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sábado, 19 de abril de 2008

Franz Kafka -- EL ARTISTA DEL HAMBRE

Franz Kafka
El artista del hambre
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__________
En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo. Antes era
un buen negocio organizar grandes exhibiciones de este género como espectáculo
independiente, cosa que hoy. en cambio, es imposible del todo. Eran otros los tiempos.
Entonces, todo la ciudad se ocupaba del ayunador; aumentaba su interés a cada día de ayuno:
todos querían verle siquiera una vez al día; en los últimos del ayuno no faltaba quien se
estuviera días enteros sentado ante la pequeña jaula del ayunador; había, además,
exhibiciones nocturnas, cuyo efecto era realzado por medio de antorchas; en los días buenos,
se sacaba la jaula al aire libre, y era entonces cuando les mostraban el ayunador a los niños.
Para los adultos aquello solía no ser más que una broma en la que tomaban parte medio por
moda, pero los niños, cogidos de las manos por prudencia, miraban asombrados y
boquiabiertos a aquel hombre pálido. con camiseta oscura, de costillas salientes, que,
desdeñando un asiento, permanecía tendido en la paja esparcida por el suelo, y saludaba, a
veces, cortamente o respondía con forzada sonrisa a las preguntas que se le dirigían o sacaba,
quizá, un brazo por entre los hierros para hacer notar su delgadez, volviendo después a
sumirse en su propio interior, sin preocuparse de nadie ni de nada, ni siquiera de la marcha del
reloj, para él tan importante, única pieza de mobiliario que se veía en su jaula. Entonces se
quedaba mirando al vacío, delante de sí, con ojos semicerrados, y sólo de cuando en cuando
bebía en un diminuto vaso un sorbito de agua para humedecerse los labios.
Aparte de los espectadores que sin cesar se renovaban, había allí vigilantes permanentes,
designados por el público (los cuales, y no deja de ser curioso, solían ser carniceros); siempre
debían estar tres al mismo tiempo, y tenían la misión de observar día y noche al ayunador
para evitar que, por cualquier recóndito método, pudiera tomar alimento. Pero esto era sólo
una formalidad introducida para tranquilidad de las masas, pues los iniciados sabían muy bien
que el ayunador, durante el tiempo del ayuno, bajo ninguna circunstancia, ni aun a la fuerza,
tomaría la más mínima porción de alimento; el honor de su profesión se lo prohibía.
A la verdad, no todos los vigilantes eran capaces de comprender tal cosa; muchas veces
había grupos de vigilantes nocturnos que ejercían su vigilancia muy débilmente, se juntaban
adrede en cualquier rincón y allí se sumían en los lances de un juego de cartas con la
manifiesta intención de otorgar al ayunador un pequeño respiro, durante el cual, a su modo de
ver, podría sacar secretas provisiones, no se sabía de dónde. Nada atormentaba tanto al
ayunador como tales vigilantes; le atribulaban; le hacían espantosamente difícil su ayuno. A
veces, sobreponíase a su debilidad y cantaba durante todo el tiempo que duraba aquella
guardia, mientras le quedaba aliento, para mostrar a aquellas gentes la injusticia de sus
sospechas. Pero de poco le servía, porque entonces se admiraban de su habilidad que hasta
permitía comer mientras cantaba.
Muy preferibles eran, para él, los vigilantes que se pegaban a las rejas, y que, no
contentándose con la turbia iluminación nocturna de la sala, le lanzaban a cada momento el
rayo de las lámparas eléctricas de bolsillo que ponía a su disposición el empresario. La luz
cruda no le molestaba; en general no llegaba a dormir, pero quedar transpuesto un poco podía
hacerlo con cualquier luz, a cualquier hora y hasta con la sola llena de una estrepitosa
muchedumbre. Estaba siembre dispuesto a pasar toda la noche en vela con tales vigilantes;
estaba dispuesto a bromear con ellos, a contarles historias de su vida vagabunda y a oír, en
cambio, las suyas, sólo para mantenerse despierto, para poder mostrarles de nuevo que no
tenía en la jaula nada comestible y que soportaba el hambre como no podría hacerlo ninguno
de ellos.
Pero cuando se sentía más dichoso era al llegar la mañana, y, por su cuenta, les era servido
a los vigilantes un abundante desayuno, sobre el cual se arrojaban con el apetito de hombres
robustos que han pasado una noche de trabajosa vigilia. Cierto que no faltaban gentes que
quisieran ver en este desayuno un grosero soborno de los vigilantes, pero la cosa seguía
haciéndose, y si se les preguntaba si querían tomar a su cargo, sin desayuno, la guardia
nocturna, no renunciaban a él, pero conservaban siempre sus sospechas.
Pero éstas pertenecían ya a las sospechas inherentes a la profesión del ayunador. Nadie
estaba en situación de poder pasar, ininterrumpidamente, días y noches como vigilante junto
al ayunador; nadie, por tanto, podía saber por experiencia propia si realmente había ayunado
sin interrupción y sin falta; sólo el ayunador podía saberlo, ya que él era, al mismo tiempo, un
espectador de su hambre completamente satisfecho. Aunque, por otro motivo, tampoco lo
estaba nunca. Acaso no era el ayuno la causa de su enflaquecimiento, tan atroz, que muchos,
con gran pena suya, tenían que abstenerse de frecuentar las exhibiciones por no poder sufrir
su vista: tal vez su esquelética delgadez procedía de su descontento consigo mismo. Sólo él
sabía -sólo él y ninguno de sus adeptos- qué fácil cosa era el ayuno. Era la cosa más fácil del
mundo. Verdad que no lo ocultaba, pero no le creían; en el caso más favorable, le tomaban
por modesto, pero, en general. le juzgaban un reclamista, o un vil farsante para quien el
ayuno era cosa fácil porque sabía la manera de hacerlo fácil y que tenía, además, el cinismo de
dejarlo entrever. Había que aguantar todo esto y, con el curso de los años, ya se había
acostumbrado a ello; pero, en su interior, siempre le recomía ese descontento y ni una sola
ver, al fin de su ayuno -esta justicia había que hacérsela- había abandonado su jaula
voluntariamente.
El empresario había fijado cuarenta días como el plazo máximo de ayuno, más allá del cual
no le permitía ayunar ni siquiera en las capitales de primer orden. Y no dejaba de tener sus
buenas razones para ello. Según le había señalado su experiencia, durante cuarenta días,
valiéndose de toda suerte de anuncios que fueran concentrando el interés, podía quizá
aguijonearse progresivamente la curiosidad de un pueblo; mas pasado este plazo, el público se
negaba a visitarle, disminuía el crédito de que gozaba el artista del hambre. Claro que en este
punto podían observarse pequeñas diferencias según las ciudades y las naciones; pero, por
regla general, los cuarenta días eran el período de ayuno más dilatado posible. Por esta razón,
a los cuarenta días era abierta la puerta de la jaula, ornada con una guirnalda de flores; un
público entusiasmado llenaba el anfiteatro; sonaban los acordes de una banda militar; dos
médicos entraban en la jaula para medir al ayunador, según normas científicas; y el resultado
de la medición se anunciaba a la sala por medio de un altavoz; Por último, dos señoritas,
felices de haber sido elegidas para desempeñar aquel papel mediante sorteo, llegaban a la
jaula y pretendían sacar de ella al ayunador y hacerle bajar un par de peldaños para conducirle
ante una mesilla en la que estaba servida una comidita de enfermo cuidadosamente escogida.
Y en este momento, el ayunador siempre se resistía.
Cierto que colocaba voluntariamente sus huesudos brazos en las manos que las dos damas,
inclinadas sobre él, le tendían dispuestas a auxiliarle, pero no quería levantarse. ¿Por qué
suspender el ayuno precisamente entonces, a los cuarenta días? Podía resistir aún mucho
tiempo más, un tiempo ilimitado; ¿por qué cesar entonces, cuando estaba en lo mejor del
ayuno? ¿Por qué arrebatarle la gloria de seguir ayunando, y no sólo la de llegar a ser el mayor
ayunador de todos los tiempos, cosa que probablemente ya lo era, sino también la de
sobrepujarse a sí mismo hasta lo inconcebible, pues no sentía límite alguno a su capacidad de
ayunar? ¿Por qué aquella gente que fingía admirarlo tenía tan poca paciencia con él? Si aún
podía seguir ayunando, ¿por qué no querían permitírselo? Además, estaba cansado; se hallaba
muy a gusto tendido en la paja, y ahora tenía que ponerse de pie cuan largo era, y acercarse a
una comida, cuando con sólo pensar en ella sentía náuseas que contenía difícilmente por
respeto a las damas.
Y alzaba la vista para mirar los ojos de las señoritas, en apariencia tan amables, en realidad
tan crueles, y movía después negativamente, sobre su débil cuello, la cabeza, que le pesaba
como si fuese de plomo. Pero entonces ocurría lo de siempre; ocurría que se acercaba el
empresario silenciosamente -con la música no se podía hablar-, alzaba los brazos sobre el
ayunador, como si invitara al cielo a contemplar el estado en que se encontraba, sobre el
montón de paja, aquel mártir digno de compasión, cosa que el pobre hombre, aunque en otro
sentido, lo era; agarraba al ayunador por la sutil cintura, tomando al hacerlo exageradas
precauciones, como si quisiera hacer creer que tenía entre las manos algo tan quebradizo
como el vidrio; y, no sin darle una disimulada sacudida, en forma que al ayunador sin poderlo
remediar, se le iban a un lado y otro las piernas y el tronco, se lo entregaba a las damas, que
se habían puesto entretanto mortalmente pálidas.
