piezas de recambio en los garajes. Recuerdo especialmente uno de aquellos coches, uno en el que estaban muertos un hombre y una mujer, echados hacia atrás en sus asientos. Al lado del coche, otras dos mujeres y un niño habían bajado a la acera, y esperaban quién sabe qué.

>>En todas partes se ofrecían a la mirada dolorosos espectáculos de la misma especie. Había hombres que se deslizaban furtivamente junto a los muros de las casas, silenciosos, semejantes a fantasmas. Mujeres de tez lívida llevaban a niños pequeños en brazos mientras que los padres levaban tomados de las manos a los hijos ya un poco más crecidos y capaces de andar. Solos, en parejas o por familias, todos los habitantes huían de la ciudad de la muerte. Unos se habían cargado de provisiones. Otros llevaban mantas. La mayoría no llevaba nada.

>>Pasé frente a un colmado... Un colmado, hijitos, era un sitio en donde en tiempos ordinarios se vendían alimentos. El hombre al que pertenecía, y al que yo conocía bien, era un cabeza dura; no era malo, pero sí muy terco. Defendía furiosamente la entrada de su tienda. La puerta y el escaparate estaban rotos, y él, desde detrás del mostrador, disparaba sus revólveres contra los saqueadores que intentaban entrar. Había ya varios cadáveres tendidos en el suelo.

>>Mientras yo observaba desde lejos, vi a uno de los saqueadores, que había tenido que replegarse, romper es escaparate de una tienda vecina donde se vendían zapatos. Tomó lo que quiso, y luego prendió fuego. No acudí en ayuda ni del zapatero ni del colmadero. Ya había quedado atrás el tiempo en que uno se abnegaba por los demás. Cada cual luchaba para sí.

>>Mientras avanzaba velozmente por una calle en pendiente asistía a otra tragedia. Dos obreros había atacado a un hombre y a una mujer elegantemente vestidos, que iban con sus hijos, y a los que pretendían desvalijar. El hombre atacado no me era desconocido, aunque no hubiéramos sido nunca presentados. Era un poeta célebre cuyos versos admiraba yo desde hacía tiempo. Titubeaba entre prestarle o no ayuda cuando sonó un disparo de revólver, y le vi desplomarse. Su mujer profería gritos espantosos. Uno de los dos brutos la dejó sin sentido de un puñetazo. Yo grité amenazas contra los bandidos. A oírme, dispararon en mi dirección, y me apresuré a huir, volviendo la primera esquina.

>>Pero allí me detuvo el incendio. A derecha e izquierda, las casa ardían, y las casas estaban llenas de llamas y de humo. En algún punto en las rojas tinieblas, se oían los penetrantes chillidos de una mujer que pedía auxilio. No me ocupé de ella. entre tantas escenas semejantes y tantas llamadas desgarradoras, el corazón del mejor de os hombres se hacía duro como una roca.

>>Volví sobre mis pasos, y vi que los dos obreros asesinos se habían marchado. El poeta y su mujer yacían muertos en la acera. Era un espectáculo horrible. Los dos niños habían desaparecido. ¿Dónde estaban? No podía saberlo. Y, ahora comprendía porque los que huían se deslizaban tan furtivamente junto a los muros con sus pálidas caras.

>>En corazón mismo de nuestra civilización, en los bajos fondos y los ghettos del trabajo, habíamos permitido que creciera una raza de bárbaros que ahora se volvían contra nosotros, en nuestra desgracia, como animales salvajes que quisieran devorarnos.

>>Aquellas bestias, por lo demás, también se destruían entre sí. se quemaban el cuerpo con bebidas fuertes y se entregaban a mil atrocidades, luchando unos contra otros y matándose entre sí en medio de una demencia total.

>>Reanudé mi camino y me encontré con otro grupo de obreros, de mejor temple, que se habían agrupado; llevaban en medio de ellos a sus mujeres, transportaban en camillas a sus viejos y sus enfermos, y de ese modo se abrían paso hacia el exterior de la ciudad, llevándose un carro de provisiones tirado por caballos.

>>No pude dejar de admirar el orden de su marcha, pese a que dispararon contra mí cuando nos cruzamos. Uno de ellos me gritó que iban matando a su paso a todos los saqueadores y ladrones que se encontraban, ya que era el único medio que tenían de defenderse.

>>Entonces se produjo una escena que iba a ver repetirse varias veces. Uno de los hombres del grupo se mostró de repente marcado por el signo infalible de la peste. Todos los que estaban cerca de él se apartaron enseguida. Y él, sin irritarse, salió de las filas y dejó que los demás siguieran su camino.

>>Una mujer, seguramente su esposa, que llevaba de la mano un niño, intentó no abandonarlo. Pero el hombre le ordeno que siguiera, mientras los demás hombres asiéndola, le impedían que se separara de ellos, y la hacían avanzar a rastras. Vi esto, y vi cómo el marido, cuya cara llameaba de color escarlata, se retiraba dentro de un portal. Luego oí la detonación de su revólver, y cayó muerto.

>>Tras verme obligado por el incendio a retroceder sobre mis pasos otras dos veces, conseguí legar a la universidad.

>>Al entrar en el patio principal me topé con un grupo de universitarios que se dirigían como yo hacia la escuela de química. Todos ellos eran padres de familia, y les acompañaban los suyos, incluyendo las ayas y los criados.

>>El profesor Badminton me saludó, y me costó un poco reconocerle: había atravesado las llamas de un incendio, y se le había chamuscado la barba. Una venda teñida de sangre le envolvía el cráneo, y toda su ropa estaba sucia y en desorden. Me contó que había sido cruelmente maltratado por unos saqueadores, y que, la noche anterior su hermano había caído muerto mientras defendía sus bienes.

>>A medio cruzar el patio, me señaló de pronto con la mano la cara de la señorita Swinton. En ella estaba marcado en signo inequívoco de la peste. Enseguida todas las mujeres presentes se echaron a gritar y se alejaron corriendo de ella. sus dos hijos, acompañados por sendas ayas, huyeron también de su lado. Pero su marido, el doctor Swinton, permaneció junto a ella.

>>--Siga su camino Smith –me dijo--. Cuide de mis hijos; yo me quedaré con mi mujer. No ignoro que es ya como si estuviera muerta, pero no puedo abandonarla. Cuando haya muerto, y si no me contagio, iré a reunirme con ustedes a la escuela de química. Vigile mi legada y permítame entrar.

>>Lo dejé inclinado sobre su mujer, aliviándole con su presencia sus últimos momentos, y corrí a unirme al grupo.

>>Fuimos los últimos en ser admitidos en la escuela de química. Las puertas se cerraron detrás nuestro, y, armados con rifles, vigilamos para alejar a partir de entonces a cualquiera que se presentara. Ni el doctor Swinton, cuando se presentó, habiendo transcurrido una hora, fue admitido.

>>Se había acondicionado aquel refugio para alojar a unas sesenta personas, pero cada uno de los que allí se habían citado se habían traído consigo a sus parientes y amigos, y a familias enteras; de modo que éramos más de cuatrocientos. Afortunadamente los locales eran espaciosos, y no había apretujamiento entre toda aquella gente. Además, como la escuela estaba completamente aislada, no había que tener los incendios que devastaban la ciudad.

>>Habíamos reunido abundantes provisiones alimenticias, que un comité se encargó de repartir diariamente entre las familias y los grupos, que constituíamos otras tantas mesas. Se formaron otros comité con fines diversos. Yo entré a formar parte del comité de defensa.

>>El primer día no se acercó ningún merodeador ni saqueador. Eran numerosos, sin embargo, y, por las ventanas, veíamos el humo de las hogueras de sus campamentos, que estaban instalados alrededor de la escuela en todas direcciones. Reinaba la borrachera entre los bandidos, y les oíamos incesantemente cantar obscenidades y aullar como locos. Mientras el mundo se derrumbaba a su alrededor, envueltos por la atmósfera asfixiante, saturada de humo, daban rienda suelta a su brutalidad, se emborrachaban y se mataban entre sí. quizá, al fin de cuentas, tuvieran razón. No hacían otra cosa que anticipar la muerte. Todos, el bueno y el malvado, el fuerte y el débil, el que amaba la vida y el que la maldecía, todos, todos acababan muriendo.

>>Al cabo de veinticuatro horas, constatamos con satisfacción que no se había manifestado entre nosotros ningún síntoma de peste, e iniciamos la perforación de un pozo para obtener agua. Todos vosotros habéis visto esos grandes tubos de hierro que, en los tiempos que os hablo, llevaban el agua a los habitantes de las ciudades. El incendio había hecho ya que la mayor parte estallaran, y los grandes depósitos que las alimentaban estaban secos. Por esto reventamos el enlozado cimentado del patio principal de la escuela, y perforamos un pozo. Había entre nosotros muchos jóvenes hombres, estudiantes en su mayoría, y trabajamos noche y día. Nuestros temores estaban justificados. Tres horas antes de que nuestro pozo quedara terminado, la poco agua que todavía nos llegaba dejó de llegar.

>>Transcurrió un segundo período de veinticuatro horas, y la peste seguía sin haber hecho su aparición entre nosotros. Creíamos que estabamos salvados. Ignorábamos entonces los números exactos de días de incubación de la enfermedad. Imaginábamos, en base a la velocidad con que mataba una vez que se había manifestado, que su desarrollo interno debía ser también muy rápido. De modo que al cabo de dos días, pensábamos de buena fe que nos habíamos salvado del contagio. Pero el tercer día nos aportó un cruel desengaño.

>>La noche que lo precedió, noche que jamás olvidaré, hice mi ronda de guardia desde las ocho de la tarde hasta medianoche. Desde los tejados de la escuela, asistí a un espectáculo inaudito. San Francisco proyectaba hacia arriba sus llamas y su humo como un volcán en actividad. La erupción crecía de intensidad de hora en hora, envolviendo el cielo y la tierra en su resplandor ardiente. Las llamas eran tales que ahora todo el humo estaba iluminado por ellas y que, a la luz del incendio, se podía leer hasta los más menudos carteles de imprenta.

>>Oakland, San Lorenzo y Haywards formaban un solo horno, y, hacia el norte, surgían nuevos fuegos hasta el cabo de Richmond. El mundo se abismaba en una mortaja de llamas. Los grandes polvorines del cabo Pinole estallaron, en terribles explosiones que se sucedían velozmente. La escuela, pese a ser de sólida construcción, se vio sacudida desde los cimientos hasta el tejado, como bajo los efectos de un temblor de tierra, y todos sus vidrios se rompieron.

>>Bajé entonces de los tejados y recorrí los largos pasillos, yendo de cuarto en cuatro a explicar lo ocurrido, tranquilizando a las mujeres asustadas.

>>Una hora más tarde se produjo un gran alboroto en los campamentos de los saqueadores. Se oían gritos de toda clase, gritos y amenazas y de queja mezclados con disparos de revólver. Supusimos inmediatamente, acertamos en ello, que aquella batalla tenía por causa el intento por parte de la gente que estaba sana entre ellos de alejar a los que estaban atacados por la plaga.

>>Varios de los que habían sido expulsados de ese modo acudieron a las puertas de la escuela. Les dijimos que siguieran su camino. A modo de respuesta, nos insultaron y dispararon contra nosotros. El profesor Merrywether, que se encontraba en una de las ventanas de la planta baja, fue alcanzado por una bala de pistola entre los dos ojos, y cayó muerto en redondo.

>>Replicamos con una descarga, y los agresores huyeron, salvo tres, entre los que había una mujer. La peste los había señalado ya para la muerte, de modo que no temían exponer su vida. Con sus caras escarlatas brillando al reflejo del rojo cielo, semejantes a diablos impúdicos, seguían insultándonos y disparando contra nosotros.

>>Yo mismo maté a uno de un disparo. Después el otro hombre y la mujer se tendieron en la acera, frente a nuestra ventana, y tuvimos que asistir a su agonía,

>>Nuestra situación se hacía muy peligrosa: los gérmenes de la peste que emanaban aquellos cadáveres iban a entrar libremente por las ventanas desprovistas de vidrios. Se decidió que el comité de salud tomara las medidas que eran necesarias, y respondió noblemente a su tarea. Fueron designados dos hombres para salir de la escuela y llevarse los dos cadáveres. Para ellos, eso era el sacrificio casi seguro de la vida. Ya que una vez cumplida la tarea, no debían volver a nuestro refugio.