Entonces el ayunador sufría todos sus males: la cabeza le caía sobre el pecho, como si le
diera vueltas y, sin saber cómo, hubiera quedado en aquella postura; el cuerpo estaba como
vacío; las piernas, en su afán de mantenerse en pie, apretaban sus rodillas una contra otra;
los pies rascaban el suelo como sino fuera el verdadero y buscaran a éste bajo aquél; y todo el
peso del cuerpo, por lo demás muy leve, caía sobre una de las damas, la cual, buscando
auxilio, con cortado aliento -jamás se hubiera imaginado de este modo aquella misión
honorífica-, alargan, todo lo posible su cuello para librar siquiera su rostro del contacto con el
ayunador. Pero después, como lo lograba, y su compañera, más feliz que ella, no venía en su
ayuda, sino que se limitaba a llevar entre las suyas, temblorosas, el pequeño haz de huesos de
la mano del ayunador, la portadora, en medio de las divertidas carcajadas de toda la sala,
rompía a llorar y tenía que ser librada de su carga, por un criado de largo tiempo atrás
preparado para ello.
Después venía la comida, en la cual el empresario, en el semisueño del desenjaulado, más
parecido a un desmayo que a un sueño, le hacía tragar alguna cosa, en medio de una divertida
charla con que apartaba la atención de los espectadores del estado en que se hallaba el
ayunador. Después venía un brindis dirigido al público, que el empresario fingía dictado por el
ayunador; la orquesta recalcaba todo con un gran trompeteo, marchábase el público y nadie
quedaba descontento de lo que había visto; nadie, salvo el ayunador, el artista del hambre;
nadie, excepto él.
Vivió así muchos años, cortados por periódicos descansos, respetado por el mundo, en una
situación de aparente esplendor; mas, no obstante, casi siempre estaba de un humor
melancólico, que se acentuaba cada vez más, ya que no había nadie que supiera tomarle en
serio. ¿Con qué, además, podrían consolarle? ¿Qué más podía apetecer? Y si alguna vez surgía
alguien, de piadoso ánimo, que le compadecía, quería hacerle comprender que,
probablemente, su tristeza procedía del hambre, bien podía ocurrir, sobre todo si estaba ya
muy avanzado el ayuno, que el ayunador le respondiera con una explosión de furia y, con
espanto de todos, comenzara a sacudir como una fiera los hierros de la jaula. Mas para tales
casos tenía el empresario un castigo que le gustaba emplear. Disculpaba al ayunador ante el
congregado público, añadía que sólo la irritabilidad provocada por el hambre, irritabilidad
incomprensible en hombres bien alimentados, podía hacer disculpable la conducta del
ayunador. Después, tratando de este tema, para explicarlo pasaba a rebatir la afirmación del
ayunador de que le era posible ayunar mucho más tiempo del que ayunaba: alababa la noble
ambición, la buena voluntad, el gran olvido de sí mismo, que claramente se revelaban en esta
afirmación; pero enseguida procuraba echarla abajo sólo con mostrar unas fotografías, que
eran vendidas al mismo tiempo, pues en el retrato se veía al ayunador en la cama, casi muerto
de inanición; a los cuarenta días de su ayuno. Todo lo sabía muy bien el ayunador, pero era
rada vez más intolerable para él aquella enervante deformación de la verdad. ¡Presentábase
allí como causa lo que sólo era consecuencia de la precoz terminación del ayuno! Era imposible
luchar contra aquella incomprensión, contra aquel universo de estulticia. Lleno de buena fe,
escuchaba ansiosamente desde su reja las palabras del empresario; pero al aparecer las
fotografías, soltábase siempre de la reja, y sollozando, volvía a dejarse caer en la paja. El ya
calmado público podía acercarse otra vez a la jaula y examinarlo a su sabor.
Unos años más tarde, si los testigos de tales escenas volvían a acordarse de ellas, notaban
que se habían hecho incomprensibles hasta para ellos mismos. Es que mientras tanto se había
operado el famoso cambio; sobrevino casi de repente; debía haber razones profundas para
ello; pero ¿quién es capaz de hallarlas?
El caso es que cierto día, el tan mimado artista del hambre se vio abandonado por la
muchedumbre ansiosa de diversiones, que prefería otros espectáculos. El empresario recorrió
otra vez con él media Europa para ver si en algún sitio hallarían aún el antiguo interés. Todo
en vano: como por obra de un pacto, había nacido al mismo tiempo, en todas partes, una
repulsión hacia el espectáculo del hambre. Claro que, en realidad, este fenómeno no podía
haberse dado así de repente, y, meditabundos y compungidos, recordaban ahora muchas
cosas que en el tiempo de la embriaguez del triunfo no habían considerado suficientemente,
presagios no atendidos como merecían serlo. Pero ahora era demasiado tarde para intentar
algo en contra. Cierto que era indudable que alguna vez volvería a presentarse la época de los
ayunadores, pero para los ahora vivientes, eso no era consuelo.
¿Qué debía hacer, pues, el ayunador? Aquel que había sido aclamado por las multitudes, no
podía mostrarse en barracas por las ferias rurales; y para adoptar otro oficio, no sólo era el
ayunador demasiado viejo, sino que estaba físicamente enamorado del hambre. Por lo tanto,
se despidió del empresario, compañero de una carrera incomparable, y se hizo contratar en un
gran circo, sin examinar siquiera las condiciones de la contrata.
Un gran circo, con su infinidad de hombres, animales y aparatos que sin cesar se sustituyen
y se complementan unos a otros, puede, en cualquier momento, utilizar a cualquier artista,
aunque sea a un ayunador, si sus pretensiones son modestas, naturalmente. Además, en este
caso especial, no era sólo el mismo ayunador quien era contratado, sino su antiguo y famoso
nombre; y ni siquiera se podía decir, dada la singularidad de su arte, que. como al crecer la
edad mengua la capacidad, un artista veterano que ya no está en la cumbre de su poder, trata
de refugiarse en un tranquilo puesto de circo; al contrario, el ayunador aseguraba, y era
plenamente creíble, que lo mismo podía ayunar entonces que antes, y hasta aseguraba que si
le dejaban hacer su voluntad, cosa que al momento le prometieron, sería aquélla la vez en que
había de llenar al mundo de justa admiración; afirmación que provocaba una sonrisa en las
gentes del oficio, que conocían el espíritu de los tiempos, del cual, en su entusiasmo, habíase
olvidado el ayunador.
Mas, allá en su fondo, el ayunador no dejó de hacerse cargo de las circunstancias, y aceptó
sin dificultad que no fuera colocada su jaula en el centro de la pista, como número
sobresaliente , sino que se la dejara fuera, cerca de las cuadras, sitio, por lo demás, bastante
concurrido. Grandes carteles de colores chillones rodeaban la jaula y anunciaban lo que había
que admirar en ella. En los intermedios del espectáculo, cuando el público se dirigía hacia las
cuadras para ver los animales, era casi inevitable que pasaran por delante del ayunador y se
detuvieran allí un momento; acaso habrían permanecido más tiempo junto a él si no hicieran
imposible una contemplación más larga y tranquila los empujones de los que venían detrás por
el estrecho corredor y que no comprendían que se hiciera aquella parada en el camino de las
interesantes cuadras.
Por este motivo el ayunador temía aquella horade visitas que por otra parte anhelaba como
el objeto de su vida. En los primeros tiempos apenas había tenido paciencia para esperar el
momento del intermedio; había contemplado con entusiasmo la muchedumbre que se extendía
y venía hacia él hasta que, muy pronto -ni la más obstinada y casi consciente voluntad de
engañarse a sí mismo se salvaba de aquella experiencia- tuvo que convencerse de que la
mayor parte de aquella gente sin excepción, no traía otro propósito que el de visitar las
cuadras. Y siempre era lo mejor el ver aquella masa, así, desde lejos. Porque cuando llegaban
junto a su jaula, en seguida le aturdían los gritos e insultos de los dos partidos que
inmediatamente se formaban: el de los que querían verlo cómodamente (y bien pronto llegó a
ser este bando el que más apenaba al ayunador, porque se paraban, no porque les interesara
lo que tenían ante sus ojos, sino por llevar la contraria y fastidiar a los otros) y el de los que
sólo apetecían llegar lo antes posible a las cuadras. Una vez que había pasado el gran tropel,
venían los rezagados, y también éstos, en vez de quedarse mirándole cuanto tiempo les
apeteciera, pues ya era cosa no impedida por nadie, pasaban de prisa, a largo paso, apenas
concediéndole una mirada de reojo, para llegar con tiempo de ver los animales. Y era caso
insólito el de que viniera un padre de familia con sus hijos, mostrando con el dedo al ayunador
y explicando extensamente de qué se trataba y hablara de tiempos pasados. cuando había
estado él en una exhibición análoga, pero incomparablemente más lucida que aquélla, y
entonces los niños, que, a causa de su insuficiente preparación escolar y general -¿qué sabían
ellos lo que era ayunar?- seguían sin comprender lo que contemplaban, tenían un brillo en sus
inquisidores ojos, en que se traslucían futuros tiempos más piadosos. -Quizá estarían un poco
mejor las cosas -decíase a veces el ayunador- si el lugar de la exhibición no se hallase tan
cerca de las cuadras. Entonces les habría sido más fácil a las gentes elegir lo que prefirieran;
aparte de que le molestaban mucho y acababan por deprimir sus fuerzas las emanaciones de
las cuadras, la nocturna inquietud de los animales, el paso por delante de su jaula de los
sangrientos trozos de carne con que alimentaban a los animales de presa, y los rugidos y
gritos de éstos durante su comida. Pero no se atrevía a decirlo a la Dirección, pues, si bien lo
pensaba, siempre tenía que agradecer a los animales la muchedumbre de visitantes que
pasaban ante él, entre los cuales, de cuando en cuando, bien se podía encontrar alguno que
viniera especialmente a verle. Quién sabe en qué rincón le meterían, si al decir algo les
recordaba que aún vivía, y le hacía ver, en resumidas cuentas, que no venia a ser más que un
estorbo en el camino de las cuadras.