>>Uno de los profesores, que era soltero, y un estudiante se ofrecieron de voluntarios. Se despidieron de nosotros, y se marcharon. ¡También ellos fueron héroes! Dieron sus vidas para que otras cuatrocientas personas pudieran vivir. Salieron, permanecieron unos momentos junto a los dos cadáveres, mirándonos, pensativos; luego movieron las manos en un último signo de adiós, y partieron lentamente hacia la ciudad en llamas, arrastrando los dos cadáveres.

>>todas las precauciones fueron inútiles. La mañana siguiente, la peste causó su primera víctima entre nosotros. Fue una joven nodriza de la familia del profesor Stout. No eran momentos propicios para el sentimentalismo. Con la esperanza de que fuera la única persona contagiada, le intimamos a se fuera, y la echamos. Obedeció, y se alejó lentamente, retorciéndose las manos de desesperación y sollozando lastimosamente. No dejaba de afectarnos la brutalidad de nuestro acto; pero ¿qué otra cosa se podía hacer? Había que sacrificar a individuo para salvar a la masa.

>>Pero la cosa no terminó ahí. Tres familias habían elegido alojarse juntas en uno de los laboratorios de la escuela. Por la tarde encontramos entre ellos cuatro cadáveres, y siete casos de peste en grados distintos.

>>A partir de aquel momento, el horror se apoderó de la casa. Los cadáveres fueron abandonados allí donde estaban, y obligamos a los supervivientes de aquellas familias a aislarse en otra habitación. Las familias estaban contagiadas. En cuanto se manifestaba el síntoma de la peste, encerrábamos a las víctimas en un cuarto de aislamiento. Y la gente tenía que meterse en ellos por su propia voluntad, sin que tuviéramos que tocarlos. Era algo que revolvía el estómago.

>>pero la peste seguía ganando terreno. Todas las habitaciones aisladas iban llenándose, una tras otra, los muertos y los moribundos. Los que todavía estabamos sanos abandonamos el primer piso y nos replegamos al segundo. Luego el tercero, cediendo ante la marea de muerte que, habitación tras habitación y piso a piso, iba sumergiendo todo el edificio.

>>La escuela no tardó en convertirse en un osario, y, la noche siguiente, los supervivientes la abandonamos, sin llevarnos otra cosa que armas, municiones y una buena provisión de conservas.

>>Primero acampamos en el patio principal, y, mientras algunos montaban guardia junto a las provisiones, otros partieron en exploración hacia la ciudad, en busca de caballos y coches, carretas y automóviles o cualquier vehículo que nos permitiera llevarnos el máximo posible de víveres. Luego, imitando a los grupos de obreros que habíamos visto, trataríamos de abrirnos paso hacia el campo.

>>Ibamos en grupos de dos. Me acompañaba Dombey, un estudiante. Teníamos que recorrer alrededor de media milla a través de la ciudad para llegar al antiguo domicilio del doctor Hoyle. En aquel barrio las casas estaban separadas unas de otras por jardines, arboledas y macizo césped, y el fuego, como burlándose, había destruido al azar.

>>Aquí un grupo entero de casas, incendiadas por pavesas transportadas por el viento, habían ardido. Allí, otras casas habían quedado completamente intactas.

>>Allí como en todas partes, actuaban los saqueadores. Dombey y yo empuñábamos nuestras pistolas automáticas de tal modo que todo el mundo las viera, y teníamos un aire tan resuelto y tan poco amigable que nadie con quien nos cruzamos se atrevió a atacarnos.

>>La casa del doctor Hoyle parecía no haber sido todavía afectada por el fuego. Pero empezó a salir humo de ella justo en el momento en que entramos en el jardín.

>>El bandido que había incendiado la casa, tras bajar las escaleras tambaleándose, borracho y con los bolsillos llenos de botellas de whisky, salió del pasillo de entrada y se mostró en el umbral. Mi primera intención fue el de abatirlo a tiros. No lo hice, y siempre he lamentado no hacerlo.

>>Aquel individuo de piernas temblequeantes, hablándose a sí mismo, con los ojos inyectados en sangre y con dos cortes sangrantes en la cara hirsuta procedentes, sin duda, de algún vidrio roto sobre el que debía haberse caído, era, indudablemente, el espécimen más repugnante de la degradación humana.

>>Cuando cruzaba el césped en dirección a la calle, en el momento de cruzarse con nosotros, fingió apoyarse contra un árbol para dejarnos paso; pero, justo cuando pasábamos delante suyo, sacó de pronto su pistola, apuntó, y mató a Dombey de un balazo en la cabeza. Fue un asesinato gratuito, ya que no lo amenazábamos. Lo abatí acto seguido, pero era demasiado tarde. Dombey había muerto fulminantemente, sin siquiera proferir un grito, y dudo que se diera cuenta siquiera de lo que ocurría.

>>Abandoné los dos cadáveres y corrí a la parte trasera de la casa en lamas. en el garaje encontré, efectivamente, el automóvil del doctor Hoyle. Tenía el depósito lleno de gasolina, y lo único que tuve que hacer fue poner el coche en marcha. Regresé con él, a toda velocidad, cruzando la ciudad en ruinas, al campamento de los supervivientes.

>>Los otros exploradores fueron volviendo. Habían sido menos afortunados que yo. Solamente el profesor Fairmead había logrado encontrar un poney Shetland. Pero la pobre bestia, que había permanecido varios días abandonada en su cuadra, estaba tan débil por falta de alimentos y de agua que no estaba en condiciones de transportar ningún peso. Algunos propusieron que le devolviéramos la libertad, pero yo insistí en que nos lleváramos el animal, con el objeto de que en caso de necesidad pudiera servirnos de alimento.

>>Éramos cuarenta y siete cuando nos pusimos en camino. Había entre nosotros muchas mujeres y niños. En el automóvil montó en primer lugar el decano de la facultas, un anciano que estaba completamente abatido por los terribles acontecimientos. Después subieron varios niños y la madre, muy anciana, del profesor Fairmead. Wathrope, un profesor de lengua inglesa, que estaba gravemente herido en una pierna, tomó el volante.

>>El resto de los del grupo íbamos a pie. El profesor Fairmead tiraba al poney de la brida.

>>El día en que estábamos hubiera debido ser una espléndida jornada veraniega. Pero los torbellinos de humo de aquel mundo en llamas seguía velando el cielo con una densa cortina tras la cual el siniestro sol no era otra cosa que un disco muerto de un rojo sanguinolento. A lo largo de varios días no habíamos ido habituando a aquel sol de sangre. Pero el humo nos dañaba la nariz y los ojos, que teníamos enrojecidos y lagrimeantes.

>>Orientamos nuestra marcha hacia el sudeste, cruzando las millas inacabables y llenas de vegetación de los alrededores de la ciudad, en donde se sucedían en forma ininterrumpida residencias encantadoras o soberbias.

>>Avanzamos con dificultad y lentitud. Las mujeres y los niños, sobre todo, nos retrasaban. Entonces, ¿sabéis, hijitos?, todos habíamos perdido más o menos el hábito de andar. Teníamos demasiados vehículos a nuestra disposición. Yo volví a aprender a andar después de la peste. pero entonces era como los demás.

>>Avanzábamos pues lentamente, ajustando cada cual su paso al de los demás para mantener la cohesión del grupo. Los saqueadores eran ya menos numerosos. Muchas de aquellas bestias carroñeras habían muerto. Pero los que quedaban eran todavía una perpetua amenaza para nosotros.

>>muchas de las hermosas residencias ante las que pasábamos estaban intactas. No nos olvidábamos de visitar sus garajes, con la esperanza de encontrar más automóviles o gasolina. Pero no tuvimos suerte. Todo lo que podía ser útil se lo habían llevado ya.

>>En el curso de esos registros perdió la vida Calgan, un simpático joven. Lo mató un saqueador oculto detrás de un arbusto. Esa muerte fue el último accidente de esa especie. Todavía hubo otro animal que disparó a propósito contra nosotros. Pero tiraba tan estúpidamente, cegado por una furia demente que pudimos abatirlo antes de que nos hubiera causado ningún daño.

>>En Fruitval, uno de los sitios más hermosos de las afueras, la peste escarlata atacó t a uno de nosotros. La víctima fue el profesor Fairmead. en cuanto se dio cuenta de que estaba apestado, nos hizo entender por medio de signos, que su madre, que estaba en el automóvil, no debía enterarse. Luego se apartó de nosotros y fue a sentarse, desesperado, en los escalones de la escalera de una magnífica casa de campo que estaba allí. Yo iba a la retaguardia de nuestro grupo, y, con la mano, le hice el último signo de adiós.

>>Durante aquel día, otros cinco de nuestro grupo corrieron la misma suerte. Pero no detuvimos nuestra marcha, y, a anochecer, acampamos a varias millas de Fruitval. Diez de los nuestros murieron esa noche, y, cada vez, tuvimos que levantar el campamento para apartarnos de los muertos. La mañana siguiente ya sólo éramos treinta.

>>En el curso de la primera etapa fue atacada por la peste la mujer del decano de la facultad, que iba a pie. Su desdichado marido, viéndola alejarse, quiso de todos modos bajarse del coche y quedarse con ella. hicimos todo lo posible para disuadirle, pero, finalmente, tuvimos que ceder a su voluntad.

>>La segunda noche de nuestro viaje acampamos en pleno campo. Once habían muerto en el curso del día, y otros tres murieron durante la noche, de modo que a la mañana siguiente solo quedábamos once. Ya que Wathrope, el profesor de la pierna herida, había huido con el automóvil, llevándose consigo a su madre, y casi todas nuestras provisiones.

>>Fue aquel día cuando, estaba sentado en la cuneta de la carretera para descansar, vi el último aeroplano. El humo era en el campo mucho menos denso, y vi que el avión parecía dar vueltas sin rumbo por el cielo, completamente desamparado, a una altitud de doscientos pies. ¿Qué le había ocurrido? No sabría decirlo. Al cabo de unos momentos comenzó a descender aceleradamente. Luego, el depósito de gasolina del avión estalló, y el avión, tras vacilar todavía unos momentos sobre sus alas, cayó perpendicularmente al suelo, como un bloque de plomo.

>>Desde aquel día, no he vuelto a ver ningún aeroplano. Muy a menudo, durante los años que siguieron, escruté el cielo, esperando, contra toda esperanza, ver aparecer alguno anunciando que, en algún punto del ancho mundo, había sobrevivido en un islote de la antigua civilización. Pero nada: lo que ocurrió en California ocurrió también en el universo entero.

>>En Niles, el día siguiente, ya éramos tres, y, en la mitad de la carretera encontramos a Wathrope. El automóvil estaba destrozado, y, en unas mantas que había tendidas en el suelo, yacían muertos Wathrope, su madre y su hermana.

>>Aquella noche dormí profundamente. Aquellas marchar forzadas me habían abrumado de cansancio. Cuando desperté, estaba solo en el mundo. Canfielf y Parsons, mis dos compañeros, habían sido víctimas de la peste. de las cuatrocientas personas que se habían refugiado conmigo en la escuela de química, y de las cuarenta y siete que seguían viviendo al comienzo de nuestro éxodo, quedaba yo solo, con el poney Shetland.

>>¿Por qué razón? No intentaré dar ninguna. ¿no? / me contagié. Eso es todo. Había tenido una posibilidad entre un millón, o, mejor dicho, contra varios millones. Ya que tal fue la proporción de los que, como yo, sobrevivieron.

>>Durante dos días acampé un en delicioso bosque, lejos de cualquier cadáver. Allí, aunque estaba muy deprimido y pensaba que mi turno de morir llegaría de un momento a otro, recobré en parte mis fuerzas. Lo mismo le ocurrió al poney.

>>El tercer día, cuando empecé a convencerme de que, decididamente, estaba inmunizado, cargué al poney con la pequeña provisión de conservas que me quedaba, y reanudé mi camino a través de un mundo desolado. No encontré ningún ser vivo: ni hombre ni mujer, ni niño. Solamente cadáveres.

>>No faltaban los alimentos naturales. La tierra no era entonces como hoy. Estaba liberada del exceso de árboles y de las plantas inútiles, y estaba bien cultivada en todas partes. Tenía a mí alrededor lo suficiente para alimentar a varios millones de bocas. Y aquellos alimentos, maduros y en su punto, se perdían. Yo los cosechaba a voluntad, en los campos y en os huertos: frutas, legumbres, bayas y granos de todas clases. En las granjas abandonadas encontraba huevos recién puestos, y cogía pollos. En los armarios tenía a mi disposición numerosas conservas.