Un pequeño estorbo en todo caso, un estorbo que cada vez se hacía más diminuto. Las
gentes se iban acostumbrando a la rara manía de pretender llamar la atención como ayunador
en los tiempos actuales, y adquirido este hábito quedó ya pronunciada la sentencia de muerte
del ayunador. Podía ayunar cuanto quisiera, y así lo hacía. Pero nada podía ya salvarle, la
gente pasaba a su lado sin verle. ¿Y si intentara explicarle a alguien el arte del ayuno" A quien
no lo siente, no es posible hacérselo comprender.
Los más hermosos rótulos llegaron a ponerse sucios e ilegibles, fueron arrancados, y a nadie
se le ocurrió renovarlos. La tablilla con el número de los días transcurridos desde que había
comenzado el ayuno, que en los primeros tiempos era cuidadosamente mudada todos los días,
hacía ya mucho tiempo que era la misma, pues al cabo de algunas semanas, este pequeño
trabajo habíase hecho desagradable para el personal; y de este modo, cierto que el ayunador
'continuó ayunando, como siempre había anhelado, y que lo hacía sin molestia, tal como en
otro tiempo lo había anunciado; pero nadie contaba ya el tiempo que pasaba; nadie, ni
siquiera el mismo ayunador, sabía qué número de días de ayuno llevaba alcanzados, y su
corazón se llenaba de melancolía. Y así, cierta vez, durante aquel tiempo, en que un ocioso se
detuvo ante su jaula y se rió del viejo número de días consignado en la tablilla, pareciéndole
imposible, y habló de engañifa y de estafa, fue ésta la más estúpida mentira que pudieran
inventar la indiferencia y la malicia innata, pues no era el ayunador quien engañaba, él
trabajaba honradamente, pero era el mundo quien se engañaba en cuanto a sus
merecimientos.
Volvieron a pasar muchos días, pero llegó uno en que también aquello tuvo fin. Cierta vez,
un inspector se fijó en la jaula y preguntó a los criados por qué dejaban sin aprovechar aquella
jaula tan utilizable que sólo contenía un podrido montón de paja. Todos lo ignoraban, hasta
que, por fin, uno, al ver la tablilla del número de días, se acordó del ayunador. Removieron con
horcas la paja, y en medio de ella hallaron al ayunador. ¿Ayunas todavía? -preguntóle el
inspector-. ¿Cuándo vas a cesar de una vez?
-Perdonadme todos -musitó el ayunador, pero sólo le comprendió el inspector, que tenía el
oído pegado a la reja.
-Sin duda -dijo el inspector, poniéndose el índice en la sien para indicar con ello al personal
el estado mental del ayunador-, todos te perdonamos.
-Había deseado toda la vida que admirarais mi resistencia al hambre -dijo el ayunador.
-Y la admiramos -repúsole el inspector.
-Pero no debíais admirarla -dijo el ayunador.
-Bueno, pues entonces, no la admiraremos -repuso el inspector-; pero ¿por qué, no
debemos admirarte?
-Porque me es forzoso ayunar, no puedo evitarlo -dijo el ayunador.
-Eso ya se ve -dijo el inspector--, pero ¿por qué no puedes evitarlo?
-Porque -dijo el artista del hambre levantando un poco la cabeza y hablando en la misma
oreja del inspector para que no se perdieran sus palabras, con labios alargados como si fuera a
dar un beso-, porque no pude encontrar comida que me gustara. Si la hubiera encontrado,
puedes creerlo, no habría hecho ningún cumplido y me habría hartado como tú y como todos.
Estas fueron sus últimas palabras, pero todavía, en sus ojos quebrados, mostrábase la firme
convicción, aunque ya no orgullosa, de que seguiría ayunando.
-¡Limpien aquí! -ordenó el inspector, y enterraron al ayunador junto con la paja. Mas en la
jaula pusieron una pantera joven. Era un gran placer hasta para el más obtuso de sentidos,
ver en aquella jaula, tanto tiempo vacía, la hermosa fiera que se revolcaba y daba saltos. Nada
le faltaba. La comida, que le gustaba, traíansela sin largas cavilaciones sus guardianes. Ni
siquiera parecía añorar la libertad. Aquel noble cuerpo, provisto de todo lo necesario para
desgarrar lo que se le pusiera por delante, parecía llevar consigo la propia libertad: parecía
estar escondida en cualquier rincón de su dentadura. Y la alegría de vivir brotaba con tan
fuerte ardor de sus fauces, que no les era fácil a los espectadores poder hacerle frente. Pero se
sobreponían a su temor, se apretaban contra la jaula y en modo alguno querían apartarse de
allí.

domingo, 6 de abril de 2008

EL HOMBRE QUE NO QUERIA ESTRECHAR MANOS -- STEPHEN KING

EL HOMBRE QUE NO QUERIA
ESTRECHAR MANOS
Stephen King




Stevens sirvió las bebidas y pronto, después de las ocho en aquella noche glacial de invierno, la
mayoría de nosotros nos fuimos , con ellas a la biblioteca. Por un momento , nadie dijo nada; lo
único que se oía era el chisporrotear del fuego en la chimenea , el lejano chasquido de las bolas
de billar y, desde el exterior, el gemido del viento. No obstante, allí se estaba bastante caliente,
en el # 249 B de la calle Este 35.
Recuerdo que aquella noche David Adley estaba sentado a mi derecha, y a mi izquierda Emlyn
McCarron que una vez nos contó una historia espeluznante sobre una mujer que había dado a luz
en extrañas circunstancias . Después de el estaba Johanssen , con su Wall Street Journal doblado
sobre las rodillas.
Entro Stevens con un pequeño paquete, blanco y se lo entrego a George Gregson sin hacer la
menor pausa. Stevens es el mayordomo perfecto a pesar de su ligero acento de Brooklyn ( o
quizá por causa de el) pero su mayor atributo, por lo que a mi se refiere, es que siempre sabe a
quien debe entregar el paquete aunque nadie lo reclame.
George lo capto sin protestar y permaneció un momento sentado en un sillón de alto respaldo y
orejas, contemplando la chimenea que es lo bastante grande como para asar un buey. Vi como
sus ojos se dirigían momentáneamente a la inscripción grabada en la piedra. LO QUE VALE ES
LA HISTORIA, NO EL QUE LA CUENTA.
Abrió el paquete con sus dedos viejos y temblorosos y tiro su contenido al fuego. Por un instante
las llamas se transformaron en un arcoiris, y se oyeron risas apagadas. Me volví y vi a Stevens
allá lejos, en la sombra, junto a la puerta. Tenia las manos cruzadas a la espalda. Su rostro se
mostraba cuidadosamente inexpresivo. Supongo que todos nos sobresaltamos un poco cuando su
voz ronca, casi quisquillosa rompió el silencio; yo confieso que sí.
- Una vez vi asesinar a un hombre en esta misma habitación- nos dijo George Gregson-, aunque
ningún jurado hubiera condenado al que mato. Pero, al final, se acuso así mismo..., y actuó como
su propio verdugo.
Siguió una pausa mientras encendía su pipa. El humo envolvió su rostro arrugado en una nube
azulada, y apago el fósforo de madera con el gesto lento, teatral, del hombre cuyas articulaciones
le producen gran dolor. Tiro el palito a la chimenea, donde cayo sobre los restos quemados del
paquete. Contempló como las llamas tostaban la madera.
Sus agudos ojos azules parecían cavilar bajo sus hirsutas cejas entrecanas. Su nariz era grande y
ganchuda , sus labios delgados y firmes, sus hombros alzados hasta casi la base de su cráneo.
-No nos mantengas sobre en ascuas, George- refunfuño Peter Andews- ¡Suéltalo ya !
-Ni lo sueñes. Ten paciencia- y todos tuvimos que esperar hasta que su pipa quedo prendida a su
gusto.
Cuando unas brasas se encendieron perfectamente repartidas en la enorme cazoleta de brezo,
George cruzo sus manos grandes, ligeramente temblorosas, sobre una de sus rodillas y dijo:
-Esta bien. Tengo ochenta y cinco anos y lo que voy a relataros ocurrió cuando yo tenia mas o
menos veinte.