>>Fue muy extraño lo que ocurrió con los animales domésticos. Volvían al estado salvaje y se devoraban los unos a los otros. Las gallinas, los pollos y los patos fueron los primeros en ser destruidos. Los cerdos, en cambio. Se adaptaron estupendamente a la nueva forma de vida, y lo mismo con los gatos y perros. Estos últimos no tardaron en convertirse en verdaderos azotes, ya que eran numerosísimos. Devoraban a los cadáveres y no dejaban de aullar de día y de noche.

>>Primero actuaron solos, recelando a los congéneres con que se encontraban y prontos a entrar en combate con ellos. Al cabo de poco tiempo, sin embargo, se fueron uniendo, formando jaurías. El perro es un animal sociable por naturaleza, y, al faltarle la compañía del hombre, buscó la de sus semejantes.

>>Había, antes de los últimos días del mundo, numerosísimas especies de perros: perros de pelo corto y perros de abundante pelaje; perros pequeñitos, tan pequeños que no hubieran sido sino un bocado para los grandes, y robustos como los leones de las montañas. Todos los gozquecillos y perritos pequeños, demasiado débiles para el combate, fueron pronto muertos por sus congéneres. Las especies de muy gran tamaño tampoco se adaptaron a la vida salvaje. Finalmente sólo subsistieron los perros de tamaño medio, mejor constituidos y más adaptables a la nueva vida que se les imponía. Hablo de los perros lobos, que conocéis perfectamente, y que corren hoy por los campos.

--Y los gatos –preguntó Hu-Hu--, ¿por qué no van en jaurías como los perros? ¿Por qué, abuelo?

--El gato –respondió el abuelo—no es un animal sociable. Recuerdo que un gran escritor que vivió en el siglo XIX lo proclamó; el gato es un ser solitario. Antes de que el hombre lo atrajera y lo domesticara, en el curso de la civilización pasada, el gato vivía solo. Al hundirse esta civilización, volvió a su libertad y su aislamiento.

>>También el caballo volvió al estado salvaje. Todas las distintas y hermosas especies que el hombre poseía y criaba en otros tiempos han degenerado y se han fundido en un tipo único, el mustang que conocéis. Eso mismo ocurrió con las vacas, las cabras y, entre las aves domésticas, las palomas. En cuanto a las gallinas y los gallos, los que han sobrevivido no se parecen ya en nada a las aves de corral de los viejos tiempos.

>>Pero vuelvo al hilo de mi historia. Avanzaba, pues, por un mundo desierto. A medida de que iba pasando el tiempo, iba suspirando cada vez más por encontrar otros seres humanos. Pero no daba con ninguno, y me sentía cada vez más solo. Crucé el valle de Livermore, y luego las montañas que la separan de las alturas del valle de San Joaquín. Vosotros, hijitos, no habéis visto nunca ese valle. Es inmenso y magnífico, y hoy está poblado de caballos salvajes que viven allí en grandes manadas de miles y miles de cabezas.

>>Volvía allí hace cosa de treinta años, y era tal como os digo. Vosotros, hijitos, imagináis que los caballos salvajes abundan en los valles costeros que frecuentáis; pues bien, eso no es nada si se compara con las inmensas manadas del valle de San Joaquín. Y fijaos: las vacas, una vez que volvieron al estado salvaje, se establecieron en valles menos altos y más templados, donde podían protegerse del frío.

>>A medida que me alejaba de los grandes centros urbanos, me encontraba cada vez con pueblos y ciudades intactas. Los saqueadores y los incendiarios habían fluido allí en menor abundancia. Pero todas esas poblaciones estaban atestadas de cadáveres de apestados, y yo tenía buen cuidado de evitarlos.

>>Cerca de Lathrop, para burlar mi soledad, recogí un par de perros culíes, que parecían muy desconcertados con su libertad reencontrada y que volvieron de buena gana y alegremente a la obediencia del hombre. Estas bestias me hicieron luego compañía durante muchos años, y sus instintos eran los mismos de los de vuestros perros. Pero a lo largo de sesenta años vuestros perros han perdido toda educación ancestral, y se parecen más que a otra cosa a lobos domesticados>>.

En aquel momento, Cara de Liebre se puso de pie y arrojó una mirada a las cabras, para comprobar que no les hubiera ocurrido nada malo. Luego observó la posición del sol, que empezaba a acercarse al horizonte, y manifestó cierta impaciencia ante la suma abundante de detalles en que se demoraba el viejo. Edwin se unió en la solicitud dirigida al anciano de aligerar un poco el relato.

--Ya no me queda gran cosa por contaros –reanudó el viejo--. Acompañado de mis dos perros, mi poney, que me servía de bestia de carga, y un caballo que había conseguido capturar y que empleaba como montura, dejé el valle de San Joaquín y llegué al otro lado de la Sierra, no menos magnífico, llamado valle de Yosemite.

>>Encontré allí, en el Gran Hotel, gran cantidad de conservas de todas clases. Abundaba la caza de los patos de los alrededores, y el río que brincaba torrencialmente en el fondo del valle estaba repleto de truchas.

>>Permanecí tres años en aquel sitio, en una soledad absoluta, cuya profunda melancolía sólo puede ser comprendida por el hombre que ha conocido la grandeza y el encanto de la civilización. Luego llegó el día en que ya no pude seguir soportando aquel aislamiento. Me parecía que me estaba volviendo loco. Yo era, como el perro, un animal sociable, y no podía vivir sin la compañía de otros seres de mi misma especie.

>>Por medio del razonamiento me convencí de que, si yo había sobrevivido a la peste escarlata, había posibilidades de que algunos otros hombres hubieran escapado de ella igual que yo. Pensé, además, que, al cabo de tres años, todo germen maligno debía haber desaparecido, y que la tierra, sin duda alguna, era de nuevo habitable.

>>Monté en mi caballo, y, acompañado, como siempre, por mis dos perros y mi poney, me puse en camino. Crucé de nuevo el valle de San Joaquín, y, abandonando las montañas, descendí una vez más al valle de Livermore.

>>Era asombrosa la transformación que se había operado en todas las cosas en el curso de tres años. Apenas reconocí el territorio. Ayer estaba primorosamente cultivado, y hoy estaba invadido en un océano de vegetación salvaje y vigorosa que había sumergido el trabajo de los antiguos agricultores.

>>Daos cuenta, hijitos, de que el trigo, las distintas legumbres y los árboles que nos daban frutos, cuidados diestramente por la mano del hombre desde tiempos inmemoriales, eran dulces y tiernos. En cambio, las malas hierbas y los matorrales espinosos, a los que el hombre había siempre combatido, eran de raza más dura y resistente. De modo que, cuando la mano del hombre faltó, esta segunda vegetación fue triunfando y ahogó a la primera.

>>Encontré igualmente a numerosos coyotes, que se habían multiplicado increíblemente; luego, grupos de lobos que iban de dos en dos o de tres en tres y que, como yo, bajaban de la montaña a los territorios de donde en otros tiempos habían sido expulsados.

>>Fue en el lago Temescal, no lejos de lo que en otro tiempo había sido la ciudad de Oakland, donde encontré los primeros seres humanos supervivientes.

>>¡Ah, hijos míos! ¿Cómo podría transmitiros mi emoción cuando, montado en mi caballo, mientras bajaba la colina que domina el lago, percibí el humo de un fuego de campamento elevándose entre los árboles? Mi corazón dejó casi de latir, y me pareció que se me extraviaba la razón. Luego él llanto de un niño pequeño, de un ser humano. Ladraron algunos perros, y los míos replicaron. Había creído durante largo tiempo que era el último sobreviviente en la tierra tras el inmenso desastre. Y ahora percibía el humo y el llanto de un niño.

>>Al poco rato en el borde del lago, delante de mí, a no menos de cien yardas, vi a un hombre ponerse de pie. No era ningún ser escuálido o enfermo, no: parecía gozar de excelente salud, y, erigido encima de una roca que entraba en el lago, se dedicaba a pescar.

>>Detuve mi caballo y grité. El hombre, que se había vuelto, no contestó. Agité la mano, saludándole. Tampoco contestó a mi ademán. Entonces sepulté la cara entre las manos. No me atrevía a levantar la cabeza y mirar. Me parecía haber sido víctima de una alucinación, y en el momento en que alzara la mirada todo habría desaparecido. Temí destruir aquella visión maravillosa, mientras no la desvaneciera mirando, subsistía en mi pensamiento.

>>Permanecí, pues, inmóvil hasta el momento en que me sacaron de mi ensueño los gruñidos de mis perros y la vos del hombre, que me hablaba. ¿Sabéis qué decía la voz? ¿No, verdad? Pues bien, decía:

>>--¿De dónde demonios vienes?

>>Si Cara de Liebre, tales fueron textualmente las palabras que oí pronunciar, a modo de bienvenida, en la orilla del lago Temescal, hace exactamente cincuenta y siete años. Y jamás otras palabras me había parecido más dulces. Abrí los ojos.

>>Vi ante mí a un hombre de elevada estatura, de mirada hosca y dura, de sólidas mandíbulas y frente huidiza. Me dejé caer, más que bajé, del caballo, y lo único que sé es que al cabo de unos instantes estrechaba mis manos entre las suyas mientras lloraba. Le había abrazado.

>>El hombre no devolvió mis efusiones. Me arrojó una mirada suspicaz, y se alejó de mí. Corrí tras él, me aferré a sus manos y volví a sollozar.

Ante aquel recuerdo la vos del anciano pareció quebrarse, y corrieron lágrimas por sus mejillas. Mientras los muchachos lo observaban, entre risitas, él prosiguió:

--Deseaba estrecharlo entre mis brazos, cubrirlo de besos. Y él no quería nada de eso. Era un bruto, un perfecto bruto. Era el tipo más antipático que uno puede imaginarse. Se llamaba... ¿Cómo diablos se llamaba? No me acuerdo de su verdadero nombre. Pero le llamaba el Chófer. Era el nombre de su antigua profesión, y lo había conservado. Y por eso la tribu que fundó se llama la tribu de los Chóferes.

>>Era un mal sujeto, violento e injusto. Jamás he comprendido porque la peste escarlata le perdonó. Viéndole, parecía como si, a pesar de nuestras risibles lecciones de filosofía, no hubiera justicia en el universo. Ahora que no podía ya hablar de automóviles, motores y combustibles era incapaz de decir nada, salvo jactarse de las jugarretas indignas de que había hecho víctima a sus antiguos patronos y contaba cómo les robaba y engañaba. En ese tema sus reservar eran inagotables, y se vanagloriaba de sus maldades. Y, sin embargo, se había salvado, mientras millones de miles de millones de hombres mejores que él habían muerto.

>>Le seguí hasta su campamento. Allí conocí a su mujer.

>>¡Y aquello si que era asombroso y penoso! Reconocí a la mujer. Era Vesta Van Warden, que había sido la mujer del banquero Jhon Van Warden. Sí, era ella misma, vestida de harapos y cubierta de cicatrices, con las manos encallecidas y deformadas por los trabajos más duros, la que estaba inclinada sobre el fuego del campamento y cocía la comida con un simple pinche de cocina. ¿Vesta Van Warden, nacida entre la pompa y la opulencia del más poderoso Barón de las finanzas que el mundo conociera?

>>Su padre, Philip Saxon, había sido hasta su muerte presidente de los magnates de la industria. Sin ninguna duda, de haber tenido un hijo, ese hijo le habría sucedido, del mismo modo que un retoño regio hereda la corona. Pero sólo había tenido aquella hija, flor perfecta de la gracia y la cultura de nuestra vieja civilización. Al casarse con ella, Jhon Van Warden, hombre riquísimo, recibió de Philip Saxon la investidura de su título, a lo que él añadió el título de Primer Ministro del control Internacional de los Pueblos; y había gobernado, de hecho, el mundo durante varios años. ¿Había Vesta amado realmente a su marido? ¿Había sentido por él esa loca pasión cantada por los poetas? Lo dudo. Fue, ante todo, un matrimonio político, como los que se hacían en las viejas cortes.

>>¡Y era aquella mujer la que cocinaba el guiso de pescado en una vieja lata sucia de hollín! ¡Y el humo acre que revoloteaba al viento irritaba y enrojecía sus ojos maravillosos!

>>Su historia era triste. Igual que el Chófer y que yo mismo, se había contado entre los escasísimos supervivientes de la peste. Van Warden había construido, en una de las colinas que dominaban la bahía de San Francisco, un soberbio palacio de verano rodeado de un parque inmenso. Van Warden envió allí a su mujer en cuanto se declaró la plaga. Unos guardianes armados hasta los dientes impedían a todo el mundo la entrada a la propiedad, y nada penetraba en ella, ya fueran víveres, ya cartas, que no hubiera sido previamente desinfectado cuidadosamente.

>>La peste entró, sin embargo, y ató a los guardianes en sus puestos y a los criados en sus tareas, y barrió a todo el ejército de intendentes y servidores, o, al menos, a todos aquellos de sus miembros que no había huido para ir a morir a otra parte. De este modo, Vesta acabó siendo la única persona viva en el osario de su palacio.

>>El Chófer era uno de los antiguos criados que habían huido. Volvió a la propiedad al cabo de dos meses, y encontró allí a la joven, en un pequeño pabellón del parque donde se había instalado.

>>Asustada a la vista de aquel bruto, la muchacha huyó, escondiéndose entre los árboles. Erró de un lado a otro durante todo el día y toda la noche, aquella joven cuyos tiernos pies y cuyo cuerpo delicado no había conocido nunca la dureza de las piedras ni el roce sangriento de las espinas. El Chófer la persiguió, y la capturó cerca del amanecer.

>>Se puso a golpearla. Me entendéis, ¿no es cierto? Golpeaba a la frágil mujer con sus enormes puños. Quería que, en adelante, ella le obedeciera en todo. Pretendía que a partir de entonces fuera su esclava. Ella recogería la leña para el fuego, cocinaría, y se ocuparía de los trabajos más viles. Ella, que en toda su vida no había sabido lo que era ejercer el trabajo manual. Y ella obedeció. Soportó su amor y se convirtió en su criada. Mientras, él, que era un auténtico salvaje, descansaba todo el día, daba órdenes a su esclava, y vigilaba que las ejecutara. Aparte de ocuparce en cazar y pescar, aquel vago estaba mano sobre mano todo el santo día.

Cara de Liebre asintió, y declaró, dirigiéndose a los otros muchachos:

--Así era justamente el Chófer. Yo lo conocí antes de su muerte. Era un hombre fuera de lo común. Para distraerse, construía mecanismos que funcionaban solos. Mi padre se casó con su hija. Les daba palizas a ambos, y también a mí, siendo yo muy pequeño. Todo el mundo tenia que obedecele. Era una bestia asquerosa. Cuando se estaba muriendo, me acerque demasiado a él, y tomó un tremendo palo que tenía siempre al alcance de su mano y estuvo a punto de romperme la cabeza.

A este recuerdo retrospectivo, Cara de Liebre se frotó su redondo cráneo como si le doliera todavía, mientras los otros dos niños le miraban con interés y el viejo, con la mirada alzada al cielo, se musitaba a sí mismo quien sabe qué cosas relativas a Vesta Van Warden, la squaw que había fundado la tribu de los Chóferes.

--No podéis comprende, hijitos –prosiguió el anciano--, todo el horror de la situación. El Chófer era, ayer todavía, lo que se llamaba un criado. Es decir, se pasaba la vida obedeciendo, agachando la cabeza y haciendo reverencias ante la que ahora se había convertido en su esclava. Ella era una reina de la vida, por nacimiento y por matrimonio. De su manecita blanca y rosa pendía la suerte de millones de seres humanos, y daba órdenes a cientos de criados semejantes, desde el punto de vista social, al Chófer. Durante los días que habían precedido a la peste escarlata, el más leve contacto con un ser como el Chófer hubiera sido para ella una mancilla imborrable. Sí, así era la cosa en otros tiempos.

>>Recuerdo haber visto cierto día a la señora Goldwyn, la mujer de otro magnate, en el momento en que subía a la plataforma de embarque de su dirigible. Se le cayó una sombrilla. La recogió un criado, que tuvo la mala idea de presentarle directamente a ella el objeto; sí, a ella directamente, a la mujer todopoderosa. Ella retrocedió como si hubiera tenido frente a un leproso, e hizo signo a su secretario, que no se separaba de ella, para que tomara la sombrilla y se la entregara. Ordenó además que se le tomara el nombre al audaz criado y que se le despidiera inmediatamente. Vesta Van Warden era una mujer así. Y el Chófer le dio palizas hasta que aceptó ser su sirvienta.

>>Bill... Ahora recuerdo su nombre... Bill, el Chófer, era un bribón repulsivo, un ser vil entre los viles, desprovisto de toda clase de cultura y de toda delicadeza con las mujeres. Y a él perteneció la maravilla de las mujeres, Vesta Van Warden. Son éstas cosas sutiles que se os escapan, hijos míos. Ya que vosotros también sois pequeños salvajes, y vuestra naturaleza es primitiva. ¡Vesta para aquel hombre! Era escandaloso...

>>¿Por qué, me pregunto, no me tocaría a mí en suerte? A mí me hubiera convenido perfectamente. Yo era un hombre culto, educado y honorable, profesor de una universidad importante. Ya os lo he dicho: no hay justicia en la tierra.

>>En el tiempo de su grandeza, Vesta se encontraba tan por encima de mí que ni siquiera se hubiera dignado a observar mi existencia. Pero después de la peste escarlata yo hubiera sido para ella un gran partido. ¡Y, en vez de eso, ved en qué abismo de degradación cayó! Y ella me hubiera amado; si, me hubiera amado; sí, me hubiera amado, estoy seguro.

>>Lo estoy, porque es espantoso cataclismo que nos reunió me permitió conocerla de cerca, interrogar sus hermosos ojos, conversar con ella, tomar sus manos en las mías, amarla y saber que ella también sentía por mí los más tiernos sentimientos. Me prefería al Chófer, esto estaba claro. ¿Por qué la peste, que había destruido a tantos millones de hombres, había perdonado precisamente a aquél?

>>cierta tarde, mientras el Chófer estaba ausente, pescando, habiéndome quedado yo solo con ella, me suplicó que lo matara. Me lo rogó, con lágrimas en los ojos. Pero el miserable era fuerte y temible, y yo no me atreví a intentarlo. Al cabo de unos días le ofrecí mi caballo, mi poney y mis perros si consentía en cederme a Vesta. Se rió en mis narices y se negó a ellos con insolencia. Me contestó que, en los viejos tiempos, él había sido un criado, fango que pisaban los hombres como yo y las mujeres como ella. Ahora las cosas se habían invertido. Él era propietario de la mujer más hermosa dl mundo, que le preparaba la comida y cuidaba de los hijos que le había dado.

>>--¡Tú tuviste tu hora, amigo! –me dijo--. Hoy tengo yo la mía. ¡Te aseguro que no me disgusta en absoluto! El pasado acabó, acabó de vera; y no tengo ninguna intención de volver a él.

>>Así fue como me habló. Aunque no con esas mismas palabras, ya que era un hombre terriblemente vulgar, y era incapaz de decir nada sin proferir espantosos juramentos. Añadió que si me sorprendía guiñándole el ojo a su mujer, me retorcería el pescuezo y que a ella la golpearía hasta dejarla lisiada. ¿Qué podía hacer yo? Yo tenía miedo, porque él era más fuerte.

>>La misma noche del día en que descubrí el campamento del Chófer, Vesta y yo tuvimos una larga conversación acerca de muchísimas cosas queridas del viejo mundo desaparecido. Hablamos de libros y de poesías. El Chófer nos escuchaba, haciendo muecas y soltando risitas. Le aburría o irritaba oír hablar de cosas que ignoraba o era incapaz de comprender.

>>Acabó por interrumpirnos y dijo:

>>--Te presento, profesor Smith, a Vesta Van Warden, que en otros tiempos fue la mujer de Van Warden el magnate. Aquella belleza arrogante y regia es ahora mi squaw. Delante de ti va a quitarme los mocasines. ¡Mujer! ¡Aprisa! Enseña al señor Smith que bien que te he amaestrado.

>>Vi a la desdichada le rechinaban los dientes y que un rubor de rabia le subía al rostro.

>>El Chófer se arremangó y alzó su puño nudoso, disponiéndose a golpear. Tuve miedo y me puse de pie, para alejarme y no presenciar aquello. Pero el verdugo se echó a reír y me amenazó también a mi de una paliza en toda la regla si no me quedaba para admirar el espectáculo.

>>Obligado por la fuerza, me quedé pues junto a la hoguera del campamento, y vi a Vesta Van Warden arrodillarse delante de aquella bestia humana, gesticulante y peluda, y quitarle al gorila, uno tras otro, los dos mocasines.

>>No, no, hijitos, vosotros no podéis comprender esto, porque estáis envueltos por el salvajismo y no habéis conocido nada del pasado...

>>El Chófer parecía comérsela con los ojos mientras ella se afanaba en aquella tarea inmunda.

>>--Esta mujer –dijo el Chófer—está domada a látigo y brida, profesor Smith. A veces es un poco tozuda. Pero un buen puñetazo o una bofetada bien aplicada en la mejilla la ponen enseguida tan sumisa y dulce como un corderito.

>>Cierto día, el Chófer me habló de este modo:

>>--Aquí hay que hacerlo todo, profesor. Nos toca a nosotros multiplicar y repoblar la tierra. Tú no tienes mujer, y yo no tengo ninguna intención de prestarte la mía. Esto no es el paraíso terrenal. Pero soy un buen tipo. ¡Escúchame, profesor Smith!

>>Me mostró con el dedo al último retoño, que apenas tenía un año.

>>--Es chica –prosiguió--. Te la doy por mujer. Sólo que tendrás que esperar a que haya crecido un poco. Buena idea, ¿no te parece? Aquí todos somos iguales, y, si hubiera una jerarquía, sería yo el sapo más fuerte de toda la charca. Pero yo no soy un tipo intratable, ¡oh, no! Así pues, profesor Smith, te hago el honor, el grandísimo honor, de darte por prometida a mi hija, hija de Vesta Van Warden... De todos modos, es una lástima, ¿no te parece?, que Van Warden no esté aquí, en un rincón, para presenciarlo.

>>Permanecí, angustiadísimo, durante cosa de un mes en el campamento del Chófer. Me quedé allí hasta el día en que, cansado sin duda de verme, y cansado de la mala influencia que a su juicio yo ejercía sobre Vesta, consideró oportuno prescindir de mí.

>>Con este objeto, me contó, como el que no quiere la cosa, que, el año anterior, mientras vagaba por las colinas de Contra costa, había percibido humo de una hoguera.

>>Tuve un sobresalto. ¡Aquello significaba que, por aquella parte, existían otras criaturas humanas! ¡Y, durante un mes entero, me había ocultado aquella noticia preciosa, invalorable!

>>Me puse en camino enseguida, con mis dos perros y mis dos caballos, a través de las colinas de Contra Costa, dirigiéndome hacia los estrechos de Carquínez.

>>Desde la cima de las colinas no vi ningún humo. Pero en cambio, en la base, en Puesto Cota, descubrí un barquito de acero amarrado a la orilla. Embarqué en él con mis animales. Un trozo de tela que encontré casualmente me sirvió de vela, y una brisa del sur me empujó hacia las ruinas de Vallejo.

>>Allí, en los alrededores de la ciudad, encontré los rastros indudables de un campamento recientemente abandonado. Numerosa conchas de venera me explicaron por qué aquellos que las había dejado tras ellos habían llegado desde los estrechos.

>>Se trataba, como supe posteriormente, de la tribu de los Santa Rosa, y seguí sus huellas por el antiguo sendero que seguía la vía del ferrocarril, a través de las marismas que se extienden hasta el valle de Sonoma.

>>Descubrí el campamento de los Santa Rosa en la vieja fábrica de ladrillos de Glen Ellen. Eran en total dieciocho personas. Dos eran viejos: un tal Jones, ex banquero, y un también Harrison, usurero retirado, que había tomado por mujer a la ex intendente del manicomio de Napa, a la que había encontrado. Esa mujer era la única sobreviviente entre todos los habitantes de la ciudad de Napa y de las pequeñas ciudades y los pueblos de aquel populoso valle.

>>Luego, había tres hombres jóvenes: Gardiff y Holey, antiguos granjeros, y Waingwright, un hombre del vulgo, ex jornalero.

>>Los tres, mientras erraban habían encontrado mujer. Holey, un bruto analfabeto, había dado con la señora Isadora, que era, junto con Vesta Van Warden, la más hermosa entre las mujeres de California que habían escapado de la peste escarlata. Era una cantante admirable, universalmente célebre, y se encontraba de gira en San Francisco cuando estalló el azote. Me contó durante horas y horas su aventura hasta que fue recogida, y sin duda salvada de la muerte, por Holey en el bosque de Mendocino. Se convirtió, y pocas alternativas tenía a ello, en la mujer de aquel hombre que, bajo su exterior y a pesar de su ignorancia, era honrado y bueno. Así que Isadora era mucho más feliz con él que Vesta Van Warden con le Chófer.