-En todo caso, sé que fue en 1919 y acababa de regresar de la Gran Guerra. Mi novia había
muerto cinco meses antes, de la gripe. Solo tenia diecinueve años y yo me lance a beber y jugar a
las cartas mucho más de lo que hubiera debido. Me había esperado dos años, ¿comprenden?, y
durante todo ese tiempo recibí, fielmente, una carta todas las semanas
.Quizá podrán comprender porque me abandone tanto. No tenia creencias religiosas; la idea
general y las teorías del cristianismo me resultaban algo cómicas en las trincheras, y no tenia
familia que me ayudara. Así que puedo decir con sinceridad que los buenos amigos que me
ayudaron en este tiempo de prueba, rara vez me abandonaron. Eran cincuenta y tres (mas de lo
que tiene la mayoría): cincuenta y dos naipes y una botella de whisky "Cutty Stark". Me habían
instalado en el mismo lugar en que sigo viviendo ahora, en Brennan Street. Pero entonces era
mucho mas barato y había muchas menos botellas de medicinas, y píldoras y demás, llenando las
estanterías. Sin embargo, pasaba la mayor parte de mi tiempo aquí, en el 249 B, porque siempre
había alguna partida de póquer en marcha.
David Adley interrumpió, y aunque sonreía, no creo que estuviera bromeando:
- ¿Y ya estaba Stevens aquí, entonces, George?
George se volvió a mirar al mayordomo:
-¿Era usted, Stevens, o era su padre?
Stevens se permitió la sombra de una sonrisa
- Como 1919 fue hace mas de sesenta y cinco años, señor, debo decir que se trataba de mi
abuelo.
- Debemos, pues, entender que su empleo es hereditario- musito Adley.
-Tal como dice, señor- respondió Stevens imperturbable.
-Ahora que lo pienso- comento George-, hay un parecido sorprendente entre usted y su...¿dijo
usted abuelo, Stevens?
-Si señor eso dije.
-Si les pusiera de lado, me costaría decir quien es quien..., ¿pero esto no tiene nada que ver,
verdad?
-No, señor -Me encontraba en la sala de juego....., al otro lado de esta pequeña puerta, allá...,
haciendo solitarios, la primera y única vez que nos encontramos Henry Brower y yo. Eramos
cuatro dispuestos a sentarnos y jugar una partida de póquer; solamente necesitábamos un quinto
para que la velada empezara. Cuando Jason Davidson me dijo que George Oxley, nuestro
habitual quinto, se había roto la pierna y estaba en cama con la pierna enyesada y colgada de una
polea, pareció que aquella noche nos íbamos a quedar sin partida. Empece a pensar en la
posibilidad de terminar la noche con nada mejor para distraer mis pensamientos que hacer
solitarios y soplar la mayor cantidad de whisky que pudiera, cuando un individuo sentado al
fondo de la habitación dijo con voz tranquila y agradable:
-Si ustedes, caballeros, estaban hablando de póquer, disfrutaría mucho jugando una mano, si no
tienen nada que objetar.
-Había estado escondido tras el World de Nueva York hasta aquel momento, así que cuando
levante la mirada lo vi por primera vez.
Era un hombre joven con cara de viejo, no sé si me entienden. Algunas de las huellas que vi en
su rostro había empezado a descubrirlas en el mío, desde la muerte de Rosalie. Algunas..., no
todas. Aunque el joven no podía tener mas de veintiocho años a juzgar por su cabello, sus manos,
y el modo de andar, su rostro parecía marcado por la experiencia y sus ojos, que eran muy
oscuros, parecían mas que tristes: parecían atormentados. Era guapo, con un bigote pequeño y
recortado y cabello rubio oscuro. Vestía un buen traje de color marrón y se había soltado el botón
del cuello.
-Me llamo Henry Brower- dijo
-Davidson se precipito atraves de la estancia para estrecharle la mano; la verdad es que aprecia
como si fuera a cogerle la mano que Brower tenia sobre las rodillas. Ocurrió una cosa extraña:
Brower dejo caer el periódico y levanto ambas manos, lejos de su alcance. La expresión, en su
rostro, era de horror.
Davidson se detuvo, confuso, más estupefacto que indignado. Solo tenia veintidós años...
¡Cielos, que jóvenes éramos todos en aquellos días!, y era como un cachorrillo.
-Perdóneme - se excuso Brower con suma gravedad- pero nunca estrecho la mano de nadie.
Davidson parpadeo:
-¿ Nunca? Que curioso. ¿Y por que no?
Bueno ya les he dicho que era algo así como un cachorro. Brower no se molesto y lo tomo con
una sonrisa (algo turbada) abierta.
- Acabo de llegar de Bombay- explicó-. Es un lugar extraño, populoso, sucio, lleno de pestilencia
y enfermedades. Los buitres se pasean y presumen sobre los muros de la ciudad, por millares.
Hace dos años estuve allí en misión comercial y se me contagio el horror a nuestra costumbre
occidental de estrechar manos. Sé que es una tontería y una incorrección, pero no puedo
remediarlo. Así que si no les importa que me retire y me perdonan...
-Con una condición- dijo Davidson sonriéndole.
-¿Cuál será?
-Que se acerque a la mesa y comparta conmigo un vaso del whisky de George, mientras voy a
por Baker, French y Jack Wilden.
Brower le sonrío, asintió y dejo el periódico. Davidson le hizo un gesto de aceptación y corrió en
busca de los otros.
Brower y yo nos acercamos a la mesa cubierta de fieltro verde y cuando le ofreció la bebida
rehuso, dándome las gracias, y encargo su propia botella. Supuse que tendría que ver algo con su
extraña manía y no dije nada. He conocido hombres cuyo horror por los, microbios y
enfermedades va mucho mas lejos..., como los habréis conocido vosotros.
Hubo gestos de asentamiento.
-Es estupendo estar aquí -me dijo Brower pensativo- He evitado toda compañía desde que llegue
de mi destino.
¿No es bueno, para un hombre, estar solo, sabe? ¡Creo que incluso para aquellos que se valen por
si solos, el estar aislados de resto de la humanidad debe ser la peor forma de tortura! -Todo eso lo dijo con un curioso énfasis, y yo asentí.
Había experimentado semejante soledad en las trincheras, generalmente por la noche. Volví a
sentirla de nuevo, más anunciante, después de enterarme de la muerte de Rosalie.
Me sentí atraído por él pese a su declarada excentricidad.
-Bombay debió haber sido un lugar fascinante- le dije.
-¡Fascinante ... y terrible! Hay cosas allí que nuestra filosofía no puede ni soñar. Su reacción a
los automóviles, es divertida: los niños se apartan de ellos cuando pasan pero luego los siguen
manzanas enteras.
Encuentran que el avión es terrorífico e incomprensible. Naturalmente, nosotros los americanos,
los contemplamos con completa ecuanimidad... incluso con complacencia..., pero le aseguro que
mi reacción fue como la de ellos cuando vi por primera vez a un mendigo callejero tragarse un
paquete entero de alfileres de acero y luego ir sacándolos uno a uno de las heridas abiertas que
tenia en la punta de los dedos. No obstante, eso es algo que los nativos de aquella parte del
mundo encuentran perfectamente natural. Quizás- añadió sombrío-, no estaba previsto que ambas
culturas fueran a mezclarse, sino que debíamos mantener separadas sus respectivas maravillas.
Para un americano como usted o como yo, tragarse un paquete de alfileres significaria una
muerte lenta y horrible.
En cuanto al automóvil... - se callo y una expresión torturada asomo a su rostro.
Yo me disponía a hablar, cuando Stevens, el viejo, apareció con la botella de whisky escocés de
Brower, y tras el, Davidson y los demás.
Davidson explico antes de hacer las presentaciones:
Les he contado su pequeña manía, Henry, así que no tiene nada que temer. Este es Darrel Baker,
que no era muy buen jugador, perdió unos ochocientos (aunque ni siquiera iba a notarlo: su padre
era el propietario de tres de las mayores fabricas de zapatos de New England y los demás
compartían la perdida de Baker conmigo, casi a partes iguales.
Davidson, un poco por encima y Brower un poco por debajo: sin embargo para Brower aquello
era toda una hazaña, porque sus cartas habían sido malisimas casi toda la noche. Eran tan hábiles
en la modalidad tradicional de cinco cartas como en la nueva variedad de siete, y yo me dije que
a veces me había ganado dinero en faroles que yo no me hubiera atrevido a intentar.
Pero me fije en una cosa; aunque bebía mucho- para cuando French estuvo listo para dar la
ultima mano, había casi terminado una botella entera de escocés, hablaba con toda claridad, su
habilidad en el juego jamas se altero, y su obsesión sobre no tocar manos tampoco cedió. Cuando
ganaba, nunca tocaba el montón si alguien tenia que poner fichas o dinero o si alguien "estaba
distraído" y tenia aun que entregar fichas. Una vez, cuando Davidson dejo su vaso demasiado
cerca de su codo, Brower se aparto bruscamente, tirando casi una bebida. Baker pareció
sorprendido, pero Davidson lo dejo pasar con un vago comentario.
Jack Wilden había comentado un poco antes que tenia ante el un viaje a Albany, en coche, para
ultima hora de la mañana, y que una vuelta mas le bastaría. Así que le toco dar a French, y
decidió jugar a siete cartas.