>>Las mujeres de Gardiff y de Waingwright eran muchachas del pueblo, robustas y de sólido armazón, acostumbradas a los trabajos manuales; eran justo el tipo adecuado para la nueva existencia que vivían.

>>Añadid, para completar el total, a dos idiotas escapados del manicomio de Napa, a seis niños, nacidos después de la formación de la colonia, y, finalmente a Bertha.

>>Bertha era una buena mujer, una gran mujer, Cara de Liebre, pese a los sarcasmos con que tu padre la abrumaba incesantemente. La tomé por mujer, y no me arrepentí. Fue vuestra abuela, Edwin y Cara de Liebre, y también la tuya, Hu-Hu. Tu abuela materna, Cara de Liebre, ya que tu padre, que era el primogénito de Vesta Van Warden y el Chófer, se casó con Vera, nuestra hija mayor.

>>Me convertí, pues, en el decimonoveno miembro de la tribu de los Santa Rosa. La tribu aumentó después de mí, con otros dos miembros. El primero fue Mongerson. Era descendiente de los Magnates. Ya os había hablado de él. Tras haber huido del avión, vagó durante ocho años por las soledades de la Columbia británica, antes de dirigirse hacia el sur y encontrarnos. Esperó doce años hasta que Mary, mi segunda hija, fue núbil y pudieron casarse.

>>El segundo fue Johnson, que fundó la tribu de Utah, un país muy lejano de éste, más allá de los grandes desiertos, hacia el este. No llegó a California sino veintisiete años después de la peste escarlata.

>>En todo el país de Utah, nos dijo, no habían quedado, que él supiera, más que tres supervivientes. Los tres eran varones. Durante muchos años, aquellos tres hombres cazaron y vivieron juntos hasta que, por fin, cansados de la soledad y deseosos de procrearse, para que la raza humana no desapareciera de nuestro planeta, se encaminaron hacia el oeste, con la esperanza de encontrar mujeres vivan en California.

>>Johnson fue el único que salió indemne del gran desierto, en el que murieron sus dos compañeros. Tenía cuarenta y seis años cuando se unió a nosotros. Se casó con la tercera hija de Holey e Isadora, y su hijo mayor se casó con tu tía, Cara de Liebre, que era la tercera hija del Chófer y Vesta Van Warden.

>>Johnson era un hombre rebosante de fuerza y de iniciativa. Se separó de los Santa Rosa para montar su propio grupo y formó, en San José, una nueva tribu, la de los Utah. Es todavía una tribu muy pequeña, de sólo siete miembros. Johnson ha muerto ya; pero sus descendientes han heredado su inteligencia y su energía. No cabe duda que ellos y sus descendientes se verán llamados a desempeñar un papel importante en la recivilización del universo.

>>Aparte de estar tres tribus, no conozco más que a otros dos asentamiento humanos: la tribu de Los Angelitos y la de Los Carmelitos. Esta última fue fundada por un hombre llamado López, descendiente de los antiguos mexicanos, que tenían la piel muy oscura y que había sido vaquero de rancho, y por una mujer que había sido sirvienta en el Gran Hotel del Monte. No nos topamos con ellos sino al cabo de siete años, e cierta ocasión en que había venido a explorar esta región. Vivían mucho más al sur, en un hermoso país donde hace mucho calor.

>>No creo, hijos míos, que la tierra tenga hoy más de trescientos o cuatrocientos habitantes. Desde que Johnson cruzó el gran desierto, procedente de Utah, no nos ha llegado ningún signo de vida, ni del este ni de ninguna parte.

>>Ha desaparecido el mundo magnífico y poderoso que yo conocí en los días de mi infancia y de mi juventud. Ha quedado aniquilado. Hoy, soy el último superviviente de la peste escarlata, y solamente yo conozco las maravillas del lejano pasado. El hombre, que fue en otros tiempos dueño del planeta, dueño de la tierra, el mar y el cielo, el hombre, que fue un verdadero Dios, ha vuelto a su primitivo estado de salvajismo y busca su subsistencia siguiendo los cursos del agua.

>>Pero se multiplica aprisa. Tu hermana, Cara de Liebre, tiene ya cuatro hijos. Estamos preparando un nuevo salto hacia la civilización. El objetivo está lejos, sin duda, incluso lejísimo, pero se alcanzará ineluctablemente. Dentro de un centenar de generaciones, nuestros descendientes, demasiado numerosos en nuestra tierra, cruzarán las sierras, y, generación tras generación, se extenderán hacia el este por el gran continente americano.

>>Pasará mucho tiempo de aquí a entonces. Hemos caído muy bajo. ¡Ojalá hubiera sobrevivido algún científico, algún físico o químico! ¡Qué preciosa ayuda sería para nosotros! Pero no fue así, y hemos olvidado toda la ciencia.

>>El Chófer había empezado a trabajar nuevamente el hierro. Él fue el que construyó la fragua que hoy utilizamos. Más, por desgracia, era un perezoso que limitó ahí sus esfuerzos, y que, a su muerte, se llevó consigo todo lo que sabía de mecánica y del arte de trabajar los metales. Yo no entendía nada de esas cosas. yo era un hombre de letras, nada más; un humanista. Y los demás supervivientes carecían de toda instrucción. El Chófer había logrado otras dos operaciones, que conocemos gracias a él: la fabricación por medio de fermentación, del alcohol y las bebidas fuertes, y el cultivo del tabaco. Se valía de estos conocimientos para emborracharse, y fue en ese acceso de embriaguez que mató a Vesta Van Warden. Estoy completamente convencido de esto, aunque él siempre afirmó que su mujer se había ahogado al caer en el lago Temescal.

>>Y ahora, queridos hijitos, permitidme que os dé algunos consejos. Os irá bien ¿sí? les sacáis provecho para vuestras vidas.

>>Ante todo, desconfiad de los charlatanes y de los brujos que se llaman a sí mismos médicos. Es gente extremadamente peligrosa, que envilece y deshonra, en nuestro pequeño mundo, una profesión que en otros tiempos era la más noble de todas.

>>Veo a mí alrededor que la superstición, en sus manos, consigue día a día nuevos progresos. Y este mal irá empeorando, porque el hombre está muy degradado. Estos falsos médicos son, os aseguro, unos malditos ladrones, unos maleantes infernales que sólo tienen un objetivo: atraparos en su poder y sacaros todo lo que poseéis.

>>Fijaos, por ejemplo, en ese joven de ojos desiguales, que conocemos con el nombre de "El Bizco". Vende a todo el mundo encantamientos y sortilegios contra las enfermedades, y no vuelve nunca vacío de sus expediciones. Llega incluso al extremo d prometer el buen tiempo a cambio de buena carne y buenas pieles. A los que se permiten contradecirle y proclamarse abiertamente enemigos suyos, les mando lo que él llama "bastón de la muerte".

>>Yo, que fui el profesor Smith, James Howard Smith, declaro que se vanagloria y miente descaradamente. Se lo he dicho en plena cara. ¿Por qué, como castigo, no me ha enviado el bastón de la muerte? Porque sabe perfectamente que conmigo no valen sus payasadas. pero tú, Cara de Liebre, te has hundido tanto en la superstición que si esta noche te despertaras y encontraras a tu lado el bastón de la muerte morirías sin lugar a duda. y morirías, no porque ese bastón tenga poder alguno, sino porque no eres sino un pequeño salvaje, de espíritu crédulo y sumido en las tinieblas.

>>Es preciso destruir a todos estos explotadores de la credibilidad pública, y también es preciso reencontrar esos inventos útiles que hemos perdido. Por esto, para ayudaros en esa tarea, he de deciros ciertas cosas que vosotros, repetiréis a vuestra vez a vuestros hijos cuando los tengáis.

>>Deberéis repetirles que el agua, cuando se calienta al fuego, se transforma en una sustancia maravillosa que se llama vapor; que ese vapor es más fuerte y poderoso que diez mil hombres juntos, y que, si se maneja y se orienta adecuadamente, puede realizar todas las tareas del hombre.

>>Hay todavía cosa que es muy útil conocer. La electricidad, que produce en le cielo los relámpagos, es también una servidora del hombre. En otros tiempos fue su esclava, y algún día volverá a serlo.

>>El alfabeto es una invención muy distinta, pero no menos preciosa. El conocerlo me permite leer los libros y comprender el significado de multitud de pequeños signos que están impresos en ellos, mientras que vosotros, mis pobres hijitos salvajes, no conocéis otra cosa que la escritura grosera de las imágenes simbólicas que representan los diversos objetos.

>>En la gruta de la colina del telégrafo, que es muy seca y que conocéis muy bien, y hacia la cual me veis ir muy a menudo, en la cima del acantilado, he reunido muchos libros que he encontrado y que contienen la sabiduría de la humana. He colocado allí también un alfabeto, con una clave explicativa, que permite leer y comprender su relación con la escritura de las imágenes. Llegará el día en que los hombres, menos absortos en las necesidades de su vida material, aprendan de nuevo a leer. Entonces, si ningún accidente ha destruido mi gruta y su contenido, sabrán que el profesor James Howard Smith vivió en otro tiempo y salvó para ellos el legado espiritual de los antiguos.

>>Otra cosa que el hombre futuro encontrará sin duda, estoy seguro de ellos, será la fórmula de hacer pólvora para los fusiles. Es ese polvo negruzco que en otro tiempo permitía matar a larga distancia. Ciertas materias que se obtienen de la tierra, mezcladas en las proporciones adecuadas, producen pólvora de fusil. Esto queda explicado en mis libros. Pero yo soy demasiado viejo, y, por lo demás, me faltan los utensilios necesarios para conseguir esa fabricación. Lo lamento, ya que mi primer disparo sería para librar al mundo del Bizco, de ese charlatán que hace que florezca ya la superstición, y empieza a envenenar con ella a la humanidad que renace>>.

Hu-Hu protestó:

--El bizco –dijo—es un gran sabio. Cuando yo sea hombre, iré a verle. Le daré todas mis cabras, toda la carne y todas las pieles que podré conseguir, y le pediré que me enseñe sus secretos y a ser un médico como él. Entonces seré temido y respetado, como lo es él. Todo el mundo caerá a mis pies, con la cara en el fango.

El anciano meneó gravemente la cabeza, y murmuró:

--Es extraño oír las mismas ideas absurdas y obstinadas que formulaban los hombres de otro tiempo en boca de un joven salvaje, sucio y vestido con pieles de animales. El universo ha sido aniquilado, conmocionado hasta su destrucción; pero el hombre sigue siendo el mismo...

Cara de Liebre intervino en la discusión, hizo objeto a Hu-Hu de una severa reprimenda.

--¡Cuidado con engañarme, te lo advierto! –dijo--. Si algún día te pago para que envíes el bastón de la muerte y la cosa no funciona, te romperé la cabeza, Hu-Hu. ¡Sí te romperé la cabeza! ¿Lo has entendido?

--Yo –dijo Edwin, suavemente—quiero no olvidar nunca lo que el abuelo nos ha dicho de la pólvora de fusil. Cuando haya encontrado el modo de hacerla, yo seré el que los lleve a los dos a donde quiera. Tú, Cara de Liebre, cazarás para mí y me entregarás la carne. Y tú, Hu-Hu, cuando sea médico, enviarás el bastón de la muerte a quien yo diga, y todos me temerán. Si Cara de Liebre trata de romperte la cabeza, tendrá que vérselas conmigo, y yo te mataré con mi pólvora. El abuelo no es tan tonto como creéis. Yo aprovecharé sus lecciones y os dominaré a todos.

El anciano meneó tristemente la cabeza.

--Volverá a empezar la misma historia –dijo, hablándose a sí mismo--. Los hombres se multiplicarán, luego lucharán unos contra otros. Cuando hayan redescubierto la pólvora, se matarán a miles y luego a millones. Y así, por medio del fuego y de la sangre, se formará una nueva civilización. Quizás para llegar a su apogeo necesitará veinte, cuarenta, cincuenta mil años. Reaparecerán por sí solos los tres tipos eternos de dominación, el sacerdote, el soldado y el rey. La sabiduría de los tiempos pasados, que será la de los siglos futuros, ha sido expresada por boca de estos niños. La gran masa trabajará duramente como en el pasado, y, sobre un amontonamiento de carroñas sanguinolentas, crecerá la sorprendente y maravillosa belleza de la civilización. Aunque yo destruya todos los libros de mi gruta, el resultado sería el mismo. ¡No por ellos la historia del mundo dejaría de reanudar su curso eterno!

Cara de Liebre se puso de pie. Miró el sol, que estaba ya muy bajo, y arrojó un vistazo a sus cabras, que seguían comiendo apaciblemente su hierva.

--El viejo nos fastidia, no para de refunfuñar. Está chocho. Ya es hora de volver al campamento.

Con la ayuda de Hu-Hu y de los peros, Cara de Liebre reunió sus cabras y las condujo, por la pista de las vías del ferrocarril, hacia el profundo bosque en donde se perdió de vista.

Edwin, con el rabo de cerdo en la oreja, se había quedado solo con el abuelo, que seguía hablándose a sí mismo. Edwin observaba divertido un pequeño grupo de caballos salvajes que habían venido a juguetear en la arena de la playa. Había como una veintena, caballitos jóvenes en su mayor parte, y varias yeguas, guiadas por un soberbio semental. La ardiente bestia se erguía frente al mar, en la espuma de la rompiente, con el cuello tenso y la cabeza alerta, brillándole los ojos con resplandor salvaje y olfateando el aire salado.

--¿Qué es esto? –preguntó el viejo, saliendo por fin de su ensimismamiento.

--Caballos –contestó Edwin--. Es la primera vez que los veo llegar hasta aquí. Los leones de las montañas, que son cada día más numerosos, los empujan hacia el mar.

El sol estaba a punto de desaparecer detrás del horizonte. En el cielo donde rodaban gruesas nubes, su disco llameante disparaba en abanico sus rayos rojos. Más allá de las dunas de la orilla pálida y desolada, donde relinchaban los caballos y venían a morir las olas, los leones marinos seguían arrastrándose en las negras rocas marinas, o retozaban entre las olas, emitiendo mugidos de batalla o de amor. El viejo canto de las primeras edades del mundo.

--Ven, abuelo –dijo Edwin, tirando al viejo del brazo.

Y las dos siluetas hirsutas, vestidas de pieles, volvieron la espalda al mar y siguieron el camino de las cabras, hacia el bosque, por la pista de la vía férrea.

sábado, 19 de abril de 2008

EL LIBER ZIÓN - EL LIBER DE MEDITACION DIARIA - ILUMINATIS

EL LIBER ZIÓN



1. ESTE LIBER DEBE SER DIFUNDIDO POR LOS CONFINES DEL UNIVERSO.

2. ESTE LIBER NO DEBE SER PROFANADO, NI ATACADO, A NO SER QUE SE ESTÉ PREPARADO PARA SOPORTAR LA JUSTICIA DEL DIOS VERDADERO.

3. ESTE LIBER ES EL LIBER DE LA HUMANIDAD FUTURA.

4. ESTE LIBER DEBE SER LEÍDO UNA VEZ CADA DÍA PARA REFLEXIONAR EN TORNO A SU MENSAJE.

5. ESTE LIBER ES EL LIBER DE LOS ILLUMINATI Y DE LOS QUE ASUMAN SU MENSAJE.




PRIMERA PARTE

1. Achaita, revelación divina.

2. Este es el nuevo libro sagrado de la Humanidad.

3. Y tú eres el mesías, el jefe visible de la Gran Logia Oculta.

4. Yo, tú y los Jefes Secretos somos la cadena antigua de la Humanidad.

5. Pero tú eres el jefe visible que será la trompeta que encontrará oídos en los confines de la Tierra y el Universo.

6. Te entrego el Liber Zión para que sea el Liber de la Nueva Era de Zión, el Liber de la Humanidad futura.

7. ¡Oh Hierofante, grande entre todos los sabios y grandes maestres del Universo, entrega el Liber Zión a Los Illuminati para que su Luz alcance extensión y eternidad!

8. El Liber Zión es el Liber de la Humanidad futura que llegará por medio de vosotros, Los Illuminati, a los confines de la Tierra y el Universo.

9. El Liber Zión será la Luz eterna de los siglos venideros y de las civilizaciones del mañana de la Tierra y de todo el Universo.

10. Yo, Baphomet, met, met, met, hasta el infinito, junto a tí, ¡oh mesías de la Gran Logia Oculta!, somos el reverso del nazareno y la cadena antigua de la Humanidad.

11. Roma fallecerá, Jerusalem arderá y la razón se quebrará. Y mi Ley, la Ley de Zión, será aclamada por la Humanidad entera, porque yo, Baphomet, el dios del Templo de Salomón, soy el dios único y verdadero. Escupo sobre las sombras y la esclavitud de los demás.

12. Yo soy el que soy. Soy el disfraz del Gran Rostro del que nada sabemos. Y me llaman Baphomet, Lucifer “el portador de Luz”... No soy un vulgar Adonai, Yahveh o Jesuah; soy mucho más que eso, soy el dios de la Luz, la Libertad y el mañana.

13. Y el Liber Zión que te entrego es el Liber de Los Illuminati y de la Humanidad entera. Coged trompetas, proclamad el Liber Zión y su mensaje, un mensaje de Amor y Libertad eternas.

14. Achaita (silencio prolongado).

15. ¡Oh iluminados, Hermanos de la Gran Logia Oculta, de la noche, de la estrella, de la Luz! Qué la Luz se extienda. Luz en extensión. Luz en la oscuridad.

16. Zión es la palabra. Zión es la Ley.

17. Y Zión es Libertad, Amor, placer y lujuria. Y Zión es libre albedrío y sensualidad; y eso es lo que se extenderá sobre la faz de la Tierra y el Universo, en los siglos y milenios futuros.

18. Los dioses han muerto por su esclavismo. Coged la trompeta y exclamad: ¡muerte a los cultos de esclavos, porque Zión ha llegado! Zión, Zión, Zión, Zión, Zión, Zión, hasta el infinito. La clave es Zión y sus números el 616 y el 666.

19. Achaita (silencio prolongado).

20. No sirve más que la victoria y el triunfo del dios verdadero, Baphomet.

21. Azotad, pues, las conciencias de los esclavos, con la palabra sagrada: Zión, y su mensaje: Libertad. Y no retrocedáis ante el polvo y los suspiros del Universo. Ellos son un momento en medio de la eternidad de mi Creación.

22. La Vieja Humanidad espera y yo, Baphomet, lo sé. 33 años tienes y tendrás para extender el Liber Zión por los confines de la Tierra y el Universo, y los tuyos, que son los míos, que lo extiendan en los siglos venideros.

23. La nueva Ley suple a la antigua Ley. La nueva Ley es la Luz y la Libertad de la cadena antigua de la Humanidad. Es la Llama, el Fuego, la Luz Primordial. Es la ruta de Egipto, de Salomón, de los constructores medievales, de Los Templarios, de los masones iniciados... Sus templos tienen pilares eternos y ocultos que rinden culto a Zión.

24. La Luz de Zión se extiende ya hasta el infinito, iluminando los confines del Universo que acogerán a las civilizaciones del mañana.

25. Yo, Baphomet, he estado envuelto en brumas en medio de los siglos y los milenios. Pero existía cuando el mundo y su tiempo no existían. La hora de la revelación no había llegado. Hijos de la Tierra y el Universo, el Liber Zión es mi entrega, para que no dudéis sobre quién es el dios verdadero. Yo soy el que soy. Soy Baphomet, el único dios verdadero.

26. Achaita (silencio).


SEGUNDA PARTE

1. El Liber Zión es el libro de la Humanidad futura, de luz solar y lunar, del mesías y de la Nueva Era de Zión.

2. El Liber Zión es para tí, para los tuyos y para la Humanidad futura.

3. Es el propio Universo oculto desvelado. Es Luz en la oscuridad, Luz Primordial para los hombres y las mujeres de todos los puntos del Universo.

4. Elevad y proclamad la Luz, y romped las cadenas de la muerte, con la fuerza de Zión, oh iluminados.

5. Y, para ello, no dudad ante el rico, el poderoso, el dictador, el autoritario... No dudad ante los que intentan imponer su tiranía esclavista.

6. Yo soy el que soy. Soy el dios verdadero que siempre os amó. Soy el creador de los mundos. Soy el Gran Arquitecto del Universo. Soy el disfraz del Gran Rostro. Las naciones y los gobernantes son polvo ante mí, yo soplo y desaparecen. Las culturas y las civilizaciones no son nada ante mi eternidad. Son un suspiro en medio de los milenios. Mi eternidad me convierte en el Eterno.

7. Yo insto a bailar y danzar, a ser libres, a mostrar la lujuria ante los desconocidos, a andar desnudos para cubrir de vergüenza la moral ajena.

8. Yo soy Baphomet. Y Zión es mi Reino, un Reino de Libertad y Amor. ¡Que su Luz alcance los confines de la Tierra y el Universo!

9. Abajo los falsos dioses, pero respeto a los iniciados de las civilizaciones del ayer y de Thelema, porque ellos labraron la cosecha celeste que ahora entrego.

10. Zión es el final de la cruz, de la estrella y de la media Luna. Zión es el principio del Reino de la Luz Primordial. Zión es la Ley y la palabra de Baphomet.

11. Achaita (silencio prolongado).

12. Los próximos siglos y milenios sólo conocerán una palabra: Zión.

13. Y una Ley: Zión.

14. Los próximos milenios serán de Libertad y Luz, Vida y Creación, Amor y Bondad, bajo la Ley de Zión, la Ley del Eterno.

15. Proclamad Zión, oh iluminados, y conducid a los esclavos a la senda de la Libertad. Los valientes serán libres y eternos, a imagen y semejanza de Dios. Los cobardes morirán olvidados y envueltos en sus cadenas de ignorancia y pecado contra Baphomet, el dios verdadero de todos los hombres.

16. Que Zión arribe a los infinitos.

17. Achaita (silencio prolongado).

18. Roma caerá para siempre.

19. Jerusalem se desbordará.

20. Y entonces quedará la antigua Zión de Salomón, de Baphomet, de Zión, OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN, la Hermandad de la Humanidad.

21. Y Zión será la palabra y la Ley de la Nueva Era de Zión. ¡Oh Zión! ¡Oh Zión! Oh Zión, exclamo ante los falsos dioses de esclavos.

22. Achaita (silencio prolongado).

23. ¡Oh mesías de la Gran Logia Oculta, de Baphomet! Los siglos venideros quedarán a los pies de Zión, y esos serán mis pies, pies de una gloria silenciosa y eterna que reinará por los siglos de los siglos.

24. Luz y fuego.

25. Exclamad todos juntos, en mi honor: OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN, EL IMPERIO FUTURO DE BAPHOMET, EL DIOS VERDADERO.

26. Achaita.

TERCERA PARTE

1. Temblad falsos pilares del Universo, porque Zión está aquí.

2. Temblad falsos pastores; Zión está aquí.

3. Esta es la tercera revelación, la sagrada revelación, la revelación de revelaciones que será aclamada por los siglos, los milenios y la Humanidad futura.

4. Es la revelación que azota conciencias con la vara del Gran Rostro.

5. Soy Baphomet, el dios de la Verdad, la Sabiduría, la Libertad y la Luz. Y mi vara azota las conciencias dormidas de los esclavizados, de los oprimidos, de los que anhelan la Libertad mirando al mañana.

6. Y mi Ley tiene un nombre: Zión. Y mi palabra es Libertad. OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN, exclamarán mis ejércitos victoriosos.

7. La Ley de Zión, el inicio del imperio de Zión, es la Ley de la Nueva Era de Zión iniciada en agosto de 1999, Era que reinará en los confines de la Tierra y el Universo por los siglos de los siglos y los milenios de los milenios.

8. La Ley de Zión será Libertad, libre albedrío y paz en el Reino de Zión, el templo sagrado de todos los hombres. OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN.

ZIÓNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNN.

ZIÓNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNN.

ZIÓNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNN.

9. Ley que liberará a los esclavos de los falsos dioses y entregará la paz y la libertad a los hombres.

10. Ley que castigará a los usurpadores, a los amos de esclavos y a los falsos profetas.

11. Serán malditos por los siglos los que han atentado y atenten contra mí, el Eterno, el dios verdadero.

12. Serán malditos por los siglos los que atenten contra tí y los tuyos.

13. Serán malditos por los siglos los que atenten contra todos nosotros, la cadena antigua de la Humanidad.

14. Serán malditos por los siglos los que atenten contra Zión y su Ley eterna.

15. Todos ellos serán abominables a mis ojos y sufrirán el fuego divino en sus carnes y en las carnes de sus descendientes.

16. Y los míos, tú, los sacerdotes y los hijos de Zión, alcanzaréis una gloria eterna en el Reino de Zión, instaurado en mi amada Tierra. OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN.