Recuerdo aquella ultima mano tan claramente como mi nombre, y en cambio me vería en un
apuro si tuviera que decirles lo que comí ayer o con quien comí. Misterios de la edad, supongo,
aunque creo que si vosotros hubierais estado allí lo recordarías como yo.
Me dio dos corazones, cubiertos, y una carta descubierta. No puedo decir lo que tenían Wilden o
French, pero el joven Davidson tenia el as de corazones y Brower el diez de pique.
Davidson apostó dos dólares- cinco eran nuestro límite-, y volvió a repartir cartas. Davidson
había cogido un trío que no parecía mejorar su mano, sin embargo echo tres dólares al pozo.
- ¡La ultima mano - anuncio alegremente- Hay una dama en la ciudad que quería salir conmigo
mañana por la noche!
No creo que hubiera creído ha una echadora de cartas si hubiese dicho cuantas veces me
atormentaría esta frase a ratos perdidos, hasta hoy en día.
French repartió la tercera vuelta. No tuve suerte con mi escalera, pero Baker, que era siempre el
gran perdedor, logro unas parejas... de reyes, creo. Brower había logrado un par de diamantes
que no parecían servir para gran cosa. Baker apostó hasta el limite por su pareja y Davidson
subió a cinco. Todos nos quedamos en el juego. Y llego nuestra ultima carta descubierta. Yo
saque el rey de corazones para mi escalera, Baker saco una tercera para sumar a su pareja y
Davidson un segundo as que le hizo brillar los ojos.
Brower recogió una reina de pique, y les juro que no comprendí porque no abatía. Sus cartas
parecían tan malas como las que había tenido aquella noche.
Pero las apuestas fueron subiendo. Baker apostó cinco, Davidson llego a cinco, Brower también.
Jack Wilden dijo:
-No sé, pero creo que mi pareja no vale gran cosa -y tiro las cartas-. Yo cante y volví a poner
cinco. Baker también.
-Bueno, no voy aburriros con el relato de las apuestas. Solamente os diré que había un limite de
tres alzas por persona, y Baker, Davidson y yo hicimos tres pujas de cinco dólares. Brower se
limito a repetir cada envite y apuesta, siempre cuidando de no poner su dinero en el pozo hasta
que todas las manos estaban lejos. Y había mucho dinero..., algo mas de doscientos dólares...,
cuando French nos sirvió nuestra ultima carta cubierta.
Hubo una pausa mientras todos nos miramos, aunque a mi no me importaba; yo ya tenia mi
juego y por lo que podía ver sobre la mesa, era bueno. Baker puso cinco, Davidson también y
esperamos para ver lo que iba a hacer Brower. Su rostro estaba algo congestionado por el
alcohol, se había quitado la corbata y desabrochado el segundo botón de la camisa, pero aprecia
tranquilo. "Voy..., y pongo cinco", dijo.
Yo parpadee un poco porque esperaba que abatiera. No obstante, las cartas que yo tenia en la
mano me decían que debía jugar para ganar, y puse cinco más. Seguimos jugando sin tener en
cuenta el limite de pujas que podían hacerse sobre la ultima carta, y el pozo creció
extraordinariamente. Yo fui el primero en pararme en vista del gran juego que alguien debía
tener. Baker lo hizo después que yo, parpadeando nervioso desde el par de ases de Davidson a
las cartas desconcertantes y sin valor que debía tener Brower. Baker no era un gran jugador, pero era lo suficientemente bueno para presentir algo importante.
Entre los dos, Davidson y Brower pujaron lo menos diez veces mas, o mucho más. Baker y yo
nos sentimos arrastrados, no queriendo despedirnos de nuestras enormes inversiones. Los cuatro
habíamos terminado las fichas y ahora eran billetes los que cubrían el montón enorme de fichas.
-Bueno -dijo Davidson, después de la ultima puja de Brower-. Creo que voy a bajar. Si lo suyo
ha sido un farol, Henry, Ha sido un gran farol. Pero he ganado y Jack tiene un largo camino ante
el mañana - y al decirlo puso otro billete de cinco dólares sobre el montón y anunció-: Me paro.
Ignoro lo que pensaban los demás, pero me sentí realmente aliviado sin que eso tuviera nada que
ver con la gran cantidad de dinero que había dejado en el pozo. El juego había ido volviéndose
peligroso y mientras que Baker y yo podíamos permitirnos perder, el pobre Jase Davidson, no.
Siempre estaba en apuros, vivía de una renta, no muy grande, que le había dejado una tía suya. Y
Brower, ¿podía permitirse perder? Recuerden caballeros, que en aquel momento había bastante
mas de mil dólares sobre la mesa.
George dejo de hablar. Se le había apagado la pipa.
-Bien ¿qué ocurrió? -preguntó Adley- No nos tenga sobre ascuas, George. Nos tiene a todos
sentados al borde de las sillas. Déjenos caer o sientenos bien otra vez.
-Paciencia -dijo George, imperturbable.
Saco otra cerilla, la frotó en la suela de su zapato y volvió a chupar. Esperamos impacientes, sin
hablar. Fuera, el viento ululaba y gemía en los aleros.
Cuando la pipa estuvo bien encendida y tirando bien, George continuo:
-Como sabéis, las reglas del póker establecen que el primero que ha anunciado juego, debe
mostrar sus cartas. Pero Baker estaba demasiado impaciente por acabar con la tensión; levanto
una de sus cartas ocultas y mostró cuatro reyes.
-Me ganas, -le dije- color.
-Te gano yo -declaró Davidson y descubrió dos de sus cartas ocultas. Dos ases, que sumaban
cuatro -he jugado bien- y empezó a recoger el enorme pozo.
- ¡Esperen! -exclamó Brower-. No hizo el menor movimiento, ni toco la mano de Davidson
como hubieran hecho muchos, pero basto con su voz. Davidson se paro a mirar y abrió la boca...,
se quedo con la boca abierta como si todos sus músculos se hubieran relajado. Brower descubrió
sus tres cartas ocultas revelando una escalera de color, del ocho a la reina.
-Creo que esto gana a sus ases, ¿verdad? -preguntó correctamente Brower.
Davidson enrojeció, luego palideció.
-Si -murmuró despacio como si descubriera él echo por primera vez-. Sí en efecto.
Daría una fortuna por conocer los motivos que empujaron a Davidson a hacer lo que hizo.
Conocía la extremada aversión de Brower a ser tocado; el hombre lo había demostrado de cien
maneras distintas, aquella noche. Tal vez Davidson lo olvido, sencillamente, en su afán por
demostrar a Brower, y a todos nosotros, que podía hacer frente a sus perdidas y aceptarlas
deportivamente. Les he dicho que era como un cachorro, y aquel gesto encajaba con su carácter.
Pero los cachorros también pueden morder cuando se les provoca. No son asesinos..., un
cachorro no te saltara nunca a la garganta; pero a muchos hombres les han tenido que coser los
dedos como castigo por molestar a un perrito con una zapatilla o un hueso de goma. Esto
también podría ser parte del carácter de Davidson, tal como lo recuerdo, Daría una fortuna, como
ya he dicho, por saber..., pero supongo que lo que importa es el resultado.
Cuando Davidson aparto las manos del pozo, Brower alargo las suyas para recogerlo. En aquel
instante, el rostro de Davidson se ilumino con algo así como cordial camaradería y cogió la mano
de Brower y se la estrecho diciéndole:
-Brillante, Henry, que juego, simplemente brillante. No creo que jamas haya...
Brower le interrumpió con un alarido, casi femenino, que resulto espantoso en el silencio
desierto de la sala de juego, y se aparto. Las fichas y el dinero se desparramaron de cualquier
modo al sacudir la mesa que por poco se cae.
Todos nos quedamos inmóviles por el inesperado giro de los acontecimientos, incapaces de dar
un paso.
Brower se alejo a trompicones de la mesa, manteniendo su mano en alto, delante de sí, como una
versión masculina de Lady Macbeth. Estaba blanco como un cadáver y el terror reflejado en su
rostro era tal que aun hoy soy incapaz de describirlo. Sentí que me embargaba una oleada de
horror como jamas había experimentado antes, o después, ni siquiera cuando me entregaron el
telegrama con la noticia de la muerte de Rosalie.
A continuación empezó a gemir. Era un lamento profundo, horrible, de ultratumba. Recuerdo
que pense: Este hombre esta completamente loco, y entonces dijo algo de lo más raro "El
conmutador... he dejado el conmutador encendido en el coche... ¡Oh Dios, cuanto lo siento!", Y
se precipito por la escalera hacia el vestíbulo.
Fui el primero en reaccionar, Salte de mi silla y corrí tras él, dejando a Baker y Wilden y
Davidson sentados alrededor del enorme montón de dinero que Brower había ganado. Parecían
estatuas incas guardando un tesoro tribal.
La puerta principal aun se movía cuando salí a la calle y vi a Brower enseguida, de pie al borde
de la acera, buscando inútilmente un taxi. Cuando me vio se encogió tan angustiado que no pude
evitar sentir una mezcla de pena y asombro.
-¡Venga -dije-, espere! Siento mucho lo que ha hecho Davidson y estoy seguro de que ha sido sin
pensar; de todos modos si tiene que irse por ello, no lo retengo. Pero ha dejado mucho dinero y
debe recogerlo.