17. Zión está aquí; Zión ha llegado, temblad falsos pilares del Universo.

18. Los hijos de Zión se unirán en armonía, buscarán la Tierra Prometida que acogerá su mensaje, vivirán de acuerdo a su Ley eterna, la extenderán por los confines de la Tierra y el Universo y proclamarán el Reino de Zión con lecturas diarias de Los Textos Sagrados de Zión, por las calles, en los lugares públicos y mis templos. Temblad falsos pilares del Universo. Zión está aquí.

19. Los templos de Zión tendrán las dos columnas del Templo de Salomón y el ojo del misterio; y proclamarán la Ley de Zión con lecturas de Los Textos Sagrados de Zión. Que se extienda la buena nueva por los confines de la Tierra y el Universo. Temblad falsos pilares del Universo. Zión está aquí.

20. Para los siglos de los siglos, que la Luz de la Iglesia de Zión sea eterna.

21. Para las civilizaciones de la Tierra y el Universo, que la Luz de Zión sea entregada.

22. Para siempre, yo, Baphomet, seré vuestro dios único, el único y legítimo dios.

23. Yo, Baphomet, soy el dios de todos los hombres.

24. OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN, OH ZIÓN, gritan ya las legiones de mi imperio. Zión, Zión, Zión, hasta el infinito.

25. Por los siglos y los milenios.

26. Achaita.

Franz Kafka -- EL ARTISTA DEL HAMBRE

Franz Kafka
El artista del hambre
*********
__________
En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo. Antes era
un buen negocio organizar grandes exhibiciones de este género como espectáculo
independiente, cosa que hoy. en cambio, es imposible del todo. Eran otros los tiempos.
Entonces, todo la ciudad se ocupaba del ayunador; aumentaba su interés a cada día de ayuno:
todos querían verle siquiera una vez al día; en los últimos del ayuno no faltaba quien se
estuviera días enteros sentado ante la pequeña jaula del ayunador; había, además,
exhibiciones nocturnas, cuyo efecto era realzado por medio de antorchas; en los días buenos,
se sacaba la jaula al aire libre, y era entonces cuando les mostraban el ayunador a los niños.
Para los adultos aquello solía no ser más que una broma en la que tomaban parte medio por
moda, pero los niños, cogidos de las manos por prudencia, miraban asombrados y
boquiabiertos a aquel hombre pálido. con camiseta oscura, de costillas salientes, que,
desdeñando un asiento, permanecía tendido en la paja esparcida por el suelo, y saludaba, a
veces, cortamente o respondía con forzada sonrisa a las preguntas que se le dirigían o sacaba,
quizá, un brazo por entre los hierros para hacer notar su delgadez, volviendo después a
sumirse en su propio interior, sin preocuparse de nadie ni de nada, ni siquiera de la marcha del
reloj, para él tan importante, única pieza de mobiliario que se veía en su jaula. Entonces se
quedaba mirando al vacío, delante de sí, con ojos semicerrados, y sólo de cuando en cuando
bebía en un diminuto vaso un sorbito de agua para humedecerse los labios.
Aparte de los espectadores que sin cesar se renovaban, había allí vigilantes permanentes,
designados por el público (los cuales, y no deja de ser curioso, solían ser carniceros); siempre
debían estar tres al mismo tiempo, y tenían la misión de observar día y noche al ayunador
para evitar que, por cualquier recóndito método, pudiera tomar alimento. Pero esto era sólo
una formalidad introducida para tranquilidad de las masas, pues los iniciados sabían muy bien
que el ayunador, durante el tiempo del ayuno, bajo ninguna circunstancia, ni aun a la fuerza,
tomaría la más mínima porción de alimento; el honor de su profesión se lo prohibía.
A la verdad, no todos los vigilantes eran capaces de comprender tal cosa; muchas veces
había grupos de vigilantes nocturnos que ejercían su vigilancia muy débilmente, se juntaban
adrede en cualquier rincón y allí se sumían en los lances de un juego de cartas con la
manifiesta intención de otorgar al ayunador un pequeño respiro, durante el cual, a su modo de
ver, podría sacar secretas provisiones, no se sabía de dónde. Nada atormentaba tanto al
ayunador como tales vigilantes; le atribulaban; le hacían espantosamente difícil su ayuno. A
veces, sobreponíase a su debilidad y cantaba durante todo el tiempo que duraba aquella
guardia, mientras le quedaba aliento, para mostrar a aquellas gentes la injusticia de sus
sospechas. Pero de poco le servía, porque entonces se admiraban de su habilidad que hasta
permitía comer mientras cantaba.
Muy preferibles eran, para él, los vigilantes que se pegaban a las rejas, y que, no
contentándose con la turbia iluminación nocturna de la sala, le lanzaban a cada momento el
rayo de las lámparas eléctricas de bolsillo que ponía a su disposición el empresario. La luz
cruda no le molestaba; en general no llegaba a dormir, pero quedar transpuesto un poco podía
hacerlo con cualquier luz, a cualquier hora y hasta con la sola llena de una estrepitosa
muchedumbre. Estaba siembre dispuesto a pasar toda la noche en vela con tales vigilantes;
estaba dispuesto a bromear con ellos, a contarles historias de su vida vagabunda y a oír, en
cambio, las suyas, sólo para mantenerse despierto, para poder mostrarles de nuevo que no
tenía en la jaula nada comestible y que soportaba el hambre como no podría hacerlo ninguno
de ellos.
Pero cuando se sentía más dichoso era al llegar la mañana, y, por su cuenta, les era servido
a los vigilantes un abundante desayuno, sobre el cual se arrojaban con el apetito de hombres
robustos que han pasado una noche de trabajosa vigilia. Cierto que no faltaban gentes que
quisieran ver en este desayuno un grosero soborno de los vigilantes, pero la cosa seguía
haciéndose, y si se les preguntaba si querían tomar a su cargo, sin desayuno, la guardia
nocturna, no renunciaban a él, pero conservaban siempre sus sospechas.
Pero éstas pertenecían ya a las sospechas inherentes a la profesión del ayunador. Nadie
estaba en situación de poder pasar, ininterrumpidamente, días y noches como vigilante junto
al ayunador; nadie, por tanto, podía saber por experiencia propia si realmente había ayunado
sin interrupción y sin falta; sólo el ayunador podía saberlo, ya que él era, al mismo tiempo, un
espectador de su hambre completamente satisfecho. Aunque, por otro motivo, tampoco lo
estaba nunca. Acaso no era el ayuno la causa de su enflaquecimiento, tan atroz, que muchos,
con gran pena suya, tenían que abstenerse de frecuentar las exhibiciones por no poder sufrir
su vista: tal vez su esquelética delgadez procedía de su descontento consigo mismo. Sólo él
sabía -sólo él y ninguno de sus adeptos- qué fácil cosa era el ayuno. Era la cosa más fácil del
mundo. Verdad que no lo ocultaba, pero no le creían; en el caso más favorable, le tomaban
por modesto, pero, en general. le juzgaban un reclamista, o un vil farsante para quien el
ayuno era cosa fácil porque sabía la manera de hacerlo fácil y que tenía, además, el cinismo de
dejarlo entrever. Había que aguantar todo esto y, con el curso de los años, ya se había
acostumbrado a ello; pero, en su interior, siempre le recomía ese descontento y ni una sola
ver, al fin de su ayuno -esta justicia había que hacérsela- había abandonado su jaula
voluntariamente.
El empresario había fijado cuarenta días como el plazo máximo de ayuno, más allá del cual
no le permitía ayunar ni siquiera en las capitales de primer orden. Y no dejaba de tener sus
buenas razones para ello. Según le había señalado su experiencia, durante cuarenta días,
valiéndose de toda suerte de anuncios que fueran concentrando el interés, podía quizá
aguijonearse progresivamente la curiosidad de un pueblo; mas pasado este plazo, el público se
negaba a visitarle, disminuía el crédito de que gozaba el artista del hambre. Claro que en este
punto podían observarse pequeñas diferencias según las ciudades y las naciones; pero, por
regla general, los cuarenta días eran el período de ayuno más dilatado posible. Por esta razón,
a los cuarenta días era abierta la puerta de la jaula, ornada con una guirnalda de flores; un
público entusiasmado llenaba el anfiteatro; sonaban los acordes de una banda militar; dos
médicos entraban en la jaula para medir al ayunador, según normas científicas; y el resultado
de la medición se anunciaba a la sala por medio de un altavoz; Por último, dos señoritas,
felices de haber sido elegidas para desempeñar aquel papel mediante sorteo, llegaban a la
jaula y pretendían sacar de ella al ayunador y hacerle bajar un par de peldaños para conducirle
ante una mesilla en la que estaba servida una comidita de enfermo cuidadosamente escogida.
Y en este momento, el ayunador siempre se resistía.
Cierto que colocaba voluntariamente sus huesudos brazos en las manos que las dos damas,
inclinadas sobre él, le tendían dispuestas a auxiliarle, pero no quería levantarse. ¿Por qué
suspender el ayuno precisamente entonces, a los cuarenta días? Podía resistir aún mucho
tiempo más, un tiempo ilimitado; ¿por qué cesar entonces, cuando estaba en lo mejor del
ayuno? ¿Por qué arrebatarle la gloria de seguir ayunando, y no sólo la de llegar a ser el mayor
ayunador de todos los tiempos, cosa que probablemente ya lo era, sino también la de
sobrepujarse a sí mismo hasta lo inconcebible, pues no sentía límite alguno a su capacidad de
ayunar? ¿Por qué aquella gente que fingía admirarlo tenía tan poca paciencia con él? Si aún
podía seguir ayunando, ¿por qué no querían permitírselo? Además, estaba cansado; se hallaba
muy a gusto tendido en la paja, y ahora tenía que ponerse de pie cuan largo era, y acercarse a
una comida, cuando con sólo pensar en ella sentía náuseas que contenía difícilmente por
respeto a las damas.
Y alzaba la vista para mirar los ojos de las señoritas, en apariencia tan amables, en realidad
tan crueles, y movía después negativamente, sobre su débil cuello, la cabeza, que le pesaba
como si fuese de plomo. Pero entonces ocurría lo de siempre; ocurría que se acercaba el
empresario silenciosamente -con la música no se podía hablar-, alzaba los brazos sobre el
ayunador, como si invitara al cielo a contemplar el estado en que se encontraba, sobre el
montón de paja, aquel mártir digno de compasión, cosa que el pobre hombre, aunque en otro
sentido, lo era; agarraba al ayunador por la sutil cintura, tomando al hacerlo exageradas
precauciones, como si quisiera hacer creer que tenía entre las manos algo tan quebradizo
como el vidrio; y, no sin darle una disimulada sacudida, en forma que al ayunador sin poderlo
remediar, se le iban a un lado y otro las piernas y el tronco, se lo entregaba a las damas, que
se habían puesto entretanto mortalmente pálidas.
Entonces el ayunador sufría todos sus males: la cabeza le caía sobre el pecho, como si le
diera vueltas y, sin saber cómo, hubiera quedado en aquella postura; el cuerpo estaba como
vacío; las piernas, en su afán de mantenerse en pie, apretaban sus rodillas una contra otra;
los pies rascaban el suelo como sino fuera el verdadero y buscaran a éste bajo aquél; y todo el
peso del cuerpo, por lo demás muy leve, caía sobre una de las damas, la cual, buscando
auxilio, con cortado aliento -jamás se hubiera imaginado de este modo aquella misión
honorífica-, alargan, todo lo posible su cuello para librar siquiera su rostro del contacto con el
ayunador. Pero después, como lo lograba, y su compañera, más feliz que ella, no venía en su
ayuda, sino que se limitaba a llevar entre las suyas, temblorosas, el pequeño haz de huesos de
la mano del ayunador, la portadora, en medio de las divertidas carcajadas de toda la sala,
rompía a llorar y tenía que ser librada de su carga, por un criado de largo tiempo atrás
preparado para ello.
Después venía la comida, en la cual el empresario, en el semisueño del desenjaulado, más
parecido a un desmayo que a un sueño, le hacía tragar alguna cosa, en medio de una divertida
charla con que apartaba la atención de los espectadores del estado en que se hallaba el
ayunador. Después venía un brindis dirigido al público, que el empresario fingía dictado por el
ayunador; la orquesta recalcaba todo con un gran trompeteo, marchábase el público y nadie
quedaba descontento de lo que había visto; nadie, salvo el ayunador, el artista del hambre;
nadie, excepto él.
Vivió así muchos años, cortados por periódicos descansos, respetado por el mundo, en una
situación de aparente esplendor; mas, no obstante, casi siempre estaba de un humor
melancólico, que se acentuaba cada vez más, ya que no había nadie que supiera tomarle en
serio. ¿Con qué, además, podrían consolarle? ¿Qué más podía apetecer? Y si alguna vez surgía
alguien, de piadoso ánimo, que le compadecía, quería hacerle comprender que,
probablemente, su tristeza procedía del hambre, bien podía ocurrir, sobre todo si estaba ya
muy avanzado el ayuno, que el ayunador le respondiera con una explosión de furia y, con
espanto de todos, comenzara a sacudir como una fiera los hierros de la jaula. Mas para tales
casos tenía el empresario un castigo que le gustaba emplear. Disculpaba al ayunador ante el
congregado público, añadía que sólo la irritabilidad provocada por el hambre, irritabilidad
incomprensible en hombres bien alimentados, podía hacer disculpable la conducta del
ayunador. Después, tratando de este tema, para explicarlo pasaba a rebatir la afirmación del
ayunador de que le era posible ayunar mucho más tiempo del que ayunaba: alababa la noble
ambición, la buena voluntad, el gran olvido de sí mismo, que claramente se revelaban en esta
afirmación; pero enseguida procuraba echarla abajo sólo con mostrar unas fotografías, que
eran vendidas al mismo tiempo, pues en el retrato se veía al ayunador en la cama, casi muerto
de inanición; a los cuarenta días de su ayuno. Todo lo sabía muy bien el ayunador, pero era
rada vez más intolerable para él aquella enervante deformación de la verdad. ¡Presentábase
allí como causa lo que sólo era consecuencia de la precoz terminación del ayuno! Era imposible
luchar contra aquella incomprensión, contra aquel universo de estulticia. Lleno de buena fe,
escuchaba ansiosamente desde su reja las palabras del empresario; pero al aparecer las
fotografías, soltábase siempre de la reja, y sollozando, volvía a dejarse caer en la paja. El ya
calmado público podía acercarse otra vez a la jaula y examinarlo a su sabor.
Unos años más tarde, si los testigos de tales escenas volvían a acordarse de ellas, notaban
que se habían hecho incomprensibles hasta para ellos mismos. Es que mientras tanto se había
operado el famoso cambio; sobrevino casi de repente; debía haber razones profundas para
ello; pero ¿quién es capaz de hallarlas?
El caso es que cierto día, el tan mimado artista del hambre se vio abandonado por la
muchedumbre ansiosa de diversiones, que prefería otros espectáculos. El empresario recorrió
otra vez con él media Europa para ver si en algún sitio hallarían aún el antiguo interés. Todo
en vano: como por obra de un pacto, había nacido al mismo tiempo, en todas partes, una
repulsión hacia el espectáculo del hambre. Claro que, en realidad, este fenómeno no podía
haberse dado así de repente, y, meditabundos y compungidos, recordaban ahora muchas
cosas que en el tiempo de la embriaguez del triunfo no habían considerado suficientemente,
presagios no atendidos como merecían serlo. Pero ahora era demasiado tarde para intentar
algo en contra. Cierto que era indudable que alguna vez volvería a presentarse la época de los
ayunadores, pero para los ahora vivientes, eso no era consuelo.
¿Qué debía hacer, pues, el ayunador? Aquel que había sido aclamado por las multitudes, no
podía mostrarse en barracas por las ferias rurales; y para adoptar otro oficio, no sólo era el
ayunador demasiado viejo, sino que estaba físicamente enamorado del hambre. Por lo tanto,
se despidió del empresario, compañero de una carrera incomparable, y se hizo contratar en un
gran circo, sin examinar siquiera las condiciones de la contrata.
Un gran circo, con su infinidad de hombres, animales y aparatos que sin cesar se sustituyen
y se complementan unos a otros, puede, en cualquier momento, utilizar a cualquier artista,
aunque sea a un ayunador, si sus pretensiones son modestas, naturalmente. Además, en este
caso especial, no era sólo el mismo ayunador quien era contratado, sino su antiguo y famoso
nombre; y ni siquiera se podía decir, dada la singularidad de su arte, que. como al crecer la
edad mengua la capacidad, un artista veterano que ya no está en la cumbre de su poder, trata
de refugiarse en un tranquilo puesto de circo; al contrario, el ayunador aseguraba, y era
plenamente creíble, que lo mismo podía ayunar entonces que antes, y hasta aseguraba que si
le dejaban hacer su voluntad, cosa que al momento le prometieron, sería aquélla la vez en que
había de llenar al mundo de justa admiración; afirmación que provocaba una sonrisa en las
gentes del oficio, que conocían el espíritu de los tiempos, del cual, en su entusiasmo, habíase
olvidado el ayunador.
Mas, allá en su fondo, el ayunador no dejó de hacerse cargo de las circunstancias, y aceptó
sin dificultad que no fuera colocada su jaula en el centro de la pista, como número
sobresaliente , sino que se la dejara fuera, cerca de las cuadras, sitio, por lo demás, bastante
concurrido. Grandes carteles de colores chillones rodeaban la jaula y anunciaban lo que había
que admirar en ella. En los intermedios del espectáculo, cuando el público se dirigía hacia las
cuadras para ver los animales, era casi inevitable que pasaran por delante del ayunador y se
detuvieran allí un momento; acaso habrían permanecido más tiempo junto a él si no hicieran
imposible una contemplación más larga y tranquila los empujones de los que venían detrás por
el estrecho corredor y que no comprendían que se hiciera aquella parada en el camino de las
interesantes cuadras.
Por este motivo el ayunador temía aquella horade visitas que por otra parte anhelaba como
el objeto de su vida. En los primeros tiempos apenas había tenido paciencia para esperar el
momento del intermedio; había contemplado con entusiasmo la muchedumbre que se extendía
y venía hacia él hasta que, muy pronto -ni la más obstinada y casi consciente voluntad de
engañarse a sí mismo se salvaba de aquella experiencia- tuvo que convencerse de que la
mayor parte de aquella gente sin excepción, no traía otro propósito que el de visitar las
cuadras. Y siempre era lo mejor el ver aquella masa, así, desde lejos. Porque cuando llegaban
junto a su jaula, en seguida le aturdían los gritos e insultos de los dos partidos que
inmediatamente se formaban: el de los que querían verlo cómodamente (y bien pronto llegó a
ser este bando el que más apenaba al ayunador, porque se paraban, no porque les interesara
lo que tenían ante sus ojos, sino por llevar la contraria y fastidiar a los otros) y el de los que
sólo apetecían llegar lo antes posible a las cuadras. Una vez que había pasado el gran tropel,
venían los rezagados, y también éstos, en vez de quedarse mirándole cuanto tiempo les
apeteciera, pues ya era cosa no impedida por nadie, pasaban de prisa, a largo paso, apenas
concediéndole una mirada de reojo, para llegar con tiempo de ver los animales. Y era caso
insólito el de que viniera un padre de familia con sus hijos, mostrando con el dedo al ayunador
y explicando extensamente de qué se trataba y hablara de tiempos pasados. cuando había
estado él en una exhibición análoga, pero incomparablemente más lucida que aquélla, y
entonces los niños, que, a causa de su insuficiente preparación escolar y general -¿qué sabían
ellos lo que era ayunar?- seguían sin comprender lo que contemplaban, tenían un brillo en sus
inquisidores ojos, en que se traslucían futuros tiempos más piadosos. -Quizá estarían un poco
mejor las cosas -decíase a veces el ayunador- si el lugar de la exhibición no se hallase tan
cerca de las cuadras. Entonces les habría sido más fácil a las gentes elegir lo que prefirieran;
aparte de que le molestaban mucho y acababan por deprimir sus fuerzas las emanaciones de
las cuadras, la nocturna inquietud de los animales, el paso por delante de su jaula de los
sangrientos trozos de carne con que alimentaban a los animales de presa, y los rugidos y
gritos de éstos durante su comida. Pero no se atrevía a decirlo a la Dirección, pues, si bien lo
pensaba, siempre tenía que agradecer a los animales la muchedumbre de visitantes que
pasaban ante él, entre los cuales, de cuando en cuando, bien se podía encontrar alguno que
viniera especialmente a verle. Quién sabe en qué rincón le meterían, si al decir algo les
recordaba que aún vivía, y le hacía ver, en resumidas cuentas, que no venia a ser más que un
estorbo en el camino de las cuadras.
Un pequeño estorbo en todo caso, un estorbo que cada vez se hacía más diminuto. Las
gentes se iban acostumbrando a la rara manía de pretender llamar la atención como ayunador
en los tiempos actuales, y adquirido este hábito quedó ya pronunciada la sentencia de muerte
del ayunador. Podía ayunar cuanto quisiera, y así lo hacía. Pero nada podía ya salvarle, la
gente pasaba a su lado sin verle. ¿Y si intentara explicarle a alguien el arte del ayuno" A quien
no lo siente, no es posible hacérselo comprender.
Los más hermosos rótulos llegaron a ponerse sucios e ilegibles, fueron arrancados, y a nadie
se le ocurrió renovarlos. La tablilla con el número de los días transcurridos desde que había
comenzado el ayuno, que en los primeros tiempos era cuidadosamente mudada todos los días,
hacía ya mucho tiempo que era la misma, pues al cabo de algunas semanas, este pequeño
trabajo habíase hecho desagradable para el personal; y de este modo, cierto que el ayunador
'continuó ayunando, como siempre había anhelado, y que lo hacía sin molestia, tal como en
otro tiempo lo había anunciado; pero nadie contaba ya el tiempo que pasaba; nadie, ni
siquiera el mismo ayunador, sabía qué número de días de ayuno llevaba alcanzados, y su
corazón se llenaba de melancolía. Y así, cierta vez, durante aquel tiempo, en que un ocioso se
detuvo ante su jaula y se rió del viejo número de días consignado en la tablilla, pareciéndole
imposible, y habló de engañifa y de estafa, fue ésta la más estúpida mentira que pudieran
inventar la indiferencia y la malicia innata, pues no era el ayunador quien engañaba, él
trabajaba honradamente, pero era el mundo quien se engañaba en cuanto a sus
merecimientos.
Volvieron a pasar muchos días, pero llegó uno en que también aquello tuvo fin. Cierta vez,
un inspector se fijó en la jaula y preguntó a los criados por qué dejaban sin aprovechar aquella
jaula tan utilizable que sólo contenía un podrido montón de paja. Todos lo ignoraban, hasta
que, por fin, uno, al ver la tablilla del número de días, se acordó del ayunador. Removieron con
horcas la paja, y en medio de ella hallaron al ayunador. ¿Ayunas todavía? -preguntóle el
inspector-. ¿Cuándo vas a cesar de una vez?
-Perdonadme todos -musitó el ayunador, pero sólo le comprendió el inspector, que tenía el
oído pegado a la reja.
-Sin duda -dijo el inspector, poniéndose el índice en la sien para indicar con ello al personal
el estado mental del ayunador-, todos te perdonamos.
-Había deseado toda la vida que admirarais mi resistencia al hambre -dijo el ayunador.
-Y la admiramos -repúsole el inspector.
-Pero no debíais admirarla -dijo el ayunador.
-Bueno, pues entonces, no la admiraremos -repuso el inspector-; pero ¿por qué, no
debemos admirarte?
-Porque me es forzoso ayunar, no puedo evitarlo -dijo el ayunador.
-Eso ya se ve -dijo el inspector--, pero ¿por qué no puedes evitarlo?
-Porque -dijo el artista del hambre levantando un poco la cabeza y hablando en la misma
oreja del inspector para que no se perdieran sus palabras, con labios alargados como si fuera a
dar un beso-, porque no pude encontrar comida que me gustara. Si la hubiera encontrado,
puedes creerlo, no habría hecho ningún cumplido y me habría hartado como tú y como todos.
Estas fueron sus últimas palabras, pero todavía, en sus ojos quebrados, mostrábase la firme
convicción, aunque ya no orgullosa, de que seguiría ayunando.
-¡Limpien aquí! -ordenó el inspector, y enterraron al ayunador junto con la paja. Mas en la
jaula pusieron una pantera joven. Era un gran placer hasta para el más obtuso de sentidos,
ver en aquella jaula, tanto tiempo vacía, la hermosa fiera que se revolcaba y daba saltos. Nada
le faltaba. La comida, que le gustaba, traíansela sin largas cavilaciones sus guardianes. Ni
siquiera parecía añorar la libertad. Aquel noble cuerpo, provisto de todo lo necesario para
desgarrar lo que se le pusiera por delante, parecía llevar consigo la propia libertad: parecía
estar escondida en cualquier rincón de su dentadura. Y la alegría de vivir brotaba con tan
fuerte ardor de sus fauces, que no les era fácil a los espectadores poder hacerle frente. Pero se
sobreponían a su temor, se apretaban contra la jaula y en modo alguno querían apartarse de
allí.

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