-No debí haber venido -gimió-. Pero estaba tan desesperado por cualquier tipo de compañía
humana que yo..., yo -sin darme cuenta alargue la mano para tocarle... -el gesto más elemental de
un ser humano a otro cuando esta aplastado por el dolor...-, pero Brower se aparto de mi y grito:
"¡No me toque! ¿No basta con uno? Oh, Dios, ¿por qué no puedo morir?"
Sus ojos febriles descubrieron de pronto a un pobre perro flaco y sucio, sarnoso, que andaba por
el otro lado de la calle desierta a esa hora de la mañana. Iba con la lengua colgando y andaba
agotado, cojeando, sobre tres patas. Supongo que andaba buscando cubos de basura donde
revolver y comer algo.
-Aquél podría ser yo -dijo pensativo, como para sí-. Rechazado por todos, obligado a caminar
solo y a salir al exterior solo cuando los demás seres vivientes están a salvo tras sus puertas
cerradas. ¡Perro paria!
-Venga -le insistí severamente porque lo que estaba diciendo me sonaba a melodramático-. Ha
sufrido una impresión desagradable y es obvio que algo le ha ocurrido que le ha puesto los
nervios en mal estado, pero en la guerra vi miles de cosas que...
-¿No me cree, verdad? -preguntó-. ¿Cree que estoy poseído de una especie de histeria, verdad?
-Amigo, realmente no sé de que esta poseído o de que es víctima, pero lo que sí se es que si
continuamos aquí fuera, con toda esta humedad, los dos seremos presa de la gripe. Ahora, si
tiene la bondad de regresar conmigo, solo hasta la entrada, si lo prefiere, pediré a Stevens que...
Había tal locura en sus ojos que me sentí tremendamente inquieto. Ya no se veía en ellos el
menor atisbo de cordura y lo que más me recordaba era a los psicoticos, agotados por la batalla,
que había visto trasladar en carretas, desde el frente: cascaras humanas, con ojos vacíos como
pozos del infierno, gimiendo y murmurando.
-¿Quiere ver como una paria responde a otro? -me pregunta, sin enterarse de lo que le había
estado diciendo-.
¡Mire, pues, y vera lo que he aprendido en extraños puertos de arribada!
Y de pronto alzo la voz y dijo imperiosamente:
- ¡Perro!
El perro levantó la cabeza, le miro con desconfianza, girando los ojos (uno con un brillo de
locura; el otro, cubierto por una catarata) y, bruscamente, cambio de dirección y vino cojeando,
de mala gana, a través de la calle, hasta donde estaba Brower.
Estaba claro que no quería venir; gemía y gruñía y escondía el muñón apolillado de su rabo,
entre las patas; pero;, no obstante, se sentía atraído. Llego a los pies de Brower, y entonces se
echo gimiendo, encogido y tembloroso. Sus flancos descarnados, entraban y salían como un
fuelle y su ojo sano se revolvía en su cuenca.
Brower lanzo una carcajada horrible, desesperada, que todavía oigo en mis sueños, y se agacho
junto al animal.
- ¿Lo ve? -dijo- sabe que soy uno de los suyos..., ¡y sabe lo que le traigo!
Alargo la mano para tocar al perro y este lanzó un aullido lúgubre. Enseño los dientes.
- ¡Déjelo! -grité vivamente- ¡Le morderá!
Brower no me hizo ni caso. A la luz del farol de la calle vi su rostro lívido, horrible, con los ojos
como agujeros quemados en un pergamino.
-Tonterías -salmodio- tonterías. Solo quiero estrecharle la mano..., como su amigo hizo conmigo
-y, de golpe, agarro la pata del perro y se la estrecho. El perro lanzo un aullido horrible, pero no
intento morderle.
Luego, Brower se enderezo. Sus ojos se habían aclarado algo y, excepto por su extrema palidez,
podía volver a ser el hombre que se había ofrecido, cortésmente, a jugar con nosotros aquella
noche, unas horas antes.
-Me voy ahora -dijo- por favor, presente mis excusas a sus amigos y dígales cuanto siento
haberme comportado como un imbécil. Quizás, en otra ocasión, tendré la oportunidad de
redimirme.
-Somos nosotros lo que debemos pedirle perdón. ¿Ha olvidado usted el dinero? Hay bastante
mas de mil dólares.
-¡Oh, sí El dinero! - y su boca se curvo en la más amarga de las sonrisas que jamas haya visto.
- No se preocupe por tener que entrar otra vez. Si me promete que me esperara aquí se lo traeré
¿Le parece bien?
-Si lo desea, esperare....- mirando reflexivo al perro que seguía quejándose a sus pies, añadió-: A
lo mejor querrá venir a mi casa y comer decentemente por una vez en su miserable vida- y
reapareció la amarga sonrisa.
Entonces le deje, antes de que lo pensara mejor, y baje a la sala de juego. Alguien,
probablemente Jack Wilden, siempre había tenido una mente ordenada, había cambiado todas las
fichas por billetes y los había amontonado cuidadosamente en el centro del tapete verde.
Ninguno dijo nada cuando me vieron recogerlo. Backer y Jack Wilden fumaban en silencio;
Jason Davidson estaba sentado, con la cabeza agachada, mirandose los pies. Su rostro era la
imagen de la desolación y la vergüenza. Le toque en el hombro al irme hacia la escalera y me
miro agradecido.
Cuando llegue a la calle, estaba absolutamente desierta.
Brower se había ido. Permanecí allí con un puñado de billetes en cada mano, mirando a un lado y
a otro, pero no se movía nada. Llame una vez, por si acaso, por si me estuviera esperando en la
sombra de algún lugar cercano, pero no obtuve respuesta. Entonces se me ocurrió mirar al suelo.
El pobre perro perdido seguía allí, pero sus días de revolver en los cubos de basura habían
terminado. Estaba completamente muerto. Las pulgas y garrapatas, abandonaban en fila su
cuerpo. Di un paso atrás, asqueado y a la vez lleno de una especie de vago terror. Tuve la
premonición de que no había terminado aun con Henry Brower, y así era; pero jamas volví a
verle.
El fuego en la chimenea había muerto y el frío había empezado a salir de entre las sombras, pero
nadie se movió, o habló, mientras George volvía a encender su pipa. Suspiro, cruzó de nuevo las
piernas, haciendo crujir las articulaciones, y continuo:
-Inútil decirles que los otros que habían tomado parte en el juego fueron unánimes en su opinión:
debíamos encontrar a Brower y entregarle el dinero. Supongo que algunos creerán que estabamos
locos, pero aquella era una época más decente. Davidson estaba desesperado cuando se fue: trate
de retenerle y decirle unas palabras, pero se limito a sacudir la cabeza y se marcho. Deje que se
fuera. Las cosas le parecían distintas después de una noche de sueño y ambos podíamos ir en
busca de Brower. Wilden se iba de la ciudad y Baker tenia que " hacer visitas". Aquel seria un
buen día, pense, para que Davidson recobraba su propia estima.
Pero cuando, a la mañana siguiente, fui a su piso, aun no se había levantado. Pude haberle
despertado, pero era joven y decidí dejarle dormir aquella mañana mientras me dedicaba a la
busca de algunos datos elementales.
- Primero vine aquí y hable con el...- se volvió hacia Stevens y levanto una ceja.
-Mi abuelo, señor- aclaro Stevens
-Gracias.
- No hay de que, señor:
Hable con el abuelo de Stevens. Le hable precisamente el mismo sitio donde ahora se encuentra
Stevens.
Dijo que Raymond Greer, un individuo que conocía vagamente, había recomendado a Brower.
Greer pertenecía al gremio de comerciantes de la ciudad, así que me fui directamente a su
despacho, en el edificio Flatiron. Lo encontré y hablamos al momento. Cuando le conté lo que
había ocurrido la noche anterior, su rostro se lleno de confusión, tristeza, piedad y miedo.
-¡Pobre Henry !- exclamo- Sabia que terminaría así, pero nunca pense que ocurriría tan pronto.
- ¿El que? - pregunte.
-Su derrumbamiento- aclaro Greer-. Todo procede de su primer ano de estancia en Bombay, y
supongo que nadie excepto el propio Henry llegara jamas a conocer toda la historia. Pero le diré
lo que pueda.
La historia que me contó Greer en su despacho aquel día, acrecentó mi simpatía y comprensión.
Al parecer, Henry Brower se había visto desgraciadamente mezclado en una autentica tragedia,
Y, como en todas las tragedias clásicas, del teatro, habían surgido de un simple fallo..., en el caso
de Brower, un olvido.
Como miembro de la comisión del trabajo en Bombay, y disponía del uso de un automóvil, una
relativa rareza allí. Greer explico que Brower disfrutaba como un niño conduciéndolo por las
calles estrechas y tortuosas de la ciudad, espantando a las gallinas en bandadas y haciendo que
hombres y mujeres se arrodillaran para rezar a sus dioses. Iba en él a todas partes, atrayendo la
atención de grandes grupos de niños que le seguían a todas horas, pero que se apartaban cuando
les ofrecía pasearles en su maquina maravillosa, como hacia con frecuencia. El coche era un
"Ford A" con carrocería de furgoneta y uno de los primeros coches que podrían ponerse en
marcha no solo con la manivela, sino apretando un botón. Les suplico que recuerden esto.
Un día, Brower llevo el coche a la otra punta de la ciudad para visitar a uno de los otros cargos
del lugar sobre posibles partidas de cuerda de yute. Atrajo la atención, como le era habitual,
cuando su "Ford" rugió y petardeo las calles, como si fuera un despliegue de artillería en
marcha...Y, naturalmente, seguido por los niños.
Brower iba a cenar con el fabricante de yute, un acto de gran formalidad y ceremonia, y se
encontraban a mitad del segundo plato, sentados en una terraza a cielo abierto, por encima de la
populosa calle, cuando el petardeo familiar, el rugido del motor se oyó allá abajo, acompañado
de gritos y chillidos.
Uno de los muchachos mas atrevidos, hijo de un oscuro santón, había subido al coche
convencido dijo que cualquier dragón que durmiera bajo el capote de hierro no podía ser
despertado sin que el hombre blanco se sentara al volante. Y Brower, obsesionado por las
próximas negociaciones, no había apagado el encendido.
Uno no puede imaginarse al muchacho, cada vez mas atrevido ante los ojos de sus compañeros,
tocando el retrovisor, el volante, e imitando el ruido de la bocina. Cada vez que sacaba la lengua
al dragón que dormía bajo el capote, crecía el pavor en el rostro de su publico.
Su pie debió de haber encontrado el embargue, quizás se apoyo en él, cuando apretó el estarter.
El motor estaba caliente: se puso en marcha al momento. El muchacho, presa de gran terror,
hubiera debido reaccionar apartando el pie del embrague inmediatamente, antes de saltar fuera
del coche. Si el coche hubiera sido mas viejo o estado en peores condiciones, se habría calado.
Pero Brower lo cuidaba escrupulosamente, y por ello salto hacia delante en medio de una serie
de ruidosas sacudidas: Brower pudo darse cuenta antes de salir corriendo de la casa de fabricante
de yute.
El tropiezo fatal del muchacho fue poco más que un accidente. Quizás en sus esfuerzos por salir,
su codo tropezó accidentalmente con la palanca de marchas. Quizá tiro de ella con la angustiada
esperanza de que así era como el hombre blanco hacia dormirse al dragón. No obstante,
ocurrió..., ocurrió. El auto alcanzo una velocidad suicida y cargo contra la multitud en aquella
calle abarrotada de gente, saltando sobre bultos y aplastando las jaulas de mimbre del vendedor
de aves, reduciendo a astillas la carreta de l vendedor de flores. Bajo rugiendo, colina abajo, en
dirección a la esquina de la calle, salto la acera, se estrelló contra un muro de piedra y estallo en
una bola de fuego.
George paso su pipa de un lado a otro de la boca.
Esto fue lo único que pudo contarme Greer, porque era lo único que tenia sentido de todo lo que
dijo Brower. Lo demás era como una arenga desatinada sobre la locura de que dos culturas tan
dispares llegaran a mezclarse. El padre del muchacho muerto se enfrento evidentemente con
Brower antes de que se lo llevaran y le lanzo una gallina muerta.
Hubo una maldición. En este punto. Greer me dirigió una sonrisa que era como decirme que
ambos éramos hombres del mundo, encendió un cigarrillo y comento;
-Cuando ocurre una cosa así hay siempre una maldición. Esos miserables paganos tienen que
plantar cara a toda costa. Es su pan y mantequilla.
- ¿Cuál fue la maldición?- quise saber.
- Supuse que la habría adivinado. El santón le dijo que un hombre que practicaba su brujería
sobre un muchacho tan joven debería volverse un paria, un proscrito. A continuación dijo a
Brower que cualquier ser vidente al que tocara con sus manos, moriría. Para siempre jamas,
amen...
- Y Greer soltó una risita.
- Y Brower lo creyó?
Greer creía que sí.
- Hay que tener en cuenta que el hombre había sufrido una impresión espantosa. Y ahora por lo
que usted me dice, su obsesión se esta grabando en lugar de curarse.
-¿Puede darme su dirección?
Greer busco en sus ficheros y al fin apareció con unos datos. Me dijo;
-No le garantizo que le encuentre ahí. La gente se ha mostrado reacia a emplearle, y me parece
que no dispone de mucho dinero.
Sentí un remalazo de culpabilidad al oírle, pero no dije nada. Greer me pareció demasiado
pomposo, demasiado creído, para merecer la poca información que yo tenia sobre Henry Brower.
Pero al levantarme, algo me empujo a decirle.
- Vi a Brower estrecharle la pata a un perro sarnoso, anoche. Quince minutos después el perro
estaba muerto.
-¿Deveras? ¡Que interesante!- Levanto las cejas como si el comentario no tuviera que ver con
nada de lo que habíamos estado hablando.
Me levante para despedirme y me disponía a estrechar la mano de Greer, cuando la secretaria
abrió la puertta del despacho;
- Perdóneme, pero, ¿es usted Mr. Gregson?
Le dije que efectivamente lo era entonces añadió:
- Un tal Baker acaba de llamar. Le ruega que vaya inmediatamente al numero veintitrés de la
calle 19.
Me dio un vuelco el corazón, porque ya había estado allí una vez aquel día..., era la dirección de
Jason Davidson. Cuando abandone el despacho de Greer, le deje ocupado con su pipa y el Wall
Street Journal. Jamas volví a verle, pero no ha sido una gran perdida. Me sentía embargado por
un temor especifico, el tipo que nunca cristalizara del todo en temor real por un objeto
determinado, porque es demasiado espantoso, demasiado increíble para ser tenido seriamente en cuenta.
En este punto interrumpí su narración:
-¡Santo dios George! ¿No ira a decirnos que estaba muerto?
-Completamente muerto - asintió George-. Llegue casi al mismo tiempo que el forense. Su
muerte se califico de trombosis coronaria. Hacia unos dieciséis días que había cumplido
veintitrés anos.
En los días siguientes, trate de decirme que todo aquello era una desgracia coincidencia, y que
mejor olvidarlo. No dormía bien incluso con la ayuda de mi buen amigo "Cutty Sark". Me dije
que lo que había que hacer era repartir el pozo de la noche anterior entre nosotros tres y olvidar
que Henry Brower había irrumpido alguna vez en nuestras vidas. Pero no pude. Prepare en
cambio un cheque de caja por aquella cantidad y fui a la dirección que Greer me había dado, en
Harlem.
No estaba. La dirección que había dejado era un lugar en el East End, un vecindario ligeramente
menos acomodado pero, de todas formas, decente. Había abandonado también esa dirección un
mes antes de la partida de póquer, y su nueva dirección estaba en East Village, un barrio pobre.
El encargado del edificio, un hombre flaco acompañado de un enorme mastín negro que no
dejaba de gruñir, me dijo que Brower se había marchado el tres de abril..., el día siguiente al de
la partida. Le pregunté si había dejado alguna dirección y echo la cabeza hacia atrás y emitió un
graznido que aparentemente le servia de risa: La única dirección que dejan cuando se van de aquí
es el infierno jefe. Pero aveces se paran en el Bowery en su camino.
El Browery era lo que entonces los forasteros creen que es ahora: el hogar de los sin hogar, la
ultima parada para los hombres sin rostro que solamente desean otra botella de vino barato u otra
inyección del polvo blanco que proporciona sueños sin fin. Me dirigí allá. En aquellos días había
docenas de casas de mala muerte, algunas misiones caritativas que recogían a los borrachos por
la noche y centenares de callejones donde un hombre podía esconder un colchón viejo cocido de
chinches. Vi docenas de hombres, todos ellos pocos mas que esqueletos comidos por las bebidas
y las drogas. Ni se conocían nombres, ni se usaban. Cuando, un hombre llega al nivel mas bajo,
con el hígado desecho por el alcohol, con la nariz hecha llaga abierta de tanto aspirar cocaína y
potasa, con los dedos congelados y los dientes podridos..., un hombre ya no necesita el nombre
para nada.
Pero yo describía a Henry Brower a todos los que veía, sin conseguir nada. Los dueños de los
bares movían la cabeza y seguían caminando.
No le encontré aquel día, ni el otro, ni el otro. Transcurrieron dos semanas y de pronto hable con
un hombre que me dijo que alguien parecido había dormido tres noches atrás en la pensión de
Devarney.
Fui allí: estaba a solo un par de manzanas del área que yo había estado recorriendo. El hombre
del mostrador era un viejo áspero, con una calva escamosa y unos ojos legañosos y brillantes. En
la ventana cargada de moscas se anunciaban habitaciones con vista a la calle por diez centavos la
noche. Mientras duro la descripción de Brower el viejo fue moviendo afirmativamente la cabeza
y cuando hube terminado, me dijo: Le conozco señorito. Le conozco muy bien. Pero no puedo
recordar exactamente..., creo que me ayudaría ver un dólar delante de mí.
Saque un dólar y lo hice desaparecer al instante, pese a la artritis.
Estuvo ahí, señorito, pero se ha ido.
-¿Sabe a donde?
- No recuerdo bien, pero quizá podría con un dólar delante de mí.
Saque otro billete, que hizo desaparecer tan rápidamente como el primero. Algo, entonces, debió
parecerle deliciosamente cómico, y de su pecho salió una tos rasposa de tuberculoso.
- Bien, ya se ha divertido- le dije- y además le he pagado bien por ello. Dígame ahora, ¿sabe
donde esta ese hombre?
El viejo volvió a reírse divertido:
- Si....Potter's Field es su nueva residencia: tiene un contrato para la eternidad y al diablo por
compañero. Que le parece la noticia señorito? Debió morir ayer, durante la mañana, porque
cuando le encontré, a mediodía, todavía estaba caliente y de buen ver. Sentado junto a la ventana
estaba. Yo había subido a cobrarle o decirle que si no me pagaba que se fuera. Así que resulto ser
huésped, de un metro ochenta de tierra, de la ciudad. Esto le produjo otro desagradable ataque de risa senil.
-¿No observo nada raro?- pregunté, sin atreverme a analizar el alcance de mi pregunta-. ¿Algo
fuera de lo habitual?
-Me parece recordar algo..., espere
Le enseñe un dólar para ayudarle a recordar, pero esta vez no provoco risa, aunque desapareció
con la misma rapidez que las otras veces.
-Si, había algo mas que raro- dijo el viejo-. He llamado al forense infinidad de veces, lo bastante
para ver cosas. ¡Que no habré visto yo, buen Dios! Los he encontrado colgados de un clavo en la
puerta, muertos en la cama, les he visto en la escalera de incendios con una botella entre las
piernas y congelados, tan azules como el Atlántico. Incluso encontré a uno ahogado en la
palangana del lavabo, aunque de esto hace mas de treinta anos. Pero ese hombre..., sentado,
erguido, con su traje marrón, como si fuera un elegante de ciudad, y el cabello bien peinado.
Tenia la muñeca derecha agarrada por su mano izquierda, sí, señor. He visto de todo, pero nunca
he visto ha un muerto estrechando su propia mano.
Marche me fui andando todo el camino hasta llegar a los muelles, y las ultimas palabras del viejo
se repetían una y otra vez en mi cerebro como un disco de gramófono que se atasca en un surco.
Es el único que he visto que haya muerto estrechando su propia mano.
Anduve hasta el final de uno de los muelles, hasta donde el agua sucia y gris batía contra los
pilares costrosos. Entonces rasgue el cheque en mil pedazos y los tire al agua.
George Gregson se movió y se aclaro la garganta. El fuego había quedado en brasas y el frío se
adueñaba del salón desierto. Las mesas y las sillas parecían espectrales e irreales, como visitas en
un sueno donde se mezclan el pasado y el presente. El resplandor tenia las palabras de la piedra
de la chimenea de un color naranja apagado: LO QUE VALE ES LA HISTORIA, NO EL QUE
LA CUENTA.
Solo le vi una vez, y una vez fue bastante; no se me ha olvidado jamas. Pero sirvió para sacarme
de mi propio duelo, porque cualquier hombre que pueda moverse entre sus semejantes, no esta
completamente solo.
-Si me trae el abrigo, Stevens, creo que me iré hacia la casa..., me he quedado mucho mas tarde
que de costumbre.
Y cuando Stevens se lo trajo. George sonrío y señalo un pequeño lunar debajo de la comisura
izquierda de Stevens.
- Realmente el parecido es asombroso, sabe..., su abuelo tenia un lunar exactamente en el mismo
sitio. Stevens sonrío, pero no comento nada. George se fue, y nosotros fuimos desfilando poco
después.

lunes, 31 de marzo de 2008

“Cuento Sátiro”- "El Cumpleaños de tia Marta"

“Cuento Sátiro”
“El Cumpleaños de Tía Marta”

Mañana será el cumpleaños de tía Marta. A tía Marta es difícil regalarle
algo. Ella es muy exigente. El año pasado le regalé unas zapatillas de paño, de
esas que suelen ser oscuras y forradas por dentro y se ofendió muchísimo porque
decía que ese regalo era para gente de la tercera edad. Yo no sé bien a que edad
piensa ella que pertenece, si fuera por años, debería de estar en la cuarta o en la
quinta.
Siempre me acuerdo del cumpleaños de tía Marta porque es justamente
después del aniversario de la muerte de mama.
Mamá murió un día antes, atropellada por un autobús precisamente
cuando estaba preparando la fiesta para la celebración de su cumpleaños.
Aquello no fue motivo para que la fiesta se anulara, ni muchísimo menos,
todo lo contrario. Aquel año celebramos el cumpleaños de tía Marta con más
alegría que nunca. No se me olvidan las últimas palabras de mamá, tirada en la
carretera, con las ruedas del autobús marcadas en su vientre rompiéndola en dos:
-“Hijo mío, hijo mío,- me dijo la pobre- no te preocupes por mi, y recoge todas
las latas de cervezas que están rodando por la acera de enfrente. Son para la
fiesta de tu tía. No se te olvides de meterlas en el refrigerador, porque la verdad
es que tiene leches beber cerveza caliente. No me llores ahora. Ahora lo único
importante es la fiesta de tu tía. Ve y disfruta, pásalo bien y brinda por mí, y
cuando la fiesta termine ven a verme entonces al cementerio, allí sí, allí lloras un
ratito frente a mi tumba, pero llora alto, que te pueda oír bien, que ya sabes que
últimamente estoy fatal del oído.”-
-No te preocupes mama, que así lo haré.
-Muy bien hijo, muy bien, así me gusta.
-¿Y ahora que?. ¿Te dejo toda tirada y desangrándote?
-Si, déjame, déjame.- Y diciendo esto mama la palmó dando su ultimo
suspiro pronunciando un ¡Hay!, muy cursi.
Mamá siempre fue una santa, un poquitin pija, pero una santa muy santa.
Cuando terminamos de celebrar el cumpleaños aquel año, como me había
dicho mama, me fui para el cementerio, y allí estaba la pobre, toda enterradita.
Me puse a llorar y lloré alto, muy alto, lo mas alto que pude para que
mama me oyera, como ella me dijo. Lloré tan alto que todas las ancianas que
rezaban por allí, suspendieron sus oraciones por un instante para mirarme
escandalizadas. Alguna incluso salió corriendo del sitio, huyendo como alma
que persigue el diablo. Era gracioso ver a la vieja vestida de negro con las
enaguas remangadas y corriendo por las calles del cementerio como si fuera
“Card Lewis” en las Olimpiadas de “Barcelona 92”.
Desde entonces voy al cementerio cada año y siempre consulto el regalo
de Tia Marta con mama, pero este año ha sido imposible. Mamá ha debido de
enterarse de mis obsesiones con Angélica, mi compañera, y como no le gustan
esas cosas del sexo, debe andar algo enfadada, pues por mas que le rezo, y por
mas que le lloro, en esta ocasión está pasando de mi y no me dice que regalar a
su hermana.
¡Bueno!, pues peor para tía Marta. Como no se que regalarle y ando un
poquito mal de liquidez, podría regalarle... ¡Leches!, ¡releches!, ¡Que gran idea!,
podría regalarle el Arcángel de granito que preside el panteón de la familia
Ristori. Los Ristori están ya todos muertos y nadie echará de menos al Ángel
ese de piedra. Total, a tía Marta siempre le encantó el arte y la la escultura en
particular.
Existe un gran problema. Al Arcángel no hay quien lo separe del suelo.
Primero porque está perfectamente anclado y pegado con cemento del bueno, y
segundo porque debe de pesar una barbaridad. Desde lejos no parecía tan
grande. Vamos, que aunque se pudiera arrancar, esta estatua debe de pesar un
hartón. Yo no creo que pueda llevarla desde el cementerio hasta casa de tía
Marta cargando con ella. Terminaría muerto.
Trato de buscar alguna forma de llevar ese peso pesado a casa de tía
Marta, pero no, no hay forma. Cuanto más lo pienso más difícil se me hace.
Seguro que hay otras soluciones más factibles. Miro a mi alrededor buscando
algo que me inspire qué regalar a tía Marta, y ¡leches!, ¡releches!, como no había
caído antes, le regalaré un ramo de flores. Las flores son muy bonitas y también
les encanta. Además, por aquí hay muchas.
Arrancaré algunas rosas de los ramos, rosas rojas que son las que más me
gustan. Esas que tiene la lápida tercera de la segunda fila son geniales. Ya está
ya las tengo, ya son mías. Cogeré algunos gladiolos y unos cuantos crisantemos.
Ahora trataré de formar el ramo.
Formar un ramo de flores es tarea sumo complicada. Por mas que he
mareado a las flores no he conseguido disponerlas en forma original y
estéticamente aceptable. Les he dado tantas vueltas que las flores al final se han
chuchurido. Mas vale que las tire. Está bien que se regalen flores gratis del
cementerio a una tía en su cumpleaños, pero no flores marchitas, ya eso sería el
colmo de los colmos. ¿Qué puedo hacer?, ¿cómo podré componer un ramo sin
que se me estropeen las flores?. ¡Ahhh!, ya sé lo que haré. Le regalaré a tía
Marta el ramo de mama. Total, ella este año no se lo ha merecido. ¡Ea!, toma ya,
por no hablarme, y para que sigas enfadada por que me guste tocarle las piernas
a mi compañera Angélica. Ahora te aguantas, y si quieres flores, te esperas hasta
el año que viene.
¡Mira que hacerme venir hasta el cementerio para luego quedarse mas
callada que una muerta...!
Desde luego algunas veces a mama no hay quien la entienda.

